Sin embargo, antes de probar nuestras fuerzas tratando de la historia

del drama moderno en sus albores, conviene fijar la extensión que ha de

darse á la palabra _drama_. Muchas falsas aseveraciones han nacido de la

ligereza con que se dilucida esta cuestión. No faltan pueblos que

disputen con otros sobre cuál de ellos se ha hecho antes célebre por sus

representaciones dramáticas, ni historiadores que creen haber encontrado

la más antigua noticia de la existencia de las diversiones teatrales, al

paso que otros no juzgan improbable fijar su fecha en épocas anteriores.

La causa de todos estos yerros, cuando se intenta señalar con exactitud

la época en que nació el teatro, consiste generalmente en la falsa idea

que se ha formado de la esencia del drama. De ordinario se cree que

desapareció completamente por espacio de siglos enteros, mostrándose

luego de repente, y que hubo periodos en que fué desconocido, viniendo

después otros en que se ostenta de improviso á nuestra vista. Tal

aserto, aunque no evidente, puede, sin embargo, sostenerse, si se trata

del drama en su forma literaria más perfecta; pero es á todas luces

erróneo si se alude á los periodos que precedieron á aquél.

La inclinación á los pasatiempos mímicos es ingénita en el hombre, como

se observa en los juegos de los niños. Placer común ha sido á todas las

naciones asistir á la representación de sucesos verdaderos ó fingidos.

En los ángulos más opuestos del globo, entre pueblos de la más diversa

cultura, entre las naciones de América, antes que adoptasen las

costumbres europeas, como entre los indígenas de Java[11], entre los

insulares de Sandwich como entre los kamschadales[12], en los desiertos

del interior del Africa como entre los salvajes habitantes de las islas

Aleucias[13], en Bokara y Cochinchina como entre los negros de la isla

de Francia[14], se han descubierto vestigios más ó menos perfectos de

espectáculos de este género. Así es que el drama se encuentra en todas

partes, aunque no sean los mismos sus grados de desarrollo, según el

concurso feliz ó adverso de circunstancias que lo retienen en sus más

ínfimos peldaños, ó lo llevan á desusada altura. Siendo, pues, tan

universal el drama, parece ridícula la opinión de los que sostienen, sin

haber examinado con diligencia las épocas precedentes, que todo lo más

se conoció en Europa hacia el siglo XII ó XIII; y esto con tanta mayor

razón, cuanto que las naciones cristianas, hasta en sus épocas de más

atraso, eran ya superiores á esos pueblos de que hemos hablado, y sus

condiciones especiales sobremanera favorables al desarrollo del drama.

Se replicará acaso que pantomimas y bufonadas no son propiamente dramas,

y no lo son, en verdad, en el sentido que hoy damos á esa palabra. Pero

prescindiendo de que ya en los siglos primitivos de la Iglesia existen

espectáculos acompañados de diálogos y música, parte de los cuales se

conserva en textos y rituales, no se puede negar que en la historia del

teatro no deben despreciarse las más insignificantes manifestaciones del

talento dramático. Importante es, sin duda, cuando se estudia el gradual

desenvolvimiento del drama, averiguar sus más ocultos orígenes, porque

así lograremos sorprenderlo revistiendo formas diversas de las

conocidas, y separar el elemento dramático de la envoltura que lo cubre.

Ordinariamente sucede con los orígenes de las cosas que sus distintos

elementos aparecían aislados en su principio, y vagos é inciertos sus

contornos. Por esto el que desee conocer todas las fases del naciente

drama, no ha de contentarse con examinar su forma más perspicua y

concreta, sino antes bien rastrearla bajo sus más extraños disfraces. Si

en épocas más adelantadas aparecen la épica, la lírica y la dramática

como especies poéticas distintas, no acontece así en su principio,

porque entonces aún no existe esa separación; si el drama ya perfecto

contiene en sí la antítesis de la epopeya y la lírica, como momentos de

su existencia, cuya síntesis es más tarde, lo observamos en sus orígenes

confundido en parte con estos elementos, en parte luchando con ellos y

esforzándose en desembarazarse de las trabas que le oponen. En esas

épocas yacen los elementos de las artes representativas, ya adormecidos

en narraciones épicas, ya en cantos líricos ó alternados. No ignoramos,

por ejemplo, que los rapsodas griegos recitaban las poesías homéricas y

cíclicas de una manera casi dramática, acompañándolas con mímica

expresiva y dándole entonación variable, cual requería la diversidad de

los asuntos y caracteres de los personajes que hablaban. A esta

particularidad alude el nombre de _hipócritas_[15] ó cómicos, dado á los

cantores épicos de la antigüedad. Aun hoy podemos ser testigos de una

costumbre análoga, si visitamos el Molo de Nápoles ó de Palermo, pues

veremos en ellos cantores populares, que acompañan sus leyendas y

canciones jocosas con variadas gesticulaciones, modulando diversamente

las inflexiones de su voz en los diálogos, y marcando claramente en sus

recitaciones las alternativas del mismo, y el distinto carácter de los

personajes que hablan. El autor de esta historia ha visto en Oriente

otra mezcla de narración, drama y canto lírico, en los cafés de

Constantinopla, Brussa, Smyrna y Magnesia, en donde ha oído muchas

veces cantores y narradores repentistas, que se encargaban cada uno de

representar distintos papeles, de suerte que uno comenzaba narrando con

sencillez, otro entonaba después un canto, y cuando la historia tenía un

interés más vivo y se hacía dramática, se recitaba en forma de diálogo

entre uno y otro. Muchas noticias relativas á este punto nos suministran

las relaciones de viajes. En la India, al celebrarse el _Ram-Lila_ ó

fiesta de _Rama_, se lee ó leía el poema de Ramayana en las plazas

públicas de las ciudades, mientras representaban los actores en muda

pantomima[16] los sucesos más notables á que aludía. Origen de

semejantes representaciones es en Persia el Schahmamed[17]. Pero el

ejemplo más importante de esta confusión de las diversas especies de

poesía se encuentra en los orígenes del teatro griego, manifestándonos

cómo de su forma primitiva, nada distinta, surge después el drama ya

perfecto. En su principio aparece envuelto en vestiduras extrañas, y en

cuanto nos es dable investigar sus orígenes y sucesivo desenvolvimiento,

sólo hallamos su germen en los cantos ditirámbicos y en los himnos de

los báquicos coros. Esta forma lírica admite después improvisados

_monodios_[18] y diálogos narrativos, que se intercalan para introducir

cierta variedad, y romper la monotonía de los cantos del coro. En tal

estado, sin aislarse lo dramático propiamente dicho de lo lírico y

épico, existe el drama griego en tiempo de Thespis, reconocido

generalmente como el inventor de la tragedia[19]. Sólo cuando la

narración se convirtió en diálogo y acción; sólo cuando los

interlocutores comenzaron á representar diversos personajes, se

desarrolló el drama clara y distintamente.

De la misma manera descubriremos los gérmenes del drama cristiano en los

cánticos alternados de la Iglesia, en las antífonas y responsos, y en

los diálogos y representaciones simbólicas, de que se valían los

sacerdotes para enseñar al pueblo las sagradas escrituras. Pero aunque

sea éste uno de los más importantes orígenes del drama moderno, no es,

sin embargo, el único. No sólo se ha de buscar el germen del teatro

moderno en la Iglesia, sino también en otra segunda fuente muy diversa

de ésta: en las bufonadas profanas y juegos mímicos de todos los tiempos

y de todos los pueblos. También aquí se observa cierta analogía con la

antigüedad helénica. A los deikelistas, ethelontas é hilarodas[20]

suceden los mimos, histriones y juglares. Estos últimos reclaman

particularmente nuestra atención, ya porque son los primeros

representantes del arte mímico moderno, ya en especial porque sus juegos

y farsas forman el lazo que une al teatro antiguo y moderno.

Hemos llegado al objeto, á que se encaminan estas reflexiones

preliminares: á las dos fuentes, de que se deriva el drama moderno,

cuyos orígenes tratamos de señalar[21].

Hacia la época en que se verificó el importante suceso que había de

regenerar al mundo, que debe considerarse como el centro de la moderna

cultura, habían extendido los romanos, por la mayor parte del mundo

entonces conocido, así su imperio como su afición á las diversiones

escénicas. El teatro romano, que nunca llegó á florecer demasiado,

decayó al mismo tiempo que la nación á que pertenecía. Casi

universalmente la noble musa trágica y cómica se veía reducida, en los

últimos tiempos de los emperadores, á asistir á groseros espectáculos y

rústicas farsas, en las cuales se reflejaba la profunda degeneración de

aquella edad. Como un ejemplo de las increibles atrocidades que

manchaban aquel teatro, baste decir que un actor (criminal condenado á

muerte) que representaba el papel de Hércules, fué quemado vivo cierto

día delante de los espectadores[22]. En cuanto á las indecencias, que

sin rebozo se ofrecían al público, recordemos la representación de los

amores de Pasiphae y del toro y de Leda y el cisne, todo al natural, y

los pasajes de Procopio[23], en que describe los espectáculos, en que

tomó parte en el teatro de Constantinopla la actriz Teodora, más tarde

esposa del emperador[24].

Si los primeros cristianos evitaban con el mayor cuidado cuanto tenía

algún roce con el paganismo; si condenaban las obras artísticas y

poéticas de la antigüedad[25], y Tertuliano apellidaba invenciones

diabólicas á las tragedias griegas[26], con mayor motivo debieron

reprobar con horror el teatro de aquel tiempo, que se distinguía por tan

repugnantes licencias[27].

Cipriano y Lactancio acusan á los mismos de enseñar el adulterio y la

lujuria[28]; Tertuliano llama á los teatros templos de Venus y de Baco,

escuela de inmoralidad y de deleite[29], y Crisóstomo pinta con colores

no menos sombríos[30] las compañías de actores de su tiempo. Por esta

razón encontramos desde los tiempos primitivos sancionada la regla, de

que por ningún concepto deben frecuentarlos los cristianos[31]. Esta

prohibición fué confirmada después por diversas órdenes y resoluciones

de los concilios, que la elevaron á ley[32]; pero la frecuencia con que

después se repiten tales prohibiciones, á medida que va dominando la

Iglesia, prueba que las antiguas diversiones no se extinguían. Después

veremos cómo los juegos mímicos de los antiguos, aunque degenerados ya y

distintos de lo que fueron, duran hasta los siglos medios, y sirven de

lazo al teatro antiguo y moderno.

Mientras los padres de la Iglesia y los primeros expositores de la

doctrina cristiana rivalizaban en celo contra el drama, aparecían en el

seno de la nueva Iglesia elementos dramáticos, que sólo esperaban una

época favorable para desenvolverse. Los gérmenes de aquellas

representaciones religiosas, llamadas después misterios y moralidades,

cuya primera aparición se fija ordinariamente en los siglos XII y XIII,

se dejan vislumbrar en la liturgia de la Iglesia primitiva, y en

algunos casos se desarrollan hasta alcanzar su perfección dramática

mucho antes de lo que se cree. Aunque se haya disputado con frecuencia

acerca de la autenticidad de la liturgia más antigua llegada hasta

nosotros, v. gr., la de Santiago, y la de las constituciones

apostólicas, es indudable que deben mirarse como compilaciones de muchos

usos de diversas iglesias muy antiguas, y en especial que la de las

últimas se conocía en la Iglesia oriental en el siglo IV. En toda la

forma externa del culto, tal como en ellas se halla constituído, y no

obstante las modificaciones convertidas después en reglas para los

tiempos posteriores, no puede menos de descubrirse su carácter

dramático. Así se observa primero en los diálogos del presbítero,

diácono y pueblo, y después en las antífonas y responsos, en los cuales

un solo cantor entona un versículo, respondiendo luego dos coros

alternados que cantan el salmo, repetido al fin por todos los fieles.

Estos cánticos alternados se introdujeron hacia el siglo II en Antioquía

por Ignacio, y posteriormente en las iglesias griegas bajo Constantino,

por los monjes Flaviano y Diodoro, extendiéndose por San Ambrosio al

Occidente en el siglo IV[33].

Igual y decisiva importancia tiene para nuestro objeto el ciclo de

fiestas cristianas, que comprende los cuatro primeros siglos.

Prescindimos de las fiestas conmemorativas de los santos y mártires, que

sin tener una influencia capital en las bases del dogma cristiano,

fueron intercaladas más pronto ó más tarde en aquel ciclo primitivo, y

sólo nos atenemos á las últimas, consagradas á recordar la vida y muerte

del Redentor. Estos días festivos, considerados en su conjunto, vienen á

ser una repetición anual del más elevado drama, y todas las partes del

todo, todas las fiestas aisladas pueden llamarse otros tantos actos,

cada uno de los cuales intenta representar vivamente una acción

especial, sacada de las Santas Escrituras. Vemos en el Adviento como la

preparación ó prólogo de este conmovedor espectáculo; después en la

fiesta de Navidad, el nacimiento del divino Redentor; en la de los

Inocentes y Epifanía, la importante conmemoración de su infancia y

juventud; en cada una de las festividades que forman el ciclo pascual,

el recuerdo de su pasión y resurrección, con sus circunstancias más

notables; y por último, en la fiesta de la Ascensión, el acto final de

su divina vida. Todo esto compone un conjunto eminentemente dramático,

que había de servir más tarde de tipo fundamental al drama religioso.

Entre las fiestas especiales, que forman este gran ciclo, hay varias,

cuya celebración por la Iglesia tuvo desde los tiempos más remotos tal

carácter dramático, que bastaba el más ligero accidente para

transformarlas en verdaderos dramas. Estos días festivos fueron los

destinados principalmente más tarde á la representación de los misterios

y moralidades, cuyo origen debe buscarse en esos ritos antiguos del

culto divino. Parécenos esta ocasión oportuna de mencionar las fiestas

más importantes bajo este aspecto, que son las siguientes:

1.ª La fiesta de Navidad, que fué instituída aisladamente por la Iglesia

cristiana hacia fines del siglo IV; pero que ya antes, por lo que hace á

su objeto, formaba parte de la de la Epifanía[34]. En las vigilias

celebradas en conmemoración del nacimiento del Salvador, se cantaba por

diversas voces el himno _Gloria in excelsis Deo_, que comprende la

salutación del ángel á los pastores y la respuesta de éstos. El

sacerdote entonaba el canto del ángel, y el pueblo le replicaba en

nombre de los pastores _et in terra pax hominibus_[35]. Este himno, que

después se intercaló en la misa, se había ya divulgado á fines del

siglo IV por casi todas las iglesias, afirmando el _Cronicón Turonense_

que en un principio se había destinado á la víspera de Navidad. La

ocasión y forma en que se cantaba, anuncia claramente el germen de las

representaciones dramáticas, que más tarde se celebraron en esta misma

noche.

2.ª La fiesta de los Santos Inocentes, parte primera de la Epifanía, que

se trasladó después al cuarto día de Navidad, y es de las más antiguas

de que hablan los documentos históricos[36].

Una homilía de San Fulgencio[37] prueba cuán animado y dramático era el

culto antiguo en la representación del acontecimiento, cuyo recuerdo

solemnizaba este día. Presentábanse las madres de los niños que habían

sido arrebatados, hablando entre sí, lamentando su pérdida, deseando

morir con ellos, maldiciendo al tirano, etc. También en cuatro diálogos,

que se atribuyen sin fundamento á San Agustín, se desenvuelve este tema

de igual manera[38].

3.ª La fiesta de la Epifanía, la solemnidad colectiva más antigua, que

recordaba las circunstancias más notables de la infancia de Jesús, entre

otras la adoración de los magos, y después (cuando la palabra bíblica

_mago_ se tradujo por la de rey) llamada la fiesta de los tres Santos

Reyes.

Una _Antiphona_ de Efraim de Edesa (muerto en 378)[39], que ha llegado

hasta nosotros, y contiene un diálogo entre la Virgen y los magos,

estaba indudablemente destinada á celebrar esta fiesta en la Iglesia. Es

digno de observarse, no sólo su forma, ya casi dramática, sino también

su índole especial, que nos hace sospechar si debió representarse

mímicamente.

4.ª La fiesta de los Ramos, celebrada en la Iglesia oriental desde muy

antiguo, que según parece debió introducirse en la occidental poco antes

de Carlomagno[40]. Dos sermones sobre el tema de este día del obispo

Epifanio[41] (nacido de 310 á 320, muerto en 403), prueban que ya en el

siglo IV se celebraba en Oriente esta fiesta con procesiones solemnes,

juegos y bailes, y nos hacen presumir que ya entonces se acostumbraba

representar mímica y dramáticamente la entrada de Jesús en Jerusalén.

5.ª Viernes Santo, Sábado Santo y Domingo de Pascua, acaso las fiestas

más antiguas de la cristiandad, unidas las tres estrechamente y

consagradas por los ritos de la Iglesia á celebrar la importante pasión,

muerte y resurrección de Jesucristo. Si el Viernes Santo se leía en

público la historia de la Pasión, después se despojaba el altar de sus

ornamentos, se cubría la cruz con un velo, no se cantaban himnos, y sólo

se oían las _Lamentaciones de Jeremías_ y el _Kirie eleyson_; si el

Sábado Santo se convertía poco á poco el duelo en esperanza,

entonándose el _Gloria in excelsis Deo_, aguardando la resurrección; si

en la vigilia de Pascua se descubría la cruz, se iluminaba el templo, se

vislumbraba próximo el fausto suceso, y al fin se convertía la mañana de

Pascuas en estrepitosa alegría, gritándose _Alleluya_, y entonándose

cantos alternados que expresaban tanto júbilo, deben mirarse todas como

fiestas simbólicas en conmemoración de los dolores y triunfo de Jesús,

cuyos elementos dramáticos no es posible desconocer.

Aunque Augusti (L. c., Th. II, S. 134) sostenga que las solemnidades

dramáticas, destinadas más tarde á representar la historia de la Pasión,

no son conformes al espíritu de la Iglesia primitiva, parece

contradecirlo el sermón de Eusebio Emiseno[42] (antes de 359) que ha

publicado. Esta homilía del Viernes Santo es el ejemplo más antiguo y

característico del estilo retórico-dramático, que domina en las obras de

Efraim de Edesa y de Epifanio, y hasta puede denominarse en rigor un

pequeño drama. Aparecen en él el infierno, la muerte y el demonio, que

hablan entre sí de la crucifixión del Salvador; y aunque no se

representase por distintos actores, parece indudable que el sacerdote,

que lo exponía, debió indicar con las modulaciones de su voz los

diversos personajes, en cuyo nombre hablaba. Dedúcese de su lectura que

el desarrollo del drama, propiamente dicho, no tardaría en verificarse.

También aquí debemos mencionar la más notable producción de la antigua

literatura cristiana, la tragedia titulada _Cristo paciente_[43]. Aunque

se haya disputado si es ó no su autor verdadero San Gregorio Nacianceno,

á quien se atribuía, no puede negarse su gran antigüedad; y hasta

adoptando la opinión de los que creen que es obra de Apolinar de

Laodicea, resultará en todo caso poco posterior á la fecha indicada. Así

como se desprende del prólogo que fué representada, así también deja

presumir su objeto que dicha representación se hacía el Viernes Santo.

Por lo demás, se ha defendido con muy sólidas razones[44] que San

Gregorio es el autor de este drama, en cuyo supuesto encontramos uno

religioso representado en el siglo IV.

No es, sin embargo, el único de esa época de que tenemos noticia.

Apolinar, obispo de Laodicea, escribía para las escuelas diversas

imitaciones de los clásicos griegos, como tragedias semejantes á las de

Eurípides, y comedias imitadas de Menandro[45], y San Gregorio

Nacianceno (aun suponiendo que no sea suyo el _Cristo paciente_) compuso

también una tragedia, según nos dice el sirio Ebed-Jesús[46]. Estas

obras, por lo demás, atendiendo á la circunstancia de que el _Cristo

paciente_ está formado casi en su totalidad de versos de Eurípides y de

Lykophron, parecen más bien producciones de una erudición laboriosa que

de una espontánea vena poética. Siendo así, puede asegurarse que no

debieron vivir mucho en la memoria del pueblo, pues no hay testimonio

auténtico alguno, del cual se desprenda, que se compusiesen en los

siglos subsiguientes poesías de esta especie. Y aunque sostengan algunos

escritores que estos dramas fueron llevados por peregrinos á la Europa

occidental, dando origen al teatro moderno[47], la verdad es que tal

hipótesi carece de sólido fundamento. Más importante que estas

composiciones aisladas, es seguramente para nosotros la ulterior

investigación de los orígenes del drama en los ritos religiosos del

cristianismo. Entre éstos son dignos de mención especial las más

antiguas y solemnes fiestas, que se celebraban junto á los sepulcros de

los mártires, de que habla San Agustín[48]; las procesiones y entierros

con su salmodia é himnos[49], y por último, las _Agapas_ con su índole á

todas luces mímica, y la ceremonia del lavatorio de los pies, imitación

del que practicó Jesucristo. Pero antes de exponer brevemente el

desarrollo posterior de este elemento, debemos echar una ojeada á los

últimos vestigios del teatro antiguo y del culto pagano, en cuanto se

refieren á nuestro objeto, y entonces veremos, por los resultados que ha

de darnos, que tal propósito no puede calificarse de ociosa digresión.

Observaremos cómo subsistieron en los siglos siguientes los juegos

mímicos de los romanos bajo la forma de farsas y bufonadas profanas, ó

confundiéndose con el naciente drama religioso, y cómo los restos de los

espectáculos gentílicos, no sólo de griegos y romanos, sino también de

los pueblos germánicos, contribuyeron á dar vida al drama religioso,

próximo ya á su perfección.

Desde la caída de la república fué degenerando poco á poco el teatro

romano, poéticamente considerado. Ya en tiempo de Quintiliano y de

Plinio el Joven, no encontraba el poeta trágico otro medio de

proporcionarse auditores que alquilar un salón, y leer su tragedia al

concurso invitado con este objeto[50]. La _Medea_, que cita Tertuliano;

el _Querolus_, imitación de la _Aulularia_ de Plauto, del cuarto ó

quinto siglo; la _Clytemnestra_ griega del quinto ó sexto, y la tragedia

titulada _Chrisarguro_[51], que escribió Timotheo de Gaza en alabanza

del emperador Anastasio[52], son las últimas composiciones literarias de

la musa dramática antigua, dudándose todavía si se representaron alguna

vez en el teatro. En cambio los mimos y pantomimas se mantuvieron en la

escena con general aplauso[53], aunque muy distintos aquéllos de la

perfección artística de los de Publio Syro, y convertidas éstas en

espectáculos casi bárbaros.

Historia de la literatura y del arte dramático en España, tomo I · 第 4 / 26 段