Pasado el primer Carabanchel, León traspasó la verja de una magnífica

finca, situada en el segundo Carabanchel ó Alto. La posesión de

Suertebella es una de éstas que el capital abundante y la paciencia

han hecho en las proximidades de Madrid, y sostiene digna rivalidad

con las célebres Vista-Alegre, Montijo, Alameda de Osuna, Bedmar en

Canillejas. Tenía extenso y frondoso arbolado de olmos, acacias,

gleditchias, soforas, con su gran planicie de costoso césped, donde

se veían gallardas sequoias, nísperos del Japón, magnolias y otras

especies exóticas; magníficas estufas llenas de fucsias y gomeros,

helechos arborescentes, cactus y araucarias; corrales poblados de

castas diferentes de gallináceas; cuadras donde los caballos vivían

como caballeros; establos y pajarera, sin que faltase un poco de ría

para pasear en barquichuelo, un tiro de pichón, gruta, estanquillo de

piscicultura, hasta algo de ruínas con su imprescindible pincelada de

hiedra y musgo.

El palacio, aunque construído de prisa con ladrillo y revoco, era

suntuoso y elegante, sobre todo en su parte interior, donde una mano

pródiga y muy ducha en elegir reunió cuanto de rico, raro y bonito

producen las artes suntuarias de nuestros días. Era de planta baja,

constituído por larga serie de grandes salones en fila, decorados

primorosamente. Quien haya visto las viviendas de la aristocracia

bancaria, comprenderá que no faltaba el salón árabe, obra delicada de

Contreras, ni el japonés, ni el gótico-sajón, ni menos el obligado

Luis XV. El Marqués de Fúcar se pirraba por todo lo que fuera

_carácter_, y la cosa más bella del mundo no era de su devoción si

no estaba absolutamente impregnada por todos los cuatro costados de

aquella calidad, que hacía decir: «¡Oh! vean ustedes qué _carácter_.»

León atravesó uno tras otro aquellos salones anchos, solitarios,

vacíos de gente, lúgubres, vestidos de seda como príncipes

amortajados, y en su grandiosa capacidad parecía que alguna enorme

boca bostezaba. Las alfombras, cuya blandura habrían envidiado los

colchones de algunas casas, apagaban sus pasos; los ricos bronces

cincelados, que todavía olían á embalaje, y el barniz de los cuadros

de almoneda, reflejaban fugitivos rayos de luz, y algún reloj decía

su monólogo impertinente, turbando el silencio de aquellos antros

cubiertos de joyas. Vió retratos históricos que fruncían el ceño;

figuras _poussinescas_ de risueños colores que bailaban en los

tapices con pastoril juego; Cristos de extremada amarillez cadavérica

en brazos de la Madre Dolorosa; centenares de torerillos, mujerzuelas

y chulos de los que crea la moderna escuela menuda de España, y

que tanto gustan á los aficionados de hoy; barros graciosísimos y

acuarelas representando escenas un tanto libres; gordinflonas ninfas

de Rubens y flacos corceles de _turf_ retratados con tanto esmero

como se retrataría á Cavour ó á Lord Byron; preciosos gatitos de

porcelana, que hacían mimos en el borde de un jarro, y jardineras

sostenidas por horrendos hipopótamos, grifos ó cosa semejante.

Vió también criados en cuyo semblante se pintaba la consternación, y

criadas que tenían los ojos encendidos de llorar. Algunas palabras

rápidas y angustiosas le pusieron al corriente de la situación.

Vió después que delante de muchos santos ardían velas primorosas,

tan bonitas que parecían hechas por manos de ángeles, y oyó rezos

y llantos. Por último, llegó á donde estaba el centro de tanta

tristeza, una cámara silenciosa, fúnebre, medio á obscuras. Se

acercó, cual si en ella estuviera pasando el hecho más transcendental

de la historia humana. Lo que allí pasaba era un dramita, la muerte

de un sér pequeño, una catástrofe menuda de esas que no tienen

ningún eco en el mundo, porque no le arrebatan ni hombre grande ni

mujer útil, pero que llenan de congoja y turbación á las familias.

En pos de aquella muerte no vendría orfandad, ni viudez, ni ruínas,

ni herencias, ni trastornos, ni siquiera luto; no habría sino un

episodio más de la eterna hecatombe de chiquillos con que la

Providencia, matándoles en la puerta de la vida, llena de aflicción á

las madres. Creyérase que necesita recortar todos los días á la raza

humana, codiciosa de crecer demasiado.

Pepa, vestida aún con el traje que llevó á los toros, habíase

arrojado en una silla, las manos cruzadas, la mirada atónita. Su

desesperación silenciosa causaba vivísima pena á cuantos estaban

allí, y los que no podían contenerla se salían fuera á llorar. Junto

á ella estaba el lecho, tan bonito, que las hadas no lo fabricaran

mejor con sus dedos maravillosos. Era como una canastilla de cañas

de oro destinada á ostentar las flores más delicadas: sus cortinas

blancas con lacitos de rosa y encajes eran de tanta gracia y belleza,

que no las desdeñarían los ángeles para jugar al escondite entre sus

pliegues. León se acercó hasta ver la cabeza de la moribunda, que

hundía suavemente con su peso la almohadita llena de rizos dorados y

de lágrimas.

León sintió escalofríos de pavor y como un puñal partiéndole el

corazón al ver á Monina con la cara lívida y descompuesta, los

labios violados, los ojos muy abiertos, pestañeantes y lagrimosos,

el cuello entumecido, tirante, hinchado por el infarto de los

ganglios, y padeció más al oir aquel gemido estertoroso, que no

era tos ni habla, sino algo semejante á voz de ventrílocuo, una

nota aguda, desgarradora, agria como chirrido de un pito en boca

de un demonio y parecida á la inflexión del canto de un gallo, de

donde viene, según algunos, el nombre de _crup_ (crow). La vió

contraerse sofocada, llevándose los dedos al cuello para clavárselos,

con ansia de agujerearse para dar paso al aire que faltaba á su

garganta obstruída. ¡Espectáculo horrible! La muerte de un niño por

estrangulación, sin que nadie lo pueda evitar, sin que la ciencia ni

el cariño materno puedan distender la invisible garra que aprieta

el cuello inocente antes blanco como lirio y ahora cárdeno como un

pedazo de carne muerta; aquella vida pura, inofensiva, amorosa,

angelical, que se extingue de manera trágica, con las convulsiones

del criminal ahorcado y el espanto de la asfixia, es uno de los más

crueles ejemplos del dolor inexorable que acompaña, como prueba ó

castigo, á la vida humana.

En aquella agonía sin igual, Monina volvía sus ojos acá y allá y

miraba á su madre y á los criados, como pidiéndoles que le quitasen

aquella cosa apretadora, aquella _pupa_ más terrible y dolorosa que

todas las _pupas_ posibles. ¡Bárbaro drama de la Naturaleza!

Inmensa era la desolación. Los corazones manaban sangre. Ya de tanto

padecer, ni siquiera se lloraba. Por la mente de todos pasaba como

relámpago infernal una idea sacrílega: la idea de que no hay, de que

no puede haber Dios. León no sabía qué decir, y por un instante sus

ojos, aturdidos como los de un insensato, vagaron de la hija á la

madre y se fijaron en cosas insignificantes, en el velador lleno de

medicinas, en los juguetes sembrados por el suelo, muñecas sucias y

sin vestir, caballos sin patas y gatos sin cola. Todos parecían tener

en sus caras de pasta tanta expresión de desconsuelo como los seres

vivos.

El examen de Monina y el del semblante de Moreno Rubio, que no se

apartaba de allí, indicaron á León un desenlace funesto. Pepa le miró

llenos de lágrimas los ojos, y con dolor profundo, sin bulla, sin

declamación, pudo tartamudear estas palabras:

«¡Se me muere!»

León, por decir algo, afirmó que no había motivo para tanto. Pepa

añadió:

«No hay esperanza... Moreno Rubio ha dicho que no hay ya esperanza...

que ya...»

No concluyó la frase, porque acometida de una congoja, derramó

lágrimas sin fin.

La pena que sentía León era para él desconocida, pena grande y nueva

que había estallado y caído sobre él como rayo del cielo. Había

conocido á Monina algunos meses antes y encontrado en su angelical

travesura placeres inefables. Esto solo no bastaba quizás á explicar

que le hirieran tan en lo vivo el padecer físico de una niña que no

era su hija, y el dolor de una madre que no era su mujer.

Para que el _crup_ sea más cruel, tiene sus traidores descansos,

precursores siempre de una crisis mayor. El infame afloja su dogal

para que la víctima respire y vea cuán bueno es el aire, cuán dulce

la vida. Después vuelve á apretar hasta que concluye todo. Cuando

pasa un violento acceso de tos, suelen venir lo que los médicos

llaman falsas mejoras. Bajo la acción del tártaro entibiado, Monina

logró expulsar algo de las falsas membranas que se le habían

formado en las amígdalas, en la epiglotis y en la laringe. Aliviada

un tanto, respiró con holgura y movió con viveza y animación sus

ojos. Movimiento general de esperanza y alegría. Pepa acudió á

cubrirla y á arreglar su ropa, porque con la violencia de la tos se

había desabrigado. Cuando Monina vió á León, gimió con ese lloro

displicente y mimoso que emplean los chicos enfermos si ven alguna

persona al lado de su madre ó de la enfermera que los cuida.

Es esto en ellos el lenguaje de la envidia, uno de los primeros

sentimientos de la criatura en la tierra.

«Alma mía... es León... ¿no le quieres? Pues que se vaya. Vete de

aquí, bribón.»

Se oyó un débil gemido que decía:

«_Bibón._

--Vete, vete... Voy á castigarle. Hija mía, escupe.»

Pepa le puso la mano en la boca, y Monina, cerrados los ojos, movió

los labios para escupir en la mano. Después parecía delirar y decía:

«Más, más, más.»

Es la palabra que nunca sueltan de la boca los chicos cuando

les están enseñando un libro de estampas, ó pintando muñecos, ó

haciéndoles algo que les entretiene. Como nunca se satisfacen, no

cesan de pedir más y más. Después, siguiendo en el delirio, hizo

un movimiento cuya vista produjo en todos agudísimo dolor. Fué que

extendió una mano fuera de las almohadas, cerrando y abriendo el puño

como cuando se amasa algo. Así saludan ellos cuando se despiden.

Era un ademán de gracia que en aquel momento era un gesto trágico.

Transcurrido un minuto, reapareció con más fuerza la tos seca y

metálica, la estrangulación, la desesperación convulsiva de la pobre

niña y el alarido agudo, semejante el canto de un gallo. El que oye

aquel son, cree que una aguja candente le traspasa el cerebro. La

niña se ahogaba, se moría. Pepa dió un grito y cayó al suelo sin

sentido.

La llevaron á su habitación. León se quedó junto á la niña. ¡Cuántas

cosas pensó en un minuto, en un solo minuto! Él mismo se maravillaba

de que la pena que sentía fuera bastante grande para llenar por

entero su alma, como si la pobre Monina representara todo la que el

mundo contiene de risueño é interesante. Después de la muerte de su

padre no había notado él que su espíritu se aferrase tan fuertemente

á un sér querido en el momento último. Ningún parentesco tenía con la

madre ni con el padre de Monina, y sin embargo, sentía lo mismo que

si aquel morir doloroso le arrebatara algo que era suyo, muy suyo,

íntimamente suyo. Sin duda la madre y la hija se confundían en aquel

sentimiento de compasión inmensa, entrañable, que ocupaba su alma, no

dejándole hueco para ningún otro sentimiento.

Pocos meses antes del ataque de _crup_ había intimado con Monina,

entablando con ella esas amistades que jamás son desinteresadas por

la parte menuda, pues exigen frecuentes visitas á la Mahonesa y á

casa de Schropp[A]. Muchas veces le aconteció abandonar quehaceres

graves sólo por ir al palacio de Fúcar á jugar con la chiquilla. ¡Era

tan linda, tan alegre, tan vivaracha, tan sabedora; era tan elocuente

y expresiva su media lengua sin gramática!... hacía observaciones tan

agudas y mostraba tanto despejo y gracia, junto con tanta amabilidad

y dulzura... De poco tiempo databa su amistad; pero en este corto

período León había jugado con Monina en todos los juegos de que es

capaz un hombre con barbas; habíala paseado en sus brazos; había

intentado enseñarla á bien decir, á hacer limosnas, á perdonar las

ofensas, á compadecer á los pobres, á no castigar á los animales, á

obedecer á su mamá, á responder derechamente á las preguntas, á no

llorar sin motivo. Por su parte, él se había acostumbrado á verla

sonreir, y difícilmente podía pasarse ya sin aquella sonrisa. ¿Y cómo

no adorar tan hermoso lucero, si él estaba rodeado de lobregueces?

Monina tenía dos años y un mes; su nombre derecho era Ramona, por

su abuela materna la difunta Marquesa de Fúcar. Poco á su madre se

parecía porque era muy linda, rubia, con ojos y mirar de querubín,

toda seducciones la boca parlera, de cuerpo esbelto y desarrollado,

inquieta y saltona como un pájaro. Aquel picoteo suyo haciendo

regulares todos los verbos (con lo cual reconstruyen los chicos el

lenguaje), seducía. Y si le entraba la comezón de no estar quieta en

ninguna parte, circulando como mariposilla y zumbando como abeja, los

ojos mareados no podían apartarse de ella. El juego encendía auroras

en sus mejillas; la vida parecía rebosar en ella de tal modo, que

hablando reía, y andando volaba, y pidiendo castigaba, y enredando

decía alguna frase pasmosa, de esas frases absolutamente lógicas con

que los niños asustan á los sabios.

[A] Bazar de juguetes que ya no existe.

¡Qué espantosa transformación! El término de un día había bastado

para hacer de aquel conjunto hechicero de inocencia y hermosura

un miserable cuerpo enfermo. Bien pronto, de la pobre Monina no

quedaría en la tierra más que un objeto marchito un envoltorio ajado

y desagradable del que se apartarían los ojos con pena... Esta idea

atormentaba á León de tal modo, que no podía resignarse á ella. No,

Monina no debía morir: á él le hacía falta aquella preciosa vida.

¿Por qué? No sabía por qué; sólo sabía que en lo más íntimo de su

sér había una fibra, un nervio, un hilo doloroso, fijo, clavado, del

cual tiraba Ramona al quererse partir para el cielo. Días antes,

el tal sentimiento le había parecido superficial, ligero y sin

consecuencias; aquel día lo encontraba adherido con fuertes raíces,

que si se rompían, ¡ay! arrancarían un pedazo muy grande de su alma.

Pasados unos minutos de meditación, habló con el médico. La invasión

de la _difteritis traqueal_ era tan violenta, que no había esperanzas

de vida. La niña, según Moreno Rubio, no vería la luz del día

siguiente. No había señales de que el tártaro determinase la acción

sudorífica y detersiva; que si las hubiera, podría esperarse algo.

Atento á cumplir con su deber, Moreno Rubio dispuso aplicar la

disolución cáustica sobre la mucosa enferma. Un rato después se vió

que el resultado era nulo.

«¿No hay otra cosa?--dijo León, que parecía un muerto.

--El mercurio en fricciones.»

Allí no se descansaba un segundo. El médico inventaba, León disponía

con febril actividad, y todos, el aya, las doncellas, los criados,

ejecutaban con presteza. Vuelta en sí del accidente que la privara de

sentido, Pepa acudió al lado de su hija. No podía estar dignamente

en otra parte, sino allí, junto al gran peligro, vigilando las

últimas palpitaciones de aquella vida preciosa, y previniendo la

sed, el desabrigo, la convulsión, y prodigando cuidados, cariños,

agua, besos, auscultaciones, miradas. Se conocía en su semblante el

heróico esfuerzo que necesitaba desarrollar para que su dolor de

madre no entorpeciera su acción de enfermera. Atenta, cuidadosa, sin

distraerse un momento, sin ocuparse de sí misma ni de cosa alguna,

toda su alma estaba en el bracito que se descubría, en el golpe de

tos, en el sofoco laríngeo, en el grito desgarrador, indefinible, más

trágico que todos los gritos trágicos del mundo antiguo y moderno,

que á veces se aguzaba como chirrido de metales rozándose sin aceite,

á veces se apagaba como un murmullo de tenues notas, como una música,

como un lenguaje, como un soliloquio en sueños.

Transcurrieron horas, ¡qué horas! El día pasó como pasa un instante.

Llegó la noche. Nadie tenía allí noción del tiempo. Hubo un momento

en que no se oía sino un sollozar apretado y suspiros contenidos. Los

corazones mujían estrujados bajo una prensa horrible. La angustia

habitaba el palacio llenándolo todo. Llenábalo también el olor de

la cera ardiendo delante de los santos y de la Virgen. La nena de

la casa se moría. Ya ni siquiera se llevaba las manos á la garganta

para arrancarse _aquello_. Iba quedando fatigada, inerte, vencida

en la desesperante lucha; su cabeza hacía un triste hoyo en la

almohada, cual si fuese una piedra de enorme peso, y sus manecitas

no empuñaban la sábana para hacerla trizas. ¡Si al menos el infame

verdugo la dejara morir tranquila...! Pero no: aún aflojó la soga

para concederle un instante de alivio. En su estado comático, Monina

murmuró: «Más.

--Sueña que le estás dibujando muñecos,»--dijo Pepa, que oprimiendo

el pañuelo contra su boca como quien se aplica una mordaza, dejaba

sus lágrimas correr á chorros por entre los dedos.

Monina llamó á _Tachana_, una niña con quien jugaba diariamente.

Después nombró á _Guru_, hijo, como _Tachana_, del administrador de

Suertebella.

Vino un nuevo ataque diftérico, que parecía ser el último por su

violencia. Pepa lanzó un grito desgarrador.

«¡Se muere, se muere!»

Y se arrojó sobre el cuerpo de la niña, rodeándolo con sus brazos.

Presa de un delirio insensato, la madre se llevó las manos á su

propia garganta y se apretó como si quisiera estrangularse. Era el

movimiento natural, primario, instintivo de la abnegación, queriendo

apropiarse el mal del sér amado. Quisieron retirarla de allí; pero no

fué posible arrancarla de la cabecera del lecho.

Acercóse León al médico, y le dijo al oído:

«¿Por qué no intenta usted la operación de la traqueotomía?»

Moreno Rubio repuso con voz sepulcral:

«En esta edad es casi un asesinato.

--Conviene intentarlo todo, hasta el asesinato.»

Parecían dos espectros secreteando al borde de sus tumbas.

«¿Usted lo quiere?

--Lo quiero.

--Consultemos á la madre.

--No es preciso: yo lo mando.»

Moreno Rubio alzó los hombros. Después se retiró detrás de las

cortinas del lecho, donde había una mesa.

«¡Hija de mi corazón!--exclamó Pepa.--¿Por qué te mueres?... ¿por

qué me dejas sola, tan sola como estoy?... ¡Oh! Dios mío, Virgen de

los Dolores, ¿por qué me quitáis á mi niña, lo único que tengo?...

¡Monina, Mona!...»

Diciendo esto, la madre no sospechaba lo que trataban León y el

médico; no vió que tras de las cortinas brillaba un acero, una

herramienta lúgubre, más siniestra que el hacha del verdugo.

«¡Monina, angelito mío, serafín mío!... ¡abre los ojitos, mírame!»

Su pena rayaba ya en fiereza, y el ascua siniestra de su mirada

delirante, sus labios secos, pálidos y temblorosos, el nervioso

arqueo de sus brazos, todo parecía indicar esa suprema crisis del

dolor que da á la madre las convulsiones de la euménide.

«¡Monina, paloma, niña mía!--prosiguió.--Yo me muero contigo; yo no

quiero que te separes de mí.»

Y al besarla parecía que quería devorarla.

«Pepa--le dijo León,--vamos á intentar lo último... no te asustes...

--¡Mi hija está muerta, muerta!»

Como si quisiera responderle, Monina dió un violento salto, y en un

acceso de horrible tos expulsó un pedazo de falsas membranas. Después

quedó otra vez inmóvil y reapareció el gemido estertoroso.

«¡Si se enfría, si está helada el alma mía...!--gritó Pepa.--Doctor,

doctor.»

Moreno acudió prontamente.

«Helada no--dijo León tocando á la niña.--Al contrario, parece que

suda.

--¡Suda!» murmuró Moreno después de una larga pausa.

Sus manos tentaban á la moribunda, y su mirada perspicaz,

acostumbrada á leer las oscilaciones de la vida, se clavaba en

aquélla, que después de oscilar se detenía, sin duda para extinguirse

en calma.

«Suda,--volvió á decir León.

--Suda,» repitió Pepa con un rugido.

Los tres callaron. Parecía que un débil rayo de esperanza había

estallado en medio de aquel grupo, hiriendo al mismo tiempo los tres

corazones. Pero no era posible, no.

«Abrigarla bien,» dijo Moreno brusca, imperiosamente, con voz de

piloto que manda una maniobra salvadora; y sin poderse contener,

soltó un terno terrible.

Seis manos arreglaron la cama de Monina con febril presteza.

León y Pepa miraban á Moreno; pero no se atrevían á preguntarle nada.

Más valía dudar, que es algo parecido á esperar. El semblante del

médico no indicaba nada claramente, á no ser un vago dudar también.

«¿Sigue sudando?

--¡Oh! Sí.

--¡Sí!

--¡Sigue!

--¡Ahora más!»

Se observaba la ligera humedad de aquella fina piel como si de ella

dependiera la continuación ó la ruína del universo existente.

«¿Pero esto no es un síntoma favorable?--dijo al fin León.

--Favorable es; pero aún...

--Ayudemos á la Naturaleza,--dijo Pepa.

--Ella no necesita de nuestra ayuda en el caso presente...

--Pero...

--¿Será posible que...?

--¿Doctor...?

--Todavía nada, nada.

--¡Suda más!

--¡Más!

--¡Hija de mi alma!... ¡Oh! Si vivieras...»

Detrás de la silla en que estaba Pepa, había una imagen de la Virgen

Dolorosa con dos velas encendidas. Pepa dió un salto, se arrodilló,

se postró, besó el suelo. Durante un rato se oyeron sus gemidos

sofocados contra la alfombra. Seguro de que la madre no podía oírle,

Moreno acercó sus labios al oído de León y le dijo:

«Si la acción detersiva sigue y llega á tomar importancia, es

posible que se salve... Pero sólo hay cuatro probabilidades

favorables contra noventa y seis adversas... No digamos nada á Pepa.

--¡Cuatro probabilidades!...--pensó Roch.--Ya es algo... El corazón

me dice...»

Y todo su interior se sacudía con un palpitar loco, frenético. Toda

la vida humana estaba allí delante de sus ojos, pendiente de un hilo,

de un soplo.

Pasó un rato. Pepa volvió junto al lecho. Saltaba de una parte á

otra como leona herida. No necesitaba preguntar: bastábale ver las

miradas, las actitudes. Había allí algo de extraordinario y novísimo,

un como giro total en los inmensos círculos del Universo. Los dos

hombres estaban ansiosos, no abatidos.

«¿Qué hay?--dijo la madre.

--Esperanza,--replicó León sin poderse contener.

--Poca,» balbució Moreno.

Pepa cruzó las manos, elevando al cielo una mirada de ferviente

gratitud.

«No, señora, no tenga usted grandes esperanzas--dijo el médico.--Esta

reacción no es todavía suficiente ni mucho menos. Puede ser una falsa

mejoría como antes... Retírese usted á descansar un momento.

--¡Yo descansar!... descansar... ¡cuando mi hija se salva!

--Todavía...

--Suda más,--murmuró Pepa con los ojos tan abiertos, que más parecía

aterrada que alegre.

--Sí: suda, y mucho.

--¡Muchísimo!--exclamó la madre, cuya imaginación sobrexcitada

agrandaba el fenómeno sudorífico de tal modo, que la humedad de

la piel de Monina le parecía un río.--¡Si Dios quisiera, si Dios

quisiera conservarme mi tesoro!...

Y se arrodilló junto á la cama. Extendía sobre la niña sus manos

sin atreverse á tocarla. Apenas respiraba, temiendo que su aliento

turbase aquella bendita reacción. Monina reposaba tranquila, y su

respiración empezaba á suavizarse.

«¿Será posible?... Doctor...

--Nada, nada--declaró el inflexible Moreno.--La esperanza es muy

exigua todavía. Veremos si sigue...

--¡Oh!... ¡Si la Virgen Santísima se apiadara de esta pobre madre

sola! León, ¿qué opinas tú?

--¡Yo!... no sé--replicó León con ansia.--No sé... parece que me

dice el corazón... Pero no me atrevo, no me atrevo. Tengo una

corazonada... Quién sabe... quién sabe... es posible...»

Pepa se comprimió la boca para no gritar de alegría.

«¡Oh! ¡qué turbación!... ¿Vivirá?... Y si nos engañáramos... y si nos

equivocáramos... ¡Dios mío, Virgen mía! ¿por qué me dais esperanza,

si luego me habréis de dejar sin mi único tesoro, sin lo mejor de mi

vida, de mi casa, de mi alma?»

Dió varias vueltas como persona inquieta, desasosegada, demente, que

no sabe qué hacer.

«Recemos, recemos--dijo al fin.--La Virgen me ha oído... Le rogaré

más, más y más, hasta que me quede sin sentido. Recemos, León; ¿por

qué no rezas tú también?

--También rezo,--replicó León inclinando la frente.

--¿También tú, tú?... Todo el que llama con fervor y humildad será

oído. ¿De qué modo rezas tú?»

Y tomándole el brazo le impulsó con energía hacia la imagen

iluminada. En aquellos momentos de frenesí, la fuerza muscular de

Pepa era prodigiosa.

«Como tú quieras,» dijo León, que no era dueño de sí mismo.

Él no se dió cuenta de cómo se dejó llevar, de cómo puso una rodilla

en tierra, de cómo alzó los ojos exclamando con voz conmovida:

«Señor, que no se muera Monina. ¡Es lo único que amo en el mundo!»

¡Una niña que se muere, una madre que se desespera, un hombre que cae

de rodillas y reza á su modo!... Voy creyendo que es tontería contar

estas cosas que nada tienen de particular.

V

La madre.

La familia de León Roch, Tomo 1 · 第 13 / 17 段