comprobar lo difícil de conseguirlo le agradaba. Como era su dios,
su ídolo, de darse demasiado fácilmente, le hubiese parecido mal. Un
paraíso conseguido sin esfuerzo no entusiasma al creyente; la mitad por
lo menos del mérito de la gloria está en su dificultad, y para Julio
la dificultad de conseguir el dinero constituía uno de sus mayores
encantos.
Otra de las condiciones de Aracil era acomodarse a las circunstancias,
para él no había cosas desagradables; de considerarlo necesario, lo
aceptaba todo.
Con su sentido previsor de hormiga, calculaba la cantidad de placeres
obtenibles por una cantidad de dinero. Esto constituía una de sus
mayores preocupaciones. Miraba los bienes de la tierra con ojos de
tasador judío. Si se convencía de que una cosa de treinta céntimos la
había comprado por veinte, sentía un verdadero disgusto.
Julio leía novelas francesas de escritores medio naturalistas, medio
galantes; estas relaciones de la vida de lujo y de vicio de París le
encantaban.
De ser cierta la clasificación de Iturrioz, Montaner también tenía más
del tipo semita que del ibérico. Era enemigo de lo violento y de lo
exaltado, perezoso, tranquilo, comodón.
Blando de carácter, daba al principio de tratarle cierta impresión
de acritud y energía, que no era más que el reflejo del ambiente de
su familia, constituída por el padre y la madre y varias hermanas
solteronas, de carácter duro y avinagrado.
Cuando Andrés llegó a conocer a fondo a Montaner, se hizo amigo suyo.
Concluyeron los tres compañeros el curso. Aracil se marchó, como solía
hacerlo todos los veranos, al pueblo en donde estaba su familia, y
Montaner y Hurtado se quedaron en Madrid.
El verano fué sofocante; por las noches, Montaner, después de cenar,
iba a casa de Hurtado, y los dos amigos paseaban por la Castellana
y por el Prado, que por entonces tomaba el carácter de un paseo
provinciano, aburrido, polvoriento y lánguido.
Al final del verano un amigo le dió a Montaner una entrada para los
Jardines del Buen Retiro. Fueron los dos todas las noches. Oían cantar
óperas antiguas, interrumpidas por los gritos de la gente que pasaba
dentro del vagón de una montaña rusa que cruzaba el jardín; seguían a
las chicas, y a la salida se sentaban a tomar horchata o limón en algún
puesto del Prado.
Lo mismo Montaner que Andrés hablaban casi siempre mal de Julio;
estaban de acuerdo en considerarle egoísta, mezquino, sórdido, incapaz
de hacer nada por nadie. Sin embargo, cuando Aracil llegaba a Madrid,
los dos se reunían siempre con él.
VIII
UNA FÓRMULA DE LA VIDA
EL año siguiente, el cuarto de carrera, había para los alumnos, y sobre
todo para Andrés Hurtado, un motivo de curiosidad: la clase de don José
de Letamendi.
Letamendi era de estos hombres universales que se tenían en la España
de hace unos años; hombres universales a quienes no se les conocía ni
de nombre pasados los Pirineos. Un desconocimiento tal en Europa de
genios tan transcendentales, se explicaba por esa hipótesis absurda,
que aunque no la defendía nadie claramente, era aceptada por todos, la
hipótesis del odio y la mala fe internacionales que hacía que las cosas
grandes de España fueran pequeñas en el extranjero y viceversa.
Letamendi era un señor flaco, bajito, escuálido, con melenas grises y
barba blanca. Tenía cierto tipo de aguilucho: la nariz corva, los ojos
hundidos y brillantes. Se veía en él un hombre que se había hecho una
cabeza, como dicen los franceses. Vestía siempre levita algo entallada,
y llevaba un sombrero de copa de alas planas, de esos sombreros
clásicos de los melenudos profesores de la Sorbona.
En San Carlos corría como una verdad indiscutible que Letamendi era un
genio; uno de esos hombres águilas que se adelantan a su tiempo; todo
el mundo le encontraba abstruso porque hablaba y escribía con gran
empaque un lenguaje medio filosófico, medio literario.
Andrés Hurtado, que se hallaba ansioso de encontrar algo que llegase al
fondo de los problemas de la vida, comenzó a leer el libro de Letamendi
con entusiasmo. La aplicación de las Matemáticas a la Biología le
pareció admirable. Andrés fué pronto un convencido.
Como todo el que cree hallarse en posesión de una verdad tiene cierta
tendencia de proselitismo, una noche Andrés fué al café donde se
reunían Sañudo y sus amigos a hablar de las doctrinas de Letamendi, a
explicarlas y a comentarlas.
Estaba como siempre Sañudo con varios estudiantes de ingenieros.
Hurtado se reunió con ellos y aprovechó la primera ocasión para llevar
la conversación al terreno que deseaba, y expuso la fórmula de la vida
de Letamendi e intentó explicar los corolarios que de ella deducía el
autor.
Al decir Andrés que la vida, según Letamendi, es una función
indeterminada entre la energía individual y el cosmos, y que esta
función no puede ser más que suma, resta, multiplicación y división,
y que no pudiendo ser suma, ni resta, ni división, tiene que ser
multiplicación, uno de los amigos de Sañudo se echó a reir.
--¿Por qué se ríe usted?--le preguntó Andrés, sorprendido.
--Porque en todo eso que dice usted hay una porción de sofismas y de
falsedades. Primeramente hay muchas más funciones matemáticas que
sumar, restar, multiplicar y dividir.
--¿Cuáles?
--Elevar a potencia, extraer raíces... Después, aunque no hubiera más
que cuatro funciones matemáticas primitivas, es absurdo pensar que en
el conflicto de estos dos elementos la energía de la vida y el cosmos,
uno de ellos, por lo menos, heterogéneo y complicado, porque no haya
suma, ni resta, ni división, ha de haber multiplicación. Además, sería
necesario demostrar por qué no puede haber suma, por qué no puede haber
resta y por qué no puede haber división. Después habría que demostrar
por qué no puede haber dos o tres funciones simultáneas. No basta
decirlo.
--Pero eso lo da el razonamiento.
--No, no; perdone usted--replicó el estudiante--. Por ejemplo, entre
esa mujer y yo puede haber varias funciones matemáticas: suma, si
hacemos los dos una misma cosa ayudándonos; resta, si ella quiere
una cosa y yo la contraria y vence uno de los dos contra el otro;
multiplicación, si tenemos un hijo, y división si yo la corto en
pedazos a ella o ella a mí.
--Eso es una broma--dijo Andrés.
--Claro que es una broma--replicó el estudiante--una broma por el
estilo de las de su profesor, pero que tiende a una verdad, y es que
entre la fuerza de la vida y el cosmos, hay un infinito de funciones
distintas; sumas, restas, multiplicaciones, de todo, y que además
es muy posible que existan otras funciones que no tengan expresión
matemática.
Andrés Hurtado, que había ido al café creyendo que sus preposiciones
convencerían a los alumnos de ingenieros, se quedó un poco perplejo y
cariacontecido al comprobar su derrota.
Leyó de nuevo el libro de Letamendi, siguió oyendo sus explicaciones
y se convenció de que todo aquello de la fórmula de la vida y sus
corolarios, que al principio le pareció serio y profundo, no eran más
que juegos de prestidigitación, unas veces ingeniosos, otras veces
vulgares, pero siempre sin realidad alguna, ni metafísica, ni empírica.
Todas estas fórmulas matemáticas y su desarrollo no eran más que
vulgaridades disfrazadas con un aparato científico, adornadas por
conceptos retóricos que la papanatería de profesores y alumnos tomaba
como visiones de profeta.
Por dentro, aquel buen señor de las melenas, con su mirada de águila
y su diletantismo artístico, científico y literario; pintor en sus
ratos de ocio, violinista y compositor y genio por los cuatro costados,
era un mixtificador audaz con ese fondo aparatoso y botarate de los
mediterráneos. Su único mérito real era tener condiciones de literato,
de hombre de talento verbal.
La palabrería de Letamendi produjo en Andrés un deseo de asomarse al
mundo filosófico y con este objeto compró en unas ediciones económicas
los libros de Kant, de Fichte y de Schopenhauer.
Leyó primero _La Ciencia del Conocimiento_, de Fichte, y no pudo
enterarse de nada. Sacó la impresión de que el mismo traductor no había
comprendido lo que traducía; después comenzó la lectura de _Parerga y
Paralipomena_, y le pareció un libro casi ameno, en parte cándido, y
le divirtió más de lo que suponía. Por último, intentó descifrar _La
crítica de la razón pura_. Veía que con un esfuerzo de atención podía
seguir el razonamiento del autor como quien sigue el desarrollo de un
teorema matemático; pero le pareció demasiado esfuerzo para su cerebro
y dejó Kant para más adelante, y siguió leyendo a Schopenhauer, que
tenía para él el atractivo de ser un consejero chusco y divertido.
Algunos pedantes le decían que Schopenhauer había pasado de moda, como
si la labor de un hombre de inteligencia extraordinaria fuera como la
forma de un sombrero de copa.
Los condiscípulos, a quien asombraban estos buceamientos de Andrés
Hurtado, le decían:
--¿Pero no te basta con la filosofía de Letamendi?
--Si eso no es filosofía ni nada--replicaba Andrés--. Letamendi
es un hombre sin una idea profunda; no tiene en la cabeza más que
palabras y frases. Ahora, como vosotros no las comprendéis, os parecen
extraordinarias.
El verano, durante las vacaciones, Andrés leyó en la Biblioteca
Nacional algunos libros filosóficos nuevos de los profesores franceses
e italianos y le sorprendieron. La mayoría de estos libros no tenían
más que el título sugestivo; lo demás era una eterna divagación acerca
de métodos y clasificaciones.
A Hurtado no le importaba nada la cuestión de los métodos y de las
clasificaciones, ni saber si la Sociología era una ciencia o un
ciempiés inventado por los sabios; lo que quería encontrar era una
orientación, una verdad espiritual y práctica al mismo tiempo.
Los bazares de ciencia de los Lombroso y los Ferri, de los Fouillée y
de los Janet, le produjeron una mala impresión.
Este espíritu latino y su claridad tan celebrada le pareció una de
las cosas más insulsas, más banales y anodinas. Debajo de los títulos
pomposos no había más que vulgaridad a todo pasto. Aquello era, con
relación a la filosofía, lo que son los específicos de la cuarta plana
de los periódicos respecto a la medicina verdadera.
En cada autor francés se le figuraba a Hurtado ver un señor cyranesco,
tomando actitudes gallardas y hablando con voz nasal; en cambio todos
los italianos le parecían barítonos de zarzuela.
Viendo que no le gustaban los libros modernos volvió a emprender con
la obra de Kant, y leyó entera con grandes trabajos la _Crítica de la
razón pura_.
Ya aprovechaba algo más lo que leía y le quedaban las líneas generales
de los sistemas que iba desentrañando.
IX
UN REZAGADO
AL principio de otoño y comienzo del curso siguiente, Luisito, el
hermano menor, cayó enfermo con fiebres.
Andrés sentía por Luisito un cariño exclusivo y huraño. El chico le
preocupaba de una manera patológica, le parecía que los elementos todos
se conjuraban contra él.
Visitó al enfermito el doctor Aracil, el pariente de Julio, y a los
pocos días indicó que se trataba de una fiebre tifoidea.
Andrés pasó momentos angustiosos; leía con desesperación en los libros
de Patología la descripción y el tratamiento de la fiebre tifoidea y
hablaba con el médico de los remedios que podrían emplearse.
El doctor Aracil a todo decía que no.
--Es una enfermedad que no tiene tratamiento específico--aseguraba--;
bañarle, alimentarle y esperar, nada más.
Andrés era el encargado de preparar el baño y tomar la temperatura a
Luis.
El enfermo tuvo días de fiebre muy alta. Por las mañanas, cuando bajaba
la calentura, preguntaba a cada momento por Margarita y Andrés. Éste,
en el curso de la enfermedad, quedó asombrado de la resistencia y de la
energía de su hermana; pasaba las noches sin dormir cuidando del niño;
no se le ocurría jamás, y si se le ocurría no le daba importancia, la
idea de que pudiera contagiarse.
Andrés desde entonces comenzó a sentir una gran estimación por
Margarita; el cariño de Luisito los había unido.
A los treinta o cuarenta días la fiebre desapareció, dejando al niño
flaco, hecho un esqueleto.
Andrés adquirió con este primer ensayo de médico un gran escepticismo.
Empezó a pensar si la medicina no serviría para nada. Un buen puntal
para este escepticismo le proporcionaba las explicaciones del profesor
de Terapéutica, que consideraba inútiles cuando no perjudiciales casi
todos los preparados de la farmacopea.
No era una manera de alentar los entusiasmos médicos de los alumnos,
pero indudablemente el profesor lo creía así y hacía bien en decirlo.
Después de las fiebres Luisito quedó débil y a cada paso daba a la
familia una sorpresa desagradable; un día era un calenturón, al otro
unas convulsiones. Andrés muchas noches tenía que ir a las dos o a las
tres de la mañana en busca del médico y después salir a la botica.
En este curso, Andrés se hizo amigo de un estudiante rezagado, ya
bastante viejo, a quien cada año de carrera costaba por lo menos dos o
tres.
Un día este estudiante le preguntó a Andrés qué le pasaba para estar
sombrío y triste. Andrés le contó que tenía al hermano enfermo, y el
otro intentó tranquilizarle y consolarle. Hurtado le agradeció la
simpatía y se hizo amigo del viejo estudiante.
Antonio Lamela, así se llamaba el rezagado, era gallego, un tipo flaco,
nervioso, de cara escuálida, nariz afilada, una zalea de pelos negros
en la barba ya con algunas canas, y la boca sin dientes, de hombre
débil.
A Hurtado le llamó la atención el aire de hombre misterioso de Lamela,
y a éste le chocó sin duda el aspecto reconcentrado de Andrés. Los dos
tenían una vida interior distinta al resto de los estudiantes.
El secreto de Lamela era que estaba enamorado, pero enamorado de
verdad, de una mujer de la aristocracia, una mujer de título, que
andaba en coche e iba a palco al Real.
Lamela le tomó a Hurtado por confidente y le contó sus amores con toda
clase de detalles. Ella estaba enamoradísima de él, según aseguraba el
estudiante; pero existían una porción de dificultades y de obstáculos
que impedían la aproximación del uno al otro.
A Andrés le gustaba encontrarse con un tipo distinto a la generalidad.
En las novelas se daba como anomalía un hombre joven sin un gran amor;
en la vida lo anómalo era encontrar un hombre enamorado de verdad. El
primero que conoció Andrés fué Lamela; por eso le interesaba.
El viejo estudiante padecía un romanticismo intenso, mitigado en
algunas cosas por una tendencia beocia de hombre práctico: Lamela creía
en el amor y en Dios; pero esto no le impedía emborracharse y andar de
crápula con frecuencia. Según él, había que dar al cuerpo necesidades
mezquinas y groseras y conservar el espíritu limpio.
Esta filosofía la condensaba, diciendo: Hay que dar al cuerpo lo que es
del cuerpo, y al alma lo que es del alma.
--Si todo eso del alma, es una pamplina--le decía Andrés--. Son cosas
inventadas por los curas para sacar dinero.
--¡Cállate, hombre, cállate! No disparates.
Lamela en el fondo era un rezagado en todo: en la carrera y en las
ideas. Discurría como un hombre de a principio del siglo. La concepción
mecánica actual del mundo económico y de la sociedad, para él no
existía. Tampoco existía cuestión social. Toda la cuestión social se
resolvía con la caridad y con que hubiese gentes de buen corazón.
--Eres un verdadero católico--le decía Andrés-; te has fabricado el más
cómodo de los mundos.
Cuando Lamela le mostró un día a su amada, Andrés se quedó estupefacto.
Era una solterona fea, negra, con una nariz de cacatúa y más años que
un loro.
Además de su aire antipático, ni siquiera hacía caso del estudiante
gallego, a quien miraba con desprecio, con un gesto desagradable y
avinagrado.
Al espíritu fantaseador de Lamela no llegaba nunca la realidad.
A pesar de su apariencia sonriente y humilde, tenía un orgullo y una
confianza en sí mismo extraordinaria; sentía la tranquilidad del que
cree conocer el fondo de las cosas y de las acciones humanas.
Delante de los demás compañeros Lamela no hablaba de sus amores:
pero cuando le cogía a Hurtado por su cuenta, se desbordaba. Sus
confidencias no tenían fin.
A todo le quería dar una significación complicada y fuera de lo normal.
--Chico--decía sonriendo y agarrando del brazo a Andrés--. Ayer la vi.
--¡Hombre!
--Sí--añadía con gran misterio--. Iba con la señora de compañía; fuí
detrás de ella, entró en su casa y poco después salió un criado al
balcón. ¿Es raro, eh?
--¿Raro? ¿Por qué?--preguntaba Andrés.
--Es que luego el criado no cerró el balcón.
Hurtado se le quedaba mirando preguntándose cómo funcionaría el cerebro
de su amigo para encontrar extrañas las cosas más naturales del mundo y
para creer en la belleza de aquella dama.
Algunas veces que iban por el Retiro charlando, Lamela se volvía y
decía:
--¡Mira, cállate!
--Pues ¿qué pasa?
--Que aquel que viene allá es de esos enemigos míos que le hablan a
ella mal de mí. Viene espiándome.
Andrés se quedaba asombrado. Cuando ya tenía más confianza con él le
decía:
--Mira, Lamela, yo como tú, me presentaría a la Sociedad de Psicología
de París o de Londres.
--¿A qué?
--Y diría: Estúdienme ustedes, porque creo que soy el hombre más
extraordinario del mundo.
El gallego se reía con su risa bonachona.
--Es que tú eres un niño--replicaba--; el día que te enamores verás
cómo me das la razón a mí.
Lamela vivía en una casa de huéspedes de la plaza de Lavapiés;
tenía un cuarto pequeño, desarreglado, y como estudiaba, cuando
estudiaba, metido en la cama, solía descoser los libros y los guardaba
desencuadernados en pliegos sueltos en el baúl o extendidos sobre la
mesa.
Alguna que otra vez fué Hurtado a verle a su casa.
La decoración de su cuarto consistía en una serie de botellas vacías,
colocadas por todas partes. Lamela compraba el vino para él y lo
guardada en sitios inverosímiles, de miedo de que los demás huéspedes
entrasen en el cuarto y se lo bebieran, lo que, por lo que contaba, era
frecuente. Lamela tenía escondidas las botellas dentro de la chimenea,
en el baúl, en la cómoda.
De noche, según le dijo a Andrés, cuando se acostaba ponía una botella
de vino debajo de la cama, y si se despertaba cogía la botella y se
bebía la mitad de un trago. Estaba convencido de que no había hipnótico
como el vino, y que a su lado el sulfonal y el cloral eran verdaderas
filfas.
Lamela nunca discutía las opiniones de los profesores, no le
interesaban gran cosa; para él no podía aceptarse más clasificación
entre ellos que la de los catedráticos de buena intención, amigos de
aprobar y los de mala intención, que suspendían sólo por echárselas de
sabios y darse tono.
En la mayoría de los casos Lamela dividía a los hombres en dos grupos:
los unos, gente franca, honrada, de buen fondo, de buen corazón; los
otros, gente mezquina y vanidosa.
Para Lamela, Aracil y Montaner eran de esta última clase, de los más
mezquinos e insignificantes.
Verdad es que ninguno de los dos le tomaba en serio a Lamela.
Andrés contaba en su casa las extravagancias de su amigo. A Margarita
le interesaban mucho estos amores. Luisito, que tenía la imaginación
de un chico enfermizo, había inventado, escuchándole a su hermano, un
cuento que se llamaba: «Los amores de un estudiante gallego con la
reina de las cacatúas.»
X
PASO POR SAN JUAN DE DIOS
SIN gran brillantez, pero también sin grandes fracasos, Andrés Hurtado
iba avanzando en su carrera.
Al comenzar el cuarto año se le ocurrió a Julio Aracil asistir a unos
cursos de enfermedades venéreas que daba un médico en el hospital
de San Juan de Dios. Aracil invitó a Montaner y a Hurtado a que le
acompañaran; unos meses después iba a haber exámenes de alumnos
internos para ingreso en el Hospital General; pensaban presentarse los
tres, y no estaba mal el ver enfermos con frecuencia.
La visita en San Juan de Dios fué un nuevo motivo de depresión y
melancolía para Hurtado. Pensaba que por una causa o por otra el mundo
le iba presentando su cara más fea.
A los pocos días de frecuentar el hospital, Andrés se inclinaba a creer
que el pesimismo de Schopenhauer era una verdad casi matemática. El
mundo le parecía una mezcla de manicomio y de hospital; ser inteligente
constituía una desgracia, y sólo la felicidad podía venir de la
inconsciencia y de la locura. Lamela, sin pensarlo, viviendo con sus
ilusiones, tomaba las proporciones de un sabio.
Aracil, Montaner y Hurtado visitaron una sala de mujeres de San Juan de
Dios.
Para un hombre excitado e inquieto como Andrés, el espectáculo tenía
que ser deprimente. Las enfermas eran de lo más caído y miserable.
Ver tanta desdichada sin hogar, abandonada, en una sala negra, en un
estercolero humano; comprobar y evidenciar la podredumbre que envenena
la vida sexual, le hizo a Andrés una angustiosa impresión.
El hospital aquel, ya derruído por fortuna, era un edificio inmundo,
sucio, mal oliente; las ventanas de las salas daban a la calle de
Atocha y tenían, además de las rejas, unas alambreras para que las
mujeres recluídas no se asomaran y escandalizaran. De este modo no
entraba allí el sol ni el aire.
El médico de la sala, amigo de Julio, era un vejete ridículo, con unas
largas patillas blancas. El hombre, aunque no sabía gran cosa, quería
darse aire de catedrático, lo cual a nadie podía parecer un crimen;
lo miserable, lo canallesco era que trataba con una crueldad inútil a
aquellas desdichadas acogidas allí y las maltrataba de palabra y de
obra.
¿Por qué? Era incomprensible. Aquel petulante idiota mandaba llevar
castigadas a las enfermas a las guardillas y tenerlas uno o dos días
encerradas por delitos imaginarios. El hablar de una cama a otra
durante la visita, el quejarse en la cura, cualquier cosa, bastaba para
estos severos castigos. Otras veces mandaba ponerlas a pan y agua. Era
un macaco cruel este tipo, a quien habían dado una misión tan humana
como la de cuidar de pobres enfermas.
Hurtado no podía soportar la bestialidad de aquel idiota de las
patillas blancas, Aracil se reía de las indignaciones de su amigo.
Una vez Hurtado decidió no volver más por allá. Había una mujer que
guardaba constantemente en el regazo un gato blanco. Era una mujer que
debió haber sido muy bella, con ojos negros, grandes, sombreados, la
nariz algo corva y el tipo egipcio. El gato era, sin duda, lo único
que le quedaba de un pasado mejor. Al entrar el médico, la enferma
solía bajar disimuladamente al gato de la cama y dejarlo en el suelo;
el animal se quedaba escondido, asustado, al ver entrar al médico con
sus alumnos; pero uno de los días el médico le vió y comenzó a darle
patadas.
--Coged a ese gato y matadlo--dijo el idiota de las patillas blancas al
practicante.
El practicante y una enfermera comenzaron a perseguir al animal por
toda la sala; la enferma miraba angustiada esta persecución.
--Y a esta tía llevadla a la guardilla--añadió el médico.
La enferma seguía la caza con la mirada, y cuando vió que cogían a su
gato, dos lágrimas gruesas corrieron por sus mejillas pálidas.
--¡Canalla! ¡Idiota!--exclamó Hurtado, acercándose al médico con el
puño levantado.
--No seas estúpido--dijo Aracil--. Si no quieres venir aquí, márchate.
--Sí, me voy, no tengas cuidado, por no patearle las tripas a ese
idiota, miserable.
Desde aquel día ya no quiso volver más a San Juan de Dios.
La exaltación humanitaria de Andrés hubiera aumentado sin las
influencias que obraban en su espíritu. Una de ellas era la de Julio,
que se burlaba de todas las ideas exageradas, como decía él; la otra,
la de Lamela, con su idealismo práctico, y, por último, la lectura de
_Parerga y Paralipomena_ de Schopenhauer, que le inducía a la no acción.
A pesar de estas tendencias enfrenadoras, durante muchos días estuvo
Andrés impresionado por lo que dijeron varios obreros en un mitin de
anarquistas del Liceo Ríus. Uno de ellos, Ernesto Álvarez, un hombre
moreno, de ojos negros y barba entrecana, habló en aquel mitin de una
manera elocuente y exaltada; habló de los niños abandonados, de los
mendigos, de las mujeres caídas...
Andrés sintió el atractivo de este sentimentalismo, quizá algo morboso.
Cuando exponía sus ideas acerca de la injusticia social, Julio Aracil
le salía al encuentro con su buen sentido:
--Claro que hay cosas malas en la sociedad--decía Aracil--. ¿Pero quién
las va a arreglar? ¿Esos vividores que hablan en los mítines? Además,
hay desdichas que son comunes a todos; esos albañiles de los dramas
populares que se nos vienen a quejar de que sufren el frío del invierno
y el calor del verano, no son los únicos; lo mismo nos pasa a los demás.