Marqués se encerró con León en su despacho, y con acento patético
y desembarazado desarrolló ante los ojos de éste el panorama
desconsolador de su propia situación, dando en él toques de
grandísimo efecto, agrupando sabiamente las sombras, y dibujando
con energía la figura más convincente, que era la enfermedad del
mejor, del más querido de sus hijos. Este infortunio acercaba la
mecha á la casa de Tellería, toda desvencijada y llena de puntales,
atestada de oropeles, de colorines, de bambolla inútil... Veíase el
insigne cuanto desventurado señor enfrente de un problema terrible,
y su decoro de hombre público y su dignidad de padre de familia
estaban como reos de muerte á quienes ya se ha subido en el fatal
tablado. Lo peor es que no tenía él la culpa, sino la Marquesa,
autora indirecta de las _filtraciones_ (gustaba mucho de emplear
este término tomado por la Hacienda al arte de la fontanería) que
disminuían el caudal de su casa, mostrando el horrible cauce vacío...
Él, por su parte, se reconocía también algo culpable, porque había
querido sostener una posición _exageradamente decorosa_, como hombre
que se debe á su nombre, á su partido, á su patria; había contado con
el éxito de operaciones bien preparadas, y con las posiciones que
adquirieran sus hijos. ¡Desengaño, ilusión!... Él, verdaderamente,
no se reconocía impecable; él no dejaba de comprender que había sido
débil, excesivamente débil ante el desenfrenado lujo implantado en su
casa por la Marquesa; él no debía haber autorizado con su presencia
las comilonas, los tes, los _raouts_, los saraos que llenaban de
ruido, de murmuración, de equívocos y de humo su casa en determinados
días de la semana; él debió resistirse, debió protestar, ¿quién lo
duda? pero no protestó; fué cómplice, faltó á los sanos principios
conservadores y preventivos que eran norte y fanal de su conducta.
Pero estaba decidido á cortar abusos, á _reformar radicalmente la
Administración_, á _hacer economías_, á _sostener el orden doméstico,
base de las virtudes privadas y públicas_. Y no hablaba ciertamente
á su yerno de este desagradable asunto con objeto de pedir su amparo
para salir de los compromisos del día, no: esto no era compatible
con el decoro del suegro, ni con sus ideas extremadas en materia de
dignidad; hablábale sin otra mira ulterior que darle á conocer la
abrumadora realidad, para que _usando de su prestigio cerca de la
familia_, tratase de señalar á Milagros el abismo que á sus pies se
abría. El pobre Marqués se sacrificaba por todos, no quería nada para
sí. La enfermedad de su hijo más querido le afectaba en extremo;
no tenía gusto para nada, y se sentía víctima de la fatalidad, de
las pésimas condiciones de este _país ingobernable_, pobre á pesar
de la _fertilidad del suelo_. ¿Cómo hacer frente á las inmensas
dificultades de tal situación? ¡Ay! el mismo Marqués necesitaba con
toda urgencia tomar baños alcalinos para su reúma, y no podía, no
quería emprender el viaje. Su deber le retenía en Madrid al lado de
su hijo enfermo; su deber le prohibía gastar en su persona lo que
reclamaba la vida amenazada de Luis Gonzaga, un joven sin igual, casi
un sacerdote, un santo bajado del cielo... El Marqués conocía los
deberes que le imponía su situación, y estaba decidido á cumplirlos.
Sí: su _hidalguía genuinamente española_ se lo ordenaba así; pero
necesitaba los consejos de un amigo cariñoso y desinteresado;
necesitaba que alguien le animase con palabras varoniles y le
alentase con ejemplos eficaces; necesitaba de un hombre recto,
juicioso, franco, enemigo de farsas, necesitaba, en fin, un apoyo
moral, puramente moral...
«Repito que un apoyo moral nada más,» dijo terminando la frase con un
suspiro y estrujando entre sus manos la de León.
Si éste fuera capaz de envanecerse con las alabanzas, aun siendo
merecidas, se habría hinchado de satisfacción cuando Milagros, dos ó
tres días después, le dijo con tono de verdad sincera:
«¡Cuán cierto es, querido hijo, que un buen corazón puede existir
debajo de una cabeza vacía de ideas religiosas!»
Y cuando el Marqués le dijo:
«Yo te tenía por el hombre mejor del mundo. Es tan grande tu bondad,
que me hará creer en una utopia; ya sabes que yo no creo en utopias;
pero ahora... En fin, no puedo expresarte lo que siento al ver el
interés que tomas por el decoro de tu familia. Bien conoces tú que
en el Diluvio de las pasiones es necesario que la familia se salve.
¡Sí: la sociedad se hunde; pero sobrenadará la familia, el arca!...»
Dicho sea en honor de la verdad, León, más que la salvación de su
familia política, comparada, no sin gracejo, por el Marqués con el
arca de Noé, había tenido presente la enfermedad del gemelo de su
esposa y la pena que ésta sentía al ver la mala disposición de sus
padres para las horas aflictivas y los dispendios que tan cerca
andaban.
XVII
La desbandada.
Tristísimo fué el pronóstico de los médicos. Sin embargo, indicaron
que el desenlace funesto estaba aún lejano, con lo cual hubo
esperanzas y algún sosiego en la casa. Tan consolador es el tiempo
que está por venir como el que ha pasado, y las desgracias aplazadas,
así como las transcurridas, se pierden en ese indeterminado horizonte
detrás del cual está el ancho hemisferio del olvido. En la familia
de Tellería empezó á renacer la calma, y cada individuo de ella fué
recobrando poco á poco su habitual carácter. Gustavo era diputado y
pasaba todo el día en el Congreso. La Marquesa, sin dar completamente
tregua á la pena real que la dominaba, había recobrado aquella dulce
expresión de conformidad con el mundo terrestre, mezclada siempre
de cierto pietismo quejumbroso, de lo cual resultaba una especie de
resignación á gozar. Las cosas fútiles la ocupaban largas horas.
Una mañana encontróla León muy indecisa enfrente de una elección
de sombreros de verano, traídos de la tienda. Había allí todas las
variedades creadas cada mes por la inventiva francesa. Veíanse nidos
de pájaro adornados de espigas y escarabajos, esportillas hendidas
con golpes de musgo, platos de paja con florecillas silvestres,
casquetes abollados, pleitas informes con picos de candil, cubiletes
con alas de chambergo y pechugas de colibrí, solideos rodeados de
gasas, en fin, todas las formas extravagantes, atrevidas ó ridículas
con que la fantasía delirante de los artistas de modas emboba á
las mujeres y arruína á los hombres. La Marquesa los miró todos,
agraciando á cada cual con una observación picante y discreta, como
mujer de refinadísimo gusto. Se puso algunos, los probó ante el
espejo moviendo su cabeza para buscar mejor los efectos de línea y de
color, y al fin los devolvió todos á la caja, diciendo:
«No compro nada... Todavía es posible que vayamos á Francia... Allí
compraré, como otros años, todo lo que necesite, y lo introduciré...
lo introduciré... Yo me sé entender con la Aduana. Sí: es posible que
vayamos... ¿Pero no sabes, León...?»
Este había presenciado con su mujer y con Luis Gonzaga la inspección
de sombreros, dando su parecer cuando se le pedía. La conversación
pasó de la moda al contrabando. Los dos gemelos estaban mudos y
tristes, mayormente Luis, que fijaba sus ojos con insistencia en la
jardinería inmediata al balcón, llena de gomelos, algún rododendro y
hermosas azaleas cubiertas de flores rosadas.
«¿No sabes, León?--prosiguió Milagros.--Ese mala cabeza de Leopoldo
se nos marcha esta tarde. Va á Biarritz con esos chicos, con sus
amigotes. No he podido contenerle... le he demostrado que quedándonos
aquí todos por acompañar á Luis, él también debe quedarse. Dice
que necesita los baños de mar, y no le falta razón... Aprovecha la
marcha del Duque de Cerinola y del Conde del Garellano, que tienen
coche-salón.»
Un criado, á quien se preguntó por Polito, dijo que el señorito
Leopoldo había dicho que almorzaba fuera; que del palacio de sus
amigos partiría para la estación, sin volver á la casa de sus padres.
Su equipaje estaba ya hecho y las maletas cerradas.
Tan singular manera de despedirse, demostrando á las claras el cariño
filial y fraternal de aquel benemérito mancebo, afligió un tanto á la
Marquesa, que, en medio de sus desvaríos, no carecía de afectos ni
de conciencia. Leopoldo era, según ella, un chico detestablemente
educado, aunque no por culpa de su madre, un calaverilla empedernido,
insensible á todo dulce afecto, y que por montar un caballo prestado,
ó guiar un coche ajeno, ó viajar en el vagón del amigo, ó estrechar
la mano de Higadillos, ó poner á una carta unos cuantos duros, era
capaz de volver la espalda á su familia en los momentos de mayor
conflicto.
El Marqués, que acababa de presentarse vistiendo elegantísimo traje
claro de verano, recibió la noticia con escepticismo mundanal, que
parece en ciertas bocas la fórmula más pura del buen gusto.
«Es natural--dijo,--que los muchachos se diviertan... Después
viene la edad madura, los achaques, las graves preocupaciones de
una posición social consagrada á la vida pública, el reúma... por
ejemplo, aquí estoy yo, que á todo trance necesito un poco de
carena... y no puedo menos de tomarla. El médico se ha puesto furioso
cuando le dije que no podía salir este verano... «¿Cómo se entiende,
señor Marqués?... Un jefe de familia no debe descuidar su salud.
Le condeno á usted á baños. ¡Sentencia inapelable!» En resumen,
queridos, he resuelto marcharme mañana.»
La estupefacción de la Marquesa parecía despecho y enojo. ¡Todos
libres y ella esclava, amarrada al nefando potro del veraneo en
Madrid, á ese potro no tan ignominioso por lo molesto como por lo
_cursi_!
«Nuestro querido Luis--añadió D. Agustín acariciando la barba de su
hijo,--mejora de día en día. No hay cuidado por él. Le conviene el
reposo. Un verano en Madrid, al lado de su madre... Con cuánto gusto
os acompañaría; pero estoy fatal. Varios amigos me han comprometido á
tomar con ellos el tren de mañana.»
Al decir esto se había quedado solo con León, porque Milagros con sus
dos mellizos pasó al comedor.
«Yo no hago aquí falta--prosiguió el Marqués, paseando en compañía
de su hijo por la hermosa sala adornada de los mil preciosos
cachivaches de exportación francesa en tapicería, cerámica y mueblaje
que han venido á llenar en las casas aristocráticas el vacío de
las verdaderas obras de arte, arrancadas de su esfera natural por
las quiebras y llevadas á los museos por el _dilettantismo_ del
Estado,--yo no hago falta aquí. Ya debes suponer que no me voy
tranquilo. Por cierto que me enfada la ligereza de mis hijos,
huyendo á la desbandada de la casa paterna, cuando la pobre
Milagros necesita de su compañía para sobrellevar la enfermedad de
Luis... porque Luis está grave, no nos hagamos ilusiones. Yo creo
que tirará; puede ser que rebase este otoño; pero el invierno... de
todos modos, los chicos han hecho mal, muy mal. Leopoldo se va esta
tarde y Gustavo mañana. No lo hubiera creído en Gustavo; pero ya se
ve... está enamorado, perdidamente enamorado. La Marquesa de San
Salomó parte mañana para Arcachón, París y el Havre. Gustavo sale
también para el extranjero, y ya sabemos que las cartas se le han de
dirigir sucesivamente á Arcachón, París y el Havre. Bonito viaje,
¿no es verdad? La Marquesa de San Salomó es linda y elegante; mi
hijo tiene grandes atractivos... pero ¡quién sabe si será verdad lo
que dicen! yo no lo creo. No hay duda que la oratoria ardiente de
Gustavo, sus defensas briosas del catolicismo, hicieron estragos en
las tertulias elegantes. Desde muy temprano era de ver la tribuna
llena de preciosas cabezas, adornadas de los más lindos sombreros, y
allí se oía un murmullo delicioso de disputas y alabanzas. Porque eso
sí: tenéis que confesar que la mujer es entre nosotros salvaguardia
de las _venerandas creencias de nuestros padres_. ¿Queréis hacer la
transformación de las conciencias, señores ateos? pues empezad por
suprimir esa _encantadora mitad del linaje humano_... La verdad es
que Gustavo habla maravillosamente: sus palabras de fuego conmueven
la Cámara y alborotan las tribunas. Luego ha escogido un tema tan
simpático, tan elocuente de por sí, un tema que habla al sentimiento,
al alma, á la fe, á lo que hay de más sagrado, de más divino en
nuestra alma, y que se conforma admirablemente con la _hidalguía
castellana_. El Marqués de Fúcar me dijo guiñando el ojo: «Tellería,
este chico sabe el camino...» Yo también lo digo: Gustavo sabe á
dónde va... y por dónde se va. Reúne tantas buenas cualidades, que
es, como me decía en la tribuna del Senado D. Cayetano Polentinos,
«un verdadero archivo de esperanzas.» Talento, buena figura, ese
ardor parlamentario... No obstante, me hubiera gustado ver en él un
poco más de apego á la familia... ¡Que emigre yo, tan necesitado de
reposo y salud... pero Gustavo...! Comprendo la atracción invencible
de una mujer como la San Salomó... Ya, ya vamos. (Se había presentado
un lacayo, diciendo que el almuerzo se enfriaba.) ¿Tienes ganas de
almorzar, León? A tí también te sentaría levantar el vuelo.»
Al día siguiente León despedía en la estación del Norte al Marqués
y á Gustavo, que iban en el mismo tren, pero en coche distinto, en
compañía distinta, aunque ambos con billete de favor, debido á la
amistad de los consejeros de Administración.
«No he podido prescindir de este viaje--le dijo Gustavo, tomándole
del brazo y llevándole á dar un paseo por la parte del andén donde
había menos gente. Si algo ocurriese en casa, me pones inmediatamente
un parte telegráfico... ¿Ves? ahí está ya esa mujer: me lo figuré
desde que ví á papá preparando su viaje: ¿la ves?
--¿Quién?
--La Paca... la _Paquira_... esa.»
Entre la compacta muchedumbre sobre la cual parecían sobrenadar
cantidad de sombrerillos empenachados de rústicas flores
contrahechas, de plumajes sutiles y de velos verdosos y azules como
jirones de nubes que empañaban las caras, León vió una muchacha de
gracioso rostro y elegante figura, que disputaba con el vigilante por
dos asientos de berlina.
«Allá está papá con dos de sus amigos que salen también... Y yo
pregunto: ¿á dónde conduce esta absurda ligereza de un hombre que
debía considerar su edad, sus deberes, el estado de nuestra casa, su
posición social?... El afán de ser siempre joven mata á la sociedad
presente... Si tú no sales, acompaña á mamá y á Luis todo lo que
puedas. Mamá está muy afectada: esta desgracia ha sido para ella como
un aviso del Cielo, como una advertencia para que deje de ver en la
vida una sucesión perpetua de goces. ¿Será provechosa la lección?
Me temo que no. Su corazón es bueno; pero su carácter está lleno de
debilidad. Me indigna el ver cómo la enternece el pillete de Leopoldo
para sacarle dinero. Mamá es así: todo el que pide para divertirse
la encuentra propicia... Pero el tren se va... Papá no ha entrado
en el departamento donde va la Paca; pero está en el inmediato con
sus amigos. Al menos, que evite el escándalo... Yo me entro en este
salón. Nos hemos reunido varios amigos del Marqués de San Salomó,
que ha tenido la bondad de invitarme. Adiós: que me escribas, que me
pongas un parte si ocurre algo. Arcachón, Hotel Brisset... Más tarde
en París, _poste restante_.»
XVIII
El asceta.
Observó León que Luis Gonzaga estaba en la casa paterna fuera de
su centro. Aquella figura rígida y macilenta, enfundada en negro
sayal con faja del mismo color que amenguaba su mezquina cintura,
la cabeza descubierta, el semblante inclinado, la vista clavada en
el suelo, la tez glutinosa, el cuello flaco y vacilante, cual si no
pudiera resistir el peso de la cabeza; las manos largas, amarillas,
transparentes como haces filamentosos y sin más fuerza que la
necesaria para cruzarse orando, discurría como una sombra maldecida
por las salas revestidas del abigarrado papel ó de las chillonas
tapicerías. Era una mancha obscura y triste caída sobre el mueblaje
de colorines y oro, sobre los exóticos objetos de estilo japonés,
cuyas aisladas figuras de pesadilla parecían armonizar con la persona
del escuálido colegial.
Se le veía errante, agitado como un pájaro prisionero que busca
salida, y cuando sus ojos recorrían la varia colección de muebles y
objetos bonitos, era para escoger la silla más incómoda y sentarse en
ella. Buscaba los rincones obscuros para nido de sus meditaciones.
A veces los criados, al arreglar una pieza, encontraban aquel negro
cuerpo fajado, y ante él detenían el plumero, pronunciando glacial
fórmula de respeto. Entonces Luis huía de allí para buscar otra choza
en aquella Tebaida de papel pintado y estampas profanas, de seda
y cretona, de damasco y palo-santo. El pobre anacoreta moribundo,
al correr de un rincón á otro espoleado por su febril misticismo,
tropezaba con un piano, con un biombo chinesco, con un velador que
sostenía redoma de peces, con un blando sofá vestido de hilo gris, ó
con una desnuda Venus de bronce. Él no comprendía que se vistiese á
los muebles y se desnudase á las estatuas.
Mirábanle los criados con indiferencia, quizás porque él no les
dirigía nunca la palabra, ni les pedía nada; tanta era su humildad.
Resistía el hambre y la sed hasta un extremo incalculable, y no
conocía las molestias, porque las trocaba en placeres su alma
codiciosa de mortificación. Un lacayín con pechera estrellada de
botones, la carilla alegre y vivaracha, la cabeza trasquilada, los
pies ágiles y las manos rojas y llenas de verrugas, era el único que
le prestaba algunos servicios, aun á despecho del mismo joven. Este
solía hacerle preguntas:
«¿Cómo te llamas?
--Felipe Centeno.
--¿De dónde eres?
--De Socartes.»
Pero no hablaban largo. El anacoreta bajaba los ojos y el lacayito
se alejaba. Los demás servidores de aquella casa tenían todos una
expresión displicente y avinagrada, como hombres que contra su
voluntad hacen penitencia, viéndose condenados á pobreza absoluta en
medio del lujo y de la pompa. La Marquesa y María acompañaban largas
horas á Luis, procurando reanimarle con triviales palabras.
«Yo no temo la muerte--les decía él sinceramente.--Por el contrario,
la deseo con todo el ardor de mi alma, como un cautivo sano desea la
libertad. Vosotros no me comprendéis porque estáis apegados al mundo,
porque no vivís la vida interior, porque no habéis roto, como yo,
todos los lazos de la tierra.»
Acogía la Marquesa con suspiros estas seráficas declaraciones, que
producían tristeza y admiración, por considerar cuán lejos se hallaba
ella de tales alturas. Su reclusión y el calor daban á la señora
melancolía y aburrimiento. Una noche, cuando León se retiraba á su
casa, dijo á su mujer:
«Sólo por dignidad, ó mejor dicho, por miedo al _qué dirán_, no
ha seguido tu mamá á los demás en esta deserción infame. ¡En qué
horrible mundo vivimos! Pues que todos se van ó se quieren ir,
nosotros nos quedaremos. Tu hermano está muy grave; puede resistir
todo el verano, y puede acabarse cuando menos se piense.»
Al día siguiente, el médico dijo que la casa de Tellería, situada en
un barrio populoso, sombrío y mal ventilado, era lugar muy impropio
para el enfermo. Se acordó trasladarle al _hotel_ de León, situado
en los bordes de la villa, bañado de aires saludables, y protegido
por plácido silencio. El enfermo no opuso resistencia, como no la
oponía á cosa alguna, y fué trasladado á la morada de su hermana. Le
instalaron en el piso bajo para evitarle subir escaleras, dándole
por alcoba una pieza inmediata al despacho de León, y por sala para
residir constantemente el despacho mismo, vasto, claro, alegre.
Ninguna de estas ventajas llamó su atención, porque lo mismo era
para él un real palacio que la mazmorra más obscura. El primer día
diéronle fuertísimas congojas, y tan continuadas, que madre é hija
se alarmaron mucho; mas él, luego que fué serenándose, sonreía con
afabilidad y dulzura, diciéndoles:
«¿Por qué os asustáis? ¿Por qué lloráis? Yo no me asusto, ni lloro,
sino que estoy alegre, más alegre cuanto más acerbo es mi padecer. De
veras os digo que al considerarme tan cerca de la muerte, contengo mi
alegría, no sea que el gozo de verme libre de esta hedionda vestidura
carnal despierte alguna vanidad en mi alma, ú otro sentimiento
desagradable á los ojos del Señor. Si me envanezco demasiado de
morir, queridas de mi alma, puede que Dios me castigue, condenándome
á vivir algún tiempo más.»
Con León hablaba poco, casi nada, pues siempre que éste á preguntarle
iba por su salud ó á acompañarle, hallábale entregado á sus prolijas
devociones, cuyo plan no alteró jamás, ni aun en los días de mayor
gravedad. Le llevaban de comer lo más escogido y lo más propio para
su estómago; pero él tomaba siempre lo peor.
«No como esto--decía,--porque me gusta.»
Rogábanle que tomase tal ó cual cosa de gran provecho para su salud;
pero siempre á ello se negaba.
«Puesto que tu gusto es no tomarlo--le decía su hermana con admirable
lógica,--mortifícate tomándolo.»
Entonces sonreía y lo tomaba. Iban á visitarle algunos sacerdotes
principalmente franceses, de esos de melena ahuecada y gracioso
sombrero de tres candiles, corteses, finos, mundanos, limpios, y
platicaban acerca de la casa de Puyóo. Rara vez se veía allí á los
graves curas españoles, que cuando son buenos, son los clérigos más
clérigos, digámoslo así, de la cristiandad, verdaderos ministros
de Dios por la seriedad real, la mansedumbre sin afectación y la
sana sabiduría. Luis Gonzaga gustaba de la tertulia, pero más de la
soledad; en aquélla mostraba su agudo juicio, no exento de sal y
gracejo; su piedad profunda, que era la admiración de todos, y su
dicción tiernamente apasionada. Todas las mañanas le llevaban en
coche y con grandes precauciones á la iglesia, de donde venía tarde.
Al regresar meditaba á solas y de rodillas; no tomaba alimento sino
cuando ya no podía sostener su cuerpo extenuado, y en mitad de la
sobria comida solían sobrevenirle las congojas, que parecían rematar
su cansada vida en un suspiro.
No permitía que nadie le ayudase á vestirse y desnudarse, ni que
le acompañaran de noche. María hizo notar á su esposo que algunas
mañanas estaba el lecho intacto, señal de que había dormido en el
suelo. Los blandos sillones y sofás que las industrias suntuarias han
puesto hoy al alcance de todas las fortunas, no conocían el contacto
de sus huesos. Sentábase ordinariamente en una banqueta de rejilla
sin respaldo, y allí pasaba horas y horas rígido, sudoroso. Cuando su
cuerpo no podía tenerse derecho, arrimaba la banqueta á la pared y
apoyaba la fatigada espalda, echando la cabeza hacia atrás, cerrando
los ojos y cruzando las manos. Parecía un reo á quien acababan de dar
garrote. No hablaba nunca de sus hermanos, ni de su padre ausente. La
persona á quien mostraba más apego y algo de confianza era María. A
León ni siquiera le miraba.
Frecuentemente era mortificado por escrúpulos, que solía manifestar.
Si por espacio de un cuarto de hora estaba su pensamiento ausente
de las meditaciones sobre la muerte, al caer en la cuenta de su
distracción sentía inquietudes y un vivo enojo contra sí mismo.
Quería imitar en todo, ó al menos en lo posible, al glorioso niño
de quien tomó el nombre, aquella alma angelical y purísima que voló
del mundo á los veintitrés años, abrasada por el fuego de la pasión
mística, y que mutiló en su pensamiento y en su sentir todo lo que no
fuera el ardiente prurito de salvarse.
Como el santo niño jesuita, Luis Tellería padecía horriblemente de
la cabeza; repetíanle en la casa de Madrid las tremendas jaquecas
que en Puyóo le daban con frecuencia, abrasándole el cerebro y
conmoviendo su máquina toda, cual si convertidos en molde sus
sesos, cayese en ellos un metal derretido. Durante estos ratos de
espantosa mortificación, su alma, replegada en sí misma, gozaba con
el martirio; los dolores físicos eran recibidos allá dentro con un
júbilo delirante que tenía su vanidad y su sibaritismo. No exhalaba
una queja, y cuando sentía revolverse dentro de su cráneo las
serpientes de fuego, su boca se contraía para sonreir. Al San Luis de
marras mandóle el Prelado que no pensase tanto para evitar un mal tan
penoso. A éste le decían lo mismo, y gozoso de parecerse al santo,
contestaba: «Mándanme que no piense tanto para que no me duela la
cabeza, y más me duele de hacer esfuerzos para no pensar nada.»