Diversas tentativas, continuadas por siglos enteros, entre las cuales

puede mencionarse _El milagro de Theóphilo_, la obra dramática más

antigua relativa á la tradición de Fausto[104], habían logrado que se

perfeccionase entre los franceses este espectáculo, hasta llegar á su

forma más acabada hacia fines del siglo XIV. La causa externa, que le

dió impulso, fué la siguiente: hacia el año de 1398 se formó una

hermandad de ciudadanos y menestrales de París con el objeto de

representar dramas religiosos, y eligieron para dar estas

representaciones la aldea de _Saint-Maur les Fossés_, junto á Vincennes,

porque concurrían á ella muchos peregrinos á visitar las reliquias de

San Babolen y de San Mauro, y la fuente milagrosa que allí corría. La

primera, que pusieron en escena, fué la Pasión de Nuestro Señor. En un

principio sólo en la Semana Santa, y después, en vista del aplauso con

que fué recibida, se repitió también otros días. Al poco tiempo, y á

consecuencia de los escándalos cometidos por la excesiva concurrencia,

se opuso el preboste de París á su representación. Los actores

solicitaron entonces del rey Carlos VI nuevo permiso, concediéndoseles

el 4 de diciembre de 1402. En su virtud continuaron en París y sus

cercanías, y hasta llevaron por las calles su traje teatral. Llamáronse

desde entonces los hermanos de la Pasión, nombre consignado en el

privilegio, dimanado del primero y más célebre drama que habían

representado[105].

Al principio lo hacían en las calles, pero después destinaron á este

objeto el _hôtel de la Trinité_, y sucesivamente el _hôtel de Flandre_ y

el de _Bourgogne_. Veíanse á la puerta del teatro las armas de los

hermanos, que consistían en un escudo de piedra con la cruz y los signos

de la Pasión. Posteriormente, sin embargo, no se limitaron sólo á

representar este drama religioso, sino que abrazaron toda la historia

del Antiguo y Nuevo Testamento, y el vasto campo que les ofrecían las

leyendas de santos. Las piezas más largas se dividían en tantas

jornadas, cuantos eran los días que había de durar la representación,

ocurriendo á veces que se prolongaran por cinco semanas. En ocasiones

fueron tan largas las jornadas, que hubo necesidad de destinar algunas

horas de la mañana al descanso de los actores. Estos dramas religiosos,

en cuanto se colige de los restos que se conservan, consistían

generalmente en historias dialogadas de inconmensurable extensión, sin

enlace dramático entre sus distintas escenas; en representaciones de la

vida entera de un santo, y hasta en sumarios de toda la historia

sagrada. En cuanto á su mérito sólo diremos que algunos rasgos aislados,

llenos de poesía y de verdad, no compensan, ni mucho menos, su falta

absoluta de orden y plan, y las absurdas y repetidas digresiones que

tanto dañan al curso de la acción. Juntáronse arbitrariamente en estos

misterios las cosas más serias y ridículas, y lo trágico y lo cómico se

mezclaba y confundía sin concierto. A menudo hacía de gracioso el

personaje que representaba al demonio. La parte recitativa,

ordinariamente en yámbicos cortos, alternaba con la música y los coros.

Indudablemente exigió la representación de estas piezas numeroso

personal y gran aparato escénico. He aquí cuál era la disposición del

teatro, pudiendo afirmarse que esta descripción así cuadra á los

franceses como á todos los demás europeos de la misma época, ó por lo

menos, ateniéndonos á testimonios fidedignos, á los de Inglaterra y

Alemania[106]. La escena se dividía en tres partes: en lo más alto del

fondo había un tablado, que representaba el Cielo y el Paraíso, y en él

se sentaba Dios y se colocaba el trono de la Santísima Trinidad, rodeado

de ángeles y santos. Debajo se figuraba la Tierra y el Purgatorio, y en

la parte inferior inmediata, el Infierno en forma de dragón, por cuyos

pliegues subían y bajaban los demonios. A un lado había un nicho con

cortinas, en donde se suponía suceder todo aquello, que no se podía

ofrecer á la vista de los espectadores. También se situaban algunos

bancos en el teatro, que servían á los actores para descansar en los

intermedios. Los asientos de los espectadores estaban ordenados por

filas, elevándose hacia atrás gradualmente, y distinguiéndose unos de

otros por nombres religiosos, iguales á los de los compartimientos del

escenario; el conjunto de los más altos se denominaba Paraíso. No se

perdonaban gastos ni trabajo por dar á las decoraciones y maquinaria

todo el brillo posible[107]. Créese que cuando la representación se

hacía al aire libre, se empleaba al efecto un teatro portátil,

arrastrado por ruedas[108].

Muchos otros teatros parecidos al de París y formados por este modelo,

se erigieron en varias ciudades de Francia, aunque no en todas partes se

fundaron cofradías ordenadas y perpetuas. De la misma manera que la

_Confrèrie de la Passion_ fué auxiliada por el público á causa del

numeroso personal, que exigía la representación de algunos dramas, así

también en otras poblaciones se encargaron los ciudadanos de dirigir

tales espectáculos. Existe una escritura del año 1484, de Seurre, ciudad

de Borgoña, por la cual se obliga un poeta á dar á los ciudadanos un

misterio de la vida del patrono de la ciudad, mediante cierta cantidad

alzada. Los diversos papeles se distribuían principalmente entre las

escuelas de las iglesias y monasterios, las hermandades religiosas y los

diversos gremios. Antes de las representaciones, que exigían un personal

demasiado numeroso, se celebraba una suntuosa procesión, y en ella, al

ruído de los clarines, se pronunciaba el _cri de jeu_, ó exhortación

general á todos los ciudadanos para que tomasen parte en el espectáculo.

Repartidos todos los papeles se obligaban los actores, después de

prestar solemne juramento, á estudiarlos bien y asistir al teatro con

puntualidad, y á veces á riesgo de sus vidas y haciendas. El manuscrito

que contenía los papeles, se llamaba el registro de la pieza, y el

encargado del registro era también el director de escena. Cuanto tenía

relación con el teatro competía al burgomaestre. Acabados los ensayos se

ordenaba á los actores por público pregón que concurriesen al teatro el

día prefijado, y al llegar éste, á caballo y al son de las músicas y

vestidos de todo lujo, recorrían las calles de la ciudad, suntuosamente

adornadas, é inmediatamente comenzaba la representación[109].

_Las moralidades_ eran también dramas religiosos como los misterios, y

se llamaban así las composiciones, en que el elemento moral alegórico

era predominante. Se fija ordinariamente su nacimiento en el siglo XV,

asegurándose, que, ya antes de que se formara la hermandad de _La

Pasión_, se había concedido privilegio á los curiales del parlamento y

del Chatelet para dar fiestas públicas. Dicha cofradía (la de _Les

Clercs de la Bazoche_), intentó luchar con la de la Pasión en la

representación de los misterios; pero ésta, fundándose en su privilegio,

le suscitó graves obstáculos, y de aquí provino, según se dice, que los

_Clercs_ inventasen _las moralidades_. Sin embargo, hay sólidas razones

para creer que semejantes composiciones, atendida la afición de la Edad

media á la alegoría, eran mucho más antiguas. Ya á principios del siglo

XIII encontramos un drama teológico de Esteban Lagton, en el cual la

Verdad y la Justicia acusan á Adán ante el tribunal de Dios del pecado

original, defendiéndolo la Misericordia y la Paz, y conviniendo después

el Dios Padre y su divino Hijo en cortar la contienda por medio de la

Encarnación. A esta época pertenece uno de los dramas alemanes más

antiguos que se conservan, _El Ludus paschalis de adventu et interitu

Antechristi_[110], en el cual aparecen la Iglesia, la Sinagoga, la

Misericordia y la Justicia. También se observan desde muy antiguo

semejantes personificaciones en los misterios franceses, aunque en ellos

predomine siempre el elemento histórico. De todas maneras es indudable,

que, desde la primera mitad del siglo XV, se popularizó la afición á

estas composiciones alegóricas, haciéndose tan exclusivas, que

comenzaron á desaparecer los misterios. Así sucedió principalmente en

Francia é Inglaterra. Los personajes de estas moralidades eran casi

siempre figuras alegóricas. Las diversas virtudes y vicios, los pecados

y la muerte, la fe, la esperanza y el amor eran los principales. No sólo

el buen y mal consejo, el fin feliz y desdichado, el ayuno, la oración

y su hermana la limosna; la esperanza de larga vida, la vergüenza de

recordar los propios pecados, salieron á la escena como seres vivientes

que obraban y hablaban entre sí, sino también la sangre de Abel, la

vigilia de los muertos, y especialmente el _Creator omnium_, _Vir

fortissimus_, _Homo natus de muliere_, _paucitas dierum_, _el más_ y _el

menos_, y hasta los diversos tiempos del verbo, como _regno_, _regnabo_,

_regnavi_. No era posible que faltasen el demonio y el vicio, aquél en

forma terrorífica, con descomunales narices coloradas, rabo y hendida

pezuña, y éste, al contrario, á fuer de gracioso, con vestido variegado

y un látigo en la mano. En la invención de estas piezas se revela á

menudo poderosa fantasía, y en la ejecución del plan gran perspicacia y

sutil ingenio.

Los misterios y moralidades son mirados por lo común como el origen del

drama moderno, fijándose hacia fines del siglo XV la época en que brota

el profano del religioso. Sin duda la representación de la Historia

Sagrada contenía elementos mundanos, que pudieron servir de lazo al

teatro profano, especialmente al histórico, y hasta se mencionan

algunos, entre los representados por los hermanos de la Pasión, que sólo

tratan de sucesos del siglo, como por ejemplo, la historia de Griseldis

(1395), y la destrucción de Troya (1459), y entre las de los _Clercs de

la Bazoche_ ciertas moralidades, como la del conocido juicio del

Banquete, que no tienen nada de común con la religión, ocurriendo en

ocasiones que, para divertir é instruir á un tiempo, representaban

verdaderas farsas sin figura alguna alegórica. Necesario es, por tanto,

que consideremos al drama religioso de la Edad media como una fuente

importante del drama moderno, aunque no como la única, sino como una de

tantas como contribuyeron á su formación. Grave yerro sería, sin duda,

pensar que las hermandades, de que hemos hablado hace poco, absorbiesen

en sí toda la actividad dramática de la época.

Cuando nos propusimos probar antes, citando algunos testimonios

fidedignos de los muchos que existen, que las representaciones

dramáticas no habían cesado del todo en los diez primeros siglos de

nuestra era, se podía sospechar fácilmente que no escasearían tampoco en

los siglos siguientes tales pruebas, y mucho más numerosas y dignas de

crédito. Prescindiendo ahora de las innumerables referencias á mimos y

juglares, que hallamos en los cronistas[111], nos limitaremos únicamente

á recordar los testimonios más expresos é importantes, que demuestran

la existencia y representación de composiciones puramente mundanas. En

la vida de Santo Tomás, arzobispo y mártir, de Guillermo Fitzstephen,

escrita hacia el año de 1182, según la opinión más probable, se habla

así de Londres: «En Londres, en vez de piezas teatrales, en vez de

juegos escénicos, hay más santos espectáculos, representaciones de los

milagros, que han hecho piadosos confesores, ó de los sufrimientos que

tanta gloria dieron á los mártires.» De estas palabras se deduce que los

espectáculos profanos eran conocidos en la Europa contemporánea. _Raoul

Tortaire_ (en la _Bibl. Floriac._, pág. 335) habla de ciertas

representaciones, que se verificaron con licencia de Enrique I, duque de

Normandía. Hacia mediados del siglo XIII trata Santo Tomás de Aquino de

la profesión de actor, _Officium histrionum_ (_Quæst. disp._ Q. 168,

artículo 3), y lo considera lícito, siempre que no degenere en abuso.

Existen además en latín muchas composiciones dramáticas de los siglos

XIII y XIV, destinadas acaso á las universidades[112]. Jerónimo

Squarzafico dice en su vida del Petrarca, que el cardenal Juan Colonna

era muy aficionado al teatro; pero que se quejaba de que en los dramas y

representaciones teatrales reinase escandalosa licencia, y de que no

hubiese otros Roscios, que supiesen declamar con perfección y decoro. El

mismo Petrarca escribió en su juventud una comedia (_Petr._, Ep. II, 7).

Cuando los hijos de Felipe el Bello fueron armados caballeros en 1313,

se celebraron varias fiestas, representándose diversos dramas religiosos

y profanos, entre los cuales merece mencionarse la vida entera del

_Reinecke Fuchs_, que, primero médico, luego sacerdote (con cuyo traje

lee una Epístola y un Evangelio), y después como obispo, arzobispo y

papa, sólo se ocupa en comer pollas y pollitos. Entre los poetas del

siglo XII, del Norte de Francia, se cita ya á Guillermo de Blois como á

autor de una tragedia titulada _Flaura y Marco_, y de una comedia

llamada _Alda_, en versos latinos[113]. Por último, pertenece también al

siglo XIII, ó lo más tarde al XIV, la graciosa égloga _Robin et Marion_,

de Juan Bodel de Arras[114].

Si además recordamos las representaciones, que se daban, desde antigua

fecha, en la corte de los reyes de Inglaterra bajo el nombre de _ludi

domini regis_; las farsas de personajes alegóricos, que representaba en

París, en virtud de privilegio de Carlos IV, la hermandad de los _Enfans

sans souci_; la popularidad, que tuvieron las moralidades y misterios en

Alemania y los paises limítrofes, como la Bohemia y los

Paises-Bajos[115], que generalmente se representaban en la Pascua de

Reyes, día de San Esteban, de San Juan Evangelista, de los Inocentes,

del _Corpus Christi_ y Navidad[116]; y por último, las farsas de

Carnaval, tan en boga entre los alemanes del siglo XV, nos formaremos

idea del drama europeo en su transición de la Edad media á época más

moderna. El estudio de la literatura clásica fué la causa principal que

contribuyó á este cambio, é Italia el país en donde se manifestó antes

su influencia de una manera más decisiva, aunque en ella, como en casi

todas las demás naciones de Europa, fué más perniciosa que útil para el

desarrollo de la verdadera literatura dramática nacional. En vez de

modelar los elementos primitivos y populares del drama, acomodándose al

espíritu de la época y al especial de las naciones, y limitándose

únicamente á imitar la forma artística más perfecta de los antiguos

autores, empezó á caer en desprecio el elemento artístico popular, y se

intentó dar vida á lo que carecía de principios vitales, creándose

verdaderos monstruos, por su forma parodias ridículas de los antiguos,

por su fondo á inmensa distancia de ellos, sin sólida base y sin vida

natural y propia. Para que el absurdo fuera completo, se convirtieron en

leyes, falsas interpretaciones de la reglas aristotélicas, y arrastrados

por su ciega admiración á cuanto provenía de la antigüedad, eligieron

por modelos las obras clásicas peores, como, por ejemplo, las tragedias

de Séneca. Después que la Academia romana de eruditos y poetas

representó en el año de 1470 algunas comedias latinas de Plauto,

oponiendo así á la _Commedia dell'arte_ la _Commedia erudita_, tomaron

los esfuerzos de los poetas y el gusto del público ilustrado esta nueva

y exclusiva dirección, causa de la forma heterogénea de las farsas

populares y de las comedias y tragedias, que, modeladas por las

antiguas, han llegado hasta nosotros en abierta oposición unas con

otras. También penetró en Francia, desde el año 1540, esta afición á

infundir nueva vida á las comedias y tragedias antiguas, divulgadas ya

las traducciones de dramas griegos y latinos. Verdad es que esto aceleró

la decadencia del drama religioso. Los poetas instruídos creían

rebajarse componiendo misterios y moralidades para lisonjear el gusto

del pueblo, y las abandonaron á los improvisadores y á los copleros,

contribuyendo así á que degenerasen y se hicieran tan licenciosas, que

llamaron la atención de las autoridades. Un decreto del Parlamento

prohibió en el año de 1547 las representaciones religiosas de la

_confrérie de la Passion_; disolvióse en el de 1547 la hermandad de _la

Bazoche_; y si bien este linaje de composiciones religiosas duró todavía

algún tiempo, y aún quedan hoy ciertos vestigios de ellas[117], puede

afirmarse que desde fines del siglo XVI perdieron en general su

importancia, y comenzaron á decaer en todos los paises de Europa, menos

en uno.

Es indudable, por lo demás, que, sean cuales fueren las diversas

causas, que contribuyeron á que por muchos siglos no pudiera florecer en

Alemania un teatro verdaderamente nacional, debe contarse en primera

línea esta influencia de la antigüedad, semejante á la que se hizo

sentir en Italia y Francia. Cabalmente hacia la época en que Hans

Sachs[118] y Rosenblüt[119], no obstante su rudo ingenio y dotes

poéticas populares, echaban los cimientos de su literatura dramática,

que hubiesen podido servir á poetas posteriores para darles forma más

perfecta, abrieron los eruditos con sus piezas latinas un abismo entre

la comedia popular y el drama clásico de más altas pretensiones. Esta

división duró de tal manera en lo sucesivo, que aquélla, baja ya y

grosera farsa, fué destinada á divertir al pueblo, mientras que los

poetas más instruídos consagraron á éste sus esfuerzos. Y aunque esa

época agitada no fuese favorable al desarrollo del arte, aunque no se dé

gran valor á los ingenios que se dedicaron á él, será preciso confesar

que hubiese sido más conveniente para el teatro que poetas como Eriphio

y Opitz[120] se hubieran propuesto mejorar el drama popular y hacerlo

más elevado, en vez de imitar á los clásicos, entendiéndolos sólo á

medias.

Unicamente los ingleses y los españoles llevaron los suyos á la

perfección, distinguiéndose así entre todos los pueblos de la Europa

moderna, sin sufrir la fatal influencia de la antigüedad, y siguiendo

sólo sus propios impulsos. No es, pues, extraño que enlacemos con las

informes tentativas de la Edad media las más acabadas creaciones del

espíritu humano. Es una verdad (y no parecerá paradoja examinándola

atentamente) que Shakespeare y Fletcher, y Lope y Calderón

perfeccionaron maravillosamente los elementos que les había legado la

Edad media, y que miraron al drama de esa época como al germen de los

suyos, por grande que sea el abismo que los separa, semejante al que se

observa entre las voces inarticuladas de un niño y la elocuencia de

Demóstenes. Respecto á Inglaterra, sin embargo, hay que hacer una

advertencia. No puede alabarse tanto como España de haber llevado á la

perfección el drama poético popular, expresión de la vida más íntima de

la época moderna, ni de haberlo conservado puro en todas sus fases. En

las obras de Chapmann y de Ben Johnson se trasluce ya la influencia de

la antigüedad, y comienza á oponerse al progresivo desarrollo del drama

nacional, y por otra parte no debemos olvidar que no salió el religioso

de la situación en que lo dejó la Edad media, ni fué cultivado en lo

sucesivo con arreglo á principios artísticos más perfectos. Causa

principal de esto fué sin duda la reforma, que torció por completo la

dirección de los ingenios. Como medio siglo después continuaron brotando

trabajosamente las ramas bastardas de tan floreciente tronco, y ninguno

de los grandes y verdaderos poetas de la época de Isabel intentó

siquiera infundir nueva vida á esa especie de poesía, ya muerta. Sólo

España es superior á todos los demás pueblos, y se distingue de ellos,

porque al mismo tiempo que conservó el drama profano, imprimió la forma

más pura al religioso, expresión genuina del espíritu, imaginación y

sentimientos de la Edad media y de épocas grandiosas, que puede mirarse

como el fruto más natural y sazonado de las tendencias místicas de dicho

periodo. A pesar de las diversas tentativas, que se hicieron para

divulgar las reglas aristotélicas y favorecer la imitación de las formas

clásicas, el pueblo no prefirió esa ciega copia de modelos mal

entendidos al teatro nacional. Una pléyade de poetas de primer orden

inundó por más de un siglo la escena con multitud casi innumerable de

dramas, verdaderamente populares, basados en el espíritu y en la vida

nacional. Y estos mismos poetas, en quienes rebosaba el profundo

sentimiento religioso de su época, se consagraron al drama místico y lo

elevaron á tal altura, que, entre los compuestos por ellos y los

misterios y moralidades anteriores, hay la misma distancia que entre los

de Shakespeare y las farsas de la Edad media. Por esta razón el teatro

español, por su valor estético, y por su carácter propio y nacional, así

en su principio como en su desarrollo ulterior, constituye uno de los

más notables é importantes fenómenos que pueden ofrecerse á nuestro

examen. Ahora, pues, podemos dedicarnos á su estudio más seguros que

antes, puesto que las indicaciones hechas hasta aquí nos serán muy

útiles para aclarar algunas cuestiones obscuras de gran importancia.

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CAPÍTULO III.

Teatro romano en España.--Existencia de los espectáculos escénicos

bajo los visigodos.--Si los árabes conocieron también el

drama.--Juegos mímicos de los juglares.--Romances populares y su

fusión en el drama.

La historia del teatro español, rigorosamente hablando, sólo comienza en

la época en que la nación llamada hoy España, surgió con su lenguaje

especial de los restos de los diversos pueblos, que invadieron

sucesivamente la Península pirenáica. No creemos, pues, de este lugar

inquirir si antes de ese tiempo se representaron en ella obras

dramáticas. Pero como ningún pueblo ocupa una región dada sin legar al

que le sucede parte de su cultura y de sus costumbres, no es tampoco

extraño que los orígenes del drama germinaran entre las distintas

nacionalidades en época anterior á la indicada. El historiador del

teatro español, que aspire á la perfección, debe por tanto, en cuanto se

lo permitan las escasas noticias que existen, empezar su trabajo

haciéndose cargo de los más antiguos monumentos, que demuestran la

afición de los españoles á los espectáculos dramáticos, los cuales, á

decir verdad, se pierden en la noche de los siglos.

Si adoptamos la opinión de Guillermo de Humboldt, que ha probado con

evidencia que los modernos vascos poblaron antes toda la Península, y

que con el nombre de _iberos_ fueron los primeros habitantes de España,

debemos empezar refiriendo una costumbre natural á esta raza, que parece

remontarse á tiempos muy lejanos. Aludimos á los bailes mímicos, usados

entre ellos como en ningún otro pueblo, y más perfectos también que en

cualquier otro[121]. Todos, las más veces formando serie, van

acompañados de canto y animados gestos, y cada cual tiene su particular

significación, relativa de ordinario á las costumbres y hazañas de los

antiguos cántabros. Verdad es que son poco fidedignos los datos que

hasta ahora tenemos, referentes á la historia y condición de los

primeros pobladores de España, para conceder á estas danzas nacionales

la remota antigüedad, que le atribuyen la tradición popular y los

asertos de los eruditos indígenas, por más que no falten razones sólidas

en apoyo de su opinión. Cuéntanse especialmente entre estas ciertas

alusiones aisladas en los cantos de los bailes, que se refieren á

épocas muy antiguas y manifiestamente paganas. Muchos escritores

ponderan la celebridad, que alcanzaron entre los romanos los bailes

españoles, y dicen expresamente que eran pantomímicos y acompañados de

canto[122].

Esta circunstancia es más importante de lo que parece, si recordamos que

la danza desempeñaba papel principal en el drama griego, y que

contribuyó á su perfección, formando después en su edad de oro parte

suya esencial. Es interesante observar en España, en tan remotas edades,

esa costumbre ingénita que lleva en sí gérmenes dramáticos innegables, y

que no sólo contribuyó al desarrollo del talento mímico, sino que pasó

más tarde á la escena.

Dedúcese de las innumerables ruinas de antiguos teatros, que se

encuentran en la Península, de los grabados de otros en diversas

medallas que se conservan, y por último, de indicaciones aisladas de

escritores latinos[123], que los romanos, durante su larga dominación

en España, importaron también en ella su teatro. Verdad es que se aduce

contra este aserto una cita de la vida de Filostrato de Apolonio de

Tyana (lib. V, cap. 9.º), que sólo prueba en todo caso, que hasta el

tiempo de Nerón no se conocía en la Bética teatro alguno, suponiendo

siempre que demos á la narración de este autor un crédito que no merece.

Historia de la literatura y del arte dramático en España, tomo I · 第 6 / 26 段