Cimarra volvió al salón, que ya estaba apagado. Empujados por él

entraron cuatro caballeros. León Roch se paseaba solo en el salón

medio á obscuras. Después de hablar en voz baja con el mozo, Cimarra

tomó el brazo de su amigo y paseó con él un rato. Entre los dos se

cruzaron palabras apremiantes, agrias; pero al fin León subió á su

cuarto, bajando diez minutos después. «Toma, vampiro,» dijo con

desprecio á su amigo, dándole monedas de oro.

Después se quedó solo. Acercándose á la puerta de la sala de

tresillo, pudo ver el cuadro que en el centro de ésta había,

formado por seis personas, algunas de las cuales tenían un nombre

no desconocido para la mayoría de los españoles. Es verdad que

había entre ellos quien gozaba de reputación poco envidiable;

pero también alguien había que la ganara ventajosa con sus bellos

discursos, en los cuales no faltaban palabrejas muy sonoras contra

el desorden social, los vicios y la holgazanería. El Marqués de

Fúcar era, de los allí presentes, el único que parecía tomar la

ocupación como un verdadero juego, y apuntaba sonriendo las cartas,

acompañando de picantes observaciones cada pérdida ó ganancia.

Cimarra, con el sombrero en la corona, el ceño fruncido, los ojos

atentos y brillantes, la expresión entre alelada y perspicua, con

cierta seriedad de adivino ó de estúpido, tallaba. Sus delicados

labios murmuraban á cada instante sílabas obscuras, que un inocente

habría tomado por fórmulas de evocación para atraer espíritus. Era

el tenebroso lenguaje del jugador, el cual, con gruñidos ó sólo con

el ardiente resuello, mantiene un diálogo febril con las cuarenta

personas de cartón que se deslizan entre sus manos, y ora le sonríen,

ora se mofan de él con hórridos visajes.

La contienda con el azar es una de las luchas más feroces á que puede

entregarse el hombre inteligente. La casualidad, que es el giro libre

y constante de los hechos, no ha de ser hostigada; no se la puede

mirar cara á cara; jugar con ella es locura. Revuélvese con las

contorsiones y la fuerza del tigre, y ataca y destroza. Sus caricias,

pues también las tiene, despiertan en el hombre un hondo anhelo

que le consume como llama interior. El espíritu de éste se pierde

y delira con sueños semejantes á los del borracho, porque el ideal

indeciso de aquella misma casualidad que con él forcejea, le penetra

todo y hace de él una bestia. Atleta furibundo y desesperado en las

tinieblas, el jugador es víctima de pesadilla horrenda, y se siente

lanzado en una órbita dolorosa, como piedra que voltea en la honda

sin salir nunca de ella.

El Marqués decía á cada rato:

«Señores, que es tarde; que tenemos que madrugar. Bueno es divertirse

un poco pero no exageremos...»

VI

Pepa.

León Roch no quiso ver más, y salió del salón y del establecimiento.

La noche tibia y calmosa convidábale á pasear por la alameda, donde

no había alma viviente ni se oía otro ruido que el canto de los

sapos. Después de dar cuatro vueltas, creyó distinguir una persona

en la más próxima de las ventanas bajas. Era una forma blanca, mujer

sin duda, que apoyando su brazo derecho en el alféizar, mostraba el

busto. León se acercó, y viendo que la forma no se movía, se acercó

más. Habría ésta parecido una estatua de mármol, á no ser por el pelo

obscuro y el movimiento de la mano que jugaba con las ramas de una

planta cercana.

«Pepa,--dijo él.

--Sí, soy yo... Aquí me tienes hecha una romántica, mirando á las

estrellas... Es verdad que no se ve ninguna; pero lo mismo da.

--Está muy negra la noche; no te había conocido--dijo León poniendo

sus dedos en el antepecho de hierro.--La humedad puede hacerte daño.

¿Por qué no cierras? No esperes á tu padre. Ese ladrón de Cimarra ha

puesto banca. Allí están entretenidos... Retírate.

--Hace calor en el cuarto.»

León no pudo distinguir bien, por ser obscurísima la noche, las

facciones de la hija de Fúcar; pero observaba la fisonomía de la voz,

que suele ser de una diafanidad asombrosa.

La voz de Pepa gemía. Su cabeza, echada hacia atrás, se apoyaba

en la madera de la ventana. Tenía en la mano una flor (á León le

pareció una rosa) de palo largo. A cada instante se lo llevaba á

la boca, y arrancando un pedacito, lo escupía. León vió todo esto,

y comprendiendo la necesidad de decir algo apropiado al momento,

buscó en su mente, rebuscó; pero no hallando nada, nada dijo. Ambos

estuvieron callados un rato: León atento, inmóvil, con ambas manos

fijas en el frío antepecho; ella arrancando y escupiendo palitos.

«Se cuentan de tí estos días no pocas rarezas, Pepa--indicó él,

considerando que para llegar á decir algo de provecho era preciso

empezar diciendo una tontería.--Dicen que rompiste las porcelanas,

que cortaste en pedazos los encajes, no sé qué encajes...

--¡Qué tipo!...--exclamó Pepa, rompiendo á reir con un desentono que

hizo temblar á León.--La pobre señora no sale de las sacristías...

¿No entiendes?... parece que eres idiota. Hablo de tu futura suegra,

de la Marquesa de Tellería... Cuando estuve en la playa de Ugoibea

tuve el gusto de verla. Me contaron las picardías que habló de mí.

Lo de siempre... que soy muy malcriada, que derrocho; que tengo

modales libres y hábitos chocantes... chocantes, justamente... ¡La

pobre señora ha cambiado tanto desde que empezó á marchitarse su

hermosura!... Ya se ve: no se puede llevar una vida mundana cuando se

tiene un hijo santo... pues qué, ¿no te has enterado? ¿No sabes que

Luis Gonzaga, el hermano gemelo de tu novia, el que está de colegial

en el _Sagrado Corazón_ de Puyóo, tiene fama de ser un ángel con

sotana? Chico, vas á vivir en medio de la corte celestial. Hasta tu

suegra usa cilicio. ¿No lo crees? Pues créelo, porque lo han dicho

sus amantes.»

Al decir esto, Pepa escupió un palito de rosa con tanta fuerza, que

fué á chocar en la frente de León.

«Pepa--indicó éste con enojo.--No me gusta que las personas que

estimo hablen así de una familia respetable.

--Se puede hablar de mí y llamarme loca, voluntariosa... Yo no

puedo hablar... es verdad. En mí todo es informalidad, desenfreno,

desorden, ignorancia... Pasemos á otra cosa. León, sentí mucho no ver

cara á cara á tu futura esposa María Egipciaca. Dicen que está muy

guapa; siempre fué guapa. En Ugoibea sale poco; ella y su tontísima

mamá se van solas á tomar los aires puros. Cuentan que están muy

tronadas; pero tú eres rico, y el Marqués... ¡Oh! Dicen que es el

único mentecato que no ha logrado hacerse un puesto en la política.

--Pepa, por Dios, no digas disparates. Me lastimas en lo más delicado

con tu charla imprudente.»

Pepa seguía escupiendo palos. El tallo de la rosa estaba reducido á

la cuarta parte.

«Sí: yo soy muy mal educada--dijo con amarga ironía.--Además, ahora

han descubierto que tengo muy mal corazón, un corazón cruel, un

carácter rebelde y caprichoso...

--Eso no es verdad; pero has de hacer lo posible para que la gente no

lo crea.

--Sí, valiente cuidado me da á mí la gente. ¿Acaso yo necesito de

nadie?

--¡Qué orgullosa eres!

--Dicen que no encontraré un hombre razonable que se case

conmigo--exclamó repitiendo el desentonado reir, que parecía una

conmoción espasmódica.--Esto como que da á entender que hay hombres

razonables... Yo no soy de esas que se fingen santas y modestas para

encontrar marido... Por mi parte, aseguro desde hoy que no me casaré

con ningún sabio... Me repugnan los sabios. La suprema felicidad

consiste en tener mucho dinero y casarse con un tonto.

--Veo que esta noche estás de humor de disparatar--le dijo León

familiarmente.--Tú no crees lo que dices, y tus ideas son mejores que

tu lenguaje.»

Ya porque sus ojos se habituaran á la obscuridad, ya porque aclarase

un poco la noche, León empezó á distinguir las facciones de Pepita

Fúcar destacándose en el negro cuadrado de la ventana como la

figura borrosa y pálida de un lienzo antiguo. La blancura de su

tez, sus cabellos bermejos, la viveza de sus ojos pequeñuelos, en

cuyas pupilas brillaba una brasa diminuta, el mohín mimoso de sus

labios, la graciosa ferocidad de sus dientes partiendo palitos, y

principalmente su enfado, casi la hacían aparecer bella estando algo

distante de serlo.

«A otros podrías hacerles creer que tienes esas ideas

extravagantes--dijo León;--pero no á mí que te conozco desde que

éramos niños, y sé que tu corazón es bueno. Una madre cariñosa habría

formado en tí ciertos hábitos de que careces y corregido muchos

defectos que te hacen parecer peor de lo que eres; pero has vivido

en gran abandono: pasaste la niñez entre personas mercenarias, y

después, en la edad en que se forma el carácter y se hace, por

decirlo así, la persona, tu padre te lanzó bruscamente á la vida en

un torbellino de lujo, frivolidades y riquezas. De tus caprichos

hizo leyes, y no supo ó no quiso poner tasa á tus genialidades

dispendiosas. Tú sabes mejor que yo lo que ha sido tu palacio durante

mucho tiempo: un _maremagnum_ de desorden, la anarquía doméstica

en su último grado. Confiada á tí alguna vez la dirección de tu

casa, los criados se convertían en señores. Fué preciso que los

extraños te llamasen la atención para que comprendieras el saqueo

infame que allí reinaba, y echases de ver que te consumían en una

semana los fondos de un trimestre. Tu padre, ocupado en ganar

dinero, no pensó en enseñarte á conocer su valor, porque tu padre

es también un delirante, un insensato que no piensa más que en los

negocios, así como el jugador no piensa más que en la carta que ha

de venir... ¡Pobre Pepa, tan rica y tan sola!... Ahora me explico

muchas excentricidades de tu vida que el público comentaba de un

modo desfavorable para tí y en las cuales yo te disculpo, sí, te

disculpo... Hiciste construir una gran estufa en tu jardín, y una vez

armada, la mandaste quitar de la fachada de Oriente para ponerla en

la del Norte. Concluída de poner estaba, cuando la hiciste desmontar

y la cambiaste por una colección de porcelanas. En un mismo año

variaste tres veces todo el mueblaje y tapicería de tus habitaciones,

y hoy comprabas bronces, tallas y telas carísimas, para venderlo todo

mañana por la cuarta parte de precio. En tus viajes has gustado de

comprar preciosidades, pero no en tanto número como las chucherías

sin arte, ni elegancia, ni valor alguno. Reuniste una colección

de pájaros, para regalarlos después uno por uno. He oído contar

que solicitada por otros deseos y antojos, estuviste dos días sin

echarles de comer. Estableciste en tu casa un fotógrafo para que te

sacara vistas del jardín, de la escalera y retratos de los caballos;

y en tanto que así protegías las artes, no había en tu casa un solo

libro, ni uno solo, como no fuera algún almanaque estúpido ó alguna

mala novela que pedías prestada á tus amigas. Haces limosna, amparas

á los desvalidos, porque tienes un corazón excelente; pero oye el

relato de tus caridades; es preciso que oigas esto, Pepa, y que luego

medites. Un día se te presentó una mujer que pedía para celebrar

una novena: sacaste de tu gaveta dos mil reales y se los pusiste en

la mano. El mismo día se te presentó la viuda de un albañil muerto

en las obras de tu palacio, la cual se quedó con cinco hijos y sin

recursos: á esa le diste un duro. No conoces el valor ni la extensión

de las penas humanas, ni alcanzas la medida de las necesidades. Gran

peligro es no ver jamás el fondo de esa arca de dinero en la cual

metes sin cesar la mano para satisfacer tus gustos á cada instante

renovados. ¡Pobre Pepilla!... No extrañes que use contigo este

lenguaje, un poco duro, muy distinto de las adulaciones que oyes sin

cesar, pero que es sincero, leal y está inspirado en el deseo de tu

bien. Es el lenguaje de un hermano que quiere verte corregida y en

camino de ser feliz... porque temo por tí días muy amargos y hechos

graves que te enseñarán con abrumadora prontitud y realidad lo que

aún no sabes. La realidad, cuando hemos descuidado sus lecciones,

viene súbitamente á sorprendernos en medio de los goces, y nos

instruye á golpes... Tengo un sentimiento profundísimo al verte tan

desgraciada, tan sola, querida Pepa, en medio de este frío páramo de

tus riquezas, y no poder conducirte fuera, porque nuestros destinos

son distintos: á tí y á mí nos ha llevado Dios por sendas diferentes.

Tengo un sentimiento grande, y si quieres que te lo diga claro,

como deben decirse las cosas, te tengo lástima, sí, lástima... Yo

te estimo, te aprecio mucho; ¿cómo he de olvidar que hemos jugado

juntos en nuestra niñez, que nos hemos tratado en todas las épocas

de nuestra vida y aun... ¿por qué no decirlo? que hemos tenido el

uno para el otro esas inclinaciones superficiales, pasajeras, que

nos hacen novios á los ojos del vulgo?... Esto no puede olvidarse.

Siempre he sido y seré siempre para tí un buen amigo.»

Pepa pilló fuertemente entre sus dientes el palo ya muy mermado

de la flor, y tirando de ésta la deshojó. Volaron las hojas en la

ventana, y algunas fueron á posarse en la barba y cabeza del joven

que hablaba. Después, Pepa se llevó su pañuelo á la boca.

«¡Sangre!--dijo León cogiéndole la mano que oprimía el pañuelo.

--Es que me he clavado una espina en el labio,» dijo Pepa con voz

tan hondamente transfigurada, que León Roch se estremeció de pena.

Después de una breve pausa, la de Fúcar volvió á hablar, y con

acento más seguro, dijo: «¿Sabes que en tu nueva casa vas á estar

divertido?...

--¿Por qué?»

Pepa rió oprimiendo con las dos manos su agitado seno.

«Porque cuando tu cuñado Luis Gonzaga, el que está aprendiendo para

misionero, empiece á echar sermones por un lado y tú empieces á

soltar herejías por otro, no habrá quien pare en la casa. León, lo

dicho, dicho: eres un sabio insoportable, y tu talento da náuseas.

--Ya sé que el verdadero juicio tuyo sobre mi persona no es tan poco

benévolo.»

Pepa se inclinó un poco hacia afuera. León sintió próximo á su rostro

un aliento abrasado que le quemaba como una lámpara cercana.

«El que no ha estudiado otra ciencia que la de las piedras--dijo Pepa

con la voz más amarga que puede oirse,--es un idiota.

--Tal vez eso sea verdad... Ahora, querida Pepa, amiga á quien

profeso un cariño puro y fraternal, dame tu mano.»

Pepa se puso bruscamente de pie.

«Dame tu mano y despídete de mí lealmente... ¿No te dice tu corazón

que algún día necesitarás de mí... quizás un leal consejo, quizás

esa ayuda que los desgraciados se prestan unos á otros en los

inevitables naufragios de la vida?»

Pepa arrojó con violencia los restos de la rosa, cuyo roído tallo fué

á azotar la frente del joven. Este creyó sentir un latigazo.

«¡Yo necesitar de tí!...--exclamó.--¡Vanidoso...! Verdaderamente

me pareces un estúpido... Puede ser que si algún día veo que se me

acerca un pedante dando el brazo á una simplona, le pregunte: «¿quién

es usted?» ¡Despedirme de tí! Bueno: lo mismo me da que sea hasta

mañana ó hasta la eternidad.

--Como tú quieras--dijo León, alargando su mano.--Adiós. Te vas

mañana con tu padre. Yo no voy á Madrid por ahora. Quizás no nos

veamos en mucho tiempo.»

Pepa le volvió la espalda con brusco movimiento, y desapareció en

las tinieblas de su cuarto. León miraba hacia dentro sin ver nada.

Perfume delicado, tan ligero que parecía una ilusión del olfato, era

lo único que de la persona de la Marquesita de Fúcar había quedado en

la ventana junto al sabio perplejo. Era como un hueco conservando la

forma de la figura ausente.

«Pepa, Pepilla...» dijo León con acento cariñoso.

Pero no tuvo respuesta ni distinguió nada en aquel cuadro de

tinieblas profundas. Después oyó un débil gemido. Largo rato estuvo

en la ventana llamando á intervalos sin obtener contestación. Pero

los gemidos seguían, anunciando que en el fondo de aquella obscuridad

existía un dolor.

Esperó más; al fin se alejó paso á paso, turbado como un pecador y

tétrico como un asesino.

VII

Dos hombres con sus respectivos planes.

Tropezó con un bulto, sintiendo al mismo tiempo fuerte palmetazo en

el hombro, acompañado de estas palabras: «La bolsa ó la vida.

--Déjame en paz,» dijo León apartando á su amigo y siguiendo adelante.

Pero Cimarra se pegó á su brazo y le retuvo haciéndole girar sobre

un pie. Por un instante se habría podido ver en aquel grupo el paso

vacilante y el vaivén de un grupo de borrachos. Pero suposición tan

fea se hubiera desvanecido al oir á Cimarra, el cual, muy serio,

ceñudo y con la voz ronca y airada, dijo á su amigo:

«¡Suerte deliciosa!... Estoy luciéndome en Iturburúa.

--Déjame, tahur--replicó León con ira, sacudiendo el brazo en que

hacía presa su amigo.--No tengo humor de bromas ni intención de

prestarte más dinero... ¿Se ha retirado del juego el Marqués de Fúcar?

--Ahora va á su cuarto. Es hombre de una suerte abrumadora. Así está

el país... Esta noche el pobre país he sido yo... ¡Infeliz España!...

Solís ha ganado mucho. Desde que le han hecho Gobernador de provincia

tiene una suerte loca; las víctimas somos Fontán, el jefe de la Caja

de X... y yo... Es temprano. León, sube á tu cuarto y trae _guita_.»

León no dijo nada porque su espíritu estaba en gran confusión y

desasosiego, muy distante de la esfera innoble en que el de su amigo

se agitaba.

En vez de subir, como Federico quería, entró con él en la sala de

juego. Una de las víctimas antes mencionadas roncaba en un diván.

La otra se disponía á salir con gesto y voz que indicaban un humor

de todos los demonios, andando perezosamente y tomando precauciones

contra el fresco de la noche.

Los dos amigos se quedaron solos.

«No juego,» dijo León bruscamente.

Conociendo el genio poco voluble de León Roch, Cimarra pareció

resignarse, y sentado junto á la mesa acariciaba con sus dedos finos

y esmeradamente cuidados la baraja. El grueso anillo que ceñía su

meñique, despedía pálidos reflejos á la luz ya mortecina del quinqué,

y fijos los cansados ojos en las cartas, las pasaba y repasaba,

mezclándolas y remezclándolas de todas las maneras posibles. Eran en

sus manos como una masa blanda que aceptaba la forma que le querían

dar.

«Yo no tengo la culpa, yo no tengo la culpa--dijo lúgubremente León,

que se había sentado en un diván, mostrando hallarse muy agitado.

--¿De qué?--preguntó Federico mirándole con asombro.--A tí te pasa

algo, bandido. ¿En dónde has estado?

--No estoy enfermo. Lo que me pasa no puedo confiártelo... Es una

pena singular, un remordimiento... no, remordimiento no, porque en

nada he faltado... Una pena, un sentimiento... tú no comprenderías

esto aunque te lo explicase: eres un libertino, un depravado, un

corazón muerto, y tus emociones son de un orden profundamente egoísta

y sensual.

--Gracias. Si no soy digno de recibir la confianza de un amigo...

--Tú no eres mi amigo; no puede haber verdadera amistad entre

nosotros. El acaso nos hizo amigos en la infancia; la Naturaleza nos

ha hecho indiferentes el uno al otro. En esta región frívola, de pura

fórmula cuando no de corrupción, en que tú has vivido siempre, no

puedo yo respirar ni moverme. Llevóme á ella la vanidad de mi pobre

padre, cuyo cariño hacia mí ha tenido extravíos y alucinaciones. Mi

carácter y mis gustos me inclinan á la vida obscura y estudiosa. Mi

padre, que ganó una fortuna con el sudor de su frente en el rincón de

una chocolatería, quiso hacer de mí un sér infinitamente distinguido

y aristocrático, tal como él lo concebía en su errado criterio, y

me dijo: «Sé marqués, gasta mucho, revienta caballos, guía coches,

seduce casadas, ten queridas, enlázate con una familia noble, sé

ministro, haz ruido, pon tu nombre sobre todos los nombres.» Sus

palabras no eran éstas; pero su intención sí.»

La agitación de su alma no permitía á León permanecer sentado por más

tiempo, y se levantó. Hay situaciones en que es preciso aventar los

pensamientos para que no se aglomeren demasiado y anublen el cerebro,

formando en él como una negra nube de espeso humo.

«¿Y á qué viene eso?--preguntó Federico.--No hables tonterías y

echemos un...

--Dígote esto porque estoy decidido á desertar... Me son

insoportables los caracteres de esta zona social á donde mi padre me

hizo venir. No puedo respirar en ella; todo me entristece y fastidia,

los hechos y las personas, las costumbres, el lenguaje... las

pasiones mismas, aun siendo de buena ley. Sí: me entristecen también

los afectos disparatados, el sentimiento caprichoso y enfermizo que

se ampara de todas aquellas almas no ocupadas por una indiferencia

repugnante.

--Enérgico estás--dijo Cimarra tomando á risa el énfasis de su

amigo.--A tí te ha pasado algo grave: tú has recibido una picada

repentina, León. A prima noche te ví tranquilo, razonable, cariñoso,

un poco triste, con esa melancolía desabrida de un hombre que se va

á casar y vive á ocho leguas de su novia... De repente te encuentro

en la alameda, alterado y trémulo; te oigo pronunciar palabras sin

sentido; entramos aquí, y noto una palidez en tu cara, un no sé

qué... ¿Con quién has hablado?»

El jugador le observaba atentamente sin dejar de remover las cartas

entre sus dedos.

«No te diré--indicó León ya más sereno,--sino que mi cansancio va

á concluir pronto. Yo labraré mi vida á mi gusto, como los pájaros

hacen su nido según su instinto. He formado mi plan con la frialdad

razonadora de un hombre práctico, verdaderamente práctico.

--He oído decir que los hombres prácticos son la casta de majaderos

más calamitosa que hay en el mundo.

--Yo he formado mi plan--prosiguió León sin atender á la observación

del amigo,--y adelante lo llevo, adelante. No puede fallarme: he

meditado mucho, y he pensado el pro y el contra con la escrupulosidad

de un químico que pesa gota á gota los elementos de una combinación.

Voy á mi fin, que es legítimo, noble, bueno, honrado, profundamente

social y humano, conforme en todo á los destinos del hombre y al

bienestar del cuerpo y del espíritu; en una palabra, me caso.»

Federico le miraba y le oía con expresión de malicia socarrona.

«Me caso, y al elegir mi esposa... no está bien dicho elegir, porque

no hubo elección, no: me enamoré como un bruto. Fué una cosa fatal,

una inclinación irresistible, un incendio de la imaginación, un

estallido de mi alma, que hizo explosión levantando en peso las

matemáticas, la mineralogía, mi seriedad de hombre estudioso y todo

el fardo enorme de mis sabidurías... Pero esto no impide que antes

de decidirme al matrimonio no haya hecho una crítica fría y serena

de mi situación y de las cualidades de mi novia. Debo hacer lo que

haré, Federico, debo hacerlo; estoy en terreno firme; este paso es

acertadísimo. María me cautivó por su hermosura, es verdad; pero hay

más, hay mucho más. Yo procuré dominarme, acerquéme con cautela,

miré, observé científicamente, y en efecto, hallé dentro de aquella

hermosura un verdadero tesoro, no menos grande que la hermosura misma

que lo guardaba. La bondad de María, su sencillez, su humildad, y

aquella sumisión de su inteligencia, y aquella celestial ignorancia

unida á una seriedad profunda en su pensamiento y en sus gustos, me

convencieron de que debía hacerla mi esposa... Te hablaré con toda

franqueza: la familia de mi novia es poco simpática. ¿Pero qué me

importa? Yo me divorciaré hábilmente de mis suegros... No me caso más

que con mi mujer, y ésta es buena: posee sentimiento y fantasía, y

esa credulidad inocente, que es la propiedad dúctil en el carácter

humano. Su educación ha sido muy descuidada, ignora todo lo que se

puede ignorar; pero si carece de ideas, en cambio hállase, por el

recogimiento en que ha vivido, libre de rutinas peligrosas, de los

conocimientos frívolos y de los hábitos perniciosos que corrompen

la inteligencia y el corazón de las jóvenes del día. ¿No te parece

que es una situación admirable? ¿No comprendes que un sér de tales

condiciones es el más á propósito para mí, porque así podré yo

formar el carácter de mi esposa, en lo cual consiste la gloria más

grande del hombre casado?... porque así podré hacerla á mi imagen y

semejanza, la aspiración más noble que puede tener un hombre, y la

garantía de una paz perpetua en el matrimonio. ¿No te parece así?

--¿Me consultas á mí que soy un egoísta corrompido?...--dijo Federico

con ironía.--León, tú estás loco.

--Te consulto como consultaría á ese banco--dijo León, volviéndole

la espalda con desprecio.--Hay situaciones en que el hombre necesita

decir en voz alta lo que piensa para convencerse más de ello. Haz

cuenta que hablo solo. No me contestes si no quieres... Sí: la

haré á mi imagen y semejanza; no quiero una mujer formada, sino

por formar. Quiérola dotada de las grandes bases de carácter, es

decir, sentimiento vivo, profunda rectitud moral... conocimientos

muy extensos del mundo, y la ridícula instrucción de los colegios,

lejos de favorecer mi plan, lo embarazarían: tendría que demoler para

edificar sobre sus ruínas; tendría que ahondar mucho para buscar

buena cimentación.»

La familia de León Roch, Tomo 1 · 第 2 / 17 段