Para llegar al nuevo cuarto de Andrés había que subir unas e

PÍO BAROJA

LA RAZA

EL ÁRBOL DE LA CIENCIA

NOVELA

[Illustration]

RAFAEL CARO RAGGIO: EDITOR

Calle de Ventura Rodríguez, 18

1918

LA RAZA

EL ÁRBOL DE LA CIENCIA

_Copyright by Rafael Caro Raggio-1918._

_Es propiedad._

_Prohibida la reproducción._

Imp. Artística, Sáez Hermanos, Tudescos, 34.-Teléf. 5365

PRIMERA PARTE

La vida de un estudiante en Madrid.

I

ANDRÉS HURTADO COMIENZA LA CARRERA

SERÍAN las diez de la mañana de un día de octubre. En el patio de la

Escuela de Arquitectura, grupos de estudiantes esperaban a que se

abriera la clase.

De la puerta de la calle de los Estudios que daba a este patio, iban

entrando muchachos jóvenes que, al encontrarse reunidos, se saludaban,

reían y hablaban.

Por una de estas anomalías clásicas de España, aquellos estudiantes

que esperaban en el patio de la Escuela de Arquitectura, no eran

arquitectos del porvenir, sino futuros médicos y farmacéuticos.

La clase de Química general del año preparatorio de Medicina y Farmacia

se daba en esta época en una antigua capilla del Instituto de San

Isidro convertida en clase, y ésta tenía su entrada por la Escuela de

Arquitectura.

La cantidad de estudiantes y la impaciencia que demostraban por entrar

en el aula se explicaba fácilmente por ser aquél, primer día de curso y

del comienzo de la carrera.

Ese paso del bachillerato al estudio de facultad siempre da al

estudiante ciertas ilusiones, le hace creerse más hombre, que su vida

ha de cambiar.

Andrés Hurtado, algo sorprendido de verse entre tanto compañero, miraba

atentamente arrimado a la pared la puerta de un ángulo del patio por

donde tenían que pasar.

Los chicos se agrupaban delante de aquella puerta como el público a la

entrada de un teatro.

Andrés seguía apoyado en la pared, cuando sintió que le agarraban del

brazo y le decían:

--¡Hola, chico!

Hurtado se volvió y se encontró con su compañero de Instituto Julio

Aracil.

Habían sido condiscípulos en San Isidro; pero Andrés hacía tiempo que

no veía a Julio. Éste había estudiado el último año del bachillerato,

según dijo, en provincias.

--¿Qué, tú también vienes aquí?--le preguntó Aracil.

--Ya ves.

--¿Qué estudias?

--Medicina.

--¡Hombre! Yo también. Estudiaremos juntos.

Aracil se encontraba en compañía de un muchacho de más edad que él,

a juzgar por su aspecto, de barba rubia y ojos claros. Este muchacho

y Aracil, los dos correctos, hablaban con desdén de los demás

estudiantes, en su mayoría palurdos provincianos, que manifestaban la

alegría y la sorpresa de verse juntos con gritos y carcajadas.

Abrieron la clase, y los estudiantes, apresurándose y apretándose como

si fueran a ver un espectáculo entretenido, comenzaron a pasar.

--Habrá que ver cómo entran dentro de unos días--dijo Aracil

burlonamente.

--Tendrán la misma prisa para salir que ahora tienen para

entrar--repuso el otro.

Aracil, su amigo y Hurtado se sentaron juntos. La clase era la antigua

capilla del Instituto de San Isidro de cuando éste pertenecía a los

jesuítas. Tenía el techo pintado con grandes figuras a estilo de

Jordaens; en los ángulos de la escocia los cuatro evangelistas, y en el

centro una porción de figuras y escenas bíblicas. Desde el suelo hasta

cerca del techo se levantaba una gradería de madera muy empinada con

una escalera central, lo que daba a la clase el aspecto del gallinero

de un teatro.

Los estudiantes llenaron los bancos casi hasta arriba; no estaba aún el

catedrático, y como había mucha gente alborotadora entre los alumnos,

alguno comenzó a dar golpecitos en el suelo con el bastón; otros muchos

le imitaron, y se produjo una furiosa algarabía.

De pronto se abrió una puertecilla del fondo de la tribuna, y apareció

un señor viejo, muy empaquetado, seguido de dos ayudantes jóvenes.

Aquella aparición teatral del profesor y de los ayudantes provocó

grandes murmullos; alguno de los alumnos más atrevidos comenzó a

aplaudir, y viendo que el viejo catedrático, no sólo no se incomodaba,

sino que saludaba como reconocido, aplaudieron aún más.

--Esto es una ridiculez--dijo Hurtado.

--A él no le debe parecer eso--replicó Aracil riéndose--; pero si es

tan majadero que le gusta que le aplaudan, le aplaudiremos.

El profesor era un pobre hombre presuntuoso, ridículo. Había estudiado

en París y adquirido los gestos y las posturas amaneradas de un francés

petulante.

El buen señor comenzó un discurso de salutación a sus alumnos, muy

enfático y altisonante, con algunos toques sentimentales: les habló de

su maestro Liebig, de su amigo Pasteur, de su camarada Berthelot, de la

Ciencia, del microscopio...

Su melena blanca, su bigote engomado, su perilla puntiaguda, que le

temblaba al hablar, su voz hueca y solemne le daban el aspecto de

un padre severo de drama, y alguno de los estudiantes que encontró

este parecido, recitó en voz alta y cavernosa los versos de Don Diego

Tenorio, cuando entra en la Hostería del Laurel en el drama de Zorrilla:

Que un hombre de mi linaje

descienda a tan ruin mansión.

Los que estaban al lado del recitador irrespetuoso se echaron a reir, y

los demás estudiantes miraron al grupo de los alborotadores.

--¿Qué es eso? ¿Qué pasa?--dijo el profesor poniéndose los lentes y

acercándose al barandado de la tribuna--. ¿Es que alguno ha perdido la

herradura por ahí? Yo suplico a los que están al lado de ese asno, que

rebuzna con tal perfección que se alejen de él, porque sus coces deben

ser mortales de necesidad.

Rieron los estudiantes con gran entusiasmo, el profesor dió por

terminada la clase retirándose haciendo un saludo ceremonioso y los

chicos aplaudieron a rabiar.

Salió Andrés Hurtado con Aracil, y los dos, en compañía del joven de la

barba rubia, que se llamaba Montaner, se encaminaron a la Universidad

Central, en donde daban la clase de Zoología y la de Botánica.

En esta última los estudiantes intentaron repetir el escándalo de la

clase de Química; pero el profesor, un viejecillo seco y malhumorado,

les salió al encuentro, y les dijo que de él no se reía nadie, ni

nadie le aplaudía como si fuera un histrión.

De la Universidad, Montaner, Aracil y Hurtado marcharon hacia el centro.

Andrés experimentaba por Julio Aracil bastante antipatía, aunque en

algunas cosas le reconocía cierta superioridad; pero sintió aún mayor

aversión por Montaner.

Las primeras palabras entre Montaner y Hurtado fueron poco amables.

Montaner hablaba con una seguridad de todo algo ofensiva; se creía, sin

duda, un hombre de mundo. Hurtado le replicó varias veces bruscamente.

Los dos condiscípulos se encontraron en esta primera conversación

completamente en desacuerdo. Hurtado era republicano, Montaner defensor

de la familia real; Hurtado era enemigo de la burguesía, Montaner

partidario de la clase rica y de la aristocracia.

--Dejad esas cosas--dijo varias veces Julio Aracil--; tan estúpido es

ser monárquico como republicano; tan tonto defender a los pobres como

a los ricos. La cuestión sería tener dinero, un cochecito como ése--y

señalaba uno--y una mujer como aquélla.

La hostilidad entre Hurtado y Montaner todavía se manifestó delante del

escaparate de una librería. Hurtado era partidario de los escritores

naturalistas, que a Montaner no le gustaban; Hurtado era entusiasta de

Espronceda, Montaner de Zorrilla; no se entendían en nada.

Llegaron a la Puerta del Sol y tomaron por la Carrera de San Jerónimo.

--Bueno, yo me voy a casa--dijo Hurtado.

--¿Dónde vives?--le preguntó Aracil.

--En la calle de Atocha.

--Pues los tres vivimos cerca.

Fueron juntos a la plaza de Antón Martín y allí se separaron con muy

poca afabilidad.

II

LOS ESTUDIANTES

EN esta época era todavía Madrid una de las pocas ciudades que

conservaba espíritu romántico.

Todos los pueblos tienen, sin duda, una serie de fórmulas prácticas

para la vida, consecuencia de la raza, de la historia, del ambiente

físico y moral. Tales fórmulas, tal especial manera de ver, constituye

un pragmatismo útil, simplificador, sintetizador.

El pragmatismo nacional cumple su misión mientras deja paso libre a

la realidad; pero si se cierra este paso, entonces la normalidad de

un pueblo se altera, la atmósfera se enrarece, las ideas y los hechos

toman perspectivas falsas. En un ambiente de ficciones, residuo de un

pragmatismo viejo y sin renovación vivía el Madrid de hace años.

Otras ciudades españolas se habían dado alguna cuenta de la necesidad

de transformarse y de cambiar; Madrid seguía inmóvil, sin curiosidad,

sin deseo de cambio.

El estudiante madrileño, sobre todo el venido de provincias, llegaba a

la corte con un espíritu donjuanesco, con la idea de divertirse, jugar,

perseguir a las mujeres, pensando, como decía el profesor de Química

con su solemnidad habitual, quemarse pronto en un ambiente demasiado

oxigenado.

Menos el sentido religioso, la mayoría no lo tenían, ni les preocupaba

gran cosa la religión; los estudiantes de las postrimerías del siglo

XIX venían a la corte con el espíritu de un estudiante del siglo XVII,

con la ilusión de imitar, dentro de lo posible, a Don Juan Tenorio y de

vivir

llevando a sangre y a fuego

amores y desafíos.

El estudiante culto, aunque quisiera ver las cosas dentro de la

realidad e intentara adquirir una idea clara de su país y del papel que

representaba en el mundo, no podía. La acción de la cultura europea en

España era realmente restringida, y localizada a cuestiones técnicas,

los periódicos daban una idea incompleta de todo; la tendencia general

era hacer creer que lo grande de España podía ser pequeño fuera de ella

y al contrario, por una especie de mala fe internacional.

Si en Francia o en Alemania no hablaban de las cosas de España, o

hablaban de ellas en broma, era porque nos odiaban; teníamos aquí

grandes hombres que producían la envidia de otros países: Castelar,

Cánovas, Echegaray... España entera, y Madrid sobre todo, vivía en un

ambiente de optimismo absurdo. Todo lo español era lo mejor.

Esa tendencia natural a la mentira, a la ilusión del país pobre que se

aisla, contribuía al estancamiento, a la fosilificación de las ideas.

Aquel ambiente de inmovilidad, de falsedad, se reflejaba en las

cátedras. Andrés Hurtado pudo comprobarlo al comenzar a estudiar

Medicina. Los profesores del año preparatorio eran viejísimos; había

algunos que llevaban cerca de cincuenta años explicando.

Sin duda no los jubilaban por sus influencias y por esa simpatía y

respeto que ha habido siempre en España por lo inútil.

Sobre todo, aquella clase de Química de la antigua capilla del

Instituto de San Isidro era escandalosa. El viejo profesor recordaba

las conferencias del Instituto de Francia, de célebres químicos, y

creía, sin duda, que explicando la obtención del nitrógeno y del cloro

estaba haciendo un descubrimiento, y le gustaba que le aplaudieran.

Satisfacía su pueril vanidad dejando los experimentos aparatosos para

la conclusión de la clase, con el fin de retirarse entre aplausos, como

un prestidigitador.

Los estudiantes le aplaudían, riendo a carcajadas. A veces, en medio

de la clase, a alguno de los alumnos se le ocurría marcharse, se

levantaba y se iba. Al bajar por la escalera de la gradería los pasos

del fugitivo producían gran estrépito, y los demás muchachos sentados

llevaban el compás golpeando con los pies y con los bastones.

En la clase se hablaba, se fumaba, se leían novelas, nadie seguía la

explicación; alguno llegó a presentarse con una corneta, y cuando el

profesor se disponía a echar en un vaso de agua un trozo de potasio,

dió dos toques de atención; otro metió un perro vagabundo, y fué un

problema echarlo.

Había estudiantes descarados que llegaban a las mayores insolencias;

gritaban, rebuznaban, interrumpían al profesor. Una de las gracias

de estos estudiantes era la de dar un nombre falso cuando se lo

preguntaban.

--Usted--decía el profesor señalándole con el dedo, mientras le

temblaba la perilla por la cólera--, ¿cómo se llama usted?

--¿Quién? ¿Yo?

--Sí, señor ¡usted, usted! ¿Cómo se llama usted?--añadía el profesor,

mirando la lista.

--Salvador Sánchez.

--Alias Frascuelo--decía alguno, entendido con él.

--Me llamo Salvador Sánchez; no sé a quién le importará que me llame

así, y si hay alguno que le importa, que lo diga--replicaba el

estudiante, mirando al sitio de donde había salido la voz y haciéndose

el incomodado.

--¡Vaya usted a paseo!--replicaba el otro.

--¡Eh! ¡Eh! ¡Fuera! ¡Al corral!--gritaban varias voces.

--Bueno, bueno. Está bien. Váyase usted--decía el profesor, temiendo

las consecuencias de estos altercados.

El muchacho se marchaba, y a los pocos días volvía a repetir la gracia,

dando como suyo el nombre de algún político célebre o de algún torero.

Andrés Hurtado los primeros días de clase no salía de su asombro.

Todo aquello era demasiado absurdo. Él hubiese querido encontrar una

disciplina fuerte y al mismo tiempo afectuosa, y se encontraba con

una clase grotesca en que los alumnos se burlaban del profesor. Su

preparación para la ciencia no podía ser más desdichada.

III

ANDRÉS HURTADO Y SU FAMILIA

EN casi todos los momentos de su vida Andrés experimentaba la sensación

de sentirse solo y abandonado.

La muerte de su madre le había dejado un gran vacío en el alma y una

inclinación por la tristeza.

La familia de Andrés, muy numerosa, se hallaba formada por el padre y

cinco hermanos. El padre, don Pedro Hurtado, era un señor alto, flaco,

elegante, hombre guapo y calavera en su juventud.

De un egoísmo frenético, se considera el metacentro del mundo. Tenía

una desigualdad de carácter perturbadora, una mezcla de sentimientos

aristocráticos y plebeyos insoportable. Su manera de ser se revelaba

de una manera insólita e inesperada. Dirigía la casa despóticamente,

con una mezcla de chinchorrería y de abandono, de despotismo y de

arbitrariedad, que a Andrés le sacaba de quicio.

Varias veces, al oir a don Pedro quejarse del cuidado que le

proporcionaba el manejo de la casa, sus hijos le dijeron que lo dejara

en manos de Margarita. Margarita contaba ya veinte años, y sabía

atender a las necesidades familiares mejor que el padre; pero don Pedro

no quería.

A éste le gustaba disponer del dinero, tenía como norma gastar de

cuando en cuando veinte o treinta duros en caprichos suyos, aunque

supiera que en su casa se necesitaran para algo imprescindible.

Don Pedro ocupaba el cuarto mejor, usaba ropa interior fina, no podía

utilizar pañuelos de algodón, como todos los demás de la familia, sino

de hilo y de seda. Era socio de dos casinos, cultivaba amistades con

gente de posición y con algunos aristócratas, y administraba la casa de

la calle de Atocha, donde vivían.

Su mujer, Fermina Iturrioz, fué una víctima; pasó la existencia

creyendo que sufrir era el destino natural de la mujer. Después de

muerta, don Pedro Hurtado hacía el honor a la difunta de reconocer sus

grandes virtudes.

--No os parecéis a vuestra madre--decía a sus hijos--; aquélla fué una

santa.

A Andrés le molestaba que don Pedro hablara tanto de su madre, y a

veces le contestó violentamente, diciéndole que dejara en paz a los

muertos.

De los hijos, el mayor y el pequeño, Alejandro y Luis, eran los

favoritos del padre.

Alejandro era un retrato degradado de don Pedro. Más inútil y egoísta

aún, nunca quiso hacer nada, ni estudiar ni trabajar, y le habían

colocado en una oficina del Estado, adonde iba solamente a cobrar el

sueldo.

Alejandro daba espectáculos bochornosos en casa; volvía a las altas

horas de las tabernas, se emborrachaba y vomitaba y molestaba a todo el

mundo.

Al comenzar la carrera Andrés, Margarita tenía unos veinte años. Era

una muchacha decidida, un poco seca, dominadora y egoísta.

Pedro venía tras ella en edad y representaba la indiferencia

filosófica y la buena pasta. Estudiaba para abogado, y salía bien

por recomendaciones; pero no se cuidaba de la carrera para nada. Iba

al teatro, se vestía con elegancia, tenía todos los meses una novia

distinta. Dentro de sus medios gozaba de la vida alegremente.

El hermano pequeño, Luisito, de cuatro o cinco años, tenía poca salud.

La disposición espiritual de la familia era un tanto original. Don

Pedro prefería a Alejandro y a Luis; consideraba a Margarita como si

fuera una persona mayor; le era indiferente su hijo Pedro, y casi

odiaba a Andrés, porque no se sometía a su voluntad. Hubiera habido que

profundizar mucho para encontrar en él algún afecto paternal.

Alejandro sentía dentro de la casa las mismas simpatías que el padre;

Margarita quería más que a nadie a Pedro y a Luisito, estimaba a Andrés

y respetaba a su padre. Pedro era un poco indiferente; experimentaba

algún cariño por Margarita y por Luisito y una gran admiración por

Andrés. Respecto a este último, quería apasionadamente al hermano

pequeño, tenía afecto por Pedro y por Margarita, aunque con ésta reñía

constantemente, despreciaba a Alejandro y casi odiaba a su padre; no le

podía soportar, le encontraba petulante, egoísta, necio, pagado de sí

mismo.

Entre padre e hijo existía una incompatibilidad absoluta, completa, no

podían estar conformes en nada. Bastaba que uno afirmara una cosa para

que el otro tomara la posición contraria.

IV

EN EL AISLAMIENTO

LA madre de Andrés, navarra fanática, había llevado a los nueve o diez

años a sus hijos a confesarse.

Andrés, de chico, sintió mucho miedo, sólo con la idea de acercarse al

confesonario. Llevaba en la memoria el día de la primera confesión,

como una cosa transcendental, la lista de todos sus pecados; pero

aquel día, sin duda el cura tenía prisa y le despachó sin dar gran

importancia a sus pequeñas transgresiones morales.

Esta primera confesión fué para él un chorro de agua fría; su hermano

Pedro le dijo que él se había confesado ya varias veces, pero que nunca

se tomaba el trabajo de recordar sus pecados. A la segunda confesión,

Andrés fué dispuesto a no decir al cura más que cuatro cosas para salir

del paso. A la tercera o cuarta vez se comulgaba sin confesarse sin el

menor escrúpulo.

Después, cuando murió su madre, en algunas ocasiones su padre y su

hermana le preguntaban si había cumplido con Pascua, a lo cual él

contestaba que sí indiferentemente.

Los dos hermanos mayores, Alejandro y Pedro, habían estudiado en un

colegio mientras cursaban el bachillerato; pero al llegar el turno

a Andrés, el padre dijo que era mucho gasto, y llevaron al chico al

Instituto de San Isidro y allí estudió un tanto abandonado. Aquel

abandono y el andar con los chicos de la calle despabiló a Andrés.

Se sentía aislado de la familia, sin madre, muy solo, y la soledad

le hizo reconcentrado y triste. No le gustaba ir a los paseos donde

hubiera gente, como a su hermano Pedro; prefería meterse en su cuarto y

leer novelas.

Su imaginación galopaba, lo consumía todo de antemano. Haré esto y

luego esto--pensaba--. ¿Y después? Y resolvía este después y se le

presentaba otro y otro.

Cuando concluyó el bachillerato se decidió a estudiar Medicina sin

consultar a nadie. Su padre se lo había indicado muchas veces: Estudia

lo que quieras; eso es cosa tuya.

A pesar de decírselo y de recomendárselo el que su hijo siguiese sus

inclinaciones sin consultárselo a nadie, interiormente le indignaba.

Don Pedro estaba constantemente predispuesto contra aquel hijo, que

él consideraba díscolo y rebelde. Andrés no cedía en lo que estimaba

derecho suyo, y se plantaba contra su padre y su hermano mayor con una

terquedad violenta y agresiva.

Margarita tenía que intervenir en estas trifulcas, que casi siempre

concluían marchándose Andrés a su cuarto o a la calle.

Las discusiones comenzaban por la cosa más insignificante; el

desacuerdo entre padre e hijo no necesitaba un motivo especial para

manifestarse, era absoluto y completo; cualquier punto que se tocara

bastaba para hacer brotar la hostilidad, no se cambiaba entre ellos una

palabra amable.

Generalmente el motivo de las discusiones era político; don Pedro se

burlaba de los revolucionarios, a quien dirigía todos sus desprecios e

invectivas, y Andrés contestaba insultando a la burguesía, a los curas

y al ejército.

Don Pedro aseguraba que una persona decente no podía ser más que

conservador. En los partidos avanzados tenía que haber necesariamente

gentuza, según él.

Para don Pedro, el hombre rico era el hombre por excelencia; tendía a

considerar la riqueza, no como una casualidad, sino como una virtud;

además suponía que con el dinero se podía todo. Andrés recordaba el

caso frecuente de muchachos imbéciles, hijos de familias ricas, y

demostraba que un hombre con un arca llena de oro y un par de millones

del Banco de Inglaterra, en una isla desierta, no podría hacer nada;

pero su padre no se dignaba atender estos argumentos.

Las discusiones de casa de Hurtado se reflejaban invertidas en el

piso de arriba entre un señor catalán y su hijo. En casa del catalán,

el padre era el liberal y el hijo el conservador; ahora que el padre

era un liberal cándido y que hablaba mal el castellano, y el hijo un

conservador muy burlón y mal intencionado. Muchas veces se oía llegar

desde el patio una voz de trueno con acento catalán, que decía:

--Si la Gloriosa no se hubiera quedado en su camino, ya se hubiera

visto lo que era España.

Y poco después la voz del hijo, que gritaba burlonamente:

--¡La Gloriosa! ¡Valiente mamarrachada!

--¡Qué estúpidas discusiones!--decía Margarita con un mohín de

desprecio, dirigiéndose a su hermano Andrés--. ¡Como si por lo que

vosotros habléis se fueran a resolver las cosas!

A medida que Andrés se hacía hombre, la hostilidad entre él y su padre

aumentaba. El hijo no le pedía nunca dinero; quería considerar a don

Pedro como a un extraño.

V

EL RINCÓN DE ANDRÉS

LA casa donde vivía la familia Hurtado era propiedad de un marqués, a

quien don Pedro había conocido en el colegio.

Don Pedro la administraba, cobraba los alquileres y hablaba mucho y con

entusiasmo del marqués y de sus fincas, lo que a su hijo le parecía de

una absoluta bajeza.

La familia de Hurtado estaba bien relacionada; don Pedro, a pesar de

sus arbitrariedades y de su despotismo casero, era amabilísimo con los

de fuera y sabía sostener las amistades útiles.

Hurtado conocía a toda la vecindad y era muy complaciente con

ella. Guardaba a los vecinos muchas atenciones, menos a los de las

guardillas, a quienes odiaba.

En su teoría del dinero equivalente a mérito, llevada a la práctica,

desheredado tenía que ser sinónimo de miserable.

Don Pedro, sin pensarlo, era un hombre a la antigua; la sospecha de

que un obrero pretendiese considerarse como una persona, o de que una

mujer quisiera ser independiente le ofendía como un insulto.

Sólo perdonaba a la gente pobre su pobreza, si unían a ésta la

desvergüenza y la canallería. Para la gente baja, a quien se podía

hablar de tú, chulos, mozas de partido, jugadores, guardaba don Pedro

todas sus simpatías.

En la casa, en uno de los cuartos del piso tercero, vivían dos ex

bailarinas, protegidas por un viejo senador.

La familia de Hurtado las conocía por las del Moñete.

El origen del apodo provenía de la niña de la favorita del viejo

senador. A la niña la peinaban con un moño recogido en medio de la

cabeza muy pequeño. Luisito, al verla por primera vez, le llamó la

Chica del Moñete, y luego el apodo del Moñete pasó por extensión a

la madre y a la tía. Don Pedro hablaba con frecuencia de las dos ex

bailarinas y las elogiaba mucho; su hijo Alejandro celebraba las frases

de su padre como si fueran de un camarada suyo; Margarita se quedaba

seria al oir las alusiones a la vida licenciosa de las bailarinas,

y Andrés volvía la cabeza desdeñosamente, dando a entender que los

alardes cínicos de su padre le parecían ridículos y fuera de lugar.

Únicamente a las horas de comer Andrés se reunía con su familia; en lo

restante del tiempo no se le veía.

Durante el bachillerato, Andrés había dormido en la misma habitación

que su hermano Pedro; pero al comenzar la carrera pidió a Margarita le

trasladaran a un cuarto bajo de techo, utilizado para guardar trastos

viejos.

Margarita al principio se opuso; pero luego accedió, mandó quitar los

armarios y baúles, y allí se instaló Andrés.

La casa era grande, con esos pasillos y recovecos un poco misteriosos

de las construcciones antiguas.

Para llegar al nuevo cuarto de Andrés había que subir unas escaleras,

lo que le dejaba completamente independiente.

El cuartucho tenía un aspecto de celda: Andrés pidió a Margarita le

cediera un armario y lo llenó de libros y papeles, colgó en las paredes

los huesos del esqueleto que le dió su tío el doctor Iturrioz, y dejó

el cuarto con cierto aire de antro de mago o de nigromántico.

Allá se encontraba a su gusto, solo; decía que estudiaba mejor con

aquel silencio; pero muchas veces se pasaba el tiempo leyendo novelas o

mirando sencillamente por la ventana.

Esta ventana caía sobre la parte de atrás de varias casas de las calles

de Santa Isabel y de la Esperancilla, y sobre unos patios y tejavanas.

Andrés había dado nombres novelescos a lo que se veía desde allí: la

casa misteriosa, la casa de la escalera, la torre de la cruz, el

puente del gato negro, el tejado del depósito de agua...

Los gatos de casa de Andrés salían por la ventana y hacían largas

excursiones por estas tejavanas y saledizos, robaban de las cocinas, y

un día, uno de ellos se presentó con una perdiz en la boca.

Luisito solía ir contentísimo al cuarto de su hermano, observaba las

maniobras de los gatos, miraba la calavera con curiosidad; le producía

todo un gran entusiasmo. Pedro, que siempre había tenido por su hermano

cierta admiración, iba también a verle a su cubil y a admirarle como a

un bicho raro.

Al final del primer año de carrera, Andrés empezó a tener mucho

miedo de salir mal en los exámenes. Las asignaturas eran para marear

a cualquiera: los libros muy voluminosos; apenas había tiempo de

enterarse bien; luego las clases, en distintos sitios, distantes los

unos de los otros, hacían perder tiempo andando de aquí para allá, lo

que constituía motivos de distracción.

Además, y esto Andrés no podía achacárselo a nadie más que a sí mismo,

muchas veces, con Aracil y con Montaner, iba, dejando la clase, a la

parada de Palacio o al Retiro, y después, por la noche, en vez de

estudiar, se dedicaba a leer novelas.

Llegó mayo y Andrés se puso a devorar los libros a ver si podía

resarcirse del tiempo perdido. Sentía un gran temor de salir mal, más

que nada por la rechifla del padre, que podía decir: Para eso creo que

no necesitabas tanta soledad.

Con gran asombro suyo aprobó cuatro asignaturas, y le suspendieron, sin

ningún asombro por su parte, en la última, en el examen de Química. No

quiso confesar en casa el pequeño tropiezo e inventó que no se había

presentado.

--¡Valiente primo!--le dijo su hermano Alejandro.

Andrés decidió estudiar con energía durante el verano. Allí, en su

celda, se encontraría muy bien, muy tranquilo y a gusto. Pronto se

olvidó de sus propósitos, y en vez de estudiar miraba por la ventana

con un anteojo la gente que salía en las casas de la vecindad.

Por la mañana dos muchachitas aparecían en unos balcones lejanos.

Cuando se levantaba Andrés ya estaban ellas en el balcón. Se peinaban y

se ponían cintas en el pelo.

No se les veía bien la cara, porque el anteojo, además de ser de poco

alcance, no era acromático y daba una gran irisación a todos los

objetos.

Un chico que vivía enfrente de estas muchachas solía echarlas un rayo

de sol con un espejito. Ellas le reñían y amenazaban, hasta que,

cansadas, se sentaban a coser en el balcón.

En una guardilla próxima había una vecina que, al levantarse, se

pintaba la cara. Sin duda no sospechaba que pudieran mirarle y

realizaba su operación de un modo concienzudo. Debía de hacer una

verdadera obra de arte; parecía un ebanista barnizando un mueble.

Andrés, a pesar de que leía y leía el libro, no se enteraba de nada. Al

comenzar a repasar vió que, excepto las primeras lecciones de Química,

de todo lo demás apenas podía contestar.

Pensó en buscar alguna recomendación; no quería decirle nada a su

padre, y fué a casa de su tío Iturrioz a explicarle lo que le pasaba.

Iturrioz le preguntó:

--¿Sabes algo de Química?

--Muy poco.

--¿No has estudiado?

--Sí; pero se me olvida todo en seguida.

--Es que hay que saber estudiar. Salir bien en los exámenes es una

cuestión mnemotécnica, que consiste en aprender y repetir el mínimum

de datos hasta dominarlos...; pero, en fin, ya no es tiempo de eso, te

recomendaré, vete con esta carta a casa del profesor.

Andrés, fué a ver al catedrático, que le trató como a un recluta.

El examen que hizo días después le asombró por lo detestable; se

levantó de la silla confuso, lleno de vergüenza. Esperó teniendo la

seguridad de que saldría mal; pero se encontró, con gran sorpresa, que

le habían aprobado.

VI

LA SALA DE DISECCIÓN

EL curso siguiente, de menos asignaturas, era algo más fácil, no había

tantas cosas que retener en la cabeza.

A pesar de esto, sólo la Anatomía bastaba para poner a prueba la

memoria mejor organizada.

Unos meses después del principio de curso, en el tiempo frío, se

comenzaba la clase de disección. Los cincuenta o sesenta alumnos se

repartían en diez o doce mesas y se agrupaban de cinco en cinco en cada

una.

Se reunieron en la misma mesa, Montaner, Aracil y Hurtado, y otros dos

a quien ellos consideraban como extraños a su pequeño círculo.

Sin saber por qué, Hurtado y Montaner, que en el curso anterior se

sentían hostiles, se hicieron muy amigos en el siguiente.

Andrés le pidió a su hermana Margarita que le cosiera una blusa para

la clase de disección; una blusa negra con mangas de hule y vivos

amarillos.

Margarita se la hizo. Estas blusas no eran nada limpias, porque en las

mangas, sobre todo, se pegaban piltrafas de carne, que se secaban y no

se veían.

La mayoría de los estudiantes ansiaban llegar a la sala de disección

y hundir el escalpelo en los cadáveres, como si les quedara un fondo

atávico de crueldad primitiva.

En todos ellos se producía un alarde de indiferencia y de jovialidad

al encontrarse frente a la muerte, como si fuera una cosa divertida y

alegre destripar y cortar en pedazos los cuerpos de los infelices que

llegaban allá.

Dentro de la clase de disección, los estudiantes gustaban de encontrar

grotesca la muerte; a un cadáver le ponían un cucurucho en la boca o un

sombrero de papel.

Se contaba de un estudiante de segundo año que había embromado a un

amigo suyo, que sabía era un poco aprensivo, de este modo: cogió el

brazo de un muerto, se embozó en la capa y se acercó a saludar a su

amigo.

--¿Hola, qué tal?--le dijo sacando por debajo de la capa la mano del

cadáver--. Bien y tú, contestó el otro. El amigo estrechó la mano, se

estremeció al notar su frialdad y quedó horrorizado al ver que por

debajo de la capa salía el brazo de un cadáver.

De otro caso sucedido por entonces se habló mucho entre los alumnos.

Uno de los médicos del hospital, especialista en enfermedades

nerviosas, había dado orden de que a un enfermo suyo, muerto en su

sala, se le hiciera la autopsia y se le extrajera el cerebro y se le

llevara a su casa.

El interno extrajo el cerebro y lo envió con un mozo al domicilio

del médico. La criada de la casa, al ver el paquete, creyó que eran

sesos de vaca, y los llevó a la cocina y los preparó y los sirvió a la

familia.

Se contaban muchas historias como ésta, fueran verdad o no, con

verdadera fruición. Existía entre los estudiantes de Medicina una

tendencia al espíritu de clase, consistente en un común desdén por la

muerte; en cierto entusiasmo por la brutalidad quirúrgica, y en un gran

desprecio por la sensibilidad.

Andrés Hurtado no manifestaba más sensibilidad que los otros; no le

hacía tampoco ninguna mella ver abrir, cortar y descuartizar cadáveres.

Lo que sí le molestaba, era el procedimiento de sacar los muertos del

carro en donde los traían del depósito del hospital. Los mozos cogían

estos cadáveres, uno por los brazos y otro por los pies, los aupaban y

los echaban al suelo.

Eran casi siempre cuerpos esqueléticos, amarillos, como momias. Al

dar en la piedra, hacían un ruido desagradable, extraño, como de algo

sin elasticidad, que se derrama; luego, los mozos iban cogiendo los

muertos, uno a uno, por los pies y arrastrándolos por el suelo; y al

pasar unas escaleras que había para bajar a un patio donde estaba

el depósito de la sala, las cabezas iban dando lúgubremente en los

escalones de piedra. La impresión era terrible; aquello parecía el

final de una batalla prehistórica, o de un combate del circo romano, en

que los vencedores fueran arrastrando a los vencidos.

Hurtado imitaba a los héroes de las novelas leídas por él, y

reflexionaba acerca de la vida y de la muerte; pensaba que si las

madres de aquellos desgraciados que iban al _spoliarium_, hubiesen

vislumbrado el final miserable de sus hijos, hubieran deseado

seguramente parirlos muertos.

Otra cosa desagradable para Andrés, era el ver después de hechas las

disecciones, cómo metían todos los pedazos sobrantes en unas calderas

cilíndricas pintadas de rojo, en donde aparecía una mano entre un

hígado, y un trozo de masa encefálica, y un ojo opaco y turbio en medio

del tejido pulmonar.

A pesar de la repugnancia que le inspiraban tales cosas, no le

preocupaban; la anatomía y la disección le producían interés.

Esta curiosidad por sorprender la vida; este instinto de inquisición

tan humano, lo experimentaba él como casi todos los alumnos.

Uno de los que lo sentían con más fuerza, era un catalán amigo de

Aracil, que aún estudiaba en el Instituto.

Jaime Massó, así se llamaba, tenía la cabeza pequeña, el pelo

negro, muy fino, la tez de un color blanco amarillento, y la

mandíbula prognata. Sin ser inteligente, sentía tal curiosidad por

el funcionamiento de los órganos, que si podía se llevaba a casa la

mano o el brazo de un muerto, para disecarlos a su gusto. Con las

piltrafas, según decía, abonaba unos tiestos o los echaba al balcón de

un aristócrata de la vecindad a quien odiaba.

Massó, especial en todo, tenía los estigmas de un degenerado. Era

muy supersticioso; andaba por en medio de las calles y nunca por las

aceras; decía, medio en broma, medio en serio, que al pasar iba dejando

como rastro, un hilo invisible que no debía romperse. Así, cuando iba a

un café o al teatro salía por la misma puerta por donde había entrado

para ir recogiendo el misterioso hilo.

Otra cosa caracterizaba a Massó; su wagnerismo entusiasta e

intransigente que contrastaba con la indiferencia musical de Aracil, de

Hurtado y de los demás.

Aracil había formado a su alrededor una camarilla de amigos a quienes

dominaba y mortificaba, y entre éstos se contaba Massó; le daba grandes

plantones, se burlaba de él, lo tenía como a un payaso.

Aracil demostraba casi siempre una crueldad desdeñosa, sin brutalidad,

de un carácter femenino.

Aracil, Montaner y Hurtado, como muchachos que vivían en Madrid, se

reunían poco con los estudiantes provincianos; sentían por ellos un

gran desprecio; todas esas historias del casino del pueblo, de la novia

y de las calaveradas en el lugarón de la Mancha o de Extremadura, les

parecían cosas plebeyas, buenas para gente de calidad inferior.

Esta misma tendencia aristocrática, más grande sobre todo en Aracil

y en Montaner que en Andrés, les hacía huir de lo estruendoso, de lo

vulgar, de lo bajo; sentían repugnancia por aquellas chirlatas en donde

los estudiantes de provincia perdían curso tras curso, estúpidamente

jugando al billar o al dominó.

A pesar de la influencia de sus amigos, que le inducían a aceptar las

ideas y la vida de un señorito madrileño de buena sociedad, Hurtado se

resistía.

Sujeto a la acción de la familia, de sus condiscípulos y de los libros,

Andrés iba formando su espíritu con el aporte de conocimientos y datos

un poco heterogéneos.

Su biblioteca aumentaba con desechos; varios libros ya antiguos de

Medicina y de Biología, le dió su tío Iturrioz; otros, en su mayoría

folletines y novelas, los encontró en casa; algunos los fué comprando

en las librerías de lance. Una señora vieja, amiga de la familia, le

regaló unas ilustraciones y la historia de la Revolución francesa, de

Thiers. Este libro, que comenzó treinta veces y treinta veces lo dejó

aburrido, llegó a leerlo y a preocuparle. Después de la historia de

Thiers, leyó los _Girondinos_, de Lamartine.

Con la lógica un poco rectilínea del hombre joven, llegó a creer que el

tipo más grande de la Revolución, era Saint Just. En muchos libros, en

las primeras páginas en blanco, escribió el nombre de su héroe, y lo

rodeó como a un sol de rayos.

Este entusiasmo absurdo lo mantuvo secreto; no quiso comunicárselo a

sus amigos. Sus cariños y sus odios revolucionarios, se los reservaba,

no salían fuera de su cuarto. De esta manera, Andrés Hurtado se sentía

distinto cuando hablaba con sus condiscípulos en los pasillos de San

Carlos y cuando soñaba en la soledad de su cuartucho.

Tenía Hurtado dos amigos a quienes veía de tarde en tarde. Con ellos

debatía las mismas cuestiones que con Aracil y Montaner, y podía así

apreciar y comparar sus puntos de vista.

De estos amigos, compañeros de Instituto, el uno estudiaba para

ingeniero, y se llamaba Rafael Sañudo; el otro era un chico enfermo,

Fermín Ibarra.

A Sañudo, Andrés le veía los sábados por la noche en un café de la

calle Mayor, que se llamaba Café del Siglo.

A medida que pasaba el tiempo, veía Hurtado cómo divergía en gustos y

en ideas de su amigo Sañudo, con quien antes, de chico, se encontraba

tan de acuerdo.

Sañudo y sus condiscípulos no hablaban en el café más que de música; de

las óperas del Real, y sobre todo, de Wagner. Para ellos, la ciencia,

la política, la revolución, España, nada tenía importancia al lado

de la música de Wagner. Wagner era el Mesías, Beethoven y Mozart los

precursores. Había algunos beethovenianos que no querían aceptar a

Wagner, no ya como el Mesías, ni aun siquiera como un continuador

digno de sus antecesores, y no hablaban más que de la quinta y de la

novena, en éxtasis. A Hurtado, que no le preocupaba la música, estas

conversaciones le impacientaban.

Empezó a creer que esa idea general y vulgar de que el gusto por la

música significa espiritualidad, era inexacta. Por lo menos en los

casos que él veía, la espiritualidad no se confirmaba. Entre aquellos

estudiantes amigos de Sañudo, muy filarmónicos, había muchos, casi

todos, mezquinos, mal intencionados, envidiosos.

Sin duda, pensó Hurtado, que le gustaba explicárselo todo, la vaguedad

de la música hace que los envidiosos y los canallas, al oir las

melodías de Mozart, o las armonías de Wagner, descansen con delicia

de la acritud interna que les produce sus malos sentimientos, como un

hiperclorhídrico al ingerir una substancia neutra.

En aquel Café del Siglo, adonde iba Sañudo, el público, en su mayoría,

era de estudiantes; había también algunos grupos de familia, de esos

que se atornillan en una mesa, con gran desesperación del mozo, y unas

cuantas muchachas de aire equívoco.

Entre ellas llamaba la atención una rubia muy guapa, acompañada de su

madre. La madre era una chatorrona gorda, con el colmillo retorcido,

y la mirada de jabalí. Se conocía su historia; después de vivir con

un sargento, el padre de la muchacha, se había casado con un relojero

alemán, hasta que éste, harto de la golfería de su mujer, la había

echado de su casa a puntapiés.

Sañudo y sus amigos se pasaban la noche del sábado hablando mal de

todo el mundo, y luego comentando con el pianista y el violinista del

café, las bellezas de una sonata de Beethoven o de un minué de Mozart.

Hurtado comprendió que aquel no era su centro y dejó de ir por allí.

Varias noches, Andrés entraba en algún café cantante con su tablado

para las cantadoras y bailadoras. El baile flamenco le gustaba y el

canto también cuando era sencillo; pero aquellos especialistas de café,

hombres gordos que se sentaban en una silla con un palito y comenzaban

a dar jipíos y a poner la cara muy triste, le parecían repugnantes.

La imaginación de Andrés le hacía ver peligros imaginarios que por un

esfuerzo de voluntad intentaba desafiar y vencer.

Había algunos cafés cantantes y casas de juego, muy cerrados, que

a Hurtado se le antojaban peligrosos; uno de ellos era el café del

Brillante, donde se formaban grupos de chulos, camareras y bailadoras;

el otro un garito de la calle de la Magdalena, con las ventanas ocultas

por cortinas verdes. Andrés se decía: Nada, hay que entrar aquí; y

entraba temblando de miedo.

Estos miedos variaban en él. Durante algún tiempo, tuvo como una mujer

extraña, a una buscona de la calle del Candil, con unos ojos negros

sombreados de obscuro, y una sonrisa que mostraba sus dientes blancos.

Al verla, Andrés se estremecía y se echaba a temblar. Un día la

oyó hablar con acento gallego, y sin saber por qué, todo su terror

desapareció.

Muchos domingos por la tarde, Andrés iba a casa de su condiscípulo

Fermín Ibarra. Fermín estaba enfermo con una artritis, y se pasaba la

vida leyendo libros de ciencia recreativa. Su madre le tenía como a un

niño y le compraba juguetes mecánicos que a él le divertían.

Hurtado le contaba lo que hacía, le hablaba de la clase de disección,

de los cafés cantantes, de la vida de Madrid de noche.

Fermín, resignado, le oía con gran curiosidad. Cosa absurda; al salir

de casa del pobre enfermo, Andrés tenía una idea agradable de su vida.

¿Era un sentimiento malvado de contraste? ¿El sentirse sano y fuerte

cerca del impedido y del débil?

Fuera de aquellos momentos, en los demás, el estudio, las discusiones,

la casa, los amigos, sus correrías, todo esto, mezclado con sus

pensamientos, le daba una impresión de dolor, de amargura en el

espíritu. La vida en general, y sobre todo la suya, le parecía una cosa

fea, turbia, dolorosa e indominable.

VII

ARACIL Y MONTANER

ARACIL, Montaner y Hurtado concluyeron felizmente su primer curso de

Anatomía. Aracil se fué a Galicia, en donde se hallaba empleado su

padre; Montaner a un pueblo de la Sierra y Andrés se quedó sin amigos.

El verano le pareció largo y pesado; por las mañanas iba con Margarita

y Luisito al Retiro, y allí corrían y jugaban los tres; luego la tarde

y la noche las pasaba en casa dedicado a leer novelas; una porción de

folletines publicados en los periódicos durante varios años. Dumas

padre, Eugenio Sué, Montepín, Gaboriau, Miss Braddon sirvieron de pasto

a su afán de leer. Tal dosis de literatura, de crímenes, de aventuras y

de misterios acabó por aburrirle.

Los primeros días del curso le sorprendieron agradablemente. En estos

días otoñales duraba todavía la feria de septiembre en el Prado,

delante del Jardín Botánico, y al mismo tiempo que las barracas con

juguetes, los tíos vivos, los tiros al blanco, y los montones de

nueces, almendras y acerolas, había puestos de libros en donde se

congregaban los bibliófilos, a revolver y a hojear los viejos volúmenes

llenos de polvo. Hurtado solía pasar todo el tiempo que duraba la

feria, registrando los libracos entre el señor grave, vestido de negro,

con anteojos, de aspecto doctoral, y algún cura esquelético, de sotana

raída.

Tenía Andrés cierta ilusión por el nuevo curso, iba a estudiar

Fisiología y creía que el estudio de las funciones de la vida le

interesaría tanto o más que una novela; pero se engañó, no fué así.

Primeramente el libro de texto era un libro estúpido, hecho con

recortes de obras francesas y escrito sin claridad y sin entusiasmo;

leyéndolo no se podía formar una idea clara del mecanismo de la vida;

el hombre aparecía, según el autor, como un armario con una serie de

aparatos dentro, completamente separados los unos de los otros, como

los negociados de un ministerio.

Luego el catedrático era hombre sin ninguna afición a lo que explicaba,

un señor senador, de esos latosos, que se pasaba las tardes en el

Senado discutiendo tonterías y provocando el sueño de los abuelos de la

Patria.

Era imposible que con aquel texto y aquel profesor llegara nadie a

sentir el deseo de penetrar en la ciencia de la vida. La Fisiología,

cursándola así, parecía una cosa estólida y deslavazada, sin problemas

de interés ni ningún atractivo.

Hurtado tuvo una verdadera decepción. Era indispensable tomar la

Fisiología como todo lo demás, sin entusiasmo, como uno de los

obstáculos que salvar para concluir la carrera.

Esta idea, de una serie de obstáculos, era la idea de Aracil. Él

consideraba una locura el pensar que habían de encontrar un estudio

agradable.

Julio, en esto, y en casi todo, acertaba. Su gran sentido de la

realidad le engañaba pocas veces.

Aquel curso, Hurtado intimó bastante con Julio Aracil. Julio era un año

o año y medio más viejo que Hurtado y parecía más hombre. Era moreno,

de ojos brillantes y saltones, la cara de una expresión viva, la

palabra fácil, la inteligencia rápida.

Con estas condiciones cualquiera hubiese pensado que se hacía

simpático; pero no, le pasaba todo lo contrario; la mayoría de los

conocidos le profesaban poco afecto.

Julio vivía con unas tías viejas; su padre, empleado en una capital de

provincia, era de una posición bastante modesta. Julio se mostraba muy

independiente, podía haber buscado la protección de su primo Enrique

Aracil, que por entonces acababa de obtener una plaza de médico en el

hospital, por oposición, y que podía ayudarle; pero Julio no quería

protección alguna; no iba ni a ver a su primo; pretendía debérselo

todo a sí mismo. Dada su tendencia práctica, era un poco paradójica

esta resistencia suya a ser protegido.

Julio, muy hábil, no estudiaba casi nada, pero aprobaba siempre.

Buscaba amigos menos inteligentes que él para explotarles; allí donde

veía una superioridad cualquiera, fuese en el orden que fuese, se

retiraba. Llegó a confesar a Hurtado, que le molestaba pasear con gente

de más estatura que él.

Julio aprendía con gran facilidad todos los juegos. Sus padres,

haciendo un sacrificio, podían pagarle los libros, las matrículas y la

ropa. La tía de Julio solía darle para que fuera alguna vez al teatro

un duro todos los meses, y Aracil se las arreglaba jugando a las cartas

con sus amigos, de tal manera, que después de ir al café y al teatro y

comprar cigarrillos, al cabo del mes, no sólo le quedaba el duro de su

tía, sino que tenía dos o tres más.

Aracil era un poco petulante, se cuidaba el pelo, el bigote, las uñas y

le gustaba echárselas de guapo. Su gran deseo en el fondo era dominar,

pero no podía ejercer su dominación en una zona extensa, ni trazarse un

plan, y toda su voluntad de poder y toda su habilidad se empleaba en

cosas pequeñas. Hurtado le comparaba a esos insectos activos que van

dando vueltas a un camino circular con una decisión inquebrantable e

inútil.

Una de las ideas gratas a Julio era pensar que había muchos vicios y

depravaciones en Madrid.

La venalidad de los políticos, la fragilidad de las mujeres, todo lo

que significara claudicación, le gustaba; que una cómica, por hacer un

papel importante, se entendía con un empresario viejo y repulsivo; que

una mujer, al parecer honrada, iba a una casa de citas, le encantaba.

Esa omnipotencia del dinero, antipática para un hombre de sentimientos

delicados, le parecía a Aracil algo sublime, admirable, un holocausto

natural a la fuerza del oro.

Julio era un verdadero fenicio; procedía de Mallorca y probablemente

había en él sangre semítica. Por lo menos si la sangre faltaba, las

inclinaciones de la raza estaban íntegras. Soñaba con viajar por el

Oriente, y aseguraba siempre que, de tener dinero, los primeros países

que visitaría serían Egipto y el Asia Menor.

El doctor Iturrioz, tío carnal de Andrés Hurtado, solía afirmar

probablemente de una manera arbitraria, que en España, desde un punto

de vista moral, hay dos tipos: el tipo ibérico y el tipo semita. Al

tipo ibérico asignaba el doctor las cualidades fuertes y guerreras

de la raza; al tipo semita las tendencias rapaces, de intriga y de

comercio.

Aracil era un ejemplar acabado del tipo semita. Sus ascendientes

debieron ser comerciantes de esclavos en algún pueblo del

Mediterráneo. A Julio le molestaba todo lo que fuera violento y

exaltado: el patriotismo, la guerra, el entusiasmo político o social;

le gustaba el fausto, la riqueza, las alhajas, y como no tenía dinero

para comprarlas buenas, las llevaba falsas y casi le hacía más gracia

lo mixtificado que lo bueno.

El árbol de la ciencia: novela · 第 1 / 15 段