le había regalado Flor de Río Negro. Mientras galopaba lo desenrolló,
para arrojarlo sobre ella cada vez que estaba próxima. El lazo caía
siempre en el vacío, lejos de Celinda, y ésta celebraba con irónicas
carcajadas la torpeza del ingeniero; pero su risa fué transformándose
y cada vez se hizo más alegre, como si no expresase ya desprecio por
su falta de habilidad, sino regocijo. Watson reía también,
presintiendo que una risa común acabaría por unirlos con más rapidez
que su lazo inútil.
En estas evoluciones se fueron aproximando á la estancia. Celinda hizo
que su caballo saltase una barrera de troncos, y desapareció. Watson
no pudo obligar al suyo á que diese otro salto igual, é hizo un largo
rodeo para entrar por una tranquera abierta.
Así llegó hasta el edificio de la estancia con calculada lentitud,
deseando que saliese alguien á quien hablar. Celinda permanecía
invisible, y él no osaba presentarse en la puerta de la casa, por
miedo á que la hija de Rojas le recibiese hostilmente.
Otra vez el pequeño Cachafaz apareció junto á las patas de su caballo,
con una oportunidad providencial.
--Dile á la señorita Celinda si puedo entrar á saludarla.
Se alejó el duende mestizo rascándose por debajo de la suelta camisa
el grueso botón de su panza achocolatada. Poco después volvió á
aparecer, y con su vocecita cantarina y melosa de indio anunció á
Watson:
--Mi patroncita dice que se vaya, y que no quiere verle más, porque es
usted... porque es usted muy feo.
Quedó riendo Cachafaz de sus propias palabras, mientras Watson miraba
con tristeza hacia la casa. Luego hizo dar vuelta á su cabalgadura y
se alejó relativamente consolado, por una resolución que acababa de
adoptar.
«Volveré mañana...--se dijo--. Volveré todos los días, hasta que me
perdone.»
Aquella tarde la pasó Elena sola en su salón. Varias veces tomó un
libro, pero sus ojos se deslizaban sobre las páginas sin comprender el
sentido de una sola línea.
Permaneció largo rato pensativa en el sofá, fumando cigarrillos. Luego
fué á situarse junto á una ventana, mirando á través de sus vidrios la
calle central, de modo que no la viesen desde fuera.
En realidad sólo podía ser vista por dos de los cuatro policías de la
Presa que había colocado don Roque cerca de la casa, para evitar que
se reuniesen grupos, como el día anterior. La gente parecía haber
olvidado por el momento la antigua vivienda de Pirovani. Nadie se
detenía ante ella y resultaba inútil la precaución del comisario.
Además, muchos de los trabajadores del dique habían ido á Fuerte
Sarmiento para asistir al entierro del contratista. Los otros estaban
en el «Almacén del Gallego» ó formaban corros en las afueras del
pueblo, discutiendo acaloradamente sobre la posibilidad de que se
suspendiesen en breve los trabajos, quedando todos sin ocupación.
Algunos, más optimistas, creían que en el primer tren iba á llegar un
nuevo ingeniero director, como si al gobierno de Buenos Aires le fuese
imposible vivir si no reanudaba los trabajos inmediatamente. El
Gallego y otros españoles hacían apuestas sosteniendo que su
compatriota don Manuel Robledo, al que respetaban como una gloria
nacional, sería el designado para la nueva dirección.
Ciertos peones viejos que habían rodado por todas las obras públicas
del país levantaban los hombros con una expresión fatalista.
--La carreta se ha atascado, y veréis el tiempo que pasa antes que
vuelva á rodar.
Mientras Elena, de pie junto á los vidrios, contemplaba la calle
solitaria, iba repasando mentalmente todas las dificultades de su
actual situación. Pirovani muerto; el otro huído; la casa que ella
ocupaba no sabiendo aún de quién iba á ser... Además pensó en lo que
estaría diciendo Robledo y en la hostilidad repentina de aquel Watson,
única persona cuya presencia parecía esparcir cierto interés
sentimental sobre la vida monótona que llevaba allí. Tal vez á aquella
misma hora Ricardo iba en busca de la muchachuela que había intentado
golpearla con su látigo...
Nunca, en el curso de su complicada historia, que ella sola conocía
exactamente, se había encontrado en peor situación. Hasta aquella
muchedumbre heterogénea--en la que había muchos con un pasado europeo
repleto de delitos--se atrevía á dirigirle reproches, obligando á la
autoridad de la Presa á guardarla con aquellos dos hombres apoyados en
sus sables que veía desde su ventana. ¡Y ella había atravesado el
Océano y venido á instalarse en una tierra casi salvaje, para
encontrarse finalmente en tal situación!...
Siempre había conseguido un remedio en los mayores apuros de su vida;
siempre lograba salir de los conflictos bien ó mal; pero ahora no
podía acertar con la solución necesaria... ¿Irse de allí? ¿Cómo
lograrlo? Eran pobres lo mismo que al llegar; más aún, pues Robledo no
iba á pagarles igualmente su viaje de regreso. ¿Adónde dirigirse, si
su esposo había huído de París y allá le esperaba la Justicia?
Pensó con miedo en la prolongación de su vida en la Presa. Había
resultado tolerable hasta el presente por las larguezas de Pirovani y
la rivalidad de éste con los otros. Mas ¡ay! el italiano había muerto,
y ella tendría que abandonar esta casa que era como un palacio
dominador de todo el pueblo. Nadie vendría en adelante á desearla y
admirarla, esforzándose por hacer agradable su vida. Únicamente
quedaba Robledo: un enemigo... Quedaba también Watson, que podía haber
representado para ella una solución; pero ¡este hombre había cambiado
tanto!...
Cruzó por su pensamiento una idea que la había halagado en los últimos
días, cuando el joven la acompañaba en sus paseos. Ella podía
abandonar á Torrebianca, que era un náufrago incapaz de salir á la
orilla, é irse con Watson por el mundo. Un hombre enérgico y algo
inocente como este joven, aconsejado por una mujer experta, podía
acabar triunfando en cualquier país. En su vida anterior tenía Elena
episodios más arriesgados... Pero inmediatamente sentía la fiebre del
odio al convencerse de que era imposible esta solución.
Ricardo había huído de ella para siempre. Ya no podía dudar de este
alejamiento, después de haberle hablado desde su ventana la tarde
anterior. Tal vez le sería fácil su reconquista viéndolo á solas; pero
el otro, como si presintiese el peligro, había dicho que sólo volvería
á visitarla en otra casa y en presencia de su esposo. La voz con que
afirmó esto y su mirada revelaban una voluntad inconmovible.
Como Elena no podía sospechar el cambio de ideas que se había
realizado en Canterac después del duelo, ni tampoco la breve
conversación de éste con Watson al marcharse, atribuía dicho trastorno
en la actitud del joven á la influencia de Celinda.
«Me lo ha tomado otra vez--pensó--. Esa muchachuela rústica me cierra
el único camino que podía seguir. ¡Ay! ¡cómo la odio!»
Durante sus reflexiones se sintió agitada por diversos y encontrados
pensamientos, como si se hubiese partido interiormente en dos
personalidades distintas. La imagen de Watson la confortaba todavía en
estos momentos angustiosos. Era el hombre joven, el dominador, que
surge en el ocaso de toda mujer acostumbrada á jugar cruel y fríamente
con los deseos de los hombres. Ella, que los había buscado en otros
tiempos por ambición ó por codicia, necesitaba ahora á Watson. No lo
deseaba solamente porque era capaz de hacerla salir de su crítica
situación, sino por él mismo; porque era la juventud, la fuerza y la
ingenuidad, todo lo que puede dar apoyo á una vida fatigada. Sentía
además el dolor de los celos; unos celos de mujer vanidosa y algo
madura que se ve arrebatar la última esperanza de felicidad por una
adversaria que casi puede ser su hija.
A la par que sufría este tormento debía preocuparse de su trágica
situación, creada por la rivalidad amorosa de dos hombres que la
habían deseado, y defenderse también del odio de todo un pueblo.
«¿Qué hacer?--siguió pensando--. ¡Ay! ¿En dónde me he metido?»
Unos golpecitos en la puerta del salón la hicieron abandonar sus
pensamientos. Entró Sebastiana con expresión tímida é indecisa,
manoseando una punta de su delantal. Al mismo tiempo sonreía mirando á
la señora, como si buscase palabras para dar forma al deseo que la
había traído hasta allí.
Elena la animó á que hablase, y entonces la mestiza dijo
resueltamente:
--Yo estaba al servicio del finado don Pirovani, y como ya es
difunto... por lo que todos sabemos, debo irme.
Manifestó la señora su extrañeza ante tal decisión. Podía quedarse;
ella estaba contenta de sus servicios. La muerte del italiano no era
motivo suficiente para que se marchase. En alguna parte debía servir,
y Elena prefería que fuese en su casa. Pero la mestiza insistió,
moviendo la cabeza negativamente:
--Debo irme. Si me quedo, tengo amigas aquí que me sacarán los ojos.
¡Muchas gracias! Quiero estar bien con los míos... y ¿por qué no
decirlo? la señora cuenta con pocas simpatías en el pueblo.
Después de tales palabras no juzgó prudente Elena seguir la
conversación, limitándose á mostrar una triste conformidad.
--¡Si á usted le da miedo seguir aquí!...
Esta tristeza conmovió á Sebastiana.
--Yo con gusto me quedaría; la señora me es simpática y no me ha hecho
nunca daño... Pero la gente es como es, y yo ¡pobre de mí! no voy á
pelearme con todas las mujeres de la Presa. Si puedo servir en otra
cosa á la señora, mándeme...
Se retiró al fin, luego de insistir en sus deseos de ser útil á Elena
y en la tristeza que le causaba abandonar su servicio. Cerca de la
puerta se detuvo para contestar á la marquesa, que le preguntó por su
marido.
--No sé. Salió esta mañana y aún no ha vuelto. Tal vez ha ido á Fuerte
Sarmiento con don Moreno para el entierro de mi pobrecito patrón.
Al quedar sola, Elena empezó á preocuparse de su esposo, personaje
olvidado que parecía resurgir con nueva importancia. Estaba
acostumbrada á considerarlo como un ser falto de voluntad, pronto á
aceptar todas sus ideas y creyendo lo que ella quisiera hacerle creer.
Pero el último episodio de su vida resultaba extremadamente violento.
En una gran capital hubiera tenido menos resonancia, ¡mas aquí, en un
pueblo de vida monótona, donde rara vez ocurría algo extraordinario, y
en presencia de una muchedumbre aventurera predispuesta á insultar á
las personas de clase superior!...
Sintió cada vez mayor inquietud al pensar en la posibilidad de que
Torrebianca descubriese el verdadero motivo del odio de aquellos dos
hombres cuyo duelo á muerte había concertado. Fué repasando en su
memoria todo lo ocurrido entre ella y su esposo desde el día anterior.
Federico, al volver á casa, le había contado el triste fin del
combate, pero con ciertas precauciones, como si temiese la emoción que
podía causarle esta noticia. Luego, al atardecer, parecía otro hombre.
Rehuyó hablar, contestándola siempre con monosílabos, y por dos veces
sorprendió su mirada fija en ella con una expresión que nunca había
conocido. Después de cerrar su ventana Torrebianca, molestado por la
curiosidad de la muchedumbre, se había ocultado en su dormitorio para
no salir hasta la mañana siguiente muy temprano, antes de que Elena
despertase. El día tocaba á su fin y Federico aún no había vuelto.
¿Qué debía pensar ella de todo esto?...
Pero su inquietud no tardó en desvanecerse. Estaba tan acostumbrada al
dominio absoluto de su marido, que acabó por considerar sin fundamento
sus sospechas y temores. Además, aunque tales inquietudes resultasen
ciertas, ella conseguiría apaciguarlo y convencerlo, como lo había
hecho muchas veces.
La vista de un transeúnte que pasaba lentamente ante la casa mirando á
las ventanas sirvió para hacerla olvidar á su esposo. Era Manos Duras.
Una hora antes, cuando estaba ella, lo mismo que en el presente
momento, de pie junto á los vidrios, había creído ver por dos veces al
gaucho asomándose á la esquina de una callejuela próxima. El rústico
jinete iba á pie, vagando por el pueblo, como un trabajador en día de
descanso. Al columbrar á la marquesa detrás de los visillos la saludó
quitándose el sombrero y enseñando su dentadura de lobo.
Era el primer saludo sonriente que recibía Elena después de la muerte
de Pirovani. Adivinó en este hombre al único admirador que le
quedaba, y esto le pareció tan cómico que casi la hizo reir. En
adelante sólo podría contar con el enamoramiento de un gaucho medio
bandido.
Quedó pensativa, con la frente apoyada en los cristales, mirando la
avenida solitaria. Manos Duras había desaparecido en la callejuela
inmediata, y hasta los dos policías, juzgando inútil su vigilancia, se
iban alejando hacia el boliche.
Otra vez sonó la puerta del salón bajo los discretos llamamientos de
Sebastiana. Ahora entró más resueltamente, pero hablando en voz baja y
sonriendo con una expresión confidencial.
--¿Ha venido el señor?--preguntó Elena.
--No; es otra cosa... Estaba yo en el corral, hace un momento, cuando
ese gaucho que llaman Manos Duras apareció en la puerta trasera y
dijo...
Hizo esfuerzos de memoria para repetir las mismas palabras del hombre.
Le había encargado que manifestase á la señora marquesa cómo él estaba
allí, á sus órdenes, para lo que quisiera mandar. En los malos
momentos se conoce á los amigos; y ahora que tantos en el pueblo y
fuera de él hablaban contra la señora por pura envidia, Manos Duras
tenía el gusto de repetir que era él de siempre.
--Decidle vos á tu patrona que no me doy la vuelta como muchos otros,
y que ella siempre será la mesma para mí, porque yo soy de los de «me
rompo pero no me dueblo»... Eso me ha dicho Manos Duras para que yo se
lo diga á la señora.
Elena acogió estas palabras con una sonrisa. ¡Pobre hombre! ¡Y aún
decían que era un bandido!... Para ella resultaba en aquellos momentos
el varón más interesante del país, el único caballero que se atrevía á
hacer frente al populacho ofreciéndola su apoyo.
Cuando la mestiza se marchó, aún se mantuvo Elena junto á la ventana
viendo á los transeúntes, cada vez más numerosos, según avanzaba el
ocaso. Se apartó de los vidrios al pasar algunos grupos de
trabajadores á caballo ú ocupando carruajes alquilados en Fuerte
Sarmiento. Volvían indudablemente del entierro del contratista. Todos,
antes de alejarse, miraban de reojo la casa.
Cerca del anochecer vió pasar á un jinete solo, que bajaba la cabeza
obstinadamente. Era Ricardo Watson. Se dió cuenta, por su traje
cubierto de polvo y por el aspecto de su cabalgadura, que no venía del
entierro como los otros. Debía haber pasado el día en el campo;
indudablemente, en la estancia de Rojas ó vagando por las
inmediaciones del río en compañía de aquella muchacha del látigo. «¡Y
yo aquí--pensó--, encerrada como una fiera, huyendo de los insultos de
un populacho injusto!... ¡Y luego se asombran de que una mujer sea
mala!»
Permaneció inmóvil, con los ojos entornados, mientras las sombras del
crepúsculo, surgiendo de los rincones, venían á confundir sus
lobregueces en el centro de la habitación. Sólo una débil claridad
exterior daba cierta fluorescencia azul á los vidrios, destacándose
sobre ellos la silueta inmóvil de Elena.
Cerrada ya la noche, cuando dió un grito para que acudiese Sebastiana,
ésta contestó adivinando sus deseos:
--¡Allá voy con la lámpara!...
Y apareció llevando un gran quinqué, que puso sobre la mesa, en mitad
del salón.
Iba á retirarse, creyendo que lo había hecho todo, cuando la detuvo la
señora.
--¿Usted sabe dónde podrá estar en este momento ese Manos Duras de que
me habló antes?
La mestiza, siempre predispuesta á la charla desarrolló un largo
preámbulo antes de dar una contestación precisa. Manos Duras iba ahora
á todas partes con unos amigos suyos de la Cordillera que estaban
alojados en su rancho: gente mala y poco temerosa de Dios. ¡A saber lo
que traerían entre manos!... También le había indicado, en su diálogo
á la puerta del corral, que tal vez hiciese pronto un largo viaje, y
esta era la razón de haber venido á molestar á la señora por si quería
mandarle algo.
--Yo creo--terminó--que si no se ha vuelto á su rancho lo pillaré á
esta hora donde el Gallego.
--Vaya á buscarle--dijo Elena--y avísele de mi parte que á la diez en
punto esté frente á la casa... Nada más. Pero dígaselo con habilidad;
que nadie se entere.
Sebastiana, que había acogido las primeras palabras como si las
escuchase mal, por parecerle inauditas, al oir que le recomendaban ser
discreta, olvidó su asombro para afirmar vehementemente que la patrona
podía estar tranquila en cuanto á la prudencia con que ella
acostumbraba á cumplir los encargos.
Salió de la casa, marchando á toda prisa hacia el boliche. Si no
encontraba allí al gaucho, era que se habría ido del pueblo.
Ante la puerta del establecimiento se detuvo para mirar á su interior.
Por ser ya la hora de la cena, el público había menguado. Los más de
los parroquianos estaban en sus viviendas, sentados á la mesa, y
solamente una hora después volverían á agolparse junto al mostrador.
Un gaucho viejo tocaba la guitarra mirando la panza de un cocodrilo de
los que pendían del techo. Los tres huéspedes de Manos Duras
escuchaban atentamente. Éste, sentado en un cráneo de caballo y con la
espalda apoyada en la pared, fumaba pensativo.
Como el dueño del boliche estaba ausente, Friterini, detrás del
mostrador, imitaba el aire del patrón, mientras leía con arrobamiento
un periódico italiano, viejo y sucio.
Levantó Manos Duras sus ojos, avisado por una tos discreta, y vió en
la puerta á la mestiza, que le hacía señas para que saliese. A
espaldas del boliche le dió Sebastiana el recado con voz misteriosa,
llevándose un dedo á los labios varias veces en el curso de su
mensaje. Además guiñó un ojo para que el gaucho «no la tuviese por
zonza», dando á entender que sospechaba en qué pararía su aviso.
Cuando la mestiza se hubo marchado, Manos Duras tardó en volver al
boliche. Prefería estar solo y en la obscuridad, por parecerle que así
podía saborear mejor su satisfacción. Entraba en su regocijo una gran
parte de asombro. ¿Cómo podía él imaginarse aquella tarde, al vagar
ante la vivienda de la señorona, que ésta le enviaría un recado para
que fuese á verla á solas en la misma noche?...
Al hacer su ofrecimiento á Sebastiana en el corral de la casa, había
obedecido á los impulsos de una caballerosidad á su manera. Deseaba
aparecer ante la marquesa como un individuo distinto á los demás
habitantes del pueblo y había ofrecido su protección sin esperanza de
que ella la aceptase... Y unas horas después le buscaba. ¿Qué desearía
pedirle?...
Luego desechó las dudas que empezaban á enturbiar su gozo, sintiéndose
fortalecido por un orgullo varonil. Él, aunque fuese un pobre rústico,
era un hombre como los demás, mejor que los demás, pues todos le
tenían miedo... ¡y estas _gringas_ venidas del otro mundo resultaban á
veces tan caprichosas!... Acabó por sonreir vanidosamente.
«Lo que yo pienso--se dijo--: ¡todas son unas!... ¡Todas iguales!»
Y volvió al boliche para sentarse entre sus amigos, en espera de la
hora.
Robledo y Watson acababan en aquel momento de cenar, y oyeron que
alguien llamaba á la puerta de su vivienda.
Se sorprendió un poco el español al ver entrar á Torrebianca vestido
con un traje negro de ciudad y una corbata de luto, pero todo cubierto
de polvo, de tal modo que sus ropas parecían grises y su cabeza y sus
bigotes completamente blancos.
--Vengo de Fuerte Sarmiento, de enterrar al pobre Pirovani... Me ha
traído Moreno en su coche.
Le invitó Robledo á sentarse á la mesa.
--Puedes cenar aquí, si no quieres ir en seguida á tu casa.
Torrebianca hizo un movimiento negativo.
--No pienso volver á mi casa.
Dijo esto con tal energía, que Robledo quedó mirándole fijamente.
Mostraba una excitación que hacía temblar sus manos y atropellaba el
curso de sus palabras.
--He comido algo con Moreno antes de salir de allá... Pero comeré otra
vez... ¡Ay, la muerte! ¡Pobre Pirovani!... También beberé un poco.
A pesar de que hablaba de su hambre, apenas tocó los distintos platos
que le fué ofreciendo la criada de la casa. En cambio bebió mucho
vino, pero de un modo maquinal, sin saber ciertamente lo que bebía.
El español había creído percibir, desde la entrada de su amigo, cierto
olor de ginebra. Indudablemente él y Moreno habían tomado algunas
copas de este licor antes de emprender su regreso. Tal vez esto era el
motivo de su excitación, por no estar acostumbrado á las bebidas
alcohólicas.
Watson, que había terminado de cenar, se fijó en la tenacidad con que
le miraba Torrebianca. Parecía indicarle con los ojos que su presencia
era inoportuna.
--¿Moreno se ha quedado en su casa?--preguntó.
Y se fué, pretextando la conveniencia de hablar con el oficinista para
saber lo que pensaba escribir al gobierno sobre la necesidad de
reanudar las obras.
Cuando Robledo y Torrebianca quedaron solos, éste pareció otro hombre.
Se fué desvaneciendo su excitación, bajó los ojos, y el español creyó
que se empequeñecía en su asiento, como algo blando que se desplomaba,
falto de sostén interior. Toda la falsa energía del alcohol había
desaparecido de golpe, y Torrebianca estaba allí, ante su vista, con
un aspecto que hacía recordar el de una envoltura de goma súbitamente
deshinchada.
--Necesito que me oigas--dijo levantando hacia su amigo unos ojos
humildes é implorantes--. Tú eres lo único que me queda en el mundo,
la sola persona que me quiere... y por lo mismo me debes la verdad.
Hoy, mientras enterraban al infeliz Pirovani, no pensaba en otra cosa.
«Es preciso que vea á Robledo. El me dirá lo que debo creer de todo
esto...» Pero aún no te he dicho que «todo esto» es lo que noto en
torno de mí desde ayer, las miradas de la gente, los gestos de
antipatía, las palabrotas que creo adivinar y que después me resisto á
haber adivinado... ¡Ay! ¡Es tan horrible todo eso!
Cada vez más desalentado y humilde, apoyó Torrebianca su frente en las
manos. Robledo quiso decir algunas palabras para infundirle energía,
pero él le interrumpió.
--Luego hablarás. Es preciso que oigas primeramente cosas que no sabes
ó que yo te conté y has olvidado. Pero antes necesito hacerte una
pregunta. ¿Tú crees que mi mujer me engaña?...
Quedó el español sorprendido por tales palabras y transcurrieron
algunos segundos sin que pretendiese responder á ellas. Su amigo
pareció sentir de pronto un gran temor á que el otro contestase, y
para evitarlo empezó á relatar su propia historia desde que conoció á
Elena.
Una parte la había oído ya Robledo en París: cómo se encontraron él y
ella en Londres, la nobleza de su familia allá en Rusia, la alta
posición de su marido en la corte de los zares. Pero ahora el tono del
narrador era otro, y Torrebianca parecía dudar de aquel pasado que
siempre había admitido de buena fe, exhibiéndolo con orgullo.
Además, entre las líneas generales de esta historia Federico iba
revelando á su amigo nuevos episodios. Parecía ver con mayor relieve
las cosas pasadas, fijándose en detalles hasta entonces inadvertidos.
Siempre había frecuentado su casa un amigo íntimo, un amigo favorito,
al que trataba su mujer con gran confianza, asegurando que lo conocía
de los tiempos en que era soltera y vivía con su noble familia. El
marqués se había batido dos veces por su esposa, viéndola calumniada
repentinamente por hombres que hasta poco antes frecuentaban sus
salones. Aún se acordaba con remordimiento de cierto amigo suyo al que
hirió gravemente en uno de tales lances.
--Te he contado--siguió diciendo--toda mi historia con esa mujer, todo
lo que sé con certeza de su vida. Lo demás es ella quien lo dice, é
ignoro si debo creerlo... Hasta dudo ahora de su nacionalidad y de su
nombre. Yo le di francamente todo mi pasado, y ella tal vez no me ha
devuelto mas que mentiras.
Miró otra vez á Robledo con angustia, esperando que éste le infundiese
alguna fe en la incierta historia de su mujer. Parecía un náufrago
buscando algo sólido donde agarrarse. Pero Robledo bajó la cabeza
haciendo un gesto ambiguo.