católico, según la gente, un santo, San Pascual Bailón, que baila
delante del Altísimo, y que dice siempre: Más, más, más. Si uno tiene
suerte, le da más, más, más; si tiene desgracias le da también más,
más, más. Esta filosofía bailonesca era la de la señora Venancia.
La señora Venancia, mientras planchaba, contaba historias de sus amos.
Andrés fué a oirla con gusto.
La primera ama donde sirvió la Venancia era una mujer caprichosa y
loca, de un humor endiablado; pegaba a los hijos, al marido, a los
criados y le gustaba enemistar a sus amigos.
Una de las maniobras que empleaba era hacer que uno se escondiera
detrás de una cortina al llegar otra persona, y a ésta le incitaba para
que hablase mal del que estaba escondido y le oyese.
La dama obligaba a su hija mayor a vestirse de una manera pobre y
ridícula, con el objeto de que nadie se fijara en ella. Llegó en su
maldad hasta esconder unos cubiertos en el jardín y acusar a un criado
de ladrón y hacer que lo llevaran a la cárcel.
Una vez en esta casa, la Venancia velaba a uno de los hijos de la
señora que se encontraba muy grave. El niño estaba en la agonía, y a
eso de las diez de la noche murió. La Venancia fué llorando a avisar a
su señora lo que ocurría, y se la encontró vestida para un baile. Le
dió la triste noticia, y ella le dijo: Bueno, no digas nada ahora. La
señora se fué al baile, y cuando volvió comenzó a llorar, haciéndose la
desesperada.
--¡Qué loba!--dijo Lulú al oir la narración.
De esta casa la señora Venancia había pasado a otra de una duquesa muy
guapa, muy generosa, pero de un desenfreno terrible.
Aquella tenía los amantes a pares--dijo la Venancia--. Muchas veces iba
a la iglesia de Jesús con un hábito de estameña parda, y pasaba allí
horas y horas rezando, y a la salida la esperaba su amante en coche y
se iba con él.
--Un día--contó la planchadora--estaba la duquesa con su querido en
la alcoba; yo dormía en un cuarto próximo que tenía una puerta de
comunicación. De pronto oigo un estrépito de campanillazos y de golpes.
Aquí está el marido--pensé. Salté de la cama y entré por la puerta
excusada en la habitación de mi señora. El duque, a quien había abierto
algún criado, golpeaba furioso la puerta de la alcoba; la puerta no
tenía más que un pestillo ligero, que hubiera cedido a la menor fuerza;
yo la atranqué con el palo de una cortina. El amante, azorado, no
sabía qué hacer; estaba en una facha muy ridícula. Yo le llevé por la
puerta excusada, le dí las ropas de mi marido y le eché a la escalera.
Después me vestí de prisa y fuí a ver al duque, que bramaba furioso,
con una pistola en la mano, dando golpes en la puerta de la alcoba. La
señora, al oir mi voz, comprendió que la situación estaba salvada y
abrió la puerta. El duque miró por todos los rincones, mientras ella le
contemplaba tan tranquila. Al día siguiente, la señora me abrazó y me
besó, y me dijo que se arrepentía de todo corazón, que en adelante iba
a hacer una vida recatada; pero a los quince días ya tenía otro amante.
La Venancia conocía toda la vida íntima del mundo aristocrático de
su época; los sarpullidos de los brazos y el furor erótico de Isabel
II; la impotencia de su marido; los vicios, las enfermedades, las
costumbres de los aristócratas las sabía por detalles vistos por sus
ojos.
A Lulú le interesaban estas historias.
Andrés afirmaba que toda aquella gente era una sucia morralla, indigna
de simpatía y de piedad; pero la señora Venancia, con su extraña
filosofía, no aceptaba esta opinión; por el contrario, decía que
todos eran muy buenos, muy caritativos, que hacían grandes limosnas y
remediaban muchas miserias.
Algunas veces Andrés trató de convencer a la planchadora de que el
dinero de la gente rica procedía del trabajo y del sudor de pobres
miserables que labraban el campo, en las dehesas y en los cortijos.
Andrés afirmaba que tal estado de injusticia podía cambiar; pero esto
para la señora Venancia era una fantasía.
--Así hemos encontrado el mundo y así lo dejaremos--decía la vieja,
convencida de que su argumento no tenía réplica.
VIII
OTROS TIPOS DE LA CASA
UNA de las cosas características de Lulú era que tenía reconcentrada su
atención en la vecindad y en el barrio de tal modo, que lo ocurrido en
otros puntos de Madrid para ella no ofrecía el menor interés. Mientras
trabajaba en su bastidor llevaba el alza y la baja de lo que pasaba
entre los vecinos.
La casa donde vivían, aunque a primera vista no parecía muy grande,
tenía mucho fondo y habitaban en ella gran número de familias. Sobre
todo, la población de las guardillas era numerosa y pintoresca.
Pasaban por ella una porción de tipos extraños del hampa y la
pobretería madrileña. Una inquilina de las guardillas, que daba siempre
que hacer, era la tía Negra, una verdulera ya vieja. La pobre mujer se
emborrachaba y padecía un delirio alcohólico político, que consistía
en vitorear a la República y en insultar a las autoridades, a los
ministros y a los ricos.
Los agentes de seguridad la tenían por blasfema, y la llevaban de
cuando a la sombra a pasar una quincena; pero al salir volvía a las
andadas.
La tía Negra, cuando estaba cuerda y sin alcohol, quería que la dijeran
la señora Nieves, pues así se llamaba.
Otra vieja rara de la vecindad era la señora Benjamina, a quien daban
el mote de Doña Pitusa. Doña Pitusa era una viejezuela pequeña, de
nariz corva, ojos muy vivos y boca de sumidero.
Solía ir a pedir limosna a la iglesia de Jesús y a la de Montserrat;
decía a todas horas que había tenido muchas desgracias de familia y
pérdidas de fortuna; quizá pensaba que esto justificaba su afición al
aguardiente.
La señora Benjamina recorría medio Madrid pidiendo con distintos
pretextos, enviando cartas lacrimosas. Muchas veces, al anochecer,
se ponía en una bocacalle con el velo negro echado sobre la cara, y
sorprendía al transeunte con una narración trágica, expresada en tonos
teatrales; decía que era viuda de un general; que acababa de morírsele
un hijo de veinte años, el único sostén de su vida; que no tenía para
amortajarle ni encender un cirio con que alumbrar su cadáver.
El transeunte a veces se estremecía, a veces replicaba que debía tener
muchos hijos de veinte años, cuanto con tanta frecuencia se le moría
uno.
El hijo verdadero de la Benjamina tenía más de veinte años; se llamaba
el Chuleta, y estaba empleado en una funeraria. Era chato, muy delgado,
algo giboso, de aspecto enfermizo, con unos pelos azafranados en la
barba y ojos de besugo. Decían en la vecindad que él inspiraba las
historias melodramáticas de su madre. El Chuleta era un tipo fúnebre;
debía ser verdaderamente desagradable verle en la tienda en medio de
sus ataúdes.
El Chuleta era muy vengativo y rencoroso, no se olvidaba de nada; a
Manolo el Chafandín le guardaba un odio insaciable.
El Chuleta tenía muchos hijos, todos con el mismo aspecto de
abatimiento y de estupidez trágica del padre y todos tan mal
intencionados y tan rencorosos como él.
Había también en las guardillas una casa de huéspedes de una gallega
bizca, tan ancha de arriba como de abajo. Esta gallega, la Paca, tenía
de pupilos, entre otros, un mozo de la clase de disección de San
Carlos, tuerto, a quien conocían Aracil y Hurtado; un enfermero del
Hospital General y un cesante, a quien llamaban don Cleto.
Don Cleto Meana era el filósofo de la casa, era un hombre bien educado
y culto, que había caído en la miseria. Vivía de algunas caridades que
le hacían los amigos. Era un viejecito bajito y flaco, muy limpio, muy
arreglado, de barba gris recortada; llevaba el traje raído, pero sin
manchas, y el cuello de la camisa impecable. Él mismo se cortaba el
pelo, se lavaba la ropa, se pintaba las botas con tinta cuando tenían
alguna hendidura blanca, y se cortaba los flecos de los pantalones.
La Venancia solía plancharle los cuellos de balde. Don Cleto era un
estoico.
--Yo, con un panecillo al día y unos cuantos cigarros vivo bien como un
príncipe--decía el pobre.
Don Cleto paseaba por el Retiro y Recoletos; se sentaba en los bancos,
entablaba conversación con la gente; si no le veía nadie, cogía algunas
colillas y las guardaba, porque, como era un caballero, no le gustaba
que le sorprendieran en ciertos trabajos menesteres.
Don Cleto disfrutaba de los espectáculos de la calle; la llegada de un
príncipe extranjero, el entierro de un político constituían para él
grandes acontecimientos.
Lulú, cuando le encontraba en la escalera, le decía:
--¿Ya se va usted, don Cleto?
--Sí; voy a dar una vueltecita.
--De pira ¿eh? Es usted un pirantón, don Cleto.
--Ja, ja, ja--reía él--. ¡Qué chicas éstas! ¡Qué cosas dicen!
Otro tipo de la casa muy conocido era el Maestrín, un manchego muy
pedante y sabihondo, droguero, curandero y sanguijuelero. El Maestrín
tenía un tenducho en la calle del Fúcar, y allí solía estar con
frecuencia con la Silveria, su hija, una buena moza, muy guapa, a quien
Victorio, el sobrino del prestamista, iba poniendo los puntos. El
Maestrín, muy celoso en cuestiones de honor, estaba dispuesto, al menos
así lo decía él, a pegarle una puñalada al que intentara deshonrarle.
Toda esta gente de la casa pagaba su contribución en dinero o en
especie al tío de Victorio, el prestamista de la calle de Atocha,
llamado don Martín, y a quien por mal nombre se le conocía por el tío
Miserias.
El tío Miserias, el personaje más importante del barrio, vivía en una
casa suya de la calle de la Verónica, una casa pequeña, de un piso
solo, como de pueblo, con dos balcones llenos de tiestos y una reja en
el piso bajo.
El tío Miserias era un viejo encorvado, afeitado y ceñudo. Llevaba un
trapo cuadrado, negro, en un ojo, lo que hacía su cara más sombría.
Vestía siempre de luto; en invierno usaba zapatillas de orillo y una
capa larga, que le colgaba de los hombros como de un perchero.
Don Martín, el humano, como le llamaba Andrés, salía muy temprano de
su casa y estaba en la trastienda de su establecimiento, siempre de
vigilancia. En los días fríos se pasaba la vida delante de un brasero,
respirando continuamente un aire cargado de óxido de carbono.
Al anochecer se retiraba a su casa, echaba una mirada a sus tiestos y
cerraba los balcones. Don Martín tenía, además de la tienda de la calle
de Atocha, otra de menos categoría en la del Tribulete. En esta última
su negocio principal era tomar en empeño sábanas y colchones a la gente
pobre.
Don Martín no quería ver a nadie. Consideraba que la sociedad le debía
atenciones que le negaba. Un dependiente, un buen muchacho al parecer,
en quien tenía colocada su confianza, le jugó una mala pasada. Un día
el dependiente cogió un hacha que tenían en la casa de préstamos para
hacer astillas con que encender el brasero, y abalanzándose sobre don
Martín, empezó a golpes con él, y por poco no le abre la cabeza.
Después el muchacho, dando por muerto a don Martín, cogió los cuartos
del mostrador y se fué a una casa de trato de la calle de San José, y
allí le prendieron.
Don Martín quedó indignado cuando vió que el Tribunal, aceptando una
serie de circunstancias atenuantes, no condenó al muchacho más que a
unos meses de cárcel.
--Es un escándalo--decía el usurero pensativo--. Aquí no se protege a
las personas honradas. No hay benevolencia más que para los criminales.
Don Martín era tremendo; no perdonaba a nadie; a un burrero de la
vecindad, porque no le pagaba unos réditos, le embargó las burras de
leche, y por más que el burrero decía que si no le dejaba las burras
sería más difícil que le pagara, don Martín no accedió. Hubiera sido
capaz de comerse las burras por aprovecharlas.
Victorio, el sobrino del prestamista, prometía ser un gerifalte como el
tío, aunque de otra escuela. El tal Victorio era un Don Juan de casa
de préstamos. Muy elegante, muy chulo, con los bigotes retorcidos,
los dedos llenos de alhajas y la sonrisa de hombre satisfecho,
hacía estragos en los corazones femeninos. Este joven explotaba al
prestamista. El dinero que el tío Miserias había arrancado a los
desdichados vecinos pasaba a Victorio, que se lo gastaba con rumbo.
A pesar de esto, no se perdía, al revés, llevaba camino de enriquecerse
y de acrecentar su fortuna.
Victorio era dueño de una chirlata de la calle del Olivar, donde se
jugaba a juegos prohibidos, y de una taberna de la calle del León.
La taberna le daba a Victorio grandes ganancias, porque tenía una
tertulia muy productiva. Varios puntos entendidos con la casa iniciaban
una partida de juego, y cuando había dinero en la mesa, alguno gritaba:
--¡Señores, la Policía!
Y unas cuantas manos solícitas cogían las monedas, mientras que los
agentes de Policía conchabados entraban en el cuarto.
A pesar de su condición de explotador y de conquistador de muchachas,
la gente del barrio no le odiaba a Victorio. A todos les parecía muy
natural y lógico lo que hacía.
IX
LA CRUELDAD UNIVERSAL
TENÍA Andrés un gran deseo de comentar filosóficamente las vidas de
los vecinos de la casa de Lulú. A sus amigos no le interesaban estos
comentarios y filosofías, y decidió, una mañana de un día de fiesta, ir
a ver a su tío Iturrioz.
Al principio de conocerle, Andrés no le trató a su tío hasta los
catorce o quince años. Iturrioz le pareció un hombre seco y egoísta,
que lo tomaba todo con indiferencia; luego, sin saber a punto fijo
hasta dónde llegaba su egoísmo y su sequedad, encontró que era una
de las pocas personas con quien se podía conversar acerca de puntos
transcendentales.
Iturrioz vivía en un quinto piso del barrio de Argüelles, en una casa
con una hermosa azotea.
Le asistía un criado, antiguo soldado de la época en que Iturrioz fué
médico militar.
Entre amo y criado habían arreglado la azotea, pintado las tejas con
alquitrán, sin duda para hacerlas impermeables y puesto unas graderías
donde estaban escalonados las cajas de madera y los cubos llenos de
tierra donde tenían sus plantas.
Aquella mañana en que se presentó Andrés en casa de Iturrioz, su tío se
estaba bañando y el criado le llevó a la azotea.
Se veía desde allí el Guadarrama entre dos casas altas; hacia el Oeste,
el tejado del cuartel de la Montaña ocultaba los cerros de la Casa
de Campo, y a un lado del cuartel se destacaba la torre de Móstoles
y la carretera de Extremadura, con unos molinos de viento en sus
inmediaciones. Más al Sur brillaban, al sol de una mañana de abril, las
manchas verdes de los cementerios de San Isidro y San Justo, las dos
torres de Getafe y la ermita del Cerrillo de los Ángeles.
Poco después salía Iturrioz a la azotea.
--¿Qué, te pasa algo?--le dijo a su sobrino al verle.
--Nada; venía a charlar un rato con usted.
--Muy bien, siéntate; yo voy a regar mis tiestos.
Iturrioz abrió la fuente que tenía en un ángulo de la terraza, llenó
una cuba y comenzó con un cacharro a echar agua en las plantas.
Andrés habló de la gente de la vecindad de Lulú, de las escenas del
hospital, como casos extraños, dignos de un comentario; de Manolo el
Chafandín, del tío Miserias, de don Cleto, de doña Virginia...
--¿Qué consecuencias puede sacarse de todas estas vidas?--preguntó
Andrés al final.
--Para mí la consecuencia es fácil--contestó Iturrioz con el bote de
agua en la mano--. Que la vida es una lucha constante, una cacería
cruel en que nos vamos devorando los unos a los otros. Plantas,
microbios, animales.
--Si yo también he pensado en eso--repuso Andrés--; pero voy
abandonando la idea. Primeramente el concepto de la lucha por la vida
llevada así a los animales, a las plantas y hasta los minerales,
como se hace muchas veces, no es más que un concepto antropomórfico,
después, ¿qué lucha por la vida es la de ese hombre don Cleto, que se
abstiene de combatir, o la de ese hermano Juan, que da su dinero a los
enfermos?
--Te contestaré por partes--repuso Iturrioz dejando el bote para regar,
porque estas discusiones le apasionaban--. Tú me dices, este concepto
de lucha es un concepto antropomórfico. Claro, llamamos a todos los
conflictos lucha, porque es la idea humana que más se aproxima a esa
relación que para nosotros produce un vencedor y un vencido. Si no
tuviéramos este concepto en el fondo, no hablaríamos de lucha. La hiena
que monda los huesos de un cadáver, la araña que sorbe una mosca, no
hace más ni menos que el árbol bondadoso llevándose de la tierra el
agua y las sales necesarias para su vida. El espectador indiferente,
como yo, ve a la hiena, a la araña y al árbol, y se los explica. El
hombre justiciero le pega un tiro a la hiena, aplasta con la bota a la
araña y se sienta a la sombra del árbol, y cree que hace bien.
--Entonces ¿para usted no hay lucha, ni hay justicia?
--En un sentido absoluto, no; en un sentido relativo, sí. Todo lo que
vive tiene un proceso para apoderarse primero del espacio, ocupar un
lugar, luego para crecer y multiplicarse; este proceso de la energía
de un vivo contra los obstáculos del medio, es lo que llamamos lucha.
Respecto de la justicia, yo creo que lo justo en el fondo es lo que nos
conviene. Supón, en el ejemplo de antes, que la hiena, en vez de ser
muerta por el hombre, mata al hombre, que el árbol cae sobre él y le
aplasta, que la araña le hace una picadura venenosa; pues nada de eso
nos parece justo, porque no nos conviene. A pesar de que en el fondo
no haya más que esto, un interés utilitario ¿quién duda que la idea de
justicia y de equidad es una tendencia que existe en nosotros? ¿Pero
cómo la vamos a realizar?
--Eso es lo que yo me pregunto ¿cómo realizarla?
--¿Hay que indignarse porque una araña mate a una mosca?--siguió
diciendo Iturrioz--. Bueno. Indignémonos. ¿Qué vamos a hacer?
¿Matarla? Matémosla. Eso no impedirá que sigan las arañas comiéndose
a las moscas. ¿Vamos a quitarle al hombre esos instintos fieros que
te repugnan? ¿Vamos a borrar esa sentencia del poeta latino: _Homo
hominis lupus_, el hombre es un lobo para el hombre? Está bien. En
cuatro o cinco mil años lo podremos conseguir. El hombre ha hecho
de un carnívoro como el chacal, un omnívoro como el perro; pero se
necesitan muchos siglos para eso. No sé si habrás leído que Spallanzani
había acostumbrado a una paloma a comer carne y a un águila a comer y
digerir el pan. Ahí tienes el caso de esos grandes apóstoles religiosos
y laicos; son águilas que se alimentan de pan en vez de alimentarse
de carnes palpitantes, son lobos vegetarianos. Ahí tienes el caso del
hermano Juan...
--Ese no creo que sea un águila, ni un lobo.
--Será un mochuelo o una garduña; pero de instintos perturbados.
--Sí, es muy posible--repuso Andrés--; pero creo que nos hemos desviado
de la cuestión; no veo la consecuencia.
--La consecuencia, a la que yo iba era ésta, que ante la vida no hay
más que dos soluciones prácticas para el hombre sereno, o la abstención
y la contemplación indiferente de todo, o la acción limitándose a un
círculo pequeño. Es decir, que se puede tener el quijotismo contra una
anomalía; pero tenerlo contra una regla general, es absurdo.
--De manera que, según usted, el que quiera hacer algo tiene que
restringir su acción justiciera a un medio pequeño.
--Claro, a un medio pequeño; tú puedes abarcar en tu contemplación la
casa, el pueblo, el país, la sociedad, el mundo, todo lo vivo y todo lo
muerto; pero si intentas realizar una acción, y una acción justiciera,
tendrás que restringirte hasta el punto de que todo te vendrá ancho,
quizá hasta la misma conciencia.
--Es lo que tiene de bueno la filosofía--dijo Andrés con amargura; le
convence a uno de que lo mejor es no hacer nada.
Iturrioz dió unas cuantas vueltas por la azotea y luego dijo:
--Es la única objeción que me puedes hacer; pero no es mía la culpa.
--Ya lo sé.
--Ir a un sentido de justicia universal--prosiguió Iturrioz--es
perderse; adaptando el principio de Fritz Müller de que la embriología
de un animal reproduce su genealogía, o como dice Haeckel, que la
ontogenia es una recapitulación de la filogenia, se puede decir que la
psicología humana no es más que una síntesis de la psicología animal.
Así se encuentran en el hombre todas las formas de la explotación y
de la lucha: la del microbio, la del insecto, la de la fiera... Ese
usurero que tú me has descrito, el tío Miserias, ¡qué de avatares
no tiene en la zoología! Ahí están los acinétidos chupadores que
absorben la substancia protoplasmática de otros infusorios; ahí están
todas las especies de aspergilos que viven sobre las substancias
en descomposición. Estas antipatías de gente maleante ¿no están
admirablemente representadas en ese antagonismo irreductible del bacilo
de pus azul con la bacteridia carbuncosa?
--Sí es posible--murmuró Andrés.
--Y entre los insectos ¡qué de tíos Miserias!, ¡qué de Victorios!, ¡qué
de Manolos los Chafandines, no hay! Ahí tienes el _ichneumon_, que mete
sus huevos en una lombriz y la inyecta una substancia que obra como el
cloroformo; el _sphex_, que coge las arañas pequeñas, las agarrota,
las sujeta y envuelve en la tela y las echa vivas en las celdas de
sus larvas para que las vayan devorando; ahí están las avispas, que
hacen lo mismo, arrojando al _spoliarium_ que sirve de despensa para
sus crías, los pequeños insectos, paralizados por un lancetazo que les
dan con el aguijón en los anglios motores; ahí está el _estafilino_
que se lanza a traición sobre otro individuo de su especie, le sujeta,
le hiere y le absorbe los jugos; ahí está el _meloe_, que penetra
subrepticiamente en los panales de las abejas, se introduce en el
alvéolo en donde la reina pone su larva, se atraca de miel y luego se
come a la larva; ahí está...
--Sí, sí, no siga usted más; la vida es una cacería horrible.
--La Naturaleza es lo que tiene; cuando trata de reventar a uno, lo
revienta a conciencia. La justicia es una ilusión humana; en el fondo
todo es destruir, todo es crear. Cazar, guerrear, digerir, respirar,
son formas de creación y de destrucción al mismo tiempo.
--Y entonces, ¿qué hacer?--murmuró Andrés--. ¿Ir a la inconsciencia?
¿Digerir, guerrear, cazar, con la serenidad de un salvaje?
--¿Crees tú en la serenidad del salvaje?--preguntó Iturrioz--. ¡Qué
ilusión! Eso también es una invención nuestra. El salvaje nunca ha ido
sereno.
--¿Es que no habrá plan ninguno para vivir con cierto decoro?--preguntó
Andrés.
--El que lo tiene es porque ha inventado uno para su uso. Yo hoy creo
que todo lo natural, que todo lo espontáneo es malo; que sólo lo
artificial, lo creado por el hombre, es bueno. Si pudiera viviría en un
club de Londres, no iría nunca al campo, sino a un parque; bebería agua
filtrada y respiraría aire esterilizado...
Andrés ya no quiso atender a Iturrioz, que comenzaba a fantasear por
entretenimiento. Se levantó y se apoyó en el barandado de la azotea.
Sobre los tejados de la vecindad revoloteaban unas palomas; en un
canalón grande corrían y jugueteaban unos gatos.
Separados por una tapia alta había enfrente dos jardines: uno era de
un colegio de niñas, el otro de un convento de frailes.
El jardín del convento se hallaba rodeado por árboles frondosos; el del
colegio no tenía más que algunos macizos con hierbas y flores, y era
una cosa extraña que daba cierta impresión de algo alegórico, ver al
mismo tiempo jugar a las niñas corriendo y gritando, y a los frailes
que pasaban silenciosos en filas de cinco o seis dando la vuelta al
patio.
--Vida es lo uno y vida es lo otro--dijo Iturrioz filosóficamente
comenzando a regar sus plantas.
Andrés se fué a la calle.
--¿Qué hacer? ¿Qué dirección dar a la vida?--se preguntaba con
angustia. Y, la gente, las cosas, el sol, le parecían sin realidad ante
el problema planteado en su cerebro.
TERCERA PARTE
Tristezas y dolores.
I
DÍA DE NAVIDAD
UN día, ya en el último año de la carrera, antes de las Navidades,
al volver Andrés del hospital, le dijo Margarita que Luisito escupía
sangre. Al oirlo Andrés quedó frío como muerto. Fué a ver al niño,
apenas tenía fiebre, no le dolía el costado, respiraba con facilidad;
sólo un ligero tinte de rosa coloreaba una mejilla, mientras la otra
estaba pálida.
No se trataba de una enfermedad aguda. La idea de que el niño estuviera
tuberculoso le hizo temblar a Andrés. Luisito, con la inconsciencia de
la infancia, se dejaba reconocer y sonreía.
Andrés recogió un pañuelo manchado con sangre y lo llevó a que lo
analizasen al laboratorio. Pidió al médico de su sala que recomendara
el análisis.