Y no sabemos tampoco si fué aquel día ó el siguiente cuando el

Marqués se encerró con León en su despacho, y con acento patético

y desembarazado desarrolló ante los ojos de éste el panorama

desconsolador de su propia situación, dando en él toques de

grandísimo efecto, agrupando sabiamente las sombras, y dibujando

con energía la figura más convincente, que era la enfermedad del

mejor, del más querido de sus hijos. Este infortunio acercaba la

mecha á la casa de Tellería, toda desvencijada y llena de puntales,

atestada de oropeles, de colorines, de bambolla inútil... Veíase el

insigne cuanto desventurado señor enfrente de un problema terrible,

y su decoro de hombre público y su dignidad de padre de familia

estaban como reos de muerte á quienes ya se ha subido en el fatal

tablado. Lo peor es que no tenía él la culpa, sino la Marquesa,

autora indirecta de las _filtraciones_ (gustaba mucho de emplear

este término tomado por la Hacienda al arte de la fontanería) que

disminuían el caudal de su casa, mostrando el horrible cauce vacío...

Él, por su parte, se reconocía también algo culpable, porque había

querido sostener una posición _exageradamente decorosa_, como hombre

que se debe á su nombre, á su partido, á su patria; había contado con

el éxito de operaciones bien preparadas, y con las posiciones que

adquirieran sus hijos. ¡Desengaño, ilusión!... Él, verdaderamente,

no se reconocía impecable; él no dejaba de comprender que había sido

débil, excesivamente débil ante el desenfrenado lujo implantado en su

casa por la Marquesa; él no debía haber autorizado con su presencia

las comilonas, los tes, los _raouts_, los saraos que llenaban de

ruido, de murmuración, de equívocos y de humo su casa en determinados

días de la semana; él debió resistirse, debió protestar, ¿quién lo

duda? pero no protestó; fué cómplice, faltó á los sanos principios

conservadores y preventivos que eran norte y fanal de su conducta.

Pero estaba decidido á cortar abusos, á _reformar radicalmente la

Administración_, á _hacer economías_, á _sostener el orden doméstico,

base de las virtudes privadas y públicas_. Y no hablaba ciertamente

á su yerno de este desagradable asunto con objeto de pedir su amparo

para salir de los compromisos del día, no: esto no era compatible

con el decoro del suegro, ni con sus ideas extremadas en materia de

dignidad; hablábale sin otra mira ulterior que darle á conocer la

abrumadora realidad, para que _usando de su prestigio cerca de la

familia_, tratase de señalar á Milagros el abismo que á sus pies se

abría. El pobre Marqués se sacrificaba por todos, no quería nada para

sí. La enfermedad de su hijo más querido le afectaba en extremo;

no tenía gusto para nada, y se sentía víctima de la fatalidad, de

las pésimas condiciones de este _país ingobernable_, pobre á pesar

de la _fertilidad del suelo_. ¿Cómo hacer frente á las inmensas

dificultades de tal situación? ¡Ay! el mismo Marqués necesitaba con

toda urgencia tomar baños alcalinos para su reúma, y no podía, no

quería emprender el viaje. Su deber le retenía en Madrid al lado de

su hijo enfermo; su deber le prohibía gastar en su persona lo que

reclamaba la vida amenazada de Luis Gonzaga, un joven sin igual, casi

un sacerdote, un santo bajado del cielo... El Marqués conocía los

deberes que le imponía su situación, y estaba decidido á cumplirlos.

Sí: su _hidalguía genuinamente española_ se lo ordenaba así; pero

necesitaba los consejos de un amigo cariñoso y desinteresado;

necesitaba que alguien le animase con palabras varoniles y le

alentase con ejemplos eficaces; necesitaba de un hombre recto,

juicioso, franco, enemigo de farsas, necesitaba, en fin, un apoyo

moral, puramente moral...

«Repito que un apoyo moral nada más,» dijo terminando la frase con un

suspiro y estrujando entre sus manos la de León.

Si éste fuera capaz de envanecerse con las alabanzas, aun siendo

merecidas, se habría hinchado de satisfacción cuando Milagros, dos ó

tres días después, le dijo con tono de verdad sincera:

«¡Cuán cierto es, querido hijo, que un buen corazón puede existir

debajo de una cabeza vacía de ideas religiosas!»

Y cuando el Marqués le dijo:

«Yo te tenía por el hombre mejor del mundo. Es tan grande tu bondad,

que me hará creer en una utopia; ya sabes que yo no creo en utopias;

pero ahora... En fin, no puedo expresarte lo que siento al ver el

interés que tomas por el decoro de tu familia. Bien conoces tú que

en el Diluvio de las pasiones es necesario que la familia se salve.

¡Sí: la sociedad se hunde; pero sobrenadará la familia, el arca!...»

Dicho sea en honor de la verdad, León, más que la salvación de su

familia política, comparada, no sin gracejo, por el Marqués con el

arca de Noé, había tenido presente la enfermedad del gemelo de su

esposa y la pena que ésta sentía al ver la mala disposición de sus

padres para las horas aflictivas y los dispendios que tan cerca

andaban.

XVII

La desbandada.

Tristísimo fué el pronóstico de los médicos. Sin embargo, indicaron

que el desenlace funesto estaba aún lejano, con lo cual hubo

esperanzas y algún sosiego en la casa. Tan consolador es el tiempo

que está por venir como el que ha pasado, y las desgracias aplazadas,

así como las transcurridas, se pierden en ese indeterminado horizonte

detrás del cual está el ancho hemisferio del olvido. En la familia

de Tellería empezó á renacer la calma, y cada individuo de ella fué

recobrando poco á poco su habitual carácter. Gustavo era diputado y

pasaba todo el día en el Congreso. La Marquesa, sin dar completamente

tregua á la pena real que la dominaba, había recobrado aquella dulce

expresión de conformidad con el mundo terrestre, mezclada siempre

de cierto pietismo quejumbroso, de lo cual resultaba una especie de

resignación á gozar. Las cosas fútiles la ocupaban largas horas.

Una mañana encontróla León muy indecisa enfrente de una elección

de sombreros de verano, traídos de la tienda. Había allí todas las

variedades creadas cada mes por la inventiva francesa. Veíanse nidos

de pájaro adornados de espigas y escarabajos, esportillas hendidas

con golpes de musgo, platos de paja con florecillas silvestres,

casquetes abollados, pleitas informes con picos de candil, cubiletes

con alas de chambergo y pechugas de colibrí, solideos rodeados de

gasas, en fin, todas las formas extravagantes, atrevidas ó ridículas

con que la fantasía delirante de los artistas de modas emboba á

las mujeres y arruína á los hombres. La Marquesa los miró todos,

agraciando á cada cual con una observación picante y discreta, como

mujer de refinadísimo gusto. Se puso algunos, los probó ante el

espejo moviendo su cabeza para buscar mejor los efectos de línea y de

color, y al fin los devolvió todos á la caja, diciendo:

«No compro nada... Todavía es posible que vayamos á Francia... Allí

compraré, como otros años, todo lo que necesite, y lo introduciré...

lo introduciré... Yo me sé entender con la Aduana. Sí: es posible que

vayamos... ¿Pero no sabes, León...?»

Este había presenciado con su mujer y con Luis Gonzaga la inspección

de sombreros, dando su parecer cuando se le pedía. La conversación

pasó de la moda al contrabando. Los dos gemelos estaban mudos y

tristes, mayormente Luis, que fijaba sus ojos con insistencia en la

jardinería inmediata al balcón, llena de gomelos, algún rododendro y

hermosas azaleas cubiertas de flores rosadas.

«¿No sabes, León?--prosiguió Milagros.--Ese mala cabeza de Leopoldo

se nos marcha esta tarde. Va á Biarritz con esos chicos, con sus

amigotes. No he podido contenerle... le he demostrado que quedándonos

aquí todos por acompañar á Luis, él también debe quedarse. Dice

que necesita los baños de mar, y no le falta razón... Aprovecha la

marcha del Duque de Cerinola y del Conde del Garellano, que tienen

coche-salón.»

Un criado, á quien se preguntó por Polito, dijo que el señorito

Leopoldo había dicho que almorzaba fuera; que del palacio de sus

amigos partiría para la estación, sin volver á la casa de sus padres.

Su equipaje estaba ya hecho y las maletas cerradas.

Tan singular manera de despedirse, demostrando á las claras el cariño

filial y fraternal de aquel benemérito mancebo, afligió un tanto á la

Marquesa, que, en medio de sus desvaríos, no carecía de afectos ni

de conciencia. Leopoldo era, según ella, un chico detestablemente

educado, aunque no por culpa de su madre, un calaverilla empedernido,

insensible á todo dulce afecto, y que por montar un caballo prestado,

ó guiar un coche ajeno, ó viajar en el vagón del amigo, ó estrechar

la mano de Higadillos, ó poner á una carta unos cuantos duros, era

capaz de volver la espalda á su familia en los momentos de mayor

conflicto.

El Marqués, que acababa de presentarse vistiendo elegantísimo traje

claro de verano, recibió la noticia con escepticismo mundanal, que

parece en ciertas bocas la fórmula más pura del buen gusto.

«Es natural--dijo,--que los muchachos se diviertan... Después

viene la edad madura, los achaques, las graves preocupaciones de

una posición social consagrada á la vida pública, el reúma... por

ejemplo, aquí estoy yo, que á todo trance necesito un poco de

carena... y no puedo menos de tomarla. El médico se ha puesto furioso

cuando le dije que no podía salir este verano... «¿Cómo se entiende,

señor Marqués?... Un jefe de familia no debe descuidar su salud.

Le condeno á usted á baños. ¡Sentencia inapelable!» En resumen,

queridos, he resuelto marcharme mañana.»

La estupefacción de la Marquesa parecía despecho y enojo. ¡Todos

libres y ella esclava, amarrada al nefando potro del veraneo en

Madrid, á ese potro no tan ignominioso por lo molesto como por lo

_cursi_!

«Nuestro querido Luis--añadió D. Agustín acariciando la barba de su

hijo,--mejora de día en día. No hay cuidado por él. Le conviene el

reposo. Un verano en Madrid, al lado de su madre... Con cuánto gusto

os acompañaría; pero estoy fatal. Varios amigos me han comprometido á

tomar con ellos el tren de mañana.»

Al decir esto se había quedado solo con León, porque Milagros con sus

dos mellizos pasó al comedor.

«Yo no hago aquí falta--prosiguió el Marqués, paseando en compañía

de su hijo por la hermosa sala adornada de los mil preciosos

cachivaches de exportación francesa en tapicería, cerámica y mueblaje

que han venido á llenar en las casas aristocráticas el vacío de

las verdaderas obras de arte, arrancadas de su esfera natural por

las quiebras y llevadas á los museos por el _dilettantismo_ del

Estado,--yo no hago falta aquí. Ya debes suponer que no me voy

tranquilo. Por cierto que me enfada la ligereza de mis hijos,

huyendo á la desbandada de la casa paterna, cuando la pobre

Milagros necesita de su compañía para sobrellevar la enfermedad de

Luis... porque Luis está grave, no nos hagamos ilusiones. Yo creo

que tirará; puede ser que rebase este otoño; pero el invierno... de

todos modos, los chicos han hecho mal, muy mal. Leopoldo se va esta

tarde y Gustavo mañana. No lo hubiera creído en Gustavo; pero ya se

ve... está enamorado, perdidamente enamorado. La Marquesa de San

Salomó parte mañana para Arcachón, París y el Havre. Gustavo sale

también para el extranjero, y ya sabemos que las cartas se le han de

dirigir sucesivamente á Arcachón, París y el Havre. Bonito viaje,

¿no es verdad? La Marquesa de San Salomó es linda y elegante; mi

hijo tiene grandes atractivos... pero ¡quién sabe si será verdad lo

que dicen! yo no lo creo. No hay duda que la oratoria ardiente de

Gustavo, sus defensas briosas del catolicismo, hicieron estragos en

las tertulias elegantes. Desde muy temprano era de ver la tribuna

llena de preciosas cabezas, adornadas de los más lindos sombreros, y

allí se oía un murmullo delicioso de disputas y alabanzas. Porque eso

sí: tenéis que confesar que la mujer es entre nosotros salvaguardia

de las _venerandas creencias de nuestros padres_. ¿Queréis hacer la

transformación de las conciencias, señores ateos? pues empezad por

suprimir esa _encantadora mitad del linaje humano_... La verdad es

que Gustavo habla maravillosamente: sus palabras de fuego conmueven

la Cámara y alborotan las tribunas. Luego ha escogido un tema tan

simpático, tan elocuente de por sí, un tema que habla al sentimiento,

al alma, á la fe, á lo que hay de más sagrado, de más divino en

nuestra alma, y que se conforma admirablemente con la _hidalguía

castellana_. El Marqués de Fúcar me dijo guiñando el ojo: «Tellería,

este chico sabe el camino...» Yo también lo digo: Gustavo sabe á

dónde va... y por dónde se va. Reúne tantas buenas cualidades, que

es, como me decía en la tribuna del Senado D. Cayetano Polentinos,

«un verdadero archivo de esperanzas.» Talento, buena figura, ese

ardor parlamentario... No obstante, me hubiera gustado ver en él un

poco más de apego á la familia... ¡Que emigre yo, tan necesitado de

reposo y salud... pero Gustavo...! Comprendo la atracción invencible

de una mujer como la San Salomó... Ya, ya vamos. (Se había presentado

un lacayo, diciendo que el almuerzo se enfriaba.) ¿Tienes ganas de

almorzar, León? A tí también te sentaría levantar el vuelo.»

Al día siguiente León despedía en la estación del Norte al Marqués

y á Gustavo, que iban en el mismo tren, pero en coche distinto, en

compañía distinta, aunque ambos con billete de favor, debido á la

amistad de los consejeros de Administración.

«No he podido prescindir de este viaje--le dijo Gustavo, tomándole

del brazo y llevándole á dar un paseo por la parte del andén donde

había menos gente. Si algo ocurriese en casa, me pones inmediatamente

un parte telegráfico... ¿Ves? ahí está ya esa mujer: me lo figuré

desde que ví á papá preparando su viaje: ¿la ves?

--¿Quién?

--La Paca... la _Paquira_... esa.»

Entre la compacta muchedumbre sobre la cual parecían sobrenadar

cantidad de sombrerillos empenachados de rústicas flores

contrahechas, de plumajes sutiles y de velos verdosos y azules como

jirones de nubes que empañaban las caras, León vió una muchacha de

gracioso rostro y elegante figura, que disputaba con el vigilante por

dos asientos de berlina.

«Allá está papá con dos de sus amigos que salen también... Y yo

pregunto: ¿á dónde conduce esta absurda ligereza de un hombre que

debía considerar su edad, sus deberes, el estado de nuestra casa, su

posición social?... El afán de ser siempre joven mata á la sociedad

presente... Si tú no sales, acompaña á mamá y á Luis todo lo que

puedas. Mamá está muy afectada: esta desgracia ha sido para ella como

un aviso del Cielo, como una advertencia para que deje de ver en la

vida una sucesión perpetua de goces. ¿Será provechosa la lección?

Me temo que no. Su corazón es bueno; pero su carácter está lleno de

debilidad. Me indigna el ver cómo la enternece el pillete de Leopoldo

para sacarle dinero. Mamá es así: todo el que pide para divertirse

la encuentra propicia... Pero el tren se va... Papá no ha entrado

en el departamento donde va la Paca; pero está en el inmediato con

sus amigos. Al menos, que evite el escándalo... Yo me entro en este

salón. Nos hemos reunido varios amigos del Marqués de San Salomó,

que ha tenido la bondad de invitarme. Adiós: que me escribas, que me

pongas un parte si ocurre algo. Arcachón, Hotel Brisset... Más tarde

en París, _poste restante_.»

XVIII

El asceta.

Observó León que Luis Gonzaga estaba en la casa paterna fuera de

su centro. Aquella figura rígida y macilenta, enfundada en negro

sayal con faja del mismo color que amenguaba su mezquina cintura,

la cabeza descubierta, el semblante inclinado, la vista clavada en

el suelo, la tez glutinosa, el cuello flaco y vacilante, cual si no

pudiera resistir el peso de la cabeza; las manos largas, amarillas,

transparentes como haces filamentosos y sin más fuerza que la

necesaria para cruzarse orando, discurría como una sombra maldecida

por las salas revestidas del abigarrado papel ó de las chillonas

tapicerías. Era una mancha obscura y triste caída sobre el mueblaje

de colorines y oro, sobre los exóticos objetos de estilo japonés,

cuyas aisladas figuras de pesadilla parecían armonizar con la persona

del escuálido colegial.

Se le veía errante, agitado como un pájaro prisionero que busca

salida, y cuando sus ojos recorrían la varia colección de muebles y

objetos bonitos, era para escoger la silla más incómoda y sentarse en

ella. Buscaba los rincones obscuros para nido de sus meditaciones.

A veces los criados, al arreglar una pieza, encontraban aquel negro

cuerpo fajado, y ante él detenían el plumero, pronunciando glacial

fórmula de respeto. Entonces Luis huía de allí para buscar otra choza

en aquella Tebaida de papel pintado y estampas profanas, de seda

y cretona, de damasco y palo-santo. El pobre anacoreta moribundo,

al correr de un rincón á otro espoleado por su febril misticismo,

tropezaba con un piano, con un biombo chinesco, con un velador que

sostenía redoma de peces, con un blando sofá vestido de hilo gris, ó

con una desnuda Venus de bronce. Él no comprendía que se vistiese á

los muebles y se desnudase á las estatuas.

Mirábanle los criados con indiferencia, quizás porque él no les

dirigía nunca la palabra, ni les pedía nada; tanta era su humildad.

Resistía el hambre y la sed hasta un extremo incalculable, y no

conocía las molestias, porque las trocaba en placeres su alma

codiciosa de mortificación. Un lacayín con pechera estrellada de

botones, la carilla alegre y vivaracha, la cabeza trasquilada, los

pies ágiles y las manos rojas y llenas de verrugas, era el único que

le prestaba algunos servicios, aun á despecho del mismo joven. Este

solía hacerle preguntas:

«¿Cómo te llamas?

--Felipe Centeno.

--¿De dónde eres?

--De Socartes.»

Pero no hablaban largo. El anacoreta bajaba los ojos y el lacayito

se alejaba. Los demás servidores de aquella casa tenían todos una

expresión displicente y avinagrada, como hombres que contra su

voluntad hacen penitencia, viéndose condenados á pobreza absoluta en

medio del lujo y de la pompa. La Marquesa y María acompañaban largas

horas á Luis, procurando reanimarle con triviales palabras.

«Yo no temo la muerte--les decía él sinceramente.--Por el contrario,

la deseo con todo el ardor de mi alma, como un cautivo sano desea la

libertad. Vosotros no me comprendéis porque estáis apegados al mundo,

porque no vivís la vida interior, porque no habéis roto, como yo,

todos los lazos de la tierra.»

Acogía la Marquesa con suspiros estas seráficas declaraciones, que

producían tristeza y admiración, por considerar cuán lejos se hallaba

ella de tales alturas. Su reclusión y el calor daban á la señora

melancolía y aburrimiento. Una noche, cuando León se retiraba á su

casa, dijo á su mujer:

«Sólo por dignidad, ó mejor dicho, por miedo al _qué dirán_, no

ha seguido tu mamá á los demás en esta deserción infame. ¡En qué

horrible mundo vivimos! Pues que todos se van ó se quieren ir,

nosotros nos quedaremos. Tu hermano está muy grave; puede resistir

todo el verano, y puede acabarse cuando menos se piense.»

Al día siguiente, el médico dijo que la casa de Tellería, situada en

un barrio populoso, sombrío y mal ventilado, era lugar muy impropio

para el enfermo. Se acordó trasladarle al _hotel_ de León, situado

en los bordes de la villa, bañado de aires saludables, y protegido

por plácido silencio. El enfermo no opuso resistencia, como no la

oponía á cosa alguna, y fué trasladado á la morada de su hermana. Le

instalaron en el piso bajo para evitarle subir escaleras, dándole

por alcoba una pieza inmediata al despacho de León, y por sala para

residir constantemente el despacho mismo, vasto, claro, alegre.

Ninguna de estas ventajas llamó su atención, porque lo mismo era

para él un real palacio que la mazmorra más obscura. El primer día

diéronle fuertísimas congojas, y tan continuadas, que madre é hija

se alarmaron mucho; mas él, luego que fué serenándose, sonreía con

afabilidad y dulzura, diciéndoles:

«¿Por qué os asustáis? ¿Por qué lloráis? Yo no me asusto, ni lloro,

sino que estoy alegre, más alegre cuanto más acerbo es mi padecer. De

veras os digo que al considerarme tan cerca de la muerte, contengo mi

alegría, no sea que el gozo de verme libre de esta hedionda vestidura

carnal despierte alguna vanidad en mi alma, ú otro sentimiento

desagradable á los ojos del Señor. Si me envanezco demasiado de

morir, queridas de mi alma, puede que Dios me castigue, condenándome

á vivir algún tiempo más.»

Con León hablaba poco, casi nada, pues siempre que éste á preguntarle

iba por su salud ó á acompañarle, hallábale entregado á sus prolijas

devociones, cuyo plan no alteró jamás, ni aun en los días de mayor

gravedad. Le llevaban de comer lo más escogido y lo más propio para

su estómago; pero él tomaba siempre lo peor.

«No como esto--decía,--porque me gusta.»

Rogábanle que tomase tal ó cual cosa de gran provecho para su salud;

pero siempre á ello se negaba.

«Puesto que tu gusto es no tomarlo--le decía su hermana con admirable

lógica,--mortifícate tomándolo.»

Entonces sonreía y lo tomaba. Iban á visitarle algunos sacerdotes

principalmente franceses, de esos de melena ahuecada y gracioso

sombrero de tres candiles, corteses, finos, mundanos, limpios, y

platicaban acerca de la casa de Puyóo. Rara vez se veía allí á los

graves curas españoles, que cuando son buenos, son los clérigos más

clérigos, digámoslo así, de la cristiandad, verdaderos ministros

de Dios por la seriedad real, la mansedumbre sin afectación y la

sana sabiduría. Luis Gonzaga gustaba de la tertulia, pero más de la

soledad; en aquélla mostraba su agudo juicio, no exento de sal y

gracejo; su piedad profunda, que era la admiración de todos, y su

dicción tiernamente apasionada. Todas las mañanas le llevaban en

coche y con grandes precauciones á la iglesia, de donde venía tarde.

Al regresar meditaba á solas y de rodillas; no tomaba alimento sino

cuando ya no podía sostener su cuerpo extenuado, y en mitad de la

sobria comida solían sobrevenirle las congojas, que parecían rematar

su cansada vida en un suspiro.

No permitía que nadie le ayudase á vestirse y desnudarse, ni que

le acompañaran de noche. María hizo notar á su esposo que algunas

mañanas estaba el lecho intacto, señal de que había dormido en el

suelo. Los blandos sillones y sofás que las industrias suntuarias han

puesto hoy al alcance de todas las fortunas, no conocían el contacto

de sus huesos. Sentábase ordinariamente en una banqueta de rejilla

sin respaldo, y allí pasaba horas y horas rígido, sudoroso. Cuando su

cuerpo no podía tenerse derecho, arrimaba la banqueta á la pared y

apoyaba la fatigada espalda, echando la cabeza hacia atrás, cerrando

los ojos y cruzando las manos. Parecía un reo á quien acababan de dar

garrote. No hablaba nunca de sus hermanos, ni de su padre ausente. La

persona á quien mostraba más apego y algo de confianza era María. A

León ni siquiera le miraba.

Frecuentemente era mortificado por escrúpulos, que solía manifestar.

Si por espacio de un cuarto de hora estaba su pensamiento ausente

de las meditaciones sobre la muerte, al caer en la cuenta de su

distracción sentía inquietudes y un vivo enojo contra sí mismo.

Quería imitar en todo, ó al menos en lo posible, al glorioso niño

de quien tomó el nombre, aquella alma angelical y purísima que voló

del mundo á los veintitrés años, abrasada por el fuego de la pasión

mística, y que mutiló en su pensamiento y en su sentir todo lo que no

fuera el ardiente prurito de salvarse.

Como el santo niño jesuita, Luis Tellería padecía horriblemente de

la cabeza; repetíanle en la casa de Madrid las tremendas jaquecas

que en Puyóo le daban con frecuencia, abrasándole el cerebro y

conmoviendo su máquina toda, cual si convertidos en molde sus

sesos, cayese en ellos un metal derretido. Durante estos ratos de

espantosa mortificación, su alma, replegada en sí misma, gozaba con

el martirio; los dolores físicos eran recibidos allá dentro con un

júbilo delirante que tenía su vanidad y su sibaritismo. No exhalaba

una queja, y cuando sentía revolverse dentro de su cráneo las

serpientes de fuego, su boca se contraía para sonreir. Al San Luis de

marras mandóle el Prelado que no pensase tanto para evitar un mal tan

penoso. A éste le decían lo mismo, y gozoso de parecerse al santo,

contestaba: «Mándanme que no piense tanto para que no me duela la

cabeza, y más me duele de hacer esfuerzos para no pensar nada.»

La familia de León Roch, Tomo 1 · 第 8 / 17 段