conocerán?
--Yo sí la conozco--contestó Aracil.
Se acercaron a una casa próxima, de la misma calle, que hacía esquina a
la de la Verónica. En un balcón del piso principal se leía este letrero
a la luz de un farol:
VIRGINIA GARCÍA
COMADRONA CON TÍTULO DEL COLEGIO
DE SAN CARLOS
(_Sage femme._)
--No se ha debido acostar, porque hay luz--dijo Casares.
Julio llamó al sereno, que les abrió la puerta, y subieron todos al
piso principal. Salió a recibirles una criada vieja que les pasó a
un comedor en donde estaba la comadrona sentada a una mesa con dos
hombres. Tenían delante una botella de vino y tres vasos.
Doña Virginia era una mujer alta, rubia, gorda, con una cara de
angelito de Rubens que llevara cuarenta y cinco años revoloteando
por el mundo. Tenía la tez iluminada y rojiza, como la piel de un
cochinillo asado y unos lunares en el mentón que le hacían parecer una
mujer barbuda.
Andrés la conocía de vista por haberla encontrado en San Carlos en la
clínica de partos, ataviada con unos trajes claros y unos sombreros de
niña bastante ridículos.
De los dos hombres, uno era el amante de la comadrona. Doña Virginia
le presentó como un italiano profesor de idiomas de un colegio. Este
señor, por lo que habló, daba la impresión de esos personajes que han
viajado por el extranjero viviendo en hoteles de dos francos y que
luego ya no se pueden acostumbrar a la falta de _confort_ de España.
El otro, un tipo de aire siniestro, barba negra y anteojos, era nada
menos que el director de la revista _El Masón Ilustrado_.
Doña Virginia dijo a sus visitantes que aquel día estaba de guardia,
cuidando a una parturiente. La comadrona tenía una casa bastante grande
con unos gabinetes misteriosos que daban a la calle de la Verónica;
allí instalaba a las muchachas, hijas de familia, a las cuales, un mal
paso dejaba en situación comprometida.
Doña Virginia pretendía demostrar que era de una exquisita sensibilidad.
--¡Pobrecitas!--decía de sus huéspedas--. ¡Qué malos son ustedes los
hombres!
A Andrés esta mujer le pareció repulsiva.
En vista de que no podían quedarse allí, salió todo el grupo de hombres
a la calle. A los pocos pasos se encontraron con un muchacho, sobrino
de un prestamista de la calle de Atocha, acompañando a una chulapa con
la que pensaba ir al baile de la Zarzuela.
--¡Hola, Victorio!--le saludó Aracil.
--¡Hola, Julio!--contestó el otro--. ¿Qué tal? ¿De dónde salen ustedes?
--De aquí; de casa de doña Virginia.
--¡Valiente tía! Es una explotadora de esas pobres muchachas que lleva
a su casa engañadas.
¡Un prestamista llamando explotadora a una comadrona! Indudablemente,
el caso no era del todo vulgar.
El director de _El Masón Ilustrado_, que se reunió con Andrés, le dijo
con aire grave que doña Virginia era una mujer de cuidado; había echado
al otro mundo dos maridos, con dos jicarazos; no le asustaba nada.
Hacía abortar, suprimía chicos, secuestraba muchachas y las vendía.
Acostumbrada a hacer gimnasia, y a dar masaje, tenía más fuerzas que
un hombre, y para ella no era nada sujetar a una mujer como si fuera un
niño.
En estos negocios de abortos y de tercerías manifestaba una audacia
enorme. Como esas moscas sarcófagas que van a los animales despedazados
y a las carnes muertas, así aparecía doña Virginia con sus palabras
amables, allí donde olfateaba la familia arruinada a quien arrastraban
al _spoliarium_.
El italiano, aseguró el director de _El Masón Ilustrado_, no era
profesor de idiomas ni mucho menos, sino un cómplice en los negocios
nefandos de doña Virginia, y si sabía francés e inglés, era porque
había andado durante mucho tiempo de carterista, desvalijando a la
gente en los hoteles.
Fueron todos con Victorio hasta la Carrera de San Jerónimo; allí,
el sobrino del prestamista, les invitó a acompañarle al baile de la
Zarzuela; pero Aracil y Casares supusieron que Victorio no les querría
pagar la entrada, y dijeron que no.
--Vamos a hacer una cosa--propuso el sainetero amigo de Casares.
--¿Qué?--preguntó Julio.
--Vamos a casa de Villasús. Pura habrá salido del teatro ahora.
Villasús, según le dijeron a Andrés, era un autor dramático que tenía
dos hijas coristas. Este Villasús vivía en la Cuesta de Santo Domingo.
Se dirigieron a la Puerta del Sol; compraron pasteles en la calle del
Carmen esquina a la del Olivo; fueron después a la Cuesta de Santo
Domingo, y se detuvieron delante de una casa grande.
--Aquí no alborotemos--advirtió el sainetero, porque el sereno no nos
abriría.
Abrió el sereno, entraron en un espacioso portal, y Casares y su amigo,
Julio, Andrés y el director de _El Masón Ilustrado_, comenzaron a subir
una ancha escalera hasta llegar a las guardillas, alumbrándose con
fósforos.
Llamaron en una puerta, apareció una muchacha que les hizo pasar a un
estudio de pintor y poco después se presentó un señor de barba y pelo
entrecano, envuelto en un gabán.
Este señor Rafael Villasús era un pobre diablo autor de comedias y de
dramas detestables en verso.
El poeta, como se llamaba él, vivía su vida en artista, en bohemio; era
en el fondo un completo majadero, que había echado a perder a sus hijas
por un estúpido romanticismo.
Pura y Ernestina llevaban un camino desastroso; ninguna de las dos
tenía condición para la escena; pero el padre no creía más que en el
arte, y las había llevado al Conservatorio, luego metido en un teatro
de partiquinas y relacionado con periodistas y cómicos.
Pura, la mayor, tenía un hijo con un sainetero amigo de Casares, y
Ernestina estaba enredada con un revendedor.
El amante de Pura, además de un acreditado imbécil, fabricante de
chistes estúpidos, como la mayoría de los del gremio, era un granuja,
dispuesto a llevarse todo lo que veía. Aquella noche estaba allí. Era
un hombre alto, flaco, moreno, con el labio inferior colgante.
Los dos saineteros hicieron gala de su ingenio, sacando a relucir una
colección de chistes viejos y manidos. Ellos dos y los otros, Casares,
Aracil y el director de _El Masón Ilustrado_, tomaron la casa de
Villasús como terreno conquistado e hicieron una porción de horrores
con una mala intención canallesca.
Se reían de la chifladura del padre, que creía que todo aquello era la
vida artística. El pobre imbécil no notaba la mala voluntad que ponían
todos en sus bromas.
Las hijas, dos mujeres estúpidas y feas, comieron con avidez los
pasteles que habían llevado los visitantes, sin hacer caso de nada.
Uno de los saineteros hizo el león, tirándose por el suelo y rugiendo,
y el padre leyó unas quintillas que se aplaudieron a rabiar.
Hurtado, cansado del ruido y de las gracias de los saineteros, fué a la
cocina a beber un vaso de agua y se encontró con Casares y el director
de _El Masón Ilustrado_. Este estaba empeñado en ensuciarse en uno de
los pucheros de la cocina y echarlo luego en la tinaja del agua.
Le parecía la suya una ocurrencia graciosísima.
--Pero usted es un imbécil--le dijo Andrés bruscamente.
--¿Cómo?
--Que es usted un imbécil, una mala bestia.
--¡Usted no me dice a mí eso!--gritó el masón.
--¿No está usted oyendo que se lo digo?
--En la calle no me repite usted eso.
--En la calle y en todas partes.
Casares tuvo que intervenir, y como sin duda quería marcharse,
aprovechó la ocasión de acompañar a Hurtado diciendo que iba para
evitar cualquier conflicto. Pura bajó a abrirles la puerta, y el
periodista y Andrés fueron juntos hasta la Puerta del Sol. Casares le
brindó su protección a Andrés; sin duda, prometía protección y ayuda a
todo el mundo.
Hurtado se marchó a casa mal impresionado. Doña Virginia, explotando y
vendiendo mujeres; aquellos jóvenes, escarneciendo a una pobre gente
desdichada. La piedad no aparecía por el mundo.
IV
LULÚ
LA conversación que tuvo en el baile con Lulú, dió a Hurtado el deseo
de intimar algo más con la muchacha.
Realmente la chica era simpática y graciosa. Tenía los ojos
desnivelados, uno más alto que otro, y al reir los entornaba hasta
convertirlos en dos rayitas, lo que le daba una gran expresión de
malicia; su sonrisa levantaba las comisuras de los labios para arriba,
y su cara tomaba un aire satírico y agudo.
No se mordía la lengua para hablar. Decía habitualmente horrores. No
había en ella dique para su desenfreno espiritual, y cuando llegaba a
lo más escabroso, una expresión de cinismo brillaba en sus ojos.
El primer día que fué Andrés a ver a Lulú después del baile, contó su
visita a casa de doña Virginia.
--¿Estuvieron ustedes a ver a la comadrona?--preguntó Lulú.
--Sí
--Valiente tía cerda.
--Niña--exclamó doña Leonarda-, ¿qué expresiones son esas?
--¿Pues qué es, sino una alcahueta o algo peor?
--¡Jesús! ¡Qué palabras!
--A mí me vino un día--siguió diciendo Lulú--preguntándome si quería ir
con ella a casa de un viejo. ¡Qué tía guarra!
A Hurtado le asombraba la mordacidad de Lulú. No tenía ese repertorio
vulgar de chistes oídos en el teatro; en ella todo era callejero,
popular.
Andrés comenzó a ir con frecuencia a la casa, sólo para oir a Lulú.
Era, sin duda, una mujer inteligente, cerebral, como la mayoría de
las muchachas que viven trabajando en las grandes ciudades, con una
aspiración mayor por ver, por enterarse, por distinguirse, que por
sentir placeres sensuales.
A Hurtado le sorprendía; pero no le producía la más ligera idea de
hacerle el amor. Hubiera sido imposible para él pensar que pudiera
llegar a tener con Lulú más que una cordial amistad.
Lulú bordaba para un taller de la calle de Segovia, y solía ganar hasta
tres pesetas al día. Con esto, unido a la pequeña pensión de doña
Leonarda, vivía la familia; Niní ganaba poco, porque, aunque trabajaba,
era torpe.
Cuando Andrés iba por las tardes, se encontraba a Lulú con el bastidor
en las rodillas, unas veces cantando a voz en grito, otras muy
silenciosa.
Lulú cogía rápidamente las canciones de la calle y las cantaba con una
picardía admirable. Sobre todo, esas tonadillas encanalladas, de letra
grotesca, eran las que más le gustaban.
El tango aquel que empieza diciendo:
Un cocinero de Cádiz, muy afamado,
a las mujeres las compara con el guisado,
y esos otros en que las mujeres entran en quinta, o tienen que ser
marineras, el de la ¿Niña qué?, o el de las mujeres que montan en
bicicleta, en el que hay esa preocupación graciosa, expresada así:
Por eso hay ahora
mil discusiones,
por si han de llevar faldas
o pantalones.
Todas estas canciones populares las cantaba con muchísima gracia.
A veces le faltaba el humor y tenía esos silencios llenos de
pensamientos de las chicas inquietas y neuróticas. En aquellos
instantes sus ideas parecían converger hacia adentro, y la fuerza de
la ideación le impulsaba a callar. Si la llamaban de pronto, mientras
estaba ensimismada, se ruborizaba y se confundía.
--No sé lo que anda maquinando cuando está así--decía su madre--; pero
no debe ser nada bueno.
Lulú le contó a Andrés que de chica había pasado una larga temporada
sin querer hablar. En aquella época el hablar le producía una gran
tristeza, y desde entonces le quedaban estos arrechuchos.
Muchas veces Lulú dejaba el bastidor y se largaba a la calle a comprar
algo en la mercería próxima, y contestaba a las frases de los horteras
de la manera más procaz y descarada.
Este poco apego a defender los intereses de la clase les parecía a doña
Leonarda y a Niní una verdadera vergüenza.
--Ten en cuenta que tu padre fué un personaje--decía doña Leonarda con
énfasis.
--Y nosotras nos morimos de hambre--replicaba Lulú.
Cuando obscurecía y las tres mujeres dejaban la labor, Lulú se metía
en algún rincón, apoyándose en varios sitios al mismo tiempo. Así como
encajonada, en un espacio estrecho, formado por dos sillas y la mesa
o por las sillas y el armario del comedor, se ponía a hablar con su
habitual cinismo, escandalizando a su madre y a su hermana. Todo lo que
fuera deforme en un sentido humano la regocijaba. Estaba acostumbrada
a no guardar respeto a nada ni a nadie. No podía tener amigas de su
edad, porque le gustaba espantar a las mojigatas con barbaridades; en
cambio, era buena para los viejos y para los enfermos, comprendía sus
manías, sus egoísmos, y se reía de ellos. Era también servicial; no
le molestaba andar con un chico sucio en brazos o cuidar de una vieja
enferma de la guardilla.
A veces, Andrés la encontraba más deprimida que de ordinario; entre
aquellos parapetos de sillas viejas solía estar con la cabeza apoyada
en la mano, riéndose de la miseria del cuarto, mirando fijamente el
techo o alguno de los agujeros de la estera.
Otras veces se ponía a cantar la misma canción sin parar.
--Pero, muchacha, ¡cállate!--decía su madre--. Me tienes loca con ese
estribillo.
Y Lulú callaba; pero al poco tiempo volvía con la canción.
A veces iba por la casa un amigo del marido de doña Leonarda, don
Prudencio González.
Don Prudencio era un chulo grueso, de abdomen abultado. Gastaba levita
negra, chaleco blanco, del que colgaba la cadena del reloj llena de
dijes. Tenía los ojos desdeñosos, pequeños, el bigote corto y pintado y
la cara roja. Hablaba con acento andaluz y tomaba posturas académicas
en la conversación.
El día que iba don Prudencio, doña Leonarda se multiplicaba.
--Usted, que ha conocido a mi marido--decía con voz lacrimosa--. Usted,
que nos ha visto en otra posición.
Y doña Leonarda hablaba con lágrimas en los ojos de los esplendores
pasados.
V
MÁS DE LULÚ
ALGUNOS días de fiesta, por la tarde, Andrés acompañó a Lulú y a su
madre a dar un paseo por el Retiro o por el Jardín Botánico.
El Botánico le gustaba más a Lulú por ser más popular y estar cerca
de su casa, y por aquel olor acre que daban los viejos mirtos de las
avenidas.
--Porque es usted, le dejo que acompañe a Lulú--decía doña Leonarda,
con cierto retintín.
--Bueno, bueno, mamá--replicaba Lulú--. Todo eso está de más.
En el Botánico se sentaban en algún banco, y charlaban. Lulú contaba
su vida y sus impresiones, sobre todo de la niñez. Los recuerdos de la
infancia estaban muy grabados en su imaginación.
--¡Me da una pena pensar en cuando era chica!--decía.
--¿Por qué? ¿Vivía usted bien?--le preguntaba Hurtado.
--No, no; pero me da mucha pena.
Contaba Lulú que de niña la pegaban para que no comiera el yeso de
las paredes y los periódicos. En aquella época había tenido jaquecas,
ataques de nervios; pero ya hacía mucho tiempo que no padecía ningún
trastorno. Eso sí, era un poco desigual; tan pronto se sentía capaz de
estar derecha una barbaridad de tiempo, como se encontraba tan cansada,
que el menor esfuerzo la rendía.
Esta desigualdad orgánica se reflejaba en su manera de ser espiritual y
material. Lulú era muy arbitraria; ponía sus antipatías y sus simpatías
sin razón alguna.
No le gustaba comer con orden, ni quería alimentos calientes; sólo le
apetecían cosas frías, picantes, con vinagre, escabeche, naranjas...
--¡Ah!, si yo fuera de su familia, eso no se lo consentiría a usted--le
decía Andrés.
--¿No?
--No.
--Pues diga usted que es mi primo.
--Usted ríase--contestaba Andrés--; pero yo la metería en cintura.
--¡Ay, ay, ay, que me estoy mareando!--contestaba ella, cantando
descaradamente.
Andrés Hurtado trataba a pocas mujeres; si hubiese conocido más y
podido comparar, hubiera llegado a sentir estimación por Lulú.
En el fondo de su falta de ilusión y de moral, al menos de moral
corriente, tenía esta muchacha una idea muy humana y muy noble de las
cosas. A ella no le parecían mal el adulterio, ni los vicios, ni las
mayores enormidades; lo que le molestaba era la doblez, la hipocresía,
la mala fe. Sentía un gran deseo de lealtad.
Decía que si un hombre la pretendía, y ella viera que la quería de
verdad, se iría con él, fuera rico o pobre, soltero o casado.
Tal afirmación parecía una monstruosidad, una indecencia a Niní y a
doña Leonarda. Lulú no aceptaba derechos ni prácticas sociales.
--Cada cual debe hacer lo que quiera--decía.
El desenfado inicial de su vida le daba un valor para opinar muy grande.
--¿De veras se iría usted con un hombre?--le preguntaba Andrés.
--Si me quería de verdad, ¡ya lo creo! Aunque me pegara después.
--¿Sin casarse?
--Sin casarme, ¿por qué no? Si vivía dos o tres años con ilusión y con
entusiasmo, pues eso no me lo quitaba nadie.
--¿Y luego?...
--Luego seguiría trabajando como ahora, o me envenenaría.
Esta tendencia al final trágico era muy frecuente en Lulú; sin duda
le atraía la idea de acabar, y de acabar de una manera melodramática.
Decía que no le gustaría llegar a vieja.
En su franqueza extraordinaria, hablaba con cinismo. Un día le dijo a
Andrés:
--Ya ve usted: hace unos años estuve a punto de perder la honra, como
decimos las mujeres.
--¿Por qué?--preguntó Andrés, asombrado, al oir esta revelación.
--Porque un bestia de la vecindad quiso forzarme. Yo tenía doce años.
Y gracias que llevaba pantalones y empecé a chillar; si no... estaría
deshonrada--añadió con voz campanuda.
--Parece que la idea no le espanta a usted mucho.
--Para una mujer que no es guapa, como yo, y que tiene que estar
siempre trabajando, como yo, la cosa no tiene gran importancia.
¿Qué había de verdad en esta manía de sinceridad y de análisis de
Lulú?--se preguntaba Andrés--. ¿Era espontánea, era sentida, o había
algo de ostentación para parecer original? Difícil era averiguarlo.
Algunos sábados por la noche, Julio y Andrés convidaban a Lulú, a Niní
y a su madre a ir a algún teatro, y después entraban en un café.
VI
MANOLO EL CHAFANDÍN
UNA amiga, con la cual solía prestarse mutuos servicios Lulú, era una
vieja, planchadora de la vecindad, que se llamaba Venancia.
La señora Venancia tendría unos sesenta años, y trabajaba
constantemente; invierno y verano estaba en su cuartucho, sin cesar de
planchar un momento. La señora Venancia vivía con su hija y su yerno,
un chulapo a quien llamaban Manolo el Chafandín.
El tal Manolo, hombre de muchos oficios y de ninguno, no trabajaba más
que rara vez, y vivía a costa de la suegra.
Manolo tenía tres o cuatro hijos, y el último era una niña de pecho que
solía estar con frecuencia metida en un cesto en el cuarto de la señora
Venancia, y a quien Lulú solía pasear en brazos por la galería.
--¿Qué va a ser esta niña?--preguntaban algunos.
Y Lulú contestaba:
--Golfa, golfa--u otra palabra más dura, y añadía: Así la llevarán en
coche, como a la Estrella.
La hija de la señora Venancia era una vaca sin cencerro, holgazana,
borracha, que se pasaba la vida disputando con las comadres de la
vecindad. Como a Manolo, su hombre, no le gustaba trabajar, toda la
familia vivía a costa de la señora Venancia, y el dinero del taller de
planchado no bastaba, naturalmente, para subvenir a las necesidades de
la casa.
Cuando la Venancia y el yerno disputaban, la mujer de Manolo siempre
salía a la defensa del marido, como si este holgazán tuviera derecho a
vivir del trabajo de los demás.
Lulú, que era justiciera, un día, al ver que la hija atropellaba a la
madre, salió en defensa de la Venancia, y se insultó con la mujer de
Manolo; la llamó tía zorra, borracha, perro y añadió que su marido
era un cabronazo; la otra le dijo que ella y toda su familia eran
unas cursis muertas de hambre, y gracias a que se interpusieron otras
vecinas, no se tiraron de los pelos.
Aquellas palabras ocasionaron un conflicto, porque Manolo el
Chafandín, que era un chulo aburrido, de estos cobardes, decidió pedir
explicaciones a Lulú de sus palabras.
Doña Leonarda y Niní, al saber lo ocurrido, se escandalizaron. Doña
Leonarda echó una chillería a Lulú por mezclarse con aquella gente.
Doña Leonarda no tenía sensibilidad más que para las cosas que se
referían a su respetabilidad social.
--Estás empeñada en ultrajarnos--dijo a Lulú medio llorando--. ¿Qué
vamos a hacer, Dios mío, cuando venga ese hombre?
--Que venga--replicó Lulú--; yo le diré que es un gandul y que más le
valía trabajar y no vivir de su suegra.
--¿Pero a ti qué te importa lo que hacen los demás? ¿Por qué te mezclas
con esa gente?
Llegaron por la tarde Julio Aracil y Andrés y doña Leonarda les puso al
corriente de lo ocurrido.
--Qué demonio; no les pasará a ustedes nada--dijo Andrés--; aquí
estaremos nosotros.
Aracil, al saber lo que sucedía y la visita anunciada del Chafandín, se
hubiera marchado con gusto, porque no era amigo de trifulcas; pero por
no pasar por un cobarde, se quedó.
A media tarde llamaron a la puerta, y se oyó decir:
--¿Se puede?
--Adelante--dijo Andrés.
Se presentó Manolo el Chafandín, vestido de día de fiesta, muy
elegante, muy empaquetado, con un sombrero ancho torero y una gran
cadena de reloj de plata. En su mejilla, un lunar negro y rizado
trazaba tantas vueltas como el muelle de un reloj de bolsillo. Doña
Leonarda y Niní temblaron al ver a Manolo. Andrés y Julio le invitaron
a explicarse.
El Chafandín puso su garrota en el antebrazo izquierdo, y comenzó una
retahila larga de reflexiones y consideraciones acerca de la honra y de
las palabras que se dicen imprudentemente.
Se veía que estaba sondeando a ver si se podía atrever a echárselas de
valiente, porque aquellos señoritos lo mismo podían ser dos panolis que
dos puntos bragados que le hartasen de mojicones.
Lulú escuchaba nerviosa, moviendo los brazos y las piernas, dispuesta a
saltar.
El Chafandín comenzó a envalentonarse al ver que no le contestaban, y
subió el tono de la voz.
--Porque aquí (y señaló a Lulú con el garrote) le ha llamado a mi
señora zorra, y mi señora no es una zorra; habrá otras más zorras
que ella, y aquí (y volvió a señalar a Lulú) ha dicho que yo soy un
cabronazo, y ¡maldita sea la!... que yo le como los hígados al que diga
eso.
Al terminar su frase, el Chafandín dió un golpe con el garrote en el
suelo.
Viendo que el Chafandín se desmandaba, Andrés, un poco pálido, se
levantó y le dijo:
--Bueno; siéntese usted.
--Estoy bien así--dijo el chulo.
--No, hombre. Siéntese usted. Está usted hablando desde hace mucho
tiempo, de pie, y se va usted a cansar.
Manolo el Chafandín se sentó, algo escamado.
--Ahora, diga usted--siguió diciendo Andrés--qué es lo que usted
quiere, en resumen.
--¿En resumen?
--Sí.
--Pues yo quiero una explicación.
--Una explicación, ¿de qué?
--De las palabras que ha dicho aquí (y volvió a señalar a Lulú) contra
mi señora y contra este servidor.
--Vamos, hombre, no sea usted imbécil.
--Yo no soy imbécil.
--¿Qué quiere usted que diga esta señorita? ¿Que su mujer no es una
zorra, ni una borracha, ni un perro, y que usted no es un cabronazo?
Bueno; Lulú, diga usted eso para que este buen hombre se vaya tranquilo.
--A mí ningún pollo neque me toma el pelo--dijo el Chafandín,
levantándose.
--Yo lo que voy a hacer--dijo Andrés irritado--es darle un silletazo en
la cabeza y echarle a puntapiés por las escaleras.
--¿Usted?
--Sí; yo.
Y Andrés se acercó al chulo con la silla en el aire. Doña Leonarda y
sus hijas empezaron a gritar; el Chafandín se acercó rápidamente a la
puerta y la abrió. Andrés se fué a él; pero el Chafandín cerró la
puerta y se escapó por la galería, soltando bravatas e insultos.
Andrés quería salir a calentarle las costillas para enseñarle a tratar
a las personas; pero entre las mujeres y Julio le convencieron de que
se quedara.
Durante toda la riña Lulú estaba vibrando, dispuesta a intervenir.
Cuando Andrés se despidió, le estrechó la mano entre las suyas con más
fuerza que de ordinario.
VII
HISTORIA DE LA VENANCIA
LA escena bufa con Manolo el Chafandín hizo que en la casa de doña
Leonarda se le considerara a Andrés como a un héroe. Lulú le llevó
un día al taller de la Venancia. La Venancia era una de estas viejas
secas, limpias, trabajadoras; se pasaba el día sin descansar un momento.
Tenía una vida curiosa. De joven había estado de doncella en varias
casas, hasta que murió su última señora y dejó de servir.
La idea del mundo de la Venancia era un poco caprichosa. Para ella el
rico, sobre todo el aristócrata, pertenecía a una clase superior a la
humana.
Un aristócrata tenía derecho a todo, al vicio, a la inmoralidad, al
egoísmo; estaba como por encima de la moral corriente. Una pobre como
ella, voluble, egoísta o adúltera le parecía una cosa monstruosa; pero
esto mismo en una señorona lo encontraba disculpable.
A Andrés le asombraba una filosofía tan extraña, por la cual el que
posee salud, fuerza, belleza y privilegios tiene más derecho a otras
ventajas que el que no conoce más que la enfermedad, la debilidad, lo
feo y lo sucio.