Es costumbre, cuando se habla del teatro antiguo, tratar sólo de las

representaciones públicas. Sin embargo, conviene á nuestro propósito

recordar, que la afición de los antiguos á los pasatiempos mímicos se

manifestaba de varias maneras. Largo tiempo hacía, que, así en Grecia

como en Roma[54], el pueblo en las calles y los grandes en sus palacios,

favorecían á farsantes y bufones; ricos particulares llamaban á los

actores á sus casas para celebrar fiestas, en las cuales se recitaban á

veces pasajes de comedias y tragedias, y otros dramas enteros[55];

romanos principales mantenían en sus palacios mímicos que los

acompañaban en sus viajes[56], y en las festividades más solemnes nunca

faltaban en Roma bailes pantomímicos[57]. Estas representaciones

aisladas, á las cuales no asistía todo el pueblo, sino sólo el

populacho en las calles ó los ricos en sus palacios, se fueron haciendo

exclusivas en los últimos tiempos de los emperadores.[58] Si hemos de

tener en cuenta la existencia de los antiguos juegos escénicos en los

siglos posteriores, es necesario no olvidarnos de su doble forma, ni

creer, que, cuando se habla de dramas, han de entenderse por esta

palabra representaciones hechas en los teatros públicos. Las crónicas y

cánones de concilios, que prueban la existencia de los espectáculos

dramáticos durante la Edad media, indican raramente sus condiciones

especiales. Consta, sin embargo, de Casiodoro, que en el siglo VI se

representaban composiciones dramáticas en el teatro de Pompeyo en Roma,

y que fué restaurado para este objeto por Theodorico. Este mismo

escritor les llama expresamente mimos y pantomimas[59]. Riccoboni, con

visos de gran verosimilitud, ha sustentado la opinión de que _la

commedia dell'arte_ italiana proviene inmediatamente del mimo

romano[60]. No sólo lo demuestra así en general el uso de las máscaras,

común á ambos espectáculos, sino también ciertas particularidades

aisladas, como, por ejemplo, la semejanza del arlequín con el romano

_centumculus_, puesto que los dos personajes usaban traje de varios

colores y espada cómica;[61] la del polichinela con el antiguo _macco_,

etc.[62]. Pero esta especie de comedia italiana no es el único lazo, que

une á la escena antigua con la moderna, si bien esta unión no aparece en

general tan clara y patente como sería de desear.

No hay duda de que, durante la Edad media, subsistieron las

representaciones mímicas en los paises sujetos á la dominación romana.

De los numerosos documentos, que lo atestiguan, indicaremos sólo los más

importantes.

El sínodo de Arlés, celebrado en 412, excomulga á los que visitan las

iglesias en día festivo. Procopio dice, hablando del tiempo de

Justiniano, que los romanos sólo conservaban de los griegos las

tragedias, mimos y piratas, de lo cual se deduce que en el siglo VI se

daban espectáculos trágicos, así en Roma como en Constantinopla. El

concilio tercero de esta ciudad, del año 680, prohibe la representación

de los mimos, ordenando especialmente á los clérigos y monjes que se

abstengan de concurrir á los juegos escénicos. Prohibiciones semejantes

se hicieron en Tours (813) y en Aquisgrán[63] (816); la palabra _scenæ_,

usada en el último, parece indicar que existían algunos teatros, en los

cuales se daban representaciones de esta especie[64]. El obispo

Agothardo anatematiza en el año 836 á los histriones, mimos y

juglares[65]; Alcuino Albino reprueba la costumbre que observaban los

próceres, de albergar en sus casas á tan frívolos vagabundos (epíst.

107), y aun más importante es un párrafo de las capitulares de la época

posterior de los Carlovingios, en el cual se habla expresamente de los

actores (_scenicis_)[66].

Las fiestas de corte, casamientos de príncipes, etc., invitaban á estos

cómicos errantes á ejercitar su arte, ofreciéndoles rica recompensa. Así

se explica que á las nupcias de Enrique III, en Ingeldheim (año 1045),

concurriera multitud innumerable de histriones y juglares, aunque el

emperador los despidiera sin darles dinero ni alimento, lo cual menciona

el cronista como una acción laudable, aunque insólita por demás[67].

Thegano y Juan de Salisbury reprueban las representaciones de los

juglares como escandalosas[68], y el concilio sexto de Letrán, del año

1215, prohibe de nuevo á los clérigos asistir á ellas.

Difícil es, en verdad, señalar claramente las particularidades de estas

representaciones mímicas, ateniéndonos sólo á las indicaciones

mencionadas. Unicamente se desprende de ellas, que, por lo común,

consistían en cantos y bailes acompañados de expresivos gestos, ó en

pequeñas farsas, que ya se representaban en las calles delante del

pueblo (á veces en algún teatro levantado al efecto), ó en las casas de

los ricos y en los palacios de los príncipes. Según se deduce de unos

versos de Chaucer, no dejaba de ser importante el aparato escénico de

los histriones de la Edad media, pues habla de la aparición y

desaparición de leones, de barcos que nadan en el agua, de campos llenos

de flores, y de castillos de piedra, con que solían sorprender á los

espectadores[69].

Ocurre preguntar ahora, si estos espectáculos de los siglos medios han

de mirarse como hijos del teatro romano; si el mimo y pantomimo, cuya

existencia en el siglo VI hemos probado antes, continuaba siempre

subsistiendo, y si las máscaras del primero, cuya no interrumpida

duración ha demostrado Riccoboni con tales visos de verosimilitud,

fueron también conocidas por este tiempo en los paises en que dominaron

los romanos.

Nada fácil es responder categóricamente á tales preguntas. La afición á

las diversiones mímicas es tan ingénita en el hombre, y tan natural su

desarrollo, que los pueblos no necesitan apelar á elementos ajenos para

formarlo. Que hayan existido en la Italia, Alemania, Francia, etc., de

la Edad media, no es prueba suficiente para afirmar que hayan sido

heredados de otros pueblos.

Y si se quiere sostener la última opinión, conviene no olvidar, que,

como en todos los demás pueblos, así también en éstos se hallan desde la

más remota antigüedad gérmenes dramáticos, que pudieron desarrollarse en

aquellas postrimeras tentativas, ya indicadas[70]. Sólo se puede afirmar

con evidencia:

Que el drama romano fué el único que alcanzó perfección en su forma,

precediendo inmediatamente al que le sucedió en la Europa moderna; y

Que los datos existentes hasta ahora, relativos á su duración, se

enlazan en no interrumpida cadena con otras representaciones dramáticas,

cuyas propiedades no podemos conocer á fondo.

La sospecha de que aquél, y especialmente el mimo y la pantomima, han

contribuído en parte á la formación de los últimos, no puede rechazarse

por completo, puesto que el tiempo y la adición de extraños elementos

pueden haber variado su índole primitiva.

[imagen]

CAPÍTULO II.

Influencia simultánea de los ritos de la Iglesia y de las

diversiones profanas en la formación del drama religioso.--Dramas

religiosos más antiguos que existen.--Fiestas del _Corpus_ en el

siglo XIII.--Edad de oro del drama

religioso.--Misterios.--Moralidades.--Dramas profanos del siglo

XII.

Pero dejemos ahora estas indicaciones acerca de la existencia del drama

profano, y echemos una ojeada sobre los elementos dramáticos, que se

desarrollaban en el seno de la Iglesia.

Despréndese de muchos cánones de concilios (citados antes en parte), que

ni los cristianos ni sus sacerdotes se abstuvieron de asistir á las

representaciones teatrales. No hubo prohibiciones bastante fuertes para

contener la natural afición á este linaje de espectáculos; y no contenta

con ellos, tomó también parte en las diversiones paganas, puesto que ya

no existía la misma razón de evitarlas, desapareciendo poco á poco el

gentilismo como religión, y no habiendo entre esos usos y la idolatría

los lazos que antes existieron. Vanas fueron, por tanto, las diversas

tentativas de la Iglesia para apartar á los fieles de esos abusos. Entre

las muchas costumbres del paganismo que aceptó la Iglesia, cuéntanse las

procesiones gentílicas, las mascaradas y bailes en las fiestas

cristianas, asimilándoselas de tal modo, que poco á poco se fué

olvidando su origen. Y como la mezcla de tan diversos elementos no pudo

menos de introducir muchas novedades en el culto cristiano, no es

extraño que también contribuyese á la formación del drama religioso.

Esto merece examen más atento.

Por una extraña coincidencia (caso de que no se quiera explicarla como

inmediato efecto de causas anteriores)[71], los días destinados á la

celebración de muchas fiestas cristianas son los mismos que los de otras

gentílicas. Así sucede especialmente con las que forman el ciclo de la

Navidad y esta última propiamente dicha, la conmemoración de San Esteban

mártir, de San Juan Evangelista y de los Inocentes, la Circuncisión,

las del Santo Nombre de Jesús y de la Epifanía, que coinciden con las

Saturnales, las Juvenales instituídas por Nerón, las _Calendæ Januariæ_

y las _Natales invicti_ (sc. Solis). La estrepitosa alegría, que reinaba

en estas tumultuosas solemnidades paganas, arrastraba á no pocos

cristianos, y excitó el celo de muchos padres piadosos de la Iglesia,

que agotaron su elocuencia en alejarlos de tales espectáculos

idólatras[72]. Sin embargo, continuó después el desorden hasta el punto

de llamar la atención de las asambleas eclesiásticas[73]. Entre los

cánones de concilios que aluden á él, es el más importante el del

Trullano, de 692, porque indica cuáles eran los vestigios de fiestas

paganas que todavía subsistían[74]. Este canon prohibe á los fieles

celebrar la fiesta de las Calendas (año nuevo); las Brumales, llamadas

después Bota, y la que se celebraba el 1.º de marzo[75]. Háblase en él

especialmente de los bailes públicos y escandalosos de las mujeres, de

las danzas y fiestas en alabanza de los falsos dioses, de los disfraces

de hombres con trajes de mujeres y de mujeres con los de hombres, de la

costumbre de usar máscaras cómicas, satíricas y trágicas, y por último,

indica que aún no habían muerto del todo las estrepitosas fiestas de las

Bacanales[76].

Cuanto en él se dice ha de entenderse principalmente del Oriente, y

prueba sin ambajes cuán largo tiempo habían durado las costumbres

paganas, no obstante su degeneración. Dedúcese de otro documento algo

más antiguo[77], que esas reminiscencias gentílicas habían tomado en el

Occidente otro carácter. Distínguese, si lo examinamos, por la singular

coexistencia de lo pagano y lo cristiano, y por la transición del

primero al segundo, que ya comienza á vislumbrarse. Al mismo tiempo que

alude claramente al paganismo, la prohibición de celebrar juegos y

danzas y entonar cánticos idólatras, y la de cubrirse en las Calendas de

enero con pieles de ternera ó de ciervo[78], prueba también la mención

que se hace de las fiestas de los santos, que lo consagrado en un

principio á la alabanza de los dioses empieza á servir para el culto

cristiano. Asimismo se desprende de este sermón, que, en las últimas

manifestaciones del gentilismo, se mezclaba la mitología romana con la

de otros pueblos idólatras, pues además de las claras alusiones, que se

hacen en todo el sermón, á las supersticiones germánicas, encontramos en

él mención expresa de los _jottici_, que son indudablemente los enanos

de la mitología del Norte[79]. También en la antigüedad germánica se

santificaban los días de Navidad y de Año-nuevo, celebrándose con gran

pompa la procesión de la diosa Holda[80], y probablemente con disfraces

y juegos, que después se confundieron con los destinados á solemnizar

las Calendas romanas de enero.

Al paso que los primeros prelados rivalizaban en celo atacando estos

placeres tumultuosos, patrocinaban una diversión, que pronto se hizo

igualmente licenciosa, y llegó á ser objeto de las censuras

eclesiásticas. Para mostrar el profundo desprecio, que merecía el

paganismo, se introdujo una especie de fiesta satírica ó burlesca, que

se celebraba en las iglesias con varias bufonadas y disfraces extraños,

la cual, á pesar de su objeto, opuesto á ellas, recordaba de muchas

maneras las diversiones paganas. Tan singular fiesta (generalmente

llamada de los locos) es sin duda muy antigua, y la época en que se

celebraba no era la misma en todas partes, pues unas veces se consagraba

á este objeto el día de Año-nuevo, otras el de los Santos Inocentes,

otras, en fin, el de la Circuncisión ó la Epifanía[81].

A menudo coincidían también las épocas en que se solemnizaban las

fiestas cristianas y gentílicas, como en varias de mártires y santos, en

las pascuas que caían ordinariamente en el tiempo en que se celebraba la

fiesta del verano, representándose por una pantomima la victoria de

éste sobre el invierno[82], en cuyo caso no era dable que los fieles

olvidasen enteramente las antiguas costumbres.

Si bien los sacerdotes más rígidos y los legisladores de la nueva

Iglesia se esforzaron por todos los medios en atacar los vestigios de

las antiguas supersticiones, hubo otros hombres ilustrados é

influyentes, que creyeron más saludable no desplegar tanta severidad

contra esos usos inveterados, sino darles más provechosa dirección. Uno

de los que lo intentaron fué Gregorio el Grande[83]. Así se logró que la

corriente de las diversiones paganas, que ya se había mezclado con

elementos cristianos, penetrase al fin en la Iglesia. Olvidóse poco á

poco el objeto de los bailes, cánticos y demás alegres solemnidades, y

lo que en un principio sirvió para honrar á Saturno ó Baco, se destinó

más tarde á la alabanza de San Juan, San Esteban ó Jesucristo.

En los días festivos acostumbraba el pueblo reunirse cerca de las

iglesias, levantar tiendas con ramas de árboles, y celebrar alegres

banquetes[84]. Como las fiestas paganas coincidían frecuentemente con

las cristianas, la piedad se mostró en éstas como en aquéllas, y la

alegría, libre de trabas, penetró en iglesias y pórticos, entregándose á

danzas, bufonadas y cánticos profanos. Acaso se refiera á tales

desórdenes en el templo del Señor el sermón de San Eligio, ya citado,

pues las capitulares del siglo VI prohiben el baile en las iglesias.

Natural era que no faltaran en tales festividades cantores y bufones,

que contribuyesen á aumentar los placeres y alegría del pueblo. Ya una

capitular de la época carlovingia parece aludir á ellos[85], y prohibe á

los _scenicis_ vestir traje eclesiástico, cuando en las iglesias

representaban tales espectáculos en compañía de los clérigos.

Expresamente anatematiza un canon más antiguo este desorden, pues aunque

la prohibición es del año 1316, se tiene por anterior en muchos siglos á

esta época, fundándose en sólidas razones[86].

La santidad del lugar y del día debió aconsejarles representar las

sagradas historias, á cuyo recuerdo se destinaba esta fiesta, en vez de

sucesos profanos, y de esta manera los gérmenes del drama, que vimos

apuntar en los ritos de las más antiguas festividades cristianas, se

desarrollaron sin obstáculo para figurar en la escena. Mientras no salió

de manos de vagabundos mimos y de frívolos clérigos, que los imitaron,

no abandonó su carácter licencioso, ni dejó de contribuir á la

profanación de fin tan santo, por cuya razón obligó á menudo á la

Iglesia á dirigir contra él sus censuras. Pero pronto enseñó la

experiencia que la afición del pueblo á tales espectáculos, una vez

despertada, no se extinguía fácilmente, y el clero, que ya antes se

esforzara en representar los maravillosos sucesos de la Redención,

comenzó á influir con ese objeto en el ánimo de los fieles. Verdad es

que sólo faltaba un leve impulso externo, para inclinar á los clérigos á

intervenir en la representación de las sagradas historias. Los himnos y

antífonas de la Iglesia, los sermones de los sacerdotes, y diversas

particularidades del culto, como hemos visto, habían madurado

gradualmente el elemento dramático; la forma empleada en la

representación de las santas historias al pueblo tenía ya mucho de

mímica[87]; largo tiempo hacía que, mientras se leía el texto de la

Biblia, representaban los clérigos un papel, al cual se ajustaban

simbólicamente las divisiones capitales del texto, y por tanto le

faltaba muy poco para convertirse en exposición dramática viva y

acabada. Para rechazar el argumento, de que estas nuevas costumbres eran

indignas del templo del Señor, se sostuvo que podían servir de enseñanza

y fortificar la fe del pueblo, que asistía á tales representaciones.

Como no siempre se tuvo presente este fin exclusivo, tomó poco á poco

tan piadoso espectáculo cierto colorido mundano; la Iglesia aflojó algún

tanto en sus rigores, y aun llegó á proteger los que con el nombre de

_misterios_, con que lo distinguen diversas decretales y cánones de

concilios, ocuparon el mismo rango que otras solemnidades del culto.

No es de esperar que nosotros intentemos determinar con fijeza la época

en que aparece el drama religioso, cuyo germen hemos hallado en los

ritos de la Iglesia primitiva. Hemos visto cuán antiguas son en la

oriental estas producciones aisladas, é indicado las festividades en que

intervienen las primeras representaciones dramáticas. Los datos y

documentos, que se han conservado, relativos á su primera aparición en

la Iglesia occidental, no alcanzan á época tan lejana. Pero como nuestro

conocimiento de los más remotos periodos de la historia de la Europa

moderna no se funda generalmente en datos abundantes, y en proporción

sólo han llegado hasta nosotros escasas noticias de sus monumentos

literarios, y cuando así ha sido, y tratándose de los de esta especie,

sólo por casualidad nos los participan los cronistas, no con propósito

deliberado, no es extraño que no se pueda afirmar con certeza que esas

indicaciones más antiguas, que existen, sean las primeras que hayan

hablado de los orígenes del drama religioso.

Algunos sospechan que al drama religioso, propiamente dicho, precedieron

mudas representaciones pantomímicas de las Sagradas Escrituras. De este

género habría sido la representación simbólica de la resurrección de

Jesús en la noche de Pascuas[88], de la cual tratan los cánones del

concilio de Worms (1316) como de una antigua costumbre; la subida de la

efigie de Cristo al techo de la iglesia, y el descendimiento de la de

Satanás ardiendo el día de la Ascensión[89]; el pesebre que se erigía

en la Noche-buena, la representación de los tres Reyes cuando adoraron

al Niño Jesús, etc. No obstante, aunque estas ceremonias son

probablemente muy antiguas, será muy difícil probar que sean anteriores

á los dramas religiosos, que han llegado hasta nosotros. Estos alcanzan,

en parte, hasta la época de los carlovingios. Conocemos dos manuscritos

de dramas monásticos del año 815[90], y las composiciones dramáticas en

lenguaje frisón, que se atribuyen al abad Angilberto, contemporáneo de

Carlomagno[91]. En la biblioteca de Munich se conservan dos dramas

acerca del nacimiento de Cristo[92], en versos latinos, pertenecientes á

los siglos IX y XI, restos, al parecer, de los espectáculos que se

acostumbraba representar en las iglesias la Noche-buena. Así en estas

obras como en las pantomimas mudas, mencionadas antes, y en otras, de

que hablaremos después, se advierten esas tendencias del culto divino,

desde tiempos anteriores, á revestir forma dramática. Debemos enumerar

especialmente, entre estas composiciones, las que escribió Roswitha,

noble abadesa de Gandersheim, imitadas de antiguas leyendas cristianas,

ya estuviesen destinadas á la representación, ya no, como parece más

probable, sino sólo á servir de piadoso solaz á las monjas de su

monasterio. Poseemos además otros dramas más antiguos, que, por su fondo

y por su forma, dan á entender claramente que se escribieron para ser

representados. Distínguese entre ellos el _Misterio de las vírgenes

prudentes y locas_ (Ms. 1.139 de la Real Biblioteca francesa), todo lo

más de principios del siglo XI, y aun de época anterior, á juicio de

Leboeuf y Raynouard[93]. Esta pieza demuestra sin ambajes la

procedencia del drama religioso de las ceremonias del culto divino. Los

cánticos latinos, que se leen en ella, pertenecen por entero al culto,

al paso que sus diálogos en lengua provenzal nos dan á conocer el drama

naciente. Atribúyese con razón mayor antigüedad á una farsa latina en

loor de San Nicolás, que se ha encontrado manuscrita en la abadía de San

Benito del Loira[94]. Leboeuf cita una pieza, escrita hacia el año

1050, en la cual aparece Virgilio entre los profetas que adoran al

Redentor. De fines del mismo siglo es el antiguo _Mysterium

Resurrectionis_ francés[95], notable además porque dice expresamente que

había sido representado por clérigos.

De este tiempo y del siglo XI es asimismo un antiguo misterio bretón,

publicado no hace mucho[96]. No deja de ser muy interesante lo que dice

Mateo Paris en su _Vitæ abbatum_, cuando cuenta que Godofredo de

Normandía, maestro de escuela de Dunstaple, hizo representar por sus

discípulos una historia maravillosa sacada de la vida de Santa Catalina,

y que no fué invención suya, sino costumbre transmitida de unos maestros

y escolares á otros. Warton cree que esta representación debió

verificarse hacia el año 1110, aunque parezca más probable la opinión de

_De la Rue (Bardes et jougleurs)_, en cuyo juicio debió caer entre los

años 1131 y 1146[97].

El severo Inocencio III se vió obligado en el año 1210 á prohibir

rigorosamente la representación de escenas dramáticas en las iglesias, y

en especial por los clérigos[98]; y aunque igual prohibición fué

confirmada después por los cánones de muchos concilios[99], no abolió

por completo estos piadosos espectáculos, sirviendo tan solo para que

variase el lugar en que se representaban. Aun cuando existan noticias

aisladas de que en los siglos siguientes continuó la perjudicial

costumbre de convertir las iglesias en teatros, como sucedió en el año

de 1452 en la de Santa Clara de Nápoles, en la cual se dió una suntuosa

representación de esta especie al rey Alfonso I, fué más frecuente desde

el siglo XIII destinar á este objeto locales distintos de los templos, y

celebrar los misterios en las plazas públicas ó en otro lugar á

propósito. Así debió suceder á medida que se perfeccionaba este

espectáculo, y se hacía más independiente del culto. Apostolo Zenón,

fundándose en una antigua crónica, dice que en la pascua de 1243 se

representó un gran drama religioso en la plaza del Prado della Valle en

Padua[100]. A esta época se refiere la primera noticia que conservamos

de la existencia de cofradías, cuyo principal objeto era la

representación de los misterios, como la de los Gonfalone de Roma, que

se formó en el año de 1264 para representar la historia de la Pasión.

Parece que clérigos y legos rivalizaron en tomar parte como actores en

estas solemnidades, pues la cofradía de los Battuti, que se organizó en

Treviso en 1261, había celebrado con los canónigos de la catedral

solemne contrato, obligándose éstos á suministrar dos clérigos para

representar los papeles del Angel y de la Virgen María[101].

El milagro de Bolsena, que convenció á un clérigo incrédulo de la

presencia real de Cristo en el Sacramento del altar, haciéndole ver las

gotas de sangre que destilaba la Hostia, obligó al Papa Urbano IV en

1264 á instituir la fiesta del Corpus. Celebróse ya en el siglo XIII en

casi todos los paises de Europa, constituyendo una de las más

importantes de la cristiandad, y se realzó su brillo con suntuosas

procesiones y espectáculos dramáticos[102]. Estos llegaron á

considerarse en algunos lugares como parte tan esencial de esa fiesta

religiosa, que los gremios se obligaron á erigir teatros en honor del

Santo Sacramento.

La edad de oro del drama religioso, que se puede fijar en el siglo XIV,

es tan conocida por muchas obras, y últimamente por la publicación de

sus monumentos literarios más notables, que bastará tratar de ella sólo

en general, y en cuanto sea suficiente para dar á conocer con claridad

el drama español coetáneo, y el posterior á él. Nos convendrá con este

objeto detenernos principalmente en Francia é Inglaterra, ya porque en

ambos paises se escribieron muchos dramas religiosos muy importantes,

que han dado origen á concienzudos trabajos sobre este particular, ya

por los innumerables documentos, que, relativos á ellos, se

conservan[103].

Desde el año de 1268 comenzó la hermandad de Chester á representar

anualmente una serie de misterios, llamados en inglés dramas de

milagros. Á éstos siguieron algo después representaciones semejantes, y

no menos célebres, en la abadía de Wildkirk y en Coventry. Los más

antiguos que existen, del tiempo de Eduardo III, son representaciones

dramáticas groseras de la historia sagrada, en las cuales domina el tono

épico, consistiendo generalmente en una serie sin plan ni concierto de

diversas escenas. Comienzan de ordinario por un prólogo, que sirve de

introducción, y concluyen con un epílogo. Después se fueron haciendo más

extensas, y llegó el caso de que no bastase un solo día para

representarlas, como sucedió con el misterio de la creación del mundo,

que se puso en escena en Skinnerswell en 1409, y duró una semana entera.

Aún más vasto era el ciclo de misterios, que se representó hacia el

mismo tiempo en Chester, pues comprendía toda la historia del mundo,

desde la creación hasta el juicio final. Acordábase tan poco el clero de

sus anteriores anatemas, que se concedió indulgencia de mil años á los

espectadores que asistiesen á toda esta serie de piadosos dramas.

Historia de la literatura y del arte dramático en España, tomo I · 第 5 / 26 段