Después que los visigodos atravesaron los Pirineos á principios del

siglo V, y sujetaron á poco las Españas, no pudieron menos de adoptar la

lengua y costumbres de los vencidos, y entre ellas su afición á las

diversiones teatrales. Prueban la duración de los juegos escénicos,

mientras dominaron los visigodos, diversas leyes eclesiásticas, como,

por ejemplo, el canon del concilio Iliberitano (43 y 60) que prohibe á

los fieles representar comedias y pantomimas, muchos pasajes de las

obras de San Isidoro de Sevilla (v. gr., _Los Orígenes_, lib. 18,

capítulos 41 y 59, en que recomienda á los cristianos que se abstengan

de asistir á los espectáculos del circo, anfiteatro y de la escena), y

por último, la noticia que nos ha sido transmitida por Padilla y

Mariana[124], según la cual el rey Sisebuto (de cuyas cartas está tomado

este dato) depuso á Eusebio, obispo de Barcelona, porque había

consentido que se oyesen en los teatros frases, que debían ofender á los

oídos cristianos.

No deja de ser importante que estas palabras aludan, sin duda alguna, á

espectáculos en que hubo recitación hablada. Por lo demás, carecemos de

medios suficientes para determinar con exactitud los caracteres del

drama visigodo, y hasta la lengua usada en el teatro. Este pueblo del

Norte, en su larga peregrinación por las diversas provincias del imperio

romano, debió familiarizarse con el idioma, que los vencidos hablaron

luego en España en la época de su sujeción: sus legisladores y

escritores emplearon siempre la latina, con exclusión de cualquiera

otra, mientras el pueblo comenzó á formar poco á poco una mezcla de

abundantes elementos latinos gramaticales, aunque degenerados, y de

sintaxis más sencilla; y si el drama, como sucede de ordinario,

aspiraba á impresionar á la muchedumbre, debió servirse principalmente

del dialecto comprensible á todos, que venía á ser un compuesto informe

del latín y del naciente romance.

La opinión nuestra, indicada antes, de que ya en los ritos de la Iglesia

primitiva se hallan los gérmenes del drama posterior, suscita

naturalmente esta cuestión: ¿hasta qué punto aparecen esas formas

originarias del culto divino, ya mencionadas, en la primitiva Iglesia

española? No hay dato alguno, que aclare tales dudas en los cuatro

primeros siglos de nuestra era, y tan sólo se sabe que antes del cuarto

se habían introducido en toda España la fiesta del domingo, las de

Navidad, Epifanía, Pascua de Reyes y de Pentecostés, aunque no se

conozca la liturgia, á que se ajustaban las ceremonias del culto[125].

Desde la invasión de los godos comienza á disiparse la niebla, que

envuelve la historia de la antigua Iglesia nacional, revelando

testimonios fidedignos, que los visigodos habían adoptado el ritual

oriental de la Iglesia greco-siriaca, y que lo habían importado en el

país sometido[126], notable particularidad si se recuerda, que

justamente en el culto oriental se había dado más temprano y exclusivo

influjo al elemento dramático. No encontramos, sin embargo, esta sola

indicación, que nos haga conocer en general las condiciones del teatro

español. Desde el año 316 se hace ya frecuente mención de las antífonas

y responsos[127]. El canon 14 del cuarto concilio toledano habla de una

costumbre religiosa nacional, observada especialmente en las iglesias en

las fiestas de los mártires y en la del domingo, en las cuales se

cantaba en ellas el himno de los tres mancebos dentro del horno[128].

Otra ceremonia, digna de ser recordada por su índole mímica, era la del

lavatorio de los pies de los pobres de cada diócesi por su obispo,

celebrada el Jueves Santo[129]. Puede decirse que casi todas estas

fiestas religiosas, en que comienzan á aparecer los primeros elementos

dramáticos, se introdujeron en España desde el siglo V. Frecuentes y

suntuosas fueron también las procesiones[130]; y al paso que estas

ceremonias del culto satisfacían la afición á los espectáculos, se

introducían en las iglesias otros enteramente mundanos, como cánticos,

danzas y bufonadas[131]. El concilio toledano del año 633 prohibió la

fiesta de los locos[132].

La repentina invasión de los árabes, á principios del siglo _VIII_,

acabó de destruir la vacilante monarquía de los godos, sujetando con

pasmosa celeridad al país y sus habitantes, y sólo escasísima parte de

éstos se mantuvo independiente, refugiándose en las montañas

inaccesibles del Norte. Con ella penetraron en la Península nueva

religión, lenguaje y costumbres, que debieron modificar diversamente las

de los cristianos que la poblaban, aunque su influjo no fuera ni tan

poderoso ni tan exclusivo, que ahogase todos los gérmenes de

civilización, que maduraban en el seno de la Iglesia cristiana. Verdad

es que los conquistadores no recurrieron á medios violentos de ningún

género para coartar el culto religioso de los conquistados: dejáronles

en libertad de seguir el que quisiesen, y de nombrar sus pastores

espirituales; tuvieron sus iglesias en Sevilla, Granada, Murcia,

Valencia, Toledo, Badajoz, y hasta en Córdoba, capital del imperio, y

permiso de tocar sus campanas[133]; y cuando los persiguieron algunos

califas intolerantes, como Abderramán II, fué debido á las provocaciones

é inexplicable celo de sus súbditos cristianos, ávidos de ceñirse la

corona del martirio y de declarar en voz alta que Mahoma era profeta

falso. La liturgia llamada mozárabe, que arregló las ceremonias del

culto, era en lo esencial la antigua gótica, con las modificaciones

introducidas por San Isidoro de Sevilla, y conservaba el elemento

dramático de otra época, más favorable á su libre desarrollo. Los cantos

religiosos llegaron también en tiempo de los árabes á grande altura, é

Isidoro de Beja cita muchos músicos y poetas, que se distinguieron en

esta época por los himnos y antífonas que compusieron[134].

Sabido es que los moros, hordas en un principio de feroces guerreros, se

convirtieron con sorprendente celeridad en uno de los pueblos más

civilizados de su tiempo, cual se demuestra por la perfección que

alcanzó su arquitectura, por lo que adelantaron en diversas ciencias á

las demás naciones de Europa, y por la importancia que tuvo Córdoba, su

capital, punto de reunión de los sabios de todos los paises. Prueban la

afición, con que cultivaron la poesía, los tesoros guardados en la

biblioteca del Escorial, aún no conocidos del todo, y los copiosos

aunque incompletos catálogos de poetas arábigo-hispanos de D'Herbelot,

D. Nicolás Antonio y Casiri. Si damos crédito á Blas Nasarre y

Velázquez, poseyeron también una literatura dramática rica, y se

dedicaron con predilección á los espectáculos teatrales. Modernos

eruditos, como Conde y Moratín, refutan terminantemente este aserto,

desprovisto al parecer de sólido fundamento. Es de presumir, sin

embargo, que estos anduvieron precipitados en negar á los árabes toda

participación en el género dramático, pues quien se consagra á estudiar

á fondo esta cuestión no puede resolverse á aceptar sin restricciones

su juicio, y fallar en definitiva el pleito. Primeramente conviene no

olvidar, que sólo ha llegado hasta nosotros una parte muy insignificante

de la literatura arábigo-hispana, la sola que podía resolver tales

dudas; y después, que muchos manuscritos del Escorial (siempre

fragmentos de un todo), en número de ocho mil volúmenes, perecieron en

el gran incendio de 1671, y que los existentes no han sido hasta esta

fecha bien estudiados. Si Conde asegura, por una parte, que no ha visto

un solo drama entre los códices que registró para escribir su historia

de la dominación árabe, por la otra habla Casiri de dos composiciones,

pertenecientes á dicha biblioteca, que, según todas las apariencias,

pueden llamarse dramáticas[135]. Y aun suponiendo que estas últimas

fuesen meros ensayos literarios, no destinados á la representación, no

se podrá negar que los espectáculos mímicos, cuyo objeto es ofrecer

solaz al pueblo, pudieron existir entre los árabes españoles como ha

sucedido desde antiguo entre otros pueblos mahometanos[136], y con

tanto mayor motivo, cuanto que aquéllos llegaron á la cúspide de la

civilización islamita. Es de esperar, que, cuando se conozcan más á

fondo los monumentos literarios de esta época, aparecerán nuevas pruebas

en apoyo de nuestra opinión.

Pero dejemos á ese pueblo, verdadero advenedizo en tierra extraña, y

harto opuesto á los indígenas por su religión y su lengua para formar

nunca con ellos, un todo orgánico, y volvamos á tratar de los pobladores

de las montañas, que permanecieron independientes, y fueron innegable

germen de la nación española posterior. Demos ahora la preferencia á los

habitantes de las montañas de Asturias, pues aunque en toda la parte

septentrional de la Península se albergasen ciertas razas, que no se

sometieron nunca á los conquistadores árabes, ó sólo momentáneamente, es

preciso mirar siempre á Asturias como al punto en donde comenzó la

primera y más decisiva cruzada contra la media luna, y en donde la

lengua castellana se fué perfeccionando poco á poco. Este dialecto

armonioso, cuyos vestigios más antiguos se hallan en _Los Orígenes_ ó

etimologías de San Isidoro de Sevilla, se formó de la mezcla ó fusión de

las distintas lenguas, habladas por los numerosos y diversos pueblos que

invadieron la Península. Su elemento más importante es sin duda el

latín, y algunos otros ibéricos (vascos), góticos y arábigos[137]. De

las montañas de Asturias, refugio de los godos independientes, se

extendió luego este idioma, desarrollándose poco á poco, á las

provincias que reconquistaban[138].

No mucho tiempo después de la invasión mahometana se convirtió en

ofensiva la guerra de los cristianos, limitados en un principio á la

defensa de su inaccesible territorio, luchando tan valientemente los

bravos descendientes de Pelayo, que hacia fines del siglo VIII

comprendía el reino de Asturias ó de Oviedo la mayor parte de Galicia y

de León. Las victorias sucesivas de Ordoño I, Alfonso el Magno y Ordoño

II, dilataron los dominios de esta monarquía, que entonces se llamó de

León, hasta la bahía de Vizcaya, el Duero portugués y los montes de

Guadarrama. Extraño sería, tratándose de una época tan agitada y de un

pueblo, que no soltaba nunca las armas, atento sólo á conservar sus

recientes conquistas, buscar las huellas de un arte que sólo puede

prosperar en la paz. Lo mismo sucede con las investigaciones relativas á

la mayor ó menor perfección de las ceremonias del culto, mientras duró

el tumulto de la guerra, ó á su mayor ó menor sencillez á causa de

ella. Conviene, sin embargo, señalar dos fenómenos de estos tiempos

remotos, que sirven de lazo al drama posterior, á saber: los bailes

pantomímicos, usados en Asturias desde la más remota antigüedad[139], y

la epopeya heróica, que surgió lozana y vigorosa, y creció después con

el estrépito de las batallas, siendo de presumir, aunque los más

antiguos monumentos de la poesía castellana alcancen sólo hasta la mitad

del siglo XII, que las primeras hazañas guerreras de los valientes

asturianos fueron celebradas en cantos. Más adelante expondremos nuestra

opinión acerca del lazo, que unió al canto épico y á la poesía dramática

incipiente.

Mientras el reino de León se afirmaba en las provincias occidentales, y

sólo una vez hacia fines del siglo X se vió amenazada su existencia por

el alfange de Almanzor, comenzaba á echar raices en las vertientes de

los Pirineos la reacción contra el dominio musulmán, formándose diversos

territorios, que se extendieron poco á poco hacia el Sud, y entre ellos,

y á consecuencia de las conquistas de Carlomagno, la Marca española,

después condado de Barcelona, y otro, que, partiendo de Jaca, ciudad

libre, y sujeto luego á los reyes de Navarra, fué más tarde el reino de

Aragón. En estas provincias, y á lo largo de las costas del mar

Mediterráneo hasta Valencia y Murcia, se convirtió poco á poco el latín

corrompido en el mismo dialecto lemosino ó provenzal, aunque algo

modificado, que se habló en la parte meridional de Francia hasta las

fronteras italianas[140]. Si la comunidad del idioma debió unir á los

paises citados con la patria natural de los trovadores, estos lazos se

estrecharon más con las frecuentes alianzas de los príncipes, que

dominaron en ambas vertientes de los Pirineos, y con el continuo trato y

comercio de aragoneses, catalanes y provenzales, y abrieron á la

civilización, que florecía entre los últimos, rápida y fácil senda para

penetrar entre sus vecinos los españoles. Así encontró también la poesía

de los trovadores una segunda patria en las cortes de Zaragoza y

Barcelona, extendiéndose desde ellas su influjo á todos los demás paises

de la España cristiana.

Esta es, pues, ocasión oportuna de indicar algunas propiedades del arte

lírico provenzal, tomando por nuestro guía al gran maestro de las

lenguas y literaturas románicas[141].

Los juglares y cantores errantes, comunes después en la Edad media á

casi toda Europa, se conocían desde lo antiguo en la Francia meridional,

en donde nacieron. Pululaban por todas partes, y especialmente por las

risueñas campiñas regadas por el Ródano y el Duranzo, y á lo largo de

las costas del Mediterráneo, atraídos por ricas recompensas, por las

espléndidas cortes y el espíritu caballeresco, que reinaba en ellas más

que en parte alguna, y realzaban el brillo de las fiestas con sus

espectáculos y cantos, solazando á nobles y pecheros, no obstante

encontrarse entonces su arte en sus albores, no libre aún del influjo de

la Edad media, que inmediatamente le precediera. Como en el transcurso

de los siglos fué también más refinada la cultura de esta provincia

francesa que la de los demás paises de Europa, sucedió lo mismo á la

poesía lírica, que con la lengua occitánica alcanzó entonces su mayor

altura artística. Las primeras Cruzadas forman el principio de este

período poético, tan importante por la influencia, que ejerció después

en toda la literatura. Ya en las composiciones del conde Guillermo de

Poitiers (nació en 1071), uno de los primeros cruzados, se observan,

como en capullo no abierto, los rasgos característicos de la nueva

poesía, que poco más tarde, hacia el año de 1140, se desarrolla y

perfecciona en las de Peire Roger y sus coetáneos. Los príncipes y

grandes comenzaron entonces á llamar á su lado á los poetas más

distinguidos, y hasta se creyeron honrados cultivando también su arte.

Hubo, pues, dos clases de poetas provenzales. Llamábanse trovadores, por

oposición á los cantores del pueblo, los poetas no mercenarios que se

consagraban al arte de la poesía, y principalmente á la lírica. No es

esta ocasión de mencionar las numerosas especies de composiciones,

comprendidas bajo ese nombre genérico, bastando sólo á nuestro objeto

indicar las que siguen. Denomináronse _tenzone_ ciertas justas poéticas,

en las cuales se resolvían dialécticamente las cuestiones propuestas,

que trataban de amores, de asuntos privados ó públicos en forma de

diálogo, y pocas veces en la de una acción casi dramática, sucesiva,

viva y animada. Esto último sucedía con más frecuencia en la _Pastoreta_

ó _Pastorella_, en que hablaba un poeta con un pastor ó pastora,

precediéndole una breve introducción. Tan encantadoras composiciones, de

las cuales se conservan algunas excelentes en las obras de Gavandan y

de Guiraut Riquier, forman á veces un vasto conjunto, á cuyas partes

sirve de lazo una historia amorosa, imprimiéndoles carácter casi

dramático[142].

Nombraremos, por último, las _albas_ ó cantos de la aurora, que versan

sobre los placeres nocturnos de dos amantes y la vuelta del día. Á las

misteriosas reuniones de tales enamorados acostumbra asistir un

centinela, que con sus gritos ó tocando la flauta les anuncia la venida

del sol, á fin de que el celoso marido no interrumpa su dicha. En estos

cantos ya aparece hablando el centinela, que avisa á los amantes la

llegada de la aurora; ya el caballero, que, después de proferir los más

tiernos juramentos, se arranca á duras penas de los bellos brazos de su

amada; ya la dama, que se opone á la despedida de su amante[143].

También los _serventes_, aunque no siempre, son cantos provenzales

dialogados, como observamos en Díez, _Leben und Werke der Troubadours_,

pág. 145.

Los juglares formaban la segunda clase principal de cantores

provenzales, y se llamaban así los mímicos y poetas, que cantaban por

dinero ó vivían de la música y poesía. Sea lo que quiera de la opinión

de aquéllos, que han sostenido que estos juglares son los sucesores de

los antiguos cantores populares llamados _mimi_ y _joculatores_[144],

parece cierto que sus relaciones con la nueva poesía provinieron de su

contacto con los trovadores, á quienes acompañaban en sus viajes,

ayudándolos con sus cantos y mímica, ó repitiendo los que ellos

componían. Era también atribución importante de los juglares recitar

narraciones poéticas, cuyo estilo sencillo, diverso del que usaban los

poetas del arte, y escuchado no obstante con interés, venía á ser una

reminiscencia de la poesía popular. Muchos _fabliaux_ y leyendas de esta

especie se divulgaban así por los pueblos, y existen largos catálogos de

los que sabían, conservados en las instrucciones que se daban á los

actores[145].

El nombre de _contrafazedor_, con que se distingue comunmente á los

juglares, prueba que representaban mimos y farsas, así como la

particularidad de que sean llamados _mimi_ por los escritores latinos

contemporáneos, y á veces cómicos por Nostradamus. Otra advertencia

debemos hacer también. Es más que probable que los dictados de

contrafazedores y mímicos no aludan simplemente á farsas y

representaciones de otros tiempos, sino á la forma y manera en que

declamaban las composiciones poéticas. Parece además que la épica tenía

cierto carácter dramático, análogo al indicado antes, cuando adujimos el

ejemplo de otras épocas literarias. Pudo hacerse esto, ó bien recitando

un juglar la parte narrativa mientras otros hacían lo mismo con los

diálogos, ó bien recitando uno solo toda la composición, mientras otros

representaban con sus gestos lo más interesante. Es, sin embargo, más

verosímil que los cantores ambulantes se esforzaban solos en impresionar

á su auditorio con sus narraciones, acompañándolas con animados gestos,

y variando el tono y las modulaciones de la voz cuando llegaban los

diálogos. Nostradamus confirma esta presunción al expresarse así,

hablando del juglar Nouës: «Era buen cómico, y cantaba en los palacios

de los grandes señores, andando á un lado y á otro, haciendo gestos

significativos, moviendo su cuerpo, modulando diversamente su voz, y

dando á conocer en todas sus acciones que era un verdadero cómico.»

Aunque Nostradamus no merezca en todo crédito, parece verosímil que sea

fiel intérprete de las tradiciones que se conservaban acerca de las

costumbres de los cantores provenzales, pues á no ser así no se explican

tales descripciones.

Muy escasas son las poesías narrativas populares, escritas en lengua

occitánica, que han llegado hasta nosotros, comparadas con la multitud

que se escribieron, y no ofrecen prueba alguna decisiva en apoyo de la

opinión expuesta, aunque el estrecho lazo, que unió á la literatura del

Norte y del Sud de Francia, confirme la sospecha de que acaso tuviesen

ambas ciertas propiedades comunes. En abono de este aserto debemos decir

que _les chansons des gestes_ se recitaban en la Francia septentrional

con gestos expresivos y casi dramáticos, y que diversos manuscritos de

antiguos _lais_ y _fabliaux_, al llegar á los diálogos, indican cierta

especie de canto, lo cual revela claramente la diversa recitación de

estos pasajes, y su expresión más mímica comparada con la del resto de

la narración[146].

Casi no es necesario advertir, que, á nuestro juicio, sucedió lo mismo

con las especies líricas mencionadas antes, en que intervenían muchas

personas hablando entre sí. Sólo de esta manera se comprende que

cronistas é historiadores usen con tanta frecuencia de la voz

_representar_, tratándose del recitado de las poesías[147]. Las _albas_

y _pastoretas_ reunían especialmente condiciones muy favorables á la

declamación dramática. También los _tenzone_, ateniéndonos á su forma,

hubieron de recitarse por varias personas, aunque esta circunstancia sea

la única que tienen de común con el drama, puesto que su índole

peculiar, reducida á simple alarde de ingenio en el ataque y la defensa,

está muy distante de ser una acción ordenada y capaz de representarse.

Dedúcese de lo expuesto que los _contrafazedores_ provenzales, ya como

farsantes, ya como actores mímicos de poesías épicas y líricas, ofrecen

siempre grande importancia al tratarse de la historia progresiva del

teatro moderno, y que los literatos, que, como Moratín, niegan á los

provenzales influjo alguno en el desarrollo del drama, no han estudiado

á fondo su desenvolvimiento sucesivo. Y no solo, entre otros, se

equivoca en esto Tiraboschi, sino también cuando sostiene que no existe

composición alguna dramática en las colecciones más completas de poemas

provenzales. Aunque sea del todo falsa la noticia que hallamos en

Nostradamus y Crescimbini, de haber escrito dramas los trovadores Lucas

de Grimauld, Hugo Brunet, Arnaldo Daniel y Anselmo Faidit[148], lo cual

no puede probarse aduciendo la razón de que hoy no existan, poseemos

manuscrito el misterio completo de _Las vírgenes prudentes y locas_,

drama religioso occitánico, que cita en parte Raynouard[149]. Esta

composición, de la primera mitad del siglo XI, es sin disputa la única

de su especie, que hasta ahora se ha encontrado en los manuscritos

provenzales, no habiendo motivo suficiente para colegir de esto que fué

el único ensayo de su época y de la posterior. Tan escaso resto de las

obras dramáticas de ese periodo, conservado hasta nosotros, es debido á

la misma causa, que ha contribuído á que sólo conozcamos pocas reliquias

de las novelas y leyendas provenzales. La mayor importancia que se dió á

la lírica, y la opinión de que ningún género de poesía era tan elevado

como ella, dieron margen sin duda á que se mirasen con desprecio las

producciones más populares, y fué origen indudable de la pérdida de

tantos inestimables documentos, que podrían ilustrar la historia de la

civilización de aquella época. Por lo demás, no faltan datos que

atestigüen la representación de los misterios en Provenza. En la vida de

_Renè d'Anjou_, rey de Nápoles y conde de Provenza, se habla de un drama

religioso, representado en Air con suntuoso aparato. ¿Cómo, pues, ha de

sostenerse que mientras se cultivaba con predilección el drama

religioso, en toda Francia, quedaban rezagados en esta parte los

habitantes del Sud, los más ingeniosos, ricos y cultos de ella?

Si volvemos ahora la vista á las provincias orientales de España,

observaremos la pronta acogida que tuvo la poesía provenzal, y las

imitaciones que se hicieron de ella. La causa externa de este favor, que

se le dispensó, fué la dominación de la casa de Barcelona, que hablaba

la lengua de Oc, y desde principios del siglo XII se extendió á casi

todas ellas. Raimundo Berenguer III, conde de Barcelona, adquirió en

1112 el condado de Provenza y otros territorios de la Francia

meridional; su hijo primogénito Raimundo Berenguer IV ciñó en sus sienes

las coronas de Aragón y Barcelona, y por último su nieto Alfonso II

sujetó á su cetro todo el Aragón, Cataluña y la Provenza (1167). Si su

padre favoreció mucho á los poetas, él, desde el principio de su

reinado, se declaró su protector y Mecenas. Innumerables poetas y

actores de la Provenza, en donde le retuvieron frecuentemente negocios

de estado, siguieron su corte y correspondieron á sus liberalidades

haciendo de él grandes elogios[150]. Entre los príncipes de la casa de

Aragón, que le sucedieron, distinguiéndose por el favor que mostraron á

la poesía provenzal, cuéntanse Pedro II, Jaime I y Pedro III. La

grandeza siguió el ejemplo de sus soberanos, hospedó en sus castillos á

los cantores errantes, y hasta cultivó también su arte. Juan I, en fin,

envió á Francia una suntuosa embajada para invitar á los poetas

provenzales á pasar á España, y fundar en Barcelona una academia de

juegos florales á imitación de la de Tolosa. Dotóla de privilegios y

cuantiosas rentas, y los reyes, que le sucedieron, rivalizaron en

concederle marcadas pruebas de su protección[151].

Historia de la literatura y del arte dramático en España, tomo I · 第 7 / 26 段