Al anochecer, de esta terraza Andrés iba a una azotea pequeña, muy

alta, construída sobre la linterna de la escalera.

Allá se sentaba hasta que se hacía de noche. Luisito y Margarita iban a

pasear en tartana con sus tíos.

Andrés contemplaba el pueblo, dormido bajo la luz del sol y los

crepúsculos esplendorosos.

A lo lejos se veía el mar, una mancha alargada de un verde pálido,

separada en línea recta y clara del cielo, de color algo lechoso en el

horizonte.

En aquel barrio antiguo las casas próximas eran de gran tamaño; sus

paredes se hallaban desconchadas, los tejados cubiertos de musgos

verdes y rojos, con matas en los aleros, de jaramagos amarillentos.

Se veían casas blancas, azules, rosadas, con sus terrados y azoteas;

en las cercas de los terrados se sostenían barreños con tierra, en

donde las chumberas y las pitas extendían sus rígidas y anchas paletas;

en alguna de aquellas azoteas se veían montones de calabazas surcadas y

ventrudas, y de otras redondas y lisas.

Los palomares se levantaban como grandes jaulones ennegrecidos. En el

terrado próximo de una casa, sin duda, abandonada, se veían rollos de

esteras, montones de cuerdas de estropajo, cacharros rotos esparcidos

por el suelo; en otra azotea aparecía un pavo real que andaba suelto

por el tejado, y daba unos gritos agudos y desagradables.

Por encima de las terrazas y tejados aparecían las torres del pueblo:

el Miguelete, rechoncho y fuerte; el cimborrio de la catedral, aéreo

y delicado, y luego aquí y allá una serie de torrecillas, casi todas

cubiertas con tejas azules y blancas que brillaban con centelleantes

reflejos.

Andrés contemplaba aquel pueblo, casi para él desconocido, y hacía

mil cábalas caprichosas acerca de la vida de sus habitantes. Veía

abajo esta calle, esta rendija sinuosa, estrecha, entre dos filas de

caserones. El sol, que al mediodía la cortaba en una zona de sombra y

otra de luz, iba, a medida que avanzaba la tarde, escalando las casas

de una acera hasta brillar en los cristales de las guardillas y en los

luceros, y desaparecer.

En la primavera, las golondrinas y los vencejos trazaban círculos

caprichosos en el aire, lanzando gritos agudos. Andrés las seguía con

la vista. Al anochecer se retiraban. Entonces pasaban algunos mochuelos

y gavilanes. Venus comenzaba a brillar con más fuerza y aparecía

Júpiter. En la calle, un farol de gas parpadeaba triste y soñoliento...

Andrés bajaba a cenar, y muchas veces por la noche volvía de nuevo a la

azotea a contemplar las estrellas.

Esta contemplación nocturna le producía como un flujo de pensamientos

perturbadores. La imaginación se lanzaba a la carrera a galopar por

los campos de fantasía. Muchas veces el pensar en las fuerzas de la

naturaleza, en todos los gérmenes de la tierra, del aire y del agua,

desarrollándose en medio de la noche, le producía el vértigo.

V

DESDE LEJOS

AL acercarse mayo, Andrés le dijo a su hermana que iba a Madrid a

examinarse del doctorado.

--¿Vas a volver?--le preguntó Margarita.

--No sé; creo que no.

--Qué antipatía le has tomado a esta casa y al pueblo. No me lo explico.

--No me encuentro bien aquí.

--Claro. ¡Haces lo posible por estar mal!

Andrés no quiso discutir y se fué a Madrid; se examinó de las

asignaturas del doctorado, y leyó la tesis que había escrito en

Valencia.

En Madrid se encontraba mal; su padre y él seguían tan hostiles como

antes. Alejandro se había casado y llevaba a su mujer, una pobre

infeliz, a comer a su casa. Pedro hacía vida de mundano.

Andrés, si hubiese tenido dinero, se hubiera marchado a viajar por

el mundo; pero no tenía un cuarto. Un día leyó en un periódico que

el médico de un pueblo de la provincia de Burgos necesitaba un

sustituto por dos meses. Escribió; le aceptaron. Dijo en su casa que

le había invitado un compañero a pasar unas semanas en un pueblo. Tomó

un billete de ida y vuelta y se fué. El médico, a quien tenía que

sustituir, era un hombre rico, viudo, dedicado a la numismática. Sabía

poco de Medicina, y no tenía afición más que por la historia y las

cuestiones de monedas.

--Aquí no podrá usted lucirse con su ciencia médica--le dijo a Andrés,

burlonamente--. Aquí, sobre todo en verano, no hay apenas enfermos,

algunos cólicos, algunas enteritis, algún caso, poco frecuente, de

fiebre tifoidea, nada.

El médico pasó rápidamente de esta cuestión profesional, que no le

interesaba, a sus monedas, y enseñó a Andrés la colección; la segunda

de la provincia. Al decir la segunda suspiraba, dando a entender lo

triste que era para él hacer esta declaración.

Andrés y el médico se hicieron muy amigos. El numismático le dijo que

si quería vivir en su casa se la ofrecía con mucho gusto, y Andrés se

quedó allí en compañía de una criada vieja.

El verano fué para él delicioso; el día entero lo tenía libre para

pasear y para leer; había cerca del pueblo un monte sin árboles, que

llamaban el Teso, formado por pedrizas, en cuyas junturas nacían jaras,

romeros y cantuesos. Al anochecer era aquello una delicia de olor y de

frescura.

Andrés pudo comprobar que el pesimismo y el optimismo son resultados

orgánicos como las buenas o las malas digestiones. En aquella aldea se

encontraba admirablemente, con una serenidad y una alegría desconocidas

para él; sentía que el tiempo pasara demasiado pronto.

Llevaba mes y medio en este oasis, cuando un día el cartero le entregó

un sobre manoseado, con letra de su padre. Sin duda, había andado la

carta de pueblo en pueblo hasta llegar a aquél. ¿Qué vendría allí

dentro?

Andrés abrió la carta, la leyó y quedó atónito. Luisito acababa de

morir en Valencia. Margarita había escrito dos cartas a su hermano,

diciéndole que fuera, porque el niño preguntaba mucho por él; pero como

don Pedro no sabía el paradero de Andrés, no pudo remitírselas.

Andrés pensó en marcharse inmediatamente; pero al leer de nuevo la

carta, echó de ver que hacía ya ocho días que el niño había muerto y

estaba enterrado.

La noticia le produjo un gran estupor. El alejamiento, el haber dejado

a su marcha a Luisito sano y fuerte, le impedía experimentar la pena

que hubiese sentido cerca del enfermo.

Aquella indiferencia suya, aquella falta de dolor, le parecía algo

malo. El niño había muerto; él no experimentaba ninguna desesperación.

¿Para qué provocar en sí mismo un sufrimiento inútil? Este punto le

debatió largas horas en la soledad.

Andrés escribió a su padre y a Margarita. Cuando recibió la carta

de su hermana, pudo seguir la marcha de la enfermedad de Luisito.

Había tenido una meningitis tuberculosa, con dos o tres días de un

período prodrómico, y luego una fiebre alta que hizo perder al niño el

conocimiento; así había estado una semana gritando, delirando, hasta

morir en un sueño.

En la carta de Margarita se traslucía que estaba destrozada por las

emociones.

Andrés recordaba haber visto en el hospital a un niño, de seis a siete

años, con meningitis; recordaba que en unos días quedó tan delgado que

parecía translúcido, con la cabeza enorme, la frente abultada, los

lóbulos frontales como si la fiebre los desuniera, un ojo bizco, los

labios blancos, las sienes hundidas y la sonrisa de alucinado. Este

chiquillo gritaba como un pájaro, y su sudor tenía un olor especial,

como a ratón, del sudor del tuberculoso.

A pesar de que Andrés pretendía representarse el aspecto de Luisito

enfermo, no se lo figuraba nunca atacado con la terrible enfermedad,

sino alegre y sonriente como le había visto la última vez el día de la

marcha.

CUARTA PARTE

Inquisiciones.

I

PLAN FILOSÓFICO

AL pasar sus dos meses de sustituto, Andrés volvió a Madrid; tenía

guardados sesenta duros, y como no sabía qué hacer con ellos, se los

envió a su hermana Margarita.

Andrés hacía gestiones para conseguir un empleo, y mientras tanto iba a

la Biblioteca Nacional.

Estaba dispuesto a marcharse a cualquier pueblo si no encontraba nada

en Madrid.

Un día se topó en la sala de lectura con Fermín Ibarra, el condiscípulo

enfermo, que ya estaba bien, aunque andaba cojeando y apoyándose en un

grueso bastón.

Fermín se acercó a saludar efusivamente a Hurtado.

Le dijo que estudiaba para ingeniero en Lieja, y solía volver a Madrid

en las vacaciones.

Andrés siempre había tenido a Ibarra como a un chico. Fermín le llevó a

su casa y le enseñó sus inventos, porque era inventor; estaba haciendo

un tranvía eléctrico de juguete y otra porción de artificios mecánicos.

Fermín le explicó su funcionamiento y le dijo que pensaba pedir

patentes por unas cuantas cosas, entre ellas una llanta con trozos de

acero para los neumáticos de los automóviles.

A Andrés le pareció que su amigo desvariaba; pero no quiso quitarles

las ilusiones. Sin embargo, tiempo después, al ver a los automóviles

con llantas de trozos de acero como las que había ideado Fermín, pensó

que éste debía tener verdadera inteligencia de inventor.

* * * * *

Andrés, por las tardes, visitaba a su tío Iturrioz. Se lo encontraba

casi siempre en su azotea leyendo o mirando las maniobras de una abeja

solitaria o de una araña.

--Esta es la azotea de Epicuro--decía Andrés riendo.

Muchas veces tío y sobrino discutieron largamente. Sobre todo, los

planes ulteriores de Andrés fueron los más debatidos.

Un día la discusión fué más larga y más completa:

--¿Qué piensas hacer?--le preguntó Iturrioz.

--¡Yo! Probablemente tendré que ir a un pueblo de médico.

--Veo que no te hace gracia la perspectiva.

--No; la verdad. A mí hay cosas de la carrera que me gustan; pero la

práctica no. Si pudiese entrar en un laboratorio de fisiología, creo

que trabajaría con entusiasmo.

--¡En un laboratorio de fisiología! ¡Si los hubiera en España!

--Ah, claro, si los hubiera. Además no tengo preparación científica. Se

estudia de mala manera.

--En mi tiempo pasaba lo mismo--dijo Iturrioz--. Los profesores

no sirven más que para el embrutecimiento metódico de la juventud

estudiosa. Es natural. El español todavía no sabe enseñar; es demasiado

fanático, demasiado vago y casi siempre demasiado farsante. Los

profesores no tienen más finalidad que cobrar su sueldo y luego pescar

pensiones para pasar el verano.

--Además falta disciplina.

--Y otras muchas cosas. Pero, bueno, tú ¿qué vas a hacer? ¿No te

entusiasma visitar?

--No.

--¿Y entonces qué plan tienes?

--¿Plan personal? Ninguno

--Demonio. ¿Tan pobre estás de proyectos?

--Sí, tengo uno; vivir con el máximum de independencia. En España, en

general, no se paga el trabajo, sino la sumisión. Yo quisiera vivir del

trabajo, no del favor.

--Es difícil. ¿Y como plan filosófico? ¿Sigues en tus buceamientos?

--Sí. Yo busco una filosofía que sea primeramente una cosmogonía, una

hipótesis racional de la formación del mundo; después una explicación

biológica del origen de la vida y del hombre.

--Dudo mucho que la encuentres. Tú quieres una síntesis que complete la

cosmología y la biología; una explicación del Universo físico y moral.

¿No es eso?

--Sí.

--¿Y en dónde has ido a buscar esa síntesis?

--Pues en Kant, y en Schopenhauer sobre todo.

--Mal camino--repuso Iturrioz--; lee a los ingleses; la ciencia en

ellos va envuelta en sentido práctico. No leas esos metafísicos

alemanes; su filosofía es como un alcohol que emborracha y no alimenta.

¿Conoces el Leviatán de Hobbes? Yo te lo prestaré si quieres.

--No; ¿para qué? Después de leer a Kant y a Schopenhauer, esos

filósofos franceses e ingleses dan la impresión de carros pesados que

marchan chirriando y levantando polvo.

--Sí, quizás sean menos ágiles de pensamiento que los alemanes; pero,

en cambio, no te alejan de la vida.

--¿Y qué?--replicó Andrés--. Uno tiene la angustia, la desesperación de

no saber qué hacer con la vida, de no tener un plan, de encontrarse

perdido, sin brújula, sin luz adonde dirigirse. ¿Qué se hace con la

vida? ¿Qué dirección se le da? Si la vida fuera tan fuerte que le

arrastrara a uno, el pensar sería una maravilla, algo como para el

caminante detenerse y sentarse a la sombra de un árbol, algo como

penetrar en un oasis de paz; pero la vida es estúpida, sin emociones,

sin accidentes, al menos aquí, y creo que en todas partes y el

pensamiento se llena de terrores como compensación a la esterilidad

emocional de la existencia.

--Estás perdido--murmuró Iturrioz--. Ese intelectualismo no te puede

llevar a nada bueno.

--Me llevará a saber, a conocer. ¿Hay placer más glande que éste? La

antigua filosofía nos daba la magnífica fachada de un palacio; detrás

de aquella magnificencia no había salas espléndidas, ni lugares de

delicias, sino mazmorras obscuras. Ese es el mérito sobresaliente de

Kant; él vió que todas las maravillas descritas por los filósofos eran

fantasías, espejismos; vió que las galerías magníficas no llevaban a

ninguna parte.

--¡Vaya un mérito!--murmuró Iturrioz.

--Enorme. Kant prueba que son indemostrables los dos postulados más

transcendentales de las religiones y de los sistemas filosóficos: Dios

y la libertad. Y lo terrible es que prueba que son indemostrables a

pesar suyo.

--¿Y qué?

--¡Y qué! Las consecuencias son terribles; ya el universo no tiene

comienzo en el tiempo ni límite en el espacio; todo está sometido al

encadenamiento de causas y efectos; ya no hay causa primera; la idea de

causa primera, como ha dicho Schopenhauer, es la idea de un trozo de

madera hecho de hierro.

--A mí esto no me asombra.

--A mí sí. Me parece lo mismo que si viéramos un gigante que marchara

al parecer con un fin y alguien descubriera que no tenía ojos. Después

de Kant, el mundo es ciego; ya no puede haber ni libertad, ni justicia,

sino fuerzas que obran por un principio de causalidad en los dominios

del espacio y del tiempo. Y esto tan grave, no es todo; hay además

otra cosa que se desprende por primera vez claramente de la filosofía

de Kant, y es que el mundo no tiene realidad; es que ese espacio y

ese tiempo y ese principio de causalidad no existen fuera de nosotros

tal como nosotros los vemos, que pueden ser distintos, que pueden no

existir.

--Bah. Eso es absurdo--murmuró Iturrioz--. Ingenioso si se quiere, pero

nada más.

--No; no sólo es absurdo, sino que es práctico. Antes para mí era una

gran pena considerar el infinito del espacio; creer el mundo inacabable

me producía una gran impresión; pensar que al día siguiente de mi

muerte el espacio y el tiempo seguirían existiendo me entristecía,

y eso que consideraba que mi vida no es una cosa envidiable; pero

cuando llegué a comprender que la idea del espacio y del tiempo son

necesidades de nuestro espíritu, pero que no tienen realidad; cuando

me convencí por Kant que el espacio y el tiempo no significan nada;

por lo menos que la idea que tenemos de ellos puede no existir fuera

de nosotros, me tranquilicé. Para mí es un consuelo pensar que así

como nuestra retina produce los colores, nuestro cerebro produce

las ideas de tiempo, de espacio y de causalidad. Acabado nuestro

cerebro, se acabó el mundo. Ya no sigue el tiempo, ya no sigue el

espacio, ya no hay encadenamiento de causas. Se acabó la comedia, pero

definitivamente. Podemos suponer que un tiempo y un espacio sigan para

los demás. ¿Pero eso qué importa si no es el nuestro que es el único

real?

--Bah. ¡Fantasías! ¡Fantasías!--dijo Iturrioz.

II

REALIDAD DE LAS COSAS

No, no, realidades--replicó Andrés--. ¿Qué duda cabe que el mundo

que conocemos es el resultado del reflejo de la parte de cosmos del

horizonte sensible en nuestro cerebro? Este reflejo unido, contrastado,

con las imágenes reflejadas en los cerebros de los demás hombres que

han vivido y que viven, es nuestro conocimiento del mundo, es nuestro

mundo. ¿Es así, en realidad, fuera de nosotros? No lo sabemos, no lo

podemos saber jamás.

--No veo claro. Todo eso me parece poesía.

--No; poesía no. Usted juzga por las sensaciones que le dan los

sentidos. ¿No es verdad?

--Cierto.

--Y esas sensaciones e imágenes las ha ido usted valorizando desde

niño con las sensaciones e imágenes de los demás. Pero ¿tiene usted la

seguridad de que ese mundo exterior es tal como usted lo ve? ¿Tiene

usted la seguridad ni siquiera de que existe?

--Sí.

--La seguridad práctica, claro; pero nada más.

--Esa basta.

--No, no basta. Basta para un hombre sin deseo de saber; si no ¿para

qué se inventarían teorías acerca del calor o acerca de la luz? Se

diría: hay objetos calientes y fríos, hay color verde o azul; no

necesitamos saber lo que son.

--No estaría mal que procediéramos así. Si no, la duda lo arrasa, lo

destruye todo.

--Claro que lo destruye todo.

--Las matemáticas mismas quedan sin base.

--Claro. Las proposiciones matemáticas y lógicas son únicamente las

leyes de la inteligencia humana; pueden ser también las leyes de

la Naturaleza exterior a nosotros, pero no lo podemos afirmar. La

inteligencia lleva como necesidades inherentes a ella, las nociones de

causa, de espacio y de tiempo, como un cuerpo lleva tres dimensiones.

Estas nociones de causa, de espacio y de tiempo son inseparables de

la inteligencia, y cuando ésta afirma sus verdades y sus axiomas _a

priori_, no hace más que señalar su propio mecanismo.

--¿De manera que no hay verdad?

--Sí; el acuerdo de todas las inteligencias en una misma cosa, es lo

que llamamos verdad. Fuera de los axiomas lógicos y matemáticos, en los

cuales no se puede suponer que no haya unanimidad, en lo demás todas

las verdades tienen como condición el ser unánimes.

--¿Entonces son verdades porque son unánimes?--preguntó Iturrioz.

--No, son unánimes, porque son verdades.

--Me es igual.

--No, no. Si usted me dice: la gravedad es verdad porque es una idea

unánime, yo le diré no; la gravedad es unánime porque es verdad. Hay

alguna diferencia. Para mí, dentro de lo relativo de todo, la gravedad

es una verdad absoluta.

--Para mí no; puede ser una verdad relativa.

--No estoy conforme--dijo Andrés--. Sabemos que nuestro conocimiento

es una relación imperfecta entre las cosas exteriores y nuestro yo;

pero como esa relación es constante, en su tanto de imperfección, no le

quita ningún valor a la relación entre una cosa y otra. Por ejemplo,

respecto al termómetro centígrado: usted me podrá decir que dividir en

cien grados la diferencia de temperatura que hay entre el agua helada

y el agua en ebullición es una arbitrariedad, cierto; pero si en esta

azotea hay veinte grados y en la cueva quince, esa relación es una cosa

exacta.

--Bueno. Está bien. Quiere decir que tú aceptas la posibilidad de

la mentira inicial. Déjame suponer la mentira en toda la escala de

conocimientos. Quiero suponer que la gravedad es una costumbre, que

mañana un hecho cualquiera la desmentirá. ¿Quién me lo va impedir?

--Nadie; pero usted, de buena fe, no puede aceptar esa posibilidad. El

encadenamiento de causas y efectos es la ciencia. Si ese encadenamiento

no existiera, ya no habría asidero ninguno; todo podría ser verdad.

--Entonces vuestra ciencia se basa en la utilidad.

--No; se basa en la razón y en la experiencia.

--No, porque no podéis llevar la razón hasta las últimas consecuencias.

--Ya se sabe que no, que hay claros. La ciencia nos da la descripción

de una falange de este mamuth, que se llama universo; la filosofía nos

quiere dar la hipótesis racional de cómo puede ser este mamuth. ¿Que

ni los datos empíricos, ni los datos racionales son todos absolutos?

¡Quién lo duda! La ciencia valora los datos de la observación;

relaciona las diversas ciencias particulares, que son como islas

exploradas en el océano de lo desconocido, levanta puentes de paso

entre unas y otras, de manera que en su conjunto tengan cierta unidad.

Claro que estos puentes no pueden ser más que hipótesis, teorías,

aproximaciones a la verdad.

--Los puentes son hipótesis y las islas lo son también.

--No, no estoy conforme. La ciencia es la única construcción fuerte de

la Humanidad. Contra ese bloque científico del determinismo, afirmado

ya por los griegos, ¿cuántas olas no han roto? Religiones, morales,

utopías; hoy todas esas pequeñas supercherías del pragmatismo y de las

ideas-fuerzas..., y, sin embargo, el bloque continúa inconmovible, y la

ciencia, no sólo arrolla estos obstáculos, sino que los aprovecha para

perfeccionarse.

--Sí--contestó Iturrioz--; la ciencia arrolla esos obstáculos y arrolla

también al hombre.

--Eso, en parte, es verdad--murmuró Andrés paseando por la azotea.

III

EL ÁRBOL DE LA CIENCIA Y EL ÁRBOL DE LA VIDA

YA la ciencia para vosotros--dijo Iturrioz--no es una institución con

un fin humano, ya es algo más; la habéis convertido en ídolo.

--Hay la esperanza de que la verdad, aun la que hoy es inútil, pueda

ser útil mañana--replicó Andrés.

--¡Bah! ¡Utopía! ¿Tú crees que vamos a aprovechar las verdades

astronómicas alguna vez?

--¿Alguna vez? Las hemos aprovechado ya.

--¿En qué?

--En el concepto del mundo.

--Está bien; pero yo hablaba de un aprovechamiento práctico, inmediato.

Yo, en el fondo, estoy convencido de que, la verdad en bloque, es

mala para la vida. Esa anomalía de la naturaleza que se llama la vida

necesita estar basada en el capricho, quizá en la mentira.

--En eso estoy conforme--dijo Andrés--. La voluntad, el deseo de vivir

es tan fuerte en el animal como en el hombre. En el hombre es mayor

la comprensión. A más comprender, corresponde menos desear. Esto es

lógico, y además se comprueba en la realidad. La apetencia por conocer

se despierta en los individuos que aparecen al final de una evolución,

cuando el instinto de vivir languidece. El hombre, cuya necesidad es

conocer, es como la mariposa que rompe la crisálida para morir. El

individuo sano, vivo, fuerte, no ve las cosas como son; porque no

le conviene. Está dentro de una alucinación. Don Quijote, a quien

Cervantes quiso dar un sentido negativo, es un símbolo de la afirmación

de la vida. Don Quijote vive más que todas las personas cuerdas que le

rodean, vive más y con más intensidad que los otros. El individuo o el

pueblo que quiere vivir se envuelve en nubes como los antiguos dioses

cuando se aparecían a los mortales. El instinto vital necesita de la

ficción para afirmarse. La ciencia entonces, el instinto de crítica,

el instinto de averiguación, debe encontrar una verdad: la cantidad de

mentira que es necesaria para la vida. ¿Se ríe usted?

--Sí, me río, porque eso que tú expones con palabras del día, está

dicho nada menos que en la Biblia.

--¡Bah!

--Sí, en el Génesis. Tú habrás leído que en el centro del paraíso había

dos árboles, el árbol de la vida y el árbol de la ciencia del bien y

del mal. El árbol de la vida era inmenso, frondoso, y, según algunos

santos padres, daba la inmortalidad. El árbol de la ciencia no se dice

cómo era; probablemente sería mezquino y triste. ¿Y tú sabes lo que le

dijo Dios a Adán?

--No recuerdo; la verdad.

--Pues al tenerle a Adán delante, le dijo: Puedes comer todos los

frutos del jardín; pero cuidado con el fruto del árbol de la ciencia

del bien y del mal, porque el día que tú comas su fruto morirás de

muerte. Y Dios, seguramente, añadió: Comed del árbol de la vida, sed

bestias, sed cerdos, sed egoístas, revolcaos por el suelo alegremente;

pero no comáis del árbol de la ciencia, porque ese fruto agrio os dará

una tendencia a mejorar que os destruirá. ¿No es un consejo admirable?

--Sí, es un consejo digno de un accionista del Banco--repuso Andrés.

--¡Cómo se ve el sentido práctico de esa granujería semítica!--dijo

Iturrioz--. ¡Cómo olfatearon esos buenos judíos, con sus narices

corvas, que el estado de conciencia podía comprometer la vida!

--¡Claro, eran optimistas; griegos y semitas tenían el instinto fuerte

de vivir, inventaban dioses para ellos, un paraíso exclusivamente suyo.

Yo creo que en el fondo no comprendían nada de la naturaleza.

--No les convenía.

--Seguramente no les convenía. En cambio, los turanios y los arios del

Norte, intentaron ver la naturaleza tal como es.

--Y, ¿a pesar de eso, nadie les hizo caso y se dejaron domesticar por

los semitas del Sur?

--¡Ah, claro! El semitismo, con sus tres impostores, ha dominado al

mundo, ha tenido la oportunidad y la fuerza; en una época de guerras

dió a los hombres un dios de las batallas, a las mujeres y a los

débiles un motivo de lamentos, de quejas y de sensiblería. Hoy, después

de siglos de dominación semítica, el mundo vuelve a la cordura, y la

verdad aparece como una aurora pálida tras de los terrores de la noche.

El árbol de la ciencia: novela · 第 7 / 15 段