del laboratorio fué tranquilizador: no se había podido encontrar el
bacilo de Koch en la sangre del pañuelo; sin embargo, esto no le dejó a
Hurtado completamente satisfecho.
El médico de la sala, a instancias de Andrés, fué a casa a reconocer
al enfermito. Encontró a la percusión cierta opacidad en el vértice
del pulmón derecho. Aquello podía no ser nada; pero unido a la ligera
hemoptisis, indicaba con muchas probabilidades una tuberculosis
incipiente.
El profesor y Andrés discutieron el tratamiento. Como el niño era
linfático, algo propenso a catarros, consideraron conveniente llevarlo
a un país templado, a orillas del Mediterráneo a ser posible; allí le
podrían someter a una alimentación intensa, darle baños de sol, hacerle
vivir al aire libre y dentro de la casa en una atmósfera creosotada,
rodearle de toda clase de condiciones para que pudiera fortificarse y
salir de la infancia.
La familia no comprendía la gravedad, y Andrés tuvo que insistir para
convencerles de que el estado del niño era peligroso.
El padre, don Pedro, tenía unos primos en Valencia, y estos primos,
solterones, poseían varias casas en pueblos próximos a la capital.
Se les escribió y contestaron rápidamente; todas las casas suyas
estaban alquiladas menos una de un pueblecito inmediato a Valencia.
Andrés decidió ir a verla.
Margarita le advirtió que no había dinero en casa; no se había cobrado
aún la paga de Navidad.
--Pediré dinero en el hospital e iré en tercera--dijo Andrés.
--¡Con este frío! ¡Y el día de Nochebuena!
--No importa.
--Bueno, vete a casa de los tíos--le advirtió Margarita.
--No, ¿para qué?--contestó él--. Yo veo la casa del pueblo, y, si me
parece bien, os mando un telegrama diciendo: Contestadles que sí.
--Pero eso es una grosería. Si se enteran...
--¡Qué se van a enterar! Además, yo no quiero andar con ceremonias y
con tonterías; bajo en Valencia, voy al pueblo, os mando el telegrama y
me vuelvo en seguida.
No hubo manera de convencerle. Después de cenar tomó un coche y se fué
a la estación. Entró en un vagón de tercera.
La noche de diciembre estaba fría, cruel. El vaho se congelaba en los
cristales de las ventanillas y el viento helado se metía por entre las
rendijas de la portezuela.
Andrés se embozó en la capa hasta los ojos, se subió el cuello y se
metió las manos en los bolsillos del pantalón. Aquella idea de la
enfermedad de Luisito le turbaba.
La tuberculosis era una de esas enfermedades que le producía un terror
espantoso; constituía una obsesión para él. Meses antes se había
dicho que Roberto Koch había inventado un remedio eficaz para la
tuberculosis: la tuberculina.
Un profesor de San Carlos fué a Alemania y trajo la tuberculina.
Se hizo el ensayo con dos enfermos a quienes se les inyectó el nuevo
remedio. La reacción febril que les produjo hizo concebir al principio
algunas esperanzas; pero luego se vió que no sólo no mejoraban, sino
que su muerte se aceleraba.
Si el chico estaba realmente tuberculoso, no había salvación.
Con aquellos pensamientos desagradables, marchaba Andrés en el vagón de
tercera, medio adormecido.
Al amanecer se despertó, con las manos y los pies helados.
El tren marchaba por la llanura castellana y el alba apuntaba en el
horizonte.
En el vagón no iba más que un aldeano fuerte, de aspecto enérgico y
duro de manchego.
Este aldeano le dijo:
--Qué, ¿tiene usted frío, buen amigo?
--Sí, un poco.
--Tome usted mi manta.
--¿Y usted?
--Yo no la necesito. Ustedes, los señoritos, son muy delicados.
A pesar de las palabras rudas, Andrés le agradeció el obsequio en el
fondo del corazón.
Aclaraba el cielo, una franja roja bordeaba el campo.
Empezaba a cambiar el paísaje, y el suelo, antes llano, mostraba
colinas y árboles que iban pasando por delante de la ventanilla del
tren.
Pasada la Mancha, fría y yerma, comenzó a templar el aire. Cerca de
Játiba salió el sol, un sol amarillo, que se derramaba por el campo
entibiando el ambiente.
La tierra presentaba ya un aspecto distinto.
Apareció Alcira con los naranjos llenos de fruta, con el río Júcar
profundo, de lenta corriente. El sol iba elevándose en el cielo;
comenzaba a hacer calor; al pasar de la meseta castellana a la zona
mediterránea la naturaleza y la gente eran otras.
En las estaciones los hombres y las mujeres, vestidos con trajes
claros, hablaban a gritos, gesticulaban, corrían.
--Eh, tú, _ché_--se oía decir.
Ya se veían llanuras con arrozales y naranjos, barracas blancas con el
techado negro, alguna palmera que pasaba en la rapidez de la marcha
como tocando el cielo. Se vió espejear la Albufera, unas estaciones
antes de llegar a Valencia, y poco después Andrés apareció en el raso
de la plaza de San Francisco, delante de un solar grande.
Andrés se acercó a un tartanero, le preguntó cuánto le cobraría por
llevarle al pueblecito, y, después de discusiones y de regateos,
quedaron de acuerdo en un duro por ir, esperar media hora y volver a la
estación.
Subió Andrés y la tartana cruzó varias calles de Valencia y tomó por
una carretera.
El carrito tenía por detrás una lona blanca y, al agitarse ésta por el
viento, se veía el camino lleno de claridad y de polvo; la luz cegaba.
En una media hora la tartana embocaba la primera calle del pueblo,
que aparecía con su torre y su cúpula brillante. A Andrés le pareció
la disposición de la aldea buena para lo que él deseaba; el campo de
los alrededores, no era de huerta, sino de tierras de secano medio
montañosas.
A la entrada del pueblo, a mano izquierda, se veía un castillejo y
varios grupos de enormes girasoles.
Tomó la tartana por la calle larga y ancha, continuación de la
carretera, hasta detenerse cerca de una explanada levantada sobre el
nivel de la calle.
El carrito se detuvo frente a una casa baja encalada, con su puerta
azul muy grande y tres ventanas muy chicas. Bajó Andrés; un cartel
pegado en la puerta indicaba que la llave la tenían en la casa de al
lado.
Se asomó al portal próximo y una vieja, con la tez curtida y negra por
el sol, le dió la llave, un pedazo de hierro que parecía un arma de
combate prehistórica.
Abrió Andrés el postigo, que chirrió agriamente sobre sus goznes, y
entró en un espacioso vestíbulo con una puerta en arco que daba hacia
el jardín.
La casa apenas tenía fondo; por el arco del vestíbulo se salía a una
galería ancha y hermosa con un emparrado y una verja de madera pintada
de verde. De la galería, extendida paralelamente a la carretera, se
bajaba por cuatro escalones al huerto, rodeado por un camino que
bordeaba sus tapias.
Este huerto, con varios árboles frutales desnudos de hojas, se hallaba
cruzado por dos avenidas que formaban una plazoleta central y lo
dividían en cuatro parcelas iguales. Los hierbajos y jaramagos espesos
cubrían la tierra y borraban los caminos.
Enfrente del arco del vestíbulo había un cenador formado por palos,
sobre el cual se sostenían las ramas de un rosal silvestre, cuyo
follaje, adornado por florecitas blancas, era tan tupido que no dejaba
pasar la luz del sol.
A la entrada de aquella pequeña glorieta, sobre pedestales de ladrillo,
había dos estatuas de yeso, Flora y Pomona. Andrés penetró en el
cenador. En la pared del fondo se veía un cuadro de azulejos blancos
y azules con figuras que representaban a Santo Tomás de Villanueva
vestido de obispo, con su báculo en la mano y un negro y una negra
arrodillados junto a él.
Luego Hurtado recorrió la casa; era lo que él deseaba; hizo un plano
de las habitaciones y del jardín y estuvo un momento descansando,
sentado en la escalera. Hacía tanto tiempo que no había visto árboles,
vegetación, que aquel huertecito abandonado, lleno de hierbajos, le
pareció un paraíso. Este día de Navidad tan espléndido, tan luminoso,
le llenó de paz y de melancolía.
Del pueblo, del campo, de la atmósfera transparente llegaba el
silencio, sólo interrumpido por el cacareo lejano de los gallos; los
moscones y las avispas brillaban al sol.
¡Con qué gusto se hubiera tendido en la tierra a mirar horas y horas
aquel cielo tan azul, tan puro!
Unos momentos después, una campana de son agudo comenzó a tocar. Andrés
entregó la llave en la casa próxima, despertó al tartanero medio
dormido en su tartana, y emprendió la vuelta.
En la estación de Valencia mandó un telegrama a su familia, compró algo
de comer y unas horas más tarde volvía para Madrid, embozado en su
capa, rendido, en otro coche de tercera.
II
VIDA INFANTIL
AL llegar a Madrid, Andrés le dió a su hermana Margarita instrucciones
de cómo debían instalarse en la casa. Unas semanas después tomaron el
tren, don Pedro, Margarita y Luisito.
Andrés y sus otros dos hermanos se quedaron en Madrid.
Andrés tenía que repasar las asignaturas de la licenciatura.
Para librarse de la obsesión de la enfermedad del niño, se puso a
estudiar como nunca lo había hecho.
Algunas veces iba a visitar a Lulú y le comunicaba sus temores.
--Si ese chico se pusiera bien--murmuraba.
--¿Le quiere usted mucho?--preguntaba Lulú.
--Sí, como si fuera mi hijo. Era yo ya grande cuando nació él, figúrese
usted.
Por Junio, Andrés se examinó del curso y de la licenciatura y salió
bien.
--¿Qué va usted a hacer?--le dijo Lulú.
--No sé; por ahora veré si se pone bien esa criatura; después ya
pensaré.
El viaje fué para Andrés distinto, y más agradable que en diciembre;
tenía dinero, y tomó un billete de primera. En la estación de Valencia
le esperaba el padre.
--¿Qué tal el chico?--le preguntó Andrés.
--Está mejor.
Dieron al mozo el talón del equipaje, y tomaron una tartana, que les
llevó rápidamente al pueblo.
Al ruido de la tartana salieron a la puerta Margarita, Luisito y una
criada vieja. El chico estaba bien; alguna que otra vez tenía una
ligera fiebre, pero se veía que mejoraba. La que había cambiado casi
por completo era Margarita; el aire y el sol le habían dado un aspecto
de salud que la embellecía.
Andrés vió el huerto, los perales, los albaricoqueros y los granados
llenos de hojas y de flores.
La primera noche Andrés no pudo dormir bien en la casa por el olor a
raíz desprendido de la tierra.
Al día siguiente Andrés, ayudado por Luisito, comenzó a arrancar y
a quemar todos los hierbajos del patio. Luego plantaron entre los
dos melones, calabazas, ajos, fuera o no fuera tiempo. De todas sus
plantaciones lo único que nació fueron los ajos. Estos, unidos a los
geranios y a los dompedros, daban un poco de verdura; lo demás moría
por el calor del sol y la falta de agua.
Andrés se pasaba horas y horas sacando cubos del pozo. Era imposible
tener un trozo de jardín verde. En seguida de regar, la tierra se
secaba, y las plantas se doblaban tristemente sobre su tallo.
En cambio todo lo que estaba plantado anteriormente, las pasionarias,
las hiedras y las enredaderas, a pesar de la sequedad del suelo,
se extendían y daban hermosas flores; los racimos de la parra se
coloreaban, los granados se llenaban de flor roja y las naranjas iban
engordando en el arbusto.
Luisito llevaba una vida higiénica, dormía con la ventana abierta,
en un cuarto que Andrés, por las noches, regaba con creosota. Por la
mañana, al levantarse de la cama, tomaba una ducha fría en el cenador
de Flora y Pomona.
Al principio no le gustaba, pero luego se acostumbró.
Andrés había colgado del techo del cenador una regadera enorme, y en el
asa ató una cuerda que pasaba por una polea y terminaba en una piedra
sostenida en un banco. Dejando caer la piedra, la regadera se inclinaba
y echaba una lluvia de agua fría.
Por la mañana, Andrés y Luis iban a un pinar próximo al pueblo, y
estaban allí muchas veces hasta el mediodía; después del paseo comían y
se echaban a dormir.
Por la tarde tenían también sus entretenimientos: perseguir a las
lagartijas y salamandras, subir al peral, regar las plantas. El tejado
estaba casi levantado por los panales de las avispas; decidieron
declarar la guerra a estos temibles enemigos y quitarles los panales.
Fué una serie de escaramuzas que emocionaron a Luisito y le dieron
motivo para muchas charlas y comparaciones.
Por la tarde, cuando ya se ponía el sol, Andrés proseguía su lucha
contra la sequedad, sacando agua del pozo, que era muy profundo. En
medio de este calor sofocante, las abejas rezongaban, las avispas iban
a beber el agua del riego y las mariposas revoloteaban de flor en flor.
A veces aparecían manchas de hormigas con alas en la tierra o costras
de pulgones en las plantas.
Luisito tenía más tendencia a leer y a hablar que a jugar
violentamente. Esta inteligencia precoz le daba que pensar a Andrés. No
le dejaba que hojeara ningún libro, y le enviaba a que se reuniera con
los chicos de la calle.
Andrés, mientras tanto, sentado en el umbral de la puerta, con un libro
en la mano, veía pasar los carros por la calle cubierta de una espesa
capa de polvo. Los carreteros, tostados por el sol, con las caras
brillantes por el sudor, cantaban tendidos sobre pellejos de aceite o
de vino, y las mulas marchaban en fila medio dormidas.
Al anochecer pasaban unas muchachas, que trabajaban en una fábrica, y
saludaban a Andrés con un adiós un poco seco, sin mirarle a la cara.
Entre estas chicas había una que llamaban la Clavariesa, muy guapa, muy
perfilada; solía ir con un pañuelo de seda en la mano agitándolo en el
aire, y vestía con colores un poco chillones, pero que hacían muy bien
en aquel ambiente claro y luminoso.
Luisito, negro por el sol, hablando ya con el mismo acento valenciano
que los demás chicos, jugaba en la carretera.
No se hacía completamente montaraz y salvaje como hubiera deseado
Andrés, pero estaba sano y fuerte. Hablaba mucho. Siempre andaba
contando cuentos, que demostraban su imaginación excitada.
--¿De dónde saca este chico esas cosas que cuenta?--preguntaba Andrés a
Margarita.
--No sé; las inventa él.
Luisito tenía un gato viejo que le seguía, y que decía que era un brujo.
El chico caricaturizaba a la gente que iba a la casa.
Una vieja de Borbotó, un pueblo de al lado, era de las que mejor
imitaba. Esta vieja vendía huevos y verduras, y decía: _¡Ous, figues!_
Otro hombre reluciente y gordo, con un pañuelo en la cabeza, que a cada
momento decía: _¿Sap?_, era también de los modelos de Luisito.
Entre los chicos de la calle había algunos que le preocupaban mucho.
Uno de ellos era el Roch, el hijo del saludador, que vivía en un barrio
de cuevas próximo.
El Roch era un chiquillo audaz, pequeño, rubio, desmedrado, sin
dientes, con los ojos legañosos. Contaba cómo su padre hacía sus
misteriosas curas, lo mismo en las personas que en los caballos, y
hablaba de cómo había averiguado su poder curativo.
El Roch sabía muchos procedimientos y brujerías para curar las
insolaciones y conjurar los males de ojo que había oído en su casa.
El Roch ayudaba a vivir a la familia, andaba siempre correteando con
una cesta al brazo.
--Ves estos caracoles--le decía a Luisito--, pues con estos caracoles y
un poco de arroz comeremos todos en casa.
--¿Dónde los has cogido?--le preguntaba Luisito.
--En un sitio que yo sé--contestaba el Roch, que no quería comunicar
sus secretos.
También en las cuevas vivían otros dos merodeadores, de unos catorce a
quince años, amigos de Luisito: el Choriset y el Chitano.
El Choriset era un troglodita, con el espíritu de un hombre primitivo.
Su cabeza, su tipo, su expresión eran de un bereber.
Andrés solía hacerle preguntas acerca de su vida y de sus ideas.
--Yo, por un real, mataría a un hombre--solía decir el Choriset,
mostrando sus dientes blancos y brillantes.
--Pero te cogerían y te llevarían a presidio.
--¡Ca! Me metería en una cueva que hay cerca de la mía, y me estaría
allá.
--¿Y comer? ¿Cómo ibas a comer?
--Saldría de noche a comprar pan.
--Pero con un real, no te bastaría para muchos días.
--Mataría a otro hombre--replicaba el Choriset, riendo.
El Chitano no tenía más tendencia que el robo; siempre andaba
merodeando por ver si podía llevarse algo.
Andrés, por más que no tenía interés en hacer allí amistades, iba
conociendo a la gente.
La vida del pueblo era en muchas cosas absurda; las mujeres paseaban
separadas de los hombres, y esta separación de sexos existía en casi
todo.
A Margarita le molestaba que su hermano estuviese constantemente en
casa, y le incitaba a que saliera. Algunas tardes, Andrés solía ir al
café de la plaza, se enteraba de los conflictos que había en el pueblo
entre la música del Casino republicano y la del Casino carlista, y el
Mercaer, un obrero republicano, le explicaba de una manera pintoresca
lo que había sido la Revolución francesa y los tormentos de la
Inquisición.
III
LA CASA ANTIGUA
VARIAS veces don Pedro fué y volvió de Madrid al pueblo. Luisito
parecía que estaba bien, no tenía tos ni fiebre; pero conservaba
aquella tendencia fantaseadora que le hacía divagar y discurrir de una
manera impropia de su edad.
--Yo creo que no es cosa de que sigáis aquí--dijo el padre.
--¿Por qué no?--preguntó Andrés.
--Margarita no puede vivir siempre metida en un rincón. A ti no te
importará; pero a ella sí.
--Que se vaya a Madrid por una temporada.
--¿Pero tú crees que Luis no está curado todavía?
--No sé; pero me parece mejor que siga aquí.
--Bueno; veremos a ver qué se hace.
Margarita explicó a su hermano que su padre decía que no tenían medios
para sostener así dos casas.
--No tiene medios para esto; pero sí para gastar en el Casino--contestó
Andrés.
--Eso a ti no te importa--contestó Margarita enfadada.
--Bueno; lo que voy a hacer yo es ver si me dan una plaza de médico de
pueblo y llevar al chico. Lo tendré unos años en el campo, y luego que
haga lo que quiera.
En esta incertidumbre, y sin saber si iban a quedarse o marcharse, se
presentó en la casa una señora de Valencia, prima también de don Pedro.
Esta señora era una de esas mujeres decididas y mandonas que les gusta
disponerlo todo. Doña Julia decidió que Margarita, Andrés y Luisito
fueran a pasar una temporada a casa de los tíos. Ellos los recibirían
muy a gusto. Don Pedro encontró la solución muy práctica.
--¿Qué os parece?--preguntó a Margarita y a Andrés.
--A mí, lo que decidáis--contestó Margarita.
--A mí no me parece una buena solución--dijo Andrés.
--¿Por qué?
--Porque el chico no estará bien.
--Hombre, el clima es igual--repuso el padre.
--Sí; pero no es lo mismo vivir en el interior de una ciudad,
entre calles estrechas, a estar en el campo. Además, que esos
señores parientes nuestros, como solterones, tendrán una porción de
chinchorrerías y no les gustarán los chicos.
--No; eso no. Es gente amable, y tienen una casa bastante grande para
que haya libertad.
--Bueno. Entonces probaremos.
Un día fueron todos a ver a los parientes. A Andrés, sólo tener que
ponerse la camisa planchada, le dejó de un humor endiablado.
Los parientes vivían en un caserón viejo de la parte antigua de la
ciudad. Era una casa grande, pintada de azul, con cuatro balcones, muy
separados unos de otros, y ventanas cuadradas encima.
El portal era espacioso y comunicaba con un patio enlosado como una
plazoleta que tenía en medio un farol.
De este patio partía la escalera exterior, ancha, de piedra blanca, que
entraba en el edificio al llegar al primer piso, pasando por un arco
rebajado.
Llamó don Pedro, y una criada vestida de negro, les pasó a una sala
grande, triste y obscura.
Había en ella un reloj de pared alto, con la caja llena de
incrustaciones, muebles antiguos de estilo Imperio, varias cornucopias
y un plano de Valencia de a principios del siglo XVIII.
Poco después salió don Juan, el primo del padre de Hurtado, un señor de
cuarenta a cincuenta años, que les saludó a todos muy amablemente y les
hizo pasar a otra sala, en donde un viejo, reclinado en ancha butaca,
leía un periódico.
La familia la componían tres hermanos y una hermana, los tres solteros.
El mayor, don Vicente, estaba enfermo de gota y no salía apenas; el
segundo, don Juan, era hombre que quería pasar por joven, de aspecto
muy elegante y pulcro; la hermana, doña Isabel, tenía el color muy
blanco, el pelo muy negro y la voz lacrimosa.
Los tres parecían conservados en una urna; debían estar siempre a la
sombra en aquellas salas de aspecto conventual.
Se trató del asunto de que Margarita y sus hermanos pasaran allí una
temporada, y los solterones aceptaron la idea con placer.
Don Juan, el menor, enseñó la casa a Andrés, que era extensa. Alrededor
del patio, una ancha galería encristalada le daba vuelta. Los cuartos
estaban pavimentados con azulejos relucientes y resbaladizos y tenían
escalones para subir y bajar, salvando las diferencias de nivel. Había
un sinnúmero de puertas de diferente tamaño. En la parte de atrás de la
casa, a la altura del primer piso de la calle brotaba, en medio de un
huertecillo sombrío, un altísimo naranjo.
Todas las habitaciones presentaban el mismo aspecto silencioso, algo
moruno, de luz velada.
El cuarto destinado para Andrés y para Luisito era muy grande y daba
enfrente de los tejados azules de la torrecilla de una iglesia.
Unos días después de la visita, se instalaron Margarita, Andrés y Luis
en la casa.
Andrés estaba dispuesto a ir a un partido. Leía en _El Siglo Médico_
las vacantes de médicos rurales, se enteraba de qué clase de pueblos
eran y escribía a los secretarios de los Ayuntamientos pidiendo
informes.
Margarita y Luisito se encontraban bien con sus tíos; Andrés, no;
no sentía ninguna simpatía por estos solterones, defendidos por su
dinero y por su casa contra las inclemencias de la suerte; les hubiera
estropeado la vida con gusto. Era un instinto un poco canalla, pero lo
sentía así.
Luisito, que se vió mimado por sus tíos, dejó pronto de hacer la vida
que recomendaba Andrés; no quería ir a tomar el sol ni a jugar a la
calle; se iba poniendo más exigente y melindroso.
La dictadura científica que Andrés pretendía ejercer, no se reconocía
en la casa.
Muchas veces le dijo a la criada vieja que barría el cuarto que dejara
abiertas las ventanas para que entrara el sol; pero la criada no le
obedecía.
--¿Por qué cierra usted el cuarto?--le preguntó una vez.--Yo quiero que
esté abierto. ¿Oye usted?
La criada apenas sabía castellano, y después de una charla confusa, le
contestó que cerraba el cuarto para que no entrara el sol.
--Si es que yo quiero precisamente eso--la dijo Andrés--. ¿Usted ha
oído hablar de los microbios?
--Yo, no, señor.
--¿No ha oído usted decir que hay unos gérmenes... una especie de cosas
vivas que andan por el aire y que producen las enfermedades?
--¿Unas cosas vivas en el aire? Serán las moscas.
--Sí; son como las moscas, pero no son las moscas.
--No; pues no las he visto.
--No, si no se ven; pero existen. Esas cosas vivas están en el aire,
en el polvo, sobre los muebles... y esas cosas vivas, que son malas,
mueren con la luz... ¿Ha comprendido usted?
--Sí, sí, señor.
--Por eso hay que dejar las ventanas abiertas... para que entre el sol.
Efectivamente; al día siguiente las ventanas estaban cerradas, y la
criada vieja contaba a las otras que el señorito estaba loco, porque
decía que había unas moscas en el aire que no se veían y que las mataba
el sol.
IV
ABURRIMIENTO
Las gestiones para encontrar un pueblo adonde ir no dieron resultado
tan rápidamente como Andrés deseaba, y en vista de esto, para matar el
tiempo, se decidió a estudiar las asignaturas del doctorado. Después se
marcharía a Madrid y luego a cualquier parte.
Luisito pasaba el invierno bien; al parecer estaba curado.
Andrés no quería salir a la calle; sentía una insociabilidad intensa.
Le parecía una fatiga tener que conocer a nueva gente.
--Pero, hombre, ¿no vas a salir?--le preguntaba Margarita.
--Yo no. ¿Para qué? No me interesa nada de cuanto pasa fuera.
Andar por las calles le fastidiaba, y el campo de los alrededores de
Valencia, a pesar de su fertilidad, no le gustaba.
Esta huerta, siempre verde, cortada por acequias de agua turbia, con
aquella vegetación jugosa y obscura, no le daba ganas de recorrerla.
Prefería estar en casa. Allí estudiaba e iba tomando datos acerca de un
punto de psicofísica que pensaba utilizar para la tesis del doctorado.
Debajo de su cuarto había una terraza sombría, musgosa, con algunos
jarrones con chumberas y piteras donde no daba nunca el sol. Allí solía
pasear Andrés en las horas de calor. Enfrente había otra terraza donde
andaba de un lado a otro un cura viejo, de la iglesia próxima, rezando.
Andrés y el cura se saludaban al verse muy amablemente.