Réstanos decir algo acerca del lugar que ocupa Torres Naharro en nuestra

historia, y de la influencia que tuvo en el teatro español. Como el

poeta residía en Italia cuando publicó la _Propaladia_, es de suponer,

sin linaje alguno de duda, que en ella se representaron sus comedias, y

que son falsas las aseveraciones contrarias de los literatos italianos.

Así lo prueban muchos pasajes de dichas piezas, especialmente de la

_Tinelaria_, la _Trophea_ y la _Soldadesca_, en que se alude claramente

á espectadores italianos, y las palabras de que usa el autor en su

prólogo[229]. Y esto, en verdad, nada tiene de extraño, pues según

testifica un documento de principios del siglo XVI[230], el español era

la lengua favorita de los señores y damas de la aristocracia italiana, y

con más razón en Nápoles, en donde dominaban las armas españolas.

No puede sostenerse con la misma certeza que las piezas de Naharro se

representaran también en España, aunque parezca verosímil. Las diversas

ediciones de la _Propaladia_, que se hicieron en Sevilla, prueban la

favorable acogida, que se le dispensó en ella. No hay tampoco duda de

que la Inquisición la prohibió después, aunque esto no fuera hasta una

época poco anterior al año de 1545, en que apareció mutilada por vez

primera. ¿Y por qué razón no habían de utilizarla las compañías de

cómicos, que, como veremos más abajo, existían entonces en este país,

cuando así podían aumentar su escaso repertorio con obras superiores á

todas las que se conocían, y tan á propósito por sus cualidades para

hacer efecto en el teatro? ¿Y qué obstáculo podía oponerse á esto, si

aún no las había prohibido la Inquisición? ¿Desconocerían acaso la

_Propaladia_, libro tan leído, y que se había impreso tantas veces? Las

comedias, compuestas de 1520 á 1540, prueban el eco que las obras de

nuestro poeta tuvieron en España, pues se asemejan á las de éste por su

fondo y por su forma, y al parecer estaban destinadas á la

representación[231].

Recordando el rigor, con que la Inquisición llevaba á cumplido efecto

sus sentencias, es de suponer que los dramas de Naharro, desde que

aparecieron en el índice de los libros prohibidos, desaparecieron al

pronto de las tablas, y después poco á poco de la memoria de los

lectores. Esta prohibición duró por espacio de veinticinco años largos,

y así también nos explicamos, que, durante este período, fuesen muy

aplaudidas en el teatro diversas obras dramáticas, muy inferiores á las

de Naharro. En el año de 1573 consintió de nuevo la Inquisición que se

reimprimiese la _Propaladia_, y poco despues tomó posesión del teatro

español una especie de drama, que, por su forma y por otros puntos

esenciales, se asemejaba mucho á los de Torres Naharro. Y no obsta á

nuestro aserto que fuesen más perfectas y completas que las de éste,

porque otra cosa sería hacer caso omiso de sus condiciones esenciales, y

negar la influencia que ejercieron las obras nuevamente publicadas del

antiguo poeta, ya casi olvidado, en la reforma del teatro á fines del

siglo.

Sin duda es extraño que ni Cervantes, ni Lope de Vega, ni Agustín de

Rojas, ni Juan de la Cueva, hagan mención alguna de Torres Naharro en

sus noticias sobre los orígenes del teatro español. Verdad es que son

tan sólo fragmentos escritos á la ligera, para deducir de su silencio

que desconocían del todo sus obras. Es probable que la _Propaladia_ se

vulgarizó y estimó en lo que valía desde que apareció su nueva edición,

por los años de 1573[232], y que como las ediciones más antiguas habían

sido prohibidas, y las que existían fueron mutiladas, se olvidó en

aquella época, en que faltaba una historia del teatro, el tiempo á que

correspondía. También se había olvidado la fecha de sus primeras

representaciones, y sólo de esta suerte podemos explicarnos, que se

diese el dictado honorífico de _Padre del teatro nacional español_,

aplicable, en rigor de derecho, á Torres Naharro, á otro poeta, cuya

memoria estaba más reciente.

Sea de esto lo que quiera, sábese de positivo que el único escritor

antiguo, que llama á Lope de Rueda y á Torres Naharro fundadores del

teatro español, es el célebre Juan de Timoneda. Dice así en un soneto:

«Guiando cada cual su veloz rueda,

Á todos los hispanos dieron lumbre

Con luz tan penetrante de este carro;

El uno, en metro, fué Torres Naharro;

El otro, en prosa, puesto ya en la cumbre,

Gracioso, artificial, Lope de Rueda.»

Antes de tratar de la historia de la literatura dramática en la primera

mitad del siglo XVI, darémos algunas noticias acerca del arte teatral de

esta época.

Además del testimonio del _Catálogo Real de España_, que nos habla de

las compañías de cómicos, que comenzaron primero á representar

públicamente las piezas de Encina, hay otros, y no á mucha distancia de

él, que nos revelan la creciente afición á las diversiones dramáticas.

Antonio de Nebrija dice así, en su _Compendio de retórica_, que apareció

en 1515: «La prueba de esto (habla de lo importante que es leer bien,

acompañando la lectura con gestos adecuados), nos la suministran los

cómicos, quienes prestan tanta belleza á los versos que declaman, que

nos agradan mucho más cuando los oímos que cuando los leemos: hasta en

los más rudos hacen tal impresión, que los que nunca visitan las

bibliotecas, asisten con frecuencia á los teatros»[233]. Un hombre de un

gusto tan puro como Nebrija no se hubiese servido de este ejemplo si los

teatros españoles, á los cuales sólo podía aludir, no ofreciesen ya

cierta cultura, muy diversa de la que podía esperarse de sus groseros

principios.

Ya en Valencia, según se desprende de antiguos datos, existía en 1526 un

teatro, dependiente de un hospital, cuyos productos se destinaban á

él[234]. No será esta la única ocasión, en que observemos la unión

singular de dos cosas tan heterogéneas, pues más adelante hallaremos en

nuestra historia otros ejemplos análogos.

Una ley suntuaria de Carlos V, del año 1534, prueba cumplidamente que no

era tan pobre el aparato escénico de los teatros de esta época como

acaso se piensa[235]. Después de hacer ciertas prohibiciones generales,

relativas al lujo de los trajes, añade: «Item mandamos que lo que cerca

de los trajes está prohibido y mandado por las leyes de este título, se

entienda asimismo con los comediantes, hombres y mujeres, músicos y las

demás personas que asisten en las comedias para cantar y tañer, las

cuales incurren en las mismas penas que cerca de esto están impuestas.»

Es por tanto evidente que cuando se cree necesario dar estas leyes

acerca de los trajes, señal indudable de su lujo y riqueza, no sería

insignificante el personal de las compañías. Adviértase además que,

según se deduce de ella, había también cómicas que representaran en los

teatros, al paso que más tarde, en tiempo de Felipe II, desempeñaban

jóvenes del sexo masculino los papeles de mujeres.

Huberto Thomas de Lüttich, que acompañó al conde palatino, después

príncipe elector Federico II, en su viaje á España en 1501, habla en sus

_Anales de vita et rebus gestis Friderici II, Francof._ 1624 (en alemán

_Spiegel des humors grosser Potentaten_, Schleusingen, 1628), de los

magníficos espectáculos dramáticos, que se dieron en Barcelona y

Perpiñán en honor de su augusto amo. «Erigióse, dice, un cielo

artificial, en el cual se veía también el infierno, muy horrible y

pavoroso. Representáronse allí muchas historias, que duraron cerca de

cuatro horas.--En Perpiñán vimos piezas sacadas del Antiguo y Nuevo

Testamento, y había allí un paraíso y un infierno tan suntuosos como

admirables, y se representó una composición aterradora por espacio de

más de cuatro horas. Los ángeles con vestidos blancos, y los demonios

llenos de oro y plata y soberbiamente ataviados, pelearon unos con

otros; se daban tajos y reveses y saltaban las espadas, y movían un

ruído infernal, como si temblasen el cielo y la tierra. Al fin vino

Judas y se ahorcó de una ventana, y cayó un rayo y lo consumió de

manera, que desapareció para siempre de nuestra vista.»

Las composiciones religiosas, llamadas ordinariamente _autos_, se

representaban sin duda en ciertas festividades de la Iglesia, pero

también á veces con ocasión de otras profanas, ya dentro de los

edificios destinados al culto, ya en las calles y plazas públicas[236].

Para formarnos una idea de estas últimas, aunque no tan exacta como

sería de desear, pueden servirnos las palabras siguientes de Sandoval

en su _Historia del emperador Carlos V_: «El 5 de Junio de 1527 se

celebraron en Valladolid diversas fiestas en el bautismo del infante Don

Felipe. Desde la casa de D. Juan Mendoza, en donde posaba la

emperatriz, hasta el altar mayor de la iglesia de San Pablo, se hizo un

pasadizo muy enramado y con muchas flores y rosas, limones y naranjas y

otras frutas. Había arcos triunfales, y en cada uno de ellos muchos

retablos. En el primero hicieron un auto; en el segundo, tercero y

cuarto otro auto. El quinto estaba á la puerta que está dentro del patio

de la iglesia: éste era más alto que alguno de los otros; había en él un

altar, á manera de un aparador de muchas gradas. En éstas estaban ricas

imágenes de bulto de plata dorada y algunas de oro, con otras piezas de

gran valor. Estaban puestos en dos candeleros dos cuernos grandes de

unicornio: éstos y todo lo que había era del emperador. Aquí se

representó el bautismo de San Juan Bautista[237]. Es de suponer que no

se desplegase tanta magnificencia en la representación ordinaria de los

autos, aunque la erección de retablos parezca el medio más natural y

frecuente de lograrlo, y así lo indican también los términos de que usa

el historiador citado.

Un acuerdo del capítulo de la catedral de Gerona, del año 1534, nos

ofrece algunos datos de no escasa importancia acerca de las

representaciones que se hacían en las iglesias. Ya hemos dicho que los

canónigos de esta iglesia solían representar en la mañana de Pascua el

juguete dramático, titulado _Las tres Marías_. Esta piadosa costumbre

degeneró con el tiempo, y produjo algunos desórdenes, á consecuencia de

los cuales se decretó, que, en lo sucesivo, se celebrase de esta manera:

primero entonarían las tres Marías, vestidas de negro y en el lugar

destinado á cantar el _introito_, los versos acostumbrados, y luego

habían de dirigirse cantando al altar mayor, en donde se erigiría un

catafalco con muchas luces. Allí las aguardaba el mercader de especias

con su mujer é hijo, y otro mercader con su esposa, y entonces comenzaba

la representación, ungiendo el santísimo cuerpo con los perfumes que se

compraban. Se prohibía, que, mientras se daba el espectáculo, ocupasen

el tránsito cualesquiera personas, ya tocando timbales, trompetas ú otra

música de cualquier género, tirar confites, etc. Por último, quedaban

también abolidas las representaciones de _El Centurión_, que se hacían

anteriormente en los maitines, y las de _La Magdalena_ y _Santo Tomás_,

celebradas en otro tiempo, antes, durante ó después de la misa[238].

Refieren los _Anales de Sevilla_ que en el año 1526, con ocasión de las

bodas de Carlos V y de la princesa Isabel de Portugal, se hicieron en

dicha ciudad brillantes representaciones, reducidas, según parece, á

mudas pantomimas. Á lo largo de la carrera, que habían de andar los

augustos esposos, desde la puerta de la Macarena hasta la catedral, se

levantaron diversos tablados, en los cuales imágenes animadas figuraban

el poder y las virtudes del emperador. Veíanse allí el Mundo, la

Prudencia, la Vigilancia, la Razón, la Verdad, la Constancia, la

Clemencia, la Fuerza, la Paz, la Religión y otros muchos personajes

alegóricos[239].

Los mismos _Anales_ hacen también mención, en el año de 1532, de los

_autos sacramentales_, que se acostumbraba representar en Sevilla en la

fiesta de Navidad. Aunque no se diga en ellos expresamente que aparecían

también figuras alegóricas, hay razones fundadas para suponerlo[240].

Basta echar una ojeada rápida sobre los espectáculos dramáticos de este

período, para advertir desde luego la multitud de nombres especiales,

que los distinguen. Los títulos de _comedia_, _tragedia_,

_tragicomedia_, _égloga_, _coloquio_, _diálogo_, _representación_,

_auto_ y _farsa_, aluden, sin duda, á otros tantos géneros diversos.

Parece, sin embargo, que estos nombres tenían mucho de arbitrarios, ó

por lo menos no es fácil de encontrar un documento cualquiera, que

pudiera explicarnos su significación y diferencias con toda claridad.

Sólo la palabra _auto_ (aplicable en un principio á toda acción) se

aplicó principalmente á las representaciones religiosas.

Las obras que aún se conservan de la última especie, anteriores al año

de 1550, son, sin disputa, escasísimos restos de las que existieron. Su

corto número no autoriza por tanto á hacer extensivo á todas las

ignoradas lo que puede afirmarse de ellas; y en el caso contrario,

únicamente se podrá asegurar que los _autos_ de esa época eran por lo

general tan sencillos como los de Encina[241]. Toda la fábula de uno de

Pedro de Altamira (_La aparición de Jesús en Emaús_), está reducida á lo

siguiente: Después que un ángel pronuncia el prólogo, Lucas y Cleofás,

que se encaminan á Emaús, discurren sobre la vida y muerte de

Jesucristo, y dudan todavía si será ó no el Mesías prometido. Preséntase

entonces Jesús en figura de peregrino, y los acompaña en su viaje,

conversando con ellos. Sorprende á ambos caminantes la sabiduría y

elocuencia de su compañero, y cuando llegan á Emaús, lo invitan á la

refección común, y entonces reconocen al Salvador y lo adoran. Esta

piececilla está escrita en excelentes versos de _arte mayor_. No se

observa la menor traza del estilo y manera de Gil Vicente en los _autos_

de Esteban Martínez (_El nacimiento de San Juan Bautista_), de Juan

Pastor (_El nacimiento de Jesús_), y de Ausías Izquierdo Cebrero

(_Despedida de Jesús y de su Madre_); y en cuanto sabemos, sólo existe

una piececilla religiosa de este tiempo (_Tragicomedia alegórica del

Paraíso y del Infierno_), en que se observe alguna analogía con las de

la misma especie del poeta portugués[242]. Figuran en ella las almas de

un monje, de una alcahueta, de un judío, de un abogado y de otros

muchos. Todos ellos solicitan ser admitidos en la barca del Paraíso;

pero todos (excepto un pobre loco y cuatro caballeros, que murieron

peleando contra los infieles), son rechazados y llevados al infierno en

la navecilla de Carón.

Para formar una idea exacta de la literatura dramática de esta época, y

conocer á fondo cuanto se refiere á ella y al teatro profano, debemos

hablar también de ciertas producciones de forma dramática, denominadas

libros morales ejemplares, que, á imitación de _La Celestina_, se

escribieron en abundancia en los siglos XVI y XVII[243]. La

extraordinaria extensión de estas obras deplorables se oponía á que se

representasen en el teatro; y si bien este defecto era común también á

su modelo, faltábanles, en cambio, otras bellezas, que nos explican el

influjo directo que ejerció en el teatro español, como su diálogo

natural, aunque no desaliñado, y sus situaciones y aislados rasgos

dramáticos.

Las demás obras, que debemos mencionar, para exponer la historia de la

poesía dramática de este período, se dividen en dos clases principales.

Pertenecen á la primera los diversos ensayos, que se hicieron para dar

al drama español la forma de los antiguos modelos, ya traduciendo á los

clásicos griegos y romanos, ya imitándolos más libremente. Juan Boscán

hizo una traducción en verso (hoy perdida) de una tragedia de Eurípides,

más bien para ser leída que representada. Lo contrario se observa en el

_Amphitrión_, publicado en 1515 por Francisco de Villalobos, médico de

Fernando el Católico y de Carlos V, que tradujo en prosa los versos de

Plauto, suprimiendo y acortando varias escenas, para imprimir mayor

interés á la acción dramática. La misma senda siguió después Fernán

Pérez de Oliva, natural de Córdoba, maestro de filosofía y teología en

Salamanca, vertiendo en prosa castellana, con la misma libertad,

diversos dramas antiguos. La _Electra_, de Sófocles (titulada por él _El

Agamenón vengado_), la _Hecuba_ de Eurípides y el _Amphytrión_ de

Plauto, fueron imitaciones suyas, y se mostró en ellas aun menos

escrupuloso con sus modelos que Villalobos. No sólo suprimió cuanto

quiso, sino que intercaló algo suyo, de ordinario con poco criterio, y

tan opuesto á la rapidez de la acción como favorable era lo suprimido.

El diálogo de Oliva, cuando no traduce con fidelidad, peca por sus

metáforas y ampulosidad, ya de moda en este tiempo, como se observa en

las imitaciones de _La Celestina_.

No puede asegurarse con certeza si estas imitaciones de antiguos dramas,

y algunas otras posteriores parecidas, llegaron alguna vez á

representarse; pero es verosímil que fueron las primeras de esta

especie, modeladas por los clásicos, que durante el siglo XVI

(probablemente hacia mediados del mismo) se derramaron por el teatro

español[244]. Aún considerando á Villalobos, á Oliva y á sus imitadores

como á literatos, que contribuyeron á que se conociese el drama antiguo,

no debe negárseles la importancia histórica que merecen, hablando del

teatro español, puesto que sus obras sirvieron para ofrecer al público

una forma dramática más pura y perfecta, y por tanto para modificar y

depurar su gusto.

[imagen]

[imagen]

CAPÍTULO VII.

Tragedias de Vasco Díaz Tanco.--Comedias de Jaime de Huete, Agustín

de Ortiz, Juan Pastor y Cristóbal de Castillejo.--Lope de

Rueda.--Disposición externa del teatro á mediados del siglo

XVI.--Alonso de la Vega.--Comedia más antigua en tres actos ó

jornadas de Francisco de Avendaño.--Luis de Miranda.

Nada sabemos de la senda que siguió Vasco Díaz Tanco, de Fregenal, en

Extremadura, que compuso en 1520 las tragedias de _Absalón_, _Ammon_ y

_Jonathás_, no habiéndonos sido posible leerlas, á pesar de nuestros

esfuerzos y preguntas á los literatos que debieran conocerlas[245].

Libres por completo en la influencia de la antigüedad están las obras

dramáticas, que, con las de Torres Naharro y algunas de Gil Vicente,

forman la segunda y más numerosa clase del repertorio del teatro español

de este período: pero como ya hemos hablado de las principales, sólo nos

resta hacer algunas breves indicaciones para apurar el asunto. Jaime de

Huete y Agustín de Ortiz[246], aunque no comparables por su talento con

Torres Naharro, siguieron, no obstante, sus huellas. Un cierto Juan

Pastor, autor también de dos _farsas_, _La Grimaldina_ y _La Clariana_,

que disfrutó de algún renombre, desenvolvió (en la tragedia de _La

castidad de Lucrecia_)[247], una fábula de la antigüedad clásica, aunque

en estilo popular, puesto que intercaló entre sus personajes capitales

las rústicas burlas de un negro y de un criado bufón. Otra comedia de

autor desconocido (_La Serafina_)[248], que apareció en el año de 1521,

prueba el influjo que ejerció _La Celestina_ en la literatura dramática,

no pudiendo negarse que el autor de ella la tomó por modelo, á pesar de

su empeño en abreviar la obra é infundirle más vida y animación

dramática.

Cristóbal de Castillejo, uno de los poetas líricos más celebrados de su

época, y celoso defensor del viejo estilo nacional contra las

innovaciones introducidas por Boscán, se ensayó también en su juventud

en la poesía dramática, aunque, según parece, con escaso éxito. Sólo se

conserva manuscrito uno de sus dramas (escrito probablemente de 1520 á

1530) en la biblioteca del Escorial. Aun sin haber leído esta _Farsa de

la Constanza_, basta tener presente el extracto que hace de ella

Moratín, para afirmar que todo su mérito consiste en la versificación

(en la cual fué maestro Castillejo), y en algunos rasgos cómicos

felices. La fábula, reducida al delito de dos casados, que ahogan á sus

esposas para evitar los continuos altercados en que vivían, es

repugnante hasta lo sumo, y carece por entero de carácter dramático.

Parece, por lo demás, que este poeta no ejerció grande influencia en el

teatro español: su carrera dramática fué corta, porque acompañó joven á

Alemania al príncipe Fernando, hermano de Carlos V, y en ella pasó gran

parte de su vida, sin encontrar estímulo para seguir desarrollando su

talento.

Cuando se recuerda la barbarie y el desenfreno, que distinguen en el

fondo y en la forma á casi todas las composiciones dramáticas de este

período, no se puede menos de alabar la petición de las Cortes de

Valladolid del año de 1548 (petición 147), solicitando que se prohibiese

la impresión de las farsas indecentes é inmorales.

No es, pues, extraño que nuestro juicio acerca de las obras mencionadas

en las últimas páginas no les sea favorable. Pobreza de invención, falta

de plan verdaderamente dramático, singular afición á la grosería y á los

equívocos, y ausencia total de poesía, son las cualidades

características de todos estos ensayos, no compensadas, sin duda, por

algunas excelencias, como el ingenio de sus autores, su fácil dicción y

buenos versos. Quizá no se encuentre en ellas una sola escena, que pueda

compararse á las más malas de Gil Vicente y de Torres Naharro.

El verdadero siglo de la poesía dramática, que no puede florecer sin que

le precedan la lírica y la épica, aún no había llegado para España.

Ningún dramático hubo tan aventajado, ni ninguno, como Boscán, Garcilaso

y Herrera, se esforzó en llevar este género poético á la perfección, que

ellos imprimieron en la lírica, y esto explica que Gil Vicente y Torres

Naharro aparezcan como fenómenos aislados, si se comparan con sus

infelices imitadores, y que, á pesar de esto, sólo merezcan el nombre de

poetas de segundo orden, cuando se recuerdan las dotes de tan eminentes

líricos.

Si se replica, que lo que existe de esta época, es sólo una parte

pequeña de lo que se escribió, y que no nos autoriza para formular un

juicio exacto y completo de la literatura dramática de este período,

contestaremos que, aun cuando sea innegable la primera parte de este

aserto, puesto que los índices de la Inquisición hablan de muchas

piezas, que se imprimieron antes del año de 1550, y desaparecieron del

todo á causa de sus prohibiciones[249], y es además probable que

hubiese muchas otras manuscritas, que también se han perdido, sería, no

obstante, extraño que fuesen de este número las mejores, y que solo las

peores se hubiesen conservado[250].

Si intentamos investigar las causas externas, que contribuyeron á que el

drama de esta época no abandonase tan ínfimos peldaños, las

descubriremos fácilmente recordando el estado político de España en

dicho período. Aún no repuesta de los violentos esfuerzos, que la

pusieron al frente de las naciones europeas, no era tampoco posible que

se consagrase á disfrutar con sosiego de los bienes alcanzados.

Faltábale el asiento y la tranquilidad necesaria para que floreciese en

toda su lozanía la literatura dramática. Tampoco se había concentrado la

vitalidad española en un punto céntrico, en donde pudiera fijarse

también el teatro nacional. Sin duda había ya ciudades ricas y

populosas, como Valencia y Sevilla, en las cuales, como veremos después,

tomó la poesía dramática más temprano y levantado vuelo; pero como en su

calidad de capitales de provincia permanecían aisladas, no fueron nunca

el centro de todo el pueblo. Añádase á esto la vida errante de Carlos

V, que nunca residió largo tiempo en España, y privó así al arte

dramático de las ventajas y favor, que hubiese recibido de la corte.

Cuando el séquito del emperador, compuesto en su mayoría de extranjeros,

se solazaba en ocasiones solemnes con los espectáculos dramáticos, se

elegían siempre para este objeto piezas escritas en idiomas extraños,

como sucedió en el año de 1548 en las bodas de la infanta doña María con

el archiduque Maximiliano, en Valladolid, en cuya celebridad, según

refiere un historiador, se representó una comedia del Ariosto[251].

Al recordar las obras mencionadas, es fácil de ver que el movimiento

retrógrado, que se verifica en el teatro español desde 1520, se acelera

hacia mediados del siglo. La prohibición que alcanzó á la _Propaladia_

en 1540, contribuyó con más fuerza á la decadencia de la literatura

dramática. En tal estado toda tentativa en esta esfera, con propósito de

mejorarla, que se elevase algún tanto sobre las pobres composiciones de

ese período, debe formar época; y de esta suerte, no olvidando las

causas indicadas (entre las cuales la supresión de las obras de Torres

Naharro es la principal), es comprensible hasta la evidencia que un

hombre de facultades poéticas muy limitadas, que apareció hacia mediados

del siglo con el carácter de autor dramático, llamase extraordinariamente

la atención. Hablamos de

LOPE DE RUEDA[252].

Historia de la literatura y del arte dramático en España, tomo I · 第 13 / 26 段