la mesa, levantóse, y después de dar algunas vueltas alrededor de
León, que permanecía sentado, le puso la mano en el hombro, y en voz
baja le dijo:
«Señor sabio, también los ignorantes depravados fijan su mirada en
el porvenir; también forman sus planes, no con matemáticas, pero
quizás con más garantía de seguridad que los hombres prácticos.
Digamos, entre paréntesis, que el burro es un animal práctico... No
condenan el matrimonio: al contrario, le consideran necesario para
el adelantamiento de las sociedades y el perfeccionamiento de las
condiciones...»
Dió otras dos vueltas y añadió:
«De las condiciones del individuo. Ya comprenderás lo que quiero
decir... Por acá no somos sabios, ni después de enamorarnos como
cadetes hacemos un estudio exegético de las cualidades de las dignas
hembras que van á ser nuestras mujeres... no aspiramos tampoco á
fabricar caracteres: esta manufactura la tomamos como está hecha por
Dios ó por el Demonio. Eso de casarse para ser maestro de escuela,
es del peor gusto. A otra cosa más que al carácter debemos atender
en estos apocalípticos tiempos que corren. La desigualdad de fortuna
entre los seres creados, y el desgraciado sino con que algunos
han nacido; el desequilibrio entre lo que uno vale y los medios
materiales que necesita para luchar con y por la vida, ¡oh! el pícaro
_struggle for life_ de los transformistas, es mi pesadilla... la
falta de trabajo que hay en este maldito país, y la imposibilidad de
ganar dinero sin tener dinero... ¿oyes lo que digo?... pues estas
causas todas y otras más nos obligan á considerar antes que el mérito
de nuestras futuras...
--¿Qué?...»
Cimarra hizo con los dedos un signo muy común, diciendo: «El
_trigo_...»
Como se ve, de su agraciada boca afluía el lenguaje complejo de
ciertos jóvenes del día, y mezclaba el idioma de los oradores con
el de los tahures, las elegantes citas en habla extranjera con los
vocablos blasfemantes que aquí no se pueden decir...
«La vida moderna--añadió,--se hace cada vez más difícil; los ricos
como tú pueden echarse á volar por el mundo de las moralidades y
no poner en su corazón deseo que no sea puro, ni tener pensamiento
que no sea la quinta esencia del éter más delicado. Pero no hay
que exagerar, como dice Fúcar. Yo sostengo que eso que los tontos
llaman el vil metal, puede ser un gran elemento de moralidad. Yo, por
ejemplo...
--¡Tú! ¿de qué eres ejemplo tú?...
--Yo... quiero decir que hallándome en posesión de una fortuna, sería
un modelo de patricios, y quizás pasaría á la posteridad con el
calificativo de ilustre. ¿Pues no es ya frase de cajón, frase hecha,
llamar ilustre á D. Francisco Cucúrbitas?
--Aunque quieras disimularlo, en tí hay un resto de pudor--le dijo
Roch.--Tu relajación no es tanta como quieres hacer creer.
--Todo es _al respetive_, como dice, siempre que bromea, mi amigo
Fontán--repuso Cimarra alzando los hombros.--No se puede juzgar así,
tan á la ligera, á un hombre que vive entre ricos y es pobre. Fíjate
bien en esto. A tí se te puede hablar con franqueza. Mis proyectos
no son todavía más que anteproyectos, querido... allá veremos... se
me figura que he empezado bien. El tiempo lo dirá. Puede que algún
día, cuando vivas olvidado de mi en medio de tu felicidad de marido
pedagogo, oigas decir que este perdido de Cimarra se ha casado. A eso
vamos, á eso marchamos. Este pobre tiene también sus planes y sus
filosofías. Todos somos galápagos, y otros tienen más conchas que
yo... No creas que me desentiendo de las prendas morales de mi mujer;
y estoy seguro de que no me caso con un monstruo. Habrá honradez,
señor sabio; habrá honradez, hijos y hasta nietos.
--¿Has elegido?
--He elegido... Te advierto que no doy gran valor á la belleza
física. Los hombres superiores no se dejan seducir y enloquecer como
tú por unos ojos más ó menos grandes y una boca que luego han de
afear los años... La hermosura tan sólo vive ¡ay! como dijo el poeta,
_l’espace d’un matin_... Hay un conjunto agradable y simpático,
maneras distinguidas, cierta discreción, cierta travesura agradable,
chiste y hasta _sandunga_... De educación no estamos bien; pero no
pensamos poner cátedra... Hay mucho bueno, algo que no lo es tanto;
abundan las genialidades tontas, los caprichos, los hábitos de
despilfarro...»
León palideció, fijando en su amigo una mirada ávida.
«A mí me importa poco que rompa platos que no valen nada, que haga
pedazos un cuadro de Murillo, que haga picadillo de encajes... Hay
cosas en que los maridos no deben meterse.»
Roch miró con estupidez el hule verde de la mesa en que apoyaba sus
codos.
«¡Hombre, cómo se va el tiempo!...--dijo bruscamente, levantándose y
abriendo la ventana.--¡Si es de día!...»
La claridad de la mañana entró en la sala. Iluminados por aquélla,
los dos rostros aparecieron melancólicos y pálidos. La luz de la
lámpara brillaba aún lacrimosamente dentro del tubo y alargaba fuera
una lengüeta negra, delgada, hedionda.
«¡Qué vida para reparar la salud!» dijo León. Miró luego por la
ventana el cielo turbio y lloroso, cuya tristeza servía de cuadro
sombrío á la tristeza de los dos trasnochadores. León empleó un rato
en la contemplación vaga de que apenas se da cuenta el espíritu
en horas de cansancio y que fluctúa entre el sueño y la pena, no
siéndonos posible decir si dormimos ó padecemos. En aquel momento
Federico halló en su amigo un aspecto excesivamente triste, pues
todo en él era negro, la ropa y la barba; y su hermosa fisonomía,
de un moreno subido, tenía cierto tinte acardenalado, á causa del
insomnio. Su ancha frente, llena de majestad, mas revelando brumosas
cavilaciones, dominaba su persona como un cielo cerrado y opaco que
guarda en sí la luz y sólo muestra las nubes.
Volviéndose repentinamente hacia su amigo, León dijo: «Pues buena
suerte.
--Siento no poder dormir un poco--manifestó Federico.--Me muero de
sueño; pero tengo que ponerme en camino con Fúcar.
--¿Te vas?
--¿No te lo había dicho? Se han empeñado en que les acompañe... Vamos
adelante, adelante con los faroles.»
Cimarra aderezó sus palabras con una sonrisa maliciosa.
«Buen viaje,» dijo León volviéndole la espalda.
Sintióse más tarde el ruido de los coches del Marqués, ya dispuestos
para llevar á los viajeros á la estación de Iparraicea. Subió
Federico á su cuarto para arreglarse precipitadamente, y al poco
rato oyóse en el falansterio el estrépito que acompaña á la salida y
entrada de huéspedes, arrastre de equipajes, rugido de mozos, chillar
de criados. León permaneció en la sala de juego, y aunque sentía
la voz del Marqués y de su hija que entraban en el comedor para
desayunarse, no quiso salir á despedirles.
Media hora después partió un ómnibus cargado de mundos y de criados,
seguido de la berlina que llevaba á los tres viajeros. León vió el
primer coche pasar junto á su ventana; pero antes de ver el segundo,
dió media vuelta, y marchando de un ángulo á otro con las manos en
los bolsillos, dijo para sí: «Debo estar tranquilo: yo no tengo
culpa.»
Salió después al pasillo, donde empezaban á aparecer arrebujados y
claudicantes los bañistas de más fe. Los bañeros, con sus mandiles
recogidos, entraban en los calabozos donde yacen las marmóreas tinas,
y con el vaho sulfuroso salía por las puertecillas ruido de los
chorros de agua termal y el de las escobas fregoteando el interior de
las pilas.
Después salió á la alameda, y como viese á lo lejos los dos coches
que subían por el cerro de Arcaitzac, dió un suspiro y dijo para sí:
«¡Desgraciados los que no logran encadenar su imaginación!»
Descansó tres horas en su cuarto, y á las nueve ocupaba un asiento
en el coche de Ugoibea. Su semblante había cambiado por completo, y
parecía el más feliz de los hombres.
VIII
María Egipciaca.
Pasaron algunos meses, y León Roch se casó el día señalado, á la hora
señalada y en el lugar señalado para tan gran suceso, sin que cosa
alguna contrariase el plan formado á su debido tiempo y con todo
rigor cumplido. Su alma gozaba de aquel contento que viene tranquilo,
manso y sin ruido, como el soplo de primavera; contento que recrea la
vida sin embriagarla, y que ofreciéndose al alma en dosis mesuradas,
no la deja satisfacerse por entero, y así la pone á salvo del tedio.
Filósofo y naturalista, León creyó que ningún estado mejor podía ni
debía ambicionar.
La belleza de María Egipciaca tomó desarrollo admirable después de la
boda, y en este aumento de hermosura vió el esposo como un gallardo
homenaje tributado por la Naturaleza á la idea del matrimonio, tan
sabia y filosóficamente llevada de la teoría á la práctica. «Somos un
doble espejo, decía, en el cual mutuamente nos recreamos, y á veces
no sabemos si la imagen contemplada es la mía ó la de ella. De tal
modo se confunden nuestros sentimientos.»
El amor de María Egipciaca, que era al principio tímido y frío
como corresponde á un Cupido bien educado que acaba de quitarse
la venda, fué bien pronto arrebatado y ardoroso. La pasión, que
primero había estado detrás de la cortina, presentóse después con su
tea incendiaria, su cáliz divino, su dogal de ansias perpetuas que
producen una estrangulación deliciosa, por lo que el marido estuvo
durante algún tiempo olvidado de sus planes pedagógicos, aunque
su razón en los momentos lúcidos le hacía comprender la urgente
necesidad de ponerles en uso y de realizar en la práctica el mejor de
los sistemas. Poco á poco fué recobrando su habitual equilibrio, y
los sentimientos irritados descendieron al punto subalterno que en su
alma les correspondía. Hallóse al fin como quien sale de un letargo.
Vió su espíritu como grande y hermoso país que ha estado largo tiempo
ocupado por una inundación; pero ya las aguas bajaban, dejando
ver primero los picachos más altos, después las lomas, al cabo la
llanura. Entonces dijo: «Esto va pasando: necesariamente tiene que
pasar. Cuando pase, yo abordaré resueltamente la temida cuestión,
y empezaré á modelar (empleaba con mucha frecuencia este término de
escultura) el carácter de María. Es un barro exquisito, pero apenas
tiene forma.»
La mujer de León Roch era de gallarda estatura y de acabada gentileza
en su talle y cuerpo, cuyas partes aparecían tan concertadas entre
sí y con tan buena proporción hechas, que ningún escultor la soñara
mejor. Sus cabellos eran negros, su tez blanca linfática con
escasísimo carmín, y así se realzaba su expresión seria y apasionada
en tal manera, que cuantos la veían se enamoraban y sentían envidia
de su esposo. No tenía tipo español, y su perfil parecía raro en
nuestras tierras, pues era el perfil de aquella Minerva ateniense que
rara vez hallamos en personas vivas, si bien suele verse en España y
en Madrid mismo, donde hallará el curioso un ejemplar, único, pero
perfecto. Sus ojos eran rasgados, grandes, de un verde oceánico,
con movible irradiación de oro, y miraban con serenidad sentimental
que podría pasar por sosa aquí donde, si se reúne mucha gente y un
ejército de ojos negros, se advierte un verdadero tiroteo granizado
de saetazos. Pero las miradas de María no tenían fama de desabridas,
sino de orgullosas. Sus labios eran tan rojos como recién abiertas
heridas, su cuello airoso, su seno proporcionado, y sus manos
pequeñas _y de dulce carne acompañadas_, como las de Melibea.
Hablaba con calma y cierto dejo quejumbroso que llegaba al alma de
los oyentes, y reía poco, tan poco que cada día iba creciendo su fama
de orgullo; y era tan reservada en sus amistades, que en realidad
no tuvo amigas. Había adquirido desde su infancia tal renombre de
sensatez, que sus mismos padres la diputaban como lo más selecto
que la familia había dado de sí en todo el curso de su gloriosa
existencia.
Con esta belleza tan acabada que parecía sobrehumana, con esta mujer
divina en cuya cara y cuerpo se reproducían, como en cifra estética,
los primores de la estatuaria antigua, se casó León Roch después de
diez meses de relaciones platónicas. Fué ocasión de su esclavitud
un súbito enamoramiento que le sobrecogió al verla por primera vez
y tratarla en una reunión de la Corte, cuando María, recién salida
al mundo, se hallaba en aquel peregrino estado de pimpollo en que
la belleza de la mujer se marca con un sello de inocencia y aparece
matizada aún con el rocío de esa encantadora mañana que se llama
infancia. Se enamoró como un pastor, vergüenza da decirlo, y él
mismo se asombraba de ver que el teodolito de topógrafo y el soplete
de mineralogista trocábanse en sus manos en caramillo ó flauta de
bucólico vagabundo.
¿Pero vió en su mujer algo más que una extraordinaria belleza? ¿Qué
parte tenía su corazón en aquel delirio? Sería gracioso que se dejase
arrastrar por la imaginación quien tanto se jactaba de tenerla por
esclava.
* * * * *
Crióse María en un pueblo próximo á Ávila con su abuela materna,
señora de grandísima terquedad y tiesura, que á menudo hablaba de
principios sin dar nunca á conocer de un modo concreto cuáles eran
los suyos y en qué se distinguían de los ajenos. Al amparo de esta
noble señora, que á los sesenta años tuvo la abnegación de trocar las
vanidades del mundo por la estrechura de una casa rústica, el lujo y
bullicio por la huraña soledad de un páramo, y la crónica escandalosa
de Madrid por la chismografía de aldea, recibió María su primera
instrucción. Sabía leer bien, escribir mal, y recitaba la doctrina
sin perder una coma. A excepción de algunas ideas gramaticales y
geográficas que le inculcó una maestra de gran sabiduría, todo lo
demás lo ignoraba. Más tarde supo la niña, hojeando algunos libros,
allegar ciertos conocimientos de esos para cuya adquisición no se
necesita gran esfuerzo.
Compañero en aquel período de su vida en el páramo fué su hermano
gemelo Luis Gonzaga. La abuela les quería locamente á los dos y les
llamaba los ángeles de su muerte, porque decía que, teniéndolos á su
cabecera en la hora tremenda, le sería más fácil enderezar á Dios
con devoción profunda sus últimos pensamientos. Ellos, que también
se amaban con toda su alma, compartían sus juegos, los trabajos de
las lecciones, el pan y queso de las meriendas y los húmedos besos
de su abuela. Paseaban juntos por los horribles pedregales avileses,
y de noche se sentaban con la cabeza echada atrás para contar á
competencia las estrellas que en aquel país se ven más claras que en
ningún otro paraje del mundo. Se les oía decir:
«Cuenta tú por ese lado, que yo contaré por éste... No me quites mi
cielo ni te salgas del tuyo... Vaya, que lo de este lado me toca á
mí... Medio cielo para cada uno.
--Todo será para entrambos--le decía una clueca voz desde la ventana
alta.--Vaya, angelitos míos, venid á cenar, que es tarde.»
Leían á menudo vidas de santos, única lectura que en aquellas
soledades era posible; y tan á pechos tomaron ambos niños las
estupendas historias de padecimientos, trabajos y martirios, que
sintieron deseo de que les martirizaran también á ellos, y ocurrióles
la misma idea que cuenta Santa Teresa en el relato de su infancia,
cuando ella y su hermanito discurrieron ir á tierra de infieles para
que les cortaran la cabeza. María y Luisito salieron una mañana por
aquellas áridas tierras, resueltos á no detenerse hasta que no les
deparase Dios un par de moros que les descuartizaran. Quedáronse
dormidos al amparo de una peña, y allí el Autor de todas las cosas,
Dios omnipotente, les dió un beso y les entregó á la Guardia civil.
Recogidos por la pareja, fueron llevados á la casa.
Vivían en un país casi desierto, lejos de toda humana sociedad. El
cura les llamaba los _niños del yermo_, y les sentaba sobre sus
rodillas para entretenerse con ellos en el juego de los dedos, en el
cual, cada uno de los de la mano es un personaje figurado, y entre
todos representan una especie de comedia ó pasillo, _verbi gratia_:
el dedo gordo es un frailazo que llega á la puerta de un convento de
monjas, llama con gruesa voz, y al punto contesta el dedo anular con
voz de tiple. _Tan, tan.--¿Quién...?--El fraile que quiere entrar._
Todo se reduce á que fray Pedro va en busca de unas coles, que las
monjas le dan de palos y él se retira refunfuñando. Con esto se reían
mucho los dos gemelos, en edad en que los chicos apetecen por lo
común muñecos más divertidos que sus propios dedos.
Crecieron, y sus juegos iban siendo menos primitivos, sus lecturas
las mismas y sus caracteres muy serios y formales. Luis Gonzaga
cautivaba á todos por su índole reservada y juiciosa, así como por
su incapacidad para travesuras. Unicamente le reprendían su afán de
vagar por las soledades pedregosas, aspirando el ambiente fino y
helado que sin cesar bate las inmensas moles graníticas, semejantes
á ruínas de una colosal arquitectura, ó á osamenta de un mundo cuya
carne se han llevado las aguas. Gustaba de estar solo, ambicionaba
apacentar las cabras sedientas y flacas que saltan de hueso en hueso
sobre aquel esqueleto de una Arcadia muerta ya y seca. Despreciaba el
frío, despreciaba el calor. Un día le encontraron tendido á la sombra
de un pino, único ejemplar allí existente de la familia arbórea, y
que triste, pelado y vacilante, parecía decir como el cartujo: «De
morir tenemos.» Luis Gonzaga escribía cosas en un papel, valiéndose
de un lápiz trompudo, sin cesar mojado en saliva. Sorprendido por el
cura, arrebatóle éste el escrito, y vió unos renglones desiguales,
sin rima, sin numen, sin gramática ni ortografía, que le causaron
risa, porque él también entendía un poco de humanidades.
«Ni esto es verso--le dijo,--ni es tampoco prosa.»
No era verso ni prosa, pero sí poesía: eran estrofas, renglones
bíblicos, que expresaban las agitaciones de un alma contemplativa.
¡Cómo se reía el cura leyendo: «Llega el obscuro de la noche, y las
ovejas del cielo se extienden por el grandísimo campo azul, guardadas
por los ángeles bonitos... El Señor ha pasado ayer en un carro de
truenos, del que tiraban relámpagos, que resollaban con granizo y
sudaban con lluvia... Yo temblé como llama en el viento, y dí mil
vueltas en mi idea, como la piedrecilla arrastrada por el río... Soy
como el cardo seco á quien se pega fuego: haciéndome humo, suelto mi
ceniza y subo al cielo!»
Un día la abuelita se levantó más tarde que de costumbre, el rostro
encendido, torpísima el habla, las pupilas resplandecientes como dos
botones viejos, á los cuales con el roce se hubiera dado brillo.
Observaron con dolor todos los de la casa que la señora decía mil
disparates, y aunque esto no era en absoluto una novedad, éralo
por la repetición constante de los despropósitos, sin intervalo de
discreción. Cuando el cura le tomaba el pulso, la señora se agarró de
su brazo, después de echarse un mantón por los hombros, y riendo con
estupidez delirante, gritó:
«Al baile... ¡señor cura, vamos al baile!»
Hizo dar dos vueltas al reverendo, y después cayó como un plomo.
No le alcanzó más que la Extremaunción. Muerta y enterrada, los
dos gemelos volvieron junto á sus padres, que estaban entonces
en un período de grandísima escasez y apretura. Luis Gonzaga fué
mandado á Carrión de los Condes, de donde pasó á Francia; y María,
que afligió á la familia por su estado cerril, fué llevada á un
establecimiento de esos que llevan el nombre de colegio. Salió de él
á los dos años con el barniz que en tales casas se da, y su madre
la presentó á los amigos; entonces la familia de Tellería principió
á salir del abatimiento y obscuridad en que estaba, á causa de un
cambio favorable en su fortuna; y al fin la Marquesa abandonó aquel
apartamiento que tanto le repugnaba, y durante algún tiempo se vió
á madre é hija discurrir por las varias esferas de la sociedad
distinguida y andar en lenguas de aduladores como en plumas de
revisteros, y hartarse de palco y landó, y eclipsarse en los veranos
para reaparecer en los inviernos con nuevo brillo. Por último, vino
un día deseado y María se casó.
Fué considerado este matrimonio como un golpe de suerte para los
Tellerías, nobles de segunda fila, cuyo bienestar material no debía
inspirarles grandes escrúpulos en la elección de maridos. Dígase
lo que se quiera, las familias nobles del día no profesan á sus
pergaminos un culto fanático, y si se exceptúan media docena de
nombres que unen á su resonancia histórica un caudal sano, aquéllas
no vacilan en aceptar las alianzas convenientes y substanciosas,
fundiendo la nobleza con el dinero; y así vemos un día y otro que
las doncellas de ilustre cuna dan la mano, y la dan con gusto, á los
marqueses de última emisión hechos al minuto, á los condes haitianos,
á los políticos afortunados, á los militares distinguidos y aun á
los hijos de los industriales. La sociedad moderna tiene en su favor
el don del olvido, y se borran con prontitud los orígenes obscuros
ó plebeyos. El mérito personal unas veces, y otras la fortuna,
nivelan, nivelan, nivelan con incansable ardor, y nuestra sociedad
camina con pasos de gigante á la igualdad de apellidos. No hay
país ninguno entre los históricos que esté más próximo á quedarse
sin aristocracia. A esto contribuyen, por un lado, el negocio,
haciéndoles á todos plebeyos, y por otro el Gobierno, haciéndoles á
todos nobles.
La felicidad de aquel matrimonio no tuvo en los primeros meses otras
contrariedades que la sombra que proyectaban á veces sobre ellos
los parientes de María. Pasado algún tiempo, León empezó á creer
que se prolongaba más de lo regular la ternura apasionada, inquieta
y quisquillosa de su mujer. Esto habría carecido de importancia si
con ello no coincidiera una resistencia acerada á plegarse á ciertas
ideas y sentimientos de su marido. Grandísima tristeza tuvo León
cuando vió que sin dejar de amarle arrebatadamente, María no iba
en camino de someterse á sus enseñanzas, no ciertamente del orden
religioso, pues en esto el discreto marido respetaba la conciencia
de su mujer. ¡Estupendo chasco! No era un carácter embrionario, era
un carácter formado y duro; no era barro flexible, pronto á tomar la
forma que quieran darle las hábiles manos, sino bronce ya fundido y
frío, que lastimaba los dedos, sin ceder jamás á su presión.
Una noche, al año de casados, hallábanse solos en su gabinete. Habían
hablado larga y cariñosamente de la conformidad de pensamientos
como base inquebrantable de todo matrimonio pacífico. Agotada la
conversación, el uno había tomado un libro para hojearlo junto á
la chimenea, y la otra rezaba. De repente, María Egipciaca dejó el
reclinatorio, y acercándose á su marido, le puso la mano en el hombro.
«Tengo una idea--le dijo clavando en él su misteriosa mirada
verde, que tenía entonces, con los reflejos de esmeralda y oro,
dulzura extraordinaria, sin duda porque sus ojos volvían de ver á
Dios;--tengo una idea que me enorgullece, León.»
León aguardó un poco, por no dejar interrumpido el párrafo, y después
oyó á su mujer.
«Voy á manifestarte mi idea--añadió ella.--Yo, mujer débil, inferior
á tí en muchas cosas, y principalmente en saber y experiencia,
lograré un triunfo que jamás alcanzará tu orgullosa superioridad.»
León le tomó su mano y se la besó tres veces, diciéndole:
«Yo no soy superior á nadie, y menos á tí.
--Sí lo eres: esto aumenta mi gozo y me empeña más en mi empresa...
Tú, con tu juicio, que crees tan fuerte, aspiras á cambiar mi
carácter. Yo, con mi amor, que es más grande que todos los juicios,
aspiro á conquistar el juicio tuyo, haciéndote á mi imagen y
semejanza. ¡Qué batalla y qué victoria tan grande!
--¿Cómo lograrás eso?--dijo León rodeando con el brazo la cintura de
su mujer.
--No sé si intentarlo poco á poco... ¡ó así!»
Al decir así, María arrebató violentamente el libro de las manos de
su esposo y lo arrojó á la chimenea, que ardía con viva llama.
«¡María!» gritó León aturdido y desconcertado, alargando la mano para
salvar al pobre hereje.
Ella le estrechó en sus brazos impidiéndole todo movimiento; le besó
en la frente, y después volvió al reclinatorio, donde se puso á rezar
de nuevo.
¿Qué decía el libro? ¿Qué decía el rezo?
IX
La Marquesa de Tellería.
Los Marqueses de Tellería vivían en el principal de su casa. León
Roch, atento á que entre la vivienda de sus suegros y la suya hubiese
la mayor extensión posible de superficie terráquea, había alquilado
una hermosa casa en lo más apartado de la zona del Este. Allí le
encontraremos dos años después de su boda.