No pudo continuar hablando la criada, en vista de la poca curiosidad

que mostraba su señora. Se había limitado á una exclamación de

sorpresa al escuchar las primeras palabras. Luego quedó en silencio,

como si no le interesase el relato.

Permaneció toda la mañana en su salón, después de haber tomado el

desayuno. Pensaba con impaciencia en las largas horas que debían

transcurrir antes de que llegase la noche. Estaba resuelta á llamar á

Robledo; pero éste, según las noticias de su criadita, se había ido

con el comisario á la estancia de Rojas y no regresaría hasta el

atardecer.

Le era imposible seguir viviendo más tiempo en aquel pueblo. Que se

quedase su marido, trabajando en los canales. Ella pensaba pedir á

Robledo que le proporcionase los medios de regresar á París, ó cuando

menos el dinero necesario para volver á Buenos Aires. Una vez en la

gran ciudad sabría defenderse. En su primera juventud se había visto

en situaciones iguales ó peores, y conocía por experiencia cómo una

mujer enérgica puede salir de los pasos difíciles con más soltura que

un hombre.

Deseaba que anocheciese pronto, pensando en su futura conversación con

el español. Al mismo tiempo le daba miedo el rápido deslizamiento de

las horas, pues alguien podía venir á su ventana para exigirle el

cumplimiento de una promesa hecha la noche antes.

Necesitaba un esfuerzo mental para convencerse de que no había soñado

su entrevista con Manos Duras.

«¡Qué absurdo!--pensó--. Pero ¿he podido hacer realmente eso?»

Muchas veces en su existencia había sentido la misma extrañeza por los

propios actos, como si hubiesen en su interior dos personalidades

antagónicas, una de las cuales inspiraba horror á la otra.

«¡Y ese hombre tal vez venga esta misma noche!», seguía pensando.

Para tranquilizarse se dijo que bien podía ser que el gaucho hubiese

olvidado sus promesas. Pero inmediatamente recordó las vagas noticias

que le había dado su criadita de algo terrible ocurrido en la

estancia de Rojas.

Como estaba predispuesta á creer que todos los sucesos debían plegarse

á sus conveniencias, sintió finalmente la confianza del optimismo.

«No vendrá--se dijo--. ¡Qué disparate! ¿Cómo puede ese hombre haber

creído una promesa tan absurda?...»

Después de las noticias que habían circulado por el pueblo, no se

atrevería á volver. Además, aquel bárbaro resultaba temible á campo

raso; pero con tener ella bien cerradas las ventanas y puertas de la

casa, se libraría de su presencia.

Ya no pensó en el gaucho, mas no por esto desapareció de su memoria el

recuerdo de la noche anterior. Algo había sucedido al romper el día,

cuando empezaban á marcarse luminosamente las rendijas de su ventana;

y esto lo había percibido confusamente, como todo lo que pasa cuando

los ojos se resisten á abrirse y el pensamiento vacila entre el sueño

y la vigilia.

Completamente despierta y considerando ahora lo ocurrido á varias

horas de distancia, empezó á convencerse de que alguien había estado

junto á su ventana al amanecer. Recordó un ruido sofocado de pasos en

la galería exterior y el leve crujido de la madera de la pared bajo el

peso de un cuerpo apoyado en ella. Hasta podría jurar que había

escuchado algo semejante á suspiros de dolor, á un jadeo de

desesperación. Y su instinto le avisaba que aquel ser misterioso que

había vivido unos momentos cerca de ella, al otro lado del muro de

tablas, no era otro que su esposo.

Dos veces fué ahora á la ventana, abriéndola para ver su exterior y su

interior, con la esperanza de encontrar un papel ó cualquier otro

indicio del invisible visitante, llegado con el alba y desaparecido al

salir el sol.

«Es Federico--volvió á decirse--; no puede ser otro... Robledo debe

saber donde está. ¡Cómo deseo que vuelva al pueblo para hablarle!...»

Poco después de mediodía, cuando ella fumaba su vigésimo cigarrillo,

llamaron á la puerta. Transcurrió algún tiempo y volvieron á repetirse

los golpes. Elena adivinó que, por estar ausente Sebastiana, las dos

chinitas habían abandonado la casa después de servir la comida,

vagando por el pueblo en busca de noticias.

Fué á abrir ella misma y se sorprendió reconociendo al visitante. Era

Moreno. Su presencia nada tenía de extraordinaria, y sin embargo no

pudo contener Elena un gesto de asombro; tan olvidado le tenía. En las

últimas horas otros hombres habían ocupado por completo su memoria.

Ruborizándose de su olvido le invitó á entrar con exagerada

amabilidad. Su buena suerte le enviaba á este tonto para que la

entretuviese con su conversación durante una tarde larguísima, que sin

esta visita hubiese resultado de monótona soledad.

Al entrar en el salón, Moreno acarició los muebles con una mirada

dulce y protectora, como si le perteneciesen. Luego ocupó el sillón

que le ofrecía ella, haciendo alarde de un aplomo que nunca había

mostrado en sus visitas anteriores.

--Me voy á Buenos Aires en el tren de esta tarde, señora

marquesa--dijo con la gravedad de un hombre que conoce sus propios

méritos--. Debo ver al gobierno para darle cuenta de lo ocurrido aquí,

y hablar con el ministro de Obras públicas sobre la continuación de

los trabajos.

Elena acogió tales palabras con movimientos de cabeza afirmativos, al

mismo tiempo que sus pupilas parecían sonreir maliciosamente. Este

buen padre de familia exageraba un poco su importancia.

--Pero antes de marcharme he creído conveniente venir á verla para que

tratemos de un asunto relacionado con mis futuros negocios.

Siguió hablando, y á las pocas palabras se apagó la chispa alegre é

irónica que danzaba en las pupilas de la Torrebianca. Sus ojos sólo

expresaron un ávido interés, que fué creciendo por momentos.

Moreno relató cómo Pirovani le había confiado toda su fortuna,

nombrándole tutor de la hija única que tenía en Italia.

--El pobre--continuó--, por lo que he visto al examinar rápidamente

sus papeles, era más rico que yo creía. Este encargo supremo de mi

pobre amigo va á darme mucho que hacer, y tal vez me obligue á dimitir

mi empleo. ¡Quién sabe si podré regresar aquí!... Temo que transcurra

mucho tiempo antes de que volvamos á vernos.

Y la posibilidad de tan larga ausencia entristeció al oficinista, á

pesar del aire satisfecho y seguro de sí mismo que mostraba desde el

día anterior.

--Como el infeliz Pirovani--siguió diciendo--me confió el manejo de su

fortuna, y esta casa pertenece á su heredera, yo, en uso de mis

facultades, le digo, señora marquesa, que puede usted seguir aquí todo

el tiempo que juzgue oportuno, como si fuese de su propiedad, y sin

pagar por ella un solo centavo. ¡Qué no haré yo por usted!...

Ella le miraba fijamente con ojos interrogantes. Le era difícil poder

ocultar la sorpresa que le había causado esta revelación. ¡Moreno

depositario de la herencia del contratista, abrumado por la enormidad

de la fortuna que caía sobre él y volviendo á una ciudad populosa para

rehacer su existencia!...

A través de su asombro empezaron á emerger nuevas ideas, semejantes á

islotes todavía informes y en pleno hervor de formación. Se desdoblaba

su interior, surgiendo junto á la mujer de gustos frívolos ansiosa de

comodidades y grandezas, otra que era la de las temibles energías, la

de las extremas resoluciones en las horas difíciles, la que no

vacilaba ante la crueldad. Y esta mujer, al despertarse, aconsejaba

imperiosamente á su compañera: «No dejes que se marche. El destino te

lo envía.»

Contemplándola Moreno con ojos más atrevidos que en los tiempos que no

se creía rico y poderoso, vió de pronto cómo el rostro de la «señora

marquesa» parecía velarse, lo mismo que si se deslizase sobre él la

sombra de una nube invisible. Luego contrajo su boca con expresión

dolorosa y se llevó las manos al rostro, para ocultar sus lágrimas.

Se levantó de su sillón el oficinista para consolarla. Comprendía el

dolor de ella viendo el traje de luto que llevaba por la muerte de la

madre de su esposo. Además, ¡el triste fin de Pirovani, la fuga de

Canterac, tantos sucesos en tan poco tiempo!...

--Es muy triste, señora marquesa, lo que le ocurre, pero no por eso

debe usted llorar.

Y se atrevió á tomarle las manos, oprimiéndoselas dulcemente antes de

apartarlas de sus ojos, húmedos de llanto.

--No lloro por lo que usted cree--suspiró ella--, lloro por mí misma,

por mi desgracia, que no tiene remedio. Estoy sola en el mundo. Mi

marido no ha vuelto á casa hace dos días... y tal vez no volverá.

¡Quién sabe qué calumnias le han contado!... Me quedaban mis amigos,

mis buenos amigos; el uno ha muerto y el otro anda fugitivo. Sólo

podía contar con usted... ¡y usted se marcha para siempre!

El oficinista, conmovido por tales palabras, empezó á balbucear:

--Cuente siempre con mi admiración, señora marquesa... Yo me voy, y en

realidad no me voy... Me tendrá usted en Buenos Aires...

Evitó seguir hablando, por miedo á las incoherencias en que le hacía

incurrir su emoción. Elena había secado sus lágrimas y le miraba ahora

con interés.

--Jamás he conseguido hacerme comprender--dijo--. Los hombres son así:

acuden todos al mismo tiempo cuando les gusta una señora y la aturden

con sus asiduidades, quitándose el sitio unos á otros de tal modo, que

la pobre se desorienta y acaba por no saber hacia dónde va su

predilección. Ahora que usted se marcha y le pierdo tal vez para

siempre, me doy cuenta de que los dos pobres amigos que nos

abandonaron se colocaban en primer término con tal violencia, que

consiguieron ocultarme el hombre más interesante para mí.

Se sintió Moreno de tal modo trastornado por esta revelación, que tomó

entre sus manos la diestra de Elena.

--¡Oh, marquesa! ¿qué dice usted?

Ella, después de dejarse acariciar la mano, oprimió con sus dedos una

de las de él, añadiendo con un tono de sinceridad, como si revelase

sus pensamientos más íntimos:

--Siempre me interesó usted por su modestia: una modestia disimuladora

de grandes condiciones, que usted mismo no sospecha. A mí me gustan

los hombres buenos y sin orgullo. Muchas veces, cuando estaba sola,

entretenía en pensar lo que podría haber hecho un hombre como usted,

viviendo en Europa y trabajando bajo la dirección de una mujer que le

inspirase nobles ambiciones.

Permaneció Moreno silencioso, mirándola con cierto asombro, como si la

admirase más después de sus últimas palabras. Aquella mujer pensaba

las mismas cosas que á él se le habían ocurrido numerosas veces, pero

sin atreverse á creer en ellas.

Elena añadió, desalentada:

-Pero ya es tarde: ¿para qué hablar de eso? Usted tiene una familia.

Yo soy una mujer sin ilusiones ni esperanzas, que se ve sola y pobre,

é ignora cómo terminará su existencia.

El oficinista seguía pensativo, con las cejas fruncidas, como si

estuviese contemplando interiormente un espectáculo molesto para él.

Veía una casita cerca de Buenos Aires, y en sus habitaciones, pobres y

limpias, una mujer y varios niños. Pero esta visión no tardó en

esfumarse, recobrando Moreno el mismo aire de seguridad autoritaria y

vanidosa con que se había presentado al hacer su visita.

--Yo también--dijo--pienso ahora más que antes. Anoche no pude dormir,

y por eso me he levantado tarde, sin tiempo para ir á ver qué es lo

que ha pasado en la estancia de Rojas... Y anoche precisamente se me

ocurrió que tal vez será conveniente que yo vaya á Europa para velar

por la hija de Pirovani y administrar sus bienes mejor que si me quedo

en Buenos Aires. ¡Quién sabe si llegaré á aumentar muchísimo esa

fortuna, dedicándome á los negocios! Yo no creo poseer las condiciones

que usted me supone, señora marquesa; pero en fin, soy hombre de

números, hombre de orden, y tal vez podré hacer buenos negocios, lo

mismo que los hacen otros... ¿Cómo no?

Hubo un largo silencio, y el oficinista, que se mostraba inquieto por

lo que iba á decir, balbuceó al fin tímidamente:

--Usted podría venir conmigo á Europa... para aconsejarme. Yo, por más

inteligente que usted me crea, sólo puedo ser allá un ignorante.

Elena hizo un movimiento de sorpresa y luego repelió altivamente la

proposición.

--No acepto. ¡Qué locura!... ¡Qué fardo iba usted á echarse á cuestas,

amigo Moreno!... Olvida usted además que yo soy una mujer casada, una

señora, y la gente, al vernos juntos, haría las suposiciones más

calumniosas.

A pesar de tales protestas tomó las dos manos de Moreno entre las

suyas y aproximó su cara á la de él, envolviéndole en el nimbo

perfumado de su carne tentadora, al mismo tiempo que decía con

entusiasmo:

--¡Qué gran corazón el suyo!... ¿Cómo probarle mi gratitud por su

ofrecimiento?

Adoptó el oficinista una expresión suplicante para seguir hablando.

¿Qué podía importarles á los dos lo que murmurase la gente?... Además,

en Europa no los conocía nadie. Vivirían en París, la ciudad

maravillosa tantas veces admirada por él en las novelas y que nunca

habría visto de no ocurrir la muerte de Pirovani. Él era quien debía

dar gracias á la marquesa si se dignaba acompañarle y dirigirle.

--¿Y la familia de usted?--preguntó la Torrebianca con una expresión

austera, desmentida al mismo tiempo por sus miradas.

El hombre respondió con el cinismo optimista de un rico, convencido

del poder del dinero, que espera arreglar mediante su intervención

todos los conflictos.

--Mi familia quedará en Buenos Aires, mejor instalada que nunca. Con

plata abundante todo se soluciona y nadie vive descontento... Yo

tendré mucha plata, porque, como es natural, debo recompensarme á mí

mismo por mis trabajos de tutor. Pienso también ganar mucho en los

negocios.

Ella insistió en su resistencia, aunque cada vez con más flojedad, y

Moreno creyó oportuno conmoverla describiendo las delicias de un París

que no había visto nunca y la otra tenía ya olvidadas de puro

conocidas.

--Es una locura--dijo Elena, interrumpiéndole--. Me falta valor para

arrostrar un escándalo tan enorme. ¿Qué dirían si nos viesen huir

juntos?

Después, con una expresión púdica y tímida, añadió:

--Yo no soy como usted me cree. Los hombres aceptan con asombrosa

facilidad todo lo que les cuentan acerca de las mujeres, y ¡á saber

qué es lo que le habrán dicho á usted de mí!... Reconozco que he sido

poco dichosa en mi matrimonio. Mi marido es bueno, aunque nunca ha

sabido comprenderme. ¡Pero de eso á huir con otro hombre, dando un

escándalo!...

Apeló el oficinista á todas las frases almacenadas en su memoria, como

residuo de sus lecturas. ¿Qué importaba el matrimonio, ni tampoco lo

que pudiera decir la gente?... Ella tenía derecho á conocer el

verdadero amor, tomándolo allí donde lo encontrase. Tenía igualmente

derecho á «vivir su vida» al lado de un hombre que supiese

embellecérsela con arreglo á sus altos merecimientos.

Así fué soltando trozos de sus lecturas novelescas, y aunque la

marquesa parecía tan enterada como él de tales argumentos, acabó por

conmoverse y ablandarse bajo su elocuencia amorosa.

Era que la Torrebianca consideraba en su interior que ya había

prolongado bastante el simulacro de su resistencia y creía llegado el

momento de ceder, para que Moreno hablase de cosas más inmediatas y

urgentes. Como si no supiera lo que hacía, puso sus manos sobre los

hombros de él y le habló de muy cerca, con voz tenue, al mismo tiempo

que miraba á lo alto, como sumida en sus recuerdos.

--¡Oh, París! Usted lo conoce por los libros, pero no sabe

verdaderamente lo que es aquella vida. Nos espera allá una existencia

muy dulce.

Consideró el oficinista tales palabras como una aceptación, creyéndose

autorizado después de ellas para abrazarla...

--¿Sí que acepta usted?... ¡Oh! ¡Gracias! ¡gracias!

Pero Elena le repelió para que no pasase más adelante en sus caricias,

y con una gravedad de mujer que sabe plantear los negocios, continuó

hablando:

--Si llegase á decir «acepto», sería con la condición de que nos

marchásemos hoy mismo. De no ser así, podría arrepentirme... Además,

¿por qué seguir más tiempo en este rincón odioso? Todos son enemigos

míos. Hasta mi marido me abandona... No sé qué es de él.

Moreno contestó con movimientos de afirmación. Debían aprovechar el

tren de aquella misma tarde. Si esperaban al próximo, era posible que

en el transcurso de dos días ocurriesen nuevos incidentes. El pobre

empleado creía de buena fe que la marquesa era capaz de arrepentirse

de su resolución, y consideraba necesario aprovechar este momento

favorable.

Elena fué haciendo preguntas, cada una de las cuales vino á ser como

un artículo del contrato verbal que establecía con él, antes de

seguirlo. Explicó Moreno todo lo que Pirovani le había confiado al

darle sus papeles y las instrucciones que añadió de palabra. Su

fortuna era sólida. Antes del duelo le había entregado igualmente todo

el dinero que tenía en su alojamiento. El oficinista podía costear el

viaje y la instalación de ella por mucho tiempo en un lujoso hotel de

Buenos Aires.

--Una vez en la capital--continuó--cobraré todos los depósitos que hay

allá á nombre de Pirovani y haré lo necesario para que el gobierno

pague igualmente lo que le debe por sus trabajos... Conozco á muchas

personas importantes que me ayudarán... Va usted á ver que, aunque

algunos me tienen por zonzo, sé darme bien la vuelta en esto de la

plata... Y apenas deje arreglados los negocios, nos embarcaremos para

Europa.

Otra vez, enardecido por su propias palabras y seguro de la aceptación

de Elena, se atrevió á poner las manos sobre su cuerpo, pero se vió

repelido.

--No--dijo ella severamente, á la vez que entornaba los ojos con

malicia--. Le advierto que mientras no hayamos llegado á París sólo

seré para usted una compañera de viaje. Los hombres se muestran

ingratos si logran su deseo desde el primer momento; abusan de la

bondad de la mujer y olvidan luego sus compromisos.

Sonrió con una expresión prometedora, y dijo en voz queda, entornando

sus párpados:

--Pero así que lleguemos á París...

Sintióse conmovido Moreno por el gesto con que acompañaba Elena tales

palabras.

«¡Oh, París!...» Esta exclamación mental del oficinista resucitó en su

imaginación todos los episodios de la vida alegre que llevan los

extranjeros en la gran ciudad, según él había leído en las novelas.

Vió un elegante restorán nocturno, como se imaginaba que eran los

restoranes de Montmartre y como los había admirado directamente muchas

veces en las historias cinematográficas. Creyó escuchar la música

sacudida y saltarina de un _jazz-band_. Siguió con sus ojos la

rotación de las parejas que bailaban en un gran rectángulo rodeado de

brillantes mesitas.

Después entraba la marquesa vestida con llamativo lujo y apoyada en

el brazo de él mismo, que iba de frac, con una perla enorme en la

pechera. El encargado del establecimiento le saludaba familiar y

respetuoso, como á un parroquiano conocidísimo; las mujeres admiraban

de lejos las joyas de Elena; un _groom_ diminuto como un gnomo se

llevaba la rica capa de pieles de la señora, que esparcía un perfume

de jardín de ensueño. Él examinaba la lista de vinos, pidiendo un

champaña tan caro, que su nombre provocaba una reverencia admirativa

del encargado de la bodega.

Se desvaneció la visión, encontrándose Moreno otra vez en la antigua

casa de Pirovani, ante aquella mujer que tanto había deseado con el

fervor que inspira lo que parece imposible de conseguir, y que le

miraba en estos momentos con ojos devoradores.

--¡Oh, París!--dijo--. ¡Cómo deseo verme allá con usted... Elena!

Porque usted me permite que la llame ahora simplemente Elena... ¿no?

* * * * *

#XVIII#

Para Watson empezaron á sucederse los hechos con la rapidez

vertiginosa y la falta de lógica de los episodios de una pesadilla que

se desarrollan más allá del tiempo y del espacio.

Oyó tiros; luego pasaron ante sus ojos varios jinetes á todo galope,

mientras otros, deteniéndose, hacían fuego contra los dos andinos. En

vano Piola gritaba levantando sus brazos:

--¡Hermanos, no nos baleen, que somos gentes de paz y nos

entregamos!...

Los que llegaban no querían oir y seguían disparando sus rifles á

pesar de las órdenes de Robledo.

Cayó herido el camarada de Piola, y éste juzgó oportuno echarse al

suelo, buscando refugio detrás de su caballo.

Cuando todo el grupo de hombres de la Presa acabó de entrar en la

explanada del rancho, Watson no prestó atención á las exclamaciones

del español, asombrado de encontrarle allí. Tampoco se fijó en los

saludos del comisario. Los dos le olvidaron también para ir en busca

de Piola, colocándole sus revólveres en el pecho mientras le

preguntaban dónde estaba Celinda. Algunos individuos de la expedición

desmontaron para examinar al hombre recién herido y también al otro

cordillerano derribado por don Carlos.

Lo que atrajo la atención del joven fué la presencia de su propio

caballo, sobre el cual se erguía con aire de importancia el pequeño

Cachafaz, señalando con un dedo acusador á los tres vencidos.

-Estos gauchos malos son los que se llevaron á mi patroncita. Yo los

vide...

Pero le fué imposible continuar, pues se sintió agarrado por el talle

y descendido violentamente de su dignidad ecuestre, quedando con los

pies en el suelo.

Ricardo había hecho esto valiéndose de su brazo sano y sofocando el

dolor que le causaban en el hombro herido tales movimientos. Su

caballo pareció reconocerlo al quedar él sobre la silla, y apenas le

hubo picado con sus espuelas, salió á todo galope en la misma

dirección seguida por Rojas.

Llevaba varios minutos el estanciero de perseguir á Manos Duras y no

perdía la esperanza de alcanzarlo. Era difícil poder galopar de un

modo continuo en aquellas pendientes arenosas. Además, el caballo del

gaucho llevaba á dos personas, y éste tenía necesidad de conservar

sujeta á Celinda, al mismo tiempo que excitaba la marcha de su

cabalgadura. Rojas podía dedicarse con mayor ligereza á la

persecución, teniendo además libres sus dos brazos.

Durante esta fuga el bandido volvió repetidas veces su cabeza y el

brazo derecho armado con un revólver. Dos balas pasaron silbando cerca

de don Carlos. Éste contestó á los disparos con otros, pero después se

contuvo. No le quedaban mas que tres cápsulas. En la mañana, al salir

de su estancia para ir simplemente á la Presa, se había ceñido el

cinturón del revólver, sin poner cartuchos de repuesto en los agujeros

de la canana. Sólo podía contar ahora con estos tres tiros y con el

cuchillo que llevaba al cinto para las necesidades del campo. Además

tenía miedo de herir á su hija.

Como el gaucho iba mejor provisto de armas, siguió disparando tiros

durante su fuga, con gran prodigalidad.

Sintió el estanciero una nueva indignación al darse cuenta de lo que

intentaba Manos Duras contra él.

--¡Grandísimo bandido! ¡Ahora tira á matarme mi flete!

Y el centauro criollo, diciéndose esto, mostró tanta cólera como al

ver en peligro á su hija.

A los pocos momentos, Rojas, que parecía soldarse á los caballos que

montaba, hasta formar un solo cuerpo con ellos, adivinó bajo sus

piernas un estremecimiento de muerte. Sacó ágilmente sus pies de los

estribos y se echó al suelo, al mismo tiempo que rodaba la pobre

bestia, arrojando por el pecho un caño de sangre igual al chorro

purpúreo de un tonel de vino que se desfonda.

Se vió el estanciero á pie, mientras el otro continuaba huyendo con su

hija sobre el arzón. Toda su voluntad la concentró en la mano que

sostenía el revólver, apuntando éste contra el enemigo fugitivo.

Necesitaba matar su caballo.

Rojas, que no temía la lucha con las fieras ni con los hombres y pocas

veces había conocido el miedo, tembló de emoción... ¡Dar muerte á un

caballo! Era un excelente tirador, y sin embargo, hizo un disparo y

después otro, sin que la cabalgadura del gaucho cesase en su galope.

Iba ya á disparar su última cápsula, cuando el «flete» de Manos Duras

titubeó, marchando con más lentitud, hasta que por fin dió una

voltereta mortal, levantando una nube de arena con su agónico

pataleo.

Corrió Rojas, pero antes de llegar al sitio de la caída, vió cómo el

gaucho se incorporaba, sacando un segundo revólver del cinto, sin

dejar de oprimir con el otro brazo á Celinda. Así esperó, con aire

amenazante, que se aproximase su perseguidor.

La Tierra de Todos · 第 19 / 22 段