sólo á despertar de nuevo la afición á la poesía española, aletargada
hace largo tiempo, y á facilitar su más exacto conocimiento, será para
mí, sin duda, una satisfacción y una recompensa. Decía Bouterwek[7] en
su prólogo, que no estimaría vano el tiempo invertido en escribir su
obra histórica, si lograba con ella infundir nueva vida en el espíritu
alemán, comunicándole el bello colorido del mediodía, y por un motivo
análogo no debo callar tampoco, que otras esperanzas y otros deseos me
han estimulado á acometer esta empresa, sosteniéndome para perseverar
gozoso en su difícil cumplimiento. Estas esperanzas se reducían, en
suma, á ejercer con mis escritos alguna influencia, aunque indirecta, en
la regeneración del teatro alemán, poniendo al alcance de mis
compatriotas el conocimiento de la literatura dramática española. Las
obras histórico-literarias, por su índole especial, no penetran
inmediatamente en la vida y en las creaciones de la poesía, pero sí
pueden trazar nuevos derroteros á las facultades poéticas, para que sus
trabajos tengan éxito, dilatar sus horizontes y enriquecerlas con nuevas
ideas. Esta obra mía expone suficientemente las grandes lecciones que
resultan de la historia del teatro español en su florecimiento y
decadencia; cuál es el drama popular; de qué manera se utilizan todos
los elementos nacionales, condensándose en su seno los intereses más
elevados y sacrosantos, y cómo lo que existe por sí mismo y lo creado
bajo el imperio de estas condiciones nacionales, así en su fondo como en
su forma, ha de constituir su razón de ser y su cimiento. Y, al
comprenderlo así, ni se condena la enseñanza que pueden ofrecernos las
literaturas extranjeras, ni tampoco la libre y espontánea apropiación de
lo extraño. Al estudio de Shakespeare debemos casi todo lo más valioso
que ha producido la musa dramática alemana, y el conocimiento más
profundo de los españoles podría sugerirnos también, por igual motivo,
inspiraciones más fecundas, y acaso dar principio á una nueva era del
teatro alemán. Si, atendida la estrechísima esfera en que se mueve
nuestra poesía dramática, fuera en alto grado meritorio infundirle
nuevas ideas y proporcionarle nuevos materiales, ¿qué escena, como la
española, podrá ofrecerle tan inagotable mina de invenciones y motivos
dramáticos? Calderón, Lope y los demás poetas de su época merecen
además ser estudiados más preferentemente, y por otras causas, por el
influjo que pueden ejercer en el arte para modelar la forma dramática, y
por el íntimo enlace, en sus obras, de los efectos escénicos con la
fuerza poética. Verdad es que el teatro alemán ha intentado antes cobrar
nuevos bríos acudiendo á las obras dramáticas españolas, y que se ha de
confesar que su cosecha, en este sentido, ha sido deplorable; pero lo
sería más si ese solo ensayo, cuyo mal éxito es imputable á quienes lo
hicieron, nos alejase para siempre de renovarlos.
¿Cómo se ha imitado hasta ahora á los españoles? En vez de asimilarse lo
esencial y lo eterno de sus trabajos, nos hemos contentado con su forma
puramente externa, copiándola, ó más bien parodiándola, con torpeza
incomparable. En efecto, ¿qué tienen de común los dramas alemanes, al
estilo español como se llaman, no ya con Calderón, sino con las peores
traducciones de sus comedias, sino las diversas rimas y asonancias
alternadas, que sólo manifiestan lo prolijo y penoso de la empresa, y
cuyos únicos títulos poéticos no son otros, en resumen, que la
demostración de que la parte métrica es la sola importante, sin tener
presente que se ha hecho caso omiso de la aspereza é inflexibilidad del
idioma, que se obligaba á la fuerza á prestarse á tan insólitas
exigencias? En cuanto á su fondo, nada hay más diverso; en vez de la
animación y de la pasmosa claridad de los españoles para exponer las
cosas más misteriosas é intrincadas, encontramos en sus imitadores
alemanes una obscura confusión de alambicados afectos, una mogigatería
afeminada y repugnante; en vez de una forma dramática artística y
singularmente perfecta, una carencia tan completa de todo linaje de
composición, que casi nos creemos retrotraídos á los primeros orígenes
del teatro. Si se examinan los dramas de esos poetas del azar, que
imaginaban imitar á Calderón, se nota en ellos la forma española
extrañamente destrozada, y en vez de los romances y redondillas,
rigurosamente simétricas, armoniosas y llenas de gracia, tropezamos con
semitroqueos abundantes en hiatos, que nos desagradan, en los cuales,
tan pronto aparece una rima como desaparece por completo; en vez de ese
lujo de imágenes, flores naturales del talento poético, frases baladíes
y sin sentido, tan parecidas á aquéllas como lo es una caja de música á
una sinfonía de Beethoven: y esto pasando por alto lo mucho que pudiera
decirse del fondo y de la tendencia de estas producciones manuales.
Sería ofender á un maestro alemán, tan respetado como eminente, según
dice el mismo autor á quien aludimos, comparar los grandiosos cuadros
dramáticos, trazados por él, é inspirados por su conocimiento y por sus
elevadas y seductoras ideas de la poesía española, con las miserables
producciones, á que nos referimos; pero es de deplorar que el poeta se
pierda, por decirlo así, en un horizonte sin límites, y que por esto
mismo anule deliberadamente el resultado que, en otro caso, ganara el
teatro con sus obras.
El drama español debiera ser la escuela de nuestros jóvenes estudiosos,
é influiría ventajosamente, sin duda, comunicando nueva vida á nuestra
escena, si se aprovechase el carácter que tanto lo distingue, y del cual
se ha hecho caso omiso hasta ahora, que es el relativo al íntimo enlace
que ofrece del espíritu poético con la concentración del asunto, prenda
tan indispensable para lograr buen éxito en las tablas. La forma métrica
de las obras poéticas es diversa en los varios pueblos, con arreglo á la
índole de su idioma; no así la vida dramática y el fondo poético,
iguales entre los griegos como entre los ingleses, entre los españoles
como entre los alemanes, y debiendo advertirse que, cuando no existe esa
compenetración recíproca, no hay que hablar tampoco de verdadero drama;
un poema dramático que no puede representarse, es como una partitura
que no puede tocarse, y una obra dramática que describe sólo hechos
comunes y ordinarios, con secos contornos, sin ennoblecer el asunto con
la inspiración ideal y el colorido poético, deshonra tanto á la escena,
como los volatineros y perros sabios.
Los ingleses han sido siempre para nosotros, hasta ahora, en particular
respecto á tragedia y á drama histórico, la única estrella que nos ha
servido de guía (aunque también en esta parte podríamos aprender
muchísimo de este otro pueblo meridional); pero nos convendría hacer
también lo mismo con los españoles, y tomarlos por modelo, si hemos de
poseer alguna vez comedias de ese carácter más elevado, y el solo
genuinamente literario. Nuestro famoso Platen[8] puede servir de ejemplo
para demostrar la manera, que debe emplear un hombre de talento que crea
por sí, y sin embargo acude á fuentes extrañas, apropiándose de un modo
original bellezas ajenas; éste conocía y estudiaba á los españoles,
notándose, en su _Schatz des Rhampsinit y gläsernen Pantoffel_, los
esfuerzos que ha hecho en este sentido para resucitar la comedia más
sublime: pero no fué esclavo de la forma, sino que se propuso
reproducir brevemente el espíritu de la comedia española, y dotó á
nuestro repertorio, tan pobre en trabajos de la musa cómica, de obras
notabilísimas de esta clase. Si no han sido representadas como algunas
otras de nuestros mejores dramáticos, por ejemplo de Immermann[9],
cúlpese á nuestros empresarios teatrales, que con su continua
representación de plagios y rapiñas insubstanciales, nacionales y
extranjeras, no parecen haberse propuesto otro fin que acabar para
siempre con el buen gusto, y matar todo sentimiento poético.
Esta consideración nos lleva al examen de otro punto importante. La
decadencia vergonzosa de nuestro teatro, cada día más rápida y más
profunda, que ha de llenar de dolor y de indignación á los alemanes
ilustrados, demuestra á los hombres pensadores la necesidad de excogitar
medios á propósito para librarlo de esta humillación. Ni los lamentos ni
las exclamaciones sirven para nada, si no hay copioso número de
comedias, dignas de formar repertorio, y que se distingan por sus
condiciones dramáticas y genuinamente poéticas. Es natural y razonable
el deseo del público de variar sus goces, y siempre que el teatro ha
florecido verdaderamente, se ha satisfecho este deseo con obras
numerosas y diversas; no es posible, por tanto, censurar á los
espectadores, si piden la representación de otros dramas, además de los
pocos que hay representables de nuestros poetas clásicos, ni condenar
tampoco á las empresas teatrales, si se esfuerzan en contentar esta
aspiración del público. Los últimos yerran, sin embargo, cuando, en vez
de llenar dignamente el vacío de su repertorio, lisonjean la propensión
de un populacho ignorante á recrearse con necios pasatiempos,
propinándole novedades tan áridas como deplorables. Y que no se objete,
como hacen los defensores del teatro moderno, que, habiendo degenerado
tanto el gusto del público, es preciso atenerse á sus pretensiones,
porque esos directores de escena son sólo los responsables de la
decadencia de ese gusto, á causa del alimento corrompido que les sirven
sin descanso, y porque de ellos también depende purificarlo y elevarlo.
El pueblo, bajo cuya palabra no comprendemos las heces más bajas de la
sociedad, á pesar de todo el empeño que se muestra en pervertirlo y
confundirlo, conoce y siente siempre lo poético y lo sublime; ni están
tan embotadas sus facultades, que no pueda despertar de su letargo
aspirando el perfume embriagador y poderoso de la flor más brillante de
la poesía; no se han atrofiado ya hasta tal punto las fibras de su
corazón, que resonaban antes armoniosamente, cuando un poeta verdadero
pulsa esa lira profanada, arrancándole sonidos más enérgicos y
melodiosos; su alma se conmueve todavía ante el espectáculo de lo noble
y lo grandioso, en los tiempos pasados y presentes; no se ha extinguido
en él tampoco el don de disfrutar de los cuadros seductores y aéreos,
creados por la fantasía, ni sus ojos dejan de derramar lágrimas al
contemplar la lucha gigantesca del héroe glorioso, defendiéndose hasta
el fin del destino inexorable, ni sus labios, en fin, niegan la sonrisa
á los chistes, si están inspirados por la delicadeza y por la gracia
ática. En las épocas afortunadas, las naciones aplauden espontáneamente
sólo lo bello, y las obras dramáticas, de acuerdo en todo con el
espíritu del pueblo, crean sólo lo grande y lo verdadero; pero en
periodos de decadencia y de corrupción, es deber de todos aquéllos, que
desde el teatro pueden influir en el bien de su patria, decantar los
elementos más puros, que bullen en la sociedad, descartándolos y
limpiándolos de las excrecencias que los afean. Esta empresa será, de
seguro, sagrada é importantísima para cuantos conocen la eficacia del
teatro en la dirección de las ideas y costumbres de los pueblos. Desde
el mismo lugar, pues, de donde corre ahora letargo que mata el alma, ó
ponzoña mortífera que corrompe las venas de la sociedad, podría surgir
un medio de perfeccionar el sentimiento de la belleza, que interviniese
también en la vida entera de la nación, y hasta sugestiones respetables
que satisficieran á las exigencias más elevadas de nuestra naturaleza.
El drama es la forma más elocuente y conmovedora de todas las poéticas,
y también la única que en nuestra época se pone en contacto inmediato
con el pueblo, y hasta con aquellos que nunca leen libros, estando
desterradas de los salones del gran mundo las demás especies poéticas.
Si abrigamos alguna esperanza de que la dirección de los teatros, como
ha sucedido á veces, pase poco á poco de las manos de los ignorantes á
las de hombres entendidos, que se propongan formalmente su reforma, se
nos presenta la cuestión de cuál será el mejor medio de formar y depurar
el repertorio teatral. No hay duda de que existen en nuestra propia
literatura alemana algunos dramas excluídos de la escena por los
rutinarios directores de ella, y merecedores, sin embargo, de ser
representados; tampoco faltarán hombres de talento que escriban obras
estimables, si observan en los teatros una tendencia más elevada, y que
perfeccionarán sus dotes poéticas y su conocimiento de las necesidades
teatrales, estudiando buenos modelos, aunque todo esto no baste para
proporcionarnos en seguida un repertorio valioso y bastante rico para
satisfacer las necesidades del momento. Por consiguiente, nos vemos
obligados, sin remedio, no disponiendo de una literatura dramática
original y variada, á recurrir con esta demanda al extranjero, siempre
que no sea, por cuanto hay en el mundo de sagrado, á los fabricantes
dramáticos de esa nación, de la cual decía Lessing que no contaba con
ningún verdadero drama suyo, y que, después, no ha logrado tampoco
tenerlo. El teatro inglés ofrece, al contrario, rica vena, y algunas
obras de Fletcher ó Massinger alcanzarían aplausos entre nosotros,
expurgadas suficientemente; pero, ¿en dónde, sino en España, podremos
encontrar fuente tan copiosa é inagotable de dramas excelentes, tan
genuinamente poéticos, y tan apropiados á todas las exigencias
escénicas? Imperdonable sería renunciar al disfrute de estos tesoros y á
la influencia reformadora, que, en la depuración del gusto dramático,
tendría el conocimiento de esas composiciones tan notables, y escritas
todas para la representación, no para la lectura. Sé bien que tendré
muchos contradictores, y que es hoy moda entre nosotros calificar de
curiosidades á los poemas de Calderón y de Lope, y, sin negarles algún
valor, se juzgan, no obstante, sin condiciones á propósito para servir
en nuestros días. Ya que se da tanto crédito á la opinión de algunas
autoridades en la materia, recordaré, para combatir esta opinión, que
habiendo asistido Goethe á la representación de _El Príncipe Constante_,
poco después de traducido por Schlegel, declaró que el teatro alemán
conquistaría con el estudio de Calderón terrenos completamente nuevos,
que Immermann le apellidó _poeta dramático par excellence_, esto es, el
dramático que, en grado superior á todos, había juntado á la poesía más
vigorosa y elevada la mayor habilidad técnica, y el dominio más perfecto
de las tablas. Refuta también esa opinión falsa, á que aludimos, la
misma experiencia, puesto que muchos dramas españoles han hecho la
impresión debida cuando se han puesto en escena. _El Príncipe Constante_
excitó en Weimar tan general entusiasmo, que, según dice un testigo
presencial, el público no se cansaba de admirarlo; Immermann afirma, en
sus _Cosas memorables_, que al representar su _Mágico prodigioso_, hasta
en el vulgo hizo, en Dusseldorff, efecto extraordinario; _La hija del
Aire_ fué aplaudida en el mismo teatro en su forma primitiva, y en otras
ciudades lo fué un arreglo moderno de esta comedia, no poco defectuoso;
_Doña Diana_, _El Médico de su honra_, _El Secreto á voces_, _La Vida es
sueño_ y _La Estrella de Sevilla_ fueron largo tiempo comedias favoritas
del público alemán, y son todavía en algunos lugares rayos brillantes de
luz, que alumbran aquí y allí el mundo, digno de lástima, del teatro.
Otras muchas comedias, que en nada ceden á las indicadas, sino que, al
contrario, prometen, si se representan, llamar más la atención hoy en la
literatura dramática española, y hasta los dramas de poetas castellanos
traducidos hasta ahora, ofrecen también, bajo este aspecto, rica
cosecha. _El Valiente justiciero_, de Moreto, y _Del Rey abajo ninguno_,
de Rojas (ambas arregladas magistralmente por Dohrn), se representan
todos los años en España, hace dos siglos, ante un público numeroso,
excitando el mismo interés ó igual aplauso; en distintas ocasiones he
sido uno de los espectadores, y siempre en los momentos más decisivos de
la acción trágica, sobre todo en la maravillosa escena final de _Del Rey
abajo ninguno_, pude observar en suspenso la respiración de los
concurrentes, que rompían en seguida en aplausos estrepitosos,
impresionados profundamente sus ánimos; ¿por qué, pues, no han de
producir el mismo efecto en Alemania los hechos principales de esas
obras? No sería menor tampoco el de _El Tejedor de Segovia_, de Alarcón;
y en el año de 1845 arrebató á los parisienses, al ponerse en escena en
la capital de Francia. Entre las obras de Calderón, se recomiendan por
sus condiciones para este objeto _El Pintor de su deshonra_ (traducido
por Bärmann), uno de los dramas más sublimes que se han escrito, _Las
Tres justicias en una_ y _El Alcalde de Zalamea_, si á esta última no se
opusiese la mogigatería alemana con su exagerado sentimentalismo. _El
Escondido y la tapada_, comedia de enredo de tanta delicadeza como
perfección, y con la que no puede compararse ninguna otra de las
existentes en todos los pueblos, es muy á propósito también, por su
índole, para representarse con éxito en nuestros teatros. Otras muchas
obras de Lope de Vega, de Tirso de Molina (de las más aplaudidas en
España, ahora y en todos tiempos), Guevara, Alarcón, Rojas y otros,
esperan sólo quien las traduzca ó arregle con acierto, para formar parte
del repertorio alemán. No creo que estos dramas puedan representarse sin
supresiones, porque esos largos discursos ó parlamentos, tan comunes en
Calderón, exigen una declamación especial, propia sólo de los actores
españoles, no de los alemanes, más lentos, y que, por lo mismo, los
harían acaso cansados; sería menester hacer en ellos sus cortes por
persona competente, sin necesidad de añadir que el organismo de los
dramas había de conservarse inalterable, prohibiéndose toda mutilación ó
variación arbitraria, como las hechas por West, en _El Médico de su
honra_.
Incalculable sería el influjo que, en la corrección del gusto, podría
ejercer la representación acertada y hecha con inteligencia de las obras
maestras del teatro español, en reformar los escritos por nuestros
poetas, y probablemente en despertar muchos talentos aletargados. Si es
lícito abandonarse un momento á la esperanza de que, más pronto ó más
tarde, se emprenderá la reforma del teatro alemán con energía y
formalidad para conseguir la de la escena, no será, de seguro, inútil
tener presente esta reflexión que hacemos. Toda tentativa de mejorar el
estado actual del teatro, será vana por necesidad, si no se funda en el
principio de desterrar para siempre del repertorio todas las
vulgaridades y las rapiñas incesantes que sirven para llenarlas. Inútil
es representar alguna vez buenas obras, y hacer lo mismo en seguida con
los miserables engendros dramáticos cuotidianos, _El Rey Lear_ una
noche, por ejemplo, y á la siguiente, servir otro manjar de puro
aparato, repugnante al buen sentido, inventado por el gastrónomo Bremer
y preparado para la escena por Birch-Pfeiffer, ó dramatizaciones aún más
despreciables de las malas novelas francesas, que manchan ahora nuestra
escena avergonzando á todo buen alemán, porque la impresión bienhechora
de la primera quedará anulada, doble y triplemente, por el efecto
perjudicial de las últimas. Antes de profanar grandes obras poéticas,
representándolas ante los bancos solitarios del teatro, desde los cuales
el día anterior aplaudían los abortos de la superfluidad más moderna,
una concurrencia de gusto pervertido; antes de acoplar producciones tan
opuestas entre sí como los dos polos enemigos, es preferible desterrar
para siempre toda obra de mérito, privar para siempre la escena de las
creaciones del arte dramático y de la poesía, y transformarla en lugar
de pasatiempo del vulgo, como los saltimbanquis y prestidigitadores en
las ferias. Si se abriga, al contrario, el firme propósito de que torne
á ser el teatro lo que fué antes, y lo que debe ser siempre, ha de
aplicarse la máxima de poner sólo en escena buenas obras y ricas en
poesía, ó aquéllas, por lo menos, que demuestren el empeño de sus
autores en alcanzar fines elevados; una serie no interrumpida de tales
representaciones formará á su vez al público, y le quitará toda ocasión
de dejarse llevar de sus inclinaciones habituales y corrompidas; si, al
contrario, se familiariza largo tiempo con esas representaciones,
entonces, como acontece también en la estación más hermosa de la
primavera que haya algún día espesas escarchas, renunciará al cabo á sus
hábitos pertinaces, y comprenderá el contraste monstruoso que ofrecen
las composiciones poéticas, dignas por su mérito de alabanza, y las
prosáicas é indignas, que excitaban antes su entusiasmo. Pero no se
entienda por esto que sólo hayan de ponerse en escena las obras más
notables de épocas anteriores, sino á la vez las de los poetas modernos,
si tienen algún mérito artístico ó alguna belleza estimable. Si se
conservan en concurrencia con las primeras, tanto mejor para sus
autores; pero si se ven obligadas á ceder, la emulación excitará á
aquellos á trabajar con más ahinco, y á aprender, de sus derrotas, que
únicamente lo mejor y más selecto es lo que encuentra aceptación y
aplauso. Aunque respecto á la elección de las obras no debe mostrarse
consideración alguna al gusto pervertido del vulgo, porque esta
condescendencia constituiría un mal verdadero, ha de haber, sin embargo,
cierta tolerancia con sus deseos, como medio, á lo menos, de llegar á
resultados más importantes. No son muchos, por desgracia, los
concurrentes al teatro en nuestros días, que perciban en toda su
extensión las bellezas de una obra dramática cualquiera, y es
consecuencia natural, que, no teniéndolos en cuenta para nada, se
intente granjear las simpatías de la muchedumbre, lisonjeándola y
satisfaciendo sus caprichos. El lujo escénico, las decoraciones
brillantes y el arte del tramoyista no son de poca entidad, por ejemplo,
en cuanto sirven de adorno exterior de un drama bueno, porque traen
algunos al teatro, que acaso no acudirían á él si no se les ofreciese
otro atractivo que el mérito desnudo de la obra, en cuyo caso servirán
de medio ú ocasión para que estos mismos presencien y oigan una
composición poética, que concluya, en último término, por agradarle.
Immermann refiere, que á los habitantes de Dusseldorf entusiasmaba
sobremanera el juego de máquinas de _El Mágico prodigioso_, haciendo
presumir este hecho, que, por igual razón, acontecería lo propio á otros
muchos dramas españoles, contentando á la vez á los aficionados á la
verdadera poesía, y llevando insensiblemente al pueblo al buen camino,
sólo por contemporizar con sus gustos y aficiones.
Tales son los objetos accesorios de este trabajo, como el inmediato, el
ampliar la historia general de la literatura, y tal es también mi deseo
de que aproveche á los poetas alemanes para adquirir nuevas ideas y
nuevos materiales, y facilite á los empresarios de teatros conocer las
inmensas riquezas que el teatro español atesora. No faltará, sin duda,
quien califique mis propósitos de irrealizables, ó quien se burle de mi
pretensión de influir de alguna manera en el teatro alemán, ofreciendo
al público esta obra, que trata del drama español, y que acaso nadie
lea; pero á mí me tranquiliza haber llevado á término un proyecto en la
medida de mis fuerzas, innegablemente digno de alabanza, bastándome
creerlo así para realizar mi empresa sin obstáculo ni arrepentimiento,
aun en el caso de que no se conviertan en hechos ningunas de las
esperanzas, que me estimularon á consagrarme á estos estudios.