--Me dijo el Conde de Vera que anteanoche les dió de cenar

admirablemente... ¿Qué pensabas tú, que tus suegros no habían de

dejar bien puesto el pabellón de Tellería?... Ya ves... hay familias

que no saben qué hacer del dinero...»

Los dos rompieron á reir. Pasando bruscamente de la risa á la pena,

León dijo:

«Deja ese tema, que me hace daño.

--Tu suegra ha encontrado la piedra filosofal--añadió Pepa

inexorable.--Debes estar orgulloso de tener en tu familia una doctora

tan consumada en eso que Valera llama la Crematística... Por cierto

que he sabido... por los criados se saben cosas muy saladas... ellos

se cuentan todo unos á otros... ¡Oh! un detalle graciosísimo. ¿Te lo

cuento?

--No, por favor.

--Vamos, que te lo cuento.

--Lo adivino... que el día de la gran cena no tenían qué comer... que

hubo un escándalo en la casa porque llegó cualquier abastecedor ó

confitero con una cuenta de veinte ó treinta duros... Todo eso me es

conocido... es el entremés de todos los días.

--Pero no sabrás los escándalos de la de San Salomó con Gustavo en

la misma casa de tus padres políticos. Me ha dicho Vera que se les

ve siempre solos en un ángulo del salón, charla que charla con mimo

y secreteo, con una impudencia, con un descaro... Así lo dicen...

Quizás sea calumnia. ¡Se miente tanto!...

--¡Tanto!

--¿Y qué has oído del poeta?--añadió la de Fúcar con sagaz

malicia.--¿El Marqués no te ha hablado de él? Este inspirado vate,

cuyos versos no hablan más que de _cándidas palomas_, de _iris de

paz_, de _la familia cristiana_, de _la cumbre del Sinaí_ ó de

_Siná_, de las _vírgenes del Señor_, de _ansias pías_, de _azul

empíreo_, del _querub tartáreo_, de _arroyos parleros_, y de _la...

alma virtud_; este egregio poeta cristiano tiene por _Beatrice_ á tu

adorada suegra...»

Pepa no podía contener la risa.

«Ella es la que le inspira esas cosas tan divinas, tan evangélicas,

tan por lo metafísico que escribe... A mí me carga lo que no puedes

figurarte. Es un tipo. Leer sus versos y después hablar con él, es

como caer desde las nubes al fondo de un pozo de cieno. No hay sólo

dramas en tu familia, hay también sainetes.

--Por Dios, Pepa, no me martirices--dijo León mostrando deseos de

marcharse.--Ya sabes que no puedo acostumbrarme á ciertas cosas

que otros ven con indiferencia cuando no pasan en su propia casa.

No pasan en la mía, pero sí en la de personas que al nombrarme me

llaman hijo. Esto me abruma... Yo no puedo vivir aquí. Decididamente

me voy, me voy...

--¿A dónde?

--A cualquier parte. Sólo me falta un pretexto: lo buscaré. Ya sé que

mi destino es vivir solo, sin familia... yo no puedo tener familia...

Pues bien, viviré solo: no hay cosa mejor que la soledad...

--¿Te vas fuera de España?--preguntó Pepa, dominando su emoción.

--No sé aún...

--¿Nada te llama aquí?...

--No, no saldré de España. Parece que después de lo que ocurre en

mi casa y de la soledad en que vivo, nada debiera interesarme, y

sin embargo, basta que me considere ausente de Madrid para sentirme

lastimado. Tengo amigos...

--Voy á proponerte un hermoso retiro--dijo Pepa con

agitación.--¿Sabes que junto á Suertebella, casi tocando á

Carabanchel Alto, se alquila una casa preciosa?

--Junto á Suertebella...--murmuró León gozando mentalmente con esta

idea.--Lo pensaré; veré la casa.

--Allí puedes dedicarte al estudio. Nadie te molestará... Es tan

bonito aquello... ahora que están crecidos y verdes los trigos...

¡Si vieras cuántas amapolas...! Se ve nuestro parque, el de

Vista-Alegre, y después llanadas preciosas, por donde vienen á

veces las ovejas... La casa está bañada de sol y luz... Si vieras

qué alegre... y luego tan chiquitita, tan proporcionada para una

sola persona... ¡Qué magnífica sala para estudiar, para andar á

bofetadas con los libros y entretenerte con papeles, con apuntes, con

números, y para clavar alfileres á los pobres insectos!... ¡qué bien

estarás allí! Los amos de la casa son personas discretas, pacíficas,

honradas... y luego hay un silencio, un silencio, una paz...»

Pepa cruzaba las manos y las apretaba mucho para expresar la

intensidad de aquel silencio, de aquella paz.

«No te darán muy bien de comer; pero tú no eres gastrónomo. El día

en que quieras comer bien, irás á casa. No tienes más que bajar á la

corraliza, abrir una puerta... dos pasos...

--¡Dos pasos!--dijo León, algo extático con aquella acabada pintura.

--Dos pasos, y estarás en la vaquería y después en el jardinillo

donde juega Monina.

--¿Donde juega Monina?»

Los dos estaban muy cerca uno de otro, y con la viveza de los

ademanes, correspondiente á la animación del diálogo, sus manos daban

á veces una con otra como los pájaros que revolotean enamorándose.

«Monina quizás te haga algún ruido mientras estudias; pero tú la

perdonarás, ¿no es verdad?»

Al decir esto, Pepa pestañeaba mucho para evitar que se le saliese de

los ojos una lágrima.

«Sí, se lo perdonaré... ¡Oh! Pepa, te juro que tengo unas ganas de

comérmela á besos...

--Hace quince días que no la ves, bandido.

--Mañana voy á verla,--afirmó León, y de su semblante irradiaba el

gozo, como antes la fúnebre tristeza.

--Mañana... ¿De modo que te espero?--dijo Pepa dejando que se

inclinara suave y maquinalmente su cuerpo á medida que su codo se

hundía en el cojín.

--Sí, espérame... ¿Dices que está delicada tu niña?» preguntó León

algo inquieto.

Pepa iba á contestar, cuando entró apresuradamente un criado que

acababa de llegar cansado y jadeante de Suertebella. Pepa le miró con

terror. ¿Qué sucedía? Una cosa muy sencilla. Que la niña se había

puesto repentinamente mala, muy malita.

«¡Dios mío!--exclamó la de Fúcar saltando de su asiento.--Y yo aquí

tan descuidada... Corro al instante... el coche... Lola, mi abrigo...

Lola... vamos... ¿Pero qué es?... ¿qué ha tenido?... ¿tos seca?...

¿ahogo?... ¿se ha caído?... ¿se ha enfriado?... ¿se ha mojado en el

parque?... ¡Pobre alma mía! Un médico... Hay que avisar á Moreno sin

tardanza.

--Yo me encargo de eso... Vete tú al instante--dijo León, no menos

agitado que ella.--Será un aire, quizás el...»

Y luego añadió con severidad:

«Ya he dicho una y mil veces que hay que tener mucho cuidado...

los criados dan á los niños cuanto se les antoja... Quién sabe si

la habrán sacado sin abrigo al jardín... Vete pronto, corre, no te

detengas... yo haré que vaya en seguida Moreno Rubio. Irá en mi

coche... á escape... Quizás no sea nada...»

Pepa salió, y León corrió á casa del médico. No conviene pasar

adelante sin declarar que entraba en el palacio de Fúcar como amigo

del Marqués, como amigo también leal y verdadero y honesto de Pepa.

No frecuentaba sólo aquella casa: frecuentaba otras muchas, llevado

por su anhelo de buscar distracción en el ameno trato social y en

las amistades honradas. Pero en aquel palacio eran más largas desde

algún tiempo sus visitas. ¿Por qué? Alguien habrá que conteste torpe

y soezmente á esta pregunta; pero no acertará el que tal responda. En

León había nacido, sin que él le diera importancia, un sentimiento

excelso, divino, de intachable pureza, cuya explicación se verá más

adelante.

III

María Egipciaca se viste de pardo y no se lava las manos.

Después de avisar á Moreno Rubio, que vivía en el hotel inmediato al

suyo, y de rogarle encarecidamente que pasara sin pérdida de tiempo

á Carabanchel, para lo cual le facilitó su coche, retiróse León á

su casa resuelto á partir también para aquel sitio con la primera

luz del día siguiente. Su casa estaba solitaria, triste, y en ella

tomaban exagerado crecimiento las sombras de las figuras y el eco de

los pasos. Soñoliento criado le abrió, y el ayuda de cámara siguióle

medio dormido hasta su habitación.

«Déjame solo--dijo el amo al criado.--No me acuesto esta noche...

Oye, ¿se ha recogido la señora?

--Hasta las once estaba en el oratorio... Voy á preguntarle á Rafaela.

--No... no preguntes nada. ¿Quién ha estado aquí esta noche?

--La señora Marquesa de San Joselito y Doña Perfecta.

--La señora Marquesa de San Joselito y Doña Perfecta,--repitió León

como un estúpido.

--Ya se han ido, luego que acabaron de rezar.

--Bueno... retírate. No necesito de tí esta noche.»

El criado se retiró observando en su amo cierto desasosiego y la

especial manera de mirar que indica el tormento de una idea fija.

Pero un criado no puede consolar á su amo, ni arrancarle sus

melancolías por medio del cariño ó de la persuasión, y se fué. León

se quedó solo, y arrojado más que sentado en un sillón, con el codo

en el velador y la barba entre los dedos, medio cerrados los ojos

negros como la más negra noche, pensaba... sabe Dios en qué. Tal era

su alejamiento de la vida exterior, que no sintió los tenues pasos

de una figura parda que entró sin hacer ruido, y más parecida á

fantasma que á mujer, avanzó hasta llegar á él. Al sentirse tocado

en el hombro, al volver el rostro y verla, dió León un grito. Es que

á veces el estado de nuestro ánimo hace que nos causen terror los

hechos más sencillos y las caras más familiares.

«Me has asustado,--murmuró.

--¡Qué extraño! ¡asustarse de mí un hombre tan valiente, un hombre

de carácter y de juicio!...» dijo María con el acento rutinario y

quejumbroso que había adquirido desde algunos meses.

Vestía la señora una bata de color más bien tirando á ratón que á

liebre, y de exagerada sencillez y tosquedad. Estaba algo pálida, con

amarillez más propia de desaliño que de mortificación; sus bonitos

pies desaparecían dentro de grosero calzado de fieltro, y su cuerpo

carecía de contorno y gracia. Sus hermosos cabellos se ocultaban como

avergonzados bajo los pliegues de una especie de escofieta de muy

desgraciada forma.

Después de mirarle un rato, María dijo severamente: «¡Me tienes miedo!

--Sí: te tengo miedo,--replicó él apartando los ojos de su mujer y

fijándolos en el suelo.

--Pues qué--dijo María sonriendo con expresión de desdén y

superioridad,--¿tan fea me he vuelto? No creas, me gusta verte

temblar delante de mí... Este es privilegio de la humildad, señor

mío, de la pobre humildad que hace bajar los ojos á la soberbia.»

Al concluir esta frase, María tomó una silla para sentarse. Bien

porque sorprendiera un mohín de disgusto en la cara de su esposo,

bien porque creyera sorprenderlo, dijo así:

«¿Te enfada que venga á molestarte? Ya lo suponía. Por lo mismo me

quedo. Mi deber es antes que nada. Mi conciencia me exige que te

pida cuenta del largo tiempo que estás fuera de casa. ¡Ah! León, tu

conducta no es buena. Antes no eras cristiano, pero sabías guardar

las apariencias; hoy ni siquiera eso.

--Tú--replicó León fríamente,--haces todo lo posible para hacerme

aborrecible mi casa. Tu enfado, siempre que entran en ella los amigos

que más quiero, unido al prurito de llenarla con personas que no

son de mi agrado; tus frecuentes ausencias... porque tú también te

ausentas, y aún más que yo, para pasar el día en las iglesias; el

giro que ha tomado tu carácter, pues de cariñosa y amable te has

trocado en arisca y regañona, son otros tantos motivos para que yo

esté aquí lo menos posible. Esta es una casa de hielo y tristeza que

oprime el corazón desde que se entra en ella.

--¡Oh! ¡qué iniquidades dices!--exclamó María mirando con unción al

cielo, juntando las manos y llevándoselas á la barba.

--Créelo, mujer; yo no sé ocultar la verdad: tú has hecho de mi casa

un antro solitario, árido y obscuro, y yo quiero luz, luz.»

Ante la energía con que dijo esto, María se acobardó un tanto.

Después, pestañeando con gran viveza como quien rompe á llorar, dijo:

«No creas que tus brutalidades apurarán mi paciencia. Hace tiempo

que me hablas como si yo fuera uno de esos que discuten contigo en

los clubs, en los ateneos... qué sé yo cómo llaman eso. ¡Luz, luz!

¿quieres luz?... Muy bien. ¡Pobre hombre! ¿Te cansa al fin la ceguera

de tu ateísmo?... ¿Pues qué quiero yo darte sino luz?... ¡Y tú

empeñado en que no, en que no, en que has de estar siempre ciego!...

Bueno, hombre, no te apures. Muy consolador sería para mí que nos

salváramos juntos; pero tú te empeñas en perderte... Por mi parte,

hasta el último momento, hasta la hora de la muerte te diré: «León,

León, mira que...» ¿Te ríes? También me he acostumbrado á tus risas.

Dios me da paciencia, y sabré ser mártir de tus burlas como lo soy de

tu desdén y de tu enojo. Ríete de mí todo lo que quieras... búrlate.

Si no me importa, si lo deseo; si mi afán, mi anhelo constante es

padecer, padecer.

--¡Padecer!--exclamó León con amargura.--No es ciertamente ese mi

deseo; pero sí mi destino. Dios ha querido que allí donde creí

encontrar paz y amor, encuentre una guerra constante, hastío y tedio.

Yo esperé cargar una suave cruz, y cayó sobre mis hombros un madero

horrible, que me fatiga, que me anonada, que me hunde.

--¡Y ese madero soy yo! Gracias--dijo María no pudiendo sofocar el

mundano despecho que pugnaba por sobreponerse á su misticismo.--Ese

madero es tu mujer, soy yo.

--Eres tú. No puedo menos de decirte las cosas claramente. Debo

decírtelas.

--Pues arroja, arroja esa carga insoportable--clamó la esposa con

nerviosa inquietud, colorado el semblante, animados los ojos.--¡Te

peso y no me tiras al suelo... pues mátame, mátame de una vez...

Tengo la vocación del martirio.»

León miró con desdén á su esposa y le dijo solemnemente: «Yo no

mato... por eso.

--¿Pues por qué? Yo creo que matas por todo... No se mata sólo á

puñaladas: se asesina también á disgustos.

--Si se matara á disgustos, María, ya estaría yo muerto y enterrado.

Este infierno de fuego lento, este constante disputar, esta

recriminación nuestra, motivada por la discordancia radical en

nuestro modo de pensar sobre las cosas de la otra vida y aun de ésta,

son golpes sucesivos que matan, sí, matan más que el hierro y el

plomo. Y este dolor de la separación de dos seres; esto de sentir que

dos almas ya casi soldadas se separan, se separan, tirando cada cual

de su lado... porque duele, duele mucho, hija... y esto de sentir el

hueco solitario y frío allí donde estaba la forma y el calor de la

persona amada, y verse solo, solo...»

Profundamente conmovido, León dejó de hablar.

«De esa separación--dijo María,--tienes tú la culpa, tú, por tu

carácter rebelde á todo convencimiento, por tu ceguera, por tu

obstinación de ateo y materialista. ¿Pues qué he hecho yo sino

ofrecerte paz y unión?

--¿Qué has de ofrecer tú, si toda eres espinas, toda sequedad y

dureza? ¿Qué ofreces tú sino una paz parecida á la de los sepulcros,

la paz de una devoción embrutecedora, rutinaria, absurda? ¡Si en

tí no hay verdaderos sentimientos, sino afanes caprichosos, una

terquedad horrible y un misticismo árido y quisquilloso que excluye

el amor verdadero...! No hables de paz tú, que te has revuelto contra

mí, azuzándome y destrozándome el corazón con las garras de un

fanatismo feroz... porque me haces el efecto de una arpía que en vez

de veneno tiene una cosa que llamas fe, y con esa fe verdaderamente

diabólica me has emponzoñado.

--¡Oh!--gritó María dándose apariencia de mártir;--insúltame á mi

todo lo que quieras, pero no insultes mi fe; no blasfemes.

--Yo no blasfemo; yo digo que tú, tú sola, has hecho de nuestro

matrimonio un grillete de presidiarios. ¡Tú, María, tú! Parece que

no es nada, y sin embargo, ¡qué horrible cosa! Cuando nos casamos,

tú creías á tu modo, yo al mío; tú tenías tus ideas, yo las mías...

Es tan grande mi respeto á la conciencia ajena, que no traté de

arrancarte tu fe; te dí libertad completa; jamás me opuse á tus

devociones, ni aun cuando empezaron á ser exageradas y á enturbiar

la alegría de mi casa. Llegó un día en que te volviste loca, y lo

digo así porque no hallo mejor palabra para expresar la espantosa

recrudescencia de tu mojigatería desde que murió en tus brazos,

hace siete meses, aquí, en mi jardín, tu desdichado hermano, y

entonces ya no fuiste mujer: fuiste un basilisco de displicencia

y acritud; fuiste una inquisición en forma de mujer; no sólo me

martirizabas perdiendo toda amabilidad, haciéndote insoportable con

tus pretensiones de santidad, sino que me perseguiste con la necia

exigencia de hacer de mí un menguado beatón, un ente irrisorio. Yo

procuraba apartarte de tu desvarío por medio de la persuasión; á

veces hasta llegué á someterme un poco á tu ardiente capricho; pero

tú pedías tanto que era imposible, imposible descender hasta esa

santidad de sainete en que caíste. Llegó el momento de proceder con

energía: hice esfuerzos sobrehumanos para librarte de tu propio

fanatismo, y ya sabes que me fué imposible. He luchado tenazmente

contigo; he empleado todos los medios, argumentos de razón, de

sentimiento, hasta de fuerza: todo ha sido inútil. Tu espíritu está

deplorablemente sometido á una atracción poderosa, irresistible, y

vive sujeto á influencias obscuras que yo no puedo vencer. Hay en la

sociedad redes subterráneas, alianzas invisibles, lazos que atan,

y tijeras que rompen lazos sin que nadie lo vea. No se puede nada

contra esto. Me declaro vencido, María. Mi única palabra no puede

ser sino un adiós sincero, un adiós que te doy recordando que me has

querido, que hemos sido felices algún tiempo. Este adiós es triste,

muy triste: no hay esperanza.»

María estaba tan impaciente de hablar, que antes que él concluyera

dijo:

«También yo tengo mi capítulo de cargos, y de cargos tremendos. Yo

fuí criada en la religión divina y me enseñaron á practicar mi fe

sinceramente y con verdad. Me casé contigo, te quise, te encontré

bueno y honrado, sin comprender el horrible vacío de tu alma; pero

te quise y te quiero, porque mi deber es quererte y respetarte.

Pronto empecé á comprender que al enamorarme de tí había cedido á

un afecto liviano; que mi elección había sido un desacierto; que

tú eras incapaz de verdadera virtud; que mi alma corría grandísimo

peligro de contaminarse; que no podíamos entendernos; que tus

sabidurías eran muy sospechosas; que á tu lado y dejándome influir

por tí y tus pestilentes ideas, podría llegar á ser muy desgraciada

y á perder mis creencias... Me puse en guardia. Reconozco que fuiste

tolerante conmigo, que nunca afeaste mi devoción ni te burlaste de

la fe, como has hecho más tarde. ¡Ah! no puedes negarme que en la

libertad que me dabas había cierto desprecio. ¡Sonreías de un modo

cuando yo te hablaba de mis devociones...! Pero, en fin, así íbamos

pasando. Un día me dije: «Soy una tonta si no le convierto. ¿Por

qué no he de encender luz en esa alma apagada?» ¡Oh! entonces me

diste á entender que yo era una loca, me diste á entender que éramos

locos todos los que creíamos. Tú te sonreías, te sonreías, ¡cómo te

sonreías!... y con aquella apariencia de bondad hacías burla de los

dogmas sagrados. Tú me decías: «Deja las cosas como están, mujer,

que cada cual se salvará como pueda.» Esto me enojaba y me hacía

llorar, porque no hay, no hay, repito mil veces que no hay más que

una manera de salvarse... Llegaron después aquellos días críticos, lo

que yo llamo Semana Santa de mi hermano Luis, los días de la agonía

de aquel serafín, á quien Dios permitió que viniese á mi lado por

unos días para dirigirme por el camino del cielo... Veo que te irrita

este recuerdo. Necio, no puedes olvidar tu humillación en aquellos

días, cuando la presencia sola de mi hermano era para tí un motivo

constante de remordimientos.»

León no contestó á su mujer ni con una mirada. Encontraba en ella un

no sé qué de repulsivo que hacía retroceder sus ojos lo mismo que su

cariño.

--Yo también sentí entonces remordimientos, ó mejor dicho, dolor muy

vivo de mis culpas, y un afán ardiente de parecerme á aquel ángel,

en cuya compañía quiso Dios que yo naciera. Me consideré destinada

á un fin tan glorioso como el suyo. ¡Cómo se encendió entonces mi

alma en un fuego celestial, puro, muy distinto por cierto de estos

nuestros amores! ¡Qué placeres sentí, qué músicas del cielo oí, qué

cosas imaginé, qué apariciones ví, qué ansiedades sufrí, qué afanes

de ser miserable en la tierra para ser dichosa en el Cielo! ¡Qué

ardiente deseo de morirme para gozar una parte siquiera de aquel

gozo santo, santo, santo, en que está deleitándose mi hermano Luis!

Yo rezaba y soñaba, y mi hermano se me parecía, no sé si en sueños

ó despierta, resplandeciente de dicha y hermosura; llamábame á su

lado y me repetía las exhortaciones del último instante de su vida...

Después, no pasa noche sin que yo sienta su voz en mis oídos... No

creerás en esta elevación ni en este ensueño de mi alma, porque

estás ligado á la materia y no ves más que con los ojos del cuerpo.

¡Pobre hombre! ¡Pobre puñado de barro miserable! ¡Y es lo que llama

el mundo un sabio, porque se ha enterado de cuatro cosas de la

Naturaleza que nada le importan á nadie! ¡Pobre y desgraciado hombre!

¡Más desgraciado aún si no tuviera quien intercediese por él, quien

pidiese á Dios misericordia para él, para él, que no la merece!

--Gracias,» dijo León secamente; y como su mujer se le acercara,

apartó vivamente la mano para evitar el roce del vestido pardo.

El especial olor de aquella lana burda le atacaba los nervios.

«Tu ironía--declaró la esposa,--no me hará retroceder ni vacilar. Sé

que tu rebeldía concluirá: me lo dice una voz secreta de mi corazón;

me lo dice mi Dios cuando me quedo aletargada pensando en Él; me

lo dice el bendito patriarca San José, que es mi amigo, mi abogado,

mi patrón amantísimo, cariñosísimo y piadosísimo; me lo dice todo

lo que ven mis ojos más allá, en ese cielo esplendorosísimo...

Señor--añadió elevando los ojos y cruzando las manos, cuyas uñas no

tenían la refinada pulcritud de otros tiempos,--sálvale, sácale de

la pestilente secta atea en que ha caído, llévalo á tu gloria, hazle

aborrecer sus condenadas doctrinas.»

Siguió rezando en voz baja. Tocándole luego en el hombro, le amenazó

con la mano, y en voz muy baja silbó en su oído estas palabras:

«Has de venir á pedirme perdón; te arrojarás á mis pies; me has de

rogar con lágrimas y suspiros que te enseñe á rezar; te arrastrarás

como yo delante de los altares llenos de polvo, sin cuidarte de que

se te ensucien las manos; vivirás como yo en perpetuos escrúpulos de

conciencia; creerás que una sonrisa, una mirada, una idea fugitiva

son pecados; querrás abandonar todos los bienes del mundo y te

deleitarás con el culto constante, con el rezar sin fatiga, con el

descuido de todo lo exterior, con despreciar el esmero del cuerpo,

con la penitencia... Sí, tú has de salvarte; mis santos patronos no

podrán menos de hacerme este favor; intercederán con Dios, y Dios te

perdonará, te llamará á sí por mi conducto... ¡Oh! qué triunfo tan

grande, qué victoria!»

Aquí alzó la voz, y poniéndose en medio de la estancia en actitud

imponente, con la mano alzada, la mirada radiante, la cabeza erguida,

exclamó:

«¡Miserable ateo, te salvarás aunque no quieras!»

Mirándola salir, León callaba. El largo padecer iba haciéndole

estóico. Tanto se había martillado sobre su corazón, que éste parecía

convertido en insensible yunque. Después dejó caer el puño sobre el

brazo del sillón con tanta fuerza, que se estremeció ligeramente el

piso. Parecía decir: «Ya no más, ya no más».

IV

El mayor monstruo, el crup.

Por la mañana muy temprano, León se dirigió en su coche á

Carabanchel. Era el aire fresco á causa de la lluvia que no había

cesado de caer en toda la noche, y el fango del suelo, como un espejo

turbio, reproducía suciamente todos los objetos. Trabajadores de

varias clases y carreteros que blasfemaban como señoritos (valga la

inversión de los términos de este símil), transitaban por el puente

y el camino, cruzándose con arrieros de Fuenlabrada y hortelanos

de Leganés ó Moraleja. Por allí arrojaba también Madrid, en aquel

amanecer triste, algunos de sus muertos pobres, que eran llevados en

hombros hacia San Justo ó Santa María.

La familia de León Roch, Tomo 1 · 第 12 / 17 段