Las tragicomedias de Gil Vicente debieran llamarse más bien dramas de

fiestas, pues casi todas ellas se escribieron para ser representadas en

la corte en ciertas solemnidades, y por su rica profusión de alegorías,

mitología y encantamientos, calculados para hacer mucho efecto en los

espectadores, aunque la mezcla de escenas cómicas y patéticas no redunde

en ventaja de esta clase. Las fiestas, á cuya celebración se

consagraron estas composiciones, constan, ya por las indicaciones de sus

epígrafes, ya ordinariamente por el contenido de las mismas. Una de

estas tragicomedias, por ejemplo, festeja las bodas de Carlos V y de la

infanta Doña Catalina. El poeta aparece primero, y ruega que se le

disimulen los defectos de su obra, en atención á la calentura que lo

agobiaba al componerla; y después el Tiempo, el Mundo y otros seres

alegóricos, desean todo linaje de felicidades á los augustos desposados.

En otra se muestra la Estrella matutina, con séquito de pastores y

labradores, para felicitar á la reina por su parto. Mientras el rey

revolvía sus planes de guerra á los moros, representaba Gil Vicente su

_Exhortaçao da guerra_. En ella un encantador evoca primero á dos

demonios del infierno, sin pararse mucho en sus conjuros, que son

groseros bastante, y en cambio oye palabras poco cultas y no pocas

injurias; sin embargo, al fin los fuerza á obedecerlo, y á evocar las

almas de los más célebres personajes de la antigüedad, como las de

Aquiles, Escipión, Pentesilea y otros, que felicitan de lo lindo al rey

por su heroismo y celo religioso. Anníbal dice á la conclusión que S.

M., para extender la fe, ha resuelto convertir las mezquitas en templos

cristianos, y que nunca descansará, movido por la gracia, de hacer la

guerra á los infieles.

La comedia _Amadís de Gaula_, diversa de las anteriores, porque su

índole especial anuncia que no se escribió para solemnizar ninguna

fiesta, cuenta los amores de este célebre caballero andante y de su

señora Oriana. Esta pieza, de todo punto inofensiva, fué después

prohibida por la Inquisición, ignorándose la causa[221]. Otra

tragicomedia, de acción regularmente extensa, representa las

pretensiones del príncipe Eduardo de Inglaterra á la mano de la hija del

emperador de Constantinopla, imitando el romance de _Primaleón_,

continuación del _Palmerín de Oliva_. Distínguese de esta clase, por su

variada y extraña composición, la titulada _El triunfo do inverno_, en

que aparece muchedumbre de personajes muy diversos, en las más varias

situaciones. Las escenas bucólicas de los pastores, al principio de

ella, son de las mejores que ha escrito este poeta.

La última clase de las obras de Gil Vicente lleva el nombre común de

_farsas_. Ya advertimos antes que el editor hizo ligeramente esta

clasificación arbitraria, por cuyo motivo no es fácil de explicar lo

que quiso dar á entender con dicha palabra. Es de suponer que no le dió

el sentido que hoy le damos, porque el nombre de _farsa_, al menos en

España, designaba entonces toda obra dramática, no especialmente las

burlescas, y por esta razón no conviene aquella significación estricta á

todas las de Gil Vicente, puesto que algunas, así en su fondo como en su

forma, son exactamente iguales á las de las clases anteriores. Así es la

tercera, destinada á celebrar las empresas marítimas de los portugueses,

en la cual representa á la Fama portuguesa una doncella de Beira,

solicitada por embajadores de todos los paises de la tierra, que la

piden para sus soberanos; muéstrase desdeñosa con todos, y en premio es

llevada en un carro de triunfo por la Fe y el Valor. Otra Fama celebra

la fundación de Lisboa, y explica el nombre de Portugal por medio de una

intriga, en que figuran una princesa Lissibea y un príncipe Portugal.

A las demás piezas de esta clase cuadra el nombre de farsa, en el

sentido que hoy damos á esta palabra. Son acciones burlescas, diseñadas

á grandes rasgos, salpicadas de chistes cómicos y llenas de animación

dramática, sin duda alguna lo mejor que ha compuesto el poeta.

Extraordinaria es su _vis cómica_, su inimitable ingenio, su verdadera

poesía, la gracia con que reviste las expresiones populares más

groseras, y las grandes dotes poéticas que revela en su autor, hasta el

punto de que algunas son modelos en su género. Las situaciones cómicas,

en cuya invención nos maravilla su fecundidad inagotable, no

constituyen, sin embargo, un plan regular, ni ofrecen, por tanto, el

interés dramático que en ellas observaríamos, si Gil Vicente hubiese

sabido imprimirles unidad, contentándose generalmente con trazar á

grandes rasgos imágenes verdaderas y divertidas de la sociedad en que

vivía, y con diseñar el prototipo perfecto de las composiciones

dramáticas, que después se denominaron _entremeses_. De todas estas

farsas la más graciosa es la que se titula _De quem tem farelos_. La

escena es en la montaña, delante de un molino. Dos criados bribones,

portugués el uno y español el otro, se lamentan juntos de los sinsabores

que ambos sufren al servicio de sus dueños. El portugués dice que el

suyo es un loco rematado, que sólo piensa en componer versos y

canciones, con las cuales fastidia á todos, sin acordarse de otra cosa.

Sorpréndeles la noche en este diálogo, y entonces aparece el dueño con

su cancionero; celebra al autor de cada canto, antes de leerlo, y al

concluir exclama en francés antiguo: «otro por el estilo.» Mientras da

esta amorosa serenata á su amada Isabel, la hija del molinero, y los

perros y gatos forman el coro ladrando y mayando, prosiguen los criados

en su charla, y al fin oye de los labios de su dama la respuesta

favorable que aguardaba. Acude entonces la madre de Isabel para

averiguar la causa de este alboroto; se queja en un chistoso monólogo de

los tormentos, que le hacen sufrir los jóvenes enamorados, búrlase de la

frivolidad de su hija, que encuentra placer en tales serenatas, y apura

sus improperios y sarcasmos contra el cantor, que se disculpa y

recomienda, á su conclusión, recitando una estrofa patética.

En la farsa _O clérigo da Beira_ notamos una escena picaresca, en que un

clérigo va á caza en la noche de Navidad cantando himnos latinos

religiosos, ya para sofocar los remordimientos de su conciencia, ya para

ocultar á los transeuntes el objeto de su nocturna peregrinación.

También nos ofrece en ella las astucias, de que se vale un rústico

labrador para ganar su sustento en el mercado de la ciudad. La _farça de

los Cigannos_ es una pintura agradable de la vida y costumbres de los

gitanos, aunque sencilla en sumo grado y casi desprovista de acción. En

la _farça dos Almocreves_ forman el interés dramático los embarazos y

apuros de un noble principal, aunque pobre, que tiene muchos criados, y

no sabe de dónde sacar el dinero necesario para pagarles.

Todas las farsas, de que hemos hablado hasta ahora, nos ofrecen tan sólo

cuadros y situaciones aisladas, sin lazo dramático que las una. Gil

Vicente, sin embargo, supo también imaginar una acción completa, y

desenvolverla en todos sus detalles, como lo muestra la farsa titulada

_Inez Pereira_, que viene á ser una exposición dramática del proverbio

portugués _Mais quero asno que me leve, que caballo que me derube_.

Algunos cortesanos dieron este tema al poeta para probar su imaginación

é inventiva, y Gil Vicente lo desenvolvió con mucho ingenio, refiriendo

la historia de una doncella, que rechaza las pretensiones amorosas de un

rico necio, reservando su mano para un hombre prudente. Tiene al fin la

dicha de encontrarlo y de casarse, pero no tarda en desengañarse de su

error y en arrepentirse de no haber preferido al necio, puesto que, en

vez de dominarlo, tiene siempre que seguir ciegamente su dictamen.

Afortunadamente enviuda pronto, y acepta la mano del primer

pretendiente.

Carecemos aún de datos bastantes para juzgar del aparato escénico,

empleado en la representación de las obras de Gil Vicente. Sabemos, no

obstante, por sus títulos y epígrafes, que casi todas ellas se

representaron en los palacios del rey, así en Lisboa, como en Évora y

Coimbra. No debieron ser de escasa importancia la maquinaria y las

decoraciones, puesto que la representación del _Triunpho do inverno_

exige que se vea el mar alborotado, y buques que lo surquen en distintas

direcciones; y la de _Las Cortes de Júpiter_ pide no menor aparato, y

sabemos que fué representada con mucha verdad y magnificencia[222].

[imagen]

CAPÍTULO VI.

Torres Naharro.--Aparato escénico en la primera mitad del siglo

XVI.--Dramas religiosos de esta época.--Traducciones é imitaciones

de tragedias y comedias antiguas.

Si las últimas producciones dramáticas de Gil Vicente alcanzan hasta la

mitad del siglo XVI, las del poeta, de quien vamos á tratar ahora, nos

obligan á retroceder algunos decenios.

Bartolomé de Torres Naharro, clérigo y erudito, y descendiente de una

familia española distinguida, nació en _La Torre_, junto á Badajoz, y en

su juventud llevó sin duda una vida muy agitada, pues de resultas de un

naufragio fué esclavo en Argel. Habiendo conseguido su libertad, fijó su

residencia en Roma, en el pontificado de León X, y publicó en el año de

1517, con el título de _Propaladia_, una colección de varias

poesías[223]. Hacia esta misma época encontramos á su autor en Nápoles,

aunque no se sepa con certeza el motivo que lo obligaba á variar tan

frecuentemente de residencia, puesto que son poco verosímiles las

persecuciones, que, según se dice, sufrió de parte del Papa, por ciertas

alusiones satíricas que hacía en su obra, y á consecuencia de las cuales

se vió obligado á abandonar á Roma, puesto que á ella precede el

privilegio del Pontífice (_Leo X_, KAL. _Aprilis 1517, pontificatus

nostri anno quinto_), el cual no se le hubiera concedido, si se hubiese

dado formal importancia á los ataques del poeta, y con tanta mayor

razón, cuanto que basta echar una ligera ojeada á las comedias de

Maquiavelo, tan en boga en la corte de León X, para convencerse de que

se toleraban sátiras de la misma especie aún más amargas. En Nápoles

hizo Torres Naharro una reimpresión de la _Propaladia_[224], que lleva

la misma fecha que la edición romana. Desde este año en adelante nada

sabemos tampoco de la vida del poeta[225], y se ignora si volvió

después á España y la época en que falleció.

Ningún otro libro de la primera mitad del siglo XVI es tan importante

como la _Propaladia_ para la historia del teatro español, por sus

abundantes y curiosos datos. En sus primeras páginas nos sorprende desde

luego una serie de observaciones teóricas acerca del arte dramático. Y

si nos interesan en alto grado, por ser las más antiguas que existen en

lengua española, se lo prestan aún mayor las ocho comedias que le

siguen[226], puesto que en muchos puntos esenciales vienen á ser el tipo

del drama español posterior, y por cierto tan caracterizado, como no se

halla en ningún otro de época tan remota. Lo que en las obras de Gil

Vicente y de otros poetas de mediados de este siglo sólo aparece como

elemento aislado, se muestra aquí tan claro y distinto, que nos

induciría á pensar que estas comedias se escribieron cincuenta años

después, si algunas particularidades de su forma no pregonasen que son

de época anterior. Pero como sobre esto último no puede caber la menor

duda (puesto que la _Propaladia_ se había ya impreso en 1517), no debe

negarse á Torres Naharro la gloria de haber sido el primero, que

imprimió un carácter especial y determinado á las composiciones

dramáticas, que predominaron después en la escena española.

Las reflexiones, que anteceden á sus comedias, nos dan á conocer las

ideas del poeta acerca de su arte. Señala las diferencias, que, en su

concepto, distinguen á la tragedia de la comedia, y hace consistir la

esencia de la última _en un artificio ingenioso de notables y finalmente

alegres acontecimientos, por personas disputado_, excelente definición,

que explica á maravilla la índole de las comedias posteriores de

intriga. Después divide á las comedias en dos especies, á saber: en

_comedias á noticia, ó de cosa nota y vista en realidad de verdad_, y en

_comedias á fantasía, de cosa fantástica ó fingida que tenga color de

verdad, aunque no lo sea_. Acaso esta división ha dado origen á otra,

que después hallaremos en la historia del teatro. Las reglas, que da

Torres Naharro para desenvolver el plan, acerca del número de

personajes, etc., son muy claras, aunque poco curiosas por sí mismas. No

ya por buena, mas por necesaria, tiene á la división en cinco actos,

aunque en vez de esta palabra usa de la de _jornadas_, porque más le

parecen descansaderos que otra cosa[227]. Observemos, pues, el origen y

razón de este nombre, que se mantuvo generalmente mientras floreció el

drama español.

Las formas métricas, que emplea Torres Naharro, consisten de ordinario

en versos trocaicos rimados, casi siempre de ocho sílabas, aunque con

pies quebrados, y tanto unos como otros alternan en las diversas piezas,

y á veces componen estrofas muy artísticas.

Preceden á cada comedia un _introito_ y un _argumento_. El primero no

tiene relación ninguna con la pieza, que le sigue, ó si la tiene, es muy

vaga; á menudo aparece un bufón rústico, que ruega al auditorio que

asista atento á la representación, y al mismo tiempo refiere algún

pasillo gracioso. El _argumento_ hace una breve reseña de la acción, que

ha de representarse. La _loa_, posterior, comprendió después á uno y

otro.

Es importante señalar los rasgos comunes al teatro de Torres Naharro y

al drama nacional, que le sucedió, y con este objeto haremos una rápida

exposición de cada una de las comedias de Torres Naharro.

Comienza la comedia _Imenea_ con una de esas escenas de nocturna

galantería, tan del agrado de los dramáticos españoles. Imeneo ronda la

casa de la bella Febea, y encarga á sus criados que la celen, mientras

él hace sus preparativos para darle una serenata. Los criados vuelven

temblando y llenos de miedo, huyendo del marqués, hermano de Febea, y

éste, que defiende el honor de su hermana, intenta penetrar en la casa,

aunque después cede de su propósito á ruego de sus pajes. En la segunda

jornada aparece Imeneo acompañado de cantores, y comienza la serenata;

la bella sale al balcón, y los dos amantes entablan un diálogo

apasionado y tierno, que concluye con una cita para la noche siguiente.

Viene el día en estos coloquios, y aparece el marqués, que observa á los

de la ronda y quiere perseguirlos, pero al fin retarda su venganza hasta

la noche inmediata, por creerla más segura. La jornada tercera es como

un intermedio y parodia de la acción principal, y representa los amoríos

y querellas de los criados de ambos sexos, semejantes á los de sus amos.

En la jornada cuarta llega al fin la deseada noche: Imeneo entra en casa

de su amada; sus criados, que guardan la puerta, se dejan dominar del

miedo, y huyen en tropel cuando aparece el marqués con sus pajes. El

hermano de Febea ve confirmada sus sospechas al tropezar con una capa de

los fugitivos, y penetra iracundo en el aposento de su hermana. En la

jornada quinta aparece Febea suplicante, y tras ella el marqués con la

espada en la mano; le ruega que perdone á su amante, confiesa su amor, y

protesta de su inocencia. El marqués jura lavar en sangre su afrenta,

exhorta á su hermana á cuidar de la salud de su alma, é intenta también

sacrificarla, cuando se muestra Imeneo, que estaba oculto; se descubre á

sí mismo, y la clase á que pertenece, y se esfuerza en aplacar al

marqués, pidiéndole la mano de Febea, que al fin consigue. La comedia

acaba con un villancico, como casi todas las de Torres Naharro.

Si la _Imenea_ debe considerarse como el prototipo de las posteriores de

capa y espada, _La Aquilana_ recuerda vivamente las llamadas después de

ruído ó de teatro. Aquilano, joven de padres desconocidos, se enamora de

Feliciana, hija del rey Bermudo de León. Obtiene de su amada una cita

nocturna en el jardín del palacio, pero la princesa oculta su

inclinación y se muestra fría y reservada. Óyese ruído; Aquilano intenta

esconderse entre las ramas de un árbol, pero cae al suelo y se hiere.

Esta caída, juntamente con la pena de verse desairado, lo postran al fin

en el lecho del dolor. El rey, que aprecia mucho al joven, cuida de su

salud con esmero; el médico opina que el sosiego y la tranquilidad

contribuirán principalmente á su curación, y excita á varias damas á

visitarlo. Cuando Aquilano ve entre ellas á la princesa, se conmueve

profundamente, y el médico deduce de esta circunstancia que está

enamorado de ella. Bermudo, dejándose llevar del primer impulso de su

ira, condena á muerte al mancebo, único medio que se le ocurre de lavar

la deshonra de su familia. Feliciana, presa de la desesperación, quiere

también perder la vida, y sólo desiste de su propósito cediendo á las

súplicas de sus doncellas. Felizmente se averigua entonces que Aquilano

es un príncipe de Hungría, y de esta manera desaparece el obstáculo

capital, que se oponía á su enlace. También hay en esta comedia escenas

burlescas, en que figuran dos jardineros, un criado de Aquilano y una

criada de Feliciana.

La composición de _La Jacinta_ es mucho más sencilla. Divina, dueña de

un castillo cerca de Roma, ha ordenado á sus servidores, para distraer

sus ocios, que detengan á los caminantes que pasen por él, y los lleven

á su presencia. Las lamentaciones de tres jóvenes, que de esta suerte

son arrastrados al castillo; sus diálogos con la caprichosa dama, que al

fin da su mano á uno de ellos, é invita á los otros á sus bodas, llenan

sus cinco actos. La fábula es, por consiguiente, pobre; las ingeniosas

observaciones del autor, y los picantes y graciosos rasgos, que

hormiguean en toda ella, compensan en cierto modo su falta de interés

dramático. Además de otras muchas reflexiones satíricas, contiene esta

pieza una descripción muy acre de Roma, digna en verdad de ser citada,

ya por su rareza en la literatura española, ya porque nos explica la

suerte que después cupo á la _Propaladia_, llamando hacia ella la

atención de la Inquisición. Uno de los jóvenes, con quien se solaza

Divina, habla así de Roma, de donde viene, provocado por la dama:

«De Roma no sé qué diga

Sino que por mar y tierra

Cada día hay nueva guerra,

Nueva paz y nueva liga;

La corte tiene fatiga,

El Papa se está á sus vicios,

Y el que tiene linda amiga

Le hace lindos servicios:

Los ricos con sus oficios

Triunfan hasta que mueran,

Y los pobres desesperan

Esperando beneficios.

En Roma, los sin señor

Son almas que van en pena:

No se hace cosa buena

Sin dineros y favor.

Cuál vive muy á sabor,

Cuál no tiene que comer;

Unos con mucho dolor,

Otros con mucho placer.

Dos cosas no pueden ser

De placeres y dolores

Ni peores ni mejores;

Que son Roma y la mujer.»

_La Serafina_ sirvió de fundamento á Signorelli, para formular una

crítica errónea acerca de todas las obras de Torres Naharro. Verdad es

que la mezcla de cuatro idiomas le da un aspecto extraño, y que siempre

debe calificarse de una mala inteligencia de este poeta. La acción

adolece también de inverosimilitud y de rasgos de mal gusto. Floristán,

joven disipado, está próximo á casarse por mandato de sus padres con la

italiana Orfea. Preséntase entonces una dama valenciana, llamada

Serafina, á quien él había dado antes palabra de casamiento; despierta

su antigua pasión, y lo impulsa á asesinar á su esposa. Felizmente se

oponen ciertos obstáculos al cumplimiento de este delito, y mientras

tanto llega un hermano de Floristán, que hacía tiempo sentía inclinación

por Orfea, y que recibe no poco placer al saber de los labios de su

hermano, y después de oir sus juramentos, que aún no se ha consumado el

matrimonio y que le abandona su esposa.--Los defectos de esta pieza

están compensados, al menos, por grandes bellezas; los caracteres de los

principales personajes son una obra maestra; algunas escenas, como por

ejemplo, la en que la inocente Orfea se prepara á la muerte, hacen

fuerte impresión; y por último, como en todas las obras de Torres

Naharro, su estilo y lenguaje nada dejan que desear. Hay sobre todo dos

personajes, que se distinguen de todos los demás de la comedia: uno es

el hermano de Floristán, tipo de aquellos segundos galanes, tan comunes

en las obras dramáticas posteriores, prontos siempre á casarse con la

dama abandonada por el primero, y muy útiles para sacar al autor de

embarazo; y otro el criado enamorado de la criada, que por su afición á

las intrigas, por su cobardía, etc., nos ofrece los rasgos

característicos del gracioso.

En _La Calamita_ no se muestra el arte dramático del poeta bajo una

nueva forma. Su plan se asemeja algo al de la anterior; y su desenlace,

poco hábil, se verifica en virtud del descubrimiento de una sustitución

de niños.

Si intentamos ahora echar una ojeada á las comedias examinadas, y

distinguir con claridad su carácter é índole, á fin de conocer la forma

que va adoptando el drama nacional español, convendremos en que la

intriga es el móvil principal del interés dramático, y que los

caracteres sólo contribuyen al desarrollo de ella. Observamos también

decidida predilección por la pintura de ciertas situaciones, y la

ausencia de todo fin moral directo; que lo cómico alterna con lo

patético, las más veces como parodia del segundo, y revestidos ambos de

las formas métricas más bellas; que la lírica se muestra de continuo

fuerte y poderosa; y por último, que en sus planes, según se deduce de

la afición que muestra Torres Naharro, se vislumbran ya los rasgos

capitales de aquellos argumentos, que se repiten luego con tanta

frecuencia en la escena española; á saber, las aventuras amorosas de sus

fogosos galanes, las heroinas apasionadas y astutas, y sus padres y

hermanos llenos de orgullo, siempre dispuestos á sacar su puñal para

lavar en sangre su deshonra, y fáciles sin embargo de aplacar[228].

Las demás obras dramáticas contenidas en la _Propaladia_, no nos ofrecen

mucho interés. Variado es el de la _comedia Trophea_, composición

laudatoria de los descubrimientos y conquistas de los portugueses, muy

parecida á otras de Gil Vicente de la misma índole. Danzan en ella en

extraña confusión personajes alegóricos y mitológicos, reyes, y los más

humildes plebeyos. Primero celebra la Fama la gloria de Manuel el Grande

de Portugal, que obscurecerá la de Ptolomeo, puesto que ha conquistado

más regiones que éste ha descrito. Luego aparece Ptolomeo (merced á una

licencia especial de Plutón, según asegura) y se queja del discurso de

la Fama, la cual le enumera de paso los distintos reinos, que Portugal

ha conquistado en África y Asia, y le invita á asistir al homenaje, que

van á rendir al vencedor los reyes vencidos. La escena siguiente, en que

muchos servidores preparan y limpian el salón regio de Portugal, es

notable por sus graciosos chistes. En seguida aparece D. Manuel con su

comitiva, siéntase en el trono, y recibe la visita de veinte reyes, que

le rinden homenaje y piden el bautismo, expresando sus deseos por

mediación de un intérprete. Acabada esta solemne ceremonia, vienen

labradores y criados para dar al monarca una prueba de su veneración, y

después de nombrar al que ha de dirigirle la palabra, le presentan una

zorra, un águila, un cordero y un gallo, y le explican la significación

simbólica de estos animales. Apolo entrega después á la Fama una loa del

rey, y le ordena que divulgue el renombre de la dinastía portuguesa por

todos los ámbitos del orbe. El labrador Mingo dice que se halla

dispuesto á hacer las veces de la Fama, siempre que ésta le preste sus

alas; y cuando quiere volar, conseguida su demanda, viene al suelo

lastimosamente. Regañan, por último Mingo y la Fama; y ésta canta un

villancico para consolarlo, y concluye la comedia.--Según se desprende

de varios pasajes, se representó en Roma en presencia del embajador de

Portugal.

La _Soldadesca_ y la _Tinelaria_ son bocetos diseñados á grandes rasgos,

en los cuales aparecen en confuso tropel multitud de varias imágenes,

sin un lazo común que las una. Pero hasta en tales producciones, las más

débiles de nuestro poeta, se muestra su extraordinario talento en

algunas escenas, no indignas, sin duda, de los mejores que le siguieron.

Á este género pertenece, prescindiendo de su falta de interés dramático,

la excelente pintura de la desenfrenada vida de los soldados, que se

halla en la _Soldadesca_. Con pinceladas también groseras, aunque

oportunas y verdaderas, se describe en la _Tinelaria_ el tráfago de la

casa de un cardenal romano.

En el _Diálogo del Nacimiento_, de Naharro, no observamos ningún

adelanto, comparado con los de la misma especie de Juan del Encina: su

acción es nula, y en las pláticas entre dos peregrinos y dos pastores,

se hallan, al lado de licenciosas bufonadas, sutilezas singulares de

erudición teológica.

Historia de la literatura y del arte dramático en España, tomo I · 第 12 / 26 段