Mientras que el arte de los trovadores y juglares encontraba una segunda

patria en la Marca oriental de España, penetraba también poco á poco en

su parte occidental. Ya en la _Crónica general del Cid_ (fines del siglo

XI) se habla expresamente de los juglares. Refiérese sin duda

(suponiendo que no sea apócrifa toda esta parte de la _Crónica_) á los

antiguos bufones y cantores populares, que no desaparecieron durante la

Edad media. Sin embargo, no mucho después de esta época comenzaron á

conocerse en Castilla los poetas provenzales, pues á mediados del siglo

XII aparece Alfonso VII, rey de Castilla y de León, como protector de

los trovadores, y después siguen su ejemplo Alfonso IX de León y

Fernando III de Castilla[152]. Hay datos circunstanciados de la época

del reinado de Alfonso X (1252-1284), que prueban no sólo lo populares

que eran ya en Castilla los cantares provenzales, sino las

modificaciones que había sufrido su poesía. Este sabio soberano, poeta y

amigo de poetas, superó en generosidad á todos sus predecesores,

señalando sueldo á parte de ellos que residían en su corte, y pensiones

anuales á los que vivían en el extranjero. Entre los protegidos así lo

fué el trovador Giraut Riquer de Narbona, que se propuso restaurar la

gaya ciencia, caída ya en desprecio en muchos lugares, atribuyendo la

causa de este mal á la indecorosa costumbre, admitida en su tiempo, de

llamar juglares á todos los poetas sin hacer distinción entre ellos, y

confundiendo bajo esa denominación á los más notables con groseros

mímicos y farsantes. Por esta razón excitó á su real protector á acabar

con ese abuso, y á clasificarlos con propiedad según sus diversas

clases. A esta súplica del año 1275, que se conserva, sigue otra

explicación escrita en nombre de Alfonso, que, según todas las

probabilidades, proviene del trovador citado, y parece el plan á que

había de ajustarse la resolución del rey, caso de acceder á lo propuesto

por el suplicante. Repítese en ella su deseo y se exponen las razones

que lo abonan, llamándose abuso la costumbre de dar el nombre común de

juglares á todos los poetas y cantores, y hasta á los bailarines de

cuerda y á los bufones. Indícanse también las varias denominaciones, que

deben distinguir con claridad á sus diversas clases. A todos aquéllos,

que viven pobre y bajamente, y no son admitidos en ninguna sociedad

culta, á los que hacen bailar á monos, machos cabríos y perros, ó imitan

el canto de las aves, ó tocan instrumentos músicos, ó divierten al

pueblo con sus cantos, recibiendo en cambio miserable recompensa, se

denomina bufones. Los más cultos, y los que se dedican á artes

agradables y tratan á los nobles con frecuencia, ya toquen instrumentos,

cuenten novelas, reciten versos y canciones ajenas, ó diviertan de otra

manera análoga, deben llamarse juglares. Los que componen versos y

cantos, ó canciones bailables, ó escriben magistralmente coplas y

baladas, albas y sirventes, merecen el nombre de trovadores. Por último,

los más notables é ilustres entre éstos deben ser honrados con el título

de doctores de la poesía.--Toda la nomenclatura indicada parece

referirse á la Francia meridional, «pues en España, según dice, se halla

esto más arreglado, diferenciándose las profesiones con nombres

especiales. Los músicos se llaman _juglares_, los actores _remedadores_,

los trovadores de las cortes _segriers_, y los que, lejos de toda buena

sociedad, se consagran á innobles artes en calles y plazas y viven vida

miserable, son denominados _cazurros_, para denotar su bajeza: tal es la

costumbre de España, y así es fácil distinguir las artes por sus

nombres[153].

Los _juglares_, según se deduce de varias leyes de _las Siete Partidas_,

se dividen en dos clases: decláranse infames los _remedadores_,

_bufones_ y _juglares_, que cantan en las calles por dinero ó ejercitan

sus artes públicamente, exceptuándose de este anatema á los que tañen

instrumentos, ó cantan para solaz de los ricos ó reyes, ó por recreo

propio[154].

Otra nos habla también de las _juglaresas_[155].

Para aclarar en cuanto sea posible la obscuridad que reina, á pesar de

estos datos, en cuanto se refiere á las condiciones especiales de tales

cantores, es menester indicar préviamente los diversos dialectos usados

por la poesía castellana de esta época. Dos, al parecer, son los

principales. Hablaban sin duda su idioma nativo todos los provenzales ó

del Oriente de España, que habían emigrado de su país, y no abrigaban

temor alguno de no ser entendidos de príncipes y grandes, puesto que el

lemosín era el lenguaje predilecto de casi todas las córtes europeas,

así de la del inglés Enrique II y de la del alemán Federico II, como de

la del portugués Dionisio[156]. En cambio los cantores castellanos

debieron en un principio expresarse con trabajo en un idioma extranjero,

que sólo podía servirles para hacer pasajeros ensayos. Para la lírica, y

especialmente para las formas más cultas, que adoptó la poesía

provenzal, no bastaba el castellano, rudo é informe en aquella época. El

gallego[157], otra rama del romance español, fué más adecuado á dicho

objeto, y más á propósito por su flexibilidad para la expresión lírica

desde la llegada del conde Enrique de Borgoña, que vino á Galicia con

numerosos caballeros á tomar parte en las guerras de los reyes de

Castilla y de León contra los moros, introduciendo y naturalizando en

ella la poesía provenzal. Recordando esta circunstancia, y que Galicia

formó desde luego con Castilla parte integrante del Estado, no parecerá

extraño que los primeros poetas castellanos empleasen un dialecto

preferible al provenzal por su afinidad con el suyo, y más perfecto é

importante que el último. Y que así sucedió lo prueban, entre otras

razones, las palabras auténticas de la carta del marqués de Santillana

sobre el origen de la poesía castellana[158]. Guardémonos, sin embargo,

de darles una significación más general de la que tienen, si se

consideran aisladamente, pues que sólo los poetas líricos, no los demás,

imitaron gustosos á los trovadores. Inverosímil parece que el poeta

popular escribiese en un lenguaje extraño á sus auditores, y existen

además testimonios auténticos que confirman la prioridad, con que usó la

poesía del idioma castellano. Créese, no obstante, que han desaparecido

del todo las primitivas composiciones líricas populares, ó que sólo han

llegado hasta nosotros escasos restos, al paso que existe parte de las

épicas, las cuales, á causa de su fuerte colorido local y nacional, y de

sus planes y objeto, son documentos muy importantes para el estudio de

la literatura española. Debemos hacer mención expresa del famoso _poema

del Cid_, el más antiguo y original monumento de la lengua y poesía

castellana, cuya composición se fija de ordinario con alguna certeza á

mediados del siglo XII. Algunos creen que eran semejantes á esta poesía

los cantos asturianos populares y heróicos más antiguos[159], escritos

en versos, compuesto cada uno de otros dos, parecidos á los de los

Nibelungen y primeras obras rimadas provenzales, y á los de las poesías

posteriores de Apolonio de Tiro y de Alejandro el Magno[160]. Esta

opinión no se funda, sin embargo, en razones convincentes. Aun

concediendo que la epopeya indicada se asemeja algo á la poesía popular,

como sucede, por ejemplo, con las estrofas en que el poeta se dirige á

sus auditores, más sólidos fundamentos nos inclinan á considerarla como

parto de la poesía artística.

Trazas innegables de ello llevan la lengua, á pesar de su rudeza, y el

ritmo, no obstante su monotonía. Este verso yámbico incipiente, con su

estructura á todas luces arbitraria, en opinión de un crítico muy

autorizado en esta materia[161], es poco conforme al genio de la lengua

española, careciendo de aquella sencillez y natural caída de sílabas,

que se halla siempre en la poesía popular, por lo cual se conjetura que

es una imitación de los modelos provenzales, extraños á aquélla[162].

Proponíase el poeta, según todas las apariencias, superar á los

cantores populares, celebrando al héroe que hacía las delicias del

pueblo y era famoso en sus cantares, y dar á estos materiales una forma

más pesada y menos popular.

Indudablemente existían esos cantos antes que el poema de que tratamos,

puesto que la poesía popular es siempre resultado inmediato de la vida

poética de cualquier nación. Claramente indica el poema la existencia de

tales precedentes, pues su lenguaje, aunque rudo y grosero, no lo es,

sin embargo, hasta tal punto, que no suponga la preexistencia de un

trabajo anterior y continuado, necesario para alcanzarlo. Todo hace

sospechar que el verso, natural á esta poesía popular, ha sido desde

antiguo el trocáico de cuatro pies, ligado por la asonancia ó por la

rima perfecta de dos en dos versos. La índole especial de la lengua

española parece tan inclinada á esa forma (llamada del romance), que sus

palabras y proverbios la adoptan sin violencia[163], deslizándose

suavemente el discurso por esta bella aunque limitada superficie. Y así

indudablemente se escribieron los primeros cantos, porque tal era la

versificación más natural y fácil que se ofrecía[164]. Verdad es que

sólo con trabajo se descubre la existencia histórica del romance en

tiempo de Fernando el Santo (1220-1252)[165], aunque el eminente

erudito español D. Agustín Durán haya demostrado con su penetración

ordinaria, que, en las composiciones de esta especie, que se conservan

(las cuales, en general, no se remontan más allá de la mitad del siglo

XIV), se hallan restos de otras más antiguas, que, á pesar de las

modificaciones que les ha impreso la tradición oral, alcanzan hasta las

primeras épocas de la guerra asturiana.

Aun cuando casi todos los romances se habían divulgado por el pueblo, es

probable que los narrativos se recitaban principalmente por los

_joglares_, quienes, al menos en parte, pudieron ser sus autores. Hemos

visto antes que la recitación de narraciones poéticas fué una de sus

principales ocupaciones, pareciendo probable que en Castilla hiciesen lo

mismo con los romances, tan á propósito para impresionar al pueblo como

deseaban. No es, pues, aventurado que hagamos extensivo á los más

antiguos cantores, ó predecesores de los _joglares_, que después

imitaron en España la poesía de los trovadores, lo que antes indicamos

acerca de aquéllos. Quizá ya en el tiempo de los héroes, que celebraban,

resonaron los romances de Mudarra y de Bernardo del Carpio. El rapsoda,

compañero de los héroes, pulsaba su lira antes de comenzar la batalla,

para inflamar el ardor de los combatientes, recordando antiguas proezas

ó cantando las hazañas de sus contemporáneos. En la paz era siempre

huésped bien venido; oíale atento el pueblo en plazas y calles cuando le

hablaba del emperador Carlomagno ó de los infantes de Lara; abríansele

las puertas de los castillos; era necesario complemento de toda fiesta,

y llenaba de admiración ó conmovía las almas de sus auditores, ya

refiriese sucesos importantes de la historia nacional, ya las aventuras

de desdichados amantes, ya cuentos de caballerías y tradiciones

fantásticas de maravillas y encantos.

Por lo que hace á la manera de recitar los romances, ocúrresenos también

ahora la presunción ya indicada al hablar de los provenzales, de que se

hacía mímica y dramáticamente. Fúndase además en un motivo especial,

cual es la índole peculiar del romance, que se distingue de otras

composiciones por participar á un tiempo del drama y de la epopeya por

su índole narrativa, y porque cuenta lo narrado como presente.

Recuérdense tan sólo algunos de los más notables, como por ejemplo los

de Gaiferos, del marqués de Mantua, del conde Claros de Montalván, que

elegimos entre los demás deliberadamente porque deben ser de los más

antiguos, atendida su forma primitiva. ¡Con qué poderosa energía se

retrata en ellos lo sucedido! ¡Cómo convierten al auditor en espectador

y actor á un tiempo del hecho que refieren! ¡Cuán vivos y dramáticos son

los personajes aislados, que interrumpen con sus discursos la narración!

Y, en efecto, este rasgo característico del romance es tan

significativo, que basta para confirmar nuestras sospechas, aunque no

hubiese otras razones para ello, análogas á las que expusimos cuando

intentamos probar que así se recitaban los de los provenzales. No nos

parece esta ocasión oportuna de indicar ahora otras hipótesis acerca de

la manera, en que los _joglares_ debieron recitar sus narraciones

delante de los que los escuchaban. Se podría sostener que mientras un

cantor recitaba el romance, representaban pantomímicamente los bufones y

_remedadores_ el suceso referido. Tal sería entonces el tipo primitivo,

que sirvió más tarde para componer el conocido capítulo de _Don Quijote_

en que aparece Maese Pedro imitando á los titiriteros, que representaban

las tradiciones populares. Verdad es que en apoyo de esta sospecha no

milita razón alguna importante, aun cuando se pueda también creer, que,

á semejanza de los juglares, representaba sólo el cantor sin ayuda de

ningún otro, dando á su recitación carácter dramático, ya con sus

animados gestos, ya variando oportunamente las modulaciones de su voz.

Más patente aparecerá la estrecha unión, que tuvo este linaje de poesía

con el drama posterior, si se recuerda, aun anticipando esta

observación, que en tiempo de Lope de Rueda precedía el romance á toda

representación escénica, que después subsistió como loa ó prólogo, y al

fin se confundió con el drama, formando un todo orgánico.

Pero aun suponiendo, que nuestra sospecha acerca del lazo externo, que

unió al drama con el romance, especialmente en su recitación, sea

rechazada como poco verosímil, nadie podrá negar la afinidad que hay

entre ambos. Claro aparece, y es causa suficiente para no pasarlo en

silencio, al escribir una historia de la literatura dramática, el

importante influjo que ejerció en la forma externa del drama, en virtud

de su animada exposición y vitalidad dramática. Y aquí, sin duda,

debemos echar una ojeada á los asuntos de estas producciones, únicas en

su especie, de una vida poética lozana, tan acomodados á la acción

dramática y aptos ya para servir de base principal á este objeto. En

primer lugar utilizaron la historia nacional, rica en graves

acontecimientos y terribles catástrofes, como el orgullo del último rey

de los godos, la pronta venganza del conde D. Julián, la malhadada

batalla, que acabó con la monarquía de los godos, y la trágica muerte de

Rodrigo; la heróica resistencia de Pelayo en las Asturias; las gloriosas

hazañas del Cid, su amor á Jimena, su combate con su padre, su lealtad á

los soberanos legítimos, premiada siempre con ingratitud; el asesinato

del rey Sancho en el cerco de Zamora; los amores románticos de Alfonso

VI y de la bella Zaida, y de Gonzalo Gustios de Lara y la hija de

Almanzor; la lucha fratricida entre Pedro el Cruel y Enrique de

Trastamara, semejante á la de Eteocles y Polinice; el asesinato del

maestre de Santiago, y la triste suerte de la inocente Blanca de Borbón;

el favor y la caída súbita de D. Álvaro de Luna, y las aventuras

caballerescas de D. Pedro Niño. Añádase á esto el ciclo de tradiciones

de allende los Pirineos, que penetró pronto en España y fué modificado

en sentido nacional, entre las cuales mencionaremos las historias tan

animadas de Carlomagno y sus paladines, como el impetuoso Roldán, el

obstinado Reinaldos, y aquel Gaiferos, que asistió en su juventud á

trágicas historias, se hizo hombre en medio de ellas, y después

emprendió su maravillosa peregrinación al país de los moros para

libertar á su esposa. Parécense también á estas poesías, aunque se

funden en tradiciones puramente españolas, las que tratan de las

fabulosas hazañas de Bernardo del Carpio, de la vida de Fernán González,

tan rica en portentosas aventuras; de la infame traición, de que fueron

víctimas los infantes de Lara, y de la venganza de Mudarra. Por último,

pertenece asimismo á la historia la lucha de que fueron testigos los

muros de Granada, aunque revestida desde un principio con los brillantes

atavíos de la tradición, y notable por su interés romántico. Por un lado

combaten caballeros enemigos en magníficos torneos y zambras; disputan

vergonzosamente entre sí padre é hijo en los salones encantados de la

Alhambra y del Generalife; ocurre la sangrienta catástrofe de la sala de

los Abencerrajes, el asesinato de Moraima, y aquella lid, en que la

bravura española defendió el honor de la calumniada reina de los moros

contra los traidores Zegríes; y por otro observamos el enérgico

sentimiento religioso, que se refleja en las aventuras del gran maestre

de Calatrava, de Hernán Pérez del Pulgar y tantos otros caballeros

cristianos. Todo esto, sin embargo, es sólo una ligerísima reseña de los

innumerables materiales, que los romanceros transmitieron á los poetas

dramáticos posteriores, los cuales, como después veremos con frecuencia,

supieron utilizarlos y ajustar á ellos sus obras rigorosamente.

Necesario era, antes de proseguir nuestras investigaciones generales,

señalar la existencia de este fenómeno aislado, que tan estrecha

influencia tuvo en los orígenes del teatro. Continuemos ahora nuestro

trabajo.

[imagen]

CAPÍTULO IV.

Representaciones dramáticas en tiempo de Alfonso X--Mención más

antigua de las fiestas escénicas de Navidad (1360).--El Arcipreste

de Hita.--Representación dramática de la _Danza de los

muertos_.--Pedro González de Mendoza.--Fiestas y diversiones

poéticas en la corte de Juan II.--La comedieta de Pouza.--Las

estrofas de Mingo Revulgo.--Poesías dialogadas de _El cancionero

general_.--Leyes contra la representación de dramas en las

iglesias.

El último ataque enérgico é impetuoso de los infieles contra los

señoríos cristianos nacientes, acabó en 998 con la derrota de sus

autores. Desde entonces decayó más cada día el poderío de los árabes,

sobre todo desde que, á la caída de los Ommiadas (1038), se dividió el

imperio muslímico en muchos pequeños estados, y el nuevo reino

castellano (nombre primitivo de un condado, que luego se fundió en la

corona de León), tuvo que habérselas con enemigos desunidos. La

victoriosa expedición de Alfonso VI, coronada en 1085 con la toma de

Toledo; los terribles ataques de Alfonso I, que ciñó en sus sienes las

coronas de Aragón, León y Castilla, humillaron de tal manera á los

mahometanos, que en adelante se vieron obligados á renunciar á todo plan

de conquista. Los bravos adalides cristianos pudieron respirar más

desahogadamente en sus territorios, ya más extensos y seguros.

Repobláronse las antiguas ciudades de Ávila, Segovia, Salamanca, Toro y

Zamora. Mezcláronse con los castellanos caballeros extranjeros, ansiosos

de tomar parte en sus gloriosas cruzadas. Con tales luchas se desarrolló

y floreció el espíritu romántico-caballeresco de la Edad media, y á

consecuencia de esto se suavizaron también las costumbres. La vida ruda,

llevada hasta entonces, comenzó á ceder á las dulzuras de la

civilización. El espíritu caballeresco, ya más ilustrado, no empleó sólo

sus armas en luchas formales, sino en servicio de las damas y en juegos

espléndidos, que satisfacían su amor á la gloria. Todo ello contribuyó á

despertar y sostener las diversiones públicas. Verdad es que ya antes

eran frecuentes el bofordo y los toros; pero desde el año 1107 se hace

repetida mención de torneos y fiestas caballerescas, celebradas

suntuosamente con asistencia de las damas[166]; asimismo se

ennoblecieron las solemnidades con que se festejaban los casamientos de

los grandes, y no faltaron en ellas cantores provenzales, gallegos ó

castellanos, que las embelleciesen con músicas y espectáculos

dramáticos.

En el siglo XI comenzaron á ser frecuentes las peregrinaciones al

sepulcro de Santiago de Compostela, patrón de España[167]. No es

inverosímil que la multitud de devotos, que acudió allí de todas partes,

importase también consigo su afición á ver y oir cosas deleitables, y

que esto diese origen á las primeras representaciones de dramas

religiosos, aunque no existan documentos históricos fidedignos que lo

expresen con toda claridad, como dice Blas Nasarre al hablar de tales

dramas de peregrinos.

En casi todas las ciudades, que ganaron los vencedores á los infieles,

hallaron comunidades religiosas é iglesias, que conservaban las antiguas

costumbres litúrgicas[168], y de esta manera volvieron á familiarizarse

con las formas solemnes del culto, que acaso olvidaran en el tumulto de

la guerra. Aunque la liturgia mozárabe fué sustituída desde el año 1000

por la romana, aceptó, sin embargo, ésta los himnos y antífonas como

elementos esenciales de ella[169]. También parece que, ya desde época

anterior, se empleó á un tiempo en los cánticos religiosos la lengua

vulgar y la latina. El ejemplo más antiguo, que se ha conservado hasta

nosotros, se halla en las obras del clérigo secular Gonzalo de Berceo,

que floreció á principios del siglo XIII[170], y consiste en un canto de

los centinelas, que guardaban el sepulcro del Señor, con un estribillo

que repetía á coro, destinado acaso á cantarse aparte, como parece

indicar su nombre de _cántica_. Es de presumir que sea fragmento ó

imitación de algún drama antiguo religioso ó cosa parecida[171].

Lugar oportuno es este de advertir, que, según todas las probabilidades,

ya durante el siglo XII ó quizá antes, merced á representaciones

dramáticas verdaderas, se habían desarrollado ciertas producciones

aisladas, más ó menos semejantes á dramas, las historias dialogadas y

mímicas de los juglares, los cánticos religiosos alternados y los bailes

pantomímicos. Esta presunción no merece rechazarse, pues según consta de

evidentes testimonios, ya un siglo más tarde era tan general y conocida

la representación de dramas, que fué preciso sujetarla á las

prescripciones de las leyes.

El reinado de San Fernando forma el núcleo de una serie de sucesos

importantes, que hacen del siglo XIII una de las épocas más notables de

la historia de España. Los infieles, reducidos al reino de Granada y su

territorio, y limitándose á hacer una guerra defensiva, dejaron á la

naciente civilización cristiana un campo más fértil y vasto. Los tesoros

de la ciencia y del arte árabe se propagaron entonces desde Córdoba y

Sevilla, una vez conquistadas, por el pueblo vencedor. Los gérmenes de

cultura, que, brotando de nuevas fuentes, debieron su nacimiento á la

actividad del padre, se desenvolvieron poco á poco merced á los cuidados

y solicitud del hijo. Alfonso X, el Sabio y el ilustrado, fué, de todos

los príncipes de su época, el más decidido protector de las ciencias, y

el que con más celo fomentó los progresos nacientes. Sus esfuerzos por

divulgar en el pueblo la instrucción y las ciencias, el ardor con que

atendió á las corporaciones científicas, ampliando sus facultades ó

fundándolas de nuevo, ejercieron duradero influjo en la civilización

española. Provechoso fué especialmente para la literatura el esmero con

que cultivó la lengua nacional, ya impulsando la publicación de obras

innumerables, ya escribiéndolas él mismo. Entre ellas es muy importante

para nosotros la colección de _cantígas_, en honor de la Santa Virgen.

Estos cánticos y romances místicos, escritos en dialecto gallego,

interesantes porque nos dan á conocer las formas de los antiguos cantos

religiosos, se han conservado en número de 400, con su música especial,

en diversos manuscritos del Escorial y de la catedral de Toledo. Todas

sus estrofas terminan en un estribillo, destinado probablemente á

cantarse por el coro, y son una prueba de la antigüedad de las poesías

denominadas _villancicos_, de las cuales hablaremos con frecuencia en

esta historia del teatro[172].

Historia de la literatura y del arte dramático en España, tomo I · 第 8 / 26 段