Y ya que hablamos del _Cancionero general_[196], mencionaremos también

las restantes composiciones en diálogo, que contiene. Hay dos ingeniosas

escritas por Alonso de Cartagena, la una entre el Amor y un Enamorado, y

la otra entre los Ojos y el Corazón[197]. La de Puerto Carrero[198]

ofrece ya más personajes, y la del Comendador Escriva, por último, en

que aparece el Autor, su Amada, el Amor, la Esperanza y el Corazón

hablando entre sí, merece ya el nombre de pequeño drama alegórico[199].

Estas composiciones no pueden atribuirse con certeza á la época de

Enrique IV, puesto que el autor del _Cancionero_ las ha compilado

también de los decenios siguientes, y del tiempo de Juan II, y sólo hace

alguna que otra indicación aislada acerca del período en que se

escribieron.

Proseguían mientras tanto en las iglesias las representaciones

dramáticas con todos los abusos inherentes á ellas, y llegó á tal

extremo el desorden, que había intentado corregir Alfonso X,

probablemente á consecuencia de la corrupción de la disciplina

eclesiástica, que tomó mayores proporciones que antes. El concilio de

Aranda, que quiso poner un dique en el año de 1473 á la inmoralidad é

ignorancia de los clérigos corrompidos, creyó necesario sancionar un

canon análogo á la ley alfonsina, ya citada. Condena enérgicamente los

abusos inmorales, que se habían deslizado en las iglesias

metropolitanas, catedrales y otras, y habla de los juegos escénicos,

mascaradas, monstruos, espectáculos y diversas figuras escandalosas, que

aparecían en las iglesias en las fiestas de Navidad, de San Esteban, San

Juan, los Inocentes, cuando se cantaban nuevas misas y en ciertos días

festivos, y de los desórdenes que producen, y de las poesías chocarreras

y bufonadas que se oyen en ellas, sin reparar en que se celebra al mismo

tiempo el culto divino, y que lo interrumpen y conturban. El canon

condena enérgicamente estos desórdenes, y señala penas á los clérigos

que los cometan, ó los consientan ó favorezcan. Concluye exceptuando

expresamente de este anatema á las representaciones honestas y devotas,

que se celebran en los días festivos indicados, y en otros que no

menciona[200].

No es posible decidir con seguridad si en este tiempo se había

desarrollado el drama religioso, más tarde albergue natural de la

alegoría, con sus cualidades especiales; pero las palabras _diversa

figmenta, monstra_, etc., parecen aludir sin violencia á figuras

alegóricas.

En el libro 3.º de _Tirante el Blanco_ (1490), se habla de los

entremeses que se representaban en Navidad.

Al canon del concilio de Aranda sucedieron en breve diversas

prohibiciones análogas[201]. Sin embargo, los desórdenes no se

extirparon del todo, á pesar del celo mostrado por los superiores

eclesiásticos, y merecieron en el siglo siguiente la condenación más

severa.

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CAPÍTULO V.

España á fines del siglo XV.--Juan del Encina.--_La

Celestina._--Gil Vicente.

La espantosa anarquía, que reinó en Castilla desde la deposición de

Enrique IV (1465), duró hasta después de la muerte de este monarca

(1474). Isabel, hermana del muerto, sólo pudo hacer valer sus dudosos

derechos de sucesión á la corona empleando la fuerza de las armas contra

la infanta Doña Juana y sus partidarios, y hasta el año de 1476, vencido

cerca de Toro el rey de Portugal, principal apoyo de sus enemigos, no

poseyó tranquilamente el trono. Bajo el enérgico y maternal gobierno de

esta noble princesa disfrutó de paz y sosiego su reino, destrozado antes

con luchas y divisiones de partidos. Su casamiento con el heredero de

la corona de Aragón[202], celebrado ya en 1469, produjo un cambio

importante en el estado de toda España, puesto que cuando Fernando subió

al trono de su patria en 1479, vacante por muerte de Juan II, se unieron

las dos coronas principales de la Península, obedeciendo á unos mismos

cetros. Esta unión, que se consumó principalmente después de la muerte

de Fernando, dió á la monarquía española, fundada entonces, la fuerza y

la autoridad de que careciera cuando se hallaba dividida en diversos

territorios. En el interior creció el poder de la monarquía á costa de

los grandes, y en el exterior se abrió al deseo de dominación y al celo

religioso una senda, que no habían podido pisar ni recorrer los dos

estados, los cuales, al contrario, se estorbaron antes uno á otro con su

rivalidad política. Ya en el año de 1492 cayó Granada en poder de los

cristianos, y con ella el último baluarte de los moros en la Península,

en donde habían dominado por espacio de siete siglos largos. Casi al

mismo tiempo abrió Colón nuevo camino al poderío español, ofreciéndole

inmensos territorios en que plantar su cetro, y Gonzalo de Córdoba, con

la conquista de Nápoles, añadió un nuevo florón á la rica corona de los

felices monarcas. En su glorioso reinado tomó su país ese vuelo, que

hasta el siglo XVII hizo de la monarquía española una de las más

poderosas y brillantes de Europa; y como los sucesos políticos

importantes tienen tanta influencia en el desarrollo de la cultura y del

ingenio nacional, no es extraño que los españoles sintiesen nueva y más

vigorosa vida, y se pusiesen al nivel de los notables sucesos de esta

época. Pero también, bajo otro aspecto, forma el reinado de Fernando el

Católico y de Isabel una nueva era en la historia de España. Estos

soberanos promovieron con más ardor que todos sus predecesores la

cultura de sus súbditos; y así ellos como los grandes de su reino,

adelantaron á la nación en el cultivo de la ciencia y las artes, y su

influjo fué tanto más fructuoso, cuanto que se oponía á la preocupación

admitida, de que las más nobles ocupaciones del espíritu eran

incompatibles con las virtudes caballerescas[203]. La reina, en

especial, se propuso favorecer estas tendencias civilizadoras, y en los

últimos años de su vida se esforzó, no obstante sus numerosas

ocupaciones, en corregir los defectos de su primera educación,

dedicándose á los más serios estudios. Muchos sabios, llamados del

extranjero, plantaron en el suelo español nuevas ramas del saber. El

cardenal Cisneros, además de otras escuelas, fundó la Universidad de

Alcalá, y la unión con Italia contribuyó también poderosamente al

desarrollo de las artes y las ciencias.

Consecuencia fué de esto, como dice un escritor contemporáneo, que, ya

desde entonces, no se tuviese por noble sino al que sabía manejar las

armas, y era al mismo tiempo poeta y sabio. Innumerables cantores y

trovadores vinieron á la corte, atraídos por las recompensas y honores

que les aguardaban[204]. La enumeración de las obras en prosa y verso,

que aparecieron en esta época, en su mayor parte bajo la protección ó á

impulsos de la reina Isabel, formaría un catálogo importante. Y casi

todas ellas (lo cual no debe pasarse en silencio) estaban escritas en

lengua castellana que inesperadamente y en poco tiempo llegó á su

perfección. La ilustrada reina, aun rindiendo homenaje al mayor celo,

con que los eruditos se dedicaban al cultivo creciente del idioma del

Lacio, no omitió medio ni diligencia para fomentar el de la lengua

patria. Y como el reino de Aragón no constituyó ya un estado

independiente, el dialecto castellano consiguió decidida supremacía

sobre los demás de la Península. Enmudecieron los trovadores catalanes y

aragoneses; no se cultivó ya el romance lemosino, y degeneró, como antes

sucediera al gallego, en dialecto popular; y así como Castilla fué el

estado dominante, así también se levantaron su lengua y su poesía á tal

altura, que su influjo se extendió hasta los últimos límites de España.

El vuelo, que tomó la vida entera de la nación, no podía menos de

producir formas nuevas y análogas en la poesía. Obsérvase esto sobre

todo en la forma y el tono de los cantos narrativos populares. Si la

poesía anterior española revela pocas trazas del influjo arábigo, la que

le sucede, después que cayó el imperio mahometano, admitió sin trabajo

no poca parte del espíritu oriental. Las que tratan de los sucesos

ocurridos en el cerco de Granada, que son también las primeras que

recuerdan la poesía árabe, por su fondo más rico y su bello colorido, se

compusieron sin duda después de la conquista de esta ciudad; y así como

esto no puede negarse razonablemente, así tampoco se puede desconocer

que las auras del Oriente comenzaron entonces á infundir nueva vida y

belleza en la poesía española posterior, aun cuando este influjo,

limitado al principio á cierto linaje reducido de composiciones,

necesitó algún tiempo para penetrar por otros senderos. Muchos romances

de fines del siglo XV y principios del XVI manifestaban terminantemente,

que hasta los poetas eruditos emplearon estas formas, aunque no siempre

en ventaja del género y de su sencillez.

La lírica artística de este período, tal cual se halla en los

_Cancioneros_ de Ramón Lluvia, Juan de Padilla, Íñigo de Mendoza y

otros, así como en una parte del _Cancionero general_, conserva todavía

en lo esencial y casi enteramente el estilo antiguo, y sólo tomó nuevo

giro en 1504, cuando la conquista de Nápoles estrechó los lazos entre

Italia y España. Dedicados entonces los españoles al estudio de la

literatura italiana, que florecía en aquella época, y que enseñó á sus

poetas una lírica más perfecta y completamente diversa de la nacional,

empezaron á modificar sus antiguos cantos populares. Aun antes que en

tiempos de Carlos V se hiciese más decisiva esta influencia extranjera,

se hallan aislados ejemplos, que demuestran, por su espíritu y por su

forma, el estudio que habían hecho sus autores de los modelos

italianos.

Despréndese de tales premisas que este período, que produjo tan honda

revolución en los demás géneros de poesía, imprimió también distinto

carácter á la dramática. Después demostraremos cómo sucedió esto,

bastando ahora á nuestro propósito, aun anticipando las ideas, hacer

ciertas indicaciones, que demuestren con toda claridad la reforma

importante, que sufre el drama en la época de los Reyes Católicos. El

principal obstáculo, que hasta entonces se opuso al desarrollo del

teatro, fué el insondable abismo que separaba á la poesía popular de la

erudita. Una vez allanado, los poetas más instruídos no creyeron

degradarse acudiendo á los elementos populares, y agradando al mismo

tiempo al pueblo y á las clases más ilustradas; y así, pues, recorrieron

la única senda que podía llevar el drama á su perfección, libre del

exclusivismo, que lo embargara hasta entonces. Las obras de Juan del

Encina y de sus sucesores probarán, que ya á fines del siglo XV se había

dado este paso, aunque con pies torpes y vacilantes, y que una vez

abierta esta senda, había de andarse cada día con más celeridad y

holgura.

«En el año de 1492, dice el _Catálogo Real de España_[205], comenzaron

en Castilla las compañías á representar públicamente comedias, por Juan

del Encina[206], poeta de gran donaire, graciosidad y entretenimiento.»

Concuerda con esto lo que dice Agustín de Rojas en su importante

obra[207] para la historia del teatro español, que hemos de citar muchas

veces. He aquí cómo se expresa:

«Y donde más ha subido

De quilates la comedia,

Ha sido donde más tarde

Se ha alcanzado el uso de ella,

Que es en nuestra madre España,

Porque en la dichosa era

De aquellos gloriosos reyes

Dignos de memoria eterna,

Don Fernando é Isabel

(Que ya con los santos reynan),

De echar de España acababan

Todos los moriscos que eran

De aquel reino de Granada,

Y entonces se daba en ella

Principio á la Inquisición,

Se le dio á nuestra comedia.

_Juan de la Encina_[208] el primero,

Aquel insigne poeta.

Que tanto bien empezó,

De quien tenemos tres églogas,

Que el mismo representó

Al almirante y duquesa

De Castilla y de Infantado,

Que estas fueron las primeras.

Y para más honra suya

Y de la comedia nuestra,

En los días que Colón

Descubrió la gran riqueza

De Indias y Nuevo-Mundo,

Y el Gran Capitán empieza

A sujetar aquel reino

De Nápoles y su tierra,

A descubrirse empezó

El uso de la comedia,

Porque todos se animasen

A emprender cosas tan buenas,

Heróycas y principales,

Viendo que se representan

Públicamente los hechos,

Las hazañas y grandezas

De tan insignes varones,

Así en armas como en letras,» etc.

Extraño es, sin duda, citar juntos á la inquisición y á la comedia, pues

en todo caso España tenía motivos para preferir á la segunda.

No parece necesario rechazar la opinión que aquí sostiene Rojas, de que

las composiciones de Juan del Encina son los orígenes del teatro

español, habiendo probado en el libro anterior suficientemente que se

pierden en tiempos muy anteriores. La verdad es que con ellas comienza

una nueva época del teatro español, que se distingue por la reforma

literaria que el drama experimenta. Después de examinarlas, y atendiendo

á la importancia que tuvieron, debemos echar una ojeada á los dramas más

antiguos. Comparadas con ellos las representaciones hechas en las

iglesias ó en las calles para instruir ó solazar al pueblo, les son muy

inferiores en valor poético, y las escritas por algunos poetas en forma

dramática para solemnizar las fiestas de la corte, quedaron en su

generalidad aisladas y sin ulterior influencia. Las de Encina, al

contrario, fueron las primeras que intentaron perfeccionar los elementos

populares, y contribuyeron también en primer término al nacimiento de

aquel teatro, que supo reunir la popularidad á las más nobles

excelencias[209]. La época en que, según indica Rojas, se verificó este

cambio favorable al drama, coincide justamente con el período en que la

monarquía española tomó su primero y más poderoso vuelo. Pero no debía

seguir el drama los mismos pasos que el Estado, pues pasó el siglo XVI,

el más brillante del poderío español, antes que aquel alcanzase su edad

de oro, y cuando decayó la grandeza política de España, se elevó su

teatro á tan gloriosa altura por su brillo y su riqueza, que llegó á

avasallar por completo á todos los teatros de Europa.

Volvamos, sin embargo, á tratar del hombre que merece mención expresa

por haber sido el primer autor dramático de alguna importancia, aunque

todavía apenas se descubran en sus obras los grandes dotes de los que le

sucedieron. Juan del Encina nació hacia el año de 1469 en Salamanca ó

sus cercanías, y acabó sus primeros estudios en dicha ciudad. Pronto se

encaminó á la corte, y pudo regocijarse de haber conseguido la

protección de D. Fadrique de Toledo, primer duque de Alba. Temprano

debió desarrollarse su talento poético, pues ya en 1492, como á la edad

de veinticuatro años, publicó una colección de sus obras. Aparecieron en

Salamanca en 1496 y en Sevilla en 1501, considerablemente

aumentadas[210]. Sus tres primeras partes contienen poesías españolas

nacionales y una imitación muy bella de las églogas de Virgilio, y la

cuarta una serie de ensayos dramáticos[211]. Encina había escrito estas

pequeñas piezas desde 1492 á 1498 para que se representasen en los

aniversarios y otras ocasiones solemnes en presencia de sus protectores

el duque y la duquesa de Alba, D. Fadrique Enríquez, almirante de

Castilla, D. Iñigo López de Mendoza, duque del Infantado, y príncipe D.

Juan.

De los sucesos posteriores de su vida sólo se sabe que vivió en Roma

largo tiempo, y que imprimió en ella en el año de 1514 una farsa

titulada _Plácida y Vitoriano_, que fué luego prohibida por la

Inquisición, y parece haber desaparecido sin dejar vestigio alguno.

Encina debió poseer notables conocimientos en la música, pues fué

nombrado director de la capilla papal por León X. En el año de 1519

acompañó al marqués de Tarifa á un viaje á la tierra santa, y celebró

después esta peregrinación en una poesía, que publicó en Roma en el año

de 1521, con el título de _Tribagia_. Se había hecho mientras tanto

sacerdote, y obtenido gradualmente, sin duda, los más altos cargos

clericales, puesto que en atención á sus servicios fué premiado con el

priorato de León, lo cual le obligó á volver á España. Murió en

Salamanca el año de 1534, y yace sepultado en su catedral.

Las pequeñas piezas dialogadas del _Cancionero_ de Encina no están

ordenadas cronológicamente; pero teniendo en cuenta las alusiones que

hace á sucesos contemporáneos, es á veces fácil conocer el tiempo en

que se escribieron, así como se distinguen unas de otras por su índole y

diverso carácter. Las más antiguas se diferencian por su diálogo

sencillo, y las últimas por su semejanza con el drama, tanto porque

exponen una acción sucesiva, cuanto porque ofrecen ciertas gradaciones

de carácter.

Partiendo, pues, de estas señales, parecen las más antiguas las églogas

sobre el nacimiento del Salvador. Fueron representadas en la noche de

Navidad en los palacios de los grandes, mencionados antes, y no hay

razón que autorice á dudar de la noticia, que encontramos en el

_Catálogo Real_ acerca de su representación pública en el año de

1492[212].

No debe denominarse casual la forma de églogas, que reviste en ellas el

drama. Tampoco provino, como han sostenido algunos, de las coplas de

Mingo Revulgo, ni de las églogas de Virgilio que Encina tradujo, sino de

una serie de representaciones, más imperfectas en verdad, aunque

parecidas, con que se solemnizaba en las iglesias la noche de Navidad.

Recuérdese que, ya en los tiempos primitivos de la Iglesia, se cantaba

por medio de antífonas el himno _Gloria in excelsis Deo_, y que según el

testimonio auténtico de las _Siete Partidas_, ya en el siglo XIII se

observaba en España la costumbre de representar dramáticamente la

salutación del ángel á los pastores.

La égloga primera de Encina, representada, según dice su título, en la

noche de Navidad, es un diálogo sencillo entre dos pastores, sin

relación inmediata con el objeto de la fiesta, aunque uno de ellos

dirija á la duquesa de Alba algunas estrofas en nombre del poeta acerca

del nacimiento de Cristo. Más vida ofrece ya la segunda. Cuatro pastores

(que llevan los nombres de los cuatro evangelistas) se comunican

recíprocamente su alegría á causa de la noticia del nacimiento del

Salvador, y se encaminan á adorar el pesebre, cantando de paso un

_villancico_. Esta poesía ligera, con que concluyen las composiciones de

Encina y las de casi todos los poetas posteriores, patentiza

especialmente la influencia que los usos religiosos tuvieron en el

desarrollo del drama, puesto que hacía largo tiempo que era costumbre de

sacristanes y acólitos cantarlas en diversas fiestas de la Iglesia.

Por débiles que parezcan estos orígenes del drama, cuando se busca en

ellos lo que hoy entendemos por esta palabra, no dejan de causarnos

placer sus rasgos aislados, llenos de gracia, sencillez é ingenio, y su

versificación fácil y armoniosa, que se desenvuelve sin trabajo en sus

artísticas estrofas. Es extraño que el poeta no hubiese preferido el

verso octosílabo, tan propio del diálogo, y que imitase á los poetas

eruditos de su época, orgullosos con la facilidad con que sabían manejar

versificación más complicada y difícil.

La aprobación, que encontraron los primeros ensayos de Encina, lo alentó

á escribir pequeños dramas semejantes para otras festividades

religiosas. Así comprendemos dos que se hallan en su _Cancionero_,

destinados probablemente á representarse en la Semana Santa en el

oratorio del palacio de Alba. Escasa es, en verdad, la acción de ambos,

pero se observa en ellos algún adelanto, comparados con los anteriores.

Ya son más los interlocutores, y no sólo pastores. En uno de ellos

aparecen dos ermitaños que van de camino al santo sepulcro, y expresan

su aflicción por la muerte del Señor con sentidas palabras. Agrégase

después á ellos la Verónica, y los acompaña en sus lamentaciones. Al

llegar al sepulcro se arrodillan los tres y oran, y al fin se aparece el

ángel, que anuncia la próxima resurrección. Muy semejante es la otra

composición, en la cual San José, la Magdalena, varios apóstoles y un

ángel celebran la resurrección cerca del sepulcro vacío.

No se limitó Encina á escribir estas obras religiosas, sino que intentó

también dar el primer ejemplo de cómo debían tratarse dramáticamente

otros objetos diversos, é imprimirles perfección literaria. Tal es la

farsa de Carnaval que se halla en su _Cancionero_, muy parecida por lo

demás á los llamados después _entremeses_. Cuatro pastores celebran en

un banquete el martes de Carnestolendas, y se despiden amorosamente de

los placeres, á que han de renunciar por tanto tiempo. Otra farsa,

también de Carnaval, solemniza las paces ajustadas con Francia, ya en el

año 1493, con Carlos VIII, ya en el de 1498, con Luis XII.

Más invención dramática y más acertada elección del asunto observamos en

dos églogas, que debieron juntas componer un todo, y sin duda se

representaron sucesivamente. Ambas forman un pequeño drama lleno de vida

y de gracia. Son además interesantes, porque notamos en ellas el germen

de muchas propiedades especiales de los que después le sucedieron, como

el baile que se verifica durante la representación, el disfraz del

escudero en pastor y de éste en consejero de Estado, los chistes de

Mingo, muy semejantes á los de los graciosos posteriores, etc.

_El auto del Repelón_ es una divertida farsa, en la cual se burlan dos

estudiantes de dos pastores, y en nada se parece á las poesías que

llevaron el mismo nombre. Esta palabra entonces no significaba

probablemente otra cosa que acto, ó acción dramática en general.

Entre las demás composiciones de Encina, sólo mencionaremos la égloga

_Fileno y Zambardo_, en la cual se suicida un amante desesperado. Se

diferencia de las demás, no sólo por su desenlace trágico, sino también

por _los versos de arte mayor_, en que está escrita su mayor parte. La

última égloga del _Cancionero_, la más bella y acabada, se representó

ante el príncipe D. Juan, quizá en sus bodas en 1496. Entre sus diversos

personajes aparece ya un dios de la mitología. Tanto por el monólogo, en

que pinta el Amor su poderío, como por algunas otras particularidades,

nos recuerda la _Aminta_ del Tasso.

No conozco, al escribir esto, la farsa titulada _Plácida y Vitoriano_,

última producción dramática de Encina, y la mejor de sus obras, según

opina el autor de _El Diálogo de las lenguas_, ni puedo por tanto

decidir si se notan en ella los grandes adelantos del poeta, comparados

con las piezas hasta ahora mencionadas[213]. A algunos han parecido tan

insignificantes, que apenas se dignan hablar de ellos en sus historias

literarias, no acostumbrados á detenerse en aquellos periodos de la vida

del arte, interesantes en alto grado, porque nos descubren sus gérmenes

y primer desenvolvimiento, pues en este caso no los mirarían con

menosprecio. De la misma manera que nos agrada observar los primeros

trabajosos ensayos del ingenio para crear formas, que expresen

exactamente su pensamiento; de la misma manera que gustan más al

aficionado á las artes las sencillas imágenes de las escuelas antiguas

toscanas y de Colonia, á pesar de sus formas inflexibles y angulosas, y

aprende más examinándolas, que si lo hace con algunos trabajos más

acabados y perfectos de los maestros posteriores, así también nos

interesan más Encina y sus sucesores inmediatos, que otros poetas, que

después recorrieron la senda trazada por ellos. Estos orígenes del

teatro español son comparables á los cuadros del Campo-santo y de los

Uffizzii, y á los de las iglesias de Florencia y de Colonia, que nos

arrebatan, y no ceden en sencillez y gracia á las obras de Giotto, Juan

de Fiesola y el maestro Guillermo.

Historia de la literatura y del arte dramático en España, tomo I · 第 10 / 26 段