--¿Qué me manda el señor?--dijo el novel mayordomo con meliflua voz y
arqueando las cejas.
--Que se plante inmediatamente en la calle.
--¡León!--exclamó María, leyendo el enojo en las facciones de su
marido.
--¿Me ha oído usted? Tome usted su baúl, y sin pérdida de tiempo se
va usted de mi casa.
--La señora me ha mandado venir y estar aquí,--repuso el venerable
con acentuación algo firme, sintiéndose muy fuerte con el amparo de
la señora.
--Yo soy el amo de mi casa y le mando á usted que se vaya--dijo León
en un tono que no tenía réplica.--Advirtiéndole á usted que si vuelve
á poner los pies aquí y le veo yo, no saldrá usted por la puerta,
sino por la ventana.»
El hombre enfaldonado hizo una profunda reverencia, y desapareció.
«¡Dios mío!--murmuró María cruzando las manos.--¡Qué vergüenza!
Tratar así á un hombre tan bueno, tan humilde, tan respetable...
--Desde este momento--dijo León encarándose enérgicamente con su
mujer,--todo ha cambiado en esta casa. Ha llegado el caso de tener
que intervenir en tus actos, para sacarte de grado ó por fuerza de
esta vida ridícula y obscura en que has caído, y curarte como se cura
á los locos, ausentándote de todo lo que ha constituído tu locura.
Mi benignidad nos ha perjudicado á los dos; ahora mi energía, que
llegará quizás hasta el despotismo (y no es culpa mía), enderezará
un poco esta senda torcida por donde corres.
--Resignada á padecer--dijo María con unción postiza y
mimosa,--acepto el cáliz que me ofreces. ¿Cuál es? ¿Qué quieres
de mí? ¿Quieres matarme? ¿Quieres una crueldad mayor aún, que es
apartarme de los hábitos de piedad que he contraído? ¿Quieres aún
arrancarme mi fe?
--Yo no quiero arrancar tu fe; otras cosas son las que yo quiero
arrancar, ¡ay de mí!...»
Se detuvo, como si realmente no supiese lo que deseaba. María estaba
serena y hacía bien su papel de víctima, mientras que León parecía
desasosegado y vacilante en su papel de verdugo.
«Esta noche no quiero discutir contigo--dijo.--Durante mucho tiempo
hemos batallado sin conseguir nada. Ahora me ocurre que un poco de
acción es conveniente para salir de este horrible estado. Perdóname
si no te explico nada y te asusto mucho, si en vez de persuadir
mando, si en vez de disputar contigo te niego toda réplica.
--¿Qué quieres? Dilo de una vez.
--Yo necesito ausentarme de Madrid.
--¿Por qué motivo? ¿Te has cansado de teatros, de toros, de casinos,
de tertulias ateas? ¡Ah! Si deseas salir de aquí, no será para ir á
un yermo, sino á París, á Londres, á Alemania.
--Tú me has abandonado--exclamó León con dolor;--tú has huído de mí,
y encastillada en tu perfección chabacana, has destruído lo que debía
ser el encanto y la paz de mi vida; me has hecho odiosa mi propia
casa.»
María se estremeció.
«Pues bien--añadió León con extraordinaria energía:--ya me he cansado
de no tener casa, y estoy resuelto á tenerla.
--¿Pues no estás en ella? Por mi parte, aquí estoy siempre,--dijo
María tan glacial como si por su boca la misma nieve hablase.
--¡Aquí estás! Sí; ¿y quién eres tú? Un sér desapacible y erizado de
púas. De aquí en adelante...
--Tú eres el que mandas, y estás más agitado que yo. Mi resignación
me da serenidad, y á tí tu soberbia de tirano te hace vacilar y
palidecer á cada instante. En una palabra, León, ¿qué quieres?
--Yo me voy de Madrid. Esto es para mí una necesidad imprescindible.
--¿Qué te pasa?
--Que no quiero, no debo seguir aquí. Carezco de todo arrimo y calor
en mi propia casa; estoy sin familia, porque la compañera de mi
vida, en vez de encadenarme con la piedad y el amor, se ha envuelto
en un sudario de hielo. Ella en los delirios de su fe extravagante, y
yo en la triste soledad de mis dudas, no formamos, no podemos formar
una pareja honrada y feliz. Otro vegetaría en esta existencia árida;
yo no puedo. Mi espíritu no se satisface con el estudio; pero no
teniendo otro alimento que el estudio, preciso es que se harte de él.
--¿Por qué no estudias aquí?
--¿Aquí?--exclamó León asombrado de la propuesta.--Aquí no puede ser.
Ya te he dicho que necesito emigrar.
--No te comprendo.
--Lo creo, sí; fácil es que no me comprendas... ¡Y quién me
comprenderá, quién!»
Lanzando un gemido de desesperación, se oprimió con ambas manos la
cabeza. María, respetando el incomprensible dolor de su esposo,
no hizo las observaciones impertinentes que le eran propias en
semejantes casos. Por último, se dejó decir:
«Aquí puedes estudiar todo lo que quieras. Vivamos juntos. Ni tú me
molestarás á mí en mis devociones, ni yo á tí en tus sabidurías.
Seremos dos cenobitas: yo cenobita de la fe, tú cenobita del ateísmo.
--¡Deliciosa vida me propones!... Yo no quiero claustro, sino
familia; no me inclino al desprecio de la vida, sino al uso prudente,
recto y juicioso de ella; no quiero una existencia de imaginación
acalenturada, sino la existencia real, única donde caben los
verdaderos méritos humanos, los deberes bien cumplidos, el régimen
de la conciencia, la paz y el honor. Yo quiero lo que quise fundar
cuando me casé contigo, ¿lo entiendes?
--Lo entiendo, sí; lo que no entiendo es que para que tú tengas
familia te sea preciso salir de Madrid.
--Y salir contigo.
--¡Conmigo!
--Tu deber es seguirme.
--¡San Antonio! Si apelas á mi deber...--balbució María con
resignación artificiosa.--¿Y á dónde me llevas?
--A donde quieras tú. Una vez establecidos en el sitio que elijamos
para residencia, tu vida cambiará por completo.
--Veamos cómo.
--Estableceré un método que se cumplirá con escrupuloso rigor. Te
prohibiré ir á la iglesia en días de trabajo; en mi casa no entrará
una nube de clérigos y santurrones como los que aquí la han tomado
por asalto; haré un expurgo en tus libros, separando de los que
contienen verdadera piedad los que son un fárrago de insulseces y de
farsas ridículas.
--Sigue, hombre, sigue... ¿y qué más?...--indicó María Egipciaca con
sarcasmo.
--Sólo una cosa me resta que decir, y es que optes entre este plan y
la separación absoluta y radical para toda la vida.»
María palideció.
«Eres atroz... eres terrible... déjame siquiera reflexionar un
poco... ¿Y todo eso se ha de hacer fuera de Madrid?
--Sí; fuera. Elige tú el sitio.
--Vamos, no me vuelvas loca con tus majaderías--dijo de improviso,
tomándolo á burla.--Yo no salgo de Madrid.
--Pues adiós--dijo León levantándose.--Desde hoy eres dueña de esta
casa. Queda establecida nuestra separación, no por la ley, sino por
mí. Mañana se te presentará mi apoderado y te dará á conocer la renta
que te señalo. Adiós. En estos asuntos me gusta la concisión y la
prontitud. Todo ha concluído.»
Dió algunos pasos hacia la puerta.
«Aguarda,» indicó María corriendo hacia él. Y después, arrepentida
de aquel movimiento, cruzó las manos y elevó los verdes ojos
traicioneros.
«Señor... Virgen Santa, hermano mío, inspiradme; decidme lo que debo
hacer...»
León esperaba. Ambos se miraron sin decir nada. Como si obedeciera á
una inspiración, él se acercó á ella y le tomó la mano con respetuoso
afecto, diciéndole:
«María, ¿es posible que yo no represente nada en tu memoria, en tu
espíritu, en tu corazón? Mi nombre, mi persona, ¿no te dicen nada?
¿No soy capaz de despertar en tí ni siquiera una idea, ni siquiera un
eco? ¿El fanatismo religioso ha matado en tí hasta el último y más
débil sentimiento? ¿ha secado hasta la compasión y la caridad? ¿ha
apagado hasta la idea de la conveniencia, del deber?»
María se tapaba los ojos con la mano, como el que se goza en una
visión interior.
«Respóndeme á la última pregunta. ¿Ya no me amas?»
María descubrió sus ojos ligeramente enrojecidos, pero secos, y
dejando caer sobre su esposo una mirada fría, desapasionada, como
limosna que se arroja para librarse de un pobre importuno, le dijo
con despacioso y seco tono:
«Desgraciado ateo, mi Dios me manda contestarte que no.»
Bajó León los ojos sin decir nada y se retiró á su cuarto. Toda la
noche estuvo en vela arreglando sus asuntos y empaquetando libros,
ropa y papeles. Al día siguiente salió, después de echar sobre la
casa la postrera mirada, no por cierto de indiferencia, sino de
congoja. Su casa no era para él un simple asilo que le echaba de sí:
era la esperanza desvaneciéndose, el ideal de la vida desplomándose
como catedral desquiciada por el terremoto. Una fibra existía aún
en su corazón, uniéndole con aquellos queridos escombros; pero
despiadado se la arrancó y la tiró lejos.
VIII
En que se ve pintada al vivo la invasión de los bárbaros.--Resucitan
Alarico, Atila, Omar.
«Date prisa, Facunda, que el Sr. D. León vendrá pronto de su paseo
á caballo, y se incomodará si no encuentra arreglado el gabinete...
¡Pero quiá! si no se incomoda nunca... Hombre mejor no ha nacido de
mujer. «¿Cómo va, Facunda; ha echado usted de comer á las gallinas?
¿Y el Sr. Trompeta, cómo está?»--«Pues vamos pasando, Sr. D. León.»
Esto es lo único que hablamos... ¡Bah, bah!... Y Trompeta me porfiaba
ayer que aquí hay al pie de doscientos libros. Y también dos mil...
El Sr. D. León Roch (y repito que este apellido me parece mismamente
un estornudo... apellido ordinario, como el nuestro)... pues sí,
siempre que va á Madrid, trae el coche lleno de libros, y después
hace estas láminas. «Pero, Sr. D. León, ¿usted me quiere decir para
qué sirve esto?» Rayas encarnadas y verdes, manchas y fajas de todos
colores... A bien que si yo supiera leer me enteraría de todo ello,
pues se me alcanza que aquí al borde hay letras y hasta renglones...
Pero date prisa, mujer... Facunda, ¿qué haces ahí como una boba? date
prisa á barrer y quitar el polvo; que viene, que viene el señor...
Ahora, Facundita, bájate á la cocina y cómete la magra que dejaste en
la sartén. Luego tomarás un poco el sol.»
La que así hablaba era Facunda Trompeta, que tenía la costumbre de
hablar consigo misma siempre que estaba sola, y de llamarse por su
nombre y de reprenderse ó adularse. Siempre empleaba el gesto y los
visajes para estas auto-conversaciones, y algunas veces la palabra.
Era bienaventurada esposa de un honradísimo carbonero de Madrid
llamado José Trompeta, que habiendo hecho modesta fortuna en tiempos
en que aún se hacían fortunas con carbón, se retiró á Carabanchel á
pasar tranquilamente el resto de sus días. Habían comprado una casa
en cuya planta baja vivían, reservando la superior para alquilarla
por buen dinero á alguna de las prolíficas familias madrileñas que
van allí huyendo de la tos ferina ó del sarampión. A principios
de Abril la arrendó un caballero que frecuentaba el palacio de
Suertebella, y parecía muy bien educado, aunque se reía poco y
hablaba lo menos posible.
La habitación de León era una gran pieza que parecía la celda de un
prior, espaciosa, alta, ventilada, tal como no se hallan ya sino
en las casas antiguas. Por las ventanas del Naciente veíase á lo
lejos la pomposa arboleda de Vista-Alegre y más cerca el parque de
Suertebella, cuya vaquería se comunicaba por medio de un portalón,
casi siempre abierto, con la corraliza de la finca de Trompeta. Por
el Poniente se dominaba el pintoresco camino de Carabanchel Alto, con
la Montija, y los términos azulados y las verdes lomas de aquellos
campos, que de Marzo á Junio no carecen de belleza.
Junto á la gran estancia, que era sala, despacho y gabinete de
estudio, había una alcoba y dos cuartos pequeños. En uno de éstos
habitaba el criado. Pocos y cómodos muebles traídos de Madrid, muchos
libros, piedras, láminas, atlas, mesa de dibujo con adminículos de
acuarela y lavado, un microscopio, algunas herramientas de geólogo
y los más sencillos aparatos químicos para el análisis por la vía
húmeda y por el soplete, llenaban la vasta celda.
«Ea, ya tiene usted su cuarto arreglado, señor D. León--dijo Facunda
sentándose sin aliento en el sillón de estudio.--Ya puede usted venir
cuando quiera. No se quejará de que le he revuelto estas baratijas.»
Como se ve, la excelente señora, cuando estaba sola, además de hablar
consigo misma, hablaba con los demás.
«Y dígame usted, Sr. D. León, ¿es cierto que antes iba usted á comer
muy á menudo á Suertebella? Aunque ahora va usted muy poco allá, me
parece que le gusta más de la cuenta la señorita Marquesa... Como es
tan rica, no importa que no sea guapa... Ahora no va usted al palacio
por aquello de respetar el luto. Conozco yo bien á mi gente...»
Y Facunda, no sólo hablaba con los demás, sino que se figuraba oir á
sus interlocutores. A más de discursos, había discusión.
«¿Con que digo disparates?... ¿Con que no es cierto que le gusta á
usted la Marquesita?... Y esos mimos á la nena, ¿qué significan?...
Ya; usted qué ha de decir... ¡San Blas! Si no fuera usted casado...
Pero entre la gente grande no hay escrúpulos. Díganmelo á mí que he
servido veinte años á una señora condesa, y he visto unas cosas...
¿Pero qué haces aquí, Facunda, hecha una boba? Despabílate... piernas
al aire... No has puesto el puchero todavía... ¡Oh! ¿Qué ruido es
ese? ¿Quién viene?»
«Oíanse risotadas infantiles y un delicioso traqueteo de piececitos
en la escalera. Eran Monina, Tachana y Guru, que después de corretear
por el parque, pasaron á la vaquería, de ésta á la corraliza de
Trompeta, y una vez allí decidieron hacer una excursión en toda regla
por los dominios altos de la casa. El aya de Monina les acompañaba.
Sabemos quién era Monina; pero no conocemos á esos dos personajes
que se nombran Tachana y Guru. La primera tenía tres años y era hija
del administrador de Suertebella, Catalina de nombre, de rostro
lindísimo, muy reservadita y poco traviesa. Acompañaba en sus juegos
á Ramona, y aunque regañaban tres veces en cada hora, acometiéndose
algunas con mujeril coraje, eran buenas amigas y cada cual lloraba
siempre que se hacían demostraciones de castigar á la otra. Se
comprenderá fácilmente cómo en las transformaciones lexicológicas
que sufren los nombres en boca de los niños, pudo Catalina ó Catana
llegar á llamarse _Tachana_; lo que no se comprenderá aunque pongan
mano en ello todos los lingüistas del mundo, es cómo un chico
nombrado Lorenzo llegó á llamarse _Guru_ en boca de Monina; pero así
era, y hemos visto casos más raros todavía de corrupción de vocablos.
Guru rayaba en los seis años y era hermano de Tachana, formalito
como aquélla, estudioso como pocos, apuesto y gallardo chico que ya
tenía sus novias, su reloj, gabán ruso, bastón, y llamaba á las niñas
_chicas_.
«Señora Facunda--dijo desde abajo la voz del aya,--ahí va la
langosta. Cuidado no destrocen algo.»
Entraron en tropel, Monina saltando, Tachana pavoneándose con un
pañuelo que se había puesto por cola, y el atildado Guru echándoselas
de padre maestro con las otras dos y recomendándoles la compostura y
formalidad.
«¡Ya está aquí el lucero!» exclamó Facunda tomando á Monina en sus
brazos y besándola con estruendo.
Ramona movía colérica sus piernecillas en el aire y bramaba con esa
ira infantil de que nadie hace caso, diciendo:
«No, no, vieja fea.
--¡Lucero de tu madre!... Y tú, Catana, no des vueltas, que te
mareas... Lorenzo, no tires del brazo á Monina... ¡Bribón! ¿qué haces
á la niña? déjala... pobrecita.»
Monina y Tachana dieron vueltas por la habitación corriendo una
tras otra. Ya venían algo fatigadas de tanto correr por el jardín,
y tenían el rostro encendido, los ojos chispeantes. Los graciosos
hoyuelos que hacía Mona junto á su boquita cuando se reía, darían
envidia á los ángeles; á Tachana se le caían sobre la frente las
guedejas negras, obligándola á levantar las manos constantemente
para apartarlas. Pestañeaba sin cesar, como si la ofendiera la luz
del sol. Monina, por el contrario, abría sus ojos con atención
investigadora, insaciable, señal de la curiosidad y ambición pueril
que quiere enterarse de todas las cosas para apropiárselas después.
Ordenó Facunda que fueran juiciosas, y les habría mandado algo más
si no hubiera sentido la voz del aya, que en lo bajo de la escalera
charlaba con Casiana, mujer de uno de los guardas de Suertebella.
Dentro de los límites de lo posible (si bien en una posibilidad casi
infinitamente remota) está que nuestro planeta, desobedeciendo á la
atracción del sol que lo gobierna, se salga de su órbita y perezca
inflamado si con otro cuerpo choca; pero lo que no es de ningún
modo posible, ni aun en teoría, es que Facunda, oyendo que el aya y
Casiana hablaban, dejase de correr á enterarse de lo que decían. Así
lo hizo, dirigiéndose con paso quedo y cauteloso á la meseta de la
escalera.
En tanto, Monina y Tachana se habían detenido delante de la mesa
donde estaban las láminas geológicas, los dibujos concluídos y por
empezar. Sonrisa de triunfo, propia de todo mortal que descubre
un mundo, se pintó en el semblante de una y otra. ¡Qué cosa tan
bonita! ¡Qué colores tan vivos! ¡Qué rayas! Ellas no sabían lo que
aquello era, y sin duda por lo mismo lo admiraban tanto. Se parecía
verdaderamente á las obras de ellas, cuando la piedad materna les
ponía un lápiz en las manos y un papel delante. Ciertamente, Guru,
con su caja de colores, había hecho obras por el estilo. Allí
no había nenes pintados, ni caballos, ni casas, y, sin embargo,
parecíales algo como nacimiento, una obra magna, brillante,
esplendorosa, sin igual.
Acontece que cuando se presenta á los niños un objeto cualquiera que
les sorprende por su belleza, jamás lo dan por concluído, y quieren
ellos poner algo de su propia cosecha que complete y avalore la
obra. Sin duda tienen en más alto grado que los hombres el ideal de
la perfección artística, y no hay para ellos obra de arte que no
necesite una pincelada más. Así lo comprendió Monina, que viendo
no lejos de la lámina un tintero, metió bonitamente el dedo en él y
trazó una gruesa raya de tinta sobre el dibujo. Radiante de gozo y
satisfacción, se echó á reir mirando á Tachana y á Guru. Estos dos
se echaron á reir también, y animada por el éxito, Monina metió en
el tintero, no ya el dedo, sino toda la mano y la extendió sobre
la lámina de un ángulo á otro. El efecto era grandioso y altamente
estético. Parecía que sobre las tierras pintadas allí con delicadas
tintas, se cernían enormes nubarrones preñados de rayos y lluvias.
Tachana era demasiado pulcra para meter su dedito en un tintero.
Además, se creía maestra en el manejo del lápiz. ¡Feliz ocasión!
sobre la mesa había lápices azules, y á dos pasos, en el atril, un
magnífico atlas geológico, admirable obra cromolitográfica, honor
de las prensas berlinesas. Sin embargo, en aquellas hermosas hojas
estampadas de vivos colores faltaba algo. ¿Quién podía dudarlo?
Era evidente que las tales láminas serían más bonitas si una mano
solícita las adornaba con rayas de lápiz trazadas alrededor de todos
los contornos. Así lo comprendió Tachana, que era el Rafael de las
rayas, pues sabía trazarlas en todas direcciones con admirable pulso.
Guru comprendió que todo aquello iba á concluir en solfa. Dijo á sus
amigas que se estuvieran quietas; pero al mismo tiempo ¡qué ocasión
para lucirse él, que tenía caja de pinturas y sabía hacer cuadros,
casi casi tan buenos como los de Velázquez! Lo que Monina había
hecho era una chapucería indecente. ¿Qué significaban aquellas nubes
negras y aquellas cruces de tinta con que la muy puerca había ido
decorando el margen de la lámina? Efecto tan deplorable se remediaría
si en un ángulo del dibujo aparecía una casita campestre con sus dos
ventanas como los dos ojos de una cara, su chimenea en la punta y un
perro en la puerta. Manos á la obra. Cogió un lápiz rojo, y para no
colaborar en las desastrosas pinturas de Monina, apoderóse de otra
lámina y empezó su casita. En poco más de cinco minutos, á la casita
acompañaba un caballo, y en el caballo cabalgaba un hombre fumando en
una pipa mayor que la casa.
No es posible que tres artistas trabajen en un mismo taller sin que
estallen ruidosas tempestades de celos. Monina quiso dar un toque
á la casa de Guru; éste la apartó con un codazo. Monina agarró la
lámina, diciendo:
«_Pa mí, pa mí._
--_Pa mí_,» replicó Tachana, que había arrojado el lápiz.
La lámina, grande de sesenta centímetros, resbaló de la mesa; Tachana
y Monina la cogieron cada una por un lado, y... charrás... Al ver
cómo se partía, ambas se echaron á reir, y Monina batía palmas con
sus manos negras.
«Tontas, ahora sí que la habéis hecho buena,» dijo Guru palideciendo.
La contestación de Monina fué coger otra lámina y sacar de ella una
tira en todo lo largo. Después agarró el lápiz de Tachana, y sobre
las delicadas rayas que ésta había trazado con tanto esmero en el
atlas, trazó ella una especie de tela de araña; tanta era la rapidez
del lápiz empuñado por la mitad y movido con verdadero furor. Guru
quiso al fin contener aquel vandálico desorden, y amenazó á Monina;
pero ésta supo escaparse de un brinco, golpeando con sus manos,
llenas de tinta, los muebles forrados de seda. En uno de sus locos
giros, detúvose en la mesa donde estaba el microscopio, y se quedó
absorta contemplándolo. Se alzaba sobre las puntas de los pies,
apoyándose con las manos en el borde de la mesa, y estiraba los dos
dedos índices hacia el aparato, diciendo: «_Eto._»
_Eto_ quería decir: _¿qué es esto? Supongo que será para mí. Veamos
lo que es._
«Miren la tonta--dijo Guru.--¿Pues no quiere también el anteojo?»
Queriendo dar pruebas de suficiencia, Guru acercó el aparato al borde
de la mesa y aplicó su ojo derecho para mirar por él.
«Por este vidrio se ve París.»
Tachana había traído una silla para subir á la mesa; pero antes
se subió Monina, y andando á gatas sobre ella arrojó al suelo el
microscopio y otros aparatos... En este momento vieron que entraba un
hombre. Los tres vándalos se convirtieron en estatuas: Monina sobre
la mesa, erguida la frente, la cara muy seria, los ojos muy atentos;
Tachana en la silla, con el dedo en la boca y los ojos bajos; Guru
mirando dónde había un rincón para esconderse.
«¿Qué han hecho estos pícaros?... ¡San Blas mío, qué destrozo!» gritó
Facunda entrando con León.
Éste dirigió una mirada de dolor á los dibujos rotos, al atlas lleno
de rayas, al microscopio en el suelo. Bastóle una ojeada para conocer
las formidables proporciones del desastre.
«Bribonas, ¿qué habéis hecho?--exclamó dirigiéndose á la mesa.--¿Pero
usted, Facunda, en qué piensa, que deja solos á estos niños?... ¿Qué
hacía usted? Sin duda oyendo la conversación. Es usted más niña que
estas dos...»
Hirió el suelo con el pie. Después oyó gemir á Tachana. Era un gemir
que partía el corazón.
«¿Has sido tú, Monina?» dijo León mirándola con semblante adusto.
Monina contestó que no con fuertes cabezadas. Negando con la cabeza,
parecía querer arrancársela de los hombros. Al mismo tiempo su
conciencia debió argüirle terriblemente, y se miró las manos, como se
las miraba lady Macbeth.
«Has sido tú... bien lo dicen tus manos, picarona.»
La niña le miró pidiendo misericordia. Dos gruesas lágrimas salieron
de sus ojos. Empezaba Ramona á hacer pucheros, cuando ya los
chillidos de Tachana llenaban la casa. Era una Magdalena. No había
más remedio que creer en la sinceridad de su arrepentimiento.
«Vaya, vaya--dijo León besando á las dos y tomando en brazos á
Monina.--No lloréis más. ¡Qué bonitas tienes las manos! Si tu mamá te
viera... Ven á lavarte, asquerosa.
--El aya las dejó subir solas, por estarse abajo charla que
charla--indicó Facunda trayendo la jofaina con agua.--Yo no puedo
atender á todo. El aya tiene la culpa.»
Lavaron los pinceles de Monina. Después se sentó León, y poniendo una
dama sobre cada rodilla, les dijo:
«¡Qué destrozo me habéis hecho! ¿Y Guru? ¿Dónde está Guru?»
Lorenzo había desaparecido.
«Ese es el malo; estas pobrecitas no harían nada si él no las echara
á perder,--dijo Facunda.
--Guru, Guru--gruñeron las dos á un tiempo, descargando sobre su
ínclito amigo la responsabilidad del espantoso crimen.
--Ese pícaro Guru... Como le coja aquí...»
Monina, perdido ya el miedo y sustituído por el descaro, tiraba de
las barbas á León.
«¡Eh, eh!... que duele, señorita.
--_Lice_ Tachana--tartamudeó Monina,--_lice_ Tachana...
--¿Qué dice Tachana?
--Que tú _é_ mi papá.
--No--dijo León mirando á Tachana, que se comía una mano.--Yo no soy
su papá... Quítate la mano de la boca y contéstame. ¿Por qué dices
que yo soy tu papá?
Lentamente y muy por lo bajo repuso Tachana: «_Poque lo ició_ mi
mamá.»