mancebo.--¿Oyes, María? Papá y tu _señor_ disputan. ¡Qué ganas de
perder el tiempo!»
María puso atención después de decir á los pájaros con acento de
enojo: «Callad, tontos.»
Poco después un brusco movimiento de la cortina dió paso á los
bigotes corniformes del Marqués, á su cara, en la cual la gravedad
se hermanaba con el humorismo, como si en ella quisiera poner
Naturaleza un ejemplo vivo del eterno y capital dualismo del arte.
«Ya lo sabes--dijo con voz agridulce, entre serio y festivo.--Yo soy
un hipócrita, un vividor... Tu caro esposo me lo ha dicho con buenas
palabras... Un vividor, un hipócrita... sí, eso ha querido decir.»
Y dió un beso á su hija.
«Positivamente--añadió,--la cabeza de León está un tanto
perturbada... ¡Lástima grande, porque es un guapo chico!... Estos
malditos pájaros no dejan hablar.
--Callad, tontos.»
¡Con cuánto ardor toman ellos parte en las disputas de los hombres!
Entre los conceptos de la conversación acalorada ó apacible, arrojan
sus notas para ahogar las disputas humanas en una lluvia de alegría.
Mucho se habló después; pero las avecillas no dejaban oir. El lector
tendrá paciencia para esperar á que callen los pájaros.
XI
Leopoldo.
Una mañana trabajaba León Roch en su despacho, cuando fué bruscamente
interrumpido. Alzó del papel los ojos, y fijándolos en el gran espejo
que delante de él estaba sobre la chimenea, vió una figura enjuta
y macilenta, una mueca de calavera, en la cual la descomposición
subterránea perdonara un poco de piel; dos ojos saltones con cierta
viveza morbosa como la de los delirantes; un cuello delgado y
violáceo, cuya piel, llena de costurones, parecía recientemente
remendada; una nariz picuda y violácea también, de fina estampa;
pero que por su agudeza iba tomando aspecto de pico y daba al rostro
cierta fisonomía completamente ornitológica; una rala sembradura de
pelos azafranados que rodeaban el largo óvalo de la cara en angosta
faja, semejando el pañuelo que se pone á algunos muertos para que no
se les caiga la mandíbula inferior; una frente estrecha y granulosa,
en la cual había trazado el sombrero amoratada raya, semejante á un
surco de sangre; una cabeza chata, en la cual los cabellos bermejos
se partían en dos graciosas alas; una cara, en fin, que era, si así
es permitido decirlo, la descomposición ó la transfiguración de una
cara hermosa, ó mejor dicho, la caricatura de una raza entera; y
también vió dos manos metidas en bolsillos, y dos pies de mujer,
cuyas puntas apenas asomaban bajo las enaguas que en forma de
pantalones cubrían sus delgadas piernas; un cuerpo sin curvas, sin
formas, sin donaire, como armadura hecha para la ropa; un traje de
mañana rayado de arriba abajo; una corbata graciosamente anudada; un
bastón que salía vertical de uno de los bolsillos, y una pomposa flor
clavada sobre el pecho como el mango de un puñal cuando se acaba de
consumar el asesinato. Y cuando esto vió, León dijo bondadosamente:
«¡Ah! Polito, siéntate. ¿Qué traes por aquí?»
Dejóse caer el joven en una butaca y estiró las piernas con muestras
de cansancio. Habló. Su voz, que se esperaba fuese aguda y adamada,
era ronca y carraspeante, una al modo de tos ó gargarismo hablado,
como esas voces que en la más baja escala social se forman en
el pregón público y se endurecen con el frío de la mañana y el
aguardiente de la noche. Después de hablar un momento, calló para
echarse en la boca un objeto medicinal.
«No puedo abandonar la brea ni un instante...--dijo gruñendo.--Desde
que la abandono, me ahogo... ¿Qué te haces, León? Siempre leyendo.
Envidio tu vida tranquila... No, gracias: hoy no puedo fumar. Me
lo ha prohibido el médico... es preciso ver si combato los ataques
epilépticos... Ahora me encuentro bien. ¿Sabes que voy á Sevilla?
Los muchachos se han animado, y no puedo quedarme aquí. Vamos cuatro
amigos: Manolo Grandezas, el Conde-Duque, Higadillos y yo. Higadillos
tiene que torear los tres días de feria... ¿Por qué no te animas? A
María le gustará mucho ver la feria.
--Si ella quiere ir, estoy dispuesto á llevarla.
--Ella no quiere ir, ese es el caso--añadió el de la ronca voz.--Y
á propósito, _mio caro Leone_, por ahí dice la gente que sois
muy desgraciados, que no congeniáis ni poco ni mucho, que tu
descreimiento es un martirio para mi pobre hermana. Yo me río, León;
me río de esas cosas... «Pero si es el hombre mejor del mundo, si
es un caballero como hay pocos,» les digo... Aquí de mis elogios.
¡Cascarones! ya sabes que yo no digo sino lo que pienso... Anoche
dijeron las de Rosafría que no comprendían, ¡mira tú qué sandez!...
que no comprendían cómo mi hermana se casó contigo. «Pero señores,
sean ustedes razonables, consideren ustedes...» Nada, nada... que
eres de los de cáscara amarga, pero muy amarga. A una señora que tú
conoces, y yo y todos... no te digo quién es... le oí decir estas
mismas palabras: «Antes quisiera ver muerta á mi hija que casada
con un hombre así...» No faltó quien te defendiera, aun en el bello
sexo... «¡Ah! es hombre de grandísimo mérito...» La señora decía que
no con su boca, con su mano, con su abanico... «Hay cosas que no
pueden ser, decía, que no pueden ser...» Por último, querido León, yo
no me atreví á defenderte... Lo que te aconsejo ¡cascarones! es que
no pongas los pies en ciertas casas: te expondrías quizás á recibir
un gran desaire por todo lo alto, ó á que te planten un par de
_palitos cuarteando_. La de Borellano te llama la _bestia negra_...
Sin embargo, dice que eres simpático. Pepe Fontán dijo una cosa
muy chusca á propósito de la inquina que te tiene la de Borellano.
«Nada: todo eso es despecho, porque de todos los hombres que conoce,
León es el único que no le hace el amor.» Ya sabes que ha tenido
un amante por año... Por eso dice Cimarra que no puede ocultar su
edad... ¡Pobre Federico! Cuentan que ha reñido con su mujer y con su
suegro... Parece que falsificó unas letras... Nada, que me le mandan
á la Habana... ¿Pero qué hora es? ¡Las once! ¡Y tu mujer no viene de
misa! Te concedo que son demasiadas misas. ¡Ah! ya sé: ella y mamá
estarán de tertulia con el padre Paoletti, un italiano _berrendo en
negro, retinto_... ¡Casca!... Si yo fuera casado... pero no: yo no
seré cornúpeto, _passez moi le mot_... ¡Oh! si lo fuera, mi mujer
haría mi gusto y nada más. María es buena; pero cuando se la pone una
cosa en el testuz... No creas, yo también le he dicho mis verdades
por su impertinencia... Compañero, es horrible eso de tener una mujer
que constantemente nos esté cantando el estribillo: hombre, confiesa;
hombre, comulga; hombre, ve á misa... ¡Cascarones! Es para pegarse un
tiro... Puesto que le das libertad, ella debiera ser prudente. Por tu
parte haces mal en tomar tan á pechos lo que vale tan poco... Mira
tú, yo dejaría á mi mujer que oyese cuatrocientas veintisiete misas
al día, y que tomara varas con todos los confesores. Poniéndole tasa
en eso de gastarme mi dinero en Manifiestos, le llevaría el genio.
¡Bah! siempre que ella me hablara de cosas santas, yo le diría: «Sí,
hija mía, todo lo que quieras. Eso, y lo otro, y lo de más allá.» En
fin, que no reñiríamos nunca por un dogma más ó menos; y al mismo
tiempo, querido León, yo me divertiría todo lo posible. _Comparito_,
eso de irse al infierno sin pasar antes buena vida, es lo más tonto
del mundo. Aburrirse aquí entre libros, y luego condenarse allá...
porque tú te condenarás y yo también, León... allá iremos todos.»
Y soltó una risa tan estrepitosa como su aliento asmático se lo
permitía. Después se levantó, y poniendo ambas manos sobre la
mesa, cual si su cuerpo no pudiese mantenerse derecho sin ayuda de
puntales, habló así:
«¿Sabes, querido, que me vas á prestar otros cuatro mil reales?»
León abrió una gaveta. Sonreía no sabemos por qué; pero consta que
de todos los individuos de su familia política, aquél era, por lo
inofensivo, el que le inspiraba más lástima, siendo esto tal vez
la causa de que á veces le abriese su bolsa con paciencia y hasta
con gusto, por no contrariar á un sér excesivamente miserable y
desvalido. O quizás plagiaba León el sistema benéfico del vicario
de Wakefield, que siempre que quería sacudirse á algún pariente
importuno, le prestaba dinero, ropa, ó un caballo de poco valor,
«y jamás, dice, se dió el caso de que volviera á mi casa para
devolvérmelo.»
«Gracias, querido _beau frère_--dijo el mancebo, no ocultando la
alegría que en la raza humana acompaña siempre á la adquisición de
dinero.--Te lo devolveré el mes que entra con lo demás... No de
una vez; te advierto que no podré dártelo junto... á plazos sí...
¡Es horrible! Si hubiera tres Semanas Santas en el año, todos los
españoles tendríamos que pedir limosna... ¡Casca, casca!... ¡Vaya con
los petitorios! La otra noche las de Rosafría me comprometieron á dar
mil reales para el Papa... Ya ves... Si el mundo estuviera arreglado,
el Papa debía darnos á nosotros... ¡Eh! ¡So tunante! _¡Lady Bull!_...
¡Eh, venga usted aquí!»
Estas palabras iban dirigidas á una alimaña rastrera y obscura que
había entrado en el despacho con el joven; pero que hasta entonces
se había mantenido en una actitud de circunspección respetuosa. Era
una perrita de la horrible raza _King Charles_, que tenía el color
de ratón, la redondez del puerco-espín, un hocico de mono entre
abigarradas lanas, y una panza de sapo mal sostenida por cuatro patas
pequeñas. Al fin de la conversación, su cascabelillo, hasta entonces
mudo, empezó á sonar, indicando grandes travesuras, y Polito la
descubrió entre unos libros arrinconados en el suelo.
«¡Venga usted aquí, aquí pronto!»
La tomó en brazos. Entonces se sintió ruido de coches y el acompasado
pisoteo de uno de estos caballos españoles que parecen corceles de
estatua ecuestre, trotando eternamente sin salir de su pedestal.
«¡Ah! Ya están aquí--dijo Leopoldo.--Higadillos á caballo y el
Conde-Duque en su _break_... Les dije que pasaran por aquí á
recogerme. Vamos á ver el apartado... Allá voy.»
Desde su asiento vió León el coche detenido junto á la reja, y el
torero á caballo, un grosero mocetón de piernas ceñidas y cintura
fajada, de cuerpo culebreante no falto de belleza escultórica,
rematado por zafia cabeza española de color de tabaco y el sombrero
ancho. El caballo piafaba, y el Conde-Duque contenía los de su
_break_, fogosos animales mestizos de sangre bearnesa y andaluza.
Poco tardó Polito en subir al coche con _Lady Bull_, y la festiva
comparsa se puso en marcha calle abajo, presidida por Higadillos y
alegrada por los cascabeles del tiro á la calesera. León miró con
curiosidad aquel fragmento pequeño, pero expresivo, de la iconografía
contemporánea de España.
XII
Gustavo.
Le miró, y una sonrisa afable, señal inequívoca de complacencia por
la visita, iluminó su semblante triste. Después, las miradas de uno
y otro (pues se hallaban próximos á la ventana) se recrearon en la
frescura aromática del jardín, sobre cuyo verdor pasaba el chorro
de la manga de riego como un plumero de agua que limpia el polvo,
ahuyentando los pájaros, deteniendo á las mariposillas, ahogando á
los insectos, acariciando á las plantas. Hábilmente dirigida por el
jardinero, penetraba en la espesura de los setos de evónimus, se
desmenuzaba para formar polvaredas líquidas en las cuales jugaba
fugaz arco iris. El jardín era nuevo, de esos que se traen de casa
del horticultor como los muebles de casa del tapicero, formando un
todo completo, y se plantan con método, con su selva en miniatura,
sus praderas, sus vergeles, sus peñascos bordados por la hiedra, sus
canastillos llenos de minutisa y de convulvuláceas. Cada conífera
estaba en su sitio, y había corrillos simétricos en los cuales
algunas filas de petunias aparentan estar de rodillas adorando la
majestad de una _araucaria imbricata_, ó la altiva insolencia de un
drago que todo es púas. Diríase que todo acababa de ser desembalado,
cual si más bien fuese hechura de la industria que de la Naturaleza;
pero era bonito, fresco, alegre, y no se podía concebir cosa más
apropiada para separar la calle, que es de todos, de la casa, que es
de uno solo.
Después que contemplaron un rato el jardín, sentáronse á tomar café.
--Antes que se me olvide--dijo Gustavo,--quiero reprenderte una
virtud que por lo mal practicada es dañosa: me refiero á tus
liberalidades, que indudablemente perjudican á tí que las haces y
á mi hermano que las disfruta. Sé que otra vez has dado dinero á
Polito, y esto me disgusta, porque mi hermano es un vicioso de la
peor casta que existe... Aquí en el seno de la confianza, puedo decir
todo lo que siento y juzgar con rectitud á los individuos de mi
familia. Si su conducta me produce vergüenza, prefiero que me abrase
el rostro á que me queme la sangre.»
El que así hablaba era un joven formal y un poco severo, parecido
á sus hermanos y á su padre, pero menos hermoso que María y muy
distante de la extenuación irrisoria de Leopoldo. Su rostro, quizás
demasiado duro, indicaba un carácter entero, rara cosa en tal
familia, convicciones arraigadas y una digna estimación de sí mismo.
Era grave en el discurso, cortés en el trato, huyendo al parecer
tanto de la arrogancia como de la llaneza, y manteniéndose en un
medio de frialdad cultísima que algunos tenían por estudiada. Honrado
y puntualísimo caballero en las relaciones comunes de la vida, poseía
de añadidura instrucción no escasa y brillante talento. Ni alto ni
bajo, ni grueso ni delgado, vestido de obscuro, la mirada serena
detrás de sus lentes, exento de vicios incluso el de fumar, parco en
sus gastos, implacable con el desorden, Gustavo, hijo primogénito del
Marqués de Tellería, era, según el común sentir, lo mejor de la casa,
la honra de la clase en que naciera y una esperanza para la patria.
Inútil es decir que era abogado. Su hermano Leopoldo lo era también,
como casi todos los jóvenes españoles; pero si éste no sabía ya qué
forma tiene un libro, Gustavo estudiaba más cada día y aun defendía
pleitos al amor del bufete de uno de los primeros jurisconsultos de
Madrid. Había seguido la carrera genuinamente nacional y aventurera
por excelencia, y saliendo de la Universidad sin ser nada, hallábase
en camino de serlo todo. Debe añadirse que era orador elocuentísimo.
«A tí, querido León--añadió,--puedo confesarte que tengo horas de
amarga tristeza por la conducta de alguna persona de mi familia, de
todas ellas, mejor dicho, exceptuando á ese ángel que es tu mujer y
al otro ángel quizás más perfecto que vive lejos de nosotros. ¿No es
horrible ver á mi hermano corroído por el vicio, encenagado en la
frivolidad corruptora que envilece á tantos individuos, no diré de
nuestra clase porque no es exclusiva de ella esta ignominia, sino de
todas las clases? Empeñándose en hacer un papel superior á nuestros
medios de fortuna, el ejemplo de otros le arrastra á una disipación
absurda. Pero esos otros son ricos, y mi hermano no. Yo me indigno
al ver á Leopoldo guiando coches y montando caballos que cuestan más
de lo que él puede poseer en un año... Además, si su ignorancia me
aflige, su holgazanería me desespera. ¡Oh! tienes razón en lo que me
has dicho alguna vez. Es muy exacta tu observación de que así como la
plebe tiene su aristocracia, la nobleza tiene su populacho... Pero,
en fin, no hablemos más de esto que me entristece. Queda demostrado
que no debes alentar el libertinaje de Polito.»
León dijo algo, y Gustavo le contestó así:
«Sí: creo que mis padres tienen la culpa. Nuestra educación ha sido
muy descuidada. Es tontería disimular que mi madre... gran trabajo
me cuesta esta confesión... no ha sabido apartarse y apartarnos á
tiempo del torbellino de la sociedad sedienta de goces; ha vivido más
fuera de su casa que dentro. Hoy mismo... ¿por qué he de ocultarte
lo que sabes tan bien como yo? hoy mismo, cuando nuestra fortuna ha
mermado tanto, y según creo, lo poco que resta será bien pronto de
los acreedores, ¿no es monstruoso que mi madre sostenga su casa en un
pie de lujo que no nos corresponde?... ¡Infame vanidad!... Cuando veo
los saraos dispendiosos de mi casa, lo que en vanas apariencias se
gasta allí donde escasean tantas cosas, tantas... que son necesarias;
cuando veo la escandalosa variación de vestidos de mi madre, su
asistencia casi diaria á los teatros, su afán de competir con quien
tiene mucho más dinero que nosotros; cuando veo esto, León, siento
impulsos de renunciar al porvenir que he soñado en mi patria, y
correr á buscar un pedazo de pan en país extranjero.»
León le interrumpió para hacer una observación, á lo que Gustavo
contestó así:
«Yo de buena gana me iría; pero... qué quieres... no se puede
abandonar el porvenir que ya está á medio conquistar; no se decide
uno á abandonar el terreno ganado á fuerza de estudio. Además, por
lo mismo que preveo grandes desastres en mi familia, creo que debo
estar presente en el momento del naufragio... Conformémonos con
esta vida odiosa y triste... Tú no conoces ciertas interioridades
vergonzosas, León; tú no sabes lo que es vivir en una casa donde
todo se debe, desde las alfombras hasta el pan de cada día, ni
conoces los escalofríos producidos por la campanilla del terror,
anunciando perpetuamente á los industriales afligidos ó furibundos
que van á reclamar su dinero; ni tienes idea de las farsas que se ven
obligadas á representar cada día personas cuyo nombre solo parece
debiera ser emblema de respeto y formalidad; ni conocerás nunca esa
agonía profunda en que se ven personas decentísimas por carecer en
un momento crítico de cantidades que no quitarían el sueño á un
jornalero.
»Tú que tienes fortuna y modestia, la cual es como segunda fortuna
que beneficia á la primera, no conoces las ansias de este vivir en
plena comedia entre el humo de la vanidad y sobre las ascuas de la
escasez. Tranquilo y dichoso, sin otra pasión que la del estudio,
libre de los aguijonazos de la ambición que quitan el sueño, y de
los tropiezos y reveses que amargan la vida, pareces el niño mimado
de la Providencia; aquí, en esta casa no sitiada por acreedores, ni
asaltada por las visitas, en la dulce compañía de tu mujer querida,
que es un ángel... ¡Pobre María!»
Después de una pausa, durante la cual el sesudo joven parecía leer
alguna cosa en la frente de su cuñado, dijo con amargura:
«¡Y sin embargo, León, no has sabido hacerla feliz!»
Palabras vivas, una observación seca y tonante como un disparo,
y, por último, una afirmación categórica, provocaron la siguiente
respuesta:
«Tu primer deber es evitar el escándalo y no dar al mundo el
espectáculo de una unión descompuesta y perturbada por la disensión
religiosa. Ya que tienes la desgracia de no creer, debiste ocultar á
tu esposa esa llaga de la conciencia; debiste abstenerte de publicar
ciertos escritos científicos. De todos modos es malo el ateísmo;
pero cuando carece de pudor, cuando no se disimula á sí propio,
es más repugnante. Toda deformidad debe ser velada, y las de la
conciencia más, para no ofender á la moral pública... No esperes que
sea indulgente contigo en esta cuestión; ya conoces mi carácter, ya
sabes que no puedo ocultar lo que siento. Yo te estimo, reconozco
tus buenas cualidades, tu bondad relativa, tu moralidad pasiva, pues
no merecen otro nombre las perfecciones y méritos de los que viven
fuera de la verdad revelada; confieso que eres mejor que algunos que
se tienen por creyentes; que posees las virtudes frías y correctas
de la filosofía pagana, y que cumples ciertos preceptos por la razón
sencilla de que es _cómodo ser bueno_, y porque el cumplimiento
de los deberes externos siempre trae ventajas al individuo; sé
que obedeces á tu helada moral filosófica como obedece el buen
contribuyente y ciudadano los reglamentos de policía y de higiene; te
declaro de los mejores en esta baraúnda de hombres corrompidos; te
tengo aprecio y aun cariño; te admiro por tu talento; pero á pesar
de todo, óyelo bien: si yo... si yo, León (al decir esto se levantó
alzando el brazo en actitud harto apostólica), hubiera tenido en mi
mano la mano de María, no te la habría dado jamás, ¿lo entiendes? ¡no
te la habría dado jamás!»
Habló entonces León con más calor, y Gustavo le dijo:
«¡Oh! Yo detesto también la hipocresía. No admito más que dos
caminos: ó ser católico ó no serlo. En nuestra fe sacratísima no
caben distingos ni acomodos. Yo soy católico, y como tal procedo en
toda mi vida; yo no tengo el dogma en mi boca y el ateísmo en mis
actos; yo, despreciando los juicios de la frivolidad, oigo misa,
confieso, comulgo, practico el ayuno. Me glorío de recibir los
ultrajes de la canalla desvergonzada que aparenta dirigir la opinión,
y á su cinismo opongo yo mi valor, y á su chismografía volteriana
los principios santos y la autoridad de la Iglesia. Estas ideas,
este rigor de mi vida llena de dignidad, yo los llevaré á la vida
pública cuando entre en ella... porque entraré impulsado por una
secreta vocación de soldado y de mártir, y por la mano de Dios que no
quiere quedar sin defensa en esta arena sangrienta de las pasiones
humanas. Si hay hombres perversos que han desenjaulado á las fieras
del descreimiento y del racionalismo, Dios arrojará á sus domadores
en medio de ellas. Al hombre que te manifiesta estas ideas con tanto
tesón, no le pidas indulgencia para las disensiones de tu casa, ni
le exijas que participe del criterio acomodaticio, según el cual
mi hermana y tú tendríais igual culpa de vuestra desgracia. No, mil
veces no. Ella no tiene culpa ninguna, ¡tú la tienes toda, tú toda!
La verdad no puede transigir con el error. En este caso, tú has de
sucumbir y ella ha de permanecer siempre levantada y triunfante.»
A esto, León le hubiera contestado algo; pero deseando poner á un
lado aquel desagradable tema, llevó el curso de la conversación á
otro que era de mucho gusto para el joven. Este abandonó el tono
apocalíptico para hablar así:
«Es verdad: los votos de tus arrendatarios de Cullera me han salvado.
Ya tengo por seguro el triunfo... Aquí, en confianza, yo he deseado
mucho ir á las Cortes... comprendo que es mi camino, mi carrera.
Cuando se tienen principios fijos y el inquebrantable propósito de
sostenerlos á todo trance, la vida pública es honrosa. El tiempo en
que vivimos convida á la lucha, ¿no es verdad?... porque cuando los
caracteres han desaparecido anegados en una riada de corrupción, ¿no
es ventajoso y lucido mostrar carácter y que se diga: «ese es un
hombre?» Cuando la lógica humana y la verdad ultrajada piden que haya
azotes, ¿no es hermoso y brillante tomar el látigo? La civilización
cristiana es como un hermoso bosque. La religión lo ha formado en
siglos; la filosofía aspira á destruirlo en días. Es preciso cortarle
las manos á esa brutal leñadora. La civilización cristiana no puede
perecer en manos de unos cuantos ideólogos auxiliados por una gavilla
de perdidos que, por no tomarse el trabajo de tener conciencia, han
suprimido á Dios.»
Enarboló la mano flexible y pesada, blandiéndola como la palmeta de
un maestro de escuela, y en pie, dispuesto á partir, dijo:
«Amigo, casi hermano, te profeso sincero cariño; pero en tocando
al punto negro, cuidado, mucho cuidado. Si la llaga de tu casa se
agrava, ponte en guardia... Me verás al lado de la víctima, al lado
de mi pobre hermana... Adiós.»
Se fué. Viéndole salir, León sintió que un secreto pavor llenaba su
alma, dejándole por algún tiempo imposibilitado de pensar nada claro.
XIII
El último retrato.