tema no lo dejaba hasta marear con él á Cristo Padre, prorrumpió en
risas, y batiendo palmas y agitando los pies como si también con los
pies quisiera expresar su pensamiento, repitió unas veinticinco ó
treinta veces:
«Que tú _é_ mi papá... que tú _é_ mi papá.»
Facunda se retiraba gruñendo:
«Eso bien claro se ve. No necesito yo que la nena me lo cuente.
--Señora Facunda--dijo León.--Al aya que puede retirarse. Monina y
Tachana se quedan aquí. Yo las llevaré á Suertebella.»
IX
La crisis.
Una hora después, Monina y Tachana jugaban en la alfombra con
cucuruchos y gallitos de papel que León les había hecho, y éste ponía
orden en la mesa, apartando lo que pudo salvarse de la invasión. El
ruido de la puerta hízole alzar la vista, y vió delante de sí á su
suegro, el señor Marqués de Tellería. Parecía envejecido, y su cara,
más rugosa y amojamada que de ordinario, anunciaba una perturbación
nerviosa, ó tal vez la ausencia de algún menjurje con que
acostumbraba rejuvenecerse. Como lamparillas que por falta de aceite
pestañean, esforzándose en arder con humeante llama, así brillaban
sus mustios ojos, revelando lágrimas ó insomnio. Su vestir únicamente
no había variado nada, y era siempre correcto y pulcro; pero su voz,
antes tan resuelta como la de todo aquel que cree decir cosas de
substancia, era ya tímida, sofocada, hiposa, mendicante. León sintió
en grado máximo lo que siempre había sentido por su suegro: lástima.
Le señaló un sillón.
«Tengo calentura--dijo el Marqués alargando la mano para que León le
tomara el pulso.--Hace tres noches que no duermo nada, y anoche...
creí morir de susto y vergüenza.»
León pidió informes para juzgar las causas de tanta desventura y el
no dormir.
«Te lo contaré todo. Para tí no puede haber secretos--dijo Tellería
dando un gran suspiro.--A pesar de lo que ha pasado con María, y que
deploro con toda mi alma... ¡Oh! todavía espero reconciliaros... pues
á pesar de eso siempre serás para mí un hijo querido.»
Tanta melifluidad puso en guardia á León.
«¡Ah! nos pasan cosas horribles... Se te erizarán los cabellos cuando
te cuente, querido hijo... ¿Pero no es verdad que tengo calentura? Mi
temperamento delicado y nervioso no resiste á estas emociones. ¡Ojalá
no conozcas nunca en tu casa lo que ha pasado estos días en la de tus
padres! He venido á contártelo, y ya ves, no sé cómo empezar: tengo
miedo, no me atrevo.
--Yo lo comprendo bien--dijo León deseando poner fin al largo
preámbulo telleriano.--Ha llegado el momento en que el sistema de
trampa adelante se ha hecho insostenible. Todo acababa en el mundo,
hasta la mentirosa comedia de los que viven gastando lo que no
tienen; llega un día en que los acreedores se cansan, en que los
industriales diariamente engañados, los tapiceros, los sastres, los
abastecedores al pormenor ponen el grito en el cielo, y ya no piden,
sino que toman; ya no murmuran, sino que vociferan.
--Sí, sí--dijo el Marqués cerrando los ojos:--ese día ha llegado.
No se quiso hacer caso de mis saludables consejos, y ahí tienes
la catástrofe; catástrofe horrible, cuyas consecuencias no puedes
figurarte por más que tu imaginación... En una palabra, querido hijo,
el embargo está pendiente sobre nuestras cabezas... No siento yo
que se lleven los cachivaches que hay en casa y que Milagros ha ido
tomando de las tiendas sin pagarlos; lo que siento es el escándalo.
Anteayer, un tendero de comestibles que ha ido á casa unas doscientas
veces, armó en la escalera un jaleo espantoso. Yo oí desde mi
despacho sus horribles denuestos; salí furioso; pero él había bajado
ya y continuaba su arenga en medio de la calle. Ayer el dueño del
coche se ha negado á servirnos, y no es esto lo peor, sino que me
envió una carta insolente... Te la voy á enseñar...
--No, no es preciso--dijo León deteniendo la mano trémula del
Marqués, que rebuscaba en los bolsillos.--Ya supongo lo que dirá ese
mártir.
--Ayer me citó el juez... Esos impíos tenderos, leñeros,
alfombristas, tapiceros y mercachifles de todas clases, han
presentado lo menos veinticinco demandas contra mí... ¡Qué horrible
es referir estas miserias! Parece que me arden en la boca las
palabras con que te lo cuento, y el sonrojo me quema la cara. Dime,
¿no tienes compasión de mí?
--Mucha,--replicó León, realmente lleno de lástima.
--No me defiendo, no--dijo el Marqués con voz melodramática y
cerrando los ojos.--Ya se han agotado todos los recursos y se han
cerrado todas las puertas. En alhajas no queda ya nada, ni las
papeletas del Monte. Un prestamista á quien me dirigí ayer, el único
en quien tenía alguna esperanza, porque con los demás no hay que
contar ya, me recibió ásperamente, díjome palabras que no quiero
recordar, y me despidió de su casa. ¡Oh! ¡Qué horribles confidencias,
León! Estoy revolviendo este muladar de miseria y deshonor en que
he caído, y me parece mentira que sea yo el que cuente estas cosas,
que sea yo, Agustín Luciano de Sudre, Marqués de Tellería, hijo del
mejor caballero que vió Extremadura, y heredero de un nombre que
atravesó siglos y siglos rodeado de consideración y respeto.
--Es verdad--dijo León con severidad:--parece mentira, y más
inverosímil aún es que habiendo sido sacado usted otras veces por
manos generosas de ese muladar de vergüenza y miseria, se haya
arrojado de nuevo en él.
--Tienes razón... he sido débil; pero yo solo no tengo la culpa--dijo
el prócer, humilde como un escolar.--Mis hijos, mi mujer, me han
empujado para que caiga más pronto. Y si te contara lo más negro, lo
más deshonroso... ¡Ah! León de mi alma, necesito contártelo, aunque
estas cosas son de las que sólo se dicen á la almohada sobre que
dormimos, y aun diciéndoselo á la almohada se ruboriza uno. A tí no
se te puede ocultar nada... Pero es tan duro de decir... Todo lo que
hay en mí de esta _hidalguía castellana_ heredada de mis padres, se
subleva en mi alma y siento como si una mano me tapara la boca.
--Si no es absolutamente preciso para el objeto de su visita, puede
usted callarlo.
--Te lo he de decir, aunque me amarga mucho. Ya sabes que Gustavo
tiene relaciones con la San Salomó, relaciones que no quiero
calificar. Pues bien: Gustavo... No creo que la idea partiera de
Gustavo: creo más bien en sugestiones y astucias de Milagros... No sé
cómo decírtelo, no sé qué palabras emplear tratándose de personas de
mi familia. En resumen, Pilar San Salomó dió á Gustavo una cantidad,
no sé con qué fin; cantidad que se apropió mi bendita mujer, no sé
con qué pretexto. Ellos hicieron allá sus arreglos... no sé si hubo
promesa de pago, algún documentillo... Mi hijo, que es caballero y
se vió comprometido, tuvo una violenta escena con su madre anoche á
propósito de ese dinero, y... no puedes figurarte la que se armó en
casa. Gustavo y Polito vinieron á las manos; tuve que hacer esfuerzos
locos para ponerles en paz... Poco después Gustavo se retiró á su
cuarto; corrí tras él sospechando una cosa lamentable, y le sorprendí
acercándose una pistola á la sien... Nueva escena, nuevos gritos,
con la añadidura de un desmayo de Milagros... ¡Qué noche, hijo
mío, qué noche tan horrible! Para colmo de fiesta, los criados,
desesperanzados de cobrar, se han ido después de insultarnos en coro
llamándonos... no, no lo digo; hay palabras que se resisten á salir
de mi boca.»
Detúvose el Marqués desfallecido y jadeante. Gruesas gotas de sudor
resbalaban por su frente, y su pecho se inflamaba y se deprimía
como el de quien acaba de soltar un peso enorme. Hubo una pausa que
León no quiso de modo alguno cortar. El mismo D. Agustín fué quien
evocando el resto de sus gastadas fuerzas, y poniendo la cara más
afligida, más dramática, más luctuosa que cabe imaginar, exclamó:
--León, hijo mío, sálvame, sálvame de este conflicto. Si tú no me
salvas, moriré, moriremos todos. Salva mi honrado nombre.
--¿De qué modo?--preguntó León fríamente.
--¿No ves mi deshonra?
--Sí; pero veo difícil que pueda evitarla.
--Dime, ¿tendrás valor para ver á tus padres pidiendo limosna?--dijo
el suegro apelando á un recurso que creía de efecto.
--Estoy dispuesto á impedir que los padres y los hermanos de mi
mujer pidan limosna. Pero si pretende usted que aplaque á sus
acreedores, en una palabra, si pretende usted que pague las deudas
contraídas por el despilfarro, el desorden y la vanidad, para que
luego que estén libres vuelvan la vanidad y el desorden á seguir
viviendo y escandalizando, me veré en el caso sensible de responder
negativamente. No una, sino varias veces he sacado á usted de
atolladeros como éste. Mucho propósito de enmienda, muchos planes
de reformas; pero al cabo la enmienda ha sido gastar más. Usted,
Milagros y Polito han consumido la cuarta parte de mi fortuna. Basta
ya: no puedo más.»
La energía de León abrumó al pobre Marqués, que estaba anonadado. La
rudeza de la negativa quitóle por algún tiempo el uso de la palabra.
Al fin, balbuciendo y rebuscando las frases aquí y allá, como el que
recoge las cuentas de un rosario que se rompe en medio de la calle,
pudo hablar así:
«No te pido limosna... No está en mi carácter... Siempre que he
apelado á tu generosidad ha sido... con garantía é intereses.
--Garantía de pura fórmula, intereses ilusorios que he admitido por
delicadeza, para cubrir la donación con la vestidura de un préstamo
hipotecario. ¿Qué garantía ha de dar quien ya no tiene ni tierras, ni
casas, ni una hilacha que no esté en manos de los acreedores? Lo que
yo he hecho no es generosidad, señor Marqués: es un verdadero crimen.
No he amparado á menesterosos, sino que he protegido el vicio.
--¡Por Dios!--dijo Tellería tembloroso y aturdido;--recuerda... Tus
larguezas con mis hijos y con mi mujer han sido la correspondencia
natural del amor que te tenemos... Acabemos, León: ha llegado el
momento crítico de mi vida. Se trata de salvar la honra de mi casa.
--Su casa de usted ya no tiene honra, hace tiempo que no la tiene.»
Irguió el Marqués su afeminada cabecilla; tiñéronse de una púrpura
sanguinolenta sus apergaminados carrillos, y sus ojos brillaron
como si hubiera pasado rápidamente por delante de ellos una luz.
Creeríase que aquel hombre, tan debilitado moral como físicamente,
buscaba en el fondo de su alma un resto de dignidad, y lo tomaba y lo
esgrimía como el soldado cobarde que, no habiendo hecho nada durante
la batalla, quiere en el último instante de pelea contestar con una
muerte gloriosa á los denuestos de sus compañeros. Pero León tenía
sobre él tan gran ascendiente, que el desgraciado prócer no halló
fuerzas para alzar la voz, y sólo pudo echar de sí un gemido. Dejando
caer después su abatida cabeza sobre el pecho, oyó como un estúpido.
Era el árbol carcomido y seco que esperaba el último hachazo.
«Su casa de usted no tiene ya honra--repitió León,--á no ser que
demos á las palabras un valor convencional y ficticio. La honra
verdadera no consiste en formulillas que se dicen á cada paso para
escudar debilidades y miserias; se funda en las acciones nobles,
en la conducta juiciosa y prudente, en el orden doméstico, en la
veracidad de las palabras. Donde esto no existe, ¿cómo ha de haber
honra? Donde todo es engaño, insolvencia, vicios y vanidad, ¿cómo ha
de haber honra? Puesto que estamos aquí en familia, podemos pasar
una revista á la conducta de Milagros, á la de Polito, á la de usted
mismo.»
El Marqués extendió la mano, queriendo rogar á su yerno con gesto
suplicante que no pasara ninguna revista. León, no obstante, creyó
necesario decir algo.
«Te ruego--repuso Tellería con afligido tono,--que no me recuerdes
eso que amargamente deploro. Cierto que he tenido devaneos... ¿quién
no los tiene? El mundo es así... ¿Eso qué significa?... Ahora que me
ahogo, León, dame la mano ó déjame morir; pero no me inculpes, no me
crucifiques más de lo que estoy. Es verdad que no debo apelar tantas
veces á tu generosidad; pero las circunstancias en que yo y tú nos
hallamos son muy distintas. Yo tengo hijos, tú no los tienes.
--Pero...» murmuró León.
Sin duda quiso decir: «Pero puedo tenerlos.» El Marqués contempló un
rato á las dos niñas que jugaban en medio del cuarto.
«Para concluir--dijo León Roch.--Cuente usted con una pensión
suficiente para vivir con modestia y decencia. Es todo lo que puedo
hacer. Ni yo tengo minas de oro, ni si las tuviera bastarían á llenar
una vez y otra esos hoyos que abren ustedes cada poco tiempo.»
D. Agustín palideció, y mirando al suelo movió las mandíbulas, como
quien revuelve en la boca el hueso de una fruta.
«Una pensión...» murmuró.
En efecto: la pensioncilla se le atragantaba, y aunque la gratitud
impedíale protestar de palabra contra ella, bien claro decía su
demudado rostro que aquella limosna vitalicia, arrojada por la
compasión, sublevaba su orgullo y enardecía su sangre. Tal era su
relajación moral, que no se creía rebajado implorando un préstamo con
garantías ilusorias, equivalentes á una reserva mental de no pagar
nunca, y se sentía herido en lo más doliente de su sér al recibir una
pensión que llamaba él _una bofetada de pan_.
Además, su propio egoísmo le hacía rechazar una solución que no le
sacaba de los apuros del momento. ¿Qué le importaba el porvenir
ni aquella vida modesta y decorosa de que León le hablaba? ¿Qué
entiende el tramposo de porvenir? Su afán es salvarse en las grandes
crisis de escándalo, para seguir después, alta la frente, seguro el
paso, por el mismo camino de la dilapidación y del fraude, cuyos
recodos y atajos conoce á maravilla. Pero el respeto del Marqués á
las conveniencias y su refinada cortesanía, obligábanle á velar su
pensamiento y aun á mostrarse agradecido por aquel _potaje de San
Bernardino_ que su yerno le ofrecía.
«Una pensión...--dijo revolviendo en la boca lo que parecía hueso de
fruta.--Eres muy generoso... yo te agradezco tu previsión. Verdad es
que no resolvemos nada con eso. El naufragio subsiste, y tu pensión
es una playa que está á cien leguas de distancia...»
No supo decir otra cosa; pero palideció más, y sus ojos miraban con
más fijeza al suelo. Determinábanse en él la ira y la contrariedad
por una desfiguración facial que parecía envejecimiento rápido,
instantáneo, milagroso. Su boca se fruncía entre dos pliegues
hondos, y los pelos de su bigote desengomado tomaban direcciones
distintas, cual si quisieran amenazar á todo el género humano. Sus
mejillas de tez ajada y vinosa se le llenaban de arrugas, y bajo sus
apagados ojos colgaban dos bolsas de carne blanducha. Hasta se podría
creer que su cuello se hacía más delgado, sus orejas más largas y
cartilaginosas; que sus sienes, oprimidas y surcadas de venas verdes,
tomaban el color amarillento de la cera de velas mortuorias. Cuando
el inflexible yerno dijo con su tono decisivo é inapelable: «la
pensión y nada más que la pensión,» D. Agustín de Sudre marchaba con
veloz descenso á la decrepitud. Después de meditar un rato sobre su
desastrosa suerte, alzó la cabeza, y poniendo en sus labios una de
esas contracciones en que se confunde la sonrisa del disimulo con el
espumarajo de la rabia, dijo á su yerno:
«Eres muy complaciente y benévolo con nosotros; pero si mucho
tenemos que agradecerte, también tú tienes motivos para guardarnos
consideraciones. Ni siquiera nos hemos quejado al ver que has hecho
desgraciada á nuestra querida hija.
--¡Que yo la hago desgraciada!--exclamó León con flema.
--Sí: muy desgraciada... y nosotros tan callados, por consideración
á tí, por excesiva consideración... Pero al fin los sentimientos
paternales se despiertan vivamente en nosotros, y no podemos callar
viendo el dolor de ese ángel... Pues qué, ¿crees tú que la pena
ocasionada por tu separación no la llevará al sepulcro?»
Todos los seres, por diminutos que sean, tratan de morder ó picar
cuando se sienten aplastados. Herido en su orgullo y burlado en sus
locas esperanzas, el Marqués sacaba su aguijoncillo.
«Esa cuestión es harto complicada para tratarla de paso. ¿Quiere
usted como padre recibir explicaciones? Si es así, preciso es
confesar que ha tardado usted mucho en pedírmelas. Hace casi un mes
que me separé resueltamente de María.
--Pero no por tardar dejo de hacerlo--dijo D. Agustín reanimándose
al ver en sus manos una de las armas que ponen al cobarde en mejor
situación que el valiente.--Soy padre, y padre amantísimo. Lo que has
hecho con María, con aquel ángel de bondad, no tiene nombre. Primero
la has atormentado con tu ateísmo y has martirizado cruelmente su
corazón, haciendo gala de tus ideas materialistas... Pues qué, ¿no
merece ya ni siquiera respeto la piedad de una mujer, que educada
en la verdadera religión, quiere practicarla con fervor? Pues qué,
¿ya no hay creencias, ya no hay fe; hemos de gobernar el mundo y la
familia con las _utopias_ de los ateos?
--¿Qué sabe usted cómo se gobiernan el mundo y la familia?--dijo León
tomando á burlas la severidad de su suegro.--¿Ni cuándo ha sabido
usted lo que es religión, ni cuándo ha tenido creencias, ni fe, ni
nada?...
--Es verdad: yo no soy sabio, no puedo hablar de esto--replicó
Tellería, reconociéndose incompetente.--No sé nada; pero hay en mí
sentimientos tradicionales que están grabados en mi corazón desde
la niñez; hay ciertas ideas que no se me han olvidado á pesar de
mis errores, y con esas ideas afirmo que al separarte de María, has
conculcado las leyes morales que rigen á la sociedad, todo _lo que
hay de más venerando en la conciencia humana_.»
Este trozo de artículo de periódico exasperó á León tal vez más de lo
que la calidad de su interlocutor merecía. Pálido de ira, le dijo:
«Buenas están vuestras leyes morales, buenas están vuestras
interpretaciones de la conciencia humana... Tienen gracia vuestras
cosas venerandas. ¡Ah, y yo he sido tan necio que he sufrido por
espacio de cuatro años una vida de opresión y asfixia dentro de una
esfera social en que todo es fórmula: fórmula la moral y la religión,
fórmula el honor, fórmula la riqueza misma, fórmulas las leyes,
hechas de mogollón, jamás cumplidas, todo farsa y teatro, en que
nadie se cansa de engañar al mundo con mentirosos papeles de virtud,
de religiosidad, de hidalguía! ¡Bonito modelo de sociedad, digna de
conservarse perpetuamente sin que nadie la toque, sin que nadie ose
poner la mano en ella, ni siquiera para acusarla! ¡Y yo, según usted,
he faltado al respeto que merece este rebaño de hipócritas, bastante
hábiles para ocultar al vulgo sus corrupciones y hacerse pasar
por seres con alma y conciencia! ¡Y yo que he sido un sér pasivo,
yo que he visto y callado y sufrido, y ni siquiera me opuse á las
aberraciones de mi mujer, más fanática, pero menos criminal que los
demás, he faltado á las leyes morales! ¿En qué ni de qué modo? ¡Pero
sí, sí: he sido cómplice callado y ocultador criminal del desorden,
ayudando con mi dinero á los padres pródigos, á los hijos libertinos
y á las madres gastadoras! He sido el Mecenas de la disolución, he
dado alas á todos los vicios, al crimen mismo. Esta es mi falta, la
reconozco.»
Al principio enojado, después iracundo y al fin furioso, León daba
golpes sobre la mesa, increpando con enérgica mano á su suegro, el
cual se fué empequeñeciendo, reduciéndose á la mínima expresión.
El pobre señor tenía los ojos fijos, durante la filípica, en un
vaso puesto sobre la mesa, y consideraba que cabría muy bien dentro
de aquel vaso. Monina y Tachana, muertas de miedo, recogieron sus
cucuruchos y sus gallos de papel, y calladitas, sin atreverse á reir
ni á llorar, se retiraron á un rincón de la pieza.
«Yo hablaba como padre,--dijo el Marqués con voz tan tenue que
parecía salir del fondo del vaso.
--Y yo hablo como hombre herido en lo más delicado de su alma,
como marido expatriado de su hogar por una Inquisición de hielo,
y lanzado á las soledades del celibato de hecho por un fanatismo
brutal y una fe sin entrañas. Esas leyes morales de que usted me
hablaba me condenarán á mí, lo sé, y me condenarán por lo que
llaman ridículamente mi ateísmo, cuando los verdaderos ateos, los
materialistas empedernidos son ellos, son esos que se visten toga
de juez para acusarme, lo mismo que se vestirían el saco de Pierrot
para bailar en un sarao. Aunque no les creo dignos de recibir una
explicación mía, sepan que soy víctima, no el verdugo, y que estoy
decidido á no respetar, como hasta aquí, los dictámenes de los
hipócritas, ni las sentencias de los corrompidos. Yo obraré por
cuenta mía, yo sé dónde están las verdaderas, las inmutables leyes:
no haré caso de formulillas ni de recetas. ¡Qué placer tan grande
despreciar, no ya secreta, sino públicamente, lo que no merece
ningún respeto: ese tribunal, esa sentencia fabricada con el voto
y con los pareceres de todos los despojados de sentido moral, de
los concusionarios, de los hipócritas, de los pródigos, de los
holgazanes, de los mojigatos viciosos, de los viejos amancebados,
de las mujeres locas, de los jóvenes decrépitos, de los negociantes
en fondos públicos y en conciencias privadas, de los que quieren
ser personajes y sólo son jimias, de los que todo lo venden,
hasta el honor, y de los que no se venden porque no hay quien los
quiera comprar, de los que se dan aires de gravedad sacerdotal,
siendo seglares, y son un verdadero saco de podredumbre con figura
humana!... Allá se queden esos... yo me aparto, me retiro solo
dejando á mi desgraciada esposa lejos de mí, por su voluntad, no
por la mía. Miraré desde fuera ese espectáculo edificante. Allá se
entiendan... Vivan al día; gasten lo que no tienen; hagan novenas;
reciban coronas y alabanzas los adúlteros; repártase el dinero de la
riqueza territorial entre los sacristanes y las bailarinas; púdranse
las familias y acaben en generaciones de engendros raquíticos; hagan
de las cosas más serias de la vida un juego frívolo, y conservando
en sus almas un desdén absoluto á la virtud, á la verdadera piedad,
invoquen con su lenguaje campanudo una moral que desconocen y un
Dios que niegan con sus actos. ¡Ateos ellos, á menos que Dios no sea
un vocablo cómodo! ¡Ateos ellos mil veces, que miden la grandeza de
los fines divinos por la pequeñez y la impureza de sus corazones de
cieno!»
El ardor de sus palabras había secado su boca. Tomó el vaso que
estaba sobre la mesa, aquel mismo vaso en que el Marqués hubiera
querido meterse, y bebió un sorbo de agua. El infeliz acusado se
había empequeñecido tanto, que ya no miraba al vaso, sino á una
cajilla de cartón, y parecía decir: «¡Qué bien estaría yo ahora
dentro de esa caja de fósforos!»
Como buen cortesano y dueño absoluto de una multitud de conceptos
comunes para todas las ocasiones, aun las más críticas, Tellería
halló el modo de decir alguna palabra que le sirviese para disimular
la gran confusión en que estaba.
«No te seguiré por ese camino--dijo estirando el cuerpo y ahuecando
la voz.--No imitaré tu lenguaje violento. Yo he invocado las leyes
morales y las invocaré siempre en este asunto... Insisto en lo
inexplicable del desaire que has hecho á María, esposa fiel y
honrada; insisto en lo misterioso de tu separación. Yo no puedo ver
en eso un hecho ocasionado simplemente por el fanatismo de María; yo
sospecho que tú...»
El Marqués se detuvo. Oyóse la voz de Tachana llorando. Ella y Monina
se habían metido en un rincón detrás de una silla, al través de
cuyos palos contemplaban llenas de susto á los dos hombres que tan
acerbamente discutían. Cansadas al fin del escondite, empezaron á
reñir una con otra. Ramona dió un bofetón á su compañera.
«¿Qué niñas son éstas?--dijo el Marqués vivamente.--¿No es aquella
rubia la nietecilla del Marqués de Fúcar, la hija de Pepa?...
--Sí. Monina, ven acá.
--¿No está aquí Suertebella?
--Aquí cerca.
--Ya...»
El Marqués se levantó. Tenía su idea. Aquel hombre, tardo en el
juicio, y que rara vez podía gloriarse de ser propietario de un
pensamiento, pues pensaba con la lógica ajena, así como hablaba con
las frases hechas, sintió su lóbrego cerebro invadido por una luz
extraña. ¡Oh! Sí: él, él también tenía su idea, y no la cambiara por
otra alguna.
«Adiós,--dijo secamente á su yerno, poniendo una cara muy seria, tan
exageradamente seria que parecía cómica.
--Pues adiós,--replicó León con calma.