Las palabras de Aracil eran la gota de agua fría en las exaltaciones

humanitarias de Andrés.

--Si quieres dedicarte a esas cosas--le decía--, hazte político,

aprende a hablar.

--Pero si yo no me quiero dedicar a político--replicaba Andrés

indignado.

--Pues si no, no puedes hacer nada.

Claro que toda reforma en un sentido humanitario tenía que ser

colectiva y realizarse por un procedimiento político, y a Julio no le

era muy difícil convencer a su amigo de lo turbio de la política.

Julio llevaba la duda a los romanticismos de Hurtado; no necesitaba

insistir mucho para convencerle de que la política es un arte de

granjería.

Realmente, la política española nunca ha sido nada alto ni nada noble;

no era muy difícil convencer a un madrileño de que no debía tener

confianza en ella.

La inacción, la sospecha de la inanidad y de la impureza de todo

arrastraban a Hurtado cada vez más a sentirse pesimista.

Se iba inclinando aun anarquismo espiritual, basado en la simpatía y en

la piedad, sin solución práctica ninguna.

La lógica justiciera y revolucionaria de los Saint-Just ya no le

entusiasmaba, le parecía una cosa artificial y fuera de la naturaleza.

Pensaba que en la vida ni había ni podía haber justicia. La vida era

una corriente tumultuosa e inconsciente donde los actores representaban

una tragedia que no comprendían, y los hombres, llegados a un estado

de intelectualidad, contemplaban la escena con una mirada compasiva y

piadosa.

Estos vaivenes en las ideas, esta falta de plan y de freno, le llevaban

a Andrés al mayor desconcierto, a una sobrexcitación cerebral continua

e inútil.

XI

DE ALUMNO INTERNO

A mediados de curso se celebraron exámenes de alumnos internos para el

hospital general.

Aracil, Montaner y Hurtado decidieron presentarse. El examen consistía

en unas preguntas hechas al capricho por los profesores acerca de

puntos de las asignaturas ya cursadas por los alumnos. Hurtado fué a

ver a su tío Iturrioz para que le recomendara.

--Bueno, te recomendaré--le dijo el tío--; ¿tienes afición a la carrera?

--Muy poca.

--Y entonces, ¿para qué quieres entrar en el hospital?

--¡Ya, qué le voy a hacer! Veré si voy adquiriendo la afición. Además,

cobraré unos cuartos, que me convienen.

--Muy bien--contestó Iturrioz--. Contigo se sabe a qué atenerse; eso me

gusta.

En el examen, Aracil y Hurtado salieron aprobados.

Primero tenían que ser libretistas; su obligación consistía en ir por

la mañana y apuntar las recetas que ordenaba el médico; por la tarde,

recoger la botica, repartirla y hacer guardias. De libretistas, con

seis duros al mes, pasaban a internos de clase superior, con nueve,

y luego a ayudantes, con doce duros, lo que representaba la cantidad

respetable de dos pesetas al día.

Andrés fué llamado por un médico amigo de su tío, que visitaba una de

las salas altas del tercer piso del hospital. La sala era de Medicina.

El médico, hombre estudioso, había llegado a dominar el diagnóstico

como pocos. Fuera de su profesión no le interesaba nada: política,

literatura, arte, filosofía o astronomía, todo lo que no fuera

auscultar o percutir, analizar orinas o esputos, era letra muerta para

él.

Consideraba, y quizá tenía razón, que la verdadera moral del estudiante

de Medicina estribaba en ocuparse únicamente de lo médico, y fuera

de esto, divertirse. A Andrés le preocupaban más las ideas y los

sentimientos de los enfermos que los síntomas de las enfermedades.

Pronto pudo ver el médico de la sala la poca afición de Hurtado por la

carrera.

--Usted piensa en todo menos en lo que es Medicina--le dijo a Andrés

con severidad.

El médico de la sala estaba en lo cierto. El nuevo interno no llevaba

el camino de ser un clínico; le interesaban los aspectos psicológicos

de las cosas; quería investigar qué hacían las hermanas de la Caridad,

si tenían o no vocación; sentía curiosidad por saber la organización

del hospital y averiguar por dónde se filtraba el dinero consignado por

la Diputación.

La inmoralidad dominaba dentro del vetusto edificio. Desde los

administradores de la Diputación provincial hasta una sociedad de

internos que vendía la quinina del hospital en las boticas de la calle

de Atocha, había seguramente todas las formas de la filtración. En las

guardias, los internos y los señores capellanes se dedicaban a jugar al

monte, y en el Arsenal funcionaba casi constantemente una timba en la

que la postura menor era una perra gorda.

Los médicos, entre los que había algunos muy chulos; los curas, que no

lo eran menos, y los internos se pasaban la noche tirando de la oreja a

Jorge.

Los señores capellanes se jugaban las pestañas; uno de ellos era

un hombrecito bajito, cínico y rubio, que había llegado a olvidar

sus estudios de cura y adquirido afición por la Medicina. Como la

carrera de médico era demasiado larga para él, se iba a examinar de

ministrante, y si podía, pensaba abandonar definitivamente los hábitos.

El otro cura era un mozo bravío, alto, fuerte, de facciones enérgicas.

Hablaba de una manera terminante y despótica; solía contar con gracejo

historias verdes, que provocaban bárbaros comentarios.

Si alguna persona devota le reprochaba la inconveniencia de sus

palabras, el cura cambiaba de voz y de gesto, y con una marcada

hipocresía, tomando un tonillo de falsa unción, que no cuadraba bien

con su cara morena y con la expresión de sus ojos negros y atrevidos,

afirmaba que la religión nada tenía que ver con los vicios de sus

indignos sacerdotes.

Algunos internos que le conocían desde hacía algún tiempo y le hablaban

de tú, le llamaban Lagartijo, porque se parecía algo a este célebre

torero.

--Oye, tú, Lagartijo--le decían.

--Qué más quisiera yo--replicaba el cura--que cambiar la estola por una

muleta, y en vez de ayudar a bien morir ponerme a matar toros.

Como perdía en el juego con frecuencia, tenía muchos apuros.

Una vez le decía a Andrés, entre juramentos pintorescos:

--Yo no puedo vivir así. No voy a tener más remedio que lanzarme a la

calle a decir misa en todas partes y tragarme todos los días catorce

hostias.

A Hurtado estos rasgos de cinismo no le agradaban.

Entre los practicantes había algunos curiosísimos, verdaderas ratas

de hospital, que llevaban quince o veinte años allí, sin concluir la

carrera, y que visitaban clandestinamente en los barrios bajos más que

muchos médicos.

Andrés se hizo amigo de las hermanas de la Caridad de su sala y de

algunas otras.

Le hubiera gustado creer, a pesar de no ser religioso, por

romanticismo, que las hermanas de la Caridad eran angelicales; pero la

verdad, en el hospital no se las veía más que cuidarse de cuestiones

administrativas y de llamar al confesor cuando un enfermo se ponía

grave.

Además, no eran criaturas idealistas, místicas, que consideraran el

mundo como un valle de lágrimas, sino muchachas sin recursos, algunas

viudas, que tomaban el cargo como un oficio, para ir viviendo.

Luego las buenas hermanas tenían lo mejor del hospital acotado para

ellas...

Una vez un enfermero le dió a Andrés un cuadernito encontrado entre

papeles viejos que habían sacado del pabellón de las hijas de la

Caridad.

Era el diario de una monja, una serie de notas muy breves, muy

lacónicas, con algunas impresiones acerca de la vida del hospital, que

abarcaban cinco o seis meses.

En la primera página tenía un nombre: sor María de la Cruz, y al lado

una fecha. Andrés leyó el diario y quedó sorprendido. Había allí una

narración tan sencilla, tan ingenua de la vida hospitalesca, contada

con tanta gracia, que le dejó emocionado.

Andrés quiso enterarse de quién era sor María, de si vivía en el

hospital o dónde estaba.

No tardó en averiguar que había muerto. Una monja, ya vieja, la había

conocido. Le dijo a Andrés que al poco tiempo de llegar al hospital,

la trasladaron a una sala de tíficos, y allí adquirió la enfermedad y

murió.

No se atrevió Andrés a preguntar cómo era, qué cara tenía, aunque

hubiese dado cualquier cosa por saberlo.

Andrés guardó el diario de la monja como una reliquia, y muchas veces

pensó en cómo sería, y hasta llegó a sentir por ella una verdadera

obsesión.

Un tipo misterioso y extraño del hospital, que llamaba mucho la

atención, y de quien se contaban varias historias, era el hermano Juan.

Este hombre, que no se sabía de dónde había venido, andaba vestido

con una blusa negra, alpargatas y un crucifijo colgado al cuello. El

hermano Juan cuidaba por gusto de los enfermos contagiosos. Era, al

parecer, un místico, un hombre que vivía en su centro natural, en medio

de la miseria y el dolor.

El hermano Juan era un hombre bajito, tenía la barba negra, la mirada

brillante, los ademanes suaves, la voz melíflua. Era un tipo semítico.

Vivía en un callejón que separaba San Carlos del Hospital General. Este

callejón tenía dos puentes encristalados que lo cruzaban, y debajo de

uno de ellos, del que estaba más cerca de la calle de Atocha, había

establecido su cuchitril el hermano Juan.

En este cuchitril se encerraba con un perrito que le hacía compañía.

A cualquier hora que fuesen a llamar al hermano, siempre había luz en

su camaranchón y siempre se le encontraba despierto.

Según algunos, se pasaba la vida leyendo libros verdes; según otros,

rezaba; uno de los internos aseguraba haberle visto poniendo notas en

unos libros en francés y en inglés acerca de psicopatías sexuales.

Una noche en que Andrés estaba de guardia uno de los internos dijo:

--Vamos a ver al hermano Juan, y a pedirle algo de comer y de beber.

Fueron todos al callejón en donde el hermano tenía su escondrijo.

Había luz, miraron por si se veía algo, pero no se encontraba rendija

por donde espiar lo que hacía en el interior el misterioso enfermero.

Llamaron e inmediatamente apareció el hermano con su blusa negra.

--Estamos de guardia, hermano Juan--dijo uno de los internos--; venimos

a ver si nos da usted algo para tomar un modesto piscolabis.

--¡Pobrecitos! ¡Pobrecitos!--exclamó él--. Me encuentran ustedes muy

pobre. Pero ya veré, ya veré si tengo algo. Y el hombre desapareció

tras de la puerta, la cerró con mucho cuidado, y se presentó al poco

rato con un paquete de café, otro de azúcar y otro de galletas.

Volvieron los estudiantes al cuarto de guardia, comieron las galletas,

tomaron el café y discutieron el caso del hermano.

No había unanimidad; unos creían que era un hombre distinguido; otros

que era un antiguo criado; para algunos era un santo; para otros un

invertido sexual o algo por el estilo.

El hermano Juan era el tipo raro del hospital. Cuando recibía dinero,

no se sabía de dónde, convidaba a comer a los convalecientes y regalaba

las cosas que necesitaban los enfermos.

A pesar de su caridad y de sus buenas obras, este hermano Juan era para

Andrés repulsivo; le producía una impresión desagradable, una impresión

física, orgánica.

Había en él algo anormal, indudablemente. ¡Es tan lógico, tan natural

en el hombre huir del dolor, de la enfermedad, de la tristeza! Y, sin

embargo, para él, el sufrimiento, la pena, la suciedad, debían de ser

cosas atrayentes.

Andrés comprendía el otro extremo, que el hombre huyese del dolor

ajeno, como de una cosa horrible y repugnante, hasta llegar a la

indignidad, a la inhumanidad; comprendía que se evitara hasta la idea

de que hubiese sufrimiento alrededor de uno; pero ir a buscar lo

sucio, lo triste, deliberadamente, para convivir con ello, le parecía

una monstruosidad.

Así que cuando veía al hermano Juan, sentía esa impresión repelente, de

inhibición, que se experimenta ante los monstruos.

SEGUNDA PARTE

Las Carnarias.

I

LAS MINGLANILLAS

JULIO Aracil había intimado con Andrés. La vida en común de ambos en

San Carlos y en el hospital, iba unificando sus costumbres, aunque no

sus ideas ni sus afectos.

Con su dura filosofía del éxito, Julio comenzaba a sentir más

estimación por Hurtado que por Montaner.

Andrés había pasado a ser interno como él; Montaner, no sólo no pudo

aprobar en estos exámenes, sino que perdió el curso, y abandonándose

por completo, empezó a no ir a clase y a pasar el tiempo haciendo el

amor a una muchacha vecina suya.

Julio Aracil comenzaba a experimentar por su amigo un gran desprecio y

a desearle que todo le saliera mal.

Julio, con el pequeño sueldo del hospital, hacía cosas extraordinarias,

maravillosas; llegó hasta jugar a la Bolsa, a tener acciones de minas,

a comprar un título de la Deuda.

Julio quería que Andrés siguiera sus pasos de hombre de mundo.

--Te voy presentar en casa de las Minglanillas--le dijo un día riendo.

--¿Quiénes son las Minglanillas?--preguntó Hurtado.

--Unas chicas amigas mías.

--¿Se llaman así?

--No; pero yo las llamo así; porque, sobre todo la madre, parece un

personaje de Taboada.

--¿Y qué son?

--Son unas chicas hijas de una viuda pensionista. Niní y Lulú. Yo estoy

arreglado con Niní, con la mayor; tú te puedes entender con la chiquita.

--¿Pero arreglado hasta qué punto estás con ella?

--Pues hasta todos los puntos. Solemos ir los dos a un rincón de la

calle de Cervantes, que yo conozco, y que te lo recomendaré cuando lo

necesites.

--¿Te vas a casar con ella después?

--¡Quita de ahí, hombre! No sería mal imbécil.

--Pero has inutilizado a la muchacha.

--¡Yo! ¡Qué estupidez!

--¿Pues no es tu querida?

--¿Y quién lo sabe? Además, ¿a quién le importa?

--Sin embargo...

--¡Ca! Hay que dejarse de tonterías y aprovecharse. Si tú puedes hacer

lo mismo, serás un tonto si no lo haces.

A Hurtado no le parecía bien este egoísmo; pero tenía curiosidad por

conocer a la familia, y fué una tarde con Julio a verla.

Vivía la viuda y las dos hijas en la calle del Fúcar, en una casa

sórdida, de esas con patio de vecindad y galerías llenas de puertas.

Había en casa de la viuda un ambiente de miseria bastante triste; la

madre y las hijas llevaban trajes raídos y remendados; los muebles eran

pobres, menos alguno que otro indicador de ciertos esplendores pasados;

las sillas estaban destripadas y en los agujeros de la estera se metía

el pie al pasar.

La madre, doña Leonarda, era mujer poco simpática; tenía la cara

amarillenta, de color de membrillo; la expresión dura, falsamente

amable; la nariz corva; unos cuantos lunares en la barba, y la sonrisa

forzada.

La buena señora manifestaba unas ínfulas aristocráticas grotescas, y

recordaba los tiempos en que su marido había sido subsecretario e iba

la familia a veranear a San Juan de Luz. El que las chicas se llamaran

Niní y Lulú procedía de la niñera que tuvieron por primera vez, una

francesa.

Estos recuerdos de la gloria pasada, que doña Leonarda evocaba

accionando con el abanico cerrado como si fuera una batuta, le hacían

poner los ojos en blanco y suspirar tristemente.

Al llegar a la casa con Aracil, Julio se puso a charlar con Niní, y

Andrés sostuvo la conversación con Lulú y con su madre.

Lulú era una muchacha graciosa, pero no bonita; tenía los ojos verdes,

obscuros, sombreados por ojeras negruzcas; unos ojos que a Andrés le

parecieron muy humanos; la distancia de la nariz a la boca y de la boca

a la barba era en ella demasiado grande, lo que le daba cierto aspecto

simio: la frente pequeña, la boca, de labios finos, con una sonrisa

entre irónica y amarga; los dientes blancos, puntiagudos; la nariz un

poco respingona, y la cara pálida, de mal color.

Lulú demostró a Hurtado que tenía gracia, picardía e ingenio de sobra;

pero le faltaba el atractivo principal de una muchacha: la ingenuidad,

la frescura, la candidez. Era un producto marchito por el trabajo, por

la miseria y por la inteligencia. Sus diez y ocho años no parecían

juventud.

Su hermana Niní, de facciones incorrectas, y sobre todo menos

espirituales, era más mujer, tenía deseo de agradar, hipocresía,

disimulo. El esfuerzo constante hecho por Niní para presentarse como

ingenua y cándida, le daba un carácter más femenino, más corriente

también y vulgar.

Andrés quedó convencido de que la madre conocía las verdaderas

relaciones de Julio y de su hija Niní. Sin duda ella misma había

dejado que la chica se comprometiera, pensando que luego Aracil no la

abandonaría.

A Hurtado no le gustó la casa; aprovecharse, como Julio, de la miseria

de la familia para hacer de Niní su querida, con la idea de abandonarla

cuando le conviniera, le parecía una mala acción.

Todavía si Andrés no hubiera estado en el secreto de las intenciones

de Julio, hubiese ido a casa de doña Leonarda sin molestia; pero

tener la seguridad de que un día los amores de su amigo acabarían con

una pequeña tragedia de lloros y de lamentos, en que doña Leonarda

chillaría y a Niní le darían soponcios, era una perspectiva que le

disgustaba.

II

UNA CACHUPINADA

ANTES de Carnaval, Julio Aracil le dijo a Hurtado:

--¿Sabes? Vamos a tener baile en casa de las Minglanillas.

--¡Hombre! ¿Cuándo va a ser eso?

--El domingo de Carnaval. El petróleo para la luz y las pastas, el

alquiler del piano y el pianista, se pagarán entre todos. De manera que

si tú quieres ser de la cuadrilla, ya estás apoquinando.

--Bueno. No hay inconveniente. ¿Cuánto hay que pagar?

--Ya te lo diré uno de estos días.

--¿Quiénes van a ir?

--Pues irán algunas muchachas de la vecindad, con sus novios; Casares,

ese periodista amigo mío; un sainetero, y otros. Estará bien. Habrá

chicas guapas.

El domingo de Carnaval, después de salir de guardia del hospital, fué

Hurtado al baile. Eran ya las once de la noche. El sereno le abrió la

puerta. La casa de doña Leonarda rebosaba gente; la había hasta en la

escalera.

Al entrar Andrés se encontró a Julio en un grupo de jóvenes a quienes

no conocía. Julio le presentó a un sainetero, un hombre estúpido y

fúnebre, que a las primeras palabras, para demostrar sin duda su

profesión, dijo unos cuantos chistes, a cual más conocidos y vulgares.

También le presentó a Antoñito Casares, empleado y periodista, hombre

de gran partido entre las mujeres.

Antoñito era un andaluz con una moral de chulo; se figuraba que dejar

pasar a una mujer sin sacarle algo era una gran torpeza. Para Casares

toda mujer le debía, sólo por el hecho de serlo, una contribución, una

gabela.

Antoñito clasificaba a las mujeres en dos clases: unas las pobres, para

divertirse, y otra las ricas, para casarse con alguna de ellas por su

dinero, a ser posible.

Antoñito buscaba la mujer rica, con una constancia de anglo-sajón. Como

tenía buen aspecto y vestía bien, al principio las muchachas a quien se

dirigía le acogían como a un pretendiente aceptable. El audaz trataba

de ganar terreno; hablaba a las criadas, mandaba cartas, paseaba la

calle. A esto llamaba él _trabajar_ a una mujer. La muchacha, mientras

consideraba al galanteador como un buen partido, no le rechazaba; pero

cuando se enteraba de que era un empleadillo humilde, un periodista,

desconocido y gorrón, ya no le volvía a mirar a la cara.

Julio Aracil sentía un gran entusiasmo por Casares, a quien consideraba

como un compadre digno de él. Los dos pensaban ayudarse mutuamente para

subir en la vida.

Cuando comenzaron a tocar el piano todos los muchachos se lanzaron en

busca de pareja.

--¿Tú sabes bailar?--le preguntó Aracil a Hurtado.

--Yo no.

--Pues mira, vete al lado de Lulú, que tampoco quiere bailar, y trátala

con consideración.

--¿Por qué me dices esto?

--Porque hace un momento--añadió Julio con ironía--doña Leonarda me ha

dicho: A mis hijas hay que tratarlas como si fueran vírgenes, Julito,

como si fueran vírgenes.

Y Julio Aracil sonrió, remedando a la madre de Niní, con su sonrisa de

hombre mal intencionado y canalla.

Andrés fué abriéndose paso. Había varios quinqués de petróleo

iluminando la sala y el gabinete. En el comedorcito, la mesa ofrecía

a los concurrentes bandejas con dulces y pastas y botellas de vino

blanco. Entre las muchachas que más sensación producían en el baile

había una rubia, muy guapa, muy vistosa. Esta rubia tenía su historia.

Un señor rico que la rondaba se la llevó a un hotel de la Prosperidad,

y días después la rubia se escapó del hotel, huyendo del raptor, que al

parecer era un sátiro.

Toda la familia de la muchacha tenía cierto estigma de anormalidad. El

padre, un venerable anciano por su aspecto, había tenido un proceso por

violar a una niña, y un hermano de la rubia, después de disparar dos

tiros a su mujer, intentó suicidarse.

A esta rubia guapa, que se llamaba Estrella, la distinguían casi todas

las vecinas con un odio furioso.

Al parecer, por lo que dijeron, exhibía en el balcón, para que rabiaran

las muchachas de la vecindad, medias negras caladas, camisas de

seda llenas de lacitos y otra porción de prendas interiores lujosas

y espléndidas que no podían proceder más que de un comercio poco

honorable.

Doña Leonarda no quería que sus hijas se trataran con aquella muchacha;

según decía, ella no podía sancionar amistades de cierto género.

La hermana de la Estrella, Elvira, de doce o trece años, era muy

bonita, muy descocada, y seguía, sin duda, las huellas de la mayor.

--¡Esta _peque_ de la vecindad es más sinvergüenza!--dijo una vieja

detrás de Andrés, señalando a la Elvira.

La Estrella bailaba como hubiese podido hacerlo la diosa Venus, y al

moverse, sus caderas y su pecho abultado, se destacaban de una manera

un poco insultante.

Casares, al verla pasar, la decía:

--¡Vaya usted con Dios, guerrera!

Andrés avanzó en el cuarto hasta sentarse cerca de Lulú.

--Muy tarde ha venido usted--le dijo ella.

--Sí, he estado de media guardia en el hospital.

--¿Qué, no va usted a bailar?

--Yo no sé.

--¿No?

--No. ¿Y usted?

--Yo no tengo ganas. Me mareo.

Casares se acercó a Lulú a invitarle a bailar.

--Oiga usted, negra--la dijo.

--¿Qué quiere usted, blanco?--le preguntó ella con descaro.

--¿No quiere usted darse unas vueltecitas conmigo?

--No, señor.

--¿Y por qué?

--Porque no me sale... de adentro--contestó ella de una manera achulada.

--Tiene usted mala sangre, negra--le dijo Casares.

--Sí, que usted la debe tener buena, blanco--replicó ella.

--¿Por qué no ha querido usted bailar con él?--le preguntó Andrés.

--Porque es un boceras; un tío antipático, que cree que todas las

mujeres están enamoradas de él. ¡Que se vaya a paseo!

Siguió el baile con animación creciente y Andrés permaneció sin hablar

al lado de Lulú.

--Me hace usted mucha gracia--dijo ella de pronto, riéndose, con una

risa que le daba la expresión de una alimaña.

--¿Por qué?--preguntó Andrés, enrojeciendo súbitamente.

--¿No le ha dicho a usted Julio que se entienda conmigo? ¿Sí, verdad?

--No, no me ha dicho nada.

--Sí, diga usted que sí. Ahora, que usted es demasiado delicado para

confesarlo. A él le parece eso muy natural. Se tiene una novia pobre,

una señorita cursi como nosotras para entretenerse, y después se busca

una mujer que tenga algún dinero para casarse.

--No creo que esa sea su intención.

--¿Que no? ¡Ya lo creo! ¿Usted se figura que no va a abandonar a Niní?

En seguida que acabe la carrera. Yo le conozco mucho a Julio. Es un

egoísta y un canallita. Está engañando a mi madre y a mi hermana... y

total, ¿para qué?

--No sé lo que hará Julio... yo sé que no lo haría.

--Usted no, porque usted es de otra manera... Además, en usted no hay

caso, porque no se va a enamorar usted de mí, ni aun para divertirse.

--¿Por qué no?

--Porque no.

Ella comprendía que no gustara a los hombres.

A ella misma le gustaban más las chicas, y no es que tuviera instintos

viciosos; pero la verdad era que no le hacían impresión los hombres.

Sin duda, el velo que la naturaleza y el pudor han puesto sobre todos

los motivos de la vida sexual, se había desgarrado demasiado pronto

para ella; sin duda supo lo que eran la mujer y el hombre en una época

en que su instinto nada le decía, y esto le había producido una mezcla

de indiferencia y de repulsión por todas las cosas del amor.

Andrés pensó que esta repulsión provenía más que nada de la miseria

orgánica, de la falta de alimentación y de aire.

Lulú le confesó que estaba deseando morirse, de verdad, sin

romanticismo alguno; creía que nunca llegaría a vivir bien.

La conversación les hizo muy amigos a Andrés y a Lulú.

A las doce y media hubo que terminar el baile. Era condición

indispensable, fijada por doña Leonarda; las muchachas tenían que

trabajar al día siguiente, y por más que todo el mundo pidió que se

continuara, doña Leonarda fué inflexible, y para la una estaba ya

despejada la casa.

III

LAS MOSCAS

ANDRÉS salió a la calle con un grupo de hombres.

Hacía un frío intenso.

--¿Adónde iríamos?--preguntó Julio.

El árbol de la ciencia: novela · 第 3 / 15 段