El método histórico-literario, que he seguido para escribir los dos

primeros volúmenes de esta historia, es el mismo aplicado luego á los

materiales, que componen el tercero, pareciéndome el más acomodado á mi

plan, y no habiéndolo adoptado sino después de examinarlo maduramente.

Se convendrá, sin duda, conmigo, que, á cada nuevo plan de la historia

de la literatura, ha de corresponder también un método nuevo de ponerlo

en práctica, y que ni es posible, ni aun supuesta su posibilidad, eficaz

tampoco, que, tratándose de una materia no conocida aún en toda su

extensión, se emplee al principio el mismo procedimiento que cuando se

trate de otras, manejadas ya en diversos sentidos en toda su

comprensión. Comparemos, pues, con este objeto dos obras, tan notables

como conocidas, á saber: la historia de la literatura poética y nacional

de Alemania de Gervinus, y la de la poesía persa de Hammer. El autor de

la primera tenía ante sí un terreno, ya cultivado con preferencia, y

podía suponer en los lectores suficiente noticia de los materiales

literarios é históricos preexistentes, ó hacer referencias á libros muy

leídos, en los cuales sería fácil adquirir esos conocimientos. Obró,

pues, con mucho acierto no deteniéndose en señalar los asuntos de cada

composición particular, sino que se consagró de preferencia á la

historia externa, para difundir de este modo nueva luz en la literatura.

Pero ¡cuán diversa no era, por el contrario, la situación de Hammer! La

poesía persa, en toda Europa, era una especie de _terra incógnita_,

cuando el gran orientalista emprendió la tarea de trazar su historia;

las obras persas sólo eran comprensibles para pocos eruditos, y hasta la

rareza de esos manuscritos suscitaba otra dificultad poderosa. El

historiador de ellas se limitó, por tanto, á ofrecer á la contemplación

inmediata de los lectores lo interior de ese palacio encantado y

guardado hasta entonces con siete llaves, y analizando las composiciones

más importantes, y traduciendo las de menos extensión, pudo iniciarlos

en su conocimiento. Lo principal era, por tanto, cumplir esta condición,

y mientras no se hiciera así, era inoportuno todo razonamiento y toda

reflexión. En una situación semejante, aunque no enteramente igual, se

hallaba, á mi juicio, el que se propusiera escribir la historia del

teatro español; sin duda existían otros trabajos anteriores, no como

sucedía con la historia literaria de Persia, pero tampoco había obra

alguna en que se hubiese tratado de esta materia hasta apurarla; no

podía suponer en los lectores un conocimiento general de los dramáticos

españoles, ni era dable tampoco aludir sólo á las obras originales, para

que los lectores completasen su estudio, siendo tan raros los libros

antiguos españoles. Su tarea más importante había de ser, por

consiguiente, proporcionar al lector los medios más eficaces de conocer

con fruto y con interés lo más esencial de esta poesía dramática, en

cuyo caso eran indispensables extractos ó indicaciones de los escritos

de más mérito. Y si así lo exigían imperiosamente las razones alegadas,

había además otras, que también lo aconsejaran. Sólo de esta manera era

posible comprender las propiedades más esenciales del teatro español,

esto es, esa riqueza de inventiva, esa multitud y variedad portentosa de

asuntos dramáticos exclusivamente suya, en cuya virtud, como decía

Riccoboni hace cien años, ha llegado á ser el gran modelo de todos los

teatros de Europa. Pero aun cuando parecía necesaria la indicación de

los asuntos, hecha con más ó menos prolijidad, para entender al

historiador, ocurría también á cualquiera que no bastaban esos datos

someros coordinados, sino que convenía además señalar el vínculo común

que los unía, investigar y averiguar las diferencias características de

cada poeta por el examen de sus obras, manifestar las relaciones y

puntos de contacto que existieran entre ellos y el público, y el estado

de la nación, de las distintas épocas que les había dado nacimiento é

inspirándoles animación y vida. Tantos materiales, pues, como habían de

servir para la historia del teatro español, exigían, por su número, el

trazado de límites que los contuviesen; y de la misma manera que parecía

preciso que esas indicaciones de los asuntos poéticos se encerrasen en

un círculo determinado, teniendo en cuenta la concisión más bien que la

difusión, así también las reflexiones á que dieran margen habían de ser

sobrias, y los datos históricos manejados encontrarse en íntima relación

con las letras. Quien se proponga estudiar la literatura y el arte

dramático en España, ó por lo menos la primera, ha de examinar otros

elementos más remotos, y hasta detenerse en la historia de los demás

pueblos, porque de otro modo es imposible formarse una idea exacta de su

objeto, y con tanta más razón, cuanto que existe un cúmulo monstruoso de

materiales raros y enteramente desconocidos, cuyo manejo y dominio ha de

facultarlo para instruir á los lectores como debe, viéndose en el caso

de aplicar una idea abstracta, tomada acaso de la lectura de alguna obra

popular moderna sobre historia de la literatura, á un asunto refractario

por completo á semejante método. Pero de todas maneras, parece evidente

que una obra que debe contener la exposición de materiales casi

inmensos, juntamente con juicios de la índole más varia, si en un

principio se estimaron bastantes tres tomos para comprenderla, al fin

habría de extenderse hasta llenar por lo menos otros diez ó doce.

No necesito añadir, que, en la historia del teatro español, que ofrezco

al público bajo tales condiciones, haya agotado completamente la

materia. Así resulta también de las líneas anteriores, debiendo

limitarse ahora nuestra ambición á conseguir el objeto indicado, aunque

sólo haya de satisfacer por completo otro trabajo posterior más profundo

y más vasto, y contentándose el autor de éste con la gloria de haber

sido el primero en labrar este terreno, en el cual, antes que él, habían

pocos trabajado.

Los principios estéticos, en que fundo mis juicios, son los que he

adquirido estudiando incesantemente, y con placer siempre nuevo, á los

grandes poetas antiguos y modernos, así como los escritos de Schlegel,

Tiek y otros maestros de crítica literaria. Este método ofrece la

ventaja de ser comprendido fuera de Alemania, y por los que hablan otras

lenguas. Respecto al método crítico, que se adorna exclusivamente con el

sonoro nombre de filosófico, y para el cual es la estética una parte de

la lógica real absoluta, debo declarar la razón que me ha movido á no

emplearlo. Esta obra mía, aunque escrita principalmente para Alemania,

lo está también, sin embargo, para el público español, como consta del

principio de este prólogo. Por clara y perfectamente comprensible que

sea la filosofía de la identidad y de la diferencia, con sus

contradicciones _vivas é íntimas_, con su unidad negativa de lo que

está fuera de ella, que siendo, no es, y no siendo, es, con su

manifestación sensible y no sensible, y la negación pura de sí misma,

por lo menos en nuestra patria especulativa, no sería probablemente

entendida en España, si suponemos que no ha de elevarse á esas alturas

absolutas sino al cabo de algunos siglos.

La segunda parte de la edad de oro del teatro español, con arreglo á mi

plan primitivo, se expone con detenimiento en el tomo III, aun cuando no

sea posible, que, en el examen de las obras de los poetas innumerables

que se agrupan en torno de Calderón, se inviertan el tiempo y la

prolijidad que él sólo merece; y de aquí que mis juicios alcancen á los

más célebres, ó á los que estimo de más mérito, haciendo ligeras

indicaciones de los demás, y en ocasiones mencionándolos simplemente. En

todo rigor, estos catálogos de nombres propios no debían aparecer en una

obra de historia; pero su enumeración se justifica hasta cierto punto,

porque ya que no sirven para probar la riqueza cualitativa del teatro

español, demuestran cuando menos su fecundidad cuantitativa, y porque

nunca dejan de tener cierta importancia de relación, perteneciendo á una

escuela grandiosa, y reinando en su favor la presunción de que sus obras

han de encerrar algunas bellezas, como sucede siempre cuando se trata

de producciones literarias de periodos históricos gloriosos.

La sección de esta obra, comprensiva de la historia del teatro español

desde su época más brillante hasta nuestros días, traza sólo su

decadencia en sus rasgos más notables, ocupándose luego en los esfuerzos

más recientes hechos por los españoles para regenerarlo. El apéndice

contiene el catálogo, muy precioso sin disputa para los aficionados á

estos estudios, de las colecciones generales de comedias españolas,

libros rarísimos, y que no se encuentran completos en ninguna biblioteca

de Europa, probando sobradamente la inmensa riqueza del repertorio de la

dramática castellana. Además de ese catálogo incluyo también otro de los

escritos más notables, que han llegado á mi noticia sobre el conjunto de

las diversas partes de la poesía y del arte dramático en España. El

lector, de esta manera, forma con facilidad una idea de esta especial

literatura de los trabajos anteriores, que han servido de fundamento á

mi obra. Como es de presumir, esta última lista sólo contiene las obras,

que se distinguen mucho ó poco por su originalidad ó por su novedad, no

aquellas otras, que, como la de García de Villanueva, _Literature of

Europe_, de Hallam, y _La historia de la literatura cómica_ de Flügel,

sólo repiten lo ya conocido en sus datos y censuras, ni tampoco las que

son puramente particulares. Por desgracia, cuando estaba preparado para

la imprenta la mayor parte del original del tercer tomo, recibí la

_Storia crítica dei teatri_, de Signorelli, en su segunda edición

aumentada (Nápoles, 1813), porque hasta entonces sólo había llegado á

mis manos un sumario en alemán de la misma. Si la hubiera conocido

antes, la hubiese tenido muy presente, porque entre todos los libros

conocidos, es uno de los más concienzudos que se han escrito acerca del

teatro español. Aunque no exento de muchos errores, encierra, sin

embargo, reflexiones y juicios aislados de un mérito indisputable,

demostrando su autor que conoce mejor algunos poetas que el mismo

Bouterwek. Sin duda la crítica de Signorelli es, en lo general, la

estrecha de su tiempo y de su nación, pero, á pesar de esto, ha estimado

y realzado algunas bellezas de los dramáticos españoles, y por ningún

concepto merece las burlas y desprecios de la Huerta. He tenido

noticias, por un artículo del periódico _El Español_, de otro trabajo

sobre el teatro de esta nación, publicado en Madrid el año anterior por

Lombía, poco extenso y profundo, si he de atenerme á la crítica que hace

de él dicho periódico. Quizás en el catálogo se haya omitido por olvido

algo que debiera mencionarse, sobre todo algunos escritos sueltos de los

siglos XVII y XVIII, relativos al teatro, que se me han facilitado en

España, y que me han servido para la aclaración de algunos puntos

aislados.

Por último, cumplo uno de mis deberes más gratos manifestando mi

gratitud eterna á los Sres. Tieck, de Berlín; Enrique Ternaux-Compans,

de París, y Luis Lemcke, de Brunswich, por su generosidad en facilitarme

los tesoros de sus ricas bibliotecas.

* * * * *

Después de escritas las líneas anteriores, y durante mi última visita á

España, si bien llamaban principalmente mi atención otros estudios, no

dejó también de preocuparme la literatura dramática de este país; no

sólo leí muchas obras de dramáticos españoles, de difícil conocimiento

en cualquiera otra parte, sino adquirí también, ya haciendo

investigaciones en los archivos y bibliotecas, ya por comunicármelas

amistosamente los eruditos y literatos españoles, no escaso número de

noticias, no utilizadas hasta ahora, y que pueden servir de complemento

y justificación de mi _Historia del Teatro Español_. Pensé también, con

este motivo, en aprovechar los materiales así reunidos en publicar una

nueva edición de mi obra considerablemente aumentada y reformada, y que

debía aparecer en lengua española. En ella, si las circunstancias eran

favorables, tendrían entrada y valoración los trabajos posteriores,

relativos al mismo asunto, como, por ejemplo, los prólogos y

observaciones de Hartzenbusch á las ediciones de Tirso de Molina,

Alarcón, Lope de Vega y Calderón. Pero, de todas maneras, paréceme que

no presto ingrato servicio á los aficionados á este género literario,

haciendo llegar hasta ellos, bajo la forma de notas á la edición

alemana, parte de los materiales recogidos. Me limito, pues

(reservándome lo puramente literario y la crítica de algunas

composiciones dramáticas antiguas y notables), á publicar ciertos datos

sobre la historia del teatro español, que provienen casi todos de

manuscritos ó libros raros, y á los cuales añado excepcionalmente algo

sacado de obras de fácil adquisición ó impresas recientemente. No se

espere, por lo tanto, supuestas las anteriores indicaciones, sino lo que

crea yo oportuno facilitar, y discúlpese la forma de notas, en que se

presenta, la índole fragmentaria de esos mismos datos. Esta forma me ha

impulsado á omitir algo importante, ó que no convenía, y al contrario, á

realzar otras noticias de poca importancia, y que sólo son curiosas si

no hay ocasión oportuna de darlas á la estampa, y porque tratándose de

la historia de un género literario, tan oscura bajo muchos aspectos,

hasta lo insignificante puede contribuir á veces á aclarar cuestiones y

puntos importantes. La mera indicación de impresos y manuscritos

antiguos, basta, pues, en mi concepto, puesto que se trata de obras de

las cuales no tienen conocimiento los bibliógrafos, excitándome en

particular el deseo de llamar la atención de los aficionados á estos

estudios, hacia la extraordinaria riqueza de obras, no impresas, de

antiguos dramáticos, que yacen escondidas todavía en las bibliotecas de

España, y en particular en la del Duque de Osuna. ¡Lástima que no se

publicasen, por lo menos, las joyas más preciosas de esta clase, antes

de desaparecer para siempre por los estragos del tiempo!

Más numerosos serían mis apéndices al tomo primero, si hubiera querido

incluir entre ellos todas las obras de los contemporáneos de Torres

Navarro y Lope de Rueda, que he consultado; pero desistí de hacerlo, ya

porque este trabajo, poco sustancial, no hubiera servido para imprimir

en la poesía dramática progreso alguno, ni presentarla bajo una nueva

faz, siendo simples farsas de escaso valor literario, ya por no

adelantarme al Sr. Salvá, que, en el catálogo razonado de sus obras de

esta especie, y utilizando su rica biblioteca, se propone completar el

de comedias antiguas de la época de Lope de Vega, hecho por Moratín.

HISTORIA

DE

LA LITERATURA

Y DEL ARTE DRAMÁTICO

EN ESPAÑA.

PRIMER PERIODO.

ORIGEN DEL DRAMA

DE LA EUROPA MODERNA, Y ORIGEN Y VICISITUDES

DEL DRAMA ESPAÑOL HASTA REVESTIR

SUS CARACTERES Y FORMA DEFINITIVA EN TIEMPO

DE LOPE DE VEGA, Á FINES DEL SIGLO XVI

(1588 Á 1590).

[imagen]

CAPÍTULO PRIMERO[10].

Diversos orígenes del drama moderno.--Decadencia del teatro romano

en los últimos tiempos del imperio.--Elementos dramáticos en el

culto de la Iglesia primitiva.--Fiestas religiosas, en cuya

celebración aparecen las primeras representaciones

dramáticas.--Juegos escénicos romanos, y su fusión en las farsas de

la Edad media.

Quien se proponga estudiar la vida espiritual de un pueblo, y las épocas

en que adquiere más importancia, no debe circunscribirse demasiado al

espacio y al tiempo si anhela conseguir satisfactorios resultados. No

podrá aislar enteramente á la nación cuya historia investiga, ni romper

los lazos que unen al período que examina con los anteriores, sin

privarse al mismo tiempo de un medio interesantísimo para el logro de

su propósito. La vista ejercitada descubre en todo relaciones.

Movimientos que se creían sin enlace provienen á menudo de un choque,

que, partiendo de lejano centro, vibra después por todo el orbe. Por

innumerables que sean las tradiciones que un siglo transmite á otro, y

uno á otro pueblo, un examen atento llega á veces á encontrar las

fuentes de que provienen esos fenómenos nuevos, y originales en

apariencia, derramadas en distintos sentidos al cabo de largos años por

todas las naciones. Hasta el elemento primitivo que contiene nuevos

gérmenes de civilización, dominante en las esferas más elevadas de la

vida de un pueblo, es sólo nacional en parte, de la misma manera que el

que nace en lo más íntimo de su corazón y no sale de él, no puede

tampoco evitar las modificaciones externas, ni el indeleble y vigoroso

sello que siglos enteros y otros pueblos llegan á imprimir en él. Y sin

embargo, aunque ninguna forma sea en todo independiente de las

anteriores; aunque ninguna haya sólo de lo presente sin haber admitido

algo de lo pasado, encuéntranse, no obstante, naciones que las poseen

exclusivamente suyas, y excitan nuestra admiración por su identidad con

otras conocidas, obligándonos á acudir á su centro común.

Tan íntima unión de fenómenos, semejantes en apariencia, y distintos por

el tiempo y el espacio en que ocurren, es de gran precio para el examen

de aquellas épocas, de las cuales ni quedan documentos auténticos, ni

dan clara luz por sí solas. Por su mediación llega el historiador de

ciertos períodos artísticos y literarios á caminar con desembarazo por

la senda que lo lleva á la verdad. Evitando los inconvenientes de

abandonarse demasiado á peligrosas adivinaciones, aprovechándose sólo de

sus anteriores conocimientos, comparando lo extranjero con lo nacional y

lo pasado con lo presente, llega á completar sus noticias parciales y á

aclarar sus dudas.

España (de cuya literatura y arte dramático trataremos en breve), ha

sido mirada largo tiempo como un país encerrado en sí propio más que los

restantes, y extraño á la influencia y comercio de otros pueblos.

Separada de Europa por la muralla que forman los montes Pirineos, y

bañadas sus costas por dos mares que la aislan de las demás naciones, no

se parece á ninguna otra ni por la formación geológica de su suelo, ni

por sus elevadas llanuras, ni por sus montañas y valles, que le prestan

un colorido especial. Habítala, según se presume, un pueblo indígena,

que, á pesar de su mezcla con otras razas, aún no ha perdido los rasgos

distintivos de su carácter, igual al descrito en las más antiguas

historias, á pesar de los siglos transcurridos, habiendo mostrado en

todas las épocas de su existencia ese elemento original y dominante que

le infunde tanto interés para el estudioso. Este rasgo característico de

su fisonomía, que proviene de la influencia de un pueblo no europeo, y

es efecto de la unión de los dos elementos oriental y occidental, la

distingue de una manera singular. No obstante, aunque se diferencie por

esto de todos los demás pueblos de Europa, la civilización española no

ha escapado á las causas que han influído en la de los demás modernos,

ni tampoco á lo pasado y á lo próximo.

Parte primero del imperio universal, que aun después de desplomarse ha

seguido dominando en épocas y pueblos diversos; habiendo luego adquirido

nuevos elementos de vida por la invasión de una raza germánica, que

mezclándose con la romana ha contribuído tan poderosamente á cimentar la

cultura de los Estados modernos, España llevó en sí el mismo germen de

cultura que estos, y dió á su tiempo iguales frutos, aunque modificados

por sus condiciones especiales. Á semejante resultado contribuyeron los

dos grandes factores de la civilización moderna, cuyas consecuencias han

sido en todos uniformes, á saber: el espíritu y las costumbres

caballerescas, y la influencia del cristianismo. Exteriormente también

quedó abierta la península pirenáica al comercio de otros pueblos. Así

lo prueban, entre otros hechos, haber formado con la Galia meridional un

mismo imperio bajo los godos; haberse hablado después en toda la costa

oriental y en Aragón la lengua de la Provenza, siendo partícipe de su

cultura y viviendo en íntima comunicación con ella; las osadas

expediciones de catalanes á todos los puertos del Mediterráneo, y por

último, su frecuente trato con Italia como residencia del poder papal, y

los estrechos vínculos que la unieron á ella desde que dominaron en

Nápoles los reyes de Aragón. Además que los progresos de la cultura de

la Edad media no fueron, ni con mucho, tan aislados y exclusivos de esta

ó aquella nación como se ha pensado. De la misma manera que la

arquitectura germánica nos ha legado sus monumentos en Alemania y

Francia, en Italia, Inglaterra y España, y que las más importantes

tradiciones románticas penetraron en todas las literaturas de Europa,

así también todo movimiento científico y artístico pasó de un país á

otro y llegó á ser un bien común, y no se libertó tampoco España, como

se probará después, de la natural influencia de tan diversas causas.

Cabalmente los siglos medios serán objeto preferente de nuestras

investigaciones, pues los albores del arte dramático, fin importantísimo

de este trabajo, comienzan entonces á mostrarse débilmente en

lontananza. Discutiremos luego si la indicada reunión de tan diversos

elementos puede explicarnos claramente los orígenes del drama moderno.

Otra razón nos mueve además á traspasar los límites de nuestra propia

esfera: en donde falta lazo externo debe servir cada período histórico

conocido para la aclaración de los desconocidos, ya que este es el único

medio de que las distintas épocas de la civilización arrojen su luz,

comparándolas entre sí, sobre otros lugares y tiempos. De la misma

manera que ciertas plantas sólo prosperan en determinadas zonas, así

también se observan fenómenos análogos bajo grados iguales de

civilización, y sólo este paralelismo de fenómenos nos ofrece los medios

de concluir del examen de uno de los aspectos del desarrollo del arte en

un país, el que ha debido tener en otro. Aunque no falten datos acerca

de la historia primitiva del arte dramático español, y por consiguiente

no haya necesidad de abandonarnos exclusivamente á esas conjeturas, sin

embargo, nos servirá lo más conocido alguna que otra vez para dilucidar

más profundamente esta cuestión, y para completar y unir estas noticias

aisladas.

Basta sólo indicar que si tratándose de cualquier arte es interesante la

historia de su desarrollo, lo es aún más la de los orígenes de la

literatura dramática. Unicamente quien haya observado cómo nace y crece

poco á poco la semilla, podrá conocer bien el organismo de la planta. De

aquí la importancia inherente á esos groseros ensayos de la Edad media

(de poco valor, considerados en absoluto), porque son el germen, que da

vida al árbol portentoso del drama romántico. Larga serie de siglos

había de correr para que se elevaran las bases del gigantesco edificio,

que habían de construir los grandes dramáticos de los siglos XVI y XVII,

verdadera maravilla de los hombres. Ya entre las tinieblas, en que

aparecen envueltos los primeros tiempos del cristianismo, se descubren

débilmente los ligeros contornos de esa senda, que había de terminar en

tan encumbradísima montaña. Las obras de Shakespeare y de Calderón

componen la parte más culminante de esa serie de desenvolvimientos

orgánicos, que se realizan en un espacio de más de mil años, cuyo

espíritu y forma se comprenderán solo perfectamente cuando se conozca el

germen que los dió á luz. No obstante esto, los primeros albores de esa

flor, que después había de crecer tan lozana, deben buscarse únicamente

en las noticias más remotas que han llegado hasta nosotros del drama

religioso. Más aún; si todas las artes modernas han nacido del

cristianismo y á él deben la vida, no por eso han dejado de sentir

influencias anteriores. La corriente de la poesía romántica viene desde

la antigüedad, cuyos arroyos tributarios la alimentaron sin disputa, ya

cambiando el color de sus aguas, ya perdiéndose en ella.

Basta lo dicho para justificar nuestro ulterior propósito, y para que el

observador superficial no repruebe lo que acaso llamaría nuestra

innecesaria difusión al intentar descubrir los orígenes del teatro

español y de todos los pueblos modernos en tiempos muy anteriores á los

señalados de ordinario, al enlazar su exposición en lo esencial con el

nacimiento del drama en la Europa moderna, y por último, al aludir á

objetos aún más extraños al nuestro en apariencia.

Historia de la literatura y del arte dramático en España, tomo I · 第 3 / 26 段