contaminarme de tu filosofía diabólica,» añadió María, hundiendo su
espada hasta la empuñadura. Después de una pausa, León, exhalando un
suspiro tan grande como su paciencia, la miró pálido y alterado.
«¿Quién te ha dicho eso?--le preguntó.
--Eso no te importa--replicó María, palideciendo también, mas sin
perder su valor.--Ya te he dicho que como sincera católica no me creo
obligada á dar cuenta á un ateo de los secretos de mi conciencia
religiosa, en lo que se refiere á mis prácticas de piedad. Sabe que
te soy fiel; que ni con hecho, ni con intención, ni con pensamiento
he faltado al juramento que junto al altar te hice. Basta: con esto
acaba mi sinceridad de esposa; es toda la confianza que puedes
esperar de mí. Aquella parte de la conciencia que pertenece á Dios,
no pretendas explorarla: es un reino sagrado en el que te está
prohibido entrar... No me hagas la necia pregunta «¿quién te ha dicho
eso?» porque no tienes derecho á recibir contestación.
--Ni la necesito--dijo él.--No tuve jamás la idea de alarmarme
porque mi mujer se acercase al confesonario una ó dos ó tres veces
al año para decir sus pecados y pedir perdón de ellos conforme á su
creencia; pero esto tiene su corruptela, y la corruptela de esto
consiste en llevar la dirección espiritual por tortuosos caminos, con
cátedra diaria, consultas asiduas y constante secreteo, sostenido
de una parte por los escrúpulos de la candidez y de otra por la
curiosidad imprudente de quien no tiene familia.
--No, tonto--dijo María irónicamente:--mejor será que yo busque
reglas y buenas ideas para mi conciencia en la dirección espiritual
de tus tertulias ateas... Por cierto que ya causa enfado la ligereza
con que algunos de tus amigos hablan aquí de asuntos religiosos. Te
he dicho hace tiempo que nuestras reuniones me iban pareciendo una
ostentación escandalosa de malos principios, y al fin llegará un día
en que me resista resueltamente á presentarme en ellas. No niego que
sean muy respetables algunos de los que vienen á casa; pero otros no
lo son: conozco las ideas de algunos.
--¿Quién te las ha dicho?--preguntó León vivamente.
--No sé... Lo que digo es que me he cansado de ser complaciente, de
disimular mi disgusto en presencia de hombres que han escrito ciertas
cosas, de otros que las han dicho públicamente, de otros, en fin, que
no las han dicho ni las han escrito... pero yo sé que las piensan, yo
lo sé.
--Mucho sabes tú... Veo que ya se ha fulminado la sentencia contra
nuestras tertulias. Detrás de esa sentencia vendrán otras.»
Y por una aberración natural del dolor que suele quebrarse en su
curso sombrío, estallando é iluminándose con el brillo engañoso de un
júbilo apócrifo, León rompió á reir.
«Pues sí: tus tertulias son muy cargantes--dijo María algo
turbada.--Son muy perjudiciales, porque entre una frase política,
otra de música, otra sobre inventos y alguna sobre historia, ello es
que nuestro salón es una cátedra de ateísmo.
--Sería una cátedra de buenas costumbres si se bailara y se
murmurara. En mi salón no se hablado nunca de ateísmo ni cosa
que lo valga. ¡Reposa en paz, oh conciencia pura, conciencia
infantil! ¡Feliz criatura, que piensas cumplir tus deberes con la
práctica externa llevada hasta el desenfreno y adorando con fervor
supersticioso las palabras, la forma, el objeto, la rutina, mientras
tu alma sola, fría, inactiva, sin dolores ni alegrías, sin lucha y
sin victoria, se adormece en sí misma en medio de ese murmullo de
sermones, de toques de órgano y del roce de vestidos de seda que
entran y salen!... ¡Te crees perfecta, y ni aun tienes el mérito
de la vacilación contenida, de la duda sofocada, de la tentación
vencida, del placer sacrificado! ¡Qué fácil y cómoda santidad la
de estos tiempos!... Antes el lanzarse á la devoción significaba
renuncia pronta y radical de todos los goces, abdicación completa
de la personalidad, odio á las glorias vanas del mundo, desprecio
de la riqueza, del lujo, de las comodidades, para quedarse en los
puros huesos y espiritualizarse y poder pensar mejor en las cosas
del Cielo; significaba el vivir absolutamente la vida del espíritu
hasta el delirio, hasta la embriaguez, y el rico envidiaba al pobre,
el sano pedía á Dios que le enfermase, y el limpio quería cubrirse
de asquerosas llagas. Esto era una aberración si se quiere, mas
era grande, sublime, porque la abnegación y la humildad son las
virtudes que menos se desvirtúan por la exageración; esto era como un
suicidio, el único suicidio disculpable, el delirio, la enfermedad
del sacrificio; pero ahora...»
León dirigió á su mujer una mirada abrumadora de elocuencia y desdén.
«Pero ahora... las reglas de la beatitud exigen óbolos abundantes,
eso sí; exigen asistencia metódica á los templos, ceremonias
ostentosas; pero se trata á las personas según su rango: al pobre
como pobre, al rico como rico, es decir, permitiéndole que lo
sea, siempre que no niegue su ayuda á ciertos intereses. Sí:
las devotas de hoy asisten al culto, se mortifican en cómodas
sillas-reclinatorios, rezan sobre cojines y limpian con sus colas el
polvo de las iglesias. No se les pide más que la mañana; y las noches
son libres para bailar, ir al teatro, cubrirse de piedras y de raso,
asistir á las tertulias y banquetes de los ricos, aunque sean judíos
ó protestantes, ostentarse en los paseos, acicalar y perfeccionar con
el arte su belleza para perder á los hombres... ¿pero qué importa?
Satanás se ha vuelto tonto... ha transigido, está viejo ya, y no sabe
lo que hace.
--¡Qué groseras burlas!--dijo María algo confusa.--Según tú, yo estoy
en pecado mortal porque visto bien, voy al teatro... Parece que
hablas de lo que no entiendes. Estos ateos son la gente más tonta del
mundo.»
No estaba enojada: prueba de ello es que con un movimiento cariñoso
pasó la mano por la barba de su marido.
«¿Creerás que me has confundido con tu charla, queridito?... Pues
has de saber que si me visto bien y voy al teatro, y alguna vez al
baile, es porque tengo permiso para ello, es porque puedo hacerlo
sin desmentir mi piedad. Quien sabe más que tú de tales cosas me ha
tranquilizado sobre este punto, haciéndome ver que como mujer casada
no puedo romper los lazos que me unen á la sociedad...
--Sí: esa, esa es la consigna, yo lo sé...--dijo León
riendo.--Divertíos todo lo que queráis, con tal que...
--Tus reticencias son blasfemias... Calla, idiota... ¡Si te
convencerás al fin de que no sabes más que sandeces!
--¿Sandeces?--dijo León sonriendo y tomando entre sus dedos la
barbilla de su mujer, que era un prodigio de redondez y gracia.
--¡Cómo me voy á reir de tí, cuando al fin, con la eficacia de mis
oraciones, de mi fe, de mi piedad, consiga del Señor...! ¿Te ríes?
Pues no te rías. Otros ejemplos más extraños se han visto. Sé algunos
casos que si te los contara te pasmarían.
--Pues no me los cuentes,--dijo León moviendo á un lado y otro la
cara hechicera de su mujer, cogida siempre por la barbilla.
--Sí: hay casos que parecen increíbles, casos de hombres malvados que
se han convertido... y tú no eres malvado...
--¿Todavía no he sido declarado malvado...? Descuide usted, señora,
que todo se andará. Gracias por la buena opinión que allá se tiene de
mí... todavía.»
María se abalanzó á él, y estrechando con vigor su cabeza, le besó en
la frente.
«Tú vendrás al lado mío--le dijo,--y serás católico ferviente, como
yo, y me acompañarás en mis dulcísimas prácticas religiosas...
--¿Yo?
--Sí, tú. Tú vendrás á mí. ¡Qué feliz seré entonces!... ¡Te quiero
tanto!...»
¡Y qué hermosa estaba, qué hermosa! León sentía sobre sí el efecto
irresistible de belleza tan acabada en rostro y figura, de aquellos
ojos en que algo se veía semejante á la inmensidad turbada y
resplandeciente del mar, cuando se mira el fondo para descubrir
un objeto perdido. Separóse de él María, y en pie delante de un
espejo, alzó las manos para soltarse el cabello. Las guedejas negras
cayeron sobre sus hombros, que no podían compararse propiamente al
frío mármol, sino á la más hermosa carne humana, pues también hay
carne de Paros; á eso que el misticismo llama barro y ha servido al
divino Artífice para tallar ciertas estatuas mortales que parece no
necesitan de un alma para tener vida y hermosura.
«¡Qué linda!--exclamó Roch, hundido en su sillón como un
estúpido,--¡Cada vez más linda!»
Después de culebrear en derredor del espejo, María entró en su
alcoba. León puso su cabeza entre las manos y estuvo meditando largo
rato. Tenía fiebre. Después se levantó airado consigo mismo ó contra
alguien.
«¡Necio de mí!--exclamó con su voz más íntima.--Una esposa cristiana
quería yo, no una odalisca mojigata.»
XV
Un convenio como los que la diplomacia llama «modus vivendi.»
Pasó un rato. De pronto, María lanzó un grito agudo, desgarrador.
León fué corriendo á la alcoba y vió á su mujer incorporada en el
lecho, con los brazos tendidos, los ojos extraviados.
«León, León--dijo con espanto.--¿Eres tú? ¿dónde estás? ¡Ah! ya te
veo... Abrázame... ¡Qué horrible pesadilla!»
León procuró tranquilizarla, y no tardó la dama en sosegarse con
la apreciación de la realidad, medicina de los desvaríos de la
imaginación.
«¡Qué sueño!... Figúrate... soñé que te habías muerto y que desde lo
más hondo de un hoyo negro me estabas mirando, mirando, y tenías una
cara...! Después aquello pasó... Estabas vivo; querías á otra... Yo
no quiero que quieras á otra.»
Encadenó con sus brazos el cuello de su marido. «¿Qué hora
es?--preguntó.
--Tarde. Duerme otra vez, que ya no tendrás más pesadillas.
--Y tú, ¿no duermes?
--No tengo sueño.
--Entonces vas á velar toda la noche. ¿Qué haces? ¿Lees?
--Medito.
--¿Piensas en aquello que hablamos?
--En aquello y en tí.
--Eso, eso: piensa mucho en las verdades que te dije, y así te irás
preparando sin saberlo... Me parece que oigo campanas tocando á
fuego.»
Los dos escuchaban. Oíanse ladridos de perros, que en aquella zona
de Madrid, donde por cada casa hay diez solares vacíos y solitarios,
suelen reunirse para buscar despojos de cocina en los vertederos.
Oíase asimismo el lejano chirrido de las ruedas del último tranvía,
y también el ritmo metálico, tenue, seguro, invariable del reloj de
León en el bolsillo de su chaleco. Todo se oía menos campanas.
«No es todavía hora de tocar á misa--dijo él.--Duérmete.
--No tengo sueño, no quiero dormir--replicó María echando atrás su
cabeza.--Me parece que he de volver á verte en el fondo del hoyo,
mirándome. Tú te reirás de esto. ¡Qué sandez! ¡Mirar y ver después de
la muerte quien cree y afirma que con la vida se acaba todo!
--¿Te he dicho yo eso alguna vez?--manifestó León con enfado.
--No me has dicho eso; pero yo sé que eso es lo que tú piensas; yo lo
sé.
--¿Por qué? ¿Por dónde lo sabes? ¿Quién te lo ha dicho?
--Yo lo sé; yo sé lo que tienen en el fondo de su cabeza ciertos
filósofos; lo sé todo; y tú eres de esos. Yo no leo tus obras porque
no las entiendo; pero quien las entiende las ha leído.»
Apartóse León de su mujer vivamente afectado. Dió algunos pasos para
salir de la alcoba; pero retrocediendo bruscamente, volvió al lado de
María, le tomó una mano, y con voz severa le dijo:
«María, voy á pronunciar la última palabra, la última... He tenido
en este momento una idea que me parece salvadora; idea que si es
aceptada y practicada por ambos, nos sacará de este infierno.»
Sobrecogida de emoción y respeto al ver la gravedad con que su esposo
hablaba, María no supo decir nada.
«En dos palabras te expondré mi idea... ¡Proyecto feliz!... no sé
cómo no me había ocurrido antes... Es lo siguiente: yo me comprometo
á sacrificarte mis estudios y mis tertulias, te sacrifico la noble
amistad de los libros y de los amigos. Mi biblioteca se tapiará como
la de D. Quijote, y en nuestra casa no se volverá á oir ni siquiera
un concepto sospechoso, ni una observación mundana y ligera sobre
las cosas más graves del espíritu, ni se hablará de ciencias ni de
historia; en una palabra, no se hablará de nada.
--¡Qué felicidad!--dijo María incorporándose para besar las manos de
su marido.--¿Es cierto que me lo prometes y me cumplirás lo que me
prometes?
--Te lo juro por lo más sagrado. Pero no cantes victoria antes de
tiempo. Ya comprenderás que no se hacen concesiones de esta clase
sino á cambio de otras. Ya te he dicho mi parte; ahora falta la tuya.
Yo te sacrifico lo que llamas estúpidamente mi ateísmo, cuando es
cosa muy distinta; sacrifícame tú ahora lo que llamas tu piedad, muy
problemática por cierto. Para que nos entendamos, has de renunciar á
las devociones diarias é interminables, á confesar todas las semanas
con un mismo Padre, á poner todo tu espíritu en los accidentes
teatrales del culto. Irás á misa los domingos y fiestas, y confesarás
una vez al año, sin previa elección de sacerdote.
--¡Oh! es mucho, es mucho--dijo María, moviendo sobre la almohada su
linda cabeza cual si á sí misma se compadeciera por la deplorable
mezquindad á que sus piedades quedaban reducidas.
--¡Mucho, te parece mucho, tonta! Bueno: aumentaré mi parte. Te
concedo más: te concedo que si reduces tus visitas á la iglesia, iré
á ella contigo.
--¡Irás conmigo!--exclamó María saltando bruscamente en el lecho como
un pez recién sacado del agua.--¿Es verdad lo que dices?... Tú me
engañas.
--Iré, sí; iré... los domingos.
--¿Nada más que los domingos?
--Nada más.
--¿Y confesarás una vez siquiera cada año, como yo?
--Eso...--murmuró León.
--¿Vas á decir que no?
--Eso no... ¡Oh! tú pides demasiado de una vez. Mi sacrificio es
inmenso, mientras el tuyo es insignificante. Te desprendes de lo
superfluo, quedándote con lo justo y razonable; te arrancas las
feas tocas de mojigata para mostrarte con toda la belleza de mujer
cristiana. Esto no es sacrificio: el mío sí que es grande, doloroso,
pues poniendo á tus pies mis estudios y mis amigos, te pongo delante
lo mejor de mi vida para que lo pisotees.
--Pero no es bastante, no--dijo María con abandono.--¿Qué te importa
dejar de leer, si piensas, piensas, y pensarás siempre lo mismo? Me
acompañarás á la iglesia por fórmula; entrará tu cuerpo, y tu alma
se quedaré en la puerta; y cuando veas alzada la Hostia sagrada
en las manos del sacerdote, soltarás dentro de tí una carcajada
diabólica, si no es que estás pensando en los insectillos que ves en
el microscopio, y que son, según tú, la causa del sentir y el pensar
en nuestra divina alma.
--No me hacen efecto tus burlas... Conozco el origen de esos juicios
ridículos. Yo te prometo una asistencia respetuosa y una atención
sincera... ¡Ah! me olvidaba de otra particularidad. También has de
sacrificarme... bien lo merezco... la residencia en Madrid. Nos
iremos á vivir á otra parte. Elige tú.
--Mucho pides... ¡qué abuso!--exclamó la dama con entonación de un
niño mimoso.--¿Y qué me das tú? Una farsa de catolicismo, una máscara
de fe puesta sobre tu cara de incrédulo. No, León, no puedo aceptar.
--No hay salvación para mí,» exclamó León golpeando su cabeza con
ambas manos.
Transcurrido un instante de agitación muda, miró fríamente á su
mujer, y con solemne acento le dijo:
«María, nuestra separación es inevitable. Yo no puedo vivir así.
Dentro de unos días todo se arreglará definitivamente. Tú te quedarás
en esta casa ó irás á vivir con tus padres, según quieras; yo me
marcharé al extranjero para no volver jamás, jamás.»
Se levantó. La dama piadosa á la moda le tomó las manos, y
estrechándolas contra su seno, rompió á llorar.
«¡Separarnos!--murmuró sollozando.--Tú estás tonto... ¡Ingrato!»
María Egipciaca sentía por su marido un afecto semejante al que él
sentía por ella. Podría existir un abismo, un divorcio absoluto entre
sus almas; pero ¡separarse!... ¡dejar de ser marido y mujer!...
«Mi resolución es irrevocable,--afirmó con entereza León.
--Acepto, acepto todo lo que quieras.»
Y más tarde, después de algunas horas de sueño, volvió á oirse el
grito de espanto y la explicación de la pesadilla.
«¡Qué horrible visión! Ahora me he visto á mí misma muerta, y
mirándote desde el fondo del hoyo negro y profundo... Estabas
abrazando á otra, besando á otra... ¿Pero es ya de día? Ahora sí que
suenan campanas.»
En efecto: oíanse chillonas y discordes las esquilas colgadas en las
torres de esa multitud de barracas enyesadas que en Madrid llevan el
nombre de iglesias, dando testimonio así de la religiosidad de este
pueblo.
«Llaman á las primeras misas--pensó María.--Me muero de sueño... ¡á
dormir!... Dan las ocho y siguen tocando, siguen llamándome... No, no
puedo ir; he dado mi palabra... ¡Jesús, las nueve! Perdón, perdón,
campanitas de mi alma: no puedo ir hasta el domingo.»
XVI
De Crematística.
Vinieron los días de la dispersión de las gentes. Hostigado por el
calor, Madrid era un hormigueo de impaciencias buscando dinero.
El oro subía como cuando hay guerra, y menudeaban en la Bolsa las
pequeñas operaciones, lo mismo que si hubiera aumento de negocios.
No pocas familias apretaban el dogal atado á su cuello por las
dilapidaciones del pasado invierno; y otras, no teniendo ni siquiera
dogal, se consolaban encareciendo las ventajas y encantos del verano
de Madrid, que supera, con sus paseos y embelesadoras noches, al
verano triste y eremítico de los pueblos circunvecinos. Veranear en
Pinto ó Getafe es como invernar en el Escudo ó en Pajares.
Los Tellerías eran de esos que por nada se quedan. También ellos se
iban, contra todo fuero y razón de la aritmética, y dando al traste
con toda ley económica. Pero obligada á estirar hasta lo imposible
la primavera, la Marquesa decía que el tiempo era aún tolerable,
que en el Norte llovía mucho y hacía frío. No teniendo motivos
para prorrogar su viaje, sino antes bien, razones poderosas para
acelerarlo, León fijó día en la primera semana de Julio. Pero la
víspera de la fecha marcada, un suceso trastornó los planes de todos.
Ya sabían los hijos del Marqués que su hermano Luis Gonzaga estaba
enfermo. Gustavo y León sabían algo más: sabían que le devoraba un
mal muy terrible, perseguidor y verdugo de la juventud contemporánea;
mal que se aviene con las naturalezas débiles ó extenuadas por las
pasiones y el estudio. Como según los informes de los Padres de
Puyóo, la enfermedad de Luis hallábase en grado incipiente, no habían
dicho nada á la Marquesa, esperando que ésta sabría la verdad por
sí misma al hacer la visita acostumbrada al establecimiento durante
la temporada de verano. Pero inopinadamente cayó sobre la casa como
un rayo de la ira celeste, un aviso del Rector anunciando que Luis
Gonzaga había entrado de súbito en un período alarmante, y que...
«deseando el joven ver á su familia, saldría al siguiente día para
Madrid en el tren expreso.»
Absortos y afligidos quedaron todos, y más aún cuando al otro día
vieron entrar al infeliz joven, que tan claro mostraba en su persona
el sello de la traidora dolencia, parecido á un espectro con sotana.
Su cara ofrecía, á pesar de estar ya como agostada por el frío beso
de la muerte, gran semejanza con el rostro hermoso y vivífico de
María. Ya se sabe que eran gemelos y que se parecían todo lo que
puede parecerse un hombre á una mujer, sólo que la joven, con su
aparente lozanía, aventajó siempre en vigor y en representación
física á su hermano, harto afeminado desde la infancia.
Barbilampiño y endeble, se le creería nacido para el sacerdocio y
para la contemplación de las cosas espirituales. Sus ojos, que por
lo verdes y expresivos eran como espejos en que se reflejaba la
propia mirada de María Egipciaca, estaban rodeados ya de un cerco
obscuro. Durante su niñez y juventud había vivido siempre abrasado
por una fiebre constitucional, con la cual iba tirando como si fuera
un estado fisiológico. Ahora, cuando la solución se aproximaba, su
fiebre era un rescoldo interior que le consumía. La holgada sotana
negra y floja marcaba, al sentarse y al andar, los duros ángulos del
esqueleto: su voz parecía el eco de quien está hablando en algún
rincón invisible y profundo, donde las corrientes de aire suspenden,
entrecortan y apagan el sonido, haciéndolo oscilar como el chorrillo
de una gotera.
Sentado en un sillón, á las demostraciones cariñosas de la familia
respondía con escasas frases en que la intensidad del afecto
compensaba el laconismo, con apretones de manos, con miradas
ardientes y amorosas.
Desolada y suspirante, la Marquesa no sabía contener la expresión de
su dolor, y sus quejas concluían siempre con proyectos de administrar
á su hijo aires puros, aires campesinos, aires de establo, y de
llevarle á beber aguas salutíferas. Lo primero que se decidió fué
celebrar junta de médicos, convocando á lo más selecto. El enfermo
sonreía con expresión de incredulidad, pero sin oponer resistencia á
nada, porque el hábito de la obediencia, tan arraigado en él, dábale
fuerzas para dejarse zarandear en su agonía.
León no le había visto nunca. Cuando entró á verle, la Marquesa le
dijo: «Aquí tienes á tu hermano que no conoces...
--Le conozco,» contestó Luis Gonzaga, dejándose estrechar su mano por
la de León.
Y diciéndolo, clavó en él la mirada atenta, penetrante, por tanto
tiempo, que la Marquesa, alarmada de aquel largo discurso de asombro
mudo, dijo así:
«Ya sabes que es muy bueno.
--Ya, ya sé--repuso Luis mirando á su hermano.--¿Y os marcháis de
Madrid?
--¿Cómo quieres que nos vayamos dejándote así?--replicó María,
derramando abundantes lágrimas.
--Pero tu esposo no querrá detenerse.
--Nos quedaremos--afirmó León, sentándose en el grupo que rodeaba al
joven.--Ni María quiere separarse de su hermano, á quien no ha visto
en tanto tiempo, ni yo quiero que se separe.
--Ni tampoco quieres tú separarte de ella--añadió la Marquesa.--Eres
un modelo de maridos complacientes y bondadosos... Quizás nos vayamos
todos juntos.
--Luis mejorará--dijo León,--y entonces emprenderemos nuestro viaje.»
* * * * *
No sabemos si fué aquel mismo día ó el siguiente cuando León,
hallándose á solas con su suegra, presenció uno de los más fuertes
accesos de tristeza que en ella había visto, y que se determinaban
en suspiros, en lamentos de su desgraciada suerte y en protestas
de poner las cosas en un pie conveniente de orden y economía. La
excelente señora derramaba copiosas lágrimas, y estrechaba la mano
de su yerno prodigándole los nombres más dulces de que se vale el
cariño materno.
Atravesaba, según ella, la familia una de las más graves crisis que
podrían perturbar á familia alguna. El mal de Luis Gonzaga exigía
dispendios inmediatos. La ilustre dama no tenía carácter para tratar
á la junta de médicos como trataba á sus acreedores de escalera
abajo el Marqués, cuyos despilfarros habían llegado á un extremo
escandaloso. Se sentía fatigada, consumida de aquel género de vida
aparatosa y de relumbrón en que la sostenía, mal de su grado, el
orgullo de su marido y de sus hijos. Se consumía en el tedio de los
saraos, y devoraba en silencio las ansias del hambre disimulada y
de aquel malestar continuo que hacía de su casa un infierno. ¡Oh!
su educación, su clase, sus principios, sus nobles sentimientos
pugnaban con la farsa; mas era débil, amaba entrañablemente, aunque
sin premio, á los mismos autores de aquel malestar, y no podía
desprenderse de los hábitos que se le habían impuesto. Pero estaba
decidida á ser enérgica, implacable; á cortar para siempre las malas
costumbres introducidas en su casa; á enfrenar al Marqués; á hablar
claro, muy claro, á sus hijos; á establecer un orden riguroso,
excesivamente, ferozmente riguroso; á vivir de sus recursos propios y
naturales renunciando al brillo engañoso y á la competencia ridícula
con fortunas saneadas y enteras. Lloraba en silencio y pedía á Dios
que apartase de la casa de su hija las calamidades que pesaban
sobre el hogar paterno, favor que Dios parecía resuelto á conceder
desde que adjudicó á la bienaventurada joven un marido ejemplar, un
marido juicioso, un marido modelo, un marido de elección, un marido
canonizable, dicho sea con perdón de la Iglesia.