En todo el camino el paísaje no variaba; la carretera subía y bajaba

por suaves lomas entre idénticos viñedos. A las tres horas de marcha

apareció el pueblo en una hondonada. A Hurtado le pareció grandísimo.

El coche tomó por una calle ancha de casas bajas, luego cruzó varias

encrucijadas y se detuvo en una plaza delante de un caserón blanco, en

uno de cuyos balcones se leía: Fonda de la Palma.

--¿Usted parará aquí?--le preguntó el mozo.

--Sí, aquí.

Andrés bajó y entró en el portal. Por la cancela se veía un patio, a

estilo andaluz, con arcos y columnas de piedra. Se abrió la reja y el

dueño salió a recibir al viajero. Andrés le dijo que probablemente

estaría bastante tiempo, y que le diera un cuarto espacioso.

--Aquí abajo le pondremos a usted--y le llevó a una habitación bastante

grande, con una ventana a la calle.

Andrés se lavó y salió de nuevo al patio. A la una se comía. Se sentó

en una de las mecedoras. Un canario en su jaula, colgada del techo,

comenzó a gorjear de una manera estrepitosa.

La soledad, la frescura, el canto del canario hicieron a Andrés cerrar

los ojos y dormir un rato.

Le despertó la voz del criado, que decía:

--Puede usted pasar a almorzar.

Entró en el comedor. Había en la mesa tres viajantes de comercio. Uno

de ellos era un catalán que representaba fábricas de Sabadell; el otro,

un riojano que vendía tartratos para los vinos, y el último, un andaluz

que vivía en Madrid y corría aparatos eléctricos.

El catalán no era tan petulante como la generalidad de sus paísanos del

mismo oficio; el riojano no se las echaba de franco ni de bruto, y el

andaluz no pretendía ser gracioso.

Estos tres mirlos blancos del comisionismo eran muy anticlericales.

La comida le sorprendió a Andrés, porque no había más que caza y carne.

Esto, unido al vino muy alcohólico, tenía que producir una verdadera

incandescencia interior.

Después de comer, Andrés y los tres viajantes fueron a tomar café

al casino. Hacía en la calle un calor espantoso: el aire venía en

ráfagas secas, como salidas de un horno. No se podía mirar a derecha

y a izquierda; las casas, blancas como la nieve, rebozadas de cal,

reverberaban esta luz vívida y cruel hasta dejarle a uno ciego.

Entraron en el casino. Los viajantes pidieron café y jugaron al dominó.

Un enjambre de moscas revoloteaba en el aire. Terminada la partida

volvieron a la fonda a dormir la siesta.

Al salir a la calle, la misma bofetada de calor le sorprendió a Andrés;

en la fonda los viajantes se fueron a sus cuartos. Andrés hizo lo

propio, y se tendió en la cama aletargado. Por el resquicio de las

maderas entraba una claridad brillante como una lámina de oro; de las

vigas negras, con los espacios entre una y otra pintados de azul,

colgaban telas de araña plateadas. En el patio seguía cantando el

canario con su gorjeo chillón, y a cada paso se oían campanadas lentas

y tristes...

El mozo de la fonda le había advertido a Hurtado, que si tenía que

hablar con alguno del pueblo no podrá verlo, por lo menos, hasta las

seis. Al dar esta hora, Andrés salió de casa y se fué a visitar al

secretario del Ayuntamiento y al otro médico.

El secretario era un tipo un poco petulante, con el pelo negro rizado y

los ojos vivos. Se creía un hombre superior, colocado en un medio bajo.

El secretario brindó en seguida su protección a Andrés.

--Si quiere usted--le dijo--iremos ahora mismo a ver a su compañero, el

doctor Sánchez.

--Muy bien, vamos.

El doctor Sánchez vivía cerca, en una casa de aspecto pobre. Era un

hombre grueso, rubio, de ojos azules, inexpresivos, con una cara de

carnero, de aire poco inteligente.

El doctor Sánchez llevó la conversación a la cuestión de la ganancia, y

le dijo a Andrés que no creyera que allí, en Alcolea, se sacaba mucho.

Don Tomás, el médico aristócrata del pueblo, se llevaba toda la

clientela rica. Don Tomás Solana era de allí; tenía una casa hermosa,

aparatos modernos, relaciones...

--Aquí el titular no puede más que mal vivir--dijo Sánchez.

--¡Qué le vamos a hacer!--murmuró Andrés. Probaremos.

El secretario, el médico y Andrés salieron de la casa para dar una

vuelta.

Seguía aquel calor exasperante, aquel aire inflamado y seco. Pasaron

por la plaza, con su iglesia llena de añadidos y composturas, y sus

puestos de cosas de hierro y esparto. Siguieron por una calle ancha, de

caserones blancos, con su balcón central lleno de geranios, y su reja

afiligranada, con una cruz de Calatrava en lo alto.

De los portales se veía el zaguán con un zócalo azul y el suelo

empedrado de piedrecitas, formando dibujos. Algunas calles extraviadas,

con grandes paredones de color de tierra, puertas enormes y ventanas

pequeñas, parecían de un pueblo moro. En uno de aquellos patios vió

Andrés muchos hombres y mujeres, de luto, rezando.

--¿Qué es esto?--preguntó.

--Aquí le llaman un rezo--dijo el secretario; y explicó que era una

costumbre que se tenía de ir a las casas donde había muerto alguno a

rezar el rosario.

Salieron del pueblo por una carretera llena de polvo; las galeras de

cuatro ruedas volvían del campo cargadas con montones de gavillas.

--Me gustaría ver el pueblo entero; no me formo idea de su tamaño--dijo

Andrés.

--Pues subiremos aquí, a este cerrillo--indicó el secretario.

--Yo les dejo a ustedes, porque tengo que hacer una visita--dijo el

médico.

Se despidieron de él, y el secretario y Andrés comenzaron a subir un

cerro rojo, que tenía en la cumbre una torre antigua, medio derruída.

Hacía un calor horrible; todo el campo parecía quemado, calcinado;

el cielo plomizo, con reflejos de cobre, iluminaba los polvorientos

viñedos, y el sol se ponía tras de un velo espeso de calina, a través

del cual quedaba convertido en un disco blanquecino y sin brillo.

Desde lo alto del cerro se veía la llanura cerrada por lomas grises,

tostada por el sol; en el fondo, el pueblo inmenso se extendía con sus

paredes blancas, sus tejados de color de ceniza, y su torre dorada en

medio. Ni un boscaje, ni un árbol, sólo viñedos y viñedos se divisaban

en toda la extensión abarcada por la vista; únicamente dentro de las

tapias de algunos corrales una higuera extendía sus anchas y obscuras

hojas.

Con aquella luz del anochecer, el pueblo parecía no tener realidad; se

hubiera creído que un soplo de viento lo iba a arrastrar y a deshacer

como nube de polvo sobre la tierra enardecida y seca.

En el aire había un olor empireumático, dulce, agradable.

--Están quemando orujo en alguna alquitara--dijo el secretario.

Bajaron el secretario y Andrés del cerrillo. El viento levantaba

ráfagas de polvo en la carretera; las campanas comenzaban a tocar de

nuevo.

Andrés entró en la fonda a cenar, y salió por la noche. Había

refrescado; aquella impresión de irrealidad del pueblo se acentuaba. A

un lado y a otro de las calles, languidecían las cansadas lámparas de

luz eléctrica.

Salió la luna; la enorme ciudad, con sus fachadas blancas, dormía en el

silencio; en los balcones centrales encima del portón, pintado de azul,

brillaban los geranios; las rejas, con sus cruces, daban una impresión

de romanticismo y de misterio, de tapadas y escapatorias de convento;

por encima de alguna tapia, brillante de blancura como un témpano de

nieve, caía una guirnalda de hiedra negra, y todo este pueblo, grande,

desierto, silencioso, bañado por la suave claridad de la luna, parecía

un inmenso sepulcro.

III

PRIMERAS DIFICULTADES

ANDRÉS Hurtado habló largamente con el doctor Sánchez, de las

obligaciones del cargo. Quedaron de acuerdo en dividir Alcolea en dos

secciones, separadas por la calle Ancha.

Un mes, Hurtado visitaría la parte derecha, y al siguiente la

izquierda. Así conseguirían no tener que recorrer los dos todo el

pueblo.

El doctor Sánchez recabó como condición indispensable, el que si alguna

familia de la sección visitada por Andrés quería que la visitara él o

al contrario, se haría según los deseos del enfermo.

Hurtado aceptó; ya sabía que no había de tener nadie predilección por

llamarle a él: pero no le importaba.

Comenzó a hacer la visita. Generalmente el número de enfermos que le

correspondían no pasaba de seis o siete.

Andrés hacía las visitas por la mañana; después, en general, por la

tarde no tenía necesidad de salir de casa.

El primer verano lo pasó en la fonda; llevaba una vida soñolienta; oía

a los viajantes de comercio que en la mesa discurseaban y alguna que

otra vez iba al teatro, una barraca construída en un patio.

La visita, por lo general, le daba pocos quebraderos de cabeza; sin

saber por qué, había supuesto los primeros días que tendría continuos

disgustos; creía que aquella gente manchega sería agresiva, violenta,

orgullosa; pero no, la mayoría eran sencillos, afables, sin petulancia.

En la fonda, al principio se encontraba bien; pero se cansó pronto de

estar allí. Las conversaciones de los viajantes le iban fastidiando; la

comida, siempre de carne y sazonada con especias picantes, le producía

digestiones pesadas.

--¿Pero no hay legumbres aquí?--le preguntó al mozo un día.

--Sí.

--Pues yo quisiera comer legumbres: judías, lentejas.

El mozo se quedó estupefacto, y a los pocos días le dijo que no

podía ser; había que hacer una comida especial; los demás huéspedes

no querían comer legumbres; el amo de la fonda suponía que era

una verdadera deshonra para su establecimiento poner un plato de

habichuelas o de lentejas.

El pescado no se podía llevar en el rigor del verano, porque no venía

en buenas condiciones. El único pescado fresco eran las ranas, cosa un

poco cómica como alimento.

Otra de las dificultades era bañarse: no había modo. El agua en Alcolea

era un lujo y un lujo caro. La traían en carros desde una distancia de

cuatro leguas, y cada cántaro valía diez céntimos. Los pozos estaban

muy profundos; sacar el agua suficiente de ellos para tomar un baño,

constituía un gran trabajo; se necesitaba emplear una hora lo menos.

Con aquel régimen de carne y con el calor, Andrés estaba constantemente

excitado.

Por las noches iba a pasear solo por las calles desiertas. A primera

hora, en las puertas de las casas, algunos grupos de mujeres y chicos

salían a respirar. Muchas veces, Andrés se sentaba en la calle Ancha en

el escalón de una puerta y miraba las dos filas de luces eléctricas que

brillaban en la atmósfera turbia. ¡Qué tristeza! ¡Qué malestar físico

le producía aquel ambiente!

A principios de septiembre, Andrés decidió dejar la fonda. Sánchez le

buscó una casa. A Sánchez no le convenía que el médico rival suyo se

hospedara en la mejor fonda del pueblo; allí estaba en relación con los

viajeros, en sitio muy céntrico; podía quitarle visitas. Sánchez le

llevó a Andrés a una casa de las afueras, a un barrio que llamaban del

Marrubial.

Era una casa de labor, grande, antigua, blanca, con el frontón pintado

de azul y una galería tapiada en el primer piso.

Tenía sobre el portal un ancho balcón y una reja labrada a una

callejuela.

El amo de la casa era del mismo pueblo que Sánchez, y se llamaba José;

pero le decían en burla en todo el pueblo, Pepinito. Fueron Andrés y

Sánchez a ver la casa, y el ama les enseñó un cuarto pequeño, estrecho,

muy adornado, con una alcoba en el fondo oculta por una cortina roja.

--Yo quisiera--dijo Andrés--un cuarto en el piso bajo y a poder ser,

grande.

--En el piso bajo no tengo--dijo ella--más que un cuarto grande, pero

sin arreglar.

--Si pudiera usted enseñarlo.

--Bueno.

La mujer abrió una sala antigua y sin muebles con una reja afiligranada

a la callejuela que se llamaba de los Carretones.

--¿Y este cuarto está libre?

--Sí.

--Ah, pues aquí me quedo--dijo Andrés.

--Bueno, como usted quiera; se blanqueará, se barrerá y se traerá la

cama.

Sánchez se fué y Andrés habló con su nueva patrona.

--¿Usted no tendrá una tinaja inservible?--le preguntó.

--¿Para qué?

--Para bañarme.

--En el corralillo hay una.

--Vamos a verla.

La casa tenía en la parte de atrás una tapia de adobes cubierta con

bardales de ramas que limitaba varios patios y corrales además del

establo, la tejavana para el carro, la sarmentera, el lagar, la bodega

y la almazara.

En un cuartucho que había servido de tahona y que daba a un corralillo,

había una tinaja grande cortada por la mitad y hundida en el suelo.

--¿Esta tinaja me la podrá usted ceder a mí?--preguntó Andrés.

--Sí, señor; ¿por qué no?

--Ahora quisiera que me indicara usted algún mozo que se encargara de

llenar todos los días la tinaja; yo le pagaré lo que me diga.

--Bueno. El mozo de casa lo hará. ¿Y de comer? ¿Qué quiere usted de

comer? ¿Lo que comemos en casa?

--Sí, lo mismo.

--¿No quiere usted alguna cosa más? ¿Aves? ¿Fiambres?

--No, no. En tal caso, si a usted no le molesta, quisiera que en las

dos comidas pusiera un plato de legumbres.

Con estas advertencias, la nueva patrona creyó que su huésped, si no

estaba loco, no le faltaba mucho.

La vida en la casa le pareció a Andrés más simpática que en la fonda.

Por las tardes, después de las horas de bochorno, se sentaba en el

patio a hablar con la gente de casa. La patrona era una mujer morena,

de tez blanca, de cara casi perfecta; tenía un tipo de Dolorosa; ojos

negrísimos y pelo brillante como el azabache.

El marido, Pepinito, era un hombre estúpido, con facha de degenerado,

cara juanetuda, las orejas muy separadas de la cabeza y el labio

colgante. Consuelo, la hija de doce o trece años, no era tan

desagradable como su padre ni tan bonita como su madre.

Con un primer detalle adjudicó Andrés sus simpatías y antipatías en la

casa.

Una tarde de domingo, la criada cogió una cría de gorrión en el tejado

y la bajó al patio.

--Mira, llévalo al pobrecito al corral--dijo el ama--, que se vaya.

--No puede volar--contestó la criada, y lo dejó en el suelo.

En esto entró Pepinito, y al ver al gorrión se acercó a una puerta y

llamó al gato. El gato, un gato negro con los ojos dorados, se asomó

al patio. Pepinito entonces, asustó al pájaro con el pie, y al verlo

revolotear, el gato se abalanzó sobre él y le hizo arrancar un quejido.

Luego se escapó con los ojos brillantes y el gorrión en la boca.

--No me gusta ver esto--dijo el ama.

Pepinito, el patrón, se echó a reir con un gesto de pedantería y

de superioridad del hombre que se encuentra por encima de todo

sentimentalismo.

IV

LA HOSTILIDAD MÉDICA

DON Juan Sánchez había llegado a Alcolea hacía más de treinta años de

maestro cirujano; después, pasando unos exámenes, se llegó a licenciar.

Durante bastantes años estuvo, con relación al médico antiguo, en una

situación de inferioridad, y cuando el otro murió, el hombre comenzó a

crecerse y a pensar que ya que él tuvo que sufrir las chinchorrerías

del médico anterior, era lógico que el que viniera sufriera las suyas.

Don Juan era un manchego apático y triste, muy serio, muy grave, muy

aficionado a los toros. No perdía ninguna de las corridas importantes

de la provincia, y llegaba a ir hasta las fiestas de los pueblos de la

Mancha baja y de Andalucía.

Esta afición bastó a Andrés para considerarle como un bruto.

El primer rozamiento que tuvieron Hurtado y él fué por haber ido

Sánchez a una corrida de Baeza.

Una noche llamaron a Andrés del molino de la Estrella, un molino de

harina que se hallaba a un cuarto de hora del pueblo. Fueron a buscarle

en un cochecito. La hija del molinero estaba enferma; tenía el vientre

hinchado, y esta hinchazón del vientre se había complicado con una

retención de orina.

A la enferma la visitaba Sánchez; pero aquel día, al llamarle por la

mañana temprano, dijeron en casa del médico que no estaba; se había ido

a los toros de Baeza. Don Tomás tampoco se encontraba en el pueblo.

El cochero fué explicando a Andrés lo ocurrido, mientras animaba al

caballo con la fusta. Hacía una noche admirable; miles de estrellas

resplandecían soberbias, y de cuando en cuando pasaba algún meteoro por

el cielo. En pocos momentos, y dando algunos barquinazos en los hoyos

de la carretera, llegaron al molino.

Al detenerse el coche, el molinero se asomó a ver quién venía, y

exclamó:

--¿Cómo? ¿No estaba don Tomás?

--No.

--¿Y a quién traes aquí?

--Al médico nuevo.

El molinero, iracundo, comenzó a insultar a los médicos. Era hombre

rico y orgulloso, que se creía digno de todo.

--Me han llamado aquí para ver a una enferma--dijo Andrés fríamente--.

¿Tengo que verla o no? Porque si no, me vuelvo.

--Ya, ¡qué se va a hacer! Suba usted.

Andrés subió una escalera hasta el piso principal, y entró detrás del

molinero en un cuarto en donde estaba una muchacha en la cama y su

madre cuidándola.

Andrés se acercó a la cama. El molinero siguió renegando.

--Bueno. Cállese usted--le dijo Andrés--, si quiere usted que reconozca

a la enferma.

El hombre se calló. La muchacha era hidrópica, tenía vómitos, disnea

y ligeras convulsiones. Andrés examinó a la enferma; su vientre

hinchado parecía el de una rana; a la palpación se notaba claramente la

fluctuación del líquido que llenaba el peritoneo.

--¿Qué? ¿Qué tiene?--preguntó la madre.

--Esto es una enfermedad del hígado, crónica, grave--contestó Andrés,

retirándose de la cama para que la muchacha no le oyera--; ahora la

hidropesía se ha complicado con la retención de orina.

--¿Y qué hay que hacer, Dios mío? ¿O no tiene cura?

--Si se pudiera esperar, sería mejor que viniera Sánchez. Él debe

conocer la marcha de la enfermedad.

--¿Pero se puede esperar?--preguntó el padre con voz colérica.

Andrés volvió a reconocer a la enferma; el pulso estaba muy débil; la

insuficiencia respiratoria, probablemente resultado de la absorción de

la urea en la sangre, iba aumentando; las convulsiones se sucedían con

más fuerza. Andrés tomó la temperatura. No llegaba a la normal.

--No se puede esperar--dijo Hurtado dirigiéndose a la madre.

--¿Qué hay que hacer?--exclamó el molinero--. Obre usted...

--Habría que hacer la punción abdominal--repuso Andrés, siempre

hablando a la madre--. Si no quieren ustedes que la haga yo...

--Sí, sí, usted.

--Bueno; entonces iré a casa, cogeré mi estuche, y volveré.

El mismo molinero se puso al pescante del coche. Se veía que la

frialdad desdeñosa de Andrés le irritaba. Fueron los dos durante

el camino sin hablarse. Al llegar a su casa, Andrés bajó, cogió su

estuche, un poco de algodón y una pastilla de sublimado. Volvieron al

molino.

Andrés animó un poco a la enferma, jabonó y friccionó la piel en el

sitio de elección, y hundió el trócar en el vientre abultado de la

muchacha. Al retirar el trócar y dejar la cánula, manaba el agua,

verdosa, llena de serosidades, como de una fuente a un barreño.

Después de vaciarse el líquido, Andrés pudo sondar la vejiga, y la

enferma comenzó a respirar fácilmente. La temperatura subió en seguida

por encima de la normal. Los síntomas de la uremia iban desapareciendo.

Andrés hizo que le dieran leche a la muchacha, que quedó tranquila.

En la casa había un gran regocijo.

--No creo que esto haya acabado--dijo Andrés a la madre--; se

reproducirá, probablemente.

--¿Qué cree usted que debíamos hacer?--preguntó ella humildemente.

--Yo, como ustedes, iría a Madrid a consultar con un especialista.

Hurtado se despidió de la madre y de la hija. El molinero montó en el

pescante del coche para llevar a Andrés a Alcolea. La mañana comenzaba

a sonreir en el cielo; el sol brillaba en los viñedos y en los

olivares; las parejas de mulas iban a la labranza, y los campesinos,

de negro, montados en las ancas de los borricos, les seguían. Grandes

bandadas de cuervos pasaban por el aire.

El molinero fué sin hablar en todo el camino; en su alma luchaban el

orgullo y el agradecimiento; quizá esperaba que Andrés le dirigiera la

palabra; pero éste no despegó los labios. Al llegar a casa bajó del

coche, y murmuró:

--Buenos días.

--¡Adiós!

Y los dos hombres se despidieron como dos enemigos.

Al día siguiente, Sánchez se le acercó a Andrés, más apático y más

triste que nunca.

--Usted quiere perjudicarme--le dijo.

--Sé por qué dice usted eso--le contestó Andrés--; pero yo no tengo la

culpa. He visitado a esa muchacha, porque vinieron a buscarme, y la

operé, porque no había más remedio, porque se estaba muriendo.

--Sí; pero también le dijo usted a la madre que fuera a ver a un

especialista de Madrid, y eso no va en benefició de usted ni en

beneficio mío.

Sánchez no comprendía que este consejo lo hubiera dado Andrés por

probidad, y suponía que era por perjudicarle a él. También creía que

por su cargo tenía un derecho a cobrar una especie de contribución por

todas las enfermedades de Alcolea. Que el tío Fulano cogía un catarro

fuerte, pues eran seis visitas para él; que padecía un reumatismo, pues

podían ser hasta veinte visitas.

El caso de la chica del molinero se comentó mucho en todas partes e

hizo suponer que Andrés era un médico conocedor de procedimientos

modernos.

Sánchez, al ver que la gente se inclinaba a creer en la ciencia del

nuevo médico, emprendió una campaña contra él. Dijo que era hombre

de libros, pero sin práctica alguna, y que, además, era un tipo

misterioso, del cual no se podía uno fiar.

Al ver que Sánchez le declaraba la guerra francamente, Andrés se puso

en guardia. Era demasiado escéptico en cuestiones de medicina para

hacer imprudencias. Cuando había que intervenir en casos quirúrgicos,

enviaba al enfermo a Sánchez que, como hombre de conciencia bastante

elástica, no se alarmaba por dejarle a cualquiera ciego o manco.

Andrés casi siempre empleaba los medicamentos a pequeñas dosis; muchas

veces no producían efecto; pero al menos no corría el peligro de una

torpeza. No dejaba de tener éxitos; pero él se confesaba ingenuamente

a sí mismo, que, a pesar de sus éxitos, no hacía casi nunca un

diagnóstico bien.

Claro que por prudencia no aseguraba los primeros días nada; pero casi

siempre las enfermedades le daban sorpresas; una supuesta pleuresía,

aparecía como una lesión hepática; una tifoidea, se le transformaba en

una gripe real.

Cuando la enfermedad era clara, una viruela o una pulmonía, entonces la

conocía él y la conocían las comadres de la vecindad, y cualquiera.

El no decía que los éxitos se debían a la casualidad; hubiera sido

absurdo; pero tampoco los lucía como resultado de su ciencia. Había

cosas grotescas en la práctica diaria; un enfermo que tomaba un poco

de jarabe simple, y se encontraba curado de una enfermedad crónica del

estómago; otro, que con el mismo jarabe decía que se ponía a la muerte.

Andrés estaba convencido de que en la mayoría de los casos una

terapéutica muy activa no podía ser beneficiosa más que en manos de

un buen clínico, y para ser un buen clínico era indispensable, además

de facultades especiales, una gran práctica. Convencido de esto, se

dedicaba al método expectante. Daba mucha agua con jarabe. Ya le había

dicho confidencialmente al boticario:

--Usted cobre como si fuera quinina.

Este escepticismo en sus conocimientos y en su profesión le daba

prestigio.

A ciertos enfermos les recomendaba los preceptos higiénicos, pero nadie

le hacía caso.

Tenía un cliente, dueño de unas bodegas, un viejo artrítico, que se

pasaba la vida leyendo folletines. Andrés le aconsejaba que no comiera

carne y que anduviera.

--Pero si me muero de debilidad, doctor--decía él--. No como más que un

pedacito de carne, una copa de Jerez y una taza de café.

--Todo eso es malísimo--decía Andrés.

Este demagogo, que negaba la utilidad de comer carne, indignaba a la

gente acomodada... y a los carniceros.

Hay una frase de un escritor francés que quiere ser trágica y es

enormemente cómica. Es así: Desde hace treinta años no se siente placer

en ser francés. El vinatero artrítico debía decir: Desde que ha venido

este médico, no se siente placer en ser rico.

La mujer del secretario del Ayuntamiento, una mujer muy remilgada y

redicha, quería convencer a Hurtado de que debía casarse y quedarse

definitivamente en Alcolea.

--Ya veremos--contestaba Andrés.

V

ALCOLEA DEL CAMPO

LAS costumbres de Alcolea eran españolas puras, es decir, de un absurdo

completo.

El pueblo no tenía el menor sentido social; las familias se metían en

sus casas, como los trogloditas en su cueva. No había solidaridad;

nadie sabía ni podía utilizar la fuerza de la asociación. Los hombres

iban al trabajo y a veces al casino. Las mujeres no salían más que los

domingos a misa.

Por falta de instinto colectivo el pueblo se había arruinado.

El árbol de la ciencia: novela · 第 9 / 15 段