en misa: yo pensaba ir también; pero ya es tarde... Alcanzaré la
de once en San Prudencio... ¿Qué tienes?... estás pálido. ¿Habéis
reñido?... Pero me sentaré... Dime, ¿cuánto te han costado esas
estatuas? Son hermosísimas. Tienes una linda colección de bronces...
Pero dime, ¿todavía vas á meter más libros en este despacho? Esto es
la biblioteca de Alejandría. ¡Oh! ¡no es como tú toda la juventud
de estos tiempos!... ¡Qué chicos los de hoy! Yo no sé qué será del
mundo cuando lleguen á la edad madura esa multitud de jóvenes
viciosos, ociosos y enfermos que hoy son el adorno principal de
esta sociedad... Pues todavía hay un mal mucho peor. Pase que los
muchachos sean casquivanos y sin substancia... pero los viejos son
más viciosos, más frívolos, más disipadores, más holgazanes que los
chicos... He llegado al asunto delicadísimo de que quiero hablarte,
querido hijo. Siéntate y atiéndeme un poco.»
Azotó la Marquesa con su hermosa mano el brazo de la butaca más
próxima, y sentado en ella León, dispúsose á oir á su madre política.
Era ésta una dama de gentil porte, bruscamente desmejorada después
de una larguísima juventud, por repentinas dolencias que se habían
presentado cual acreedores, tanto más implacables cuanto más
rezagados. Y no obstante, aún la hermosura de la dama prevalecía
resplandeciendo débilmente en su cara, y descendía hacia el horizonte
entre las caliginosas brumas de un blanquete no siempre aplicado
con comedimiento y habilidad. Aquella puesta de sol no era de las
más espléndidas. Su cuerpo airoso y antaño lleno de majestad, se
inclinaba ya como presintiendo su bajada á las frías honduras del
sepulcro, si bien el férreo costillaje del corsé mantenía en aparente
firmeza y redondez aquella desplomada arquitectura. Sus ojos, negros
y hermosos, eran lo menos muerto de aquel conjunto moribundo, y á
veces se abrillantaban con gracia y embeleso, semejando á un rasgo
de inspiración en medio de la oda académica compuesta de imágenes
arcáicas y manoseadas. Su cabello, que del negro andaluz había pasado
al rubio veneciano, pasaba ora del rubio de Venecia á un plateado
indeciso y pulverulento.
Su tez, áspera ya y sin lisura, desaparecía bajo una especie de
vello artificial en que se confundían sutiles alquimias olorosas,
dispuestas para engañar al espectador, bien así como en los teatros
el pintado lienzo imita la verdura de los bosques y aun la diafanidad
y pureza del cielo. Pero aquel efecto, conseguido hasta cierto punto
en las acecinadas mejillas de la señora en decadencia, perdíase á
veces, porque la comprada blancura del rostro hacía que amarilleasen
un poco los dientes, todavía enteros, bonitos, iguales. Su sonrisa,
toda gracia y desdén, los mostraba á cada rato, por hábito antiguo
que bien pronto habría de modificarse, si aquel lindo teclado
doble comenzaba á desorganizarse como un ejército que cree haber
peleado bastante. Vestía gallardamente y con elegancia. Su habla era
abundante, con pretensiones, no siempre inútiles, de añadir tal cual
frase ingeniosa al aluvión de palabras insubstanciales que forma el
fondo de la conversación corriente entre personas sin médula.
«Ya escucho, señora,--dijo León.
--No me gustan rodeos--añadió la Marquesa.--Además, María te habrá
hablado de esto. Tu padre político es un perdido.
--Creo que exagera usted un poco. El Marqués gusta de divertirse...
es gusto muy general entre las personas que no tienen nada que hacer.
--No, no, no le defiendas. La conducta de Agustín es indefendible...
¡A su edad!... Lo extraño es que en sus mejores tiempos ha sido un
hombre recogido, prudente, callado y metido en casa. Créelo: me
repugna ver al Marqués hecho un viejo verde. Y no es otra cosa;
aquí le tienes pintado en dos palabras: un viejo verde. Hace dos
años, casi desde que te casaste con mi hija, mi querido esposo
empezó á frecuentar el _Círculo_ de los muchachos; tropezó con
algunos mozalbetes que le enloquecieron, cambió de lenguaje, de modo
de vestir, trasnochó, jugó... ¿Pero tú no notas que hasta parece
rejuvenecido? ¿No te hace reir, confiésalo con franqueza, su empeño
de parecer pollo? Le verás siempre en las cuadrillas de muchachuelos
que mariposean por Madrid... De veras es cómico... Siempre le tienes
de flor en el ojal... Esta mañana le he dicho algunas verdades
un poco duras. Yo no sé cómo se las compondrá él con su sastre,
porque es un gasto de ropa que abruma... Aquí en la confianza de
la familia, se puede decir todo, León. Mi buen marido gasta lo que
no tiene ni puede tener en toda su vida. Nunca fué ordenado, pero
tampoco disipador; jamás escribió un número en un pedazo de papel,
pero tampoco se dejó arrastrar por el afán de un lujo imposible...
¿Y quién es la víctima de esto? Yo, yo, que habiéndome sacrificado
siempre, debo sacrificarme también ahora, cuando mi salud está
quebrantada y necesito sosiego, descanso, paz. ¡Ay! ¡cuánto envidio
á la que reina en esta casa! ¡Con cuánto gusto aceptaría un rincón
en ella, aunque fuera el más humilde!... Es un tormento mi vida.
Agustín gasta lo que no tiene; Gustavo es formal y bueno, pero muy
poco apegado á sus padres; Leopoldo no es ni será nunca nada, por
su ineptitud y esos hábitos de ociosidad y disipación adquiridos á
pesar de mis esfuerzos para evitarlo. Y gracias que el Señor, al
paso que me da tales pruebas de sus rigores, me las da por otro
lado clarísimas de su misericordia... ¡Qué orgullo tan grande para
una madre tener dos hijos como Luis Gonzaga y María, aquél tan
profundamente apegado á su carrera eclesiástica que será, según me
dicen los Padres, un verdadero santo; ésta casada contigo, feliz
contigo, ofreciendo contigo un modelo de matrimonios pacíficos y en
completa armonía! ¡Lástima que no tengáis hijos!»
Al llegar aquí, la Marquesa, dejándose llevar de su sentimiento, dió
libertad á algunas lágrimas que no llegaron á rodar por sus mejillas:
tan prontamente las atajó secándolas con su pañuelo. Después siguió
exponiendo las penas que afligían su corazón de esposa y de madre.
Según dijo, había padecido mucho por el carácter ligero del Marqués
y la condición díscola ó superficial de Gustavo y Leopoldo; había
consumido su juventud y lo mejor de su vida en esfuerzos heróicos
para evitar el hundimiento de la casa de Tellería; había sacrificado
para este fin importantísima parte de su dote, que no era un grano
de anís; pero reservaba lo mejor, sí, y lo reservaría aunque los
chicoleos juveniles del Marqués y los extravíos de sus hijos
llegasen al último extremo. Ella no podía exponerse á una vejez de
miseria humillante, ni á vivir de la limosna de su hija, casada
con un hombre rico: sus hábitos, sus principios, su dignidad, no le
permitían sacrificar tampoco lo mejor de su dote al hombre imprudente
que había esparcido por las mesas verdes de los casinos y por los
cuartos de las bailarinas el patrimonio de Tellería... ¡Y si ella lo
dijese todo, si ella revelase lo más negro...!
«Sí, lo revelaré... á tí se te puede decir todo--añadió mirando á su
yerno con cierto éxtasis.--No sólo tienes el deber, sino el derecho
de conocer las debilidades de tus padres... Me han dicho que el
Marqués está enredado con... la habrás visto, habrás oído hablar de
ella... esa que llaman _la Paca ó la Paquira_... no vale nada, pero
es graciosa y elegante. Le comió al Duque de Florunda lo poco que
le quedaba... Figúrate tú ese mamarracho de Agustín, que casi está
con un pie en el sepulcro... Esto más que ira da compasión, ¿no es
verdad?»
León meditaba.
«¿En qué piensas, hijo?
--En que la virtud cardinal del matrimonio es la paciencia.
--Eso quiere decir que sufra y aguante... ¡Pero si mi vida ha sido
un puro martirio!... Yo seguiría resistiendo si los despilfarros y
las locuras de Agustín no me trajeran compromisos graves que tocan al
buen nombre de nuestra casa. Estoy apuradísima... ¿qué crees? ¡Oh!
Siento mucho decirte que no puedo darte los sesenta mil reales que me
prestaste y que yo debía devolverte este mes como convinimos.
--No importa--dijo León deseando cortar delicadamente aquel
asunto.--No se ocupe usted de eso.
--Es que no sólo no puedo darte aquellos tres mil duros, sino que me
hacen falta otros tres mil.
--Tampoco importa: los tendrá usted.
--¡Otros tres mil! Esto es horrible. ¡Cómo abuso de tu bondad!...
Será la última vez, porque estoy decidida á montar la casa con un
régimen muy estrecho... Yo te doy garantías con mi casa de Corrales
de Arriba.
--No es preciso garantía... Repito...
--¡Gracias, gracias!... ¡Eres tan buen hijo!... ¡te quiero tanto!...
¿Cómo te pagaré?...--dijo la Marquesa visiblemente trastornada por
una emoción verdadera.--No creas: también tú tienes que agradecerme.
Me ocupo de tí, de tu bien, y algunas veces me apresuro á quitar de
en medio alguna nubecilla que pueda dar sombra á tu felicidad. Anoche
reñí con tu mujer.
--¿Con María?
--Con María, sí: también ella tiene sus defectos, aunque defectos
que, según dicen, no son otra cosa que exageración de las virtudes.
Ya sabes que es muy religiosa, excesivamente religiosa. Hace tiempo
comprendí que por este motivo de la religión habría en vuestro hogar
algunos disgustillos.»
León dió un suspiro.
«Algunos--indicó;--pero no graves.
--Vamos, no vengas á quitar importancia á vuestras desazones--dijo la
Marquesa, contrariada de que León suavizase lo que á ella le convenía
endurecer.--La pobre muchacha te quiere ciegamente; su amor está
sobre todo; pero le atormenta mucho tu fama de ateo. Ya sabes que
los pensamientos de mi hija son indóciles é indomesticables como las
fieras del desierto.»
León hizo con la cabeza un triste signo que indicaba una respuesta
afirmativa más triste aún.
«Pase que no vea con gusto tu irreligiosidad... Eso es natural... Nos
han enseñado una fe, y en ella debemos vivir y morir. Pero que llore
y se desespere porque no vas todos los días á la iglesia como ella,
ni confiesas cada mes, ni gastas tu dinero en bobadas... vamos,
esto es ridículo. ¡Cuánto le he predicado anoche!... ¿qué crees?...
me enfadé, le reñí, golpeé en su cabeza dura como se golpea en un
yunque, y al fin...
--¿Y al fin?...
--La convencí, sí, la convencí de que no se puede exigir á los
hombres ciertas prácticas, que si en nosotras están bien, en ellos
serían ridículas, ferozmente ridículas. Buen trote llevan los hombres
del día para que se les quiera meter en las iglesias. Yo digo una
cosa: María empleando su tiempo en devociones, y tú gastándolo en tus
estudios, podéis ser muy felices. ¿A qué entrar en honduras? ¿Acaso
tú le impides que rece todo lo que quiera? Los hombres de hoy tienen
sus ideas, y no es posible luchar con ellos. Nadie hay más religiosa
que yo; pero no quiero meterme en cosas que no entiendo. Las mujeres
no somos sabias: creemos y creemos y creemos. Un matrimonio que se
desavenga por esto, me parece el colmo de la tontería... ¿Pero no
sabes su pretensión? Aspira nada menos que á convertirte, á hacerte
aborrecer tus ideas y adorar las suyas... Vamos, no pude tener la
risa cuando le oí esto. ¿Sabes qué dice? Que su mayor gozo sería
quemarte todos los libros que tienes aquí... ¡Qué lástima! ¡unas
encuadernaciones tan bonitas!... Buen cuidado me daría á mí de que
mi esposo no me imitara en mis devociones, con tal de que me amase
mucho y no amase á ninguna más que á mí... ¡Celos de los libros!
jamás. Eso es de mujeres tontas. No puedes figurarte con qué fuerza
le hablé: le dije que tú eras el hombre mejor de la tierra... Ella
convenía en esto; pero... nunca le faltaban peros. Le dije que vales
más que ella, infinitamente más que ella; que eso del ateísmo es un
fantasma; que aunque se habla de ateos, no hay tales ateos, así como
se hablaba antes de las brujas á pesar de no existir tales brujas.
Le dije que no pensara en esa sandez de convertirte, y que lo mejor
que podía hacer para tener paz perpetua en su casa, era aflojar un
poco en su monomanía, ¿no te parece?... Quizás le convenga mudar
de confesor, ¿no te parece?... En esto debe imitarme. Yo soy muy
religiosa; cumplo fielmente todos los preceptos; contribuyo al culto
con lo que puedo; pero nada más. ¿No crees que mi hija deba imitarme?»
León no contestó nada. Estaba taciturno y abstraído. Bruscamente echó
de sí una idea lúgubre, como quien espanta un abejón que zumba, y
mirando á su suegra, le dijo:
«Hoy mandaré á usted los sesenta mil reales.
--¡Ah! ¿te ocupabas de eso?--repuso la Marquesa, cuyo
semblante parecía que con la irradiación del gozo se ponía
fosforescente.--Bueno: mándalo, te daré el recibo... ¡Pero cómo me
estoy aquí charla que charla! Con tu buena compañía me olvido de que
tengo prisa, mucha prisa, muchísima. ¡Las once!... ¡Voy á perder la
misa!...»
Levantóse apresuradamente y dió la mano á su yerno.
«El Padre Paoletti predica hoy... Adiós... Corro á San Prudencio.
¿Qué quieres para tu mujer? Le diré que venga pronto á casa, que
estás muy solo. Abur, abur.»
X
El Marqués.
Era de cuerpo pequeño, rostro fino y afeminado, al cual daba por
cálculo, trocado al fin en costumbre, una gravedad pegadiza,
semejante á un cosmético que empleara diariamente metiendo el dedo
en los botes de su tocador de viejo florido. Ojos, nariz y boca eran
en él, como los de su hija, de una corrección admirable; mas lo que
en ella cautivaba, en él hacía reir, y lo serio se mudaba en cómico,
porque nada es tan horriblemente bufón como la fisonomía de una
mujer hermosa colgada como de espetera en las facciones de un viejo
mezquino.
Su vestir correctísimo y elegante, sus ademanes desembarazados, su
cortesía refinada y desabrida, que encubría una falta absoluta de
benevolencia, de caridad, de ingenio, adornaban su persona, brillando
como la encuadernación lujosa de un libro sin ideas. No era un
hombre perverso, no era capaz de maldad declarada, ni de bien: era
un compuesto insípido de debilidad y disipación, corrompido más por
contacto que por malicia propia; uno de tantos; un individuo que
difícilmente podría diferenciarse de otro de su misma jerarquía,
porque la falta de caracteres, salvas notabilísimas excepciones, ha
hecho de ciertas clases altas, como de las bajas, una colectividad
que no podrá calificarse bien hasta que los progresos del neologismo
no permitan decir _las masas aristocráticas_.
Y aquel sér vacío y sin luz tenía palabras abundantes no exentas
de expresión, y manejaba á maravilla todos los lugares comunes de
la prensa y de la tribuna, sin añadirles nada, pero tampoco sin
quitarles nada. Era, pues, un propagandista diligente de ese tesoro
de frases hechas, que para muchas personas es compendio y cifra de
la sabiduría. Era de los que constantemente desean que haya _mucha
administración y poca política_; estaba convencido de que _este
país es ingobernable_; deseaba que se conservasen _las venerandas
creencias de nuestros antepasados_, para que volviéramos á ser
asombro de _propios y extraños_; creía firmemente que _aquí no puede
haber nada bueno_; _que éste es un país perdido_, á pesar de _la
fertilidad del suelo_; y al mismo tiempo sostenía con rutinaria
devoción los dogmas inquebrantables de la _hidalguía castellana_,
de la _religiosidad nunca desmentida del pueblo español_, de la
_tendencia materialista del siglo_, etc. Tenía además _grandísimo
horror á las utopias_, y para él todo lo que no entendía era una
utopia. A la pandereta de su verbosidad no le faltaba, como se ve,
ninguna sonaja.
«¡Siempre aquí, siempre en este bendito despacho, que parece la celda
de un prior por sus buenas luces y su tamaño, y habitación de un
príncipe por las obras de arte que contiene!... siempre aquí, querido
León. No se te ve en ninguna parte. ¿Y María? Anoche estuvo en casa;
no faltaron las lágrimas de siempre. Va á que su mamá la consuele,
y Milagros y ella cuchichean... Yo creo que entre las dos te ponen
como ropa de Pascua. Allí no se piensa más que en los abonos de los
teatros y en los Triduos de San Prudencio. Después de misa se reúnen
todas á hablar de modas... ¿Estás enfermo? Te encuentro pálido; ¿que
tienes?
--¿Yo?--dijo León mirando á su suegro como quien despierta de un
sueño y se ve delante de un desconocido...--¿Decía usted...?
--Que si estás malo. Tienes muy mala cara. Anoche se habló de tí en
casa de Fúcar... Por cierto que nunca he visto al Marqués de tan mal
humor. Desde que Pepa se casó con Cimarra, el pobre D. Pedro no hace
más que tragar hiel... ¡Pobre Pepa! Se cuentan de Federico horribles
bribonadas... ¡Y qué niña tan bonita tiene Pepa! ¿La has visto? ¿No
vas por allá?... Tienes buenos cigarros, á fe mía...»
El humo de los dos habanos se juntaba subiendo al techo. Por un
instante reinó profundo silencio en la hermosa pieza. Oíase tan
sólo el efervescente rumor del chorro de la manga de riego con que
el jardinero refrescaba los macizos del jardín. En habitaciones
lejanas cantaban algunos pájaros aprisionados, cuyo charlar parecía
una disputa de todas las notas musicales, discutiendo sobre el mejor
modo de formar una sinfonía en un cerebro wagneriano. En el despacho,
un gran atlas geológico, abierto sobre ancho atril casi tan grande
como un facistol, mostraba en franjas de colores las edades del
mundo. En la mesa veíanse flores abiertas en canal, mostrando sus
ovarios misteriosos; insectos rotos en estado de autopsia; ejemplares
conchylológicos aserrados por la mitad, revelando el secreto de sus
graciosas bóvedas esmaltadas de rosa y nácar; láminas representando
huevos en distintos grados de incubación; modelo del ojo humano
en cartón y del tamaño de un coco; y en medio de tales baratijas
resplandecía el lente de un microscopio, reflejando un rayo de sol y
enviándolo cual mirada curiosa sobre la cabeza del Marqués, que, por
lo desnuda de cabello, convidaba al estudio de la craneoscopia.
«¿Te dedicas también á la Historia Natural?--dijo éste con expresión
de tolerancia.--Esa parece ser la ciencia del día, la ciencia del
materialismo. ¡Bonito servicio estáis haciendo al género humano,
arrancándole _sus venerandas creencias_, para darle un cambio...
¿qué?... la famosa hipótesis de que somos primos hermanos de los
monos del Retiro!»
Rióse con pueril carcajada de su propia ocurrencia, y después echó
una ojeada sobre los estantes de libros.
«¿Sabes--dijo súbitamente,--que soy ponente de la Comisión que ha de
dar informe sobre la _Ley de vagos_?
--Darán ustedes un informe brillante.
--¡Oh! es cuestión delicada--añadió el Marqués, echándose atrás en
la mecedora, de modo que se quedó mirando al cielo y con los pies
en el aire;--es la cuestión madre. Yo le he dicho varias veces al
Presidente del Consejo: «Mientras no tengamos una buena _Ley de
vagos_, no hay que pensar en una buena política.» Hay que ir al fondo
de las cosas, á las causas fundamentales, ¿no te parece? De la
multitud de holgazanes y gentes de mal vivir, cesantes hambrientos y
pillastres que aguardan las revueltas públicas para hacer su agosto,
proviene el malestar en que vivimos. Bárreme toda esa inmundicia y te
respondo del orden social.
--Muy bien pensado--dijo León.--Barrer, barrer es lo que importa.
--¡Ah! lo malo es que no puedo dedicar á la Comisión todo el tiempo
que deseara. Estoy muy ocupado. Y á propósito, querido León, tengo
que hablarte de un negocio.»
Había llegado al punto que era objeto de su visita; pero abordándolo
con grandísimo interés, que hacía palpitar su corazón, lo disimulaba
expertamente. No podían faltar á aquel hombre enteco emociones
íntimas y donosura cortesana para velarlas.
«Ya sabes que soy consejero de Administración del _Banco de
Agricultores_. Es una empresa grande, patriótica. Hemos de _levantar
el crédito territorial del abismo en que yace_.»
Esta y otras frases de suelto financiero andaban por la boca del
Marqués de Tellería como Pedro por su casa. Dijo después varias cosas
jamás oídas, á saber: que España es _esencialmente agrícola_; que
la riqueza agrícola no puede desarrollarse por falta de capitales;
que los capitales existen... ¿pues no han de existir?... pero que
es preciso reunirlos, encauzarlos, distribuirlos convenientemente
para que fertilicen... para que beneficien... para que fecunden...
El Marqués no pudo acabar la frase, que por ser de su invención y
no del repertorio, se le atascó. El _Banco de Agricultores_ estaba
íntimamente ligado á la gran compañía inglesa _Spanish Phosphate
Limited_, destinada á hacer una transformación en nuestro país...
Era una idea estupenda. ¡Capitales, abonos! He aquí los dos _polos
del eje sobre que ha de girar la regeneración agrícola del país_.
(Esta también era frase de prospecto.) El Marqués concluyó la arenga
diciendo con aparente indiferencia:
«¿Qué te parece? ¿Colocarás parte de tus capitales en nuestras
acciones?
--Necesito mi capital para vivir,--dijo León con fingida inocencia.
--¡Hombre!...»
León le dijo algo tan crudo sobre ciertas sociedades, que el Marqués
perdió de súbito aquel colorete enfermizo que teñía sus mejillas y
parte de su nariz, un no sé qué purpúreo como zumo de moras, que
eclipsándose ó apareciendo en su cara, expresaba los distintos
afectos de su alma. Después de una pausa, durante la cual empeñóse
en dar á las guías de su bigote blanquinegro el aspecto terrorífico
de las astas de un toro, se levantó y se puso á observar los objetos
de Historia Natural. «Bien: no hay más que hablar de este asunto,»
murmuró.
Siguió observando, revolviendo, tocando aquí y allí, cogiendo algunos
objetos para acercarlos á sus ojos, y adaptando después uno de éstos
al ocular del microscopio, para decir con el singular orgullo de sí
misma que caracteriza á la ignorancia:
«Pues yo no veo nada... Yo no sirvo para esto... Gracias... que te
aproveche tu microscopio. Dime, ¿y con esto ven ustedes el alma?...
¡Ya! como no la ven, sostienen que no existe.»
Y antes que su yerno le diese contestación, fuese á él, parósele
delante, le miró un buen rato, y moviendo la cabeza, le dijo:
«Estoy pensando que á mi pobre hija no le falta razón para
quejarse... No es esto decir que no seas un bendito, León; pero
vamos á cuentas. Ella tiene sus creencias; tú tienes las tuyas;
mejor dicho, no tienes ninguna. Tu falta de religiosidad y tu desdén
por las _venerandas creencias del pueblo español_ la ofenden, la
lastiman, la afligen sobremanera. Querido--añadió poniéndole la mano
en la frente con apariencias de cariño,--recuerda que el pueblo
español es eminentemente religioso. Pues qué, León, ¿estamos aquí en
Alemania, país de las locas _utopias_?»
León dijo algo.
«No, no, no basta que la dejes en libertad--replicóle Tellería con
viveza.--Es preciso que tú hagas algo. Tienes una fama de ateo que
espanta. Yo... te soy franco: más querría perder mi posición y mi
nombre en el mundo, que tener esa fama de ateísmo que tú mismo te has
ganado. Comprendo las angustias de María: ella es religiosa; parece
que, nacidos de un mismo vientre su hermano y ella, nacieron para
ser santos... ¡Y concluirá por tenerte horror, y te aborrecerá, y
no querrá vivir contigo...! Y si así sucede, tuya será la culpa por
haberte significado demasiado en tus obras. Hombre, el que más y el
que menos todos tenemos nuestra levadurilla de herejía... es decir,
yo no tengo nada, yo soy ortodoxo hasta la médula; á mí no me vengan
con filosofismos... Lo que hay es que todos, aun siendo creyentes,
cumplimos mal, nos descuidamos; pero somos prudentes, tenemos tacto,
guardamos las apariencias... consideramos que vivimos en un pueblo
_eminentemente religioso_... recordamos que las clases populares
necesitan de nuestro ejemplo para no extraviarse. Aquí no estamos
en Alemania. ¡Oh! te juro que aborrezco las _utopias_. El pueblo
español tendrá muchos defectos, pero jamás ultrajará lo que ha sido
causa de su gloria y del respeto que infundió _á propios y extraños_.
Por encima de nuestras miserias descollará siempre la _hidalguía
castellana_, para...»
El noble señor no pudo concluir su frase, porque León le interrumpió
hablándole con viveza y energía. Oyóse durante largo rato la voz de
uno y otro, y allá en la pieza lejana donde cantaban los pájaros,
María y su hermano Leopoldo suspendieron su conversación para prestar
oído al rumor parlamentario que del despacho venía.