--Desde hace unas horas--continuó Torrebianca--parece que veo las

cosas con otros ojos. ¡Ay, las miradas crueles de esas pobres gentes

cuando abrí ayer mi ventana!... Y hoy, durante el entierro, ¡qué

tormento!... Yo que nunca temí á nadie, no he podido afrontar los ojos

hostiles ó burlones de muchos trabajadores... El pobre Moreno me llevó

aparte varias veces ó hablaba alto para que yo no pudiese oir los

comentarios que sonaban á mis espaldas. Él no sabe que me di cuenta de

todo lo que hizo por evitarme molestias... Me he sentido tan

acobardado, que además de pensar en ti pensé en mi pobre madre, como

si aún fuese un niño. ¡Ella que se privó de todo para que su hijo

conservase el honor de sus ascendientes!... Y su hijo ha acabado por

ser la irrisión de un campamento de emigrantes en un rincón

incivilizado de la tierra... ¡Qué vergüenza!

Se tapó los ojos con las manos, como si pretendiese defenderlos de

crueles visiones, y así se mantuvo algún tiempo. Luego levantó el

rostro, para añadir con una ansiedad interrogante:

--Tú que eres mi único amigo y conociste de cerca mi vida en París,

¿crees que Fontenoy era el amante de mi mujer?...

El español hizo otro gesto ambiguo, no sabiendo qué contestar.

Torrebianca, con una voz cada vez más angustiada, formuló otra

pregunta:

--Y esos dos hombres, ¿crees que fueron á batirse ayer por Elena?

Ahora ni siquiera hizo Robledo el gesto vago de antes y se limitó á

bajar los ojos. Este silencio lo interpretó el marqués como una

respuesta afirmativa, y dijo con desesperación, ocultando otra vez su

cara entre las manos:

--¡Y fui yo, el marido, quien dirigió el combate para que se

matasen!...

Hubo un largo silencio. Mantuvo el marqués oculto el rostro entre sus

manos, mientras Robledo le contemplaba con ojos de conmiseración. De

pronto se irguió, y dijo con lentitud, restregándose los párpados:

--No puedo seguir aquí. Me da vergüenza arrostrar la mirada de las

gentes... Tampoco debo marcharme con ella. Ya no me podría dominar con

nuevas mentiras. La miraré de frente, y al ver la falsedad de sus ojos

y de su sonrisa, la mataré... tengo la certeza de que la mataré.

Su amigo creyó llegado el momento de aconsejarle.

--No te acuerdes más de esa mujer, y por el momento procura descansar.

Mañana buscaremos el medio más oportuno para que te libres de ella.

Empieza por quedarte aquí esta noche. Yo pensaré lo que podemos hacer.

Ella se irá; no sé cómo llegaré á conseguirlo, pero se irá, y tú

quedarás conmigo.

Pasó una mano por la espalda de Torrebianca, acariciándole con

expresión paternal, mientras el marqués conservaba oculto el rostro.

Aborrecía ahora á su esposa, pero al mismo tiempo experimentaba un

inexplicable malestar pensando que iba á separarse de ella para

siempre.

* * * * *

#XVI#

Agitada por su curiosidad femenil, esperó la mestiza con impaciencia

la hora de la cita.

Estaba en la cocina de la casa, situada en el corral, bajo un

cobertizo. Sobre una mesa tenía un reloj despertador, y varias veces

aproximó á él su quinqué para saber la hora. Poco antes de las diez se

quitó los zapatos, atravesando descalza el corral, para seguir á

continuación una de las galerías exteriores.

Así llegó, con paso silencioso, al ángulo del edificio más inmediato á

la ventana del dormitorio de Elena. Luego se sentó en el suelo de

tablas, encogiéndose para escuchar sin ser vista.

Distinguió al poco rato en la obscuridad á Manos Duras, que iba

aproximándose á la casa. Vió cómo se quitaba las espuelas,

guardándolas en el cinto, y subía cautelosamente los peldaños de la

escalinata. Se abrió poco después la ventana del dormitorio de la

señora, y apareció ésta, haciendo signos al recién llegado para que

hablase en voz baja.

Sebastiana se esforzó por oir, pero la ventana estaba tan lejos, que

sólo reconcentrando su atención pudo alcanzar fragmentariamente

algunas palabras. Estas palabras eran dichas con voces tan tenues, que

no pudo tener una certeza absoluta de su exactitud. Le pareció oir

«Celinda» y «Flor de Río Negro». Poco después creyó que era esto un

error de sus sentidos.

«¿Qué tiene que ver--se dijo--mi antigua patroncita con los enredos de

esta gente?»

Avanzando su cabeza fuera de la esquina, alcanzaba á ver á Manos Duras

y á la señora. El gaucho oía á ésta con movimientos de aprobación.

Otras veces era él quien hablaba, pero brevemente, apoyando sus

palabras con gestos afirmativos. Hubo un momento en que pretendió

coger las manos de ella, pero Elena se echó atrás con una retracción

que denotaba al mismo tiempo repugnancia y altivez. Inmediatamente

pareció arrepentirse, y dijo en voz más alta, con tono de promesa:

--De eso hablaremos mañana ú otro día, cuando haya hecho usted mi

encargo. Ya sabe lo que hemos convenido.

Y se despidió de él con cierta coquetería, aunque procurando

mantenerse á gran distancia de sus manos.

El gaucho, al ver cerrada la ventana, bajó los escalones, y una vez en

la calle, se detuvo.

Sebastiana, que se había incorporado para verle mejor, creyó que

murmuraba con expresión alegre:

--En vez de una, van á ser dos.

Pero tampoco estaba segura de haber oído esto exactamente, y al fin se

retiró á la casucha del corral, donde tenía su camastro, algo

decepcionada por el insignificante resultado de su acecho.

Lo único que persistió en ella, quitándole el sueño, fué la duda de si

verdaderamente aquellas dos personas habían nombrado en su

conversación á la señorita de Rojas. Y volvió á preguntarse muchas

veces: «¿Qué tendrán esas gentes que decir de mi niña?...»

Robledo pasó igualmente una noche agitada. Había instalado á

Torrebianca en la misma habitación que ocupó éste con su mujer cuando

llegaron á la Presa. Fatigado por sus emociones, el marqués había

accedido al fin á quedarse en la casa de su amigo.

Dos veces durante la noche despertó el español, avanzando su oído para

escuchar mejor. Llegaban hasta él gemidos y palabras balbucientes

desde la habitación próxima, ocupada por Torrebianca.

--Federico, ¿deseas algo?...

Su amigo Federico le contestaba con voz débil y humilde, procurando á

continuación mantenerse silencioso.

Despertó Robledo por tercera vez, pero ahora la luz del día marcaba

con líneas de claridad las rendijas de su ventana. Un ruido había

cortado su sueño, obligándole á echarse de la cama con sobresalto.

Al salir á la sala común, que servía al mismo tiempo de comedor, vió

en ella á Watson inclinado sobre una silla y acabando de calzarse las

espuelas. La caída de esta silla, ocurrida poco antes, era lo que

había despertado á Robledo. Éste, al ver á su socio, dijo alegremente:

--¡Cómo madruga usted!... Y eso que anoche le oí entrar muy tarde.

Watson parecía triste, y se limitó á contestar:

--Como hoy no trabajamos, voy á dar unos galopes por el campo.

Al marcharse el joven acabó Robledo de vestirse, paseando después por

el comedor. Cuando en sus evoluciones pasaba ante la puerta de la

pieza ocupada por Torrebianca, sentía la tentación de entrar. Deseaba

ver á su amigo. Un vago presentimiento le infundía cierta inquietud.

«Vamos á enterarnos de cómo ha pasado la noche», se dijo.

Abrió la puerta, miró al interior de la habitación, é hizo un gesto

de asombro. No había nadie en ella; la cama, con sus ropas en

desorden, estaba vacía. El español quedó pensativo. Primeramente se

imaginó que Federico, no pudiendo dormir en toda la noche, habría

salido á dar un paseo al apuntar el alba.

Instintivamente empezó á mirar en torno de él, examinando la

habitación. Vió sobre la mesa varios papeles, todos con una línea ó

dos de letra de Torrebianca. Eran cartas empezadas por éste y que

había juzgado inútil continuar.

Leyó uno de los papeles: «Agradezco tus esfuerzos, pero no puedo

más...» Lo escrito en otro decía así: «La única mujer que me amo

verdaderamente fué mi madre, y ha muerto. ¡Si yo tuviese la seguridad

de volver á encontrarla!...»

Robledo siguió examinando los demás papeles. Sólo contenían renglones

borrados ó palabras ininteligibles. Torrebianca había querido

escribir, desistiendo al fin de tal esfuerzo. Se imaginó ver á su

amigo, en las altas horas de la noche, arrojando la pluma--que él

acababa de descubrir caída en el suelo--y diciendo con la indiferencia

del que se considera ya por encima de las preocupaciones terrenales:

«¡Para qué!...»

Permaneció absorto, con estos papeles en una mano. Después le reanimó

un pensamiento optimista. Tal vez su amigo estaba vagando por las

inmediaciones del pueblo. Aquellos escritos sin terminar mostraban su

falta de voluntad.

Examinó el suelo fuera de su casa, é hizo un gesto de satisfacción al

distinguir entre las huellas recientes del caballo de Watson el

contorno de un pie humano, que debía ser de su camarada. Él había

aprendido de los rastreadores del país que estudian las huellas

perdidas en el desierto.

Las señales de los pies de Torrebianca le hicieron seguir una

callejuela abierta entre su casa y la inmediata, que venía á dar en el

campo. Pero una vez fuera del pueblo perdió el rastro, por ser

numerosas las pisadas de los que habían salido al amanecer.

Instintivamente marchó hacia el río, siguiendo su ribera curso arriba.

Miraba las aguas deslizarse uniformemente, sin que el menor objeto

alterase su superficie. Al fin se cansó de este examen sin más guía ni

justificación que un presentimiento.

«Este Federico--se dijo--me ha perturbado con sus desgracias. ¿Por qué

pienso cosas absurdas?... Volvamos á casa. Me avisa el corazón que lo

voy á encontrar cuando llegue. Habrá estado paseando por el otro lado

del pueblo.»

Y regresó á la Presa, sintiendo sin embargo una ansiedad que le hacía

marchar apresuradamente.

A la misma hora, cerca de la estancia de Rojas, estaba Manos Duras con

sus tres camaradas de la Cordillera hablando al amparo de unos

matorrales.

Habían desmontado y tenían sus caballos de las riendas. Uno de los

hombres iba vestido de modo diferente á sus camaradas, y más que

jinete del campo parecía un trabajador de la Presa. Manos Duras le

daba explicaciones, que el otro iba aceptando en silencio,

aprobándolas con leves parpadeos. Este hombre montó á caballo, y Manos

Duras y sus dos compañeros le siguieron con los ojos hasta que

desapareció entre los grupos de áspera vegetación.

--El viejito va á ver lo que le cuesta amenazarme dijo el gaucho con

una sonrisa rencorosa.

Uno de los cordilleranos, apodado _Piola_, que por su edad y sus

ademanes autoritarios parecía ejercer cierta influencia sobre sus dos

acompañantes, movió la cabeza como si dudase de tales palabras. El

plan de Manos Duras le parecía excelente, pero no encontraba aceptable

que se quedase en el país un día ó dos luego de dar el golpe. Era

mejor emprender todos juntos é inmediatamente la retirada hacia la

Cordillera.

--Déjeme, compadre; yo me entiendo--contesto el gaucho--. Necesito

antes de irme cobrar algo que me han prometido. Tal vez sea esta misma

noche, y mañana me junto con ustedes.

Contaba con su caballo, del que hizo grandes elogios, y que le

permitiría obtener una gran ventaja sobre sus camaradas, alcanzándolos

en el camino. El podía correr con más ligereza al ir solo, y sus

amigos marcharían embarazados por el bagaje.

Mientras tanto, su enviado galopaba hacia la estancia de Rojas. Al

llegar á una tranquera la abrió, continuando su marcha por los campos

de don Carlos.

Cerca del edificio principal salió á su encuentro Cachafaz, avisado

por los ladridos de unos perros que daban saltos ante las patas del

caballo, pretendiendo morderle. Los espantó el pequeño con sus gritos,

escuchando después con la gravedad de una persona mayor lo que le dijo

el emisario.

Fué tanta su alegría al recibir el recado, que olvidando al jinete

corrió hacia la estancia.

Don Carlos estaba en su comedor tomando el décimo mate de la mañana.

Celinda, con vestido femenino, ocupaba un sillón de junco y parecía

entregada á melancólicos pensamientos. El mestizo entró gritando:

--Patrón, el comisario dice que vaya ahorita mismo al pueblo. Han

tomado preso al que robó nuestra vaca.

Regocijado el estanciero por la noticia siguió á Cachafaz, sin soltar

por esto la calabacita del mate, chupando, mientras marchaba, la

bombilla de plata. Quería que el «chasque» ó emisario llegado á todo

correr de su caballo le diese más explicaciones sobre este aviso.

Al salir de su casa quedó perplejo viendo que el jinete había

desaparecido. Corrió Cachafaz la tierra inmediata, así como los

corrales, dando gritos, sin poder descubrir al «chasque». Finalmente,

Rojas se encogió de hombros, y contento por la noticia, quiso

explicarse esta desaparición. Don Roque, para darle el aviso con más

prontitud, se lo había enviado con algún viandante que tenía que hacer

un largo rodeo en su marcha y deseaba no perder tiempo. Él tampoco

debía perderlo, y como juzgaba conveniente ir á la Presa para hablar

con el comisario, montó á caballo, prometiendo á Celinda estar de

vuelta antes de la comida de mediodía.

Manos Duras y sus tres amigos, tendidos en el suelo, le vieron pasar á

lo lejos con dirección al pueblo. Teniendo sus caras junto á las

raíces de los matorrales, hablaron y rieron con frío cinismo.

--Va en busca de la vaca que nos comimos ayer--dijo Piola.

Y Manos Duras añadió, acompañando sus palabras con un mueca impúdica:

--Veremos qué dice cuando nos hayamos llevado su vaquillona...

Ricardo Watson, que corría el campo, deseoso de aproximarse á la

estancia y temiendo al mismo tiempo irritar á Celinda con su

presencia, vió también pasar á lo lejos al señor Rojas con dirección á

la Presa.

Esto pareció infundirle ánimo. Celinda quedaba sola en su casa, y él

podía visitaría con cualquier pretexto. Pero á continuación sintió

miedo. No osaba acercarse á la estancia, temiendo que fuese Cachafaz

el único que saliese á recibirle. Era mejor vagar por el campo. Tal

vez la hija de Rojas, aburrida de su soledad, se decidiese á montar á

caballo.

Estaba dispuesto á esperar hasta que el sol se ocultase. Llevaba á

precaución, en una bolsa de su montura, algunos comestibles. Además,

como todos los enamorados, olvidaba que los hombres nacen con la

enfermedad mortal del hambre y únicamente pueden seguir viviendo si se

curan de ella dos veces al día. Otras cosas le preocupaban en aquel

momento, más importantes para él.

Mientras tanto, su amigo Robledo vagaba cabizbajo por la calle central

de la Presa. Venía de su casa y no estaba en ella Torrebianca. La

criada le había esperado en vano con el desayuno pronto. ¿Dónde

encontrar á este hombre?...

En mitad de la calle oyó voces amigas y levantó su rostro. El

estanciero Rojas hablaba vehementemente al comisario del pueblo, que

le respondía con gestos de extrañeza. Atraído por el saludo de los

dos, Robledo se aproximó.

--Un chasque--dijo don Carlos--ha venido á mi estancia para avisarme

que el comisario había encontrado la vaca que me robaron... Y don

Roque no ha enviado á nadie, ni sabe una palabra. ¿Ha visto usted qué

historia tan sin gracia? ¿Quién será el hijo de... tal que ha querido

darme esta broma?

Robledo escuchó algunos momentos, fingiendo interés por el asunto, y

continuó su marcha. Únicamente le preocupaba el paradero de su amigo

Torrebianca, creyendo reconocerlo en todos los hombres que veía á lo

lejos.

«Es lástima que Ricardo saliese tan temprano--pensó--. Él me hubiera

ayudado en esta busca.»

Watson, indeciso entre su timidez y el deseo de ver á Celinda, se

había ido aproximando á la estancia; pero al llegar á cualquiera de

las tranqueras que cerraban la cerca de alambres permanecía indeciso.

¿Cómo explicar su presencia dentro de la propiedad de Rojas, cuando

Flor de Río Negro le había ordenado rencorosamente que no volviese

más?

La vista de una tranquera abierta le infundió ánimo.

«Diga ella lo que diga, ¡adelante!--pensó--. Necesito verla, aunque

sea para recibir insultos.»

Y fué avanzando con lentitud por los caminos de la estancia.

De pronto su caballo se mostró inquieto, avivando el paso y

deteniéndose á continuación, como si pretendiera encabritarse.

Vió el joven los cuerpos de dos mastines muertos sin duda

recientemente, pues tenían sus cabezas destrozadas sobre un charco de

sangre. Siguió avanzando, y á pocos pasos de la casa encontró á un

hombre tendido en mitad del camino.

También estaba muerto. Era un peón de Rojas, un mestizo al que creía

haber visto algunas veces, á pesar de que su rostro estaba ahora

destrozado á balazos. Una de sus órbitas había quedado vacía, colgando

de este orificio del cráneo algunas piltrafas de la masa cerebral. En

torno á él, la tierra bebía sangre ávidamente, cubriéndose de moscas.

Se echó abajo del caballo, y con el revólver en la diestra avanzó

hacia la casa. Al asomarse á su puerta y ver que no había nadie en la

gran pieza que servía de sala y comedor, empezó á dar gritos.

Un sillón de junco, que era el preferido por Celinda, estaba volcado

en el suelo. Se fijó también en el tapete de la gran mesa, que parecía

haber sufrido un rudo tirón y estaba igualmente en el suelo, con

todos los papeles y los objetos que descansaban sobre él

ordinariamente revueltos ó rotos.

Fueron tales sus gritos y repitió tanto su nombre para inspirar

confianza, que al fin sonaron pasos en el interior del edificio y

asomó á una puertecita el rostro arrugado y cobrizo de la madre de

Cachafaz. Otras criadas y peones de la estancia, todos mestizos,

fueron surgiendo de sus escondites, balbuceando respuestas

ininteligibles ó persistiendo en un silencio de terror.

Salió Watson de la casa á tiempo para ver cómo el pequeño Cachafaz

venía de los corrales, mirando inquieto á un lado y á otro. De pronto,

todos á la vez quisieron relatar al ingeniero lo ocurrido, pero el

pequeño se les adelantó con cierta autoridad.

Él estaba junto á la patroncita y lo había visto todo. Tres hombres

llegaron á todo galope. Cachafaz había salido de la casa atraído por

los ladridos de los mastines y oyó los tiros que les daban muerte.

Luego vió á un peón que corría hacia los jinetes, sin duda para

preguntarles por qué invadían de este modo la estancia. Los tres

dispararon sus revólveres contra él y rodó por el suelo.

--Yo me metí corriendo en la casa--continuó el pequeño--. La

patroncita fué á salir para ver qué pasaba, pero llegaron los tres

hombres malos y le echaron un poncho por la cabeza. Me escondí debajo

de una mesa; luego me asomé, y vi cómo montaban y se llevaban á la

patroncita, que hacía con sus brazos así... así, debajo del poncho. Y

no sé más.

Los otros deseaban contar igualmente sus impresiones, aunque en

realidad no habían visto gran cosa, pues se escondieron al caer muerto

el peón, permaneciendo ocultos hasta la llegada de Watson. Éste,

mientras se defendía de tantas personas que le hablaban á la vez,

pensó con remordimiento en aquella indecisión que le había hecho vagar

junto á las alambradas de la estancia. ¡No haber entrado media hora

antes, para estar al lado de Celinda y defenderla!...

Adivinó en los ojos de antílope de Cachafaz que callaba otras cosas y

quería decírselas á él, pero á solas. Sonreía el pequeño con desprecio

al escuchar cómo los otros daban señas contradictorias describiendo á

los asaltantes. Todos creían conocerlos y cada uno los había visto de

distinto modo. Watson lo llevó aparte, y empinándose Cachafaz sobre la

punta de sus pies, le dijo en voz baja:

--Es Manos Duras el que ha robado á la patroncita. Yo sé dónde la

tiene.

Acosado por las preguntas de Ricardo, fué explicándose. Ninguno de los

tres hombres que se llevaron á Celinda era Manos Duras. Pero el

pequeño, al abandonar su escondrijo, se había deslizado hasta un

corral inmediato, trepando á lo más alto de una pirámide de alfalfa

seca, guardada para la alimentación de las vacas en invierno. Su

cúspide era un lugar de observación, desde el cual podía abarcarse

enorme espacio de terreno. Oculto en esta atalaya había visto cómo los

tres jinetes se juntaban á gran distancia con otro que parecía

aguardarles, y era indudablemente Manos Duras. Luego, los cuatro

galopaban en la misma dirección, llevando uno de ellos á la prisionera

sobre el delantero de su silla.

También había visto desde la colina de alfalfa cómo llegaba Watson,

pero tal era su recelo, que no quiso bajar hasta convencerse de su

identidad.

Estas noticias conmovieron á Ricardo tan profundamente, que tardó

algún tiempo en poder coordinar sus ideas. Lo primero que pensó fué en

la urgencia de buscar á Celinda para libertarla, sin considerar la

enorme desproporción de fuerzas entre él y aquellos bandidos.

Disponía de un auxiliar, el pequeño Cachafaz, conocedor del sitio

donde guardaban oculta á la joven. Esto era lo importante. Recobrarla

á mano armada corría de su cuenta. Y con la arrogancia absurda de los

enamorados que no reconocen la valía exacta de los obstáculos, montó á

caballo é hizo una seña al pequeño para que le acompañase.

De un salto se encaramó Cachafaz en la grupa, agarrándose á las ropas

de Watson, y éste metió espuelas á la cabalgadura, haciéndola salir al

galope.

Creyendo adivinar Ricardo lo que pensaba el pequeño, así que hubo

pasado la alambrada de la estancia se dirigió hacia el rancho de Manos

Duras, que muchas veces había visto de lejos.

--Lleva mal rumbo, patroncito--dijo Cachafaz. Y señalando lo más alto

de la cortadura que daba sobre el río por la parte de la Pampa,

añadió:

--Vamos para allá, al rancho de la India Muerta.

Este rancho en ruinas, llamado de «la India Muerta», era célebre en la

comarca, y sin embargo, muy pocos lo habían visitado, pues únicamente

servía de refugio á vagabundos deseosos de continuar su marcha sin ser

vistos por las gentes del país.

--Allí los encontraremos...--volvió á decir--si es que no han seguido

viaje.

Una sorpresa no menos desagradable que la de Watson cuando llegó á la

estancia de Rojas fué la que experimentó Robledo casi á la misma hora,

al regresar á su vivienda, cansado de la inútil busca de su amigo.

Vió sentada en el umbral de su puerta á Sebastiana, que parecía

aguardarle, á juzgar por el gesto de satisfacción con que le acogió.

Él, por su parte, no tuvo menos contento al encontrarla, imaginándose

que la enviaba Federico para darle explicaciones sobre su huída. Tal

vez este hombre débil había vuelto al lado de su mujer creyendo una

vez más en sus mentirosas explicaciones.

--¿La envía su patrón?... ¿Trae alguna carta de él?

Sebastiana acogió estas preguntas con una extrañeza que hizo dilatarse

sus ojos oblicuos.

--¿Qué patrón?... ¿El marqués?... No sé nada de él. Yo creía que

estaba aquí. Vengo por otra cosa.

Se había incorporado, suspirando fatigosamente al colocar su

corpulencia en sentido vertical, y dijo bajando el tono de su voz:

--No he podido dormir en toda la noche, y aquí estoy, don Manuel,

aguardándole para que me conteste una preguntita.

Acogió el ingeniero con una paciencia algo irónica esta consulta; pero

apenas la mestiza empezó á hablar, su rostro se transformó, prestando

una atención reconcentrada á todas sus palabras.

Cuando hubo terminado el relato de lo visto y oído por ella en la

noche anterior, siguió diciendo:

--¿Por qué esa señorona y Manos Duras hablaron de mi antigua

patroncita?... ¿Qué tiene que ver con ellos mi paloma inocente?...

Como yo soy una zonza, que no puede entender muchas cosas, me he

dicho: «Voy á ver á don Robledo, el ingeniero, que lo sabe todo. Él me

dirá...»

Pero Robledo no la escuchaba. Parecía abstraído, y de pronto hizo un

gesto de asombro y de inquietud, como si acabase de descubrir una

temible verdad. Volvió la espalda á Sebastiana y anduvo velozmente

hacia el sitio de donde había venido.

Quedó asombrada la mestiza viendo correr al ingeniero, cada vez más

apresuradamente, como si sus palabras le hiciesen temer que podía

llegar tarde. Robledo, desde lejos, empezó á hacer signos y á dar

voces avisando á don Carlos y al comisario, que aún seguían su

conversación en el mismo lugar. Los dos se miraron asombrados al oírle

decir con voz jadeante:

--¡A caballo! Lo del aviso de la vaca fué una astucia de Manos Duras

para que usted abandonase su estancia. Me temo que algo malo puede

ocurrir á Celinda, y debemos ir allá cuanto antes. ¡Con tal que no

lleguemos tarde!...

Estas palabras y otras del ingeniero esparcieron la alarma después de

los primeros momentos de estupefacción.

Don Roque fué corriendo á su casa para armarse y montar á caballo. Sus

cuatro hombres, avisados por él, hicieron todo lo posible para

seguirle, pero sólo tres lograron encontrar montura lista y armas de

fuego prestadas por algunos vecinos, abandonando sus sables inútiles.

La Tierra de Todos · 第 17 / 22 段