«Eso sí--dijo el Marqués de Fúcar con expresión y sonrisa de

Nota de transcripción

* En el texto las cursivas se muestran entre _subrayados_, las

negritas entre =iguales=, las versalitas como MAYÚSCULAS.

* Se ha respetado la ortografía original, homogeneizándola a la

grafía de mayor frecuencia.

* Se han igualado los enunciados de los capítulos en el texto y en

el índice.

* Los errores obvios de imprenta han sido corregidos. En particular,

los siguientes:

Pág. 6: “D. Diego de Noche” cambiado por “dondiego de noche”.

Pág. 10: “Rostchilds” cambiado por “Rothschilds”.

Pág. 24: “chabeta” cambiado por “chaveta”.

Pág. 72: “_zandunga_” cambiado por “_sandunga_”.

Pág. 80: “Amparo” cambiado por “Al amparo”.

Pág. 95: “armonía.” cambiado por “armonía!”.

Pág. 183: “rododrendon” cambiado por “rododendro”.

Pág. 223: “Oyéme” cambiado por “Óyeme”.

Pág. 225: “desconformidad” cambiado por “disconformidad”.

Pág. 226: “puedas” cambiado por “puedes”.

Pág. 230: “Antarés” cambiado por “Antares”.

Pág. 285: “gleditchas” cambiado por “gleditchias”.

Pág. 285: “fuchias” cambiado por “fucsias”.

Pág. 291: “estibiado” cambiado por “entibiado”.

Pág. 384: “Denuchelis” cambiado por “Demichelis”.

LA FAMILIA DE LEÓN ROCH

Es propiedad. Queda hecho el

depósito que marca la ley. Serán

furtivos los ejemplares que no

lleven el sello del autor.

Est. tip. de los Hijos de Tello. Carrera de San Francisco, 4.

NOVELAS ESPAÑOLAS CONTEMPORÁNEAS

POR

B. PÉREZ GALDÓS

(Primera época.)

LA FAMILIA

DE

LEÓN ROCH

TOMO I

29.000

[Ilustración]

MADRID

LIBRERÍA DE LOS SUCESORES DE HERNANDO

Calle del Arenal, núm. 11.

1920

LA FAMILIA DE LEÓN ROCH

PRIMERA PARTE

I

De la misma al mismo.

_Ugoibea, 30 de Agosto._

«Querido León: No hagas caso de mi carta de ayer, que se ha cruzado

con la tuya que acabo de recibir. La ira y los pícaros celos me

hicieron escribir mil desatinos. Me avergüenzo de haber puesto en

el papel tantas palabras tremebundas mezcladas con puerilidades

gazmoñas... pero no me avergüenzo: me río de mí misma y de mi estilo,

y te pido perdón. Si yo hubiera tenido un poco de paciencia para

esperar tus explicaciones... Otra tontería... ¡Celos, paciencia!

¿quién ha visto esas dos cosas en una pieza? Veo que no acaban aún

mis desvaríos; y es que después de haber sido tonta, siquiera por un

día, no vuelve á dos tirones una mujer á su discreción natural.

»Mientras recobro la mía, allá van paces y más paces y un propósito

firme de no volver á ser irascible, ni suspicaz, ni cavilosa,

ni inquisidora, como tú dices. Tus explicaciones me satisfacen

completamente: no sé por qué veo en ellas una lealtad y una honradez

que se imponen á mi razón, y no dan lugar á más dudas, y me llenan el

alma, ¿cómo decirlo? de un convencimiento que se parece al cariño,

que es su hermano y está junto con él, abrazados los dos, en el

fondo, en el fondo... no sé acabar la frase; pero ¿qué importa?

Adelante. Decía que creo en tus explicaciones. Una negativa habría

aumentado mis sospechas; tu confesión las disipa. Declaras que en

efecto amaste... no, no es ésta la palabra... que tuviste relaciones

superficiales, de colegio, de chiquillos, con la de Fúcar; que la

conoces desde la niñez, que jugabais juntos... Yo recuerdo que

me contabas algo de esto en Madrid, cuando por primera vez nos

conocimos. ¿No era esa la que te acompañaba á recoger azahares caídos

debajo de los naranjos, la que tenía miedo de oir el chasquido de

los gusanos de seda cuando están comiendo, la que tú coronabas

con florecillas de dondiego de noche? Sí: me has referido muchas

monadas de esa tu compañera de la infancia. Ella y tú os pintábais

las mejillas con moras silvestres y os poníais mitras de papel. Tú

gozabas cogiendo nidos, y ella no tenía mayor placer que descalzarse

y meter los pies en las acequias, andando por entre los juncos y

plantas acuáticas. Un día, casi á la misma hora, tú te caíste de un

árbol, y ella fué mordida por un reptil. Era la de Fúcar, ¿no es

verdad? Mira qué bien me acuerdo. ¡Si sería yo capaz de escribir tu

historia!

»La verdad, yo no había puesto mucha atención en estos cuentos de

_bebés_... pero cuando ví á esa mujer, cuando me dijeron que la

amabas... Hace de esto diez días, y aún se me figura que me estoy

ahogando como en el momento en que me lo dijeron. Créemelo: me

pareció que se acababa el mundo, que el tiempo se detenía (no lo

puedo explicar) y se doblaba mostrando un ángulo horrible, un lado

desconocido donde yo... otra frase sin concluir. Adelante.

»Ahora me acuerdo de otra aleluya de tu infancia, que me contaste no

hace mucho. ¡Cómo se quedan presentes estas tonterías! Cuando fuiste

pollo y empezaste á estudiar esa ciencia de las piedras, que no sé

para qué sirve; cuando ella (y sigo creyendo que sería otra vez la

de Fúcar) no metía los pies en las acequias, ni se pintaba la cara

con moras, ni se ponía tus mitras de papel, jugásteis á los novios

con menos inocencia que antes; pero... vamos, lo concedo, siempre

con inocencia. Ella estaba en un colegio donde había muchas lilas y

un portero que se encargaba de traer y llevar cartitas. Asómbrate de

mi memoria. Hasta me acuerdo del nombre de aquel portero: se llamaba

Escóiquiz.

»Basta de historia antigua. Lo que no me dijiste nunca, lo que yo

no sabía hasta hoy, cuando he leído tus explicaciones, es que...

(pues repito que no me hace gracia, caballero) es que hace dos años

os encontrásteis otra vez allí donde florecen los naranjos, mascan

los gusanillos y corren las acequias; que hubo así como un poquillo

de ilusión; que desde entonces tuviste para ella un afecto sincero,

y que ese afecto fué creciendo, creciendo hasta... (aquí entro yo)

hasta que me conociste... Muchas gracias, caballero, por la retahila

de galantería, de finezas, de protestas, de amorosas palabras

que vienen en seguida. Esta lluvia de flores lleva una carilla.

Hay carillas que parecen caras divinas, y ésta me hace llorar de

contento. Gracias, gracias. Esto es muy hermoso; y lo que dices de

mí muy exagerado. Más vales tú que yo... Vives para mí. ¡Ay! León,

lo mejor que se puede hacer con estas frases de novela es creerlas.

Ábrete, corazón, y recíbelo todo. Yo soy buena católica y me he

educado en el arte de creer.

»¡Si seré tonta que he vuelto á leer la bendita carilla!... ¡Oh, está

muy bien!... Que un amor verdadero, elevado, profundo, borró aquel

capricho, no dejando rastro de él: muy bien... Que las ilusiones

infantiles rara vez persisten en la edad mayor: perfectamente... Que

tus sentimientos son sinceros y tus propósitos formales: sí, sí...

Que la voz que llegó á mi oído haciéndome creer en el fin del mundo,

fué una de tantas conjeturas que lanza la frivolidad del mundo para

que las recoja la malicia y haga con ellas armas terribles: eso es,

eso es... Que la de Fúcar es hoy para tí tan indiferente como otra

cualquiera: divino, delicioso... En fin, que yo y sola yo... que á

mí y sólo á mí... ¡Oh, qué dulce es ponerse la mano en el pecho y

apretarse mucho diciendo con el pensamiento: «á mí, á mí sola, á

nadie más que á mí!»

»¡Qué argumento tan poderoso me ocurre en favor tuyo! La de Fúcar es

inmensamente rica, yo soy casi pobre. Pero cuando se tiene fe no se

necesitan argumentos, y yo tengo fe en tí... Cuantos te conocen dicen

que eres un modelo de rectitud y de nobleza, un caso raro en estos

tiempos. Estoy tan orgullosa como agradecida. ¡Qué bueno ha sido mi

Dios para mí al depararme un bien que, al decir de las gentes, anda

hoy tan escaso en el mundo!...

»No quiero dejar de manifestarte, aunque esta carta no se acabe

nunca, la impresión que me causó la Fúcar, dejando aparte el

rencorcito que despertó en mí. Después de pasado el temporal, puedo

juzgarla fríamente y con imparcialidad; y si cuando me dijeron lo

que sabes parecióme tener grandes perfecciones, ahora la veo en su

verdadero tamaño. No hay que hablar del lujo escandaloso de esa

mujer: es un insulto á la humanidad y á la divinidad. Papá dice

que con lo que ella gasta en trapos en una semana, podrían vivir

holgadamente muchas familias. No carece de elegancia; pero á veces

es extravagantísima y parece decir: «Señores, me pongo así para

que vean todos que tengo mucho dinero.» Mamá dice que no habrá

hombre alguno que se case con ese mostrador de maravillas de la

industria. Los Rothschilds no abundan, y la de Fúcar causa terror

á los pretendientes. Esa muchacha pródiga, voluntariosa, llena de

caprichos y pésimamente educada, tendrá al fin por dueño á cualquier

perdido. Así lo dice mamá, que conoce el mundo, y yo lo creo.

»No la encuentro yo tan graciosa como dicen y como á mí me pareció

cuando me moría de celos. Es demasiado alta para ser esbelta,

demasiado flaca para airosa. El bonito color no puede negársele; pero

se necesita un microscopio para encontrarle los ojos: ¡tan chicos

son! Cuentan que habla con mucho gracejo: yo no lo sé, porque nunca

la he tratado ni quiero tratarla. La ví de lejos en la playa, y en el

balcón de la casa de baños, y me pareció de maneras desenvueltas y

libres. Creo que me miró de un modo particular. Yo la miré queriendo

darle á entender que me importaba poco su persona: no sé si lo hice

bien.

»Estuvo aquí tres días. Yo no salí de casa. Nunca he llorado más. Al

fin se fué esa loca. El gozo que me causó dejar de verla, se anubla

un poquito cuando considero que ahora está donde tú estás. He pensado

ayer todo el día en que debiera haber aquí una torre muy alta, muy

alta, desde la cual se viese lo que pasa en Iturburúa. Yo subiría á

ella de un salto... Pero confío en tu lealtad... Y si le dices que

me amas á mí sola, si ella te conserva algún afecto, y al oírlo

rabia... ¡Oh! si rabia, avísamelo: quiero tener ese gusto.

»El lunes te esperamos. Papá dice que si no vienes no eres hombre de

palabra. Está muy impaciente por hablar contigo de política, pues

según él, aquí hay una plaga de gente ministerial que le apesta. Si

al fin le hicieran senador... y francamente, temo por su razón si no

consigue ese bendito escaño. Sigue con la manía de mandar sueltos

á los periódicos. En los de estos días hemos encontrado algunos,

y también artículos. Ya sabes que mamá los conoce en que casi

invariablemente empiezan diciendo: _Es de lamentar..._

»Hoy entró muy orgulloso mostrándome la obra que has publicado. Él

hacía elogios ardientes, y le leyó á mamá los primeros párrafos. Era

cosa de risa. Ni él, ni mamá ni yo comprendíamos una sola palabra,

y, sin embargo, todos encarecíamos mucho la sabiduría del libro.

Figúrate lo que entenderemos nosotros del _Análisis del terreno

plutónico en las islas Columbretes_, ni qué interés pueden tener para

mí las capas _cuaternarias_, los terrenos _pirógenos_, _azóicos_...

Hasta el escribir estas palabrotas me cuesta trabajo, y tengo que

ir trazando letra por letra. Sin embargo, basta que hayas hecho tú

esa monserga de sabidurías obscuras, para que me cautive. He pasado

algunos ratos leyendo tus páginas, como si leyera el griego, y... no

lo creerás, pero es cierto que sin saber la causa, yo leía y leía,

llevada de un no sé qué de admiración y respeto hacia tí. Entre

tantos nombres endiablados he encontrado algunos preciosísimos y que

han despertado en mí simpatías, tales como _sienita_, _pegmatita_,

_variolita_, _anfibolita_. Todas estas niñitas me parecen nombres

de hadas ó geniecillos que han jugado alrededor de tu cabeza cuando

estudiabas la obra de Dios en las honduras de la tierra.

»Pero sin quererlo me estoy volviendo poetisa, y esto es

inaguantable, señor mío. ¡Y esta pícara carta que no quiere dejarse

acabar!... Mamá me está llamando para ir á paseo. Está muy aburrida.

Dice que éste es un lugar de baños eminentemente _cursi_, y que antes

se quedará en Madrid que volver á él. Ni casino, ni sociedad, ni

expediciones, ni tiendas de chucherías, ni gente de cierta clase. La

verdad es que no hay dos Biarritz en el mundo.

»Leopoldo también está aburridísimo. Dice que éste es un pueblo

salvaje, y que no comprende cómo hay persona decente que venga á

bañarse entre cafres. Así llama á los pobres castellanos que inundan

estas playas. Gustavo ha pasado á Francia para visitar al santo y

angelical Luis Gonzaga, que está algo delicado. ¡Pobre hermanito

mío! Hace días nos visitó de parte suya un clérigo italiano, un

tal Paoletti, hombre amabilísimo, muy instruído y de conversación

muy amena... Pero quiero darte cuenta de todo, y no puede ser. El

papel se acaba, y mamá me llama otra vez. Adiós, adiós, adiós. Que

no faltes el lunes... Hablaremos de aquello, ¿sabes? de aquello.

Anoche, cuando rezaba, le pedí á Dios por tí... No pongas esa cara

de pillo. Hay en tu alma un rinconcito obscuro que no me gusta. No

digo más por no parecer doctora de la Iglesia, por no anticipar una

empresa gloriosa que tendrá su... quédese también esta frase sin

concluir... Abur, perdido... Memorias á las _sienitas_, _pegmatitas_

y _anfibolitas_, únicas señoritas de quienes no tiene celos la que te

quiere de todo corazón, la que tiene la simpleza de creer todo lo que

le dices, la que te espera el lunes... cuidado con faltar. Hasta el

lunes. Si no, verás quién es tu

MARÍA.»

II

Herpetismo.

El que leyó esta carta paseaba, mientras leía, por una alameda

de altísimos árboles. En uno de los extremos de ella había una

construcción baja, de cuyo pórtico con pretensiones greco-romanas

salían tibios vapores sulfúricos, harto desagradables, y en el otro

uno de esos edificios falansterianos á que concurren los españoles

durante el estío para reproducir en el campo la vida estrecha,

incómoda y enfermiza de las poblaciones. Escabrosas montañas, de

hierba y musgo vestidas, daban con el pie al establecimiento, como

para arrojarlo al río, y éste, que intentaba disimular su pequeñez

haciendo ruido (á semejanza de muchos hombres que son Manzanares

de cuerpo y Niágaras de voz), se encrespaba junto al muro de

sostenimiento, jurando y perjurando que se llevaría falansterio,

alameda, cantina, médico, fondista y veraneantes.

Estos cojeaban tosiendo en la alameda, ó formaban desiguales grupos

bajo los árboles y en los bancos de césped. Oíanse monografías de

todos los males imaginables: cálculos sobre digestiones hechas ó

por hacer; diagnósticos ramplones; recuentos de insomnios, hipos

y acedías; inventarios de palpitaciones cardiacas; disertaciones

varias sobre las travesuras del gran simpático; sutiles hipótesis

sobre los misterios del sistema nervioso, iguales á los de Isis en

lo impenetrables; observaciones erigidas en aforismos por un pecho

optimista; vaticinios de aprensivo que cuenta por sus toses los

pasos de la muerte; esperanzas de crédulo que supone en las aguas la

milagrosa virtud de resucitar difuntos; sofocados ayes del atacado de

gastralgia; soliloquios del desesperado y risas del restablecido.

El que no ha vivido siquiera tres días en medio de este mundo anémico

y escrofuloso, compuesto de enfermos que parecen sanos, sanos que se

creen enfermos, individuos que se pudren á ojos vistos carcomidos por

el vicio, y aprensivos que se sublevarían contra Dios si decretara la

salud universal, no comprenderá el fastidio é insulsez de esta vida

falansteriana, tan ardientemente adoptada por nuestra sociedad desde

que hubo ferrocarriles, y en la cual rara vez se encuentra el plácido

sosiego del campo.

Con todo, no faltan atractivos en la sociedad herpética. La

renovación constante de tipos; las bellezas que entran cada día,

acompañadas de más mundos que un sistema planetario; el lujo,

las tertulias; la delicada ambrosía de la murmuración, servida á

cada instante y pasada de boca en boca sin saciar jamás á ninguna

ni agotarse con el diario consumo; los improvisados ó redivivos

noviazgos; los rozamientos morales, ora ásperos; ora de dulce

suavidad; los mil cabos que se atan ó se desatan, el bailoteo, las

expediciones para ver gruta, panorama ó golpe de ruínas, que ya

se vieron el año pasado, y que se han de gozar uniendo la voz al

coro de la admiración general; los juegos inocentes ó venialmente

criminales; las bromas, los complots, las galanas intrigas con que

algunos se atreven á romper la monotonía de la felicidad colectiva,

de aquel esparcimiento colectivo, de aquella higiene colectiva, de

aquella vida eminentemente colectiva, que en medio de sus esplendores

tiene un no sé qué reglamentario y lúgubre á estilo de hospital,

dan atractivos á estos sitios, al menos para ciertos caracteres,

precisamente los que más abundan. Por eso van allá todos los

españoles, unos con su dinero, otros con el ajeno, y desde que apunta

Julio son puestos en prensa el administrador ó el prestamista para

que alleguen los caudales que reclama aquel importante fin de la

vida moderna. Enardece á la sociedad un loco afán de embriagarse con

aguas de azufre, y para cantar esta sed elegante se echa de menos un

Anacreonte hidropático.

El que leía la carta era un joven vestido de riguroso luto. Leídos y

guardados los tres pliegos, quiso seguir paseando; mas le fué preciso

atender á los saludos de sus compañeros de fonda. Era la hora en que

la mayor parte de los bañistas bajaban á beber el agua y á pasearla.

Veíanse caras desconsoladas y escuálidas, unas de viejos verdes

y otras de jóvenes achacosos; sonrisas mustias que se confundían

con las contracciones de dolor; no se oía más que un preguntar y

responder constante sobre las distintas formas y maneras de estar

malo.

La chismografía patológica es insoportable, y así debió comprenderlo

el de la carta, que afortunadamente estaba bien con Esculapio, porque

tomó el camino de la fonda para salir del establecimiento; pero

fué detenido por un grupo compuesto de tres personas, dos de las

cuales eran de edad madura, de aspecto grave y hasta cierto punto

majestuoso.

«Buenos días, León--dijo el más joven en tono de confianza

íntima.--Ya te ví desde mi ventana leyendo los tres pliegos de

costumbre.

--Hola, amigo Roch, usted siempre tan madrugador,--indicó el más

viejo, que era también el más feo de los tres.

--Leoncillo, buena pieza... alma de cántaro, ¿no paseas hoy con

nosotros?--dijo el de aspecto más imponente, que ocupaba entonces,

como siempre, el centro del grupo, de tal modo, que los otros dos

parecían ir á su lado con un fin puramente decorativo para hacer

resaltar más su importancia física y social.

El joven vestido de negro se excusó como pudo. «Bajaré dentro de una

hora--dijo evadiéndose con ligereza.--Hasta luego.»

El grupo avanzó por la alameda adelante. ¿Será preciso describir esta

trinidad ilustre, la cual es, si se nos permite decirlo así, una

constelación que se ve en España á todas horas á pesar de ser muy

turbio el cielo de nuestro país?

Aquí el lector, lo mismo que el autor, dirá forzosamente: _Son ellos;

dejémosles que pasen_. Pero esta constelación no pasa ni declina

jamás; no baja nunca hacia el horizonte, ni es obscurecida por el

sol, ni se nubla, ni se eclipsa. Siempre está en alto, ¡ay! siempre

resplandece con inextinguible claridad pavorosa en el zénit de la

vida nacional.

¿Quién no conoce al Marqués de Fúcar, de quien ha dicho la adulación

que es uno de los pocos oasis de riqueza situados en medio del árido

desierto de la general miseria? Así como ocupa el primer lugar en la

constelación citada, también es el _alpha_ de la sociedad española.

¿Quién no conoce á D. Joaquín Onésimo, ese fanal luminoso de la

Administración, que encendido en todas las situaciones, ilumina con

sus rayos á una pléyade de Onésimos que en diversos puestos del

Estado consumen medio presupuesto? Alguien dijo que los Onésimos no

eran una familia, sino una epidemia; pero no puede dudarse ¡cielos!

que si esa luminaria se apagase quedarían á obscuras los ámbitos de

la buena administración, y reducidos á revuelto caos el orden, las

instituciones y la sociedad toda.

El tercer ángulo de este triángulo, lo formaba un acicalado y muy

bien parecido joven, en cuyo semblante pálido y linfático parecían

extinguidas prematuramente la frescura y la energía propias de sus

treinta y dos años. Eran sus maneras perezosas y su aspecto de

fatiga y agotamiento, como es común en los que han derrochado la

riqueza moral en la mala política, la intelectual en el periodismo de

pandilla, y la física en el vicio. Este tipo esencialmente español y

matritense, nocturno, calenturiento, extenuado, personificación de

esa fiebre nacional que se manifiesta devorante y abrasadora en las

redacciones trasnochantes, en los casinos que sólo apagan sus luces

al salir el sol, en las tertulias crepusculares y en los mentideros

que perpetuamente funcionan en pasillos de teatro, rincones de café

ó despachos de ministerio, parecía muy fuera de su lugar propio en

aquel ambiente puro y luminoso, á la sombra de gigantescos árboles.

Podría creerse que le causaba molestia hallarse lejos de sus antros

de corrupción y malevolencia, y que para las esplendentes gracias de

la Naturaleza no había en su corazón un latido, ni una mirada en sus

turbios ojos sin viveza, de párpados turgentes, embolsados y rojos

por el hábito del insomnio.

Federico Cimarra, que era el joven; Don Joaquín Onésimo (á quien

se creía próximo á llamarse Marqués de Onésimo) y D. Pedro Fúcar,

Marqués de Casa-Fúcar, luego que midieron dos ó tres veces la

alameda, se sentaron.

III

Donde el lector verá con gusto los panegíricos que los españoles

hacen de sus compatriotas y de su país.

«Ya es evidente que León se casa con la hija del Marqués de

Tellería--dijo Federico Cimarra.--No es gran partido, porque el

Marqués está más tronado que los cómicos en Cuaresma.

--Ya sólo le queda la casa de la calle de Hortaleza,--apuntó Fúcar

con indiferencia.

--Es buena finca, construída en tiempo del Marqués de Pontejos... Al

fin se quedará también sin ella. Dicen que en esa familia, todos,

desde el Marqués hasta Polito, tienen la cabeza á pájaros.

--¿Pero no le queda á Tellería más que la casa?--preguntó el hombre de

Administración con curiosidad, que parecía el afán celoso del Fisco

buscando la materia imponible.

--Nada más--repitió el de Fúcar demostrando conocer á fondo el

asunto.--Las tierras de Piedrabuena han sido vendidas en subasta

judicial hace dos meses. Con las casas y la fábrica de Nules se quedó

mi cuñado en Febrero último. En fondos públicos no debe de tener

nada. Me consta que en Junio tomó dinero al 20 por 100 con no sé qué

garantía... En fin, otra torre por los suelos.

--Y esa casa fué poderosa--dijo Onésimo.--Yo le oí contar á mi

padre que en el siglo pasado estos Tellerías ponían la ley á toda

Extremadura. Era la segunda casa en ganados. Tuvieron medio siglo las

alcabalas de Badajoz.»

Federico Cimarra se puso en pie frente á los otros dos, y abriendo

las piernas en forma de compás, empezó á hacer el molinete con su

bastón.

«Es increíble--dijo sonriendo,--la calaverada de ese pobre León...

Cuidado que yo le quiero... es mi amigo... ¿Pero quién se atreve á

contradecirle? Váyase usted á argumentar con estas cabezas de piedra

que se llaman matemáticos. ¿Han conocido ustedes un solo sabio con

sentido común?

--Ninguno, ninguno--exclamó el Marqués de Fúcar riendo á borbotones,

que era su especial manera de reir.--¿Y es cierto lo que me han

dicho?... ¿que la chica es algo mojigata? Sería cosa muy bufa

ver á un librepensador de mares altos pescado con anzuelito de

Padrenuestros y Avemarías.

--No sé si es mojigata; pero sí sé que es muy bonita--afirmó Cimarra

paladeando.--Pase lo de santurrona por lo que tiene de _barbiana_...

Pero su carácter no está formado... es una chiquilla, y después que

anda enamorada no piensa en santidades... La que me parece en camino

de ser verdadera beata es la Marquesa, que no podrá eludir la ley por

la cual una juventud divertida viene á parar en vejez devota. ¡Qué

desmejorada está la Marquesa! La ví la semana pasada en Ugoibea y me

pareció una ruína, una completa ruína. En cambio, María está hecha

una diosa... ¡Qué cabeza!... ¡qué aire y qué _trapío_!»

En el lenguaje de Cimarra se mezclaban siempre á la fraseología usual

de la gente discreta los términos más comunes de la germanía moderna.

«Eso sí--dijo el Marqués de Fúcar con expresión y sonrisa de

sátira.--María Sudre vale cualquier cosa... Yo creo que el matemático

ha perdido la chaveta y se ha dejado enloquecer por aquellos ojos

de fuego. Esa chiquilla no me gustaría para esposa... Hermosura

superior, fantasía, tendencia al romanticismo, un carácter

escondido, algo que no se ve... en fin, no me gusta, no me gusta.

--¡Caramba!--exclamó el hombre de Administración dándose una palmada

en la propia rodilla.--Todo menos hablar mal de María Sudre. La

conozco... es un portento de bondad... es lo mejor de la familia.

--Hombre--dijo el Marqués de Fúcar descuadernando su cara en una

risa homérica.--La familia es la familia de tontos más completa que

conozco, sin exceptuar al mismo Gustavo, que pasa por un prodigio.

--¡Ah! no: la chica vale, vale--afirmó Onésimo.--No diré lo mismo

de León. Es un sabio de nuevo cuño, uno de estos productos de la

Universidad, del Ateneo y de la Escuela de Minas, que maldito si me

inspiran confianza. Mucha ciencia alemana, que el demonio que la

entienda; mucha teoría obscura y palabrejas ridículas; mucho aire de

despreciarnos á todos los españoles como á un atajo de ignorantes;

mucho orgullo, y luego el tufillo de descreimiento, que es lo que más

me carga. Yo no soy de esos que se llaman católicos y admiten teorías

contrarias al catolicismo: yo soy católico, católico.»

Se dió dos palmadas en el pecho.

«Hombre, sea usted todo lo católico que quiera--dijo Fúcar riendo

con menos estrépito, ó si se quiere con cierta tendencia á la

seriedad.--Todos somos católicos... Pero no exageremos... ¡Oh! la

exageración es lo que mata todo en este país. Dejemos á un lado las

creencias, que son muy respetables, pero muy respetables. Yo veo

en León un hombre de mucho, de muchísimo mérito. Es lo mejor que

ha salido de la Escuela de Minas desde que ésta existe. Su colosal

talento no conoce dificultades en ningún estudio, y lo mismo es

geólogo que botánico. Según dicen, todos los adelantos de la Historia

natural le son familiares y es un astrónomo de primera fuerza.

--¡Oh! León Roch--exclamó Cimarra con el tono de hinchazón protectora

que toma la ignorancia cuando no tiene más remedio que hacer justicia

á la sabiduría,--vale mucho. Es de lo poco bueno que tenemos en

España. Somos amigos, estuvimos juntos en el colegio. Verdad es que

en el colegio no se distinguía; pero después...

--No me entra, repito que no me entra; no le puedo pasar...--dijo

Onésimo como quien se niega á tomar una pócima amarga.

--Mire usted, amigo Onésimo--indicó el Marqués en tono solemne,--no

hay que exagerar... La exageración es el principal defecto de este

país... Eso de que porque seamos católicos condenemos á todos los

hombres que cultivan las ciencias naturales, sin darse golpes de

pecho, y se desvían... yo concedo que se desvían un poco, mucho

quizás, de los senderos católicos... Pero ¿qué me importa? El mundo

va por donde va. Conviene no exagerar. Para mí la falta principal

de Leoncillo... yo le conozco desde que era niño: él y mi hija se

criaron juntos en Valencia... pues su gran falta es comprometer su

juventud, su riqueza, su porvenir en ese enlace con una familia

desordenada y decadente que le devorará sin remedio.

--¿Es rico León?

--¡Oh! ¡mucho!--exclamó Fúcar con grandes encarecimientos.--Conocí á

su padre en Valencia, el pobre D. Pepe, que murió hace tres meses,

después de pasarse cincuenta años trabajando como un negro. Yo le

traté cuando tenía el molino de chocolate en la calle de las Barcas.

La verdad es que en aquel tiempo el chocolate del Sr. Pepe era muy

estimado. Me acuerdo de ver entonces á León tamaño así, con la cara

sucia y los codos rotos, estudiando aritmética en un rincón que había

detrás del mostrador. En Navidad vendía D. Pepe mazapanes... ¡Pero

si los ha vendido hasta hace quince años... y no hace treinta que

trasladó su industria á Madrid...! Después que tuvo capital, entróle

el afán de aumentarlo considerablemente. ¡Oh! es incalculable el

dinero que se ha ganado en este país haciendo chocolate de alpiste,

de piñón, de almagre, de todo menos de cacao. Estamos en el país del

ladrillo, y no sólo hacemos con él nuestras casas, sino que nos lo

comemos... El Sr. Pepe trabajó mucho, primero á brazo, después con

aparato de fuerza animal, al fin con máquina de vapor. Resultado

(el Marqués de Fúcar se alzó su sombrero hasta la raíz del pelo):

que compró terrenos por fanegadas y los vendió por pies; que el

54 construyó una casa en Madrid; que se calzó los mejores bienes

nacionales de la huerta; que negociando después con fondos públicos

aumentó su fortuna lindamente. En fin, yo calculo que León Roch no se

dejará ahorcar por ocho ó nueve millones.

--Lo mejor de la biografía--dijo Cimarra sentándose junto á sus

dos amigos,--se lo ha dejado usted en el tintero. Hablo de la

vanidad del difunto D. Pepe. Lo general es que estos industriales

enriquecidos, aunque sea envenenando al género humano, sean modestos

y no piensen más que en acabar tranquilamente sus días viviendo sin

comodidades, con los mismos hábitos de estrechez que tuvieron cuando

trabajaban. Pero el pobre señor Pepe Roch era célebre hasta no más.

Su _chifladura_ consistía en que le hiciesen Marqués.

--Diré á ustedes--manifestó gravemente el de Fúcar, cortando con un

gesto de hombre superior esta tendencia á las burlas.--D. José Roch

era un infeliz, un hombre bondadoso y simple en su trato social.

Le conocí bien. Él haría chocolate con la tierra de los tiestos

que tenía su mujer en el balcón, según decían las malas lenguas

del barrio; pero era un buen ganapán, y tenía en tan alto grado el

sentimiento paterno, que casi era una falta. Para él no había en el

mundo más que un sér, su hijo León: le quería con delirio. Tenía por

enemigo declarado al que no le diese á entender que León era el más

guapo, el más sabio, el primero y principal de todos los hombres

nacidos. Todo el orgullo y la vanidad del pobre Roch estaban en ser

autor de su hijo. El año pasado nos encontramos una noche en la Junta

de Aranceles. Yo quise hablarle de una subasta de corcho... pero él

no hablaba más que de su hijo. Casi con lágrimas en los ojos, me

dijo: «Amigo Fúcar, para mí no quiero nada, me basta un hoyo y una

piedra encima con una cruz. Mi único deseo es que León tenga un

título de Castilla. Es lo único que le falta.» Yo me eché á reir.

¡Apurarse por un rábano, es decir, por un título de Castilla!... Sr.

D. José, si usted me dijera «quiero ser bonito, quiero ser joven...»

pero ¿qué desea usted, ser Marqués?... A las coronas les pasará

lo que á las cruces, que al fin la gente cifrará su orgullo en no

tenerlas. Pronto llegaremos á un tiempo en que, cuando recibamos el

diploma, tendremos vergüenza de dar un doblón de propina al portero

que nos lo traiga... porque también él será Marqués...»

Fúcar, al decir esto, soltó la risa. Empezaba ésta por un hipo

chillón y terminaba en un plegado general de la piel de sus

facciones, y una especie de arrebato congestivo. Pasados los golpes

de hilaridad, aún tardaba su cara una buena pieza en volver á su

color primero y á su normal aspecto de seriedad majestuosa.

«Señores--dijo seguidamente y con cierto enfado la lumbrera de

la Administración, enojo que podría atribuirse á sus proyectos

marquesiles,--por mucho que se hayan prodigado los títulos de

nobleza, no creo que estén ahí para que los tomen los chocolateros.

Pues no faltaba más...

--Amigo Onésimo--objetó el Marqués con flemática ironía,--yo creo

que están para el que quiera tomarlos. Si D. Pepe no tomó el título

de Marqués de Casa-Roch, fué porque su hijo se opuso resueltamente á

caer en esa ridiculez hoy tan en boga. Es hombre de principios.

--¡Oh! sí--exclamó el hombre administrativo, en quien las

instituciones venerandas tenían siempre poderoso apoyo.--Por lo

común, estos sabios que tanto manosean los principios en el orden

científico, carecen de ellos en el orden social. No faltan ejemplos

aquí. Yo creo que todos los sabios son lo mismo. Ya hemos visto cómo

gobiernan el país cuando éste ha tenido la desgracia de caer en

sus manos. Pues lo mismo gobiernan sus casas. En la vida privada,

señores, los sabios son una calamidad, lo mismo que en la pública. No

conozco un sabio que no sea un tonto, un tonto rematado.

--Aquí no salimos de paradojas.

--Es la verdad pura.

--Vivimos en el país de los viceversas.

--No exageremos, no exageremos, señores--dijo el Marqués removiéndose

y tomando el tono particularísimo que reservaba para su protesta

favorita, que era la protesta contra la exageración.--Aquí abusamos

de las palabras, y calificamos á los hombres con mucha ligereza. La

envidia por un lado, la ignorancia... ¿Qué, qué hay?»

Esto lo dijo interrumpiendo su discurso y mirando con expresión de

miedo á un criado que hacia los tres avanzaba apresuradamente.

«La señorita llama á Vuecencia. Está mala otra vez.

--Vamos, mi hija está hoy de vena--dijo el Marqués de mal humor,

levantándose.--Ustedes me preguntarán que qué tiene Pepa, y yo les

diré que no lo sé, que no sé nada absolutamente. Voy á verla.»

Sus dos amigos callaban mirándole partir. El Marqués de Fúcar andaba

lentamente á causa de su obesidad. Había en su paso algo de la marcha

majestuosa de un navío ó galeón antiguo, cargado del pingüe esquilmo

de las Indias. También él parecía llevar encima el peso de su inmensa

fortuna, amasada en veinte años, de esa prosperidad fulminante que la

sociedad contemplaba pasmada y temerosa.

IV

Siguen los panegíricos dando á conocer en cierto modo el carácter

nacional.

Frente á la gruta donde los bañistas tragaban vaso tras vaso, ávidos

de corregir el _oidium_ de su naturaleza, había una glorieta. Eran

las diez, hora en que escaseaban ya los bebedores, y un nuevo grupo

se había instalado en aquel ameno sitio. Formábanlo Don Joaquín

Onésimo, León Roch y Federico Cimarra, que oprimía los lomos de una

silla, caballero en ella y haciéndola crujir y descoyuntarse con sus

balanceos.

«¿Sabes tú, León, lo que tiene la hija de Fúcar?

--Anoche se retiró temprano del salón. Está enferma.»

Después de decir esto, León miró atentamente al suelo.

«Pero su enfermedad es cosa muy rara, como dice el Marqués--añadió

Onésimo.--Veamos los síntomas. Ya saben ustedes que colecciona

porcelanas. El mes pasado, cuando volvía de París, estuvo dos días

en Arcachón. Las hijas del Conde de la Reole le regalaron tres piezas

de Bernardo Palissy. Dicen que son muy hermosas. A mí me parecen

loza de Andújar. Además, trajo de París ocho piezas de Sajonia, de

una belleza y finura que no pueden ponderarse. Estas obras de arte

parecían ocupar por entero el ánimo de Pepa. No hablaba más que de

sus porcelanas. Las guardaba y las sacaba sesenta y dos veces al día.

Pues bien: esta mañana cogió los cacharros, subió á la habitación más

alta de la fonda, abrió la ventana y los tiró al corral, donde se

hicieron treinta mil pedazos.»

Federico miró á León Roch, que sólo dijo: «Sí, ya lo oí contar.

--Ayer tarde--continuó Onésimo,--cuando volvíamos de la gruta (que,

entre paréntesis, tiene tan poco que ver como mi cuarto), se le cayó

una de las gruesas perlas de sus pendientes de tornillo. La buscamos;

al fin la distinguí junto á una piedra: me abalancé á cogerla, como

era natural; pero más ligera que yo, púsole el pie encima... y la

aplastó diciendo: «¿para qué sirve esto?» Además, cuentan que ha

hecho un picadillo de encajes. ¿Pero no la vieron ustedes anoche en

el salón? Yo juraría que está loca.»

León no dijo nada, ni Cimarra tampoco.

«¿Saben ustedes--añadió el fanal de la Administración,--que va á

estar fresco el que se case con esa niña? ¡Qué educación, señores,

pero qué educación! Su padre, que tan bien conoce el valor de la

moneda, no le ha enseñado á distinguir un billete de mil pesetas de

una pieza de dos. Es una alhaja la señorita de Fúcar. Ya me habían

dicho que era caprichosa, despilfarradora; que tiene los antojos

más ridículos y cargantes que pueden imaginarse. ¡Pobre marido y

pobre padre!... Si al menos fuera bonita... pero ni eso. Ya le dará

disgustos á D. Pedro. Luego no quieren que truene yo y vocifere

contra estos hábitos modernos y extranjerizados que han quitado

á la mujer española su modestia, su cristiana humildad, su dulce

ignorancia, sus aficiones á la vida reservada y doméstica, su horror

al lujo, su sobriedad en las modas, su recato en el vestir. Vean

ustedes las tarascas que nos ha regalado la civilización moderna.

Comprendo la aversión al matrimonio que va cundiendo, y que si no se

ataja obligará á los gobiernos á dar una ley de novios y una ley de

casamientos, estableciendo un presidio de solteros.

--¡Graciosísimo!--exclamó Cimarra, poniendo bruscamente su mano sobre

el hombro de León.--Del carácter y de las rarezas de Pepa podrá

hablarnos éste, que la conoce desde que ambos eran niños.»

León dijo fríamente: «Si la enfermedad y las rarezas de Pepa

consisten en romper porcelanas y destrozar vestidos, no importa. El

Marqués de Fúcar es bastante rico, inmensamente rico, cada día más

rico.

--Sobre este tema--indicó el fénix burocrático,--sobre la colosal

riqueza del señor Marqués, la frase más característica la debemos al

amigo Cimarra, que es el hombre de las frases.

--Yo no he dicho nada, nada, de D. Pedro Fúcar,--replicó Federico con

aspavientos de honradez.

--¡Lengua de escorpión! ¿No fué usted el que en casa de

Aldearrubia... yo mismo lo oí... á propósito de la escandalosa

fortuna de Fúcar, soltó esta frase: «Es preciso escribir un nuevo

aforismo económico que diga: La bancarrota nacional es una fuente de

riqueza?»

--Eso se puede decir de tantos...--murmuró León.

--De muchos, de muchísimos--dijo Cimarra prontamente.--Como Fúcar ha

labrado su rica colmena en el tronco podrido del Tesoro público...

¿qué tal la figura?... pues digo que habiendo centuplicado su

fortuna en las operaciones con el Tesoro, no será el único á quien se

podrá aplicar aquello de la bancarrota nacional...»

El señor de Onésimo se turbó breve instante. Mas reponiéndose, añadió:

«Yo he oído hacer á usted, querido Cimarra, un despiadado análisis de

los millones del Marqués de Fúcar. A los hombres de ingenio se les

perdona la murmuración... No venga usted con arrepentimientos: ya sé

que ahora es usted muy amigo de su víctima, de aquél á quien supo

pintar diciendo: «Es un hombre que hace dinero con lo sólido, con lo

líquido y con lo gaseoso, ó lo que es lo mismo, con los adoquines,

con el vino de la tropa y con el alumbrado público. El tabaco de sus

contratas es de un género especial, teniendo la ventaja de que si

amarga en la boca, puede servir para leña; y también son especiales

su arroz y sus judías, las cuales se han hecho célebres en Ceuta: los

presidiarios las llamaban _píldoras reventonas del boticario Fúcar_.»

--Hablar por hablar--replicó Cimarra.--Sin embargo de esto, yo

aprecio mucho al Marqués. Es un hombre excelente. Todos hemos dado

algún alfilerazo al prójimo.

--Ya sé que esto es pura broma. Aquí se sacrifica todo al chiste.

Somos así los españoles. Desollamos vivo á un hombre, y en seguida le

apretamos la mano. No critico á nadie: reconozco que todos somos lo

mismo.»

El Marqués de Fúcar apareció en la glorieta. «¿Y Pepa?--le preguntó

León.

--Ahora está muy contenta. Pasa de la tristeza á la alegría con

una rapidez que me asombra. Ha llorado toda la mañana. Dice que se

acuerda de su madre, que no puede echar del pensamiento á su madre...

qué sé yo... no la entiendo. Ahora quiere que nos vayamos de aquí

sin dejarme tomar los baños. Yo no quería venir, porque me apestan

estos establecimientos horriblemente incómodos de nuestro país.

¡Caprichos, locuras de mi hija! De buenas á primeras, y cuando nos

hallábamos en Francia, se le puso en la cabeza venir á Iturburúa. Y

no hubo remedio... á Iturburúa, á Iturburúa, papá... ¿Qué había yo

de hacer?... Al fin ya me había acostumbrado á esta vida ramplona,

y la verdad, tanto como me contrarió venir, me contraría marcharme

sin haber tomado siquiera seis baños... Eso sí: aguas como éstas no

creo que las haya en todo el mundo... ¿Y á dónde vamos ahora? Ni

hay para qué pensarlo, porque las genialidades y los arrebatos de

mi hija burlan todos los cálculos... Apenas tengo tiempo de pedir

el coche-salón... Pepa está tan impaciente por marcharse como lo

estuvo por venir... Ha de ser pronto, hoy mismo, mañana temprano á

más tardar, porque estas montañas se le caen encima, y se le cae

encima la fonda, y también el cielo se le viene abajo, y le son muy

antipáticos todos los bañistas, y se muere, y se ahoga...»

Mientras D. Pedro expresaba así con desorden su paterno afán, los

tres amigos callaban, y tan sólo Onésimo aventuró algunas frases

comunes sobre las perturbaciones nerviosas, origen, según él, de

aquéllas y otras no comprendidas rarezas que á la más bella porción

del género humano afligen. El Marqués tomó del brazo á Federico

Cimarra, diciéndole:

«Querido, hágame usted el favor de entretener un rato á Pepa. Ahora

está contenta; pero dentro de un rato estará aburridísima. Ya sabe

usted que se ríe mucho con sus ocurrencias ingeniosas. Ahora me

dijo: «Si viniera Cimarra para murmurar un poco del prójimo...» Bien

comprende que es usted una especialidad. Vamos, querido. Ahora está

sola... Adiós, señores: me llevo á este bergante, que hace más falta

en otra parte que aquí.»

Quedáronse solos D. Joaquín Onésimo y León Roch.

«¿Qué piensa usted de Pepita?--preguntó el primero.

--Que ha recibido una educación perversa.

--Eso es: una educación perversa... Y ahora que recuerdo... ¿es

cierto que se casa usted?

--Sí, señor... Llegó mi hora,--dijo León sonriendo.

--¿Con María Sudre?...

--Con María Sudre.

--¡Lindísima muchacha!... ¡Y qué educación cristiana! Francamente,

amigo, es más de lo que merece un hereje.»

Benévola palmada en el hombro de León terminó este corto diálogo.

V

Donde pasa algo que bien pudiera ser una nueva manifestación del

carácter nacional.

Avanzado había la noche, y el modesto sarao de los bañistas

principiaba á desanimarse. Los últimos giros de las graciosas

parejas se extinguieron en los costados del salón, como los últimos

círculos del agua agitada mueren en las paredes del estanque; se

deshicieron aquellos abrazos convencionales que no ruborizan á las

doncellas, y al fin tuvo la condescendencia de callarse el piano

homicida que dirigía con su martillante música el baile. No faltó una

beldad que quisiera prolongar aún la velada sacando de las cuerdas

del instrumento un soporífero _Nocturno_, que es la más insulsa y

calamitosa música entre todas las malas; pero este alarde de ruido

elegiaco duró felizmente poco, porque las madres se impacientaron

y alegres tribus de señoritas empezaron á desfilar sobre el piso

de madera lustrosa. Resbalaban con agrio chirrido las patas de las

sillas; al pío pío de la charla juvenil se unía un sordo trompeteo

de toses. Las bufandas se arrollaban como culebras en la garganta

carcomida de los hombres graves, oradores, abogados y políticos, que

eran la flor y el principal lustre del establecimiento.

En la pieza inmediata, las fichas abandonadas y revueltas del

tresillo y del ajedrez hacían un ruido como de falsos dientes que

riñen unos contra otros fuera de la encía. Las toses y carraspera

arreciaban con la salida de los últimos, que eran los más viejos,

y después aquel murmullo compuesto de chácharas juveniles y del

lúgubre quejido de la decrepitud prematura, que á lo más florido de

la actual generación aqueja, se fué perdiendo en el largo pasillo,

luego atronó la escalera y se extinguió poco á poco, distribuyéndose

en las habitaciones del edificio celular. Podía existir la ilusión de

considerar á éste como un gran órgano, en el cual, después de la gran

sinfonía tocada por el viento, volvía cada nota, aguda ó grave, á su

correspondiente tubo.

En la sala del tresillo leía periódicos el Marqués de Fúcar. Su

postura natural para este patriótico ejercicio era altamente tiesa,

manteniendo el papel á bastante distancia y ayudando su vista con los

lentes, que colocaba casi en la punta de la nariz y le oprimían las

ventanillas. Si tenía que mirar á alguien, miraba por encima y por

los lados de los vidrios. Frecuentemente reía en voz alta durante

la lectura; sin dejar de leer, porque era muy sensible al aguijón

punzante del epigrama, sobre todo si, como es frecuente en nuestra

prensa, el aguijón estaba envenenado.

A su lado leían otros dos. En el salón grande, cuatro ó cinco hombres

charlaban, reclinados perezosamente en los divanes. Federico Cimarra,

después de pasear un rato con las manos metidas en los bolsillos,

entró en la sala de tresillo á punto que el Marqués de Fúcar apartaba

de sí el último periódico y arrancaba de su nariz los lentes para

doblarlos y meterlos en el bolsillo del chaleco.

«¡Qué país, qué país!--exclamó el ilustre negociante, conservando

en su fresco rostro la sonrisa producida por el último chiste

leído.--¿Sabe usted, Cimarra, lo que me ocurre? Aquí todo el mundo

habla mal de los políticos, de los gobiernos, de los empleados, de

Madrid... pues voy creyendo que Madrid, los empleados, los gobiernos

y la gavilla de políticos, como dicen, son lo mejor de la nación.

Malos son los elegidos; pero creo que son más malos los electores.

--Donde todo es malo--dijo Federico con frialdad filosófica,

que podría pasar por el sarcasmo de un corazón muerto y de

una inteligencia atrofiada, metidos ambos dentro de un cuerpo

enfermo;--donde todo es malo no es posible escoger.

--Y la causa de todos los males es la holgazanería.

--¡La holgazanería! es decir, la idiosincrasia nacional; mejor dicho,

el genio nacional. Yo digo: holgazanería, tu nombre es España.

Poseemos grande agudeza, según dicen; yo no la veo por ninguna parte.

Somos todos unos genios; yo creo que lo disimulamos...

--¡Oh! Si hubiera gobiernos que impulsaran el trabajo...»

Cimarra puso una cara muy seria: era su modo especial de burlarse del

prójimo.

«¡El trabajo!... Ya ni siquiera sabemos tener paño pardo. Van

desapareciendo las alpargatas, los botijos son cada vez más raros,

y hasta las escobas vienen ya de Inglaterra... Pero nos queda la

agricultura. ¡Ah! éste es el tema de los tontos. No hay un solo

imbécil que no nos hable de la agricultura. Yo quiero que me digan

qué agricultura puede haber donde no hay canales, y cómo ha de

haber canales donde no hay ríos, y cómo ha de haber ríos donde

no hay bosques, y cómo ha de haber bosques donde no hay gente

que los plante y los cuide, y cómo ha de haber gente donde no hay

cosechas... ¡Horrible círculo del cual no se sale, no se sale!...

Cuestión de raza, señor Marqués... Esta es una de las pocas cosas

que son verdad: la fatalidad de la casta. Aquí no habrá nunca sino

comunismo coronado por la lotería... éste es nuestro porvenir. Que

el Estado administre toda la riqueza nacional y la reparta por medio

de rifas... ¿Qué tal? esto sí que tiene _sombra_... ¡Oh! Verá usted,

verá usted... ¡Magnífico! Este es un ideal como otro cualquiera.

Consúltelo usted con D. Joaquín Onésimo, que pasa por una lumbrera de

la Administración, y es, á mi juicio, una de las mayores calabazas

que se han criado en esta tierra.

--¿No está por ahí?--dijo Fúcar, riendo y mirando en derredor.--Que

venga para que oiga su apología.

--Está hablando del orden social con Don Francisco Cucúrbitas, otra

gran eminencia al uso español. Es de esos hombres que hablan mucho

de Administración y de trámites, es decir, de expedientes... Dios ha

criado á estos señores para realizar el quietismo social, que después

de todo no es malo... Nada, señor Marqués: mi sistemita de comunismo

y rifas. Las contribuciones lo recogen todo y la lotería lo reparte.

_¡Pistonudo!_ ¿Sabe usted, amigo, que aquí se aburre uno lindamente?»

Durante la pausa que siguió á esta frase, acercóse Federico á la

puerta del salón para llamar á los que aún quedaban en él; después

volvió junto al Marqués, y sacando de su bolsillo una baraja, la

arrojó sobre la mesa. Las cartas se extendieron pegadas unas á otras

y resbalando como una serpiente cuadrada.

«¡Hombre, también aquí!» dijo Fúcar con expresión de disgusto.

La familia de León Roch, Tomo 1 · 第 1 / 17 段