Poco después León se alejaba. Sus pasos hacían sonar la arena del
jardín con ese rumorcillo campesino que á veces supera á la más bella
música. Cuando la rápida disminución del ruido indicó que el dueño de
la casa había doblado el ángulo del jardín, Luis llamó á su hermana.
«María,--murmuró sin mover la cabeza.
--¿Qué?
--Pronto, muy pronto, hermana mía, atravesará mi alma por entre
esos ejércitos de estrellas que parecen estar allí para aclamar á
las almas que pasan triunfantes... ¡Oh! ¡qué puro y celestial gozo
siento en mi espíritu!... ¡Si yo pudiera comunicarte este gozo, si
yo pudiera hacerte comprender cuán hermoso es arrojar este fardo
insoportable y volar solo, libre, hacia esa inmensidad iluminada
para las eternas fiestas de los justos; volar solo, libre, sin
arrojar siquiera una mirada sobre este muladar del mundo! ¿Ves esa
maravillosa arquitectura de luces? Si son tan bellas éstas, que ni
siquiera merecen compararse al polvo que huellan los bienaventurados
más arriba, ¿cómo serán las que coronan á María Inmaculada, allá
dentro, en lo más alto, en lo más hondo, allí donde nuestra mirada no
puede llegar?
--Por Dios, hermano querido--dijo María con afán,--no hables mucho,
sosiégate... estás excitado...
--Hermana, yo te hablo como el prisionero que aguarda el instante de
su liberación, y tú me respondes con el lenguaje vulgar, estúpido, de
los médicos... Desgraciada ilusa, ¿qué me importa á mí la salud del
cuerpo? La vida del pobre insecto que pasa y se posa en nuestra cara
para picarnos, me importa más que la mía. ¿Y cómo quieres que haga
caso de esos inútiles cuidados tuyos, cuando sé que mañana...? sí,
hermana querida: mañana, después de oir la santa misa y de recibir
al Señor, daré mi adiós á la tierra... Estoy seguro de ello, me lo
dice la misma voz que tantos anuncios certeros me ha hecho en mi vida
de meditaciones, y... no lo dudes... es una visión... un anuncio
divino... Mañana, mañana.»
María estaba absorta, espantada. El rostro de su hermano era como el
de un cadáver que recobrase milagrosamente la mirada y la voz.
«Oye de tal modo mis palabras--le dijo Luis tomando sus manos,--que
suenen en tus oídos mientras existas. Son las últimas exhortaciones
de tu hermano moribundo y feliz, y si no tienen autoridad por mi
persona, tiénenla por mi muerte, porque en todo moribundo hay
algo de profeta. María, reconozco que hasta aquí has hecho algo
para salvar tu alma: reconozco que has entrado en el buen camino,
practicando, además de las devociones que á todos obligan, otras
particulares, consagradas á la Santísima Virgen y á los santos;
pero eso no basta, hermana mía; eso no es nada, mientras continúes
consagrando parte de tu atención á las vanidades y engaños del mundo.
Esas devociones que ahora se estilan y que permiten frecuentar los
teatros y tertulias, vestirse con insultante lujo, pasear siempre
en coche, fomentar la superchería y presunción, son verdaderas
comedias de piedad. Reforma completamente tu vida: fuera mundo, fuera
galas, fuera pompas, fuera lujoso vestir, fuera refinamientos de
comodidades, fuera coches, fuera elegancia y anhelo de parecer bien.»
Al decir esto, hacía con la derecha mano el gesto de arrojar las
cosas que nombraba.
«Desea parecer mal--añadió con febril elocuencia el arrebatado santo
y poeta;--desea que se burlen de tí; desea hasta ser calumniada;
desea que te llamen ridícula, insociable; desea el olvido, el
desprecio de todo el género humano. No quieras nada de aquí, para
tener todo lo de allá... Juntos nacimos: así como en el vientre de
nuestra madre estuvieron unidos nuestros cuerpos, estén unidas
nuestras almas en la vida inmortal. Seamos gemelos de la eternidad,
hermana querida. ¿Quieres serlo, quieres estar eternamente unida á mí
delante de Dios, quieres que nuestros méritos se confundan en uno y
que de las alabanzas cantadas por tu boca y la mía no resulte más que
un solo himno?
--Sí, sí,» exclamó sollozando María.
Arrojóse en brazos de su hermano, que abrasado por la fiebre parecía
delirar. También el cerebro de la mujer ardía, encendido al choque de
aquel cometa flamígero que pasaba por ella en lo más crítico de su
vida.
«Sí, sí--añadió regando de ardientes lágrimas el pecho del
enfermo:--quiero volar unida á tí eternamente, ser tu hermana gemela,
y salvarme como tú, y tener el mismo grado de bienaventuranza que tú
tengas.
--Pues bien--dijo Luis entre secas toses.--Tenme siempre en tu
memoria. Yo me voy, pero te queda mi espíritu, te quedan mis
palabras. Óyeme bien: tu esposo, corrompido por sus ideas filosóficas
y por la negación de Dios, será siempre un obstáculo terrible á tu
santidad. Debes vencer este obstáculo sin faltar á los deberes que
te ha impuesto el sacramento. ¡Oh! no es posible imaginar situación
más difícil. Pero creo poder señalarte el verdadero camino. Entre él
y tú no puede haber jamás sino la unión exterior, y vuestras almas
estarán separadas por los abismos que hay entre el creer y el no
creer. Amor verdadero de esposos no puede existir entre vosotros.
Pero tu piedad te impide al mismo tiempo aborrecerle. Ámale, pues,
con esa estimación general que merece el perjuro, según la ley de
Cristo. Obedécele en todo lo que no contraríe tus hábitos de piedad.
Reconociéndole dueño y señor en todo, no permitas que tu conciencia
católica sea esclava de su arbitrariedad atea. No le faltes al
respeto, no le injuries, y ruega á Dios por él todos los días, á
todas horas, con fervor contrito, sin olvidar á nuestros padres, á
nuestros hermanos, que también merecen intercedamos por ellos... El
Señor no te ha concedido hijos. ¿No ves en esto una maldición echada
sobre tu matrimonio? Es una maldición, sí, y al mismo tiempo, con
respecto á tí, un favor especial, porque haciéndote estéril, el Señor
te demuestra bien claro que te quiere para sí, te demuestra su deseo
de que á él te consagres y le honres. Estos dos pobres gemelos tienen
mucho que agradecer á la misericordia de Dios.
--Mucho que agradecer--afirmó María dejándose arrastrar por el
torbellino;--pero tú eres un santo, yo una pecadora.
--Tú serás como yo y más que yo, porque padecerás, lucharás, y tu
triunfo será por esto más meritorio... No teniendo hijos, puedes
consagrarte por completo al cultivo de la vida interior. Rompiendo
absolutamente con el mundo, nada puedes temer, y la absoluta
disconformidad en ideas que hay entre tí y tu esposo, te da la
completa libertad interior. Si en cosas de la vida quiere ser tu
tirano, sé su esclava; pero si en cosas del alma quiere dominarte,
oye sus palabras como oirías el ruido de la lluvia. Si te castiga
de obra, sufre en silencio; si te abofetea, pon la otra mejilla;
pero si con palabras insidiosas ó con cariños diabólicos quisiera
introducir en tu mente alguna idea herética, cierra tus oídos, huye
de él en espíritu. Aceptando la esclavitud que te imponga, hazte
libre en espíritu. Si no te permite ir á la iglesia, no vayas: suple
con meditaciones constantes y oraciones solitarias muy fervorosas
la falta de culto en la iglesia. Si te permite ir á ella, ve lo más
que puedas, y aspira al estado de perfección que te permita recibir
la Eucaristía todos los días. Si él no solicita tu compañía, no
solicites tú la suya. Si él aspira á estar en todas tus acciones, haz
que esté siempre yo presente en tus pensamientos. Interésate por su
salvación, pero no olvides ni un instante la tuya. No le exhortes
con palabras á convertirse, porque se irritará más su ateísmo, y
porque los mejores argumentos serán tus virtudes y tu humildad. Por
ningún caso consientas en tomar parte en saraos dentro ni fuera de
tu casa, ni tengas amistades de ninguna especie. Ya que no puedes
convertir tu hogar en un santo asilo, no consientas en él el menor
escándalo. Una orgía ó tertulia de hombres irreligiosos te autorizará
para huir de tu casa. Y si algún día Dios quisiese tocar el corazón
de tu infelicísimo esposo é iluminar su inteligencia; si ese hombre
confesase la religión verdadera, entonces le propondrás la separación
de cuerpo, para que yendo cada cual á una casa conventual de su sexo,
consagren separadamente el resto de esta vida mortal á alcanzar la
eterna.
--¡Oh! hermano mío--exclamó María con exaltación,--no puedo creer
sino que Dios mismo habla por tu boca.»
Luis estrechó en sus brazos la preciosa cabeza de su hermana. Después
estiró el flaco cuello, y gimiendo con horrible ansia de aire,
parecía que toda la vida se paraba en él. Sus ojos se revolvieron
en las órbitas, cerrándose después como si los deslumbrara un
resplandor insoportable. De su pecho salía un soplo ronco y seco.
«León, León,» gritó María llena de pavor.
Pero todo estaba en silencio; no se sentían pasos.
«León, León... Eso no es nada,» añadió la hermana, acercando su
rostro al del colegial poeta y procurando reanimarle con palabras.
Después volvió á llamar á su marido. Pero éste no se hallaba en el
jardín. No se sentían voces de criados, ni otro rumor que el de la
calle, donde jugaban los niños de la vecindad, y algunos ladridos de
perros vagabundos que andaban por los tejares. Ni el más leve soplo
de aire movía las hojas de los árboles: todo estaba quieto, con no sé
qué expresión de ansiedad pavorosa. Hasta las estrellas le parecieron
á María atentas y sin fulguración, cual ojos llenos de espanto.
Revolvió sus miradas en derredor, y tuvo miedo al verse tan sola con
su hermano, que al parecer se moría. Volvió á llamar, y al fin sintió
los pasos de su marido que tranquilamente llegaba.
XXI
Batiéndose con el ángel.
El hombre á quien hemos visto casi siempre sombrío y mudo en
presencia de los acontecimientos y de las personas, desempeñando,
con el fastidio del actor cansado, un papel pasivo hasta ahora; este
hombre, que no nos ha revelado aún sino parte muy poco considerable
de sus pensamientos, hallábase aquella noche más metido en sí que
de costumbre. Luego que llevó el sillón del enfermo á la banda de
Oriente, dió la vuelta en derredor de la casa. Oyó cuchicheo de
criados en la verja, y risa de fregonas y doncellas que, sentadas
tomando el fresco de la calle, recibían las galanterías de los
cocheros del hotel vecino. Incomodábale aquel rumor, y siguió
adelante por la calle tortuosa trazada en el césped. Sentado en un
banco del costado Norte, con los ojos vueltos al cielo, permaneció
largo rato, el codo en el respaldo, la nuca en la palma de la mano,
el cuerpo extendido con pereza y abandono.
Era astrónomo. Buscaba algo que le distrajera de aquel dolor
continuo que no dejaba respiro á su alma. ¿Qué mejor descanso que
mirar al inmutable cielo, símbolo majestuoso de nuestro superior
destino? El espíritu entristecido lánzase á la inmensidad de aquel
mar sin orillas como á su patria natural, y goza recorriendo las
incomprensibles distancias y mirando cara á cara los espantosos
tamaños.
Enfrente y arriba, fija, sola, quieta, en apariencia no muy
grande, presidiendo como en un trono el decurso eterno de las
demás estrellas, vió León á la Polar, primera letra del libro del
firmamento. Las dos Osas le hacen la corte: la pequeña rodando junto
á ella, la mayor arrastrando su magnífica cola en grandioso círculo.
Casiopea, Cefeo, el Dragón, la enorme Cruz del Cisne, atrajeron
sucesivamente su mirada, y por último Vega, estrella hermosa, con
centelleo melancólico y elocuente. Es tan linda que nos dan ganas de
cogerla, y la cogeríamos si tuviéramos un brazo un millón trescientas
treinta veces más grande que el brazo que necesitaríamos para
encender nuestro cigarro en el Sol. Más hacia Occidente vió el lindo
corrillo de estrellas de la Corona Boreal, que parecen darse la mano
para danzar en círculo, persiguiendo siempre al hermoso Arcturus,
uno de los soles más bellos y más grandes, que fulgura sereno, claro
y como sonriente, con vanidad de su propia belleza. Era tarde, y
mientras Arcturus declinaba hacia el Ocaso, aparecía por la derecha
el Cuadrado de Pegaso, seguido de la infeliz Andrómeda que se alarga
hasta tocar á Perseo; apareció éste con la cabeza de Medusa en su
mano, y después la Cabra sola en un ángulo del Cochero, sin compañía
ninguna, enojada, brillando con rayos que parecen saetas, mirándonos
con entrecejo resplandeciente desde la distancia de ciento setenta
billones de leguas. Su atención terrorífica emplea setenta y dos
años de camino para llegar hasta nosotros. No lejos de allí vió el
gracioso ramillete formado por las llorosas Pléyades, que parecen
huir de los cuernos del rojo Aldebarán... León Roch calculaba por
la hora el tiempo que tardaría en aparecer el soberbio Orión, la
maravilla más grande de los cielos, seguido de Sirio, ante cuya
magnificencia palidece toda hermosura sidérea; después recorrió la
región zodiacal buscando la coqueta Antares, con hermosa cabeza y
garras de Escorpión; se detuvo luego á determinar los sitios de las
nebulosas más notables; esparció la vista por la Vía Láctea, donde
tiende sus alas el Aguila y abre sus brazos la Cruz del Cisne; por
un rato se anonadó ante tanta belleza, considerando lo difícil que es
para los ojos profanos el considerarla como una polvareda de soles,
y por fin... se cansó de mirar al cielo. Reclamado en el fondo de su
alma por cuidados de la tierra, y por una inquietud ó presentimiento
inexplicables, levantóse del asiento y penetró en la casa.
Pasó de una pieza á otra, y al entrar en el comedor obscuro oyó
cuchicheo de voces. Eran las de su mujer y su cuñado que hablaban
en el jardín, á dos pasos de la ventana del comedor. Sentóse en una
silla. Algunas palabras pronunciadas entre tos y tos llegaban á
él, como el silabear quejumbroso y suspirón de María cuando rezaba
de retahila. Acercándose un poco á la ventana, oyó más claramente.
No era de su agrado aquella suerte de espionaje; pero una fuerza
semejante á la querencia lúgubre del crimen le detuvo allí un rato.
Sus aterrados ojos miraban el grupo del jardín, y su rostro palidecía
como el de un reo que oye su sentencia. La misma fuerza de su enojo
le alejó al cabo, llevándole á vagar por la planta baja de la casa,
discurriendo por las habitaciones, cuyas puertas y ventanas estaban
abiertas á causa del calor. Su figura pasaba reflejándose de un
espejo á otro, y se creería que éstos jugaban con ella arrojándosela
y recogiéndola. Asustáronse al sentirle pasar los pájaros que estaban
dormidos, y las cortinas se movieron ceremoniosamente como á la
entrada de un gran señor. Al fin dió con su cuerpo en el despacho que
ahora servía de gabinete al pobre enfermo, y se arrojó en una butaca,
dando descanso á su cabeza en las palmas de las manos. A ratos oíase
un murmullo, como si hablara consigo mismo; á veces un apóstrofe
cual si con otro hablara. Después se oyó una risilla de desprecio,
de burla, ó más bien de ira, que la ira cuando es muy reconcentrada
suele tener erupciones humorísticas, y últimamente determinóse en él
un fenómeno cerebral bastante común en los momentos en que la ira y
el dolor se encuentran actuando á sus anchas sobre el individuo, á
solas, en parajes semiobscuros y silenciosos.
Con los ojos cerrados (y esto es lo más extraño), creyó ver la propia
habitación en que estaba, y se sintió á sí mismo precisamente allí
donde en efecto se hallaba. Y vió enfrente una figura japonesa,
negra, rígida, recortada, destacándose sobre el fondo de colores
inundados de luz. El cuerpo mezquino se mantenía sentado y tieso cual
si de sí mismo fuera inquisidor, y el rostro gelatinoso, cadavérico,
contraído todo por el hábito de hacer continuamente los visajes del
escrúpulo y de la aflicción mística, elevaba al techo los ojos de
esmeralda ó los paseaba con indiferencia estúpida por las paredes
pobladas de acuarelas, mapas y estampas, y por el suelo cubierto de
fino junco.
León había caído en la somnolencia dolorosa á que llega después de
los primeros paroxismos una pena profundísima que, no pudiendo salir
á la superficie, corre muy honda por los cauces del alma. Alguien
más estaba allí. ¿Quiénes eran los que sentados en derredor formaban
como un cónclave terrible? Eran Arcturus, Aldebarán, Vega, la Cabra,
Orión, la coqueta Antares y el soberano Sirio. En su delirio vió
León que él mismo se levantaba arrebatado de coraje y violencia; que
corría derecho hacia el delgado maniquí negro; que sin intimación
lo asía en sus brazos, gritando: «¡Insecto, has venido á robarme mi
última esperanza! ¡Muere, pues!...»
Y el insecto acogotado le dirigía una mirada de indefinible dolor
gimiendo entre los duros brazos, y su débil armazón se quebraba,
crujiendo como una cáscara de nuez que se rompe. «¿Quién te ha
llamado á gobernar el hogar ajeno?--le decía León ciego de ira
y haciéndolo astillas.--¿Quién te autoriza á quitarme lo que me
pertenece?... ¿Quién eres tú?... ¿De dónde has venido con tu horrible
orgullo disfrazado de virtud?... ¿De qué te vale el desollarte vivo
si no tienes verdadero espíritu de caridad?...» Y el pobre insecto
espiraba con contracciones dolorosas, cerraba los ojos para siempre,
y parecía que sus ajados labios decían: «muero.» León, poseído de una
cólera delirante, le apretaba más, y la víctima menguaba entre sus
brazos: ya no era más que un negro manojo de zancas secas, de manos
estrujadas y un caparazón roto como el juguete de papel en manos
de un niño... Pero de pronto las estrellas prorrumpen en espantosa
risa, y huyen buscando cada cual su sitio en el Cielo, el desbaratado
cuerpecillo se deshace de los brazos asesinos, se transfigura, se
engrandece, se torna de humilde en poderoso, de mezquino en fuerte;
vésele alzarse y elevar la frente rodeada de luz, extender de su
cuerpo negro alas esplendorosas, alzar del suelo los pies blancos
y desnudos sin un grano de polvo de la tierra, y levantar el brazo
formidable y musculoso, cuya mano empuña una espada de fuego.
León echa mano al cinto. También él tiene su espada de fuego, y la
saca blandiéndola en el aire con amenazadora presteza.
«¿Menguado, crees que te temo?
--¡Atrás, impío!»
Y entre los dos, iluminado su bello rostro por el resplandor de las
espadas, apareció María, mundanamente bella, mal veladas sus gracias
voluptuosas, los ojos encendidos de amor, la boca fruncida por un
mohín de mojigatería.
«¡Colegial, déjamela! ¿no ves que es mía, no ves que la amo?
--¡Atrás, impío!»
* * * * *
«¡Oh! ¡qué necia estupidez!» exclamó León pasándose la mano por su
frente cubierta de sudor frío y desechando la obsesión terrible.
Claramente oyó entonces la voz de su mujer que le llamaba. Aquel
_León, León_, sonaba en su cerebro como una campana tocando á rebato.
Levantóse, y lentamente, sin precipitación, con una parsimonia cruel
y en cierto modo vengativa, se dirigió al jardín.
XXII
Vencido por el ángel.
«No, no es nada--murmuró Luis Gonzaga, cuando vió cerca al marido de
su hermana--Una congoja algo más fuerte que las demás. Mañana...»
León le miró sin tocarle, á dos pasos de distancia, mudo, sombrío, y
acordándose de su pasada obsesión, tuvo miedo de sus sentimientos.
«No--dijo para sí:--no es más que antipatía, que se ahogará en
lástima, porque este desgraciado se muere.»
Luis tomó la mano de su hermana, y con voz débil, incorrecta,
desigual, entre solemne y festiva á causa del súbito calenturón
fulminante que le devoraba, le dijo:
«El mayor peligro á que estarás expuesta, será que te propondrán
transacciones, acomodamientos... Prevente contra este lazo de
la impiedad, que es una trampa cubierta de rosas, hija mía. No:
entre el creer y el no creer no hay arreglo posible. ¿Concibes tú
reconciliación entre el salvarse y el perderse para siempre? No hay
término medio entre lo temporal y lo eterno. Huye de los arreglos,
no cedas ni un ápice de tu firme y glorioso terreno. No se puede ser
religioso á medias. El que deja de serlo por completo, ya no lo es.
Nuestro Señor ha querido que esta obra admirable sea tal, que el que
de ella quitase la más mínima parte, al punto queda fuera de ella...
Cuida de evitar la pérfida trampa... Es el tema predilecto del siglo,
y ha lanzado más almas al infierno que la misma impiedad... Acuérdate
de mí, piensa en mí, tenme presente, no olvides que he venido á
salvarte, á llamarte al camino de la verdad y á morir en tus brazos
para que mi memoria sea más duradera. Dios nos envió juntos al mundo,
y juntos nos quiere ver alabándole al pie de su trono de gloria.
María, María...
--Sosiégate, hermano, sosiégate,» dijo María aterrada y llena de
angustia.
Luis abrió los ojos con viveza, y mirando á León dijo con desvarío:
«Me parece que aquí hay alguien. María, ¿no es un hombre lo que veo?
--Es León, es mi marido... Llamemos al instante al médico... ¿no te
parece, León?... Los criados, ¿dónde están?...»
María corrió á llamar; pero su hermano la detuvo, asiéndole
fuertemente el brazo.
«No me dejes solo...--murmuró.--Has dicho que tu marido... Dios mío,
Dios mío, ¿qué idea es ésta que me turba?... ¿Es escrúpulo pueril,
como tantos que me han mortificado, ó movimiento de la conciencia?
Dime tú, ¿qué es?... ¿Está aquí León?»
Marido y mujer callaron.
«¡Qué idea!... ¿Le habré ofendido? No: he dado á mi hermana los
consejos que me dictaba mi piedad. Dios ha hablado dentro de mí.
Dios, Dios... Es escrúpulo; pero aun los escrúpulos deben atenderse.
¡Ah! ¿está aquí el buen Paoletti?»
Sus ojos extraviados se fijaban en aquel momento en León.
«Padre Paoletti, ¿habré ofendido á mi cuñado?»
Después, como si hubiera oído una respuesta, añadió:
«Es verdad, no puedo haberle ofendido; y por si le ofendí, mañana
le llamaré á mi lecho de muerte y le pediré perdón. Al mismo tiempo
repetiré á María las advertencias.
--Llevémosle adentro,--dijo León.
--Llamemos á los criados,» murmuró María balbuciente.
El enfermo apartó los brazos de su hermana cuando se dirigían á
acariciarle, y con voz muy torpe dijo:
«Dejadme aquí... Siéntate á mi lado.»
María se sentó. Sus cabezas casi se tocaban.
«Mañana, mañana, cuando haya recibido al Señor en mi humilde morada,
le entregaré mi alma... ¡Pero qué frío hace! Está nevando, ¿no es
verdad?»
Revolvió una mirada atónita por todo el espacio.
«No brillan las estrellas--murmuró con un ronquido.--¡Obscura noche,
precursora del día claro y grande! Mañana, hermana, mañana pediré á
todos perdón y me dormiré en el seno del Señor... Si vieras qué bien
me encuentro ahora... qué dulce reposo siento... Pero me da pena...
temo que esta mejoría alargue mi vida... Yo no quiero salud, yo no
quiero estar mejor, yo no quiero sino dolores, ansiedad, ahogarme,
estremecerme y morir... Este bienestar que ahora... siento...»
Su cabeza se fué inclinando lentamente del lado de su hermana, hasta
que cayó sobre el hombro de ésta, como si le rompieran las vértebras
del cuello. Cerró los ojos, de sus labios salió leve suspiro, y se
murió como un pájaro que se duerme.
«Se fué,» dijo León examinándole.
María abrazó á su hermano y sostuvo el cuerpo que pesadamente se
inclinaba hacia la tierra, y cuando los criados, acudiendo á las
dolorosas voces del ama, trasladaron al muerto á su lecho, María
le besó ardientemente inclinando su cabeza sobre el cuerpo rígido.
León, no convencido aún del fallecimiento, acudió á tocarle las
sienes, el pulso, á intentar la prueba del espejo. Incorporóse María
enérgicamente, y rechazando á su marido con el nervioso gesto, con
los ojos llenos de terror y de lágrimas, con la voz apasionada y
furibunda, exclamó:
«¡Malvado! ¡No le toques, no le toques!»
Madrid, Mayo-Junio 1878.
FIN DE LA PRIMERA PARTE
SEGUNDA PARTE
I
Si el tiempo lo permite.