Pirovani, con la pistola en alto, avanzaba la cabeza y entornaba los

ojos para oir mejor, acogiendo con movimientos afirmativos cada

palabra de Torrebianca. Canterac permanecía impasible, como un hombre

que está escuchando algo que conoce sobradamente.

Siguió leyendo el marqués, y al fin guardó su papel, para hablar á los

adversarios.

--Mi deber es dirigir á todos un llamamiento en pro de la concordia.

¿Es posible todavía una explicación entre caballeros?... ¿Quiere

alguno de los dos presentar sus excusas al otro?...

Movió Pirovani con violencia su cabeza, haciendo signos negativos. El

ingeniero permaneció inmóvil, sin que se alterase una línea de su

rostro sombrío.

El marqués volvió á hablar, quitándose su sombrero con triste

cortesía.

--Entonces, que empiece el lance y cada uno cumpla como caballero.

Retrocedió unos pasos, pero de espaldas, sin perder de vista á los

combatientes. Luego levantó una mano, preguntando si estaban listos.

Pirovani hizo un movimiento afirmativo. Su adversario continuaba mudo

ó inmóvil. Separó el marqués sus manos para dar la primera palmada.

Todo esto lo hizo con una lentitud que daba á sus movimientos cierta

solemnidad trágica.

Los otros padrinos, colocados á alguna distancia de él, miraban con

una emoción mal disimulada. El médico, que seguía arrodillado junto á

su caja, levantó la cabeza con los ojos muy abiertos.

Torrebianca fué aproximando las manos y dijo lentamente:

--¡Fuego!... Una...

Los dos bajaron á un tiempo sus pistolas.

Pirovani, que sólo tenía en aquel momento la preocupación de no hacer

fuego después de la tercera palmada, se apresuró á tirar. Su enemigo

guiñó ligeramente un ojo y contrajo levemente la mejilla del mismo

lado, como si hubiese sentido el roce del proyectil. Pero recobró

inmediatamente su impasible fosquedad y siguió apuntando.

Volvió el marqués á dar una palmada, diciendo lentamente: «Dos.»

Al ver Pirovani que no había herido á su adversario y quedaba

desarmado ante él, pasó por su rostro, como una nube veloz, la emoción

del miedo; pero fué por un momento nada más. Luego, mirando á Canterac

que le seguía apuntando, cruzó sus brazos, apoyó en el pecho la

pistola inútil y presentó de frente todo su cuerpo, con loca

jactancia, cual si desafiase á la muerte.

Moreno se agarró á un hombro de Rojas, obligado por su ansiedad á

buscar un apoyo. El estanciero apretaba los labios.

--¡Pucha!... Lo va á matar--dijo entre dientes.

Dio otra palmada el director del combate. «Tres.» Un momento antes

Canterac había hecho fuego.

Todos corrieron en una misma dirección, menos el capitán, que

permaneció inmóvil, con el brazo caído y la pistola todavía humeante

en su diestra.

El contratista estaba de bruces en el suelo como una masa inerte. Los

que corrían hacia él vieron en primer término la cúspide de su cabeza,

y saliendo de ella un hilo de sangre que serpenteaba entre la hierba.

Inmediatamente esta cabeza quedó invisible, pues todos se agolparon

en torno al cuerpo caído, inclinándose para escuchar al médico, que lo

examinaba con una rodilla en tierra.

Momentos después alzó éste su rostro para decir con balbuceos de

emoción:

--Nada queda que hacer... ¡Muerto!

Viendo que Canterac se aproximaba al grupo para saber lo ocurrido,

Torrebianca salió á su encuentro, cerrándole el paso. El gesto triste

del marqués, antes que sus palabras, revelaron al ingeniero la verdad.

Su padrino juzgó necesario llevárselo de allí, y le dijo

imperiosamente que le siguiese. Al otro lado de las dunas aguardaba un

carruaje, el mismo que había llevado á Elena la tarde de la fiesta.

Cuando este vehículo los dejó frente á la antigua casa del muerto, los

dos quedaron con los pies vacilantes. Torrebianca no podía invitar á

Canterac á que entrase en un edificio que era de Pirovani. El otro

tampoco osaba dar un paso.

Estaban los dos inmóviles, sin saber qué decirse, cuando apareció

Robledo. Debía estar rondando desde mucho antes por las inmediaciones

de la casa para adquirir noticias. Al reconocer á Canterac le miró con

una expresión interrogante.

--¿Y el otro?...

Inclinó la cabeza Canterac y el marqués hizo un gesto doloroso que

reveló á Robledo todo lo ocurrido.

Permanecieron los tres en silencio. Luego el francés dijo en voz baja:

--Mi carrera perdida; mi familia abandonada... ¡Y lo más horrible es

que no siento odio alguno al pensar en ese infeliz!... ¿Qué será de

mí?

Robledo era el único de los tres capaz de una resolución enérgica en

aquel momento.

--Lo primero es huir, Canterac. Este asunto hará mucho ruido, y no

puede taparse como una riña de boliche. Pase los Andes cuanto antes;

al otro lado está Chile, y allí puede usted esperar... En el mundo

todo se arregla, bien ó mal; pero todo se arregla.

El francés habló con desaliento. No tenía dinero; lo había gastado

todo en aquella fiesta, que ahora le parecía un disparate. ¿Cómo vivir

en Chile, donde no conocía á nadie?...

Le tomó un brazo el español para tirar de él afectuosamente,

llevándoselo de allí.

--Lo primero es huir--dijo otra vez--. Yo le daré los medios de

hacerlo. Vámonos.

Canterac se resistía á obedecerle, mirando al mismo tiempo á

Torrebianca.

--Quisiera antes de irme--murmuró--decir adiós á la marquesa.

Fué tan suplicante el tono con que hizo esta petición, que provocó en

Robledo una sonrisa de lástima. Luego le fué empujando con una

superioridad paternal.

--No perdamos tiempo--dijo--. Preocúpese de usted nada más. La

marquesa tiene otras cosas en que pensar.

Y se lo llevó á su casa.

Durante todo el día el suceso mantuvo en continuo bullicio á los

habitantes del pueblo. Muchos lo aprovecharon como un motivo para

abandonar el trabajo. En la calle central se formaron numerosos grupos

de hombres y mujeres, hablando acaloradamente, al mismo tiempo que

miraban con hostilidad la casa que había sido de Pirovani. Los nombres

de Torrebianca y su mujer sonaban tanto como los de los adversarios

que se habían batido.

Entre las gentes del pueblo pasaron algunos gauchos amigos de Manos

Duras, como si el reciente suceso hubiese extinguido completamente la

hostilidad que existía entre ellos y los habitantes de la Presa.

A media tarde atravesó la calle central el mismo Manos Duras, mirando

con interés hacia la casa. Algunas mestizas le hablaron, manifestando

su indignación contra aquella señorona que perturbaba á los hombres.

Pero el famoso gaucho encogió sus hombros, sonriendo despectivamente,

y siguió adelante.

En el boliche le esperaban tres amigos suyos que vivían la mayor parte

del año al pie de los Andes y habían venido á pasar unos días en su

rancho. Don Roque, en otras circunstancias, se hubiese alarmado al

conocer esta visita. Tal vez preparaban algún robo importante de

«hacienda» para llevar las reses al otro lado de la Cordillera y

venderlas en Chile. Pero ahora los personajes importantes de la Presa

daban más que hacer al comisario que los gauchos dedicados al

abigeato.

Al entrar Manos Duras en el «Almacén del Gallego», vió que el público

era más numeroso que las otras tardes de trabajo, hablándose en todos

los corros de la muerte del contratista. Mientras bebía de pie junto

al mostrador, fué oyendo los comentarios de los parroquianos.

--Esa hembra--gritaba uno--es la que ha tenido la culpa de todo. ¡Qué

mala p...!

Manos Duras se acordó de la tarde en que había visto á la marquesa por

primera vez. Este recuerdo hizo que mirase con ojos agresivos al que

acababa de hablar, lo mismo que si le hubiese dirigido una injuria.

--Dos hombres se han peleado á muerte por esa señora; ¿y qué?... Yo

también estoy dispuesto á pelar mi facón y á matarme con el primero

que la insulte. A ver si hay un guapo que quiera pisarme el poncho.

Esta invitación á «pisarle el poncho» era un reto á estilo gaucho

para el combate; pero después de un corto silencio los parroquianos

empezaron á hablar de otra cosa.

Se asomó Torrebianca, al atardecer, á una de las ventanas de su casa,

mirando con extrañeza los grupos reunidos en la calle. Su número había

aumentado. El comisario de policía, que acababa de regresar de Fuerte

Sarmiento, iba entre ellos, hablando á unos y á otros para que se

retirasen. Al ver al marqués en la ventana le saludó quitándose el

sombrero.

Hombres y mujeres quedaron mirando al esposo de Elena fijamente, con

una curiosidad hostil, pero nadie osó una demostración contra él.

Torrebianca no pudo ocultar su sorpresa ante la mirada inquietante de

tantos ojos fijos en su persona. Luego se dió cuenta de una

impopularidad que juzgaba inexplicable, y acabó cerrando las vidrieras

con triste altivez.

Pasados algunos minutos abrió Sebastiana la puerta de la casa,

apoyándose en una baranda de la galería exterior. Había sentido la

atracción de aquella afluencia de grupos, en los que reconoció á

muchas amigas antiguas. Pero al verla las mujeres que estaban en la

calle, empezaron á gesticular y á insultarla á gritos.

Ella, irritada por tan incomprensible acogida, acabó por responder en

el mismo tono; pero abrumada al fin por la superioridad numérica de

sus adversarias y viendo además que muchos hombres las ayudaban con

sus risas y palabrotas, tuvo que retirarse. Al reflexionar luego en la

cocina, fué columbrando la verdad. Todas las mujeres del pueblo, sin

exceptuar las que eran comadres suyas, irían contra ella porque estaba

al servicio de la marquesa.

A la misma hora del anochecer entró Watson en el pueblo. Después del

terrible suceso de la mañana había tenido que preocuparse del cadáver

de Pirovani, acompañando á los padrinos de éste y al médico.

Primeramente lo guardaron en un rancho ruinoso cercano al río. Luego

resolvieron trasladarlo á Fuerte Sarmiento, ya que debía ser enterrado

finalmente en el cementerio de dicho pueblo. Así evitaban las

manifestaciones que podían surgir en la Presa si el cadáver era

llevado allá.

Regresaba Watson de Fuerte Sarmiento y había dejado á sus espaldas las

primeras casas del pueblo, cuando se encontró con Canterac.

Éste iba también á caballo, con sombrero y poncho iguales á los que

usaban los jinetes del país, y llevando además un saco de ropa y de

víveres en el delantero de la silla.

Al reconocerlo, el joven se detuvo para estrechar su mano. Adivinó que

no le vería más, pues su aspecto era el de un viajero que se dispone á

cruzar la desierta llanura patagónica.

Canterac, respondiendo á su pregunta, señaló el horizonte, en el que

empezaban á brillar las primeras estrellas por la parte de los Andes

invisibles. Luego le manifestó su propósito de pasar la noche en una

estancia cerca de Fuerte Sarmiento, para continuar la marcha apenas

apuntase el día.

--Adiós, Watson--dijo--. Habría sido un bien para todos nosotros que

esa mujer no viniese nunca á esta tierra. Ahora veo las cosas bajo una

nueva luz; pero ¡ay! ya es tarde.

Por unos momentos miró con indecisión á Ricardo, pero al fin dijo

resueltamente:

--Oiga el consejo de un desgraciado, y no se ofenda porque se lo doy

sin que usted me lo pida... No se separe nunca de Robledo: es un alma

noble. Gracias á su bondad puedo marcharme... Todo lo que va conmigo

le pertenece... Desconfíe de los que le hablen mal de él...

Sus ojos tristes miraron intencionadamente al joven mientras decía las

últimas palabras. Antes de alejarse aún se atrevió á darle un nuevo

consejo:

--Y no olvide por ninguna otra mujer á esa señorita que llaman Flor de

Río Negro.

Le apretó la diestra, hizo un signo de adiós, y bajando la cabeza

espoleó á su caballo, perdiéndose en la noche, que empezaba á nacer.

* * * * *

#XV#

Marchó Watson hacia el pueblo, sintiendo en su interior la comezón de

una conciencia que empieza á perder su tranquilidad.

Recordaba con remordimiento aquel breve diálogo en el parque

improvisado, durante el cual habló duramente á Robledo. «¡Y por esa

mujer--pensaba--que lleva los hombres á la muerte, he maltratado al

mejor de mis amigos!»

Luego, el rostro triste y lloroso de Celinda sucedía en su imaginación

á la cara bondadosa de Robledo.

«¡Pobre Flor de Río Negro!--siguió diciéndose--. Debo ir mañana á

implorar su perdón, si es que se digna escucharme.»

Entró en la Presa ensimismado, dejándose llevar por el instinto de su

cabalgadura; pero de pronto notó que ésta quería detenerse, y al

levantar su cabeza se dió cuenta de que estaba ante la casa de la

Torrebianca.

El comisario de policía, ayudado por dos de sus hombres, empujaba con

suavidad al último grupo de curiosos, llevándoselo por delante entre

paternales exhortaciones.

Se alejó don Roque, é iba Ricardo á continuar su marcha, cuando notó

que en la casa se entreabría una ventana, asomando á ella una mano de

mujer, que le hacía señas para que se acercase. Watson permaneció

insensible al llamamiento y la ventana se abrió completamente,

apareciendo Elena vestida de negro, como si guardase luto, pero

llevando estas ropas fúnebres con cierta coquetería.

Tuvo Ricardo que aproximarse á la casa, y se quitó el sombrero para

responder á sus afectuosos ademanes.

--¡Tanto tiempo sin verle!... Entre en seguida.

Él hizo con la cabeza un signo negativo, mirándola con severa

expresión.

--¿No me pregunta por quién voy de luto?--continuó ella--. Ha muerto

la madre de mi esposo, una señora que yo amaba muchísimo. Estoy muy

triste... ¡Cómo necesito en estos momentos la conversación de un buen

amigo!...

Pretendía dar á sus palabras un tono doloroso y al mismo tiempo le

invitaba á subir con ademanes de seducción. Pero Ricardo insistió en

sus signos negativos y dijo al fin:

--Vendré á visitarla cuando viva en otra casa y esté presente su

esposo. Ahora no puedo.

Y se alejó sin volver el rostro, mientras ella iba pasando de la

sorpresa á la cólera, cerrando finalmente su ventana con violencia.

Cuando Watson, después de la cena, intentó disculparse con Robledo,

pidiendo que le perdonase su rudeza, el español le hizo callar.

--No hablemos del pasado; tan amigos como antes: lo nuestro resulta un

incidente sin importancia. Lo verdaderamente terrible es lo del pobre

Pirovani y la situación en que se ve Canterac... Comprendo la

impresión que han producido en usted sus palabras. ¡Pobre hombre!

Únicamente quiso aceptar de mí lo más preciso para su viaje á través

de la Cordillera. Dice que en Chile esperará mis noticias. Pienso

buscarle algunas recomendaciones entre mis amigos de Buenos Aires...

¡Qué catástrofe! ¡Y todo por una mujer!

Robledo quedó pensativo, para afirmar después optimistamente:

--Yo no la creo mala por completo. Es una hembra impulsiva, con las

pasiones sin educar, que siembra el mal ignorándolo muchas veces, pues

toda su atención la pone en ella misma, creyéndose el centro de lo

existente. Si fuese rica tal vez sería buena; pero no conoce la

modestia y es incapaz de aceptar el sacrificio. ¡Desea tantas cosas y

tiene tan pocas!...

Sonrió melancólicamente é hizo una pausa, para continuar diciendo:

--Por suerte, no todas las mujeres son iguales. Ella misma me dijo un

día que, en nuestra época, la hembra que piensa un poco se considera

infeliz y odia todo lo que la rodea si no posee un collar de perlas,

que es como el uniforme de la mujer moderna... Hay un ser más temible,

querido Ricardo, que la mujer que busca á todo trance el collar de

perlas: es la que lo tuvo, lo perdió, y quiere volver á conquistarlo

sea como sea.

El recuerdo de Gualicho, diablo enredador que perturbaba á los indios

con sus tretas, obligándolos á montar á caballo para perseguirlo á

lanzadas y golpes de boleadora, pasó por su memoria. De continuar

Elena en el mundo viejo, hubiese sido una de tantas mujeres temibles

que se ven refrenadas y neutralizadas por la vecindad de otras

semejantes á ellas. Pero aquí, rodeada de hombres que la admiraban, y

en un ambiente primitivo que la hacía resaltar como si fuese de

esencia superior, había ejercido sin quererlo una influencia tan

nefasta como la del demonio cobrizo temido en otros tiempos por los

jinetes errantes de la Pampa.

Ella misma había sido víctima de este ambiente de soledad al

enamorarse de Watson. Creía poder jugar con los hombres,

despreciándoles. Así se lo había manifestado una noche á Robledo,

mirando con lástima á sus solicitantes. Pero Ricardo era la juventud,

la frescura varonil, el hombre adorado por el primer amor de una

adolescente y que por esto mismo representa una tentación para la

coqueta madura, ganosa de quitárselo á la otra mujer. Sentía la

necesidad de convencerse á sí misma de que aún guardaba su antiguo

poder de seducción, trastornando la existencia del joven ingeniero...

Y ahora debía sufrir cruelmente en su vanidad, al verse despreciada

por el único hombre que había llegado á interesarle en este desierto.

Robledo acabó por compadecer á la esposa de Torrebianca con una

conmiseración algo despectiva.

--Cree haber nacido para vivir en lo más alto, y la desgracia se

complace en hacerla caer... Nada tiene de extraño que sea mala,

faltándole el consuelo de la modestia y la resignación.

Pareció asustarse el español al considerar lo que probablemente podía

ocurrir en la Presa después del suceso de aquella mañana.

--El contratista muerto... el ingeniero director fugitivo... Habrá que

suspender los trabajos... Van á retrasarse las obras del dique, y

llegarán las crecidas sin que las tengamos terminadas. ¡Qué situación!

Hay que ir á Buenos Aires en busca de remedio.

Y pasó gran parte de la noche sin poder dormir, desvelado por estas

preocupaciones.

Watson montó á caballo la mañana siguiente, pero en vez de dirigirse

al lugar donde se abrían los canales, se encaminó á la estancia de

Rojas. Mientras el gobierno no enviase un nuevo director para la

terminación del dique, los trabajos de la empresa ideada por Robledo

resultarían inútiles y era prudente suspenderlos.

Al llegar cerca de la estancia quiso descender de su caballo para

abrir una «tranquera», armazón de palos que servía de puerta,

obstruyendo el camino; pero vió junto á ella un pequeño mestizo, de

diez años, gordinflón, con ojos aterciopelados de antílope y una tez

lustrosa de color chocolate claro, que le contemplaba sonriente,

metiéndose un dedo en la nariz.

--Esta mañana--dijo--salió disparado el patrón... Anoche nos robaron

una vaca.

Pero Ricardo le preguntó algo que consideraba más interesante.

--¿Dónde está tu patroncita, Cachafaz?

El llamado _Cachafaz_, á causa de sus diabluras, sacó el índice que

tenía en la nariz para señalar á lo lejos.

--Ahorita mismo acaba de irse. La encontrará ahí cerquita no más.

Y con el dedo fué señalando toda la línea del horizonte.

Comprendió Watson que para el amigo Cachafaz, hijo del desierto,

«ahorita mismo» significaba una hora, dos ó tal vez tres, y «ahí

cerquita» algo así como un par de leguas. Pero necesitaba ver á

Celinda, estaba resuelto á buscarla, y empezó á galopar por el campo,

confiándose á su buena suerte.

Lo que el pequeño mestizo no quiso decir era que la patroncita estaba

enferma, según opinión de su madre, india vieja que había venido á

reemplazar á Sebastiana como primera criada de la estancia, pero sin

tener su buen humor ni su garbo para el trabajo. Iba á todas horas con

un cigarro paraguayo en un extremo de sus labios azulencos y

chorreantes de nicotina, y cuando don Carlos no estaba presente,

empleaba para tomar mate su misma calabacita de finas labores y su

bombilla de plata.

Las gentes de la estancia miraban con un respeto supersticioso á la

madre de Cachafaz, por creerla bruja y en oculto trato con los

espíritus que aullan y giran dentro de las columnas de arena, altas

como torres, levantadas por el huracán en la altiplanicie. Al ver la

melancolía de Celinda y sorprenderla otras veces llorando, la india

movía su cabeza, como si esto confirmase sus opiniones.

--Usted lo que tiene, niña, es que está enferma, y yo sé de qué

enfermedad.

Un abuelo suyo había sido gran hechicero cuando los indios acampaban

aún sobre esta tierra como dueños únicos. Los jefes de las tribus le

hacían llamar al sentirse enfermos. Su padre heredó este tesoro de

ciencia, pero por desgracia, sólo le había transmitido á ella una

ínfima parte.

--A usted los que le hacen daño son los ayacuyás, y hay que curarla de

sus flechas.

Ella conocía perfectamente á los «ayacuyás», duendes indios tan

minúsculos, que una docena de ellos caben sobre una uña, armados con

arcos y flechas, y á cuyas heridas hay que atribuir la mayor parte de

las enfermedades.

No los había visto nunca, por ser una mísera ignorante; pero su abuelo

y su padre, grandes «machis», ó sea curanderos mágicos, tenían

frecuente trato con estos demonios pequeñísimos. Sólo los sabios

indígenas podían conocerlos. Algunos médicos _gringos_ pretendían

haberlos visto igualmente, dándoles en su lengua el apodo de

«microbios», pero ¡qué sabían ellos!...

Cuando se les habían acabado las flechas para herir á los humanos, los

atacaban con sus dientes y sus uñas. Lo importante era saber extraer,

sajando ó chupando las carnes del enfermo, las astillitas de flecha ó

las uñitas y dientecillos que los diablos invisibles dejaban en el

cuerpo.

--Yo le buscaré un machi que la ponga buena, niña, sacándole esa

tristeza que le han dado los ayacuyás. ¡Pero que no lo sepa el

patrón!...

Celinda sonreía de los remedios propuestos por la madre de Cachafaz, y

cuando se cansaba de permanecer encerrada en la estancia iba en busca

de su caballo para correr el campo sin objeto. Ya no se vestía de

muchacho. Parecía abominar de este traje, á causa de los recuerdos que

despertaba en ella. Prefería montar con faldas y olvidaba el lazo, que

era antes su mayor diversión.

Llevaba esta mañana más de una hora de galope por las tierras de su

padre, cuando vió sobre una altura á un jinete, inmóvil y

empequeñecido por la distancia, semejante á un soldadito de plomo.

Se detuvo al notar que este jinete minúsculo, como si la hubiese

reconocido, se echaba cuesta abajo, galopando hacia ella. Dejó de

verlo algún tiempo y luego reapareció, considerablemente agrandado, en

el borde de una hondonada próxima. Al convencerse de que era Watson,

el primer impulso de ella fué huir. Después se arrepintió de esta

fuga, por considerarla una cobardía, quedando inmóvil, en actitud

desdeñosa.

Llegó Ricardo y se quitó el sombrero, bajando los ojos humildemente.

Quería hablar, pero no encontraba las palabras. Además, ella no le dió

tiempo para expresarse.

--¿Qué busca usted?--dijo con dureza--. ¿Es que le ha despedido su

gringa? Aquí no se admiten puchos de otra.

É hizo dar vuelta á su caballo para marcharse. Ricardo pretendió

enternecerla con su voz suplicante:

--¡Celinda! Vengo á manifestar mi arrepentimiento... Vengo en busca de

mi Flor de Río Negro.

Ella pareció conmoverse al notar la humildad infantil con que el

mocetón decía estas palabras, pero inmediatamente recobró su dureza.

--¡Perdone por Dios, hermano, y siga viaje!... Hoy no puedo hacer

limosnas.

Empezó á alejarse, pero todavía se detuvo para añadir con una crueldad

de niña mimada:

--No me gustan los hombres que piden perdón. Además, juré que sólo

volvería á verle si me echaba el lazo... Pero no podrá echármelo

nunca. Usted no es mas que un gringo chapetón, y además de torpe

desagradecido.

Y metiendo espuelas á su caballo salió á todo galope, no sin hacer

antes á Ricardo un gesto de desprecio. Quedó éste avergonzado por la

cruel despedida de la amazona y sin deseos de seguirla. Después su

vanidad se alborotó, y quiso alcanzarla para que reconociese que no

era un «chapetón», un torpe, como ella creía.

Los dos empezaron á evolucionar por las tierras de la estancia,

persiguiéndose á través de alturas y hondonadas. De vez en cuando,

Celinda, que llevaba siempre una gran ventaja sobre su perseguidor,

detenía la velocidad de su caballo como si quisiera dejarse vencer por

Watson; pero al verle cerca volvía á salir á todo galope, insultándolo

con las mismas palabras que inventaron los gauchos en otros tiempos

para burlarse de la torpeza de los europeos en los usos del país y de

su inferioridad como jinetes.

--¡Gringo chapetón!... ¡Maturrango que no sabe tenerse sobre el

caballo!

La Tierra de Todos · 第 15 / 22 段