--Yo no creo en esa cordura--dijo Iturrioz--ni creo en la ruina del

semitismo. El semitismo judío, cristiano o musulmán, seguirá siendo

el amo del mundo, tomará avatares extraordinarios. ¿Hay nada más

interesante que la Inquisición, de índole tan semítica, dedicada a

limpiar de judíos y moros al mundo? ¿Hay caso más curioso que el de

Torquemada, de origen judío?

--Sí, eso define el carácter semítico, la confianza, el optimismo, el

oportunismo... Todo eso tiene que desaparecer. La mentalidad científica

de los hombres del Norte de Europa lo barrerá.

--Pero, ¿dónde están esos hombres? ¿Dónde están esos precursores?

--En la ciencia, en la filosofía, en Kant sobre todo. Kant ha sido

el gran destructor de la mentira greco-semítica. El se encontró

con esos dos árboles bíblicos de que usted hablaba antes y fué

apartando las ramas del árbol de la vida que ahogaban al árbol de

la ciencia. Tras él no queda, en el mundo de las ideas, más que un

camino estrecho y penoso: la ciencia. Detrás de él, sin tener quizá

su fuerza y su grandeza, viene otro destructor, otro oso del Norte,

Schopenhauer, que no quiso dejar en pie los subterfugios que el maestro

sostuvo amorosamente por falta de valor. Kant pide por misericordia

que esa gruesa rama del árbol de la vida, que se llama libertad,

responsabilidad, derecho, descanse junto a las ramas del árbol de la

ciencia para dar perspectivas a la mirada del hombre. Schopenhauer,

más austero, más probo en su pensamiento, aparta esa rama, y la vida

aparece como una cosa obscura y ciega, potente y jugosa sin justicia,

sin bondad, sin fin; una corriente llevada por una fuerza X, que él

llama voluntad y que, de cuando en cuando, en medio de la materia

organizada, produce un fenómeno secundario, una fosforescencia

cerebral, un reflejo, que es la inteligencia. Ya se ve claro en estos

dos principios: vida y verdad, voluntad e inteligencia.

--Ya debe haber filósofos y biófilos--dijo Iturrioz.

--¿Por qué no? Filósofos y biófilos. En estas circunstancias el

instinto vital, todo actividad y confianza, se siente herido y tiene

que reaccionar y reacciona. Los unos, la mayoría literatos, ponen su

optimismo en la vida, en la brutalidad de los instintos y cantan la

vida cruel, canalla, infame, la vida sin finalidad, sin objeto, sin

principios y sin moral, como una pantera en medio de una selva. Los

otros ponen el optimismo en la misma ciencia. Contra la tendencia

agnóstica de un Du Boie-Reymond que afirmó que jamás el entendimiento

del hombre llegaría a conocer la mecánica del universo, están las

tendencias de Berthelot, de Metchnikoff, de Ramón y Cajal en España,

que supone que se puede llegar a averiguar el fin del hombre en la

Tierra. Hay, por último, los que quieren volver a las ideas viejas y a

los viejos mitos, porque son útiles para la vida. Estos son profesores

de retórica, de esos que tienen la sublime misión de contarnos cómo

se estornudaba en el siglo XVIII después de tomar rapé, los que nos

dicen que la ciencia fracasa, y que el materialismo, el determinismo,

el encadenamiento de causa a efecto es una cosa grosera, y que el

espiritualismo es algo sublime y refinado. ¡Qué risa! ¡Qué admirable

lugar común para que los obispos y los generales cobren su sueldo y los

comerciantes puedan vender impunemente bacalao podrido! ¡Creer en el

ídolo o en el fetiche es símbolo de superioridad; creer en los átomos

como Demócrito o Epicuro, señal de estupidez! Un _aissaua_ de Marruecos

que se rompe la cabeza con un hacha y traga cristales en honor de la

divinidad, o un buen mandingo con su taparabos, son seres refinados y

cultos; en cambio el hombre de ciencia que estudia la naturaleza es un

ser vulgar y grosero. ¡Qué admirable paradoja para vestirse de galas

retóricas y de sonidos nasales en la boca de un académico francés!

Hay que reirse cuando dicen que la ciencia fracasa. Tontería: lo que

fracasa es la mentira; la ciencia marcha adelante, arrollándolo todo.

--Sí, estamos conformes, lo hemos dicho antes arrollándolo todo. Desde

un punto de vista puramente científico, yo no puedo aceptar esa teoría

de la duplicidad de la función vital: inteligencia a un lado, voluntad

a otro, no.

--Yo no digo inteligencia a un lado y voluntad a otro--replicó

Andrés--, sino predominio de la inteligencia o predominio de la

voluntad. Una lombriz tiene voluntad e inteligencia, voluntad de vivir

tanta como el hombre, resiste a la muerte como puede; el hombre tiene

también voluntad e inteligencia, pero en otras proporciones.

--Lo que quiero decir es que no creo que la voluntad sea sólo una

máquina de desear y la inteligencia una máquina de reflejar.

--Lo que sea en sí, no lo sé; pero a nosotros nos parece esto

racionalmente. Si todo reflejo tuviera para nosotros un fin, podríamos

sospechar que la inteligencia no es sólo un aparato reflector, una

luna indiferente para cuanto se coloca en su horizonte sensible;

pero la conciencia refleja lo que puede aprehender sin interés,

automáticamente y produce imágenes. Estas imágenes, desprovistas de lo

contingente, dejan un símbolo, un esquema, que debe ser la idea.

--No creo en esa indiferencia automática que tú atribuyes a la

inteligencia. No somos un intelecto puro, ni una máquina de desear,

somos hombres que al mismo tiempo piensan, trabajan, desean,

ejecutan... Yo creo que hay ideas que son fuerzas.

--Yo, no. La fuerza está en otra cosa. La misma idea que impulsa a un

anarquista romántico a escribir unos versos ridículos y humanitarios,

es la que hace a un dinamitero poner una bomba. La misma ilusión

imperialista tiene Bonaparte, que Lebaudy, el emperador del Sahara. Lo

que les diferencia es algo orgánico.

--¡Qué confusión! En qué laberinto nos vamos metiendo--murmuró Iturrioz.

--Sintetice usted nuestra discusión y nuestros distintos puntos de

vista.

--En parte, estamos conformes. Tú quieres, partiendo de la relatividad

de todo, darle un valor absoluto a las relaciones entre las cosas.

--Claro, lo que decía antes; el metro en sí, medida arbitraria; los

360 grados de un círculo, medida también arbitraria; las relaciones

obtenidas con el metro o con el arco, exactas.

--No, ¡si estamos conformes! Sería imposible que no lo estuviéramos

en todo lo que se refiere a la matemática y a la lógica; pero cuando

nos vamos alejando de estos conocimientos simples y entramos en el

dominio de la vida, nos encontramos dentro de un laberinto, en medio

de la mayor confusión y desorden. En este baile de máscaras, en donde

bailan millones de figuras abigarradas, tú me dices: Acerquémonos a la

verdad. ¿Dónde está la verdad? ¿Quién es ese enmascarado que pasa por

delante de nosotros? ¿Qué esconde debajo de su capa gris? ¿Es un rey o

un mendigo? ¿Es un joven admirablemente formado o un viejo enclenque y

lleno de úlceras? La verdad es una brújula loca que no funciona en este

caos de cosas desconocidas.

--Cierto, fuera de la verdad matemática y de la verdad empírica que se

va adquiriendo lentamente, la ciencia no dice mucho. Hay que tener la

probidad de reconocerlo..., y esperar.

--¿Y, mientras tanto, abstenerse de vivir, de afirmar? Mientras tanto

no vamos a saber si la República es mejor que la Monarquía, si el

Protestantismo es mejor o peor que el Catolicismo, si la propiedad

individual es buena o mala; mientras la Ciencia no llegue hasta ahí,

silencio.

--¿Y qué remedio queda para el hombre inteligente?

--Hombre, sí. Tú reconoces que fuera del dominio de las matemáticas y

de las ciencias empíricas existe, hoy por hoy, un campo enorme adonde

todavía no llegan las indicaciones de la ciencia. ¿No es eso?

--Sí.

--¿Y por qué en ese campo no tomar como norma la utilidad?

--Lo encuentro peligroso--dijo Andrés--. Esta idea de la utilidad, que

al principio parece sencilla, inofensiva, puede llegar a legitimar las

mayores enormidades, a entronizar todos los prejuicios.

--Cierto, también, tomando como norma la verdad, se puede ir al

fanatismo más bárbaro. La verdad puede ser un arma de combate.

--Sí, falseándola, haciendo que no lo sea. No hay fanatismo en

matemáticas, ni en ciencias naturales. ¿Quién puede vanagloriarse de

defender la verdad en política o en moral? El que así se vanagloria,

es tan fanático como el que defiende cualquier otro sistema político o

religioso. La ciencia no tiene nada que ver con eso; ni es cristiana,

ni es atea, ni revolucionaria, ni reaccionaria.

--Pero ese agnosticismo, para todas las cosas que no se conocen

científicamente, es absurdo porque es antibiológico. Hay que vivir.

Tú sabes que los fisiólogos han demostrado que, en el uso de nuestros

sentidos, tendemos a percibir, no de la manera más exacta, sino de la

manera más económica, más ventajosa, más útil. ¿Qué mejor norma de la

vida que su utilidad, su engrandecimiento?

--No, no; eso llevaría a los mayores absurdos en la teoría y en la

práctica. Tendríamos que ir aceptando ficciones lógicas: el libre

albedrío, la responsabilidad, el mérito; acabaríamos aceptándolo todo,

las mayores extravagancias de las religiones.

--No, no aceptaríamos más que lo útil.

--Pero para lo útil no hay comprobación como para lo verdadero--replicó

Andrés--. La fe religiosa para un católico, además de ser verdad,

es útil; para un irreligioso puede ser falsa y útil, y para otro

irreligioso puede ser falsa e inútil.

--Bien, pero habrá un punto en que estemos todos de acuerdo, por

ejemplo, en la utilidad de la fe para una acción dada. La fe, dentro de

lo natural, es indudable que tiene una gran fuerza. Si yo me creo capaz

de dar un salto de un metro, lo daré; si me creo capaz de dar un salto

de dos o tres metros, quizá lo dé también.

--Pero si se cree usted capaz de dar un salto de cincuenta metros, no

lo dará usted por mucha fe que tenga.

--Claro que no; pero eso no importa para que la fe sirva en el radio

de acción de lo posible. Luego la fe es útil, biológica; luego hay que

conservarla.

--No, no. Eso que usted llama fe no es más que la conciencia de

nuestra fuerza. Esa existe siempre, se quiera o no se quiera. La otra

fe conviene destruirla, dejarla es un peligro; tras de esa puerta que

abre hacia lo arbitrario una filosofía basada en la utilidad, en la

comodidad o en la eficacia, entran todas las locuras humanas.

--En cambio, cerrando esa puerta y no dejando más norma que la verdad,

la vida languidece, se hace pálida, anémica, triste. Yo no sé quién

decía la legalidad nos mata; como él podemos decir: La razón y la

ciencia nos apabullan. La sabiduría del judío se comprende cada vez más

que se insiste en este punto: a un lado el árbol de la ciencia, al otro

el árbol de la vida.

--Habrá que creer que el árbol de la ciencia es como el clásico

manzanillo, que mata a quien se acoge a su sombra--dijo Andrés

burlonamente.

--Sí, ríete.

--No, no me río.

IV

DISOCIACIÓN

NO sé, no sé--murmuró Iturrioz--. Creo que vuestro intelectualismo

no os llevará a nada. ¿Comprender? ¿Explicarse las cosas? ¿Para qué?

Se puede ser un gran artista; un gran poeta, se puede ser hasta un

matemático y un científico y no comprender en el fondo nada. El

intelectualismo es estéril. La misma Alemania, que ha tenido el cetro

del intelectualismo, hoy parece que lo repudia. En la Alemania actual

casi no hay filósofos, todo el mundo está ávido de vida práctica. El

intelectualismo, el criticismo, el anarquismo, van en baja.

--¿Y qué? ¡Tantas veces han ido de baja y han vuelto a

renacer!--contestó Andrés.

--¿Pero se puede esperar algo de esa destrucción sistemática y

vengativa?

--No es sistemática ni vengativa. Es destruir lo que no se afirme

de por sí; es llevar el análisis a todo; es ir disociando las ideas

tradicionales para ver qué nuevos aspectos toman; qué componentes

tienen. Por la desintegración electrolítica de los átomos van

apareciendo estos iones y electrones mal conocidos. Usted sabe también

que algunos histólogos han creído encontrar en el protoplasma de las

células, granos que consideran como unidades orgánicas elementales, y

que han llamado bioblastos. ¿Por qué lo que están haciendo en física en

este momento los Roentgen y los Becquerel, y en biología los Haeckel

y los Hertwig, no se ha de hacer en filosofía y en moral? Claro que

en las afirmaciones de la química y de la histología no está basada

una política, ni una moral, y si mañana se encontrara el medio de

descomponer y de transmutar los cuerpos simples, no habría ningún papa

de la ciencia clásica que excomulgara a los investigadores.

--Contra tu disociación en el terreno moral, no sería un papa el que

protestara, sería el instinto conservador de la sociedad.

--Ese instinto ha protestado siempre contra todo lo nuevo y seguirá

protestando; ¿eso qué importa? La disociación analítica será una obra

de saneamiento, una desinfección de la vida.

--Una desinfección que puede matar al enfermo.

--No, no hay cuidado. El instinto de conservación del cuerpo social

es bastante fuerte para rechazar todo lo que no puede digerir. Por

muchos gérmenes que se siembren, la descomposición de la sociedad será

biológica.

--¿Y para qué descomponer la sociedad? ¿Es que se va a construir un

mundo nuevo mejor que el actual?

--Sí, yo creo que sí.

--Yo lo dudo. Lo que hace a la sociedad malvada es el egoísmo del

hombre, y el egoísmo es un hecho natural, es una necesidad de la vida.

¿Es que supones que el hombre de hoy es menos egoísta y cruel que el de

ayer? Pues te engañas. ¡Si nos dejaran!; el cazador que persigue zorras

y conejos cazaría hombres si pudiera. Así como se sujeta a los patos y

se les alimenta para que se les hipertrofie el hígado, tendríamos a las

mujeres en adobo para que estuvieran más suaves. Nosotros civilizados

hacemos jockeys como los antiguos monstruos, y si fuera posible les

quitaríamos el cerebro a los cargadores para que tuvieran más fuerza,

como antes la Santa Madre Iglesia quitaba los testículos a los cantores

de la Capilla Sixtina para que cantasen mejor. ¿Es que tú crees que el

egoísmo va a desaparecer? Desaparecería la Humanidad. ¿Es que supones,

como algunos sociólogos ingleses y los anarquistas, que se identificará

el amor de uno mismo con el amor de los demás?

--No; yo supongo que hay formas de agrupación social unas mejores que

otras, y que se deben ir dejando las malas y tomando las buenas.

--Esto me parece muy vago. A una colectividad no se le moverá jamás

diciéndole: Puede haber una forma social mejor. Es como si a una mujer

se le dijera: Si nos unimos, quizás vivamos de una manera soportable.

No, a la mujer y a la colectividad hay que prometerles el paraíso;

esto demuestra la ineficacia de tu idea analítica y disociadora. Los

semitas inventaron un paraíso materialista (en el mal sentido) en el

principio del hombre; el cristianismo, otra forma de semitismo, colocó

el paraíso al final y fuera de la vida del hombre y los anarquistas,

que no son más que unos neo-cristianos, es decir, neo-semitas, ponen su

paraíso en la vida y en la tierra. En todas partes y en todas épocas

los conductores de hombres son prometedores de paraísos.

--Sí, quizá; pero alguna vez tenemos que dejar de ser niños, alguna vez

tenemos que mirar a nuestro alrededor con serenidad. ¡Cuántos terrores

no nos han quitado de encima el análisis! Ya no hay monstruos en el

seno de la noche, ya nadie nos acecha. Con nuestras fuerzas vamos

siendo dueños del mundo.

V

LA COMPAÑÍA DEL HOMBRE

SÍ, nos ha quitado terrores--exclamó Iturrioz--; pero nos ha quitado

también vida. ¡Sí, es la claridad la que hace la vida actual

completamente vulgar! Suprimir los problemas es muy cómodo; pero

luego no queda nada. Hoy, un chico lee una novela del año 30, y las

desesperaciones de Larra y de Espronceda y se ríe; tiene la evidencia

de que no hay misterios. La vida se ha hecho clara; el valor del dinero

aumenta; el burguesismo crece con la democracia. Ya es imposible

encontrar rincones poéticos al final de un pasadizo tortuoso; ya no hay

sorpresas.

--Usted es un romántico.

--Y tú también. Pero yo soy un romántico práctico. Yo creo que hay

que afirmar el conjunto de mentiras y verdades que son de uno hasta

convertirlo en una cosa viva. Creo que hay que vivir con las locuras

que uno tenga, cuidándolas y hasta aprovechándose de ellas.

--Eso me parece lo mismo que si un diabético aprovechara el azúcar de

su cuerpo para endulzar su taza de café.

--Caricaturizas mi idea, pero no importa.

--El otro día leí en un libro--añadió Andrés burlonamente--que un

viajero cuenta que en un remoto país los naturales le aseguraron que

ellos no eran hombres, sino loros de cola roja. ¿Usted cree que hay que

afirmar las ideas hasta que uno se vea las plumas y la cola?

--Sí; creyendo en algo más útil y grande que ser un loro, creo que

hay que afirmar con fuerza. Para llegar a dar a los hombres una regla

común, una disciplina, una organización, se necesita una fe, una

ilusión, algo que aunque sea una mentira salida de nosotros mismos

parezca una verdad llegada de fuera. Si yo me sintiera con energía,

¿sabes lo que haría?

--¿Qué?

--Una milicia como la que inventó Loyola, con un carácter puramente

humano. La Compañía del Hombre.

--Aparece el vasco en usted.

--Quizá.

--¿Y con qué fin iba usted a fundar esa compañía?

--Esta compañía tendría la misión de enseñar el valor, la serenidad, el

reposo; de arrancar toda tendencia a la humildad, a la renunciación a

la tristeza, al engaño, a la rapacidad, al sentimentalismo...

--La escuela de los hidalgos.

--Eso es, la escuela de los hidalgos.

--De los hidalgos ibéricos, naturalmente. Nada de semitismo.

--Nada; un hidalgo limpio de semitismo; es decir, de espíritu

cristiano, me parecería un tipo completo.

--Cuando funde usted esa compañía, acuérdese usted de mí. Escríbame

usted al pueblo.

--¿Pero de veras te piensas marchar?

--Sí; si no encuentro nada aquí, me voy a marchar.

--¿Pronto?

--Sí, muy pronto.

--Ya me tendrás al corriente de tu experiencia. Te encuentro mal armado

para esa prueba.

--Usted no ha fundado todavía su compañía...

--Ah, sería utilísima. Ya lo creo.

Cansados de hablar, se callaron. Comenzaba a hacerse de noche.

Las golondrinas trazaban círculos en el aire, chillando. Venus había

salido en el Poniente, de color anaranjado, y poco después brillaba

Júpiter con su luz azulada. En las casas comenzaban a iluminarse las

ventanas. Filas de faroles iban encendiéndose, formando dos líneas

paralelas en la carretera de Extremadura. De las plantas de la azotea,

de los tiestos de sándalo y de menta llegaban ráfagas perfumadas...

QUINTA PARTE

La experiencia en el pueblo.

I

DE VIAJE

UNOS días después nombraban a Hurtado médico titular de Alcolea del

Campo.

Era éste un pueblo del centro de España, colocado en esa zona

intermedia donde acaba Castilla y comienza Andalucía. Era villa de

importancia, de ocho a diez mil habitantes; para llegar a ella había

que tomar la línea de Córdoba, detenerse en una estación de la Mancha y

seguir a Alcolea en coche.

En seguida de recibir el nombramiento, Andrés hizo su equipaje y se

dirigió a la estación del Mediodía. La tarde era de verano, pesada,

sofocante, de aire seco y lleno de polvo.

A pesar de que el viaje lo hacía de noche, Andrés supuso que seria

demasiado molesto ir en tercera, y tomó un billete de primera clase.

Entró en el andén, se acercó a los vagones, y en uno que tenía el

cartel de no fumadores, se dispuso a subir.

Un hombrecito vestido de negro, afeitado, con anteojos, le dijo con voz

melosa y acento americano:

--Oiga, señor; este vagón es para los no fumadores.

Andrés no hizo el menor caso de la advertencia, y se acomodó en un

rincón.

Al poco rato se presentó otro viajero, un joven alto, rubio, membrudo,

con las guías de los bigotes levantadas hasta los ojos.

El hombre bajito, vestido de negro, le hizo la misma advertencia de que

allí no se fumaba.

--Lo veo aquí--contestó el viajero algo molesto, y subió al vagón.

--Quedaron los tres en el interior del coche sin hablarse; Andrés,

mirando vagamente por la ventanilla, y pensando en las sorpresas que le

reservaría el pueblo.

El tren echó a andar.

El hombrecito negro sacó una especie de túnica amarillenta, se envolvió

en ella, se puso un pañuelo en la cabeza y se tendió a dormir. El

monótono golpeteo del tren acompañaba el soliloquio interior de Andrés;

se vieron a lo lejos varias veces las luces de Madrid en medio del

campo, pasaron tres o cuatro estaciones desiertas, y entró el revisor.

Andrés sacó su billete, el joven alto hizo lo mismo, y el hombrecito,

después de quitarse su balandrán, se registró los bolsillos y mostró un

billete y un papel.

El revisor advirtió al viajero que llevaba un billete de segunda.

El hombrecito de negro, sin más ni más, se encolerizó, y dijo que

aquello era una grosería; había avisado en la estación su deseo de

cambiar de clase; él era un extranjero, una persona acomodada, con

mucha plata, sí, señor, que había viajado por toda Europa, y toda

América, y sólo en España, en un país sin civilización, sin cultura, en

donde no se tenía la menor atención al extranjero, podían suceder cosas

semejantes.

El hombrecito insistió y acabó insultando a los españoles. Ya estaba

deseando dejar este país, miserable y atrasado; afortunadamente, al día

siguiente estaría en Gibraltar, camino de América.

El revisor no contestaba. Andrés miraba al hombrecito que gritaba

descompuesto, con aquel acento meloso y repulsivo, cuando el joven

rubio, irguiéndose, le dijo con voz violenta:

--No le permito hablar así de España. Si usted es extranjero y no

quiere vivir aquí, váyase usted a su país pronto, y sin hablar, porque

si no, se expone usted a que le echen por la ventanilla, y voy a ser

yo; ahora mismo.

--¡Pero, señor!--exclamó el extranjero--. Es que quieren

atropellarme...

--No es verdad. El que atropella es usted. Para viajar se necesita

educación, y viajando con españoles no se habla mal de España.

--Si yo amo a España y el carácter español--exclamó el hombrecito--.

Mi familia es toda española. ¿Para qué he venido a España sino para

conocer a la madre patria?

--No quiero explicaciones--. No necesito oirlas--contestó el otro con

voz seca, y se tendió en el diván como para manifestar el poco aprecio

que sentía por su compañero de viaje.

Andrés quedó asombrado; realmente aquel joven había estado bien.

El, con su intelectualismo, pensó qué clase de tipo sería el hombre

bajito, vestido de negro; el otro había hecho una afirmación rotunda

de su país y de su raza. El hombrecito comenzó a explicarse, hablando

solo. Hurtado se hizo el dormido.

Un poco después de media noche llegaron a una estación plagada de

gente; una compañía de cómicos transbordaba, dejando la línea de

Valencia, de donde venían, para tomar la de Andalucía. Las actrices,

con un guardapolvo gris; los actores, con sombreros de paja y gorritas,

se acercaban todos como gente que no se apresura, que sabe viajar, que

consideran el mundo como suyo. Se acomodaron los cómicos en el tren y

se oyó gritar de vagón a vagón:

--Eh, Fernández, ¿dónde está la botella?--¡Molina, que la

característica te llama!--¡A ver ese traspunte que se ha perdido!

Se tranquilizaron los cómicos, y el tren siguió su marcha.

Ya al amanecer, a la pálida claridad de la mañana, se iban viendo

tierras de viña y olivos en hilera.

Estaba cerca la estación donde tenía que bajar Andrés. Se preparó, y

al detenerse el tren saltó al andén, desierto. Avanzó hacia la salida

y dió la vuelta a la estación. En frente, hacia el pueblo, se veía

una calle ancha, con unas casas grandes, blancas y dos filas de luces

eléctricas mortecinas. La luna, en menguante, iluminaba el cielo. Se

sentía en el aire un olor como dulce a paja seca.

A un hombre que pasó hacia la estación le dijo:

--¿A qué hora sale el coche para Alcolea?

--A las cinco. Del extremo de esta misma calle suele salir.

Andrés avanzó por la calle, pasó por delante de la garita de consumos,

iluminada, dejó la maleta en el suelo y se sentó encima a esperar.

II

LLEGADA AL PUEBLO

YA era entrada la mañana cuando la diligencia partió para Alcolea. El

día se preparaba a ser ardoroso. El cielo estaba azul, sin una nube;

el sol brillante; la carretera marchaba recta, cortando entre viñedos

y alguno que otro olivar, de olivos viejos y encorvados. El paso de la

diligencia levantaba nubes de polvo.

En el coche no iba más que una vieja vestida de negro, con un cesto al

brazo.

Andrés intentó conversar con ella, pero la vieja era de pocas palabras

o no tenía ganas de hablar en aquel momento.

El árbol de la ciencia: novela · 第 8 / 15 段