El hombre á quien hemos visto en la soledad de su gabinete, turbada

rara vez en el espacio de algunos meses por las escenas descritas, no

consagraba todo su tiempo al estudio. Engranado en la máquina social

por las afecciones, por el matrimonio, por la ciencia misma, no podía

ser uno de esos sabios telarañosos que los poemas nos presentan

pegados á los libros y á las retortas, y tan ignorantes del mundo

real como de los misterios científicos. León Roch se presentaba en

todas partes, vestía bien, y aun se confundía á los ojos de muchos

con las medianías del vulgo bien vestido y correcto que constituye

una de las porciones más grandes, aunque menos pintorescas, de la

familia social. No se eximía de la insulsez metódica que informa la

vida de los ricos en esta capital, y así se le veía con su mujer

en el paseo de carruajes, cuyo encanto consiste en reunirse todos

á hora fija y dar unas cuantas vueltas en orden de parada, coche

tras coche, paso á paso, en perezosa y militar fila, de modo que las

señoras reclinadas en el asiento posterior del landó, sienten en su

cara el resuello de los caballos del coche que va detrás, y aun ha

habido solípedo que intentara comerse, creyéndolas vivas, las flores

del sombrero de la dama que va en el carruaje delantero. También iba

al teatro con su mujer, observando la deliciosa disciplina de los

abonos á turno, que tiene la ventaja de administrar el aburrimiento ó

el regocijo á plazos marcados, sin contar para nada con el estado del

espíritu. Daba de comer á pocas personas en un solo día de la semana,

habiendo disputado y ganado á su mujer la elección de comensales, que

eran de lo mejor entre lo poquito bueno que tenemos en discreción

y formalidad. Para elegir no se acordó de categorías de escuela,

y sólo obedeció á las simpatías personales. De modo que su yantar

semanal (horrible frase) y sus _noches_, como pudiéramos decir,

reunían hombres listos, católicos remachados, políticos de la más

pura doctrina epicúrea, aristócratas de la edición incunable, otros

de las flamantes, y hombres de escasa importancia social, pero que

la aparentaban por su cualidad de crónicas vivas ó por la seducción

de su trato, en gran manera distinguido. También iban jóvenes de

la pléyade universitaria, brillantes en el profesorado y en las

ardientes disputas cuyo estruendo se oye por todas partes. Reinaba en

estas reuniones armonía completa, pues nada reconcilia tanto como el

buen comer, la presencia de elegantes damas, y la obligación de no

olvidar un momento las leyes de la cortesía. Aunque algunos quizás

se despreciaban cordialmente, había en la casa cierta atmósfera de

estima general; y una conversación discreta, tolerante, instructiva

y amena, producto feliz de aquel conjunto de opiniones diversas,

engañaba las horas. Se hablaba de artes, de letras, de costumbres,

de política; se murmuraba también un poco; en algún pequeño grupo,

hacían crónica personal algo escandalosa; y en otro se hablaba de

las cuestiones más hondas, de religión, por ejemplo, que es un

tema planteado en todas partes donde quiera que hay tres ó cuatro

hombres, y que tiene el don de interesar más que otra cosa alguna.

Este tema, constantemente tratado en las familias, en los corrillos

de estudiantes, en las más altas cátedras, en los confesonarios,

en los palacios, en las cabañas, entre amigos, entre enemigos, con

la palabra casi siempre, con el cañón algunas veces, en todos los

idiomas humanos, en los duelos de los partidos, con el lenguaje de

la frivolidad, con el de la razón, á escondidas y á las claras, con

tinta, con saliva, y también con sangre, es como un hondo murmullo

que llena los aires de región á región y que jamás tiene pausa ni

silencio. Basta tener un poco de oído para percibir este incesante y

angustioso soliloquio del siglo.

Rasgos físicos de León Roch eran lo moreno del color, lo expresivo de

la mirada, la negrura de la barba y cabello; su rasgo moral era la

rectitud y el propósito firme de no mentir jamás. La mayor parte de

las personas hallaban encanto indefinible en su modo de mirar; pero

de su rectitud no podía juzgarse tan fácilmente, porque la conciencia

no se ve. El ponerle ó no en el número de los buenos, dependía

del criterio con que se le mirase. Teníanle algunos por persona

excelente; otros por un mal sujeto. Si á la vista era su cuerpo

airoso y seductora su presencia, alguien dijo de él: «Por fuera es

buen mozo, pero por dentro es un jorobado.»

No tenía la gazmoñería racionalista (pues también hay gazmoñería

racionalista), que consiste en escandalizarse con exceso de la

credulidad de algunas personas y en ridiculizar su fervor: por el

contrario, León miraba con respeto á algunos creyentes, y á otros

casi con envidia. No tenía tampoco el afán de la conquista, ni quería

convertir á nadie; y si el estudio le había dado grandes regocijos,

también le producía horas de amargura y desaliento. No creía su

estado perfecto, sino, por el contrario, harto imperfecto; por lo

cual no gustaba de embarcar gente en las islas frondosas de la fe

para llevarlas á las solitarias estepas de la duda.

Dióse primero á las ciencias naturales, hallando en su investigación

los más puros goces. Después, la filosofía le trajo un mareo

insoportable, y al fin volvió á los estudios experimentales, que era

donde se encontraba con pie firme y en país conocido. La historia

le divertía tan sólo; la fisiología le encantaba. También cultivó

la astronomía, favorecido por su dominio de las matemáticas. Solía

decir: «La historia nos hace enanos, la fisiología nos pone en

nuestro tamaño natural, y la astronomía nos engrandece.»

Había en su alma cierta aridez, ocasionada por el escaso empleo de

la imaginación en su niñez y en sus estudios. Se había criado en una

trastienda, y allí corrió desabrida su edad primera al lado de su

madre, mujer tosca y sin delicadeza, que sentía poco y carecía de

luces. Trabajaba mucho, pero no sabía leer; tenía la vanidad de que

su hijo era muy precoz, y la creencia de que llegaría á ser obispo,

general ó ministro. Muerta su madre, pasó una temporada en Valencia

en la casa de un tío paterno, plebeyo enriquecido con la cerámica,

y que decía: «Todo el saber es aire. Más útil es á la humanidad el

hombre que hace un ladrillo que el que escribiera todos los libros

que se conocen.» Después vino para León una juventud sin calaveradas,

sin aventuras, sin conatos de poeta dramático, sin proyectos de

raptos y duelos, sin lágrimas, sin melancolías, sin vacilaciones

en la elección de carrera, con pocos ensueños. Le metieron en un

laberinto de matemáticas, diciéndole: «Sal si puedes.» Es verdad que

salió; pero luego le arrojaron en un mar de guijarros, donde había

que luchar con esos oleajes petrificados, testimonio palpable de

las agitaciones plutónicas y neptunianas que han esculpido nuestro

globo; le metieron de cabeza en las entrañas del planeta, abiertas

por la inducción ó representadas en los museos por las colecciones,

y le dijeron: «Toda esta grava, que parece arrancada del arrecife

de un camino, es un libro maravilloso: cada chinita es una letra.

Es preciso que lo leas todo.» Vió las aguas haciendo ruido antes

de que hubiera orejas, y arco iris antes de que hubiera ojos; vió

la heráldica del mundo expresada en las figuras de bivalvos, de

crustáceos y de ofidios que dejaron su forma impresa como el sello

auténtico de las dinastías que desean hacer constar su reinado; vió

plantas nacidas antes de que hubiera dientes y muelas que mascaron

antes de que hubiera hombres, y al hombre mismo, huésped tardío de

la creación, llegando cuando los bosques se habían resignado á ser

almacenes de carbón, y cuando no había mares definitivos, y los

ríos estaban nivelando hermosas llanadas, y cuando aún bufaban mil

volcanes ingentes, arquitectos infatigables que daban el último golpe

de cincel á la crestería de nuestras bellas montañas. Vió esto y

otras muchas cosas que vienen detrás.

Más tarde, cuando terminada su carrera se vió rico, es decir, cuando

comprendió que no sería esclavo de la ciencia, sino por el contrario,

dueño de ella, cultivó un poco la imaginación. Bien conocía que

jamás sería artista; pero tomó en su mano el fino estilete con que

es representada una de las musas. Sus manos, que tan bien sopesaban

la palanca de Arquímedes, eran toscas para instrumento tan delicado.

«Está visto--decía,--que siempre seré un bruto.»

Había logrado escribir medianamente, con más claridad que elegancia;

hablaba en público muy mal, atrozmente mal; pero en la conversación

privada solía expresarse con elocuencia, siempre que el tema fuese

alto. Había adquirido la costumbre de emplear gallardas figuras por

la inclinación de la ciencia moderna á lisonjear en vez de espantar

el sentido de la muchedumbre, y porque las formas parabólicas han

sido siempre muy del gusto de los entendimientos superiores. Es el

eterno homenaje tributado por la ciencia al arte, y al que éste debe

corresponder alumbrándose en su glorioso camino con la inextinguible

luz de la verdad.

Aquel hombre tan preocupado de si esta piedra era más ó menos

siluriana que aquélla, y de si otra cristalizaba en romboedros ó en

prismas, se encariñó desde su temprana juventud con un ideal para la

vida, y era éste una existencia sosegada, virtuosa, formada del amor

y del estudio, las dos alas del espíritu, como en su jerga figurada

decía. Pasada la época de los afanes escolásticos, soñaba con buscar

y encontrar aquel ideal en un matrimonio bien realizado, del cual

nacería una familia. Esta familia soñada, la gran familia ideal,

la placentera reunión de todos los suyos, ocupaba su pensamiento.

¡Cosa extraordinariamente bella y consoladora! Unirse con una mujer

adorada, amante y sumisa, de clara inteligencia y corazón donde

nunca se agotaran las bondades; ver después unos seres pequeñitos

que irían saliendo, y haciendo gracias pedirían piando el pan de

la educación; desarrollar en ellos con derechura el sér moral y el

físico; vivir por ellos y atender á las necesidades de aquel grupo

encantador, en cuyo centro la esposa y la madre parecería la imagen

de la Providencia derramando sus dones, ora fecunda, ora maestra,

ya cubriendo al desnudo, ya dando alimento al desfallecido, guiando

el primer paso del vacilante, conteniendo el ardor del intrépido...

¡Oh! para esto valía la pena de vivir; para lo que esto no fuera,

no. Luego venían á su imaginación los encantos de la vida del rico

ilustrado, que puede gustar los placeres del trabajo sin ser esclavo

de él... una vida deliciosa, consagrada por mitad al estudio, por

mitad á los cuidados de la familia, dividiéndola asimismo entre la

ciudad y el campo, pues de este modo es más grata la Naturaleza y

más grata la sociedad; vida ni muy apartada ni muy pública, en un

dulce retiro sin esquivez, lejos del bullicio, mas no inaccesible á

los amigos discretos... Sí: era preciso realizar esto, y realizarlo

pronto, antes que se pasase la vida en un rodar incesante y

vertiginoso; era menester hallar pronto la que había de ser base de

aquella felicidad soñada, pero posible. La elección no era fácil:

debía ser prudente, seria, estudiada; pero ¿acaso no estaba él en las

mejores condiciones para hacerla bien?... Sí: la haría bien, porque

era un sabio, tenía mucho talento, mucha serenidad, espíritu de

crítica, grandes hábitos de análisis... Y sin embargo...

XIV

Marido y mujer.

«Y sin embargo... me equivoqué.»

Esto decía para sí una noche en presencia de su mujer, solo con ella,

en el silencio de la casa tranquila, abandonada ya por los tertulios,

tibia aún por el calor de la reunión, en aquella hora en que el

pensamiento cae en vagas meditaciones precursoras del sueño, después

de representarse los hechos del día que hace poco eran escenas y

figuras reales, y que pronto serían pesadillas.

Frente á él, dispuesta ya á acostarse, estaba la incomparable figura

de la Minerva ateniense, cuyos ojos verdes, por aberración artística

inconcebible, se fijaban en uno de esos vulgares libros de rezo,

llenos de lugares comunes, oraciones enrevesadas y gongorinas,

sutilezas hueras, páginas donde no hay piedad, ni estilo, ni

espiritualismo, ni sencillez evangélica, sino un repique general de

palabras. ¿Pero qué importa? Dejando que su mente se perdiera con

somnolencia en semejante fárrago, María estaba soberanamente hermosa.

León había dejado caer de sus manos el periódico de la noche,

otro repique general de timbres rotos, de cascabeles chillones y

de ásperos cencerros, y contemplaba á su mujer, cavilando en la

espantosa burla que había hecho él de su destino. Él, que había

pasado su juventud conteniendo la imaginación, habíale soltado un

día las riendas sin darse cuenta de ello, y se dejó arrastrar por

una ilusión impropia de hombre tan serio. ¿Cómo pudo dejar de prever

que entre su esposa y él no existiría jamás comunidad de ideas, ni

ese dulce parentesco del espíritu que descubren hasta los tontos?

¿Cómo se dejó llevar de la fascinación ejercida por una hermosura

sorprendente? ¿Cómo no vió la pared de hielo, enorme, dura, altísima,

que se levantaría eternamente entre los dos? ¿Cómo no penetró aquel

entendimiento rebelde, aquel criterio inflexible, aquella estrechez

de juicio, aquella falta de sentimiento expansivo, generoso, mal

compensada por una exaltación áspera ó mimosa? ¿Cómo no adivinó

aquella sequedad y desabrimiento de su hogar, vacío de tantas cosas

dulces y cariñosas, y en particular de la más cariñosa y dulce de

todas, la confianza?

En un momento de profunda tristeza y desaliento, llevó su mano

del corazón á la frente y asentó sobre ésta la palma crispada,

como echando una maldición á su sabiduría. María no advirtió aquel

movimiento y siguió con los ojos fijos en el libro.

«Me enamoré como un estúpido--pensó él volviendo á mirarla.--¿Y cómo

no, si es tan hermosa?...»

Recordó después sus infructuosas tentativas para formar el carácter

de María. En la primera época del matrimonio, María amaba á su marido

con más ardor que ternura. Bien pronto, sin dejar de amarle del mismo

modo, empezó á ver en él un sér extraviado y vitando en el orden

intelectual. León le había dado libertad para practicar el culto;

y ella la usó con moderación al principio. Pero á medida que León

trataba de influir en el carácter de ella, no para arrancarle su fe,

como algunos mal intencionados dijeron entonces, sino por el deseo de

establecer entre ambos la mayor armonía posible, abusaba ella de la

libertad concedida á sus devociones, y éstas llegaron á ser tantas

que ocuparon pronto la mitad de su tiempo y casi todo su espíritu.

No se crea por esto que renunció á las vanidades del mundo, pues

gozaba de ellas, aunque sobria y moderadamente. Iba al teatro, con

excepción del tiempo de Cuaresma, vestía muy bien, frecuentaba los

paseos de moda, y dedicaba parte del verano á los esparcimientos y

expediciones propias de la estación. De su persona cuidaba muchísimo,

porque gustaba de agradar á su marido; de su casa poco, de su esposo

nada, y el resto del tiempo lo consagraba al trabajo intelectual y

práctico que le exigían varias congregaciones piadosas y las juntas

benéficas á cuyo seno había sido llevada por sus amigas ó por su

madre. Militaba en la encantadora cuadrilla de la devoción elegante.

«¿Pero no soy yo el rebelde?--decía León con desaliento.--¿De qué la

acuso? ¿De que tiene fe? Si yo la tuviera, seríamos felices. ¿Por qué

no la tengo?»

Hubo un tercer período, durante el cual el amor de María permanecía

inalterable, siempre más vehemente que tierno, y tan poco espiritual

como al principio. En dicho período, revolviéndose María contra

su esposo con arrebatos de querer humano y de piedad mística,

sentimientos que, lejos de excluirse, parece que se complementaban en

ella, quiso atraerle al camino de la devoción elegante, perfumado con

inciensos, alumbrado con cirios, embellecido con flores, amenizado

con bonitos sermones y acompañado de hermosas damas. La aspiración

de María era ser piadosa sin perder al hombre que tan vivamente había

realizado la ilusión de su fantasía. Llevarle á la iglesia era su

afanoso empeño.

«Déjame solo--le decía León agobiado de pena.--Vete y ruega á Dios

por mí.

--Sin tí me falta la mitad de mi vida, y parece que no soy nada

buena, como deseo serlo.»

Luego se abalanzaba hacia él, le estrechaba en sus brazos, y

reclinando su frente sobre el pecho del hombre aburrido, decía con

gemido perezoso: «¡Te quiero tanto!...»

La resistencia de León á tomar parte en las prácticas piadosas

estableció al fin aquella desavenencia, ó mejor dicho, completo

divorcio moral en que les hallamos á los dos años de su matrimonio.

Ni se comunicaban un pensamiento, ni se consultaban una idea ó plan,

ni partían entre los dos una alegría ó un pesar, que es el comercio

natural de las almas, ni se entristecían juntamente, ni mutuamente

se alegraban, ni siquiera reñían. Eran como esas estrellas que á la

vista están juntas y en realidad á muchos millones de leguas una de

otra. Fácil era á los amigos conocer que León sufría en silencio un

gran dolor.

«Se empeña--decían,--en que su mujer sea racionalista, y esto es tan

ridículo como un hombre beato.

--Eso digo yo--añadía otro.--El creer ó no es cuestión de sexo.

--Es que está enamorado de su mujer.»

Esto último era exacto en el sentido de que León vivía fascinado

aún por la hermosura cada día más sorprendente de María Egipciaca,

hermosura que ella, sin dar tregua á la devoción, sabía realzar con

el lujo, con la elegancia del vestir y el delicadísimo cuidado de su

persona.

De María podía decirse lo mismo que de León, en lo relativo al

enamoramiento: ella también no cambiara por cosa alguna el hombre

que le habían dado la sociedad y la Iglesia. En cuanto á él, llenaba

el vacío de su alma con aquella pasión temporal encendida por una

pasmosa belleza. No le era indiferente, antes bien le vanagloriaba

el _beati possidentes_ con que la multitud obsequia al dueño de una

mujer fiel y hermosa; y la idea de que María pudiese pertenecer á

otro hombre, siquiera en intención ó pensamiento, le enfurecía. En

resumen: eran dos seres divorciados por la idea en la esfera de los

sentimientos puros y unidos por la hermosura en el campo turbulento

de la fisiología. Sobre esto reflexionaba León en aquella hora de la

noche. Ultimamente hizo esta observación amarguísima:

«El mundo está gobernado por palabras, no por ideas. Véase aquí como

el matrimonio puede también llegar á ser un concubinato.»

«¿Has concluído?--dijo á su esposa, viéndola que dejaba el libro para

rezar un momento en silencio y con los ojos cerrados.

--¿Has acabado tú el periódico?... Déjamelo, quiero ver una cosa.

La Duquesa de Ojos del Guadiana no quiso costear sola la función de

mañana... A ver si se anuncia en la sección de cultos.»

León leyó en voz alta toda la sección de cultos.

«¿Sermón del Padre Barrios?...--interrumpió María demostrando

admiración.--Si le hemos mandado retirar porque está asmático y no

se le puede oir... ¡Qué abuso! San Prudencio va tomando fama de ser

el refugio de los malos predicadores, y allí van los descreídos á

reirse de la tartamudez del capellán y del acento italiano del Padre

Paoletti. Todo consiste en que hay personas que parece que dirigen

las funciones y no dirigen nada. Pero no faltará quien ponga orden en

aquella casa. No, no sueltes el periódico: lee los espectáculos, ¿Qué

ópera nos dan mañana?

--La misma--dijo León arrojando de sí el papel, y deteniendo por el

brazo á su mujer que se levantaba.--Aguarda, tengo que hablarte.

--Y de cosas serias, según parece--manifestó sonriéndose

María.--¿Estás enojado? ¡Ah! ya sé... me vas á reñir. Sí, sí--añadió

arrojándose en un sofá próximo á la butaca en que estaba sentado

él.--Me riñes porque he gastado mucho dinero este mes.

--No.

--Reconozco que he sido algo pródiga; pero con la economía de otro

mes te indemnizaré... Sí, queridito: he gastado más de la cuenta. ¿A

ver?... Los tres vestidos, diez y siete mil; el triduo, cuatro mil;

la novena que me correspondió, diez mil... La tapicería nueva de mi

alcoba... de eso has tenido tú la culpa por burlarte de los angelitos

blancos jugando con espigas azules... Además, tengo que poner los

regalos á los actores, por no haber querido cobrar nada en la función

de Beneficiencia... tres relojes, dos petacas, dos alfileres...

Además... Mañana sacaré la cuenta.

--No es eso, te digo que no es eso. Puedes gastarme todo lo que

quieras, puedes arruinarme, instituyendo herederos de mi fortuna á

modistas, curas y cómicos. De otra cosa más grave que tus gastos

quiero hablarte, María: quiero preguntarte si no es tiempo ya de que

cese la aridez y la tristeza de este matrimonio nuestro; si no es

tiempo ya de que reconozcas que tu atención excesiva á los asuntos de

iglesia es como una especie de infidelidad, y que para dar tanto á

las devociones, forzosamente has de quitar algo á nuestra casa y á mí.

--Ya te he dicho--repuso María seriamente,--que de mis devociones

buenas ó malas daré cuenta á Dios, no á tí, que no las entiendes. Haz

por entenderlas, ten fe y hablaremos.

--¡Ten fe!... De eso sí que no entiendes tú. Yo no la tengo, no puedo

tenerla según tu idea. Además, tu conducta y tu modo especial de

cumplir los deberes religiosos, me la arrancarían, si la tuviese como

tú deseas. Te lo diré de una vez. No veo en tus actos ni en tu febril

afán por las cosas santas ninguno de los preciosos atributos de la

esposa cristiana. Mi casa me parece una fonda, y mi mujer un sueño

hermoso, una imagen tan seductora como fría. Te juro que ni esto es

matrimonio, ni eres tú mi mujer, ni yo soy tu marido.

--¿Y quién es aquí el culpable sino tú?--replicó la dama con

brío;--¿quién sino tú? Si no hay armonía, si no hay confianza, ¿á

qué se debe sino á tu descreimiento, á tu ateísmo, á tu separación

de la Santa Iglesia? Yo estoy firme en el terreno del matrimonio; tú

eres el que está fuera. Te llamo, te aguardo con los brazos abiertos,

y no quieres venir, menguado.»

Y los abrió; pero León no tuvo ni siquiera á idea de arrojarse en

ellos.

«Y yo iría, sí, iría con el corazón lleno da gozo, si encontrara en

tí á la verdadera mujer creyente para quien la piedad es la forma más

pura del amor; yo iría respetando y admirando tu fe, y aun deseando

participar de ella; pero así tal cual eres, no quiero, no quiero ir.

--Pues entonces, loco, mil veces loco, ¿qué quieres? ¡Ah! ¿Quieres

que yo reniegue de Dios y de su Iglesia, que me haga racionalista

como tú; que lea en tus perversos libros llenos de mentiras; que

crea en eso de los monos, en eso de la materia, en eso de la

Naturaleza-Dios, en eso de la Nada-Dios, en esas tus herejías

horribles? Felizmente, he podido salvarme de caer en tales abismos.

Soy piadosa, creo todo lo que debo creer y practico el culto con

asiduidad, con prolijidad, porque es el medio mejor para sostener

viva la fe y no dar entrada en el entendimiento á ninguna falsa

doctrina. ¡Que frecuento demasiado la iglesia! ¡Que cumplo muy

á menudo los preceptos más santos!... ¡Que celebro funciones

espléndidas!... ¡Que oigo todos los días la palabra de Dios!... ¡Que

rezo de noche y de día!... Esta es la cantinela, ¿no es verdad? Ya

sé que paso por beata. Pues bien: todo tiene su razón en el mundo.

¿Crees tú que yo me abrazaría tan fuertemente á la cruz si no

estuviera casada contigo, es decir, con un ateo, si no estuviera,

como estoy, en peligro de ser contaminada de tu doctrina por el trato

diario contigo y por el mucho amor que te tengo? No: si tú no fueras

tan poco, yo no sería tanto. Si tú fueras católico sincero, aunque

descuidado en tus deberes, yo no sería beata: cumpliría los preceptos

esenciales y nada más. Ten presente una cosa, León: imagínate dos

navegantes que cruzan en una pequeña barca un mar tempestuoso. Si

los dos remaran con igual fuerza, llegarían sin dificultad á la

orilla; pero he aquí que el uno suelta el remo y se tiende. ¿No es

indispensable que el otro redoble sus fuerzas hasta morir? Fíjate

bien, querido mío: uno solo rema y han de salvarse los dos.

--Esa figura no es de tu invención--dijo el esposo, que sabía muy

bien hasta dónde alcanzaba el ingenio retórico de su mujer.--¿De

quién es?

--Si es mía ó no, no te importa--replicó María, con desabrimiento

y menosprecio.--Lo principal es que contiene una verdad innegable.

¿Quieres que vaya á aprender la verdad en tus monísimos libros?

--No, no pretendo eso--dijo León, lleno de pesadumbre.--Pero por

torpe que yo sea, por extraviado que me supongas, ¿lo seré tanto que

no merezca de tí el favor de que aceptes una idea mía, una sola,

siquiera una vez, sino que siempre has de ir á buscar tus ideas fuera

y lejos de mí?

--De tí acepto tu afecto, que creo sincero; tu respeto á mis

creencias siempre que sea verdad; tu apoyo material; ¡pero tus ideas,

tus consejos...!»

Dijo esto María con tal rigor de expresión y tal brillo de desdén

en sus deslumbradores ojos gatunos, que León sintió el frío de una

espada en su corazón oprimido.

«¡Nada mío!--murmuró, dejando caer sus miradas al suelo como quien

desea morir.

La familia de León Roch, Tomo 1 · 第 6 / 17 段