Así como Alfonso intentó ennoblecer de nuevo el arte degenerado de los

trovadores y restaurar su brillo, así también fijó su atención en las

diversiones dramáticas, que ya entonces debieron ser populares en

España, y procuró corregir los abusos, que en ellas se deslizaron. Así

lo prueba una ley de las Siete Partidas, que se escribieron de 1252 á

1257, documento importantísimo para el estudio del drama español más

antiguo. «Los clérigos (dice la ley 34, tít. VI, Part. I)... no deben

ser facedores de juegos de escarnios porque los vengan á ver gentes,

como se facen. É si otros homes los ficieren, non deben los clérigos hi

venir, porque facen hi muchas villanías é desaposturas. Ni deben otrosí

estas cosas facer en las eglesias: antes decimos que los deben echar de

ellas deshonradamente á los que lo ficieren: ca la eglesia de Dios es

fecha para orar, é non para facer escarnios en ella... Pero

representacion hay que pueden los clérigos facer, así como de la

nacencia de Nuestro Señor Jesu Cristo, en que muestra como el ángel vino

á los pastores, é como les dijo como era Jesu Cristo nacido. É otrosí de

su aparicion como los tres Reyes magos le vinieron á adorar. É de su

resurreccion, que muestra que fué crucificado é resucitó al tercero dia:

tales cosas como estas, que mueven al ome á facer bien é á haber

devocion en la fé, puédenlas facer, é demás, porque los omes hayan

remembranza que segun aquellas, fueron las otras hechas de verdad. Mas

esto deben facer apuestamente é con muy grand devocion, é en las

cibdades grandes donde oviere arzobispos ó obispos, é con su mandado de

ellos ó de los otros que tovieren sus veces, é non lo deben facer en las

aldeas, nin en los logares viles, nin por ganar dinero con ellas.»

Despréndese claramente de esta notable ley: 1.º, que á mediados del

siglo XIII eran frecuentes en España las representaciones de dramas

religiosos y profanos; 2.º, que se verificaban dentro y fuera de las

iglesias; 3.º, que se representaban, no sólo por clérigos, sino también

por legos; 4.º, que el arte dramático se consideraba como un medio de

vivir; y 5.º, que las piezas representadas no consistían sólo en mudas

pantomimas, sino que también se recitaban. Esto último se colige de la

mención hecha en ella del nacimiento de Cristo, «en que muestra como el

ángel vino á los pastores, é como les _dijo_ como era Jesu Cristo

nacido.»

Sobre las demás propiedades del drama de esta época, sólo es dado hacer

conjeturas. Los especiales religiosos, que la ley menciona, se ofrecen

como ejemplos entresacados de los demás, debiendo advertirse que aluden

al ciclo de la historia sagrada, que había servido antes en diversos

paises para el teatro. Además se recomiendan las historias del Antiguo y

Nuevo Testamento, y las leyendas de santos, como asuntos suficientemente

instructivos y conformes al carácter sacerdotal. Al mismo tiempo que los

dramas religiosos, menciona el legislador _los juegos de escarnio_, sin

duda representaciones burlescas de escenas de la vida ordinaria, que

deben ser miradas como los orígenes de los posteriores _entremeses_, de

la misma manera que aquellos espectáculos más piadosos lo fueron de los

_autos_. Hay también razones para sospechar, que los actores errantes

utilizaban también para sus representaciones las narraciones de los

romanceros, y con tanta mayor razón, cuanto que las hallaban más á mano,

y había entre ellos muchos _joglares_, de profesión semejante á la suya.

En cuanto á la forma de los antiguos dramas, parece lo más probable que

fuese métrica. Si los escribían clérigos ó poetas ilustrados, debieron

usar de _los versos de arte mayor_, ó de otros artísticos semejantes;

pero si suponemos que fueron compuestos por cantores populares, ó

improvisados por los actores, debieron emplear naturalmente el verso

octosílabo del romance, el más fácil y natural á la poesía popular.

Los _villancicos_ destinados al canto y los cánticos religiosos

debieron tener también estrecha relación con los dramas místicos, sobre

todo los primeros, si es lícito deducirlo así de lo que sucedió con

posterioridad.

Otra ley de las _Siete Partidas_ prohibe á los bufones vestir hábitos de

sacerdotes, monjes ó monjas, para remedar á los clérigos[173].

También en el reinado de Alfonso X se extendió por toda España la fiesta

instituída en honor de la santa Eucaristía (la del _Corpus Christi_) por

Urbano IV, adoptada después por toda la cristiandad con el mayor

entusiasmo. Entre las ceremonias y procesiones, con que se celebró,

contáronse desde un principio en casi todos los paises representaciones

dramáticas[174]. Limitándonos ahora á España, hállase la más antigua

noticia de ella en un códice litúrgico de la catedral de Gerona del año

1360[175]. Dícese en él que la fiesta del Corpus se introdujo en Gerona

en tiempo de Berenguer Palaciolo, conde de Barcelona (muerto en 1313), y

que hubo procesión con gigantes y figuras ridículas la mañana del día

destinado á solemnizarla. Esta costumbre ha durado hasta nuestros días,

y de ella trataremos más adelante; seguía á esta procesión cómica la

representación de varios dramas religiosos, como el del _sacrificio de

Isaac_ y el _sueño y venta de Jacob_, que hacían los beneficiados de la

catedral. Y siendo así, tenemos también _autos_ en el siglo XIV, que á

causa de su objeto debieron llamarse _sacramentales_, aunque parezca que

no hicieran alusión determinada é inmediata al objeto de la fiesta,

celebrada principalmente en alabanza del cuerpo del Señor.

La liturgia indicada menciona también diversas costumbres religiosas, y

entre ellas varias representaciones del mismo género, que se hacían

anualmente en días determinados. Los canónigos de la catedral se

obligaban solemnemente, al aceptar sus cargos, á representar la mañana

del primer día de Pascua el drama titulado _Las tres Marías_. En la

segunda víspera de Navidad se representaba el suplicio de San Esteban, y

en la octava de los Inocentes una farsa burlesca, en la cual enmudecían

los coros de mancebos, dirigiendo uno las funciones, que costeaba el

arzobispo[176].

Es probable que tales usos, peculiares á una ciudad catalana, fuesen

comunes á las demás de España de la misma época. El turbulento reinado

del inmediato sucesor de Alfonso X, no fué el más á propósito para

favorecer el desarrollo de ningún arte. Verdad es, que tanto más

propicias fueron después las circunstancias, cuando empuñó el cetro

Alfonso XI, celoso protector de las ciencias y de la civilización. En su

reinado resplandeció con gloria la caballería romántica, y se realzó su

brillo con la institución de _la orden de la Banda_, cuyos estatutos

obligaban á todos los nobles[177]. Torneos y magníficas fiestas se

sucedían sin interrupción en la corte de este monarca. A pesar de esto,

no se halla noticia alguna de su reinado, relativa á los progresos que

le debiera el drama propiamente dicho. Cuanto acaso pudiera encontrarse

en la colección de poesías del infante D. Juan Manuel, se ha perdido

para nosotros con su obra; y _El conde Lucanor_, escrito también por

este autor ilustre, tan precioso para el conocimiento de los sucesos de

esta época, no ofrece dato alguno para la historia del teatro. Bajo este

aspecto no son del todo inútiles las obras, que se han conservado hasta

nosotros de otro poeta de este tiempo, llamado Juan Ruiz, arcipreste de

Hita (nacido á fines del siglo XIII ó principios del XIV, muerto hacia

1350). En la colección de narraciones, anécdotas, fábulas y cantos, que

se hallan en dicha obra, y son parte de otra más completa, que se ha

perdido, compuesta por este escritor ingenioso[178], no hay nada, en

verdad, que pueda denominarse dramático, aunque sí diversas noticias,

que no merecen despreciarse tratándose de los orígenes del teatro.

Tales son las _serranas_, que ofrecen muchas analogías con las

_pastoretas_ provenzales, y ciertos versos muy importantes para la

historia de la poesía popular, pues el poeta refiere en ellos que ha

escrito muchos cantos para bailes y plazas, destinados á cantatrices

judías y moras, _cantares_ para ciegos y estudiantes nocherniegos y

otros cantores errantes, y varias poesías jocosas y burlescas[179].

Llama sobre todo nuestra atención la _Historia amorosa de D. Melón y de

Doña Endrina_ (coplas 557-865), á causa del diálogo y de su exposición

casi dramática. Refiere el poeta cómo D. Melón de la Huerta, por consejo

de Doña Venus y mediación de la vieja Trota-conventos, pretende y

consigue la mano de la viuda Doña Endrina, y es imitación y á veces

literal paráfrasis de una comedia latina de la Edad media (_Pamphilus de

documento amoris, comoedia_) que falsamente se ha atribuído á

Ovidio[180]. El Arcipreste de Hita, á la verdad, ha trocado en

narrativa su forma dramática, aunque ajustándose lo bastante á su modelo

para dejar traslucir su índole primitiva. El autor merece alabanza por

haber representado en ella costumbres españolas, y por haberle añadido

rasgos aislados ingeniosos.--Debemos, por último, advertir, que las

obras del Arcipreste de Hita ofrecen el ejemplo más antiguo é importante

del uso de la alegoría en la literatura española. De su aptitud especial

para las personificaciones y abstracciones, da testimonio la divertida

anécdota de _la guerra de D. Carnaval con dama Ayuno_.

En el reinado de D. Pedro el Cruel (1350-1369), y á consecuencia de los

desórdenes y guerras civiles de Castilla, que apenas había comenzado á

respirar con desahogo, no fueron las circunstancias favorables al

desarrollo del drama, ni mucho menos. Parece, sin embargo, que

prosiguieron sin interrupción las antiguas representaciones mencionadas

en las leyes alfonsinas, pues existe una composición de mediados del

siglo XIV, ó lo más tarde de fines del mismo, que pertenecía al parecer

á esa clase, y estaba destinada á ser representada en las iglesias[181].

Indica su título de _Danza general de la muerte, en que entran todos los

estados de gentes_, que forma parte de la vasta literatura de las danzas

de muertos, y es en verdad una de las más antiguas de cuantas existen en

cualquier país ó idioma. Podría acaso creerse, que, como tantas otras

obras posteriores de la misma especie, es sólo la descripción ó

explicación de algún cuadro. Basta replicar á esto, que hasta ahora no

hay noticia alguna de haberse encontrado en España obras artísticas de

esa especie, y que la poesía, de que hablamos, no hace especial alusión

á ellas. Más naturalmente se explica su sentido suponiendo que fuese

escrita para una procesión mímico-religiosa[182], de las que sin disputa

dieron la primera idea para las representaciones simbólicas de las

danzas de los muertos. Diferénciase, sin embargo, la nuestra de las

demás composiciones semejantes, en que no se alude á la fragilidad de la

vida humana, mirada bajo un punto de vista fantástico, con rasgos

groseros y burlescos, sino al contrario, usando generalmente de un

estilo religioso tan grave como solemne; va precedida de un corto

prólogo en prosa, que reasume en pocas palabras el contenido de la

composición. Después dirige la muerte una exhortación á todos los

mortales, y un predicador los excita á vivir con arreglo á los preceptos

de la virtud; luego invita otra vez la muerte á los hijos de la tierra á

la danza inevitable, y comienza ésta con dos mujeres. Sigue después la

de todos los estados, según su categoría (papa, cardenales, patriarcas,

reyes, obispos, señores eclesiásticos y seculares, monjes, sacerdotes, y

así sucesivamente hasta los traficantes y labradores), y la muerte

convida al baile en cada estrofa al que toca en el orden de la serie, y

en la inmediata deplora su suerte el invitado. Al concluir expresan los

mortales su devoción y piadosos propósitos. La índole de esta

composición hace presumir que se representaba con canto, recitado, baile

y música instrumental, formando todo un conjunto homogéneo. Los versos

son duodecasílabos, y cada estrofa se compone de ocho versos.

D. Pedro González de Mendoza, uno de los más ilustres caballeros de la

época de D. Pedro el Cruel, aunque partidario de D. Enrique de

Trastamara, escribió también, según refiere su nieto el célebre marqués

de Santillana, además de otras poesías, cantares escénicos, plautinos y

terencianos, y villancicos y serranas[183].

En el último decenio del siglo XIV, que comprende los breves y sucesivos

reinados de Enrique II, Juan I y Enrique III, tomó una nueva faz la

poesía castellana, pues la artística, esforzándose en perfeccionarse,

propendió á la elegancia externa, á pulir sus expresiones y á emplear

combinaciones métricas artificiosas; inclinóse á la cavilosidad, á

discurrir sutilmente sobre asuntos amorosos, á los juegos de ideas y

palabras, á la alegoría y á la erudición. Verdad es que en obras

anteriores se notan ya en parte estos síntomas aislados de decadencia,

pero entonces llegaron á ser el principio vital de toda composición, y

casi todos aspiraron á superar á la poesía popular. Debemos considerar

al marqués de Villena[184] como al más antiguo maestro de este género,

pues su larga vida alcanza hasta el siglo XV y comprende parte del XIV.

Este hombre distinguido, enlazado con las dinastías reinantes de

Castilla y Aragón, y de gran influjo en ambos paises, se aprovechó de

ella para favorecer en cuanto le fué dable el desarrollo del arte,

restaurando en Barcelona la Academia instituída á imitación de la de

juegos florales de Tolosa, y fundando otra análoga en Castilla. Entre

las obras, que enriquecieron á la literatura española de esta época,

cuéntanse las traducciones de Virgilio y del Dante, y una titulada _Los

trabajos de Hércules_, de la cual no se sabe con certeza si estaba

escrita en verso, ó si era sólo un drama mitológico en prosa. Todas

ellas debieron existir en tiempo de Mariana[185], y desaparecieron

después juntamente con un drama alegórico (pérdida sensible para

nosotros), compuesto por el marqués de Villena para las fiestas que se

celebraron en 1414, con motivo del advenimiento de Fernando de Castilla

al trono de Aragón[186]. Según asegura el cronista Gonzalo García de

Santa María, los personajes de esta última eran la Justicia, la Verdad,

la Paz y la Misericordia, y fué representada en Zaragoza, ante una

escogida concurrencia[187]. Zurita sólo habla en general de los

espectáculos y _entremeses_, con que se solemnizó la fiesta de la

coronación, debiendo advertirse que la palabra _entremés_ no tiene en

sus labios la significación estricta que alcanzó después[188].

La subida de D. Fernando al trono de Aragón, forma la época en que las

costumbres, idioma y poesía castellana comenzaron á arraigarse más y más

en la corte de Zaragoza, y á decaer el arte de los cantores provenzales,

que tanto tiempo floreciera en ella. Más celo mostró Valencia en

conservar la importancia literaria de su dialecto provenzal, y según un

dato inserto en las _Noticias sobre el teatro de Valencia_, de Luis

Lamarca, se representó allí en el año de 1394, una comedia en dialecto

provenzal, que, con el título de _Le home enamorat y la fembra

satisfeta_, había escrito Mosén Domingo Maspons. Mientras tanto había

empuñado el cetro de la inmediata Castilla el joven Juan II (que reinó

de 1406 á 1454), mostrando desde luego la más decidida afición, no sólo

al lujo y á los espectáculos pomposos, sino también á los más nobles

solaces del arte y de la poesía. Esta inclinación creció y maduró con

los años, y llenó su reinado, no exento de crítica por otra parte, con

fama que resonó á lo lejos, convirtiendo á la corte de Valladolid en

teatro de suntuosas fiestas, y en foco de refinadas y espirituales

costumbres. Si por una parte recreaban la vista brillantes procesiones,

torneos y juegos caballerescos, fomentaban por otra la pasión á más

nobles placeres la música, el canto y la poesía. El mismo rey se

solazaba con los poetas[189], y lo cercaba siempre buen número de ellos,

entre los cuales se contaban los principales nobles y magnates del

reino. Brillaban en ella, al lado del marqués de Villena, ya citado, el

marqués de Santillana, Juan de Mena, Gómez Manrique y otros muchos

caballeros y señores, cuyas obras se reunieron en el _Cancionero de

Baena_, y pasaron luego en parte al _Cancionero general_. Todos ellos

evitaban deliberadamente lo popular, y preferían la poesía erudita, lo

cual explica que encontremos en sus obras pobres sentencias y prosáicos

silogismos, en vez de la expresión espontánea del sentimiento, y

manoseadas frases en vez de verdadera pasión. El lenguaje del corazón

cedió su puesto al afán de causar efecto; se torturó trabajosamente la

rima para componer obras poético-artísticas, y la antigua sencillez y

naturalidad se trocó en adornos retóricos y amplificadas alegorías.

El espíritu dominante en la corte de Juan II no era sin duda favorable á

que se apreciasen y perfeccionasen los orígenes populares del drama.

Estos señores ilustrados creían conservar incólume la nobleza de la

poesía, ahondando á porfía el abismo, que separaba á la erudita de la

popular. Entre los innumerables juegos y diversiones, que recrearon á la

corte del rey, se mencionan también algunas representaciones dramáticas.

Un cronista de este tiempo dice, entre otras cosas, lo siguiente: «El

rey hizo gran fiesta á la reina, y en tanto que en Soria estuvo, se

hicieron grandes fiestas, donde salieron los caballeros ricamente

abillados é despues de aquellos se hicieron danzas é _momos_[190].»

Añade después, que en el año 1440 fueron á Logroño el conde de Haro, el

marqués de Santillana y el obispo de Burgos, para recibir y acompañar á

la infanta Doña Blanca, esposa del príncipe D. Enrique, y á su madre la

reina de Navarra, y que el conde de Haro hizo en Briviesca muchas

fiestas en honor de estas damas, y entre ellas, _momos_, toros y

torneos[191]. Pero estos espectáculos fueron acaso de la misma índole

que los populares más antiguos, ó si algún poeta de la clase más elevada

se dignó componer un drama, hubo de evitar con cuidado que fuese de

aquéllos, y en tal caso, sus obras serían de las que pasaron sin dejar

durable huella. Sin embargo, se sabe muy poco de la existencia de este

linaje de composiciones. La única de la época de Don Juan II, que merece

mención bajo este aspecto, es la _Comedieta de Ponza_, del marqués de

Santillana[192]. Su título, al menos, parece indicar un drama, aunque no

se sepa con certeza la significación, que le dió su autor, pues de su

dedicatoria á Doña Violante de Prados, condesa de Módica y Cabrera, sólo

se deduce que eran harto confusas y embrolladas sus nociones acerca de

los diversos géneros de poesía. Dice en ella que ha puesto á su

composición el nombre de _comedieta_, atendiendo á los tres diversos

nombres de tragedias, sátiras y comedias, que dan los poetas á esta

clase de obras: que tragedia es la poesía que refiere la caída de

grandes reyes y príncipes, como Hércules, Priamo, Agamenón y otros, cuya

vida fué tranquila al principio y en su mediación, pero que al fin

terminó tristemente, como se ve en las tragedias de Séneca el Joven y en

el libro de Bocaccio, titulado _De casibus virorum illustrium_: que

sátira se llama la que escribe el poeta con el nombre de sátiro,

criticando con calor los vicios y alabando la virtud; y que se denomina

comedia la que trata de aquellos hombres, que comenzaron á vivir con

trabajos, y después hasta su muerte fueron dichosos, como las escritas

por Terencio y por el Dante en su libro, en el cual cuenta haber visto

primero los dolores y sufrimientos del infierno, después el purgatorio,

y por último muy contento y feliz el paraíso. Basta leer la _Comedieta

de Ponza_ para deducir que no se destinó á la representación, aunque por

su fondo y por su forma dialogada se acerque mucho á lo que apellidamos

drama. Refiérese á la batalla naval, que se dió en 25 de agosto de 1435,

cerca de la isla de Ponza, entre los genoveses y los reyes de Aragón y

de Navarra, y terminó con la derrota y cautiverio de los últimos[193].

Comienza el poeta con una breve introducción alusiva á la instabilidad

de las cosas humanas, y después de una invocación á Júpiter y á las

musas, dice que un día oscuro de Otoño le sobrecogió el sueño en un

paraje desierto, y que á poco llegaron á sus oidos voces dolientes, como

de personas que lloraban, y lo despertaron, apareciéndosele cuatro damas

coronadas, profundamente afligidas. Eran la reina madre Doña Leonor, las

reinas de Aragón y Navarra, y la infanta Doña Catalina. Detrás de ellas

venía el poeta Bocaccio, ceñida su frente de laurel. Las augustas

señoras deploran después sucesivamente la malhadada batalla naval, y

Doña Leonor excita á Bocaccio á cantar sus penas, ya que no era posible

encontrar asunto más trágico y lúgubre. Este replica en italiano, y

aquella prosigue describiendo primero su antigua dicha, y los tristes

presentimientos y visiones que luego le afligieron, presagios de la

desgracia que le amenazaba. Lee después una carta, que refiere

prolijamente la lucha de genoveses y españoles, y concluye diciendo que

toda la armada española, con sus reyes, príncipes y grandes, había caído

en poder de los enemigos. La reina madre, vencida por el dolor, cae

muerta en tierra, y las demás se arrojan sollozando sobre ella. Entonces

se aparece la Fortuna, y las consuela en su aflicción exponiéndoles los

cambios de la suerte, que produce, demuestra en un largo discurso que

ninguna desdicha humana es eterna, y anuncia que los reyes serán puestos

pronto en libertad. Por último, ve el poeta ante sí á estos señores, ya

de vuelta; acompaña en su alegría á las princesas, y acaba con un

epílogo en su nombre, que es de lo mejor de aquel tiempo, y lleno de

bellezas verdaderamente poéticas, no obstante adolecer de los defectos

generales de la poesía erudita de su tiempo.

En el _Corbacho_ del Arcipreste de Talavera, escritor de aquel periodo,

se habla de la representación de _La Pasión_ en la iglesia del Carmen.

Pero si en el reinado de D. Juan II hay escasez de datos relativos á la

historia del teatro, es todavía mayor la que se observa en los años

siguientes. La irresolución y las dolencias de Enrique IV, la conducta

disipada de la reina, las discordias de ambos cónyuges, y las

consiguientes parcialidades de los grandes, convirtieron á la corte y al

reino en un teatro de anarquía, en el cual apenas tenían cabida la

ilustración y la cultura. Las artes pacíficas no encontraron poderosos

estímulos en el carácter sombrío del soberano, y de este modo nos

explicamos la melancolía que inspiraba al poeta Jorge Manrique, que

vivió lo bastante para ver tan tristes días, cuando, al recordar la

espléndida corte de D. Juan II, se expresa así:

«¿Qué se hizo el rey Don Juan?

Los infantes de Aragón

¿Qué se hicieron?

¿Qué fué de tanto galán,

Qué fué de tanta invención

Como truxeron?

Las justas y los torneos,

Paramentos, bordaduras

y cimeras,

¿Fueron sino devaneos?

¿Qué fueron sino verduras

De las eras?

¿Qué se hicieron las damas,

Sus tocados, sus vestidos,

Sus olores?

¿Qué se hicieron las llamas

De los fuegos encendidos

De amadores?

¿Qué se hizo aquel trovar,

Las músicas acordadas

Que tañían?

¿Qué se hizo aquel danzar,

Aquellas ropas chapadas

Que traían?»

Las estrofas conocidas con el nombre de _Mingo Revulgo_, en las cuales

Rodrigo de Cota el Viejo, poeta de Toledo, trazó una descripción de la

corte de Enrique IV, casi no tienen de dramático más que el

diálogo[194]. Más importante, sin duda, que esta mezcla extraña de

sátira é idilio es para nosotros una delicada conversación en verso, que

se halla en el _Cancionero general_, y se atribuye á este mismo autor,

pues, según indica su título, se había destinado á la representación

hasta con cierto aparato escénico[195]. Toda la acción de esta

piececilla consiste en una disputa entre el Amor y un Viejo, en la cual

sucumbe éste.

Historia de la literatura y del arte dramático en España, tomo I · 第 9 / 26 段