Mientras Robledo, vuelto á su vivienda, daba prisa al servidor español

para que le preparase su caballo y se ceñía el revólver con una canana

llena de cartuchos, envió aviso á los capataces de sus obras que

vivían cerca y tenían armas. Además, pidió al dueño del boliche un

magnífico rifle americano que guardaba oculto debajo de su mostrador.

Otra preocupación de Robledo en aquel momento era impedir que se

escapase don Carlos Rojas. Le había obligado á venir con él hasta su

casa, aconsejándole prudencia.

--Porque usted llegue allá media hora antes no va á evitar lo que haya

ocurrido. En cambio, si va solo puede verse á merced de esos

bandoleros. Un poco de paciencia y saldremos todos juntos.

El estanciero recibía sus consejos con gruñidos impacientes, temblando

al mismo tiempo de cólera y de inquietud. Se apartó Robledo unos

instantes de la puerta de su casa para ir al encuentro de algunos

hombres convocados por él y explicarles lo que debían hacer. Se

presentó también el dueño del boliche con el rifle americano,

entregándolo solemnemente á su compatriota como si le confiase toda su

familia.

Aprovechó don Carlos este alejamiento momentáneo de Robledo, y

saltando sobre su caballo lo hizo salir á todo galope, sin prestar

atención á los gritos que acompañaron su fuga.

Después de este acto del impaciente Rojas, se fué organizando la

expedición, compuesta de una docena de jinetes, todos con carabinas, y

al frente de los cuales se colocaron el ingeniero y el comisario.

La noticia había circulado por el pueblo y acudieron grupos de mujeres

y chiquillos para ver la salida de la tropa montada. Cuando el pelotón

de jinetes fué pasando ante la casa que había sido de Pirovani,

Robledo miró sus ventanas con cierta inquietud.

«¡Si iremos--se dijo--al encuentro de otra desgracia proporcionada por

esa mujer!»

En aquel momento Watson abandonaba su caballo y seguido de Cachafaz

empezó á arrastrarse entre ásperos matorrales. El mesticillo le había

conducido á una altura arenosa, en el borde de la altiplanicie, desde

la cual podían verse casi verticalmente las ruinas del rancho de la

India Muerta.

El conocía de fama este sitio. Veinte años antes estaba habitado por

gentes que hacían pastar sus ovejas en los campos inmediatos. Pero el

capricho de los huracanes los había cubierto de pronto con una gruesa

capa de arena. Además, el pozo del rancho, que proporcionaba un agua

relativamente dulce, no ofrecía ya mas que sal líquida. Los hombres

habían huído, arruinándose con rapidez las construcciones de adobes.

Únicamente los vagabundos buscaban el abrigo de sus techos rotos.

Watson sintió cierto asombro al poder avanzar á gatas entre el ramaje

de la colina arenosa sin que el ladrido de ningún perro avisase su

presencia. Esto le hizo temer que Cachafaz se hubiera equivocado en

sus deducciones y el rancho estuviese desierto. Pero el pequeño

mestizo, que avanzaba delante de él, se detuvo entre dos matorrales y

luego volvió el rostro, haciendo un gesto para que se aproximase.

Metió su cabeza igualmente entre las ramas, y pudo ver, veinte metros

más abajo, una explanada arenosa, en el centro de la cual estaban las

ruinas del rancho. Dos caballos iban de un lado á otro con paso tardo,

buscando las hierbas ralas para mascarlas, y un hombre estaba sentado

en el suelo teniendo un rifle sobre las rodillas.

Cachafaz le habló al oído tenuemente.

--Es uno de los que se llevaron á la patroncita.

Por más que miró Watson estirando su cuello, no pudo ver á otra

persona. Retrocedió á rastras, abandonando su observatorio, y al

llegar al pie de la colina sacó de un bolsillo un lápiz y una carta

olvidada, de la que arrancó una hoja. Cachafaz le miró mientras

escribía, con sus ojos de animalejo astuto, como si adivinase lo que

iba á encargarle.

Le entregó Ricardo el papel, señalando á continuación el lugar donde

había dejado su caballo.

--Corre al pueblo y da esta carta al señor Robledo el ingeniero, ó al

comisario... Al primero que encuentres.

Quiso añadir nuevas explicaciones, pero el duende cobrizo ya no podía

escucharlas. Se había lanzado cuesta abajo, y poco después saltaba

sobre el caballo, desapareciendo al galope.

Volvió otra vez Ricardo á subir la ladera arenosa para observar lo que

pasaba en el rancho. Ahora vió á dos hombres: el mismo de antes, que

continuaba sentado en el suelo con su carabina sobre las rodillas, y

frente á él, de pie y sin otras armas que las del cinto, un gaucho al

que reconoció inmediatamente, pues era Manos Duras. Hablaban los dos,

pero no pudo oir sus palabras por ser grande la distancia que le

separaba de ellos. Esto hacía inútil su observación por el momento.

Tampoco pudo pensar en atacarlos, ni aún valiéndose de la sorpresa.

Sólo eran dos los enemigos que tenía á la vista, pero indudablemente

los otros dos estaban en el interior de las ruinas, tal vez durmiendo.

«¿Dónde guardarán á Celinda?», pensó el joven.

Arrastrándose siempre entre los matorrales, empezó á seguir el

contorno de la loma de arena, para poder ver las ruinas por el lado

opuesto. Los dos bandoleros continuaron hablando, sin sospechar que

sobre el borde de la pendiente que tenían junto á ellos se deslizaba

un hombre espiándolos.

El acompañante de Manos Duras, que era el llamado Piola, le habló con

tono de reconvención.

--Bien sabes vos que no me gustan negocios en que hay hembras de por

medio. Casi nunca terminan bien, y además arman un bochinche de los

demonios. Mejor era habernos ido á tomar «hacienda» en el Limay, para

luego venderla en la Cordillera. Mejor también habernos llevado las

vacas del viejo Rojas y convertirlas en plata, en vez de entretenernos

como unos muchachos en robarle su vaquillona.

Manos Duras contestó con un gesto de hombre superior que no considera

necesario explicar la conveniencia de sus actos. Piola continuo:

--Tal vez tengas vos tus razones para eso. Nosotros te ayudamos como

hermanos, pero si te han dado plata por llevarte á esa señorita,

debías partírtela con nosotros.

El gaucho tomó una actitud altiva.

--Nada de plata. Te expliqué que esto es venganza; la peor para ese

viejito que me insultó... Ya sabés también nuestro trato. Me la

guardáis, y luego, cuando estemos en la Cordillera, será para

vosotros.

Piola sonrió con una alegría repugnante al oir mencionar este

convenio.

--Bueno; te la guardaremos--dijo--. Tu serás el primero... sí es que

vuelves á juntarte con nosotros no más lejos que mañana. Si tardas no

la encontrarás entera... Pero ¿por qué no emprendes viaje ahora con

nosotros? ¿Qué tienes que hacer en la Presa esta noche, que nos

abandonas?

--Un cobro--contestó Manos Darás, con petulancia--. Quiero dejar mis

cuentas bien arregladas antes de irme.

Como el otro no podía explicarse el optimismo de su compañero, empezó

á hacer cálculos. Tal vez á aquellas horas ya se sabía en el pueblo lo

ocurrido en la estancia de Rojas. Y si aún lo ignoraban, lo sabrían

antes de que transcurriese mucho tiempo, ó sea tan pronto como

volviese don Carlos á su casa después del inútil viaje á la Presa. ¿No

temía Manos Duras que el comisario y las demás gentes del pueblo le

atribuyesen el rapto de la muchacha?

--Puede que sea así--contestó el gaucho--, ¡pero me han supuesto

tantas cosas, sin llegar á probarme ninguna!... Si me ven en el

pueblo, acabarán por creer que no he tenido parte en este negocio.

Ninguno de la estancia me ha visto. Además, me iré primeramente á mi

rancho, por si alguien se allega por allá, y sólo á la tardecita

entraré en la Presa, como otras veces... Creo que á media noche habré

terminado mi negocio y podré salir para alcanzaros.

Guiñó un ojo Piola, señalando al mismo tiempo con su diestra el rancho

inmediato.

--¿Qué dice ella?

--Cree que nos la hemos llevado para pedirle dinero al viejo. No

adivina lo que le aguarda... Es una muchacha «guapa», y no parece

tener mucho miedo ahora que se le ha pasado el primer susto. ¡Pucha,

lo que me dió que hacer cuando la traía en mi flete!... La tengo ahí

dentro con las manos atadas, pues de no estar así se defiende y habrá

que pegarla como á un hombre.

Manos Duras quedó pensativo, añadiendo luego con una sonrisa cínica:

--No he querido quedarme ahí dentro, porque vos comprenderás, hermano,

que es muy expuesto estar á solas con una buena moza así... Te diré

que hay otra que me gusta más, y espero verla muy pronto. Pero ésta

también es de aprecio, y si uno está solo con ella, sopla el diablo,

se empiezan á hacer cosas por entretenerse no más, pierde uno la

razón, y no sabe cuándo y cómo terminará. Ahora estamos en tierra

enemiga, y no hay que olvidarse de ello ni perder el tiempo... La

fiesta me la reservo para mañana. Hoy tengo otras cosas que hacer para

que mi juego resulte completo... En cuanto vuelvan los compañeros nos

decimos adiós. Vosotros seguís viaje con la vaquillona, yo me vuelvo á

mi rancho, y hasta mañana si Dios quiere.

Ricardo se arrastró inútilmente entre los matorrales, no viendo mas

que á los dos hombres enfrascados en su conversación y el rancho

ruinoso, que por el lado opuesto tenía cerrada su única entrada con

unos maderos mal unidos. Empezó á dudar si los raptores de Celinda la

habrían ocultado allí, ó estaría la joven en un escondite más difícil

de descubrir, bajo la guarda de los otros dos cordilleranos.

Al fin, cansado de una observación sin éxito, se deslizó por la colina

de arena, viniendo á sentarse en el lugar donde Cachafaz había montado

su caballo. Así permaneció mucho tiempo, deseando que transcurriesen

las horas con prodigiosa rapidez y terminase el suplicio de una espera

impotente, viendo aparecer á lo lejos el auxilio que había pedido á

sus amigos.

Sus ojos, que examinaban el horizonte, sin ver en él nada

extraordinario, se animaron de pronto al distinguir un pequeño jinete

que iba agrandándose en el avance de su galope continuo. Minutos

después pudo reconocerlo con facilidad, por haberle visto aquella

misma mañana. Era don Carlos Rojas.

Aunque venía hacia él, consideró prudente salir á su encuentro y echó

á correr con toda la velocidad que le permitía el suelo arenisco

surcado por las raíces de los matorrales, que el viento había dejado

descubiertas, y en las que se enredaban sus pies, haciéndole dar

violentos tropezones.

Viéndole surgir á un lado del camino, don Carlos encabritó su caballo,

sacando al mismo tiempo el revólver del cinto. Después, al

reconocerlo, echó pie á tierra.

No llegaba á explicarse Watson esta aparición del estanciero, pues él

había dirigido su aviso á los amigos de la Presa. Además, le veía

llegar solo.

--¿Dónde están los otros?--preguntó--.¿Ha visto usted á Robledo?

La respuesta de don Carlos fué evasiva.

El ingeniero y el comisario tal vez vendrían detrás de él ó tal vez

tardasen horas.

--Yo no he querido aguardarlos. Son algo... cachazudos; á saber cuándo

llegarán. Me faltó paciencia y aquí estoy.

Luego fué explicando cómo en mitad de su camino, cuando iba

directamente hacia el rancho de Manos Duras, sin pasar por su

estancia, vió venir hacia él un jinete que galopaba á rienda suelta.

Sacó el revólver para detenerle, pero no hizo uso del arma al fijarse

en su aspecto.

--Era como una mona sobre un caballo, y reconocí en esta mona á

Cachafaz. Me contó que usted estaba aquí, me enseñó su papel, y yo le

dije que avisase á los que vienen detrás para que no pierdan tiempo

pasando por mi estancia y que él les sirva de baquiano, trayéndolos

directamente... ¿Qué es lo que ocurre?

Marcharon los dos entre matorrales, siguiendo las huellas que había

dejado Watson al salirle al encuentro. Rojas llevaba su caballo de las

riendas, y lo dejó en el mismo sitio donde Ricardo había dejado antes

el suyo. Luego subieron de rodillas y apoyándose en las manos la

pendiente arenosa desde cuyo filo podían observar el rancho de la

India Muerta.

Al asomarse entre el ramaje, vieron á Piola sentado en el suelo, lo

mismo que antes, pero solo, pues Manos Duras había desaparecido.

Este hombre fumaba, mirando en torno inquietamente, como si sus

sentidos, aguzados por la vida aventurera en el desierto, le avisasen

la cercanía oculta del enemigo.

De vez en cuando estiraba el cuello, mirando á lo lejos con el deseo

de ver la llegada de alguien.

--Ataquémosle--dijo en voz baja don Carlos.

Nada le importaba que el cordillerano tuviese su carabina pronta

sobre las rodillas. Él y Watson contaban con sus revólveres.

--No hay que olvidar al otro que está oculto--contestó el ingeniero.

--¿Y qué? Serán dos, y nosotros también somos dos... Voy á voltear á

ese bandido.

Tiró de su revólver con la idea de hacer fuego desde allí, sin tener

en cuenta la distancia; pero Watson le contuvo con su diestra,

murmurando al mismo tiempo junto á uno de sus oídos:

--Hay dos hombres más, que no sé dónde están. Esperemos á que lleguen

nuestros compañeros.

Permanecieron en un estado de dolorosa indecisión, fluctuando entre la

espera prudente ó la loca aventura de atacar á unos enemigos cuyo

número exacto ignoraban.

No tardó Watson en saber dónde se habían ocultado los otros dos

camaradas del gaucho. Sonaron lejanos los furiosos ladridos de varios

perros. Piola dió un grito y Manos Duras salió del rancho, asomándose

á la esquina de adobes y quedando visible por unos momentos para los

que espiaban tendidos entre los matorrales.

Eran los cordilleranos que llegaban. Después del rapto se habían

dirigido al rancho de Manos Duras para traer la tropilla de caballos

que debía acompañarles en su viaje á los Andes, así como los víveres y

demás objetos necesarios en tan larga expedición. Los perros del

rancho se hablan incorporado á la tropilla.

Algún tiempo después fueron entrando en la arenosa explanada los dos

jinetes, armados con carabinas, y seis caballos en libertad que

formaban un grupo compacto, sosteniendo sobre sus lomos sacos y fardos

sujetados con cuerdas. Los tres perros de Manos Duras, después de

saltar junto á las ruinas saludando con alegres ladridos á su amo

invisible, se mostraron inquietos y empezaron á husmear en torno á

ellos. Luego prorrumpieron en aullidos feroces. Babeando de rabia y

con los colmillos amenazantes intentaban subir la arenosa cuesta,

retrocediendo á continuación para avisar á los gauchos la presencia

del enemigo oculto.

Los dos jinetes, que aún no habían desmontado, después de silbarles

inútilmente participaron de su inquietud, mirando con ojos hostiles

los matorrales de la altura próxima.

--Nos han descubierto--murmuró el estanciero--. Mejor: así acabaremos

de una vez.

El norteamericano, reconociendo la imposibilidad de hacer otra cosa,

le siguió ladera abajo hasta donde estaba el caballo. Montó en él don

Carlos después de examinar si su revólver salía fácilmente de la

funda. Watson marchó á pie, apoyándose en una pierna de Rojas, y de

este modo avanzaron los dos francamente hacia el rancho.

Cuando llegaron á él, siguiendo á los tres perros, que retrocedían sin

dejar de mostrarles sus colmillos y ladrando furiosos, vieron á los

dos cordilleranos todavía á caballo, y á Piola, con su carabina

apoyada en el pecho, pronto á hacer fuego. Don Carlos se dirigió á él

como si fuese el jefe.

--¿Dónde está mi hija?--preguntó impetuosamente.

Le escuchó el gaucho andino con rostro impasible, como si no le

comprendiese.

--Nada de palabras inútiles--continuó el estanciero--. Si lo que

queréis es plata, hablemos, y puede que nos entendamos.

Piola permaneció silencioso. Mientras tanto, obedeciendo tal vez á una

seña de él, los dos hombres montados se alejaron, examinando el

horizonte. Sólo volvió uno de ellos, y al echar pie á tierra dijo

algunas palabras en voz baja. No se veía á nadie en los alrededores.

Los perros seguían ladrando, yendo inquietos de un lado á otro, pero

esta alarma no debía ser mas que una continuación de la anterior.

Aquellos dos hombres indudablemente habían llegado solos.

Rojas hizo nuevos ofrecimientos, al mismo tiempo que se esforzaba por

contener su indignación, dando á su voz una exagerada melosidad.

--No sé de qué me habla, señor--contestó al fin Piola--. Se equivoca

usted. Nunca he visto á esa señorita.

--¿Acaso ustedes no son amigos de Manos Duras?

Mientras hablaban los dos, Ricardo, alejándose un poco de ellos,

intentó dar vuelta al rancho para llegar á su puerta; pero el otro

cordillerano, adivinando su intención, se colocó ante él, levantando

la carabina como si fuese á apuntarle. Al fin, Piola, sin contestar á

Rojas nada concreto, le volvió la espalda, dirigiéndose hacia la

esquina de la ruinosa construcción y desapareció detrás de ella.

Fué á seguirlo el estanciero, y tropezó con el mismo hombre que había

contenido á Watson. Ahora apuntaba francamente su rifle contra los

dos, para que no pasasen adelante, y tuvieron que mantenerse

inmóviles, dudando entre obedecer á la amenaza ó arrojarse sobre aquel

bandido.

De un puntapié apartó Piola las maderas mal unidas que cerraban la

entrada del rancho. La presencia del cordillerano hizo que Manos Duras

abandonase su lucha con Celinda. Ésta, con las manos atadas, se

defendía de la agresividad carnal de su raptor. Le había arañado, le

había mordido, repeliéndole al mismo tiempo con sus pies. El gaucho

tenía en el rostro y en las manos varios rasguños que goteaban sangre,

pero tal era su excitación que no parecía darse cuenta de ellos.

Al ver á su camarada se esforzó por serenarse, hablando con una

alegría feroz.

--Lo que yo te dije, hermano; empieza uno por juego y acaba

interesándose. No se puede estar en paz al lado de una buena moza.

Pero calló al notar que Piola le miraba como reconviniéndole.

--Vos ahí de farra, como un muchacho, mientras afuera pasa lo que

pasa.

Le invitó á salir con un gesto, y más allá de la puerta continuó,

bajando la voz:

--Ahí tenes al viejito de la estancia con un gringo de los que

trabajan en las obras del río. ¿Qué hacemos?...

Manos Duras, á pesar de su cinismo, quedó sorprendido al saber que don

Carlos estaba al otro lado de la esquina de adobes. ¿Cómo se había

presentado tan pronto?... ¿Quién había podido revelarle la presencia

de su hija en este rancho lejano? Pero su ferocidad y el recuerdo de

la ofensa inferida por Rojas le inspiraron una solución.

--Lo mejor será matarlo.

--¿Y al gringo también?--preguntó Piola con ironía--. Vos encontrás

fácilmente el remedio á todo.

Se mostraba inquieto el cordillerano, como si su instinto le hiciese

presentir la proximidad del peligro. Ya no creía que aquellos dos

hombres hubiesen llegado solos. Otros indudablemente iban á venir,

para darles ayuda. Lo que Manos Duras debía hacer--si es que

verdaderamente necesitaba seguir este mal negocio del robo de la

señorita--era montar en su «flete» sin pérdida de tiempo y llevarse la

buena moza á cierto lugar en las orillas del río Limay, donde se

habían dado cita para el día siguiente. Debía desistir de su vuelta al

pueblo aquella noche. Era oportuno cambiar ahora el orden de la

marcha. Mientras él se alejaba llevándose á la muchacha, ellos se

quedarían allí con la tropilla. Piola se encargaba de convencer al

viejo de la falsedad de sus sospechas. Y si llegaban otros hombres del

cercano pueblo, se convencerían también--viéndolos sin ninguna mujer y

sin Manos Duras--de que eran unos viajeros pacíficos que habían hecho

alto en aquel lugar.

El gaucho le escuchó con impaciencia. Le había tomado gusto á esta

aventura y no admitía modificaciones en ella. Deseaba conservar á

Celinda, y al mismo tiempo no quería renunciar á su vuelta al pueblo,

así que cerrase la noche, para hacer aquel cobro del que hablaba

misteriosamente.

--También podés vos hacer otra cosa--continuó Piola--. El padre ofrece

plata si le devolvemos la muchacha, y...

Pero no pudo continuar. Cerca de ellos, al otro lado de la esquina de

adobes, sonó un tiro, acompañado de un grito. El amigo de Manos Duras

lanzó una blasfemia.

--Ya empieza el baile--dijo armando su rifle y corriendo hacia el

sitio donde había sonado la detonación.

Rojas acababa de disparar su revólver contra el hombre que le impedía

el paso. Este se había fijado especialmente en Watson, pues por ser

más joven, le infundía mayor cuidado, volviendo hacia él su carabina,

y don Carlos aprovechó el olvido en que le dejaba para sacar

cautelosamente su revólver, apuntando al pecho del cordillerano y

haciendo fuego.

Al caer este enemigo, Watson se inclinó inmediatamente sobre él para

apoderarse de su arma.

Cuando Piola dió vuelta á la esquina, Rojas montaba ya en su caballo.

Por un sentimiento atávico de centauro de estancia, se consideraba más

fuerte y más seguro de este modo que á pie. Watson, forcejeando con

el herido acababa de arrancarle su rifle é iba á incorporarse; pero

vió que el bandolero andino le apuntaba por tenerlo más cerca, y su

instinto le hizo encogerse, al mismo tiempo que sonaba la detonación.

Gracias á este movimiento, el proyectil no le atravesó el pecho,

cortándole únicamente el hombro izquierdo, con una herida superficial.

El dolor le hizo soltar el rifle, permaneciendo acurrucado con una

mano en el hombro.

Su agresor dió unos pasos hacia él para que el segundo disparo

resultase más certero, en el mismo instante que Manos Duras avanzaba

su cabeza fuera de la esquina del rancho, atraído por la pelea.

Vió á don Carlos, que, montado ya en el caballo, apuntaba con su

revólver á Piola. Él sacó igualmente el suyo del cinto para disparar

contra el estanciero, pero no pudo hacerlo. Tuvo que levantar el arma

al ver interponerse entre los dos al otro jinete andino que había

quedado en observación.

--¡Gente!... ¡Mucha gente!--gritaba este hombre.

Los perros se presentaron detrás de él, con violentos saltos de

retroceso y de avance, ladrando á un enemigo invisible.

A partir de este momento, los sucesos parecieron atropellarse unos á

otros, superponiéndose con una velocidad irreal.

Manos Duras fué el más ágil para la acción. Corrió hacia su caballo,

que seguía rumiando la hierba sin asustarse de los tiros, como si

estas detonaciones fuesen ordinarias en su existencia. Luego

desapareció detrás del rancho.

Piola pareció olvidarse de Watson, para pensar en su propia seguridad.

También era hombre de á caballo, y se consideraba más seguro y fuerte

sobre la silla que á pie. Montó en su cabalgadura, siempre con la

carabina en la diestra, y uniéndose á su camarada fueron á situarse

los dos junto á la tropilla de caballos, dispuestos á defender hasta

la muerte las cargas de sacos y fardos que representaban la fortuna de

la comunidad.

Rojas pareció olvidarlos, acercándose á Watson para preguntarle con

ingenua emoción:

--¿Qué le pasa, gringuito?... ¿Le han matado?

El joven tenía en un hombro de su blusa una mancha negra, que iba

agrandándose; pero se incorporó, contestando con pálida sonrisa:

--Poca cosa: un rasguño nada más.

Don Carlos ya no pudo ocuparse de él. Necesitaba ver lo que había al

otro lado del rancho, é hizo avanzar su caballo, dando vuelta á la

esquina.

No encontró á nadie. Su rústica puerta, completamente abierta,

mostraba la soledad de su interior. Pero al apartar sus ojos de las

ruinas vió á un jinete que se alejaba al galope, llevando sobre el

delantero de su silla una especie de envoltorio largo, sostenido por

uno de sus brazos, y que se agitaba violentamente lo mismo que una

persona.

El instinto avisó al estanciero más que sus sentidos.

--¡Ah, gaucho ladrón!...

Lo que le había parecido en el primer momento un envoltorio de ropas

contenía una vida, y se negaba á dejarse llevar.

Tuvo la certidumbre de que su oído le engañaba, con el trastorno de la

emoción, al hacerle oir una voz de mujer; pero al mismo tiempo creyó

que Celinda le había reconocido, llamándolo con desesperado lamento:

--¡Papá!... ¡papá!...

* * * * *

#XVII#

Al levantarse Elena, bien entrada la mañana, vió con sorpresa que la

mestiza no acudía á sus repetidas voces.

Finalmente se presentó una de aquellas muchachas apodadas «chinitas»

que trabajaban en el servicio de la casa bajo las órdenes de

Sebastiana. Según declaró esta joven, la respetable mestiza no había

vuelto después de su salida á primera hora.

--Dicen que ha habido un bochinche en la estancia de don Carlos Rojas.

El comisario y muchos hombres se fueron para allá.

A Sebastiana, según continuó diciendo la chinita, la habían visto

algunos en las afueras del pueblo, á caballo y acompañada por el

doméstico del señor Robledo.

--Habrá ido á ver si le ocurrió algo á su antigua patroncita. Cada uno

cuenta una cosa... Pero lo cierto es que en la estancia han matado á

alguien.

La Tierra de Todos · 第 18 / 22 段