«Estoy bien,» dijo Luis sin mirarle.

Poco después León se alejaba. Sus pasos hacían sonar la arena del

jardín con ese rumorcillo campesino que á veces supera á la más bella

música. Cuando la rápida disminución del ruido indicó que el dueño de

la casa había doblado el ángulo del jardín, Luis llamó á su hermana.

«María,--murmuró sin mover la cabeza.

--¿Qué?

--Pronto, muy pronto, hermana mía, atravesará mi alma por entre

esos ejércitos de estrellas que parecen estar allí para aclamar á

las almas que pasan triunfantes... ¡Oh! ¡qué puro y celestial gozo

siento en mi espíritu!... ¡Si yo pudiera comunicarte este gozo, si

yo pudiera hacerte comprender cuán hermoso es arrojar este fardo

insoportable y volar solo, libre, hacia esa inmensidad iluminada

para las eternas fiestas de los justos; volar solo, libre, sin

arrojar siquiera una mirada sobre este muladar del mundo! ¿Ves esa

maravillosa arquitectura de luces? Si son tan bellas éstas, que ni

siquiera merecen compararse al polvo que huellan los bienaventurados

más arriba, ¿cómo serán las que coronan á María Inmaculada, allá

dentro, en lo más alto, en lo más hondo, allí donde nuestra mirada no

puede llegar?

--Por Dios, hermano querido--dijo María con afán,--no hables mucho,

sosiégate... estás excitado...

--Hermana, yo te hablo como el prisionero que aguarda el instante de

su liberación, y tú me respondes con el lenguaje vulgar, estúpido, de

los médicos... Desgraciada ilusa, ¿qué me importa á mí la salud del

cuerpo? La vida del pobre insecto que pasa y se posa en nuestra cara

para picarnos, me importa más que la mía. ¿Y cómo quieres que haga

caso de esos inútiles cuidados tuyos, cuando sé que mañana...? sí,

hermana querida: mañana, después de oir la santa misa y de recibir

al Señor, daré mi adiós á la tierra... Estoy seguro de ello, me lo

dice la misma voz que tantos anuncios certeros me ha hecho en mi vida

de meditaciones, y... no lo dudes... es una visión... un anuncio

divino... Mañana, mañana.»

María estaba absorta, espantada. El rostro de su hermano era como el

de un cadáver que recobrase milagrosamente la mirada y la voz.

«Oye de tal modo mis palabras--le dijo Luis tomando sus manos,--que

suenen en tus oídos mientras existas. Son las últimas exhortaciones

de tu hermano moribundo y feliz, y si no tienen autoridad por mi

persona, tiénenla por mi muerte, porque en todo moribundo hay

algo de profeta. María, reconozco que hasta aquí has hecho algo

para salvar tu alma: reconozco que has entrado en el buen camino,

practicando, además de las devociones que á todos obligan, otras

particulares, consagradas á la Santísima Virgen y á los santos;

pero eso no basta, hermana mía; eso no es nada, mientras continúes

consagrando parte de tu atención á las vanidades y engaños del mundo.

Esas devociones que ahora se estilan y que permiten frecuentar los

teatros y tertulias, vestirse con insultante lujo, pasear siempre

en coche, fomentar la superchería y presunción, son verdaderas

comedias de piedad. Reforma completamente tu vida: fuera mundo, fuera

galas, fuera pompas, fuera lujoso vestir, fuera refinamientos de

comodidades, fuera coches, fuera elegancia y anhelo de parecer bien.»

Al decir esto, hacía con la derecha mano el gesto de arrojar las

cosas que nombraba.

«Desea parecer mal--añadió con febril elocuencia el arrebatado santo

y poeta;--desea que se burlen de tí; desea hasta ser calumniada;

desea que te llamen ridícula, insociable; desea el olvido, el

desprecio de todo el género humano. No quieras nada de aquí, para

tener todo lo de allá... Juntos nacimos: así como en el vientre de

nuestra madre estuvieron unidos nuestros cuerpos, estén unidas

nuestras almas en la vida inmortal. Seamos gemelos de la eternidad,

hermana querida. ¿Quieres serlo, quieres estar eternamente unida á mí

delante de Dios, quieres que nuestros méritos se confundan en uno y

que de las alabanzas cantadas por tu boca y la mía no resulte más que

un solo himno?

--Sí, sí,» exclamó sollozando María.

Arrojóse en brazos de su hermano, que abrasado por la fiebre parecía

delirar. También el cerebro de la mujer ardía, encendido al choque de

aquel cometa flamígero que pasaba por ella en lo más crítico de su

vida.

«Sí, sí--añadió regando de ardientes lágrimas el pecho del

enfermo:--quiero volar unida á tí eternamente, ser tu hermana gemela,

y salvarme como tú, y tener el mismo grado de bienaventuranza que tú

tengas.

--Pues bien--dijo Luis entre secas toses.--Tenme siempre en tu

memoria. Yo me voy, pero te queda mi espíritu, te quedan mis

palabras. Óyeme bien: tu esposo, corrompido por sus ideas filosóficas

y por la negación de Dios, será siempre un obstáculo terrible á tu

santidad. Debes vencer este obstáculo sin faltar á los deberes que

te ha impuesto el sacramento. ¡Oh! no es posible imaginar situación

más difícil. Pero creo poder señalarte el verdadero camino. Entre él

y tú no puede haber jamás sino la unión exterior, y vuestras almas

estarán separadas por los abismos que hay entre el creer y el no

creer. Amor verdadero de esposos no puede existir entre vosotros.

Pero tu piedad te impide al mismo tiempo aborrecerle. Ámale, pues,

con esa estimación general que merece el perjuro, según la ley de

Cristo. Obedécele en todo lo que no contraríe tus hábitos de piedad.

Reconociéndole dueño y señor en todo, no permitas que tu conciencia

católica sea esclava de su arbitrariedad atea. No le faltes al

respeto, no le injuries, y ruega á Dios por él todos los días, á

todas horas, con fervor contrito, sin olvidar á nuestros padres, á

nuestros hermanos, que también merecen intercedamos por ellos... El

Señor no te ha concedido hijos. ¿No ves en esto una maldición echada

sobre tu matrimonio? Es una maldición, sí, y al mismo tiempo, con

respecto á tí, un favor especial, porque haciéndote estéril, el Señor

te demuestra bien claro que te quiere para sí, te demuestra su deseo

de que á él te consagres y le honres. Estos dos pobres gemelos tienen

mucho que agradecer á la misericordia de Dios.

--Mucho que agradecer--afirmó María dejándose arrastrar por el

torbellino;--pero tú eres un santo, yo una pecadora.

--Tú serás como yo y más que yo, porque padecerás, lucharás, y tu

triunfo será por esto más meritorio... No teniendo hijos, puedes

consagrarte por completo al cultivo de la vida interior. Rompiendo

absolutamente con el mundo, nada puedes temer, y la absoluta

disconformidad en ideas que hay entre tí y tu esposo, te da la

completa libertad interior. Si en cosas de la vida quiere ser tu

tirano, sé su esclava; pero si en cosas del alma quiere dominarte,

oye sus palabras como oirías el ruido de la lluvia. Si te castiga

de obra, sufre en silencio; si te abofetea, pon la otra mejilla;

pero si con palabras insidiosas ó con cariños diabólicos quisiera

introducir en tu mente alguna idea herética, cierra tus oídos, huye

de él en espíritu. Aceptando la esclavitud que te imponga, hazte

libre en espíritu. Si no te permite ir á la iglesia, no vayas: suple

con meditaciones constantes y oraciones solitarias muy fervorosas

la falta de culto en la iglesia. Si te permite ir á ella, ve lo más

que puedas, y aspira al estado de perfección que te permita recibir

la Eucaristía todos los días. Si él no solicita tu compañía, no

solicites tú la suya. Si él aspira á estar en todas tus acciones, haz

que esté siempre yo presente en tus pensamientos. Interésate por su

salvación, pero no olvides ni un instante la tuya. No le exhortes

con palabras á convertirse, porque se irritará más su ateísmo, y

porque los mejores argumentos serán tus virtudes y tu humildad. Por

ningún caso consientas en tomar parte en saraos dentro ni fuera de

tu casa, ni tengas amistades de ninguna especie. Ya que no puedes

convertir tu hogar en un santo asilo, no consientas en él el menor

escándalo. Una orgía ó tertulia de hombres irreligiosos te autorizará

para huir de tu casa. Y si algún día Dios quisiese tocar el corazón

de tu infelicísimo esposo é iluminar su inteligencia; si ese hombre

confesase la religión verdadera, entonces le propondrás la separación

de cuerpo, para que yendo cada cual á una casa conventual de su sexo,

consagren separadamente el resto de esta vida mortal á alcanzar la

eterna.

--¡Oh! hermano mío--exclamó María con exaltación,--no puedo creer

sino que Dios mismo habla por tu boca.»

Luis estrechó en sus brazos la preciosa cabeza de su hermana. Después

estiró el flaco cuello, y gimiendo con horrible ansia de aire,

parecía que toda la vida se paraba en él. Sus ojos se revolvieron

en las órbitas, cerrándose después como si los deslumbrara un

resplandor insoportable. De su pecho salía un soplo ronco y seco.

«León, León,» gritó María llena de pavor.

Pero todo estaba en silencio; no se sentían pasos.

«León, León... Eso no es nada,» añadió la hermana, acercando su

rostro al del colegial poeta y procurando reanimarle con palabras.

Después volvió á llamar á su marido. Pero éste no se hallaba en el

jardín. No se sentían voces de criados, ni otro rumor que el de la

calle, donde jugaban los niños de la vecindad, y algunos ladridos de

perros vagabundos que andaban por los tejares. Ni el más leve soplo

de aire movía las hojas de los árboles: todo estaba quieto, con no sé

qué expresión de ansiedad pavorosa. Hasta las estrellas le parecieron

á María atentas y sin fulguración, cual ojos llenos de espanto.

Revolvió sus miradas en derredor, y tuvo miedo al verse tan sola con

su hermano, que al parecer se moría. Volvió á llamar, y al fin sintió

los pasos de su marido que tranquilamente llegaba.

XXI

Batiéndose con el ángel.

El hombre á quien hemos visto casi siempre sombrío y mudo en

presencia de los acontecimientos y de las personas, desempeñando,

con el fastidio del actor cansado, un papel pasivo hasta ahora; este

hombre, que no nos ha revelado aún sino parte muy poco considerable

de sus pensamientos, hallábase aquella noche más metido en sí que

de costumbre. Luego que llevó el sillón del enfermo á la banda de

Oriente, dió la vuelta en derredor de la casa. Oyó cuchicheo de

criados en la verja, y risa de fregonas y doncellas que, sentadas

tomando el fresco de la calle, recibían las galanterías de los

cocheros del hotel vecino. Incomodábale aquel rumor, y siguió

adelante por la calle tortuosa trazada en el césped. Sentado en un

banco del costado Norte, con los ojos vueltos al cielo, permaneció

largo rato, el codo en el respaldo, la nuca en la palma de la mano,

el cuerpo extendido con pereza y abandono.

Era astrónomo. Buscaba algo que le distrajera de aquel dolor

continuo que no dejaba respiro á su alma. ¿Qué mejor descanso que

mirar al inmutable cielo, símbolo majestuoso de nuestro superior

destino? El espíritu entristecido lánzase á la inmensidad de aquel

mar sin orillas como á su patria natural, y goza recorriendo las

incomprensibles distancias y mirando cara á cara los espantosos

tamaños.

Enfrente y arriba, fija, sola, quieta, en apariencia no muy

grande, presidiendo como en un trono el decurso eterno de las

demás estrellas, vió León á la Polar, primera letra del libro del

firmamento. Las dos Osas le hacen la corte: la pequeña rodando junto

á ella, la mayor arrastrando su magnífica cola en grandioso círculo.

Casiopea, Cefeo, el Dragón, la enorme Cruz del Cisne, atrajeron

sucesivamente su mirada, y por último Vega, estrella hermosa, con

centelleo melancólico y elocuente. Es tan linda que nos dan ganas de

cogerla, y la cogeríamos si tuviéramos un brazo un millón trescientas

treinta veces más grande que el brazo que necesitaríamos para

encender nuestro cigarro en el Sol. Más hacia Occidente vió el lindo

corrillo de estrellas de la Corona Boreal, que parecen darse la mano

para danzar en círculo, persiguiendo siempre al hermoso Arcturus,

uno de los soles más bellos y más grandes, que fulgura sereno, claro

y como sonriente, con vanidad de su propia belleza. Era tarde, y

mientras Arcturus declinaba hacia el Ocaso, aparecía por la derecha

el Cuadrado de Pegaso, seguido de la infeliz Andrómeda que se alarga

hasta tocar á Perseo; apareció éste con la cabeza de Medusa en su

mano, y después la Cabra sola en un ángulo del Cochero, sin compañía

ninguna, enojada, brillando con rayos que parecen saetas, mirándonos

con entrecejo resplandeciente desde la distancia de ciento setenta

billones de leguas. Su atención terrorífica emplea setenta y dos

años de camino para llegar hasta nosotros. No lejos de allí vió el

gracioso ramillete formado por las llorosas Pléyades, que parecen

huir de los cuernos del rojo Aldebarán... León Roch calculaba por

la hora el tiempo que tardaría en aparecer el soberbio Orión, la

maravilla más grande de los cielos, seguido de Sirio, ante cuya

magnificencia palidece toda hermosura sidérea; después recorrió la

región zodiacal buscando la coqueta Antares, con hermosa cabeza y

garras de Escorpión; se detuvo luego á determinar los sitios de las

nebulosas más notables; esparció la vista por la Vía Láctea, donde

tiende sus alas el Aguila y abre sus brazos la Cruz del Cisne; por

un rato se anonadó ante tanta belleza, considerando lo difícil que es

para los ojos profanos el considerarla como una polvareda de soles,

y por fin... se cansó de mirar al cielo. Reclamado en el fondo de su

alma por cuidados de la tierra, y por una inquietud ó presentimiento

inexplicables, levantóse del asiento y penetró en la casa.

Pasó de una pieza á otra, y al entrar en el comedor obscuro oyó

cuchicheo de voces. Eran las de su mujer y su cuñado que hablaban

en el jardín, á dos pasos de la ventana del comedor. Sentóse en una

silla. Algunas palabras pronunciadas entre tos y tos llegaban á

él, como el silabear quejumbroso y suspirón de María cuando rezaba

de retahila. Acercándose un poco á la ventana, oyó más claramente.

No era de su agrado aquella suerte de espionaje; pero una fuerza

semejante á la querencia lúgubre del crimen le detuvo allí un rato.

Sus aterrados ojos miraban el grupo del jardín, y su rostro palidecía

como el de un reo que oye su sentencia. La misma fuerza de su enojo

le alejó al cabo, llevándole á vagar por la planta baja de la casa,

discurriendo por las habitaciones, cuyas puertas y ventanas estaban

abiertas á causa del calor. Su figura pasaba reflejándose de un

espejo á otro, y se creería que éstos jugaban con ella arrojándosela

y recogiéndola. Asustáronse al sentirle pasar los pájaros que estaban

dormidos, y las cortinas se movieron ceremoniosamente como á la

entrada de un gran señor. Al fin dió con su cuerpo en el despacho que

ahora servía de gabinete al pobre enfermo, y se arrojó en una butaca,

dando descanso á su cabeza en las palmas de las manos. A ratos oíase

un murmullo, como si hablara consigo mismo; á veces un apóstrofe

cual si con otro hablara. Después se oyó una risilla de desprecio,

de burla, ó más bien de ira, que la ira cuando es muy reconcentrada

suele tener erupciones humorísticas, y últimamente determinóse en él

un fenómeno cerebral bastante común en los momentos en que la ira y

el dolor se encuentran actuando á sus anchas sobre el individuo, á

solas, en parajes semiobscuros y silenciosos.

Con los ojos cerrados (y esto es lo más extraño), creyó ver la propia

habitación en que estaba, y se sintió á sí mismo precisamente allí

donde en efecto se hallaba. Y vió enfrente una figura japonesa,

negra, rígida, recortada, destacándose sobre el fondo de colores

inundados de luz. El cuerpo mezquino se mantenía sentado y tieso cual

si de sí mismo fuera inquisidor, y el rostro gelatinoso, cadavérico,

contraído todo por el hábito de hacer continuamente los visajes del

escrúpulo y de la aflicción mística, elevaba al techo los ojos de

esmeralda ó los paseaba con indiferencia estúpida por las paredes

pobladas de acuarelas, mapas y estampas, y por el suelo cubierto de

fino junco.

León había caído en la somnolencia dolorosa á que llega después de

los primeros paroxismos una pena profundísima que, no pudiendo salir

á la superficie, corre muy honda por los cauces del alma. Alguien

más estaba allí. ¿Quiénes eran los que sentados en derredor formaban

como un cónclave terrible? Eran Arcturus, Aldebarán, Vega, la Cabra,

Orión, la coqueta Antares y el soberano Sirio. En su delirio vió

León que él mismo se levantaba arrebatado de coraje y violencia; que

corría derecho hacia el delgado maniquí negro; que sin intimación

lo asía en sus brazos, gritando: «¡Insecto, has venido á robarme mi

última esperanza! ¡Muere, pues!...»

Y el insecto acogotado le dirigía una mirada de indefinible dolor

gimiendo entre los duros brazos, y su débil armazón se quebraba,

crujiendo como una cáscara de nuez que se rompe. «¿Quién te ha

llamado á gobernar el hogar ajeno?--le decía León ciego de ira

y haciéndolo astillas.--¿Quién te autoriza á quitarme lo que me

pertenece?... ¿Quién eres tú?... ¿De dónde has venido con tu horrible

orgullo disfrazado de virtud?... ¿De qué te vale el desollarte vivo

si no tienes verdadero espíritu de caridad?...» Y el pobre insecto

espiraba con contracciones dolorosas, cerraba los ojos para siempre,

y parecía que sus ajados labios decían: «muero.» León, poseído de una

cólera delirante, le apretaba más, y la víctima menguaba entre sus

brazos: ya no era más que un negro manojo de zancas secas, de manos

estrujadas y un caparazón roto como el juguete de papel en manos

de un niño... Pero de pronto las estrellas prorrumpen en espantosa

risa, y huyen buscando cada cual su sitio en el Cielo, el desbaratado

cuerpecillo se deshace de los brazos asesinos, se transfigura, se

engrandece, se torna de humilde en poderoso, de mezquino en fuerte;

vésele alzarse y elevar la frente rodeada de luz, extender de su

cuerpo negro alas esplendorosas, alzar del suelo los pies blancos

y desnudos sin un grano de polvo de la tierra, y levantar el brazo

formidable y musculoso, cuya mano empuña una espada de fuego.

León echa mano al cinto. También él tiene su espada de fuego, y la

saca blandiéndola en el aire con amenazadora presteza.

«¿Menguado, crees que te temo?

--¡Atrás, impío!»

Y entre los dos, iluminado su bello rostro por el resplandor de las

espadas, apareció María, mundanamente bella, mal veladas sus gracias

voluptuosas, los ojos encendidos de amor, la boca fruncida por un

mohín de mojigatería.

«¡Colegial, déjamela! ¿no ves que es mía, no ves que la amo?

--¡Atrás, impío!»

* * * * *

«¡Oh! ¡qué necia estupidez!» exclamó León pasándose la mano por su

frente cubierta de sudor frío y desechando la obsesión terrible.

Claramente oyó entonces la voz de su mujer que le llamaba. Aquel

_León, León_, sonaba en su cerebro como una campana tocando á rebato.

Levantóse, y lentamente, sin precipitación, con una parsimonia cruel

y en cierto modo vengativa, se dirigió al jardín.

XXII

Vencido por el ángel.

«No, no es nada--murmuró Luis Gonzaga, cuando vió cerca al marido de

su hermana--Una congoja algo más fuerte que las demás. Mañana...»

León le miró sin tocarle, á dos pasos de distancia, mudo, sombrío, y

acordándose de su pasada obsesión, tuvo miedo de sus sentimientos.

«No--dijo para sí:--no es más que antipatía, que se ahogará en

lástima, porque este desgraciado se muere.»

Luis tomó la mano de su hermana, y con voz débil, incorrecta,

desigual, entre solemne y festiva á causa del súbito calenturón

fulminante que le devoraba, le dijo:

«El mayor peligro á que estarás expuesta, será que te propondrán

transacciones, acomodamientos... Prevente contra este lazo de

la impiedad, que es una trampa cubierta de rosas, hija mía. No:

entre el creer y el no creer no hay arreglo posible. ¿Concibes tú

reconciliación entre el salvarse y el perderse para siempre? No hay

término medio entre lo temporal y lo eterno. Huye de los arreglos,

no cedas ni un ápice de tu firme y glorioso terreno. No se puede ser

religioso á medias. El que deja de serlo por completo, ya no lo es.

Nuestro Señor ha querido que esta obra admirable sea tal, que el que

de ella quitase la más mínima parte, al punto queda fuera de ella...

Cuida de evitar la pérfida trampa... Es el tema predilecto del siglo,

y ha lanzado más almas al infierno que la misma impiedad... Acuérdate

de mí, piensa en mí, tenme presente, no olvides que he venido á

salvarte, á llamarte al camino de la verdad y á morir en tus brazos

para que mi memoria sea más duradera. Dios nos envió juntos al mundo,

y juntos nos quiere ver alabándole al pie de su trono de gloria.

María, María...

--Sosiégate, hermano, sosiégate,» dijo María aterrada y llena de

angustia.

Luis abrió los ojos con viveza, y mirando á León dijo con desvarío:

«Me parece que aquí hay alguien. María, ¿no es un hombre lo que veo?

--Es León, es mi marido... Llamemos al instante al médico... ¿no te

parece, León?... Los criados, ¿dónde están?...»

María corrió á llamar; pero su hermano la detuvo, asiéndole

fuertemente el brazo.

«No me dejes solo...--murmuró.--Has dicho que tu marido... Dios mío,

Dios mío, ¿qué idea es ésta que me turba?... ¿Es escrúpulo pueril,

como tantos que me han mortificado, ó movimiento de la conciencia?

Dime tú, ¿qué es?... ¿Está aquí León?»

Marido y mujer callaron.

«¡Qué idea!... ¿Le habré ofendido? No: he dado á mi hermana los

consejos que me dictaba mi piedad. Dios ha hablado dentro de mí.

Dios, Dios... Es escrúpulo; pero aun los escrúpulos deben atenderse.

¡Ah! ¿está aquí el buen Paoletti?»

Sus ojos extraviados se fijaban en aquel momento en León.

«Padre Paoletti, ¿habré ofendido á mi cuñado?»

Después, como si hubiera oído una respuesta, añadió:

«Es verdad, no puedo haberle ofendido; y por si le ofendí, mañana

le llamaré á mi lecho de muerte y le pediré perdón. Al mismo tiempo

repetiré á María las advertencias.

--Llevémosle adentro,--dijo León.

--Llamemos á los criados,» murmuró María balbuciente.

El enfermo apartó los brazos de su hermana cuando se dirigían á

acariciarle, y con voz muy torpe dijo:

«Dejadme aquí... Siéntate á mi lado.»

María se sentó. Sus cabezas casi se tocaban.

«Mañana, mañana, cuando haya recibido al Señor en mi humilde morada,

le entregaré mi alma... ¡Pero qué frío hace! Está nevando, ¿no es

verdad?»

Revolvió una mirada atónita por todo el espacio.

«No brillan las estrellas--murmuró con un ronquido.--¡Obscura noche,

precursora del día claro y grande! Mañana, hermana, mañana pediré á

todos perdón y me dormiré en el seno del Señor... Si vieras qué bien

me encuentro ahora... qué dulce reposo siento... Pero me da pena...

temo que esta mejoría alargue mi vida... Yo no quiero salud, yo no

quiero estar mejor, yo no quiero sino dolores, ansiedad, ahogarme,

estremecerme y morir... Este bienestar que ahora... siento...»

Su cabeza se fué inclinando lentamente del lado de su hermana, hasta

que cayó sobre el hombro de ésta, como si le rompieran las vértebras

del cuello. Cerró los ojos, de sus labios salió leve suspiro, y se

murió como un pájaro que se duerme.

«Se fué,» dijo León examinándole.

María abrazó á su hermano y sostuvo el cuerpo que pesadamente se

inclinaba hacia la tierra, y cuando los criados, acudiendo á las

dolorosas voces del ama, trasladaron al muerto á su lecho, María

le besó ardientemente inclinando su cabeza sobre el cuerpo rígido.

León, no convencido aún del fallecimiento, acudió á tocarle las

sienes, el pulso, á intentar la prueba del espejo. Incorporóse María

enérgicamente, y rechazando á su marido con el nervioso gesto, con

los ojos llenos de terror y de lágrimas, con la voz apasionada y

furibunda, exclamó:

«¡Malvado! ¡No le toques, no le toques!»

Madrid, Mayo-Junio 1878.

FIN DE LA PRIMERA PARTE

SEGUNDA PARTE

I

Si el tiempo lo permite.

La familia de León Roch, Tomo 1 · 第 10 / 17 段