azul y risueño, por otro ceniciento y torvo. Creeríase que en él
iban á dar una gran batalla la cerrazón y la serenidad, pues una
y otra se miraban desde contrapuestos horizontes, amenazándose y
disputándose palmo á palmo el campo azul. El sol, neutral en esta
disputa, alumbraba á ratos la tierra, y á ratos se escondía dejándola
en glacial penumbra. Sin embargo, el gentío de la Plaza de Toros no
temía que descargase el mal tiempo. Era una tarde como la mayor parte
de las de Marzo y Abril en el suelo madrileño, arisca y ventosa; pero
con más amenazas que malicias, más polvo que agua, amagando mucho y
no haciendo nada, antes que á remojar botas atendiendo á levantar
faldas y á arrebatar sombreros.
La Plaza estaba llena y triste. Excepto en cortos ratos, toda ella
era sombra. Más triste que nunca era entonces la alta armazón de
hierro pintado de color de plomo, arquitectura industrial que no
se acomoda bien con el carácter desordenado, chillón, embriagador
y maleante de la fiesta española. La uniformidad de los trajes que
crece de día en día, con perjuicio de la estética, daría al público
el aspecto de una congregación de personas sensatas reunidas en
patriótico _meeting_, si no trastornaran el cuadro las voces, que ora
son murmullo impaciente, ora roncos bramidos de pasión, ira, deleite,
frenesí, hórrida música de aquella ópera sangrienta cuya letra ó
drama está en el redondel.
Los pañuelos de crespón van siendo cada vez más raros: con todo,
algunas manchas rojas y amarillas mariposeaban aquel día sobre la
gran mancha obscura del público, y los abanicos animaban con su
constante aleteo las largas filas de hombres y mujeres. Los tendidos
de sombra, y especialmente el célebre número 2, centro de muchachos
alegres y bulliciosos estudiantes, presentaban un gentío espeso,
con alineación apretada como la de los granos de una mazorca. Más
claros los de sol, daban cabida á los inquietos grupos de la gente
jornalera, á los paletos, á un centenar de gandules cuyas maneras
y traje parecen la exageración más grotesca de la caricatura del
torero, á infelices artesanos que van á buscar en aquella orgía de
impresiones fuertes un descanso á la insulsez metódica del trabajo.
La esclarecida sociedad de los mataderos, de las carnicerías, de las
fábricas de curtidos, los industriales del Rastro y los mercaderes
de la Cebada, hervían allí como potaje en el fuego, y su murmullo,
unido al cascado son de un cencerro, daba la impresión de andar por
allí un animal que relinchaba coceando. Como el chisporroteo de la
fritanga de sangre que está puesta á la lumbre y bulle y apesta, así
salía de allí un lenguaje germanesco y nauseabundo. Lanzaba su ronca
imprecación la lucha, que insolente y procaz se abría paso entre el
gentío, dejando atrás un olor complejo de almizcle y cebolla; y el
zafio ganapán á quien Naturaleza dió el empleo de lavar tripas de
cerdo, porque no sirve ni servirá para otra cosa, hacía de su mano
un caracol, lo ponía en la fiera boca, y por él arrojaba con el vaho
del aguardiente un chorretazo de injurias á la Presidencia, donde
sin duda estaba algún edil de la capital de España, el Gobernador ó
quizás el Presidente del Consejo.
La delantera de gradas ofrecía un espectáculo mejor. Allí había
no pocas mantillas blancas prendidas en hermosas cabezas, donde
lucían, tan propiamente cual si en ellas hubieran nacido, rosas y
camelias, quier blancas como leche, quier como sangre rojas. Las
entretenidas, con su aire especial, característico, y que parece un
aire de familia, su lujo chillón y su belleza comúnmente provocativa,
ocupaban buena porción de la vasta hilera, codeándose aquí y allí con
otras hembras de virtud no ya dudosa, sino completamente juzgada.
Había caras de peregrina belleza, otras que querían fingirla de
impropia manera con aplicaciones de blanquete, carmín y corcho
quemado. Honradas familias de la clase media se mostraban también
allí, en doméstica fila que empezaba por el padre (comerciante,
bolsista incipiente, jefe de negociado, contratista de tocino para
los Asilos de Beneficencia, comandante de infantería, magistrado
cesante, barítono de zarzuela, agente de exhortos, habilitado de
Clases pasivas, notario, profesor de piano, en fin, lo que se quiera
hacer de él), y acababa con el más pequeño de los niños, alumno en
San Antón, y de trecho en trecho se observaba la figura nacional
de la chula rica, guapa hembra, vistosa, generalmente gorda y con
cierta hinchazón de matrona romana unida á la desenvoltura de la
maja castiza; orgullosa de sus ojos negros y de sus anillos que
aprietan la carne enchorizada de sus dedos; esparciendo á un lado y
otro miradas altivas; queriendo dar á entender que es muy señora,
que tiene mucho dinero, que su prendería de ricos muebles, ó su
carnicería ó su casa de préstamos son un segundo Banco Nacional,
y que mientras ella viva no pasará necesidades éste ó el otro de
aquellos feos circenses que están abajo, ya de verde y oro, ya de
amaranto y plata, con los bárbaros trastos en la mano y el corazón
ardiendo en heroísmo. Hay en la fofa gordura de estas mujeres y en su
aspecto de hartazgo, en su mirada altiva y á veces cínica, mayormente
si son tratantes en ganadería humana, un no sé qué de la depravada
estampa de Vitelio, Otón ó Heliogábalo; sólo que suelen perder el
color al oir el _morituri te salutant_.
Tras de la delantera, cuatro grandes filas de gente modesta,
dominando el género entretenido al género honrado. Mujeres equívocas,
personas sencillas, feas, bonitas ó insignificantes llenaban la
grada en la región de sombra. En los palcos de arriba había también
mantillas blancas, algunas sobre caducas cabezas, otras en lindísimos
tipos de juventud y elegancia; claveles llenos de rubor, jazmines
salpicados sobre pelo, ojos negros y azules, rosas blancas, pestañas
como mariposas, labios rosados, un mirar voluble como el cabeceo
de las florecillas agitadas por el viento, sonrisas que enseñaban
dientes de marfil, y el imprescindible abaniqueo, lenguaje mudo,
charla de mil colores, que es embeleso mareante en las grandes
reuniones de gente española, lo mismo en los palcos de un teatro que
en los balcones de las calles, cuando hay procesión ó parada, cuando
entra un Rey ó sale á relucir una Constitución nueva. Veíanse caras
ajadas que á la legua revelaban el empeño de no querer parecerlo;
otras fresquísimas que se escondían tras el abanico al empezar la
nauseabunda suerte de varas; mucho lujo, una atmósfera de elegancia
que se creería emanaba del modo de vestir, del modo de mirar, del
modo especial de ser bonita ó de no serlo, y que se extendía á todos
los objetos, compañeros ó accesorios de semejante gente, desde la
flor hasta el blanquete, desde la guedeja rubia que el aire hacía
temblar sobre la sien, hasta el medallón atento á las palpitaciones
del seno, y el guante cuyas costuras reventaban con el aplaudir de
las manecitas.
En los palcos abundaban los grupos de hombres solos, todos de
negro, con los codos en la barandilla, el sombrero encasquetado;
nada de resabios manolescos en el vestir, pero sí un lenguaje entre
parlamentario y chulesco, do aparecían revueltas, como berzas y
flores en una cesta de compra, las frases de discurso, los conceptos
agudos y los _voquibles_ que tienen el picor de la cantárida y la
sonoridad del escupitajo. Era un lenguaje fútil y escéptico como el
de quien no cree ya ni en los toros, y con la puntería de gemelos
atisbando arriba y abajo, á la corrida y á las damas, coincidían
comentarios brutales sobre algunas de éstas. Virtud y volapiés se
confundían en una sola crítica, y llegaban juntamente al oído, como
el oro y el cobre entrando juntos por la hendidura de un cepillo. Una
misma boca expelía juicios técnicos sobre la brega y casi con las
mismas palabras descabellaba á una familia.
Allí había hombres que en los días feriados se ocupan en
hacernos leyes, y otros que diariamente nos surten de decretos y
reglamentos; aristócratas empobrecidos, plebeyos llenos de dinero,
ricos primogénitos de provincia, toreros recogidos, viejos bien
conservados, algún extranjero curioso. Pero lo más florido de la
juventud adinerada campaba en las localidades de barrera, sitio
predilecto del _dilettantismo_, donde tiene su asiento un ilustre
senado de señores cuyos nombres engalanan las páginas de la historia
patria, de jóvenes á quienes no falta cultura ni aun talento, de
periodistas que suelen mojar su pluma en la sangre abrasada del toro
para escribir una especie de prosa, impregnada, como la atmósfera del
tendido de sol, de un heterogéneo tufillo de ajos crudos, almizcle y
aguardiente.
Estaba en el circo _Sacristán_, arrogante bestia de Aleas,
berrendo en negro, bien armado, de muchos pies, querencioso. Al
clamor olímpico que acogió la fiereza de su primera embestida al
caballo, unióse bien pronto un susurro de descontento, y todas las
miradas ¡cosa inaudita! se apartaron del redondel, por cuya arena
ensangrentada un espectro de caballo paseaba sus tripas, como la
cometa sin aire pasea su rabo antes de caer en la tierra... Siguió
adelante la suerte, y las gotas seguían cayendo; pero al fin, cuando
Higadillos, vestido de grana y oro, los trastos en la acerada mano,
brindaba delante de la Presidencia, vióse un movimiento general,
una gran agitación del público. Levantábase la gente; aquí
gritaban, allá gruñían, y en los tendidos oscilaban las cabezas y
se entrecruzaban los brazos y zancajeaban las piernas. ¡Paso, paso,
dispersión general! Horrible trueno retumbó en los aires, y al
mismo tiempo, cual si se abriera una catarata en las negras nubes
suspendidas sobre la Plaza, empezó á caer agua, ¡pero qué agua!...
una lluvia gorda, torrencial, formidable, que azotaba con tremendos
latigazos.
Espantoso fué el desorden, y la ira y el buen humor lanzaron de
consuno imprecaciones y agudezas. En los tendidos, el más fuerte se
abría paso á codazos, y el más ligero saltaba sobre el obeso, y la
mujer pedía auxilio, y el chico berreaba, y la cabeza de la chula
parecía esponja, y la gorra del hombre cabeza de tritón. Abriéronse
aquí y allí algunos paraguas que chocaban unos contra otros,
enganchándose con sus uñas de murciélago.
En el redondel, los toreros mojados seguían lidiando, y el animal,
acobardado y huído, no estaba de humor de bromas. El agua quería
lavar y no dejar huella de la sangre. Los caballos moribundos
aspiraban con anhelo el aire húmedo que refrescaba su agonía. Era
imposible seguir la corrida: llovían banderillas de agua; apenas se
veía de un lado á otro de la Plaza. Sonó de pronto el cencerro de los
pacíficos cabestros, y _Sacristán_, siguiéndoles, se fué al corral.
El público, huyendo del agua como se huye de un incendio, se aglomeró
en los pasillos, que no podían contenerlo, á pesar del gran desahogo
del monumental circo. Las escaleras estaban obstruídas. Como nadie
se atrevía á salir mientras la lluvia no cediera, la enorme crujía
circular era un gran barril de sardinas mojadas. No cabía ni una
cabeza más. Las mujeres sacudían sus mantones, y los hombres
maldecían á las nubes, y otros pedían su dinero. ¡Qué gritos, qué
risas, qué agudezas, qué patadas, qué sacudir de sombreros chorreando
agua, qué de estornudos y escalofríos!
Algunos jóvenes abonados á barrera trataban de abrirse calle á codazo
limpio para ganar la escalera y subir á los palcos.
«Vamos arriba--decía uno de ellos.--Creo que está León. Nos cederá su
coche, y que se vaya con el Ministro.
--Y si él no está nos iremos en el coche de la de Fúcar... Pero,
señores, hagan el favor... Anda, Polito, ¿por qué te quedas atrás?
--¡Cascarones! aguarda... ¿no ves que me ahogo? Si estoy como una
sopa... Déjame que tome una pastilla de brea... ¡Qué _plancha_! ¡qué
corrida!»
A duras penas, molestando á muchos y oyendo quejas, lograron subir
á los palcos. También arriba era grande el jaleo, porque como la
dirección oblicua de la lluvia inundaba la mitad de los palcos de la
Plaza, la gente de éstos buscaba abrigo en el corredor.
«Allí está León. ¡Eh! ¡León!--dijo Polito acercándose á un grupo
donde había diputados y algún ministro.--¿Nos cedes tu coche?
--Sí... tomadlo... no me hace falta.
--¡Bravísimo! _¡chúpate esa!_ ya tenemos coche... abur.»
Y entre los hombres se veían señoras en parejas, en grupos, en
bandadas, que esperaban el buen tiempo para tornar á sus carretelas.
Allí todo era buen humor, risotadas, observaciones agudas, porque
semejante público, si asiste con gozo á las corridas, no se enoja por
una suspensión que tanto contraría á los de abajo. Lo imprevisto les
seduce más que lo anunciado, y siempre harto de goces, anhela los
cambios bruscos y las situaciones raras. Además, la lluvia no es cosa
insoportable para quien tiene coche.
«¡Cómo estará esa pobre gente de los tendidos!--dijo una dama que
en compañía de otra y de un señor mayor salía de su palco.--Tienen
razón al pedir que se les devuelva el dinero. Han pagado asiento para
ver la corrida y no para mojarse. Sin embargo, como es función de
Beneficencia...»
Detuviéronse luego las dos damas para contestar á los saludos de
tanta y tanta gente conocida.
«¡Qué chasco!... ¡Qué corrida!... Es delicioso... ¿Y usted se
va? ¿Pues qué, se ha mojado usted?... Piden que les devuelvan el
dinero... ¡Cuánto se habrá alegrado Higadillos, que estaba muerto de
miedo!... Parece que ya afloja... Pero la Plaza está inundada... Yo
me voy...»
La dama que quería irse tocó ligeramente el brazo de un caballero
que estaba en el grupo de los hombres de pro, mucho banquero, mucho
diputado, algún ministro.
«¿Vienes á comer?
--Iré--replicó León.--¿Pero ya?... He quemado mis naves... me he
quedado sin coche.
--Ven con nosotras--dijo la dama tomando el brazo que le ofrecía
León.--Yo no tengo paciencia para esperar más.
--Llueve mucho... Será preciso esperar á la puerta, y el turno de los
coches será largo.
--No importa. Vámonos.»
La otra dama les seguía, tomando el brazo del galán viejo.
«Yo te hacía en Suertebella. Como me dijiste que no venías hasta la
semana que entra...
--He venido esta tarde, porque me escribió papá anunciándome su
llegada con un banquero francés, y es preciso disponer algunas cosas
en la casa.
--Cuando te ví en el palco pensé ir á saludarte y á preguntarte si
has tenido noticias de Federico.
--¿Yo?--dijo la dama con sorpresa y disgusto.--A mí no me escribe ni
puede escribirme. Por sus primos sé que pensaba salir de Cuba para
ir... qué sé yo á dónde... ¡Oh! no irá á buena parte.
--Y tu niña, ¿cómo está?
--No he querido traerla... la he dejado allá... ¡alma mía! no anda
bien, hace días que está delicadilla... ¿Cuándo vas á verla? ¡Cuánto
deseo volverme allá! No puedo estar separada de ella... No estaría yo
aquí hoy si papá no me hubiera hecho este encargo fastidioso. Vamos
á tener en casa una especie de asamblea de banqueros... Ya sabes
tú... es para eso del empréstito nacional. D. Joaquín Onésimo te lo
explicará... pero más vale que no le digas nada (aquí bajó la voz
para que no la oyese el galán viejo que dando el brazo á la otra
dama, les seguía de cerca), más vale que no le digas nada, porque nos
mareará hablando de la Deuda pública, de la materia imponible y de
la amortización de bonos. Ese hombre es un Diluvio administrativo.
Papá me ha encargado que le obsequie mucho. Esta noche comeremos los
cuatro solos... casi en familia. No quiero ruido. Acostumbrada á
vivir en Suertebella con mi hija, la sociedad me fastidia y me pone
mala.»
Con gran trabajo abriéronse camino las dos parejas. La multitud
mojada que espera la conclusión del llover, no gusta de abrir paso á
los afortunados que van en busca de su coche.
«Permitan, señores... ¿Hace usted el favor?...»
Cada súplica de éstas les permitía avanzar unos cuantos pasos. Una
vez en el ancho atrio mudéjar de la Plaza, respiraron como el que
concluye un largo y molesto viaje. Allí muchas personas impacientes
veían el gotear incesante de los ladrillos del alero y alargaban
la mano para ver si disminuía el temporal. Unos se arriesgaban con
paraguas, otros corrían á los ómnibus. Los coches de lujo aguardaban
á sus amos. El de Pepa tomó á las dos señoras y á los dos caballeros,
y rodó salpicando barro por la ancha calzada que empalma con la
carretera de Aragón. Poco después entraba en el jardín del palacio de
Fúcar y en seguida en el vestíbulo cubierto. Era un gran recinto con
columnas de escayola y dos enormes candelabros vestidos con fundas,
que más que candelabros parecían frailes cartujos. Dejando á un lado
la gran escalera de honor, larga y obscura, los señores entraron en
las magníficas habitaciones del piso bajo, que eran las destinadas á
la vida. Lo alto, es decir, lo más ventilado, lo más alegre, lo más
claro, lo más suntuoso y rico, pertenecía al público de las grandes
recepciones. Así lo manda la vanidad, gobernadora de la higiene.
II
Memorias.--Tristezas.
Aquella noche sólo se sentaron á la mesa, como Pepa dijo, cuatro
personas. Gozosa de verse entre amigos, que además de ser buenos
eran pocos, la hija del millonario demostró graciosa y discretamente
su alegría durante el curso de la comida. Más tarde las dos parejas
pasaron á las salas hermosas de aquella parte del palacio donde
tenían su asiento las reuniones de confianza. Allí había juntado
Pepa á las raras maravillas de arte mil cachivaches de exportación
francesa, aliando lo magnífico con lo bonito y lo bello con lo
nuevo, tan bien dispuesto todo para mover á sorpresa ó á gozo, que
no lo presentara mejor el mismo palacio del capricho. La tertulia
en cuarteto se prolongó hasta la hora en que la Condesa de Vera se
despidió para irse al Teatro Real, á donde quiso acompañarla D.
Joaquín Onésimo. Los otros dos se quedaron solos.
Sentados en un diván rojo al pie de un cuadrito de género, que
representaba inmundo muladar poblado de borricos y sucios gitanos
(la moda ensalza hoy grandemente y compra á peso de oro esta casta
de pinturas), no lejos de un tibor japonés, que tenía por escabel
pesada trípode de cabezas de elefante y por corona las hojas peludas
de una begonia, estaban Pepa y León Roch, ella muy comunicativa, él
cabizbajo y mudo.
«Lo que yo había previsto sucedió--decía Pepa:--Federico, lejos de
enmendarse en la Habana, fué de mal en peor. Bien se lo decía yo á
papá. Si aquí le comprometió en negocios disparatados y de mala fe,
allá, donde parece que la distancia hace peores á los hombres...
Me da vergüenza decirlo: no me puedo acostumbrar á la idea de que
el autor de ciertas fechorías sea mi marido. En la Habana le fué
preciso esconderse y huir, porque los corresponsales de mi padre
quisieron meterle en la cárcel... Cuando pienso que una locura ó
necedad mía, una ceguera inexplicable, una cosa que no tiene nombre
ha traído á mi casa tanta ignominia... Todas las malas mañas de mi
marido se derivan del infame, del maldito hábito del juego... pero
¿quién podría luchar con aquello que está en su sangre, en lo más
profundo de su alma?... ¡Ay!--añadió después de una pausa, llevándose
la mano á los ojos;--te aseguro que he pasado horas de angustia
horrible y me he visto en grandes conflictos, porque tenía que
ocultar á papá ciertas cosas, y al mismo tiempo me precisaba contar
con él para salir de las situaciones apremiantes en que Federico me
ponía cuando sus pérdidas eran atroces... En fin, se ha padecido,
se ha padecido bastante, señor de Roch. No creo que los corazones
sean de fibra y carne y sangre, como dicen los médicos; creo que son
de granito y bronce y que jamás pueden romperse, puesto que el mío
no se ha roto. Tantas lágrimas han salido de aquí--volvió á llevar
la mano á sus ojos chiquitos,--que pienso no tener más para cuando
vuelva á ser desgraciada... ¿No se habían de acabar las rarezas y los
antojos mimosos de aquellos tiempos? La realidad amansa... vivir es
aprender... ¡Dios mío, qué cara me has hecho pagar la formalidad!...
Se ha padecido, se ha sufrido mucho, León. Este palacio tan alegre
para los demás, está lleno para mí de tristeza. No hay en él un
objeto que no tenga en sí, como estampado, un gemido mío. No hay un
sitio en que no pueda decir: «aquí lloré tal día; aquí pensé morirme
de dolor.» Y si fuera á contarte todo... ¡Ah! no acabaría nunca.»
Pepa indicó con lentas ondulaciones de su mano derecha la inmensidad
de cosas que podría contar á su amigo, si quisiera ser indiscreta.
«Pues cuéntamelo todo. ¿No sé ya lo más negro, no sé lo
verdaderamente incomprensible, que fué tu casamiento con ese bergante
de Cimarra? Que tú, enferma de la imaginación y dañada de atrofia
moral, aun siendo buena, cayeras en ese error inmenso, se comprende;
pero que consintiera en ello tu padre... Verdad es que cuando subió
al poder el partido _verdinegro_ y me hicieron á Federico gobernador
de provincia, mi hombre se corrigió y parecía regenerado. Era todo
lo que se llama un hombre de importancia. Luego ocupó un alto puesto
en el Ministerio de Hacienda... Nadie conocía á Federico en aquel
funcionario riguroso, puntual, casi catoniano. Era tal su afán de
parecer hombre sesudo y de peso, que hacía reir. Yo creo que tu
padre se dejó alucinar por aquella máscara... Además, el amigo Fúcar
tendría negocios en Hacienda por aquellos días... Oí hablar de un
empréstito sobre la sal, de la incautación de salinas... En fin,
Pepa, la verdadera incautada fuiste tú, cayendo en poder de ese
bandido. Tus desgracias sucesivas no me sorprendieron. ¡Cuánto te
compadecí! Cuando tú te casaste yo era feliz todavía. Después... En
resumen, yo conozco lo peor de tu triste historia. Si algo ignoro, no
tengas reparo en contármelo.»
Pepa se echó á reir. Dirigiéndose luego á su amigo con ademán de
maestro que va á echar una reprimenda, le dijo:
«Pero me hace gracia tu frescura... Siempre estás «cuenta, cuenta,
cuenta,» y tú no me cuentas nada. Y no es porque falten en tu casa
magníficos capítulos, y grandes dramas y hasta poemas, sino porque
eres un guardador de secretos que no tiene igual. Ya sabes tú tragar,
tragar amarguras sin que lo sepa nadie... pero yo estoy muy enterada
de lo que pasa en tu familia: sé que María y tú no os veis más que en
la mesa, y eso no todos los días. ¡Oh! si tú eres discreto, tu suegra
no lo es; responde á todo lo que le preguntan... ¿Y Polito? Ese dice
lo que hay y también lo que no hay.»
León suspiró. Conteniendo la risa, ó dicho más propiamente,
ocultándola con su abanico, Pepa dijo á su amigo:
«Tienes una familia deliciosa.»
Después estuvieron los dos largo rato sin decir nada, contemplando
las pintadas flores de la alfombra. En el palacio solitario y sin
ruido alguno, había una atmósfera de tristeza y como de somnolencia
que convidaba á la meditación. Pepa se levantó, dando algunos pasos
por la estancia, como quien busca la fórmula de algo muy importante
que en la mente bulle y hormiguea queriendo ser dicho. Ya sabe el
lector que no era guapa; ¿para qué hemos de repetir esto, que por lo
desagradable cae dentro de los dominios del silencio? Pero no hay
cosa mala que no tenga algo bueno, ni mujer que no tenga algo bonito.
Además, Pepa no carecía de encantos, y para algunos teníalos en
grado eminente; sus ojos eran de buen efecto, resultando éste de la
pequeñez combinada con la viveza y con cierta expresión sentimental y
cariñosa. Lo más característico en ella era el pelo rojo y abundante
y la tez blanca y clorótica, que la hacía parecer una imagen de
alabastro y oro. Delgada y un poco huesuda, atenuábase este defecto
con la buena proporción de miembros y con su encantadora ligereza de
andares. Bajo su volubilidad de lenguaje se escondía la gravedad de
su pensamiento. No parecía orgullosa, y sus maneras, algo rebeldes á
la etiqueta, tenían no sé qué lenguaje de franqueza muy propicio á
la amistad. En sus caprichos y excentricidades había variado tanto
desde que la vimos en los baños de Iturburúa, que casi no parecía
la misma. Ese gran domador que se llama la desgracia, había blandido
mucho su látigo sobre ella, y de tantas fierezas apenas quedaban
pasajeros resabios.
Después volvió á su asiento, y durante algunos instantes observó con
atención respetuosa la fisonomía inteligente y melancólica del hombre
que había sido su amigo de la infancia. León estaba profundamente
abstraído, como un matemático que bucea en insondable mar de cálculos.
«¿En qué piensas?» le dijo Pepa interpelándole repentinamente.
Necesitaríamos tres capítulos para decir lo que pensaba León en aquel
instante.
«En nada--repuso con afectada indiferencia:--en miserias y farsas del
mundo.
--No puedes arrancar de la memoria á tu querida mamá política--dijo
Pepa riendo.--¿No vas á sus reuniones? Las ha empezado con gran lujo
al llegar la época de alivio por la muerte de Luis Gonzaga, ocurrida
siete meses ha, si no me engaño. Tengo presentes las principales
fechas de tu familia. No creas... van adquiriendo fama esas reuniones.
--Ya lo creo... adquirirán fama.