lo de esta tarde.
Ella, que sólo pensaba en Watson y estaba nerviosa por la presencia
del hombre que lo había ahuyentado, hizo un leve gesto revelador de
que la noticia no le interesaba. Luego procuró disimular su
indiferencia, diciendo:
--No encuentro extraordinaria la proposición. Si yo fuese hombre,
haría lo mismo que él.
Pirovani, que vacilaba hasta poco antes por creer disparatado el reto
de Canterac, se levantó de su sillón con aire resuelto.
--Entonces--dijo--, si á usted le parece bien, no hay más que hablar.
Me batiré con el francés y me batiré si es preciso con medio mundo,
para que usted se convenza de que soy digno de su estimación.
Al hablar así había tomado una mano de Elena, pero esta mano le
pareció tan blanda y muerta, que tuvo que soltarla, descorazonado.
Ella hizo un gesto de cansancio mirando hacia el interior de la casa,
donde estaba su marido. Este gesto indicó á Pirovani que debía
marcharse, y el contratista se apresuró á obedecerla; pero mientras se
dirigía hacia la puerta todavía la atormentó con palabras y gestos de
enamorado que desea inspirar admiración por su heroísmo.
Cuando Elena se vió sola, llamó á gritos á Sebastiana. La mestiza
tardó en presentarse. Había tenido que ir hasta la puerta de la calle,
acompañando á su antiguo patrón.
--Vea si puede alcanzar al señor Watson--ordenó Elena
apresuradamente--. No debe estar lejos; dígale que vuelva.
La mestiza sonrió, bajando sus ojos para decir con fingida
simplicidad:
--No es fácil alcanzarlo. Salió disparado, como si huyese del demonio.
Al abandonar su antigua casa, se dirigió Pirovani á la de Robledo.
Éste leía un libro apoyándolo en la lámpara de petróleo que ocupaba el
centro de su mesa. Al ver entrar al contratista, le saludó con gestos
y exclamaciones de reproche.
--Pero ¿qué ha sido eso?... Un hombre de su edad y de su carácter...
¡Ni que fuese usted un muchacho de quince años que se pelea por la
novia!...
El italiano repelió con altivo ademán esta admonición, juzgándola
tardía, y dijo solemnemente, como si le enorgulleciesen sus propias
palabras:
--Me bato á muerte con el capitán Canterac, y vengo á buscarle para
que usted y Moreno sean mis padrinos.
Prorrumpió Robledo en exclamaciones de escándalo, al mismo tiempo que
levantaba las manos para hacer más patente su protesta.
--¿Usted cree que yo voy á mezclarme en sus disparates y á parecer tan
falto de juicio como usted ó como el otro?...
Y siguió hablando contra la absurda petición de Pirovani, pero éste
movía la cabeza con tenacidad haciendo signos negativos. Estaba
resuelto á todo después de haber oído á Elena.
--Yo soy un hombre de origen humilde--dijo--, un hombre que sólo
conoce el trabajo, y necesito demostrar que no le tengo miedo á ese
señor acostumbrado al manejo de las armas.
Robledo se encogió de hombros al oir unas palabras que consideraba
absurdas. Al fin se cansó de protestar en vano.
--Veo que es inútil querer infundirle un poco de sentido común...
Bueno; accedo á representarle, pero con la condición de que será para
arreglar el asunto lógicamente, evitando el duelo.
El contratista tomo una actitud caballeresca, como si acabase de
recibir una ofensa.
--No; el duelo lo quiero á muerte. Yo no soy un cobarde ni he venido
en busca de arreglos.
Luego expresó lo que verdaderamente pensaba.
--Aunque no he recibido una educación brillante, sé lo que hay que
hacer en casos como el presente. Conozco, además, la opinión de
personas muy altamente colocadas. Debo batirme, y me batiré.
Dijo esto con tal sinceridad, que Robledo pensó en Elena al oírle
mencionar las «altas personas» que le habían aconsejado. Le miró con
lástima, manifestando á continuación, de un modo brusco, que se negaba
á apadrinarle.
Convencido Pirovani de que nada conseguiría, se despidió de él,
dirigiéndose á la casa de Moreno.
Al día siguiente, en las primeras horas de la mañana, don Carlos Rojas
recibió una visita. Estaba en la puerta del edificio principal de su
estancia, cuando vió llegar á un jinete vestido como es de uso en las
ciudades y sobre un caballejo que le hizo sonreir. Era el oficinista.
--¿Adónde va montado en ese mancarrón?... Eche pie á tierra. ¿No le
parece que tomemos un mate, amigazo?...
Entraron los dos en aquella pieza que servía de salón y despacho á don
Carlos, y mientras una criadita preparaba el mate, vió el oficinista
por una puerta entreabierta á la hija de Rojas sentada en una butaca
de mimbres, con aire pensativo y triste. Llevaba traje femenil, y al
abandonar las ropas masculinas parecía haber perdido su audacia alegre
de muchacho revoltoso.
La saludó Moreno desde el otro lado de la puerta, y ella contestó á su
saludo melancólicamente.
--Ahí la tiene usted--dijo el padre--; parece otra. Cualquiera creería
que está enferma. Son cosas de los pocos años.
Sonrió Celinda con indolencia, haciendo un signo negativo al oir la
suposición de su enfermedad. Después abandonó aquella habitación,
demasiado inmediata al despacho, para que los dos hombres pudieran
hablar libremente.
Cuando hubieron tomado el primer mate, Rojas ofició un cigarro á
Moreno para que «pitase», y encendiendo el suyo se preparó á escuchar.
--¿Qué le trae por estos pagos, tinterillo?... Porque usted no es
hombre de á caballo, y cuando echa una galopada debe ser por algo.
El oficinista, al que apodaba «tinterillo» el estanciero, siguió
fumando con la calma de un oriental que considera conveniente excitar
la curiosidad de su interlocutor antes de emprender la conversación.
--Usted, don Carlos--dijo al fin--, fué en su juventud hombre de
armas. Me han contado que cuando vivía en Buenos Aires tuvo varios
duelos por asuntos de hembras.
Miró Rojas á un lado y á otro, por si la niña andaba cerca y podía
oírle. Luego sonrió con la vanidad que sienten los hombres entrados en
años al recordar las audacias y desafueros de su juventud, y dijo con
una falsa modestia:
--¡Bah! ¡Quién se acuerda de eso! Muchachadas, ché; cosas que se
usaban entonces.
Creyó necesario Moreno hacer una larga pausa, y añadió:
--El ingeniero Canterac y el contratista Pirovani se batirán mañana en
duelo... Pero el duelo es á muerte.
Don Carlos mostró sinceramente su estrañeza.
--¿Pero aún están de moda esas cosas?... ¡Y aquí! ¡en pleno desierto!
Moreno hizo gestos afirmativos y quedó silencioso. Calló también el
estanciero, mirándolo interrogativamente. ¿Y qué tenía que ver él con
todo esto?... ¿Acaso había hecho el viaje por el simple placer de
darle tal noticia?...
--Canterac--dijo el oficinista--tiene por padrinos al marqués de
Torrebianca y al gringo Watson. Como los dos son ingenieros, no pueden
negar un servicio tan importante á un camarada.
A Rojas le pareció esto muy natural. Pero ¿qué podía importarle á él
que los padrinos fuesen unos ó fuesen otros?
--Pirovani sólo cuenta conmigo--siguió diciendo Moreno--, y yo vengo á
buscarle, don Carlos, para que me saque del apuro como hombre de
armas, y sea también padrino del italiano.
Protestó el estanciero con vehemencia.
--¡Déjese de macanas, ché!... ¿Por qué voy á mezclarme en esos
entreveros de las gentes del campamento, cuando todos son amigos míos?
Además, ya estoy viejo para meterme en tales cosas y no quiero hacer
un papelón.
Insistió Moreno, y durante algunos minutos discutieron los dos
hombres. Al fin don Carlos pareció ablandarse seducido por el misterio
que creía entrever en este duelo inesperado. Valiéndose de su
condición de padrino, tal vez averiguaría cosas muy graciosas é
interesantes.
--Bueno, ché; será como usted quiere. ¡Qué no me hará hacer este
tinterillo!
Luego sonrió picarescamente, golpeando al oficinista en una pierna, al
mismo tiempo que le preguntaba bajando la voz:
--¿Y por qué quieren matarse? ¿Cuestión de mujeres?... De seguro que
anda de por medio esa marquesa que á toditos los trae locos.
Tomó Moreno una actitud misteriosa, al mismo tiempo que se llevaba un
dedo á los labios para imponerle silencio.
--Prudencia, don Carlos. Piense que el marqués tratará con nosotros
como padrino, y por ser experto en esto de los duelos tal vez dirija
el combate.
El estanciero empezó á reir, dando nuevos golpes en las piernas de su
amigo. Fué tal su risa, que en ciertos momentos se llevó una mano á la
garganta como si temiera ahogarse.
--Pero ¡qué lindo, ché!... Y es el marido el que va á dirigir el
desafio... Y los otros dos se pelean por su mujer... Pero ¡qué gringos
tan sabrosos! Me gustará ver eso... ¡Cosa bárbara!
Luego añadió, serenándose:
--Sí que acepto el ser padrino. Eso vale más que una comedia en Buenos
Aires ó una de esas historias del biógrafo que traen loca á mi niña.
A media tarde, luego de haber almorzado en la estancia de Rojas,
volvió Moreno á la Presa y echó pie á tierra frente á la antigua casa
de Pirovani.
Torrebianca se paseaba por la habitación que le servía de despacho.
Iba vestido de luto y su aspecto era aún más triste y desalentado que
en los días anteriores. Al pasearse se detenía algunas veces junto á
su mesa, donde estaba abierta una caja de pistolas. Había pasado una
parte de la tarde limpiando estas armas ó contemplándolas pensativo,
como si su vista evocase lejanos recuerdos. Cuando olvidaba las
pistolas miraba una fotografía puesta sobre la misma mesa y que era la
de su madre. Esta contemplación humedecía sus ojos.
Moreno, después de saludarle, se apresuró á decir que ya había
encontrado compañero y venía autorizado plenamente por él para la
discusión de los preparativos del combate. El marqués aprobó con un
saludo ceremonioso y luego le fué mostrando sus pistolas.
--Las traje de Europa, y han servido varias veces en lances tan graves
como el nuestro. Examínelas bien; no tenemos otras, y deben ser
aceptadas por las dos partes.
El oficinista manifestó que tenía por inútil este examen, aceptando
todo lo que hiciese el otro.
Siguió hablando el marqués con una dignidad caballeresca que
impresionaba á Moreno.
«Este pobre señor--pensó--no conoce su verdadera situación. Y es un
hombre bueno y pundonoroso: un caballero que ignora los actos de su
mujer y el triste papel que va á representar.»
Mientras el argentino le miraba con simpática conmiseración,
Torrebianca siguió hablando.
--Como ninguno de los dos quiere dar explicaciones, y las injurias son
de indiscutible gravedad, el duelo lo concertaremos á muerte. ¿No
opina usted así, señor?...
El oficinista, que se había puesto muy serio al darse cuenta de la
importancia de esta conversación, aprobó silenciosamente con
movimientos de cabeza.
--Mi representado--continuo el marqués--no se contenta con menos de
tres tiros á veinte pasos, pudiendo apuntar durante cinco segundos.
Parpadeó Moreno para expresar el asombro que le producían tales
condiciones, y quiso negarse á admitirlas; pero se acordó de una
segunda conversación que había tenido con Pirovani aquella mañana,
antes de ir á la estancia de Rojas.
Parecía transfigurado el italiano por un entusiasmo belicoso.
Celebraba esta ocasión que le iba á permitir mostrarse ante la «señora
marquesa» en la misma actitud de un héroe de novela.
«Acepto todas las condiciones--había dicho á Moreno--por terribles que
sean. Quiero hacer ver que, aunque empecé como un simple trabajador,
soy más valiente y más caballero que ese capitán.»
Acabó el oficinista por mover otra vez su cabeza afirmativamente.
--Esta noche--continuó el marqués--nos reuniremos los cuatro padrinos
en casa de Watson para fijar por escrito las condiciones, y mañana á
primera hora será el encuentro.
Manifestó el representante de Pirovani que don Carlos Rojas no podría
asistir á tal reunión, por haber ido á Fuerte Sarmiento en busca de un
médico que presenciase el duelo; pero él suscribiría todos los
documentos necesarios en nombre de su amigo. Y los dos padrinos dieron
por terminada su entrevista.
Al salir Moreno de la casa vió al comisario de policía junto á la
escalinata, como si estuviera esperándole. Don Roque se expresó con
indignación.
--Ustedes se figuran que pueden hacer lo que quieran, como si en esta
tierra no hubiese autoridad, ni ley, ni nada, y aún mandasen en ella
los indios. Yo soy el comisario de policía, ¿sabe, ché? y mi
obligación es impedir que los demás hagan locuras. Dígame cuándo será
eso del duelo... Necesito saberlo.
Moreno se resistió á hacer tal revelación, y el comisario, en vista de
su rebeldía, fué dulcificando el tono de su voz.
--Dígamelo y no sea cachafaz. Piensen todos ustedes que no está bien
que ocurran aquí tales cosas hallándome yo presente. Dígame cuándo
será eso... para marcharme antes.
Le habló al oído el padrino, y él estrechó su mano agradeciendo la
confidencia. Luego fué en busca de su caballo, que estaba cerca, y al
poner el pie en el estribo, dijo en voz baja:
--Voy á pasar la noche en Fuerte Sarmiento, y no volveré hasta mañana
por la tarde... Hagan lo que quieran. Yo lo ignoro todo.
* * * * *
#XIV#
Empezaban á retirarse los parroquianos más trasnochadores del boliche,
cuando llegó Robledo ante la casa ocupada por Elena.
Subió con pasos quedos la escalinata, llamando discretamente á la
puerta después de unos instantes de vacilación. La puerta se abrió al
poco rato, asomando á ella Sebastiana, sorprendida por este
llamamiento cuando iba á acostarse.
Llevaba la dura cabellera dividida en numerosas trenzas, cada una con
un lacito en la punta, y procuraba taparse con la enorme redondez de
sus brazos una parte del pecho cobrizo, no menos exuberante, puesto al
descubierto por el desabrochado corpiño. Sus ojos iracundos y
anunciadores del chaparrón de malas palabras con que pensaba acoger al
importuno se dulcificaron viendo á Robledo, y antes de que éste
hablase, dijo ella con amabilidad:
--La patrona está en su dormitorio y el marqués ha salido con su
maldita caja de pistolas. Yo creía que estaba donde usted... Entre,
don Robledo; voy á avisar á la señora.
El ingeniero sabía bien que Torrebianca estaba en su casa con los
otros padrinos; pero necesitaba hablar á Elena urgentemente. A pesar
de su deseo, retrocedió al ver que Sebastiana le abría toda la puerta
invitándole á pasar adelante. Tuvo miedo de encontrarse á solas con la
marquesa en el salón. Su entrevista debía ser breve. Además, podía
llegar el marido y le sería difícil explicar su presencia allí, cuando
momentos antes había hablado con él en su propia vivienda.
--Es poca cosa lo que quiero decir á tu patrona... Será mejor que se
asome á la ventana de su dormitorio.
Cerró la mestiza la puerta, y Robledo avanzó por la galería exterior,
pasando ante diversas ventanas. Al poco rato se abrió una de éstas y
apareció en ella la marquesa con la cabellera suelta y una bata
colocada negligentemente sobre sus hombros, dejando al descubierto
gran parte de sus brazos y de su pecho.
Se había vestido precipitadamente, parecía asustada, y antes de que
Robledo la saludase, preguntó con ansiedad:
--¿Le ha ocurrido alguna desgracia á Watson?... ¿Por qué viene usted á
estas horas?...
Sonrió Robledo irónicamente antes de contestar.
--Watson está bien; y si vengo á tales horas, es para hablarle de
otro.
Luego la miró con severidad, añadiendo lentamente:
--Al salir el sol, dos hombres van á matarse. Esto es un horrible
disparate que me quita el sueño, y he venido á decirle: «Elena, evite
usted tal desgracia.»
Convencida ya de que no se trataba de Watson, respondió con mal humor:
--¿Qué quiere usted que haga? Pueden batirse, si es su gusto... Para
eso nacieron hombres.
Acogió Robledo con un gesto de asombro estas palabras crueles.
--Aunque soy mujer--continuó ella--, no me asustan esos combates.
Federico se batió una vez por mí, cuando estábamos recién casados.
Allá en mi país, varios hombres expusieron su vida por serme
agradables, y jamás intervine para evitarlo.
Hizo una mueca de desprecio y añadió:
--¿Pretende usted que vaya á rogar á esos dos señores que no
arriesguen sus preciosas vidas, para que después cada uno de ellos me
exija algo á cambio de su obediencia?... Además, si intervengo en ese
asunto, los dos van á creer, cada uno por su parte, que me inspiran
gran interés, y ninguno de los dos me importa nada... Si se tratase de
otro hombre, tal vez accedería á su ruego.
El español hizo un movimiento de cabeza al oir la palabra «otro», y
vió por un instante la imagen de su asociado. Elena le miraba ahora
con ojos compasivos.
--Duerma tranquilo, Robledo, como yo voy á dormir. Deje que esos dos
vanidosos anuncien que se van á matar. Verá como no ocurre nada grave.
Intentó retirarse de la ventana por miedo á los «jejenes» y otros
insectos sanguinarios que, atraídos por las apetitosas carnes,
empezaron á zumbar en torno á sus hombros, obligándola á repelerlos
con incesantes manotazos mientras hablaba.
--Si ve á Watson, dígale que le he estado esperando todo el día. Con
esto del duelo es imposible hablarle... Hasta mañana, y pase usted una
noche tranquila.
Cerró la ventana, fingiendo un miedo pueril á los mosquitos, y Robledo
tuvo que retirarse desalentado.
A la misma hora el ingeniero Canterac escribía en su mesa de trabajo,
terminando una larga carta con estas palabras:
«... y tal es mi última voluntad, que espero cumpliréis. ¡Adiós,
esposa mía! ¡Adiós, hijos míos! Perdonadme.»
Dobló el pliego para meterlo en un sobre, y luego puso éste en el
bolsillo interior de una levita colgada cerca de él.
«Si caigo mañana--pensó--, encontrarán esta carta sobre mi pecho.
Encargaré á Watson, antes del duelo, que en caso de muerte la envíe á
mi familia.»
Una hora después su adversario entraba en la casa de Moreno. El
oficinista había vuelto, momentos antes, de su reunión con los
padrinos de Canterac. Pirovani le habló lentamente, esforzándose por
ocultar su emoción.
Acababa de dejar sobre la mesa de Moreno dos cartas, una de ellas muy
abultada, con el sobre abierto, mostrando su interior repleto de
papeles. Había estado escribiendo una parte de la noche en su
alojamiento, para condensar en estas dos cartas todos sus asuntos.
Señaló la más delgada y dijo:
--Ésta es para mi hija. Se la enviará usted, si es que muero.
El argentino quiso reir, como si dudase de la posibilidad de su
muerte, acogiendo tales palabras con gestos alegres... Pero desistió
de su fingido regocijo al ver que el contratista continuaba hablando
con voz grave.
--En el sobre más abultado encontrará usted una autorización en regla
para que pueda cobrar sin dificultades lo que me debe el gobierno, así
como las sumas que tengo depositadas en los Bancos. A un hombre hábil
como lo es usted, le será fácil enterarse, después de examinar estos
papeles, del estado de mis negocios y del medio mejor de liquidarlos.
También dejo un testamento en el que le nombro tutor de mi hija. Usted
es el único que me inspira confianza. Aunque alguna vez se ha
inclinado más del lado de mi adversario que del mío, eso no importa.
Sé que es usted un joven «honesto», y le confío mi hija y mi fortuna:
todo lo que poseo en la tierra.
Moreno se conmovió de tal modo por esta muestra de confianza, que hubo
de llevarse una mano á los ojos. Luego se levantó para oprimir
fuertemente la diestra del italiano y con palabras entrecortadas fué
expresando su voluntad de cumplir fielmente todo lo que le encargase.
Juraba dedicarse al cuidado de la hija y la fortuna de su amigo si
éste moría al día siguiente.
--Pero usted no morirá--añadió golpeándose el pecho--. Me lo dice el
corazón.
Poco después de salir el sol, varios hombres fueron reuniéndose en una
pradera de hierba rala vecina al río. Tenía por límite unos sauces
viejos y con las raíces medio descubiertas, que se inclinaban
moribundos sobre la corriente, como si de un momento á otro fueran á
dejarse caer en ella.
El lugar era triste. Como la luz se extendía á esta hora
horizontalmente, casi al ras del suelo, las sombras de las personas y
los árboles se prolongaban con un estiramiento irreal.
Primeramente llegó Pirovani escoltado por Moreno y don Carlos, todos
vestidos de negro, pero el contratista se distinguía de sus
acompañantes por una levita nueva y solemne. La había recibido de
Buenos Aires la semana anterior, á gusto de un sastre famoso, á quien
encargó un vestuario completo igual á los que poseyesen los
millonarios más elegantes de la ciudad.
Detrás de este grupo avanzó un viejo alto, enjuto de carnes, con la
nariz violácea y granujienta de los alcohólicos y una caja de cirugía
bajo el brazo. Era el médico que Rojas había ido á buscar la noche
anterior en el pueblo más próximo.
Pasados unos minutos llegaron á la pradera Canterac, Torrebianca y
Watson. El capitán y el marqués vestían largas levitas, menos
flamantes que la de Pirovani, y corbatas negras: lo mismo que si
asistiesen á un entierro. Watson llevaba simplemente un traje obscuro.
Luego de saludar Canterac ceremoniosamente desde lejos á su adversario
y á los padrinos de éste, empezó á pasearse por la orilla del río.
Fingía divertirse siguiendo con sus ojos el revuelo de los pájaros
matinales ó arrojando piedras á la corriente. El contratista, que
deseaba no ser menos que él, imitándole en todo, se paseó también
junto á los sauces, mirando al río. Y así continuaron ambos, yendo y
viniendo cada uno por la parte de la orilla que se había asignado,
como si fuesen dos autómatas.
Torrebianca, al que todos cedían el primer lugar por su experiencia en
estos lances, empezó á disponer los preparativos del combate. Pidió á
Watson dos bastones que éste llevaba á prevención, y clavó uno en el
suelo. Luego miró hacia el sol con una mano sobre los ojos, para darse
cuenta exacta de qué lado venía la luz, y empezó á marchar, contando
sus pasos.
--Veinte--dijo clavando en el suelo el segundo bastón.
Al reunirse otra vez con los padrinos sacó una moneda, y luego de
escuchar á Moreno la arrojó en alto. Cuando cayó la pieza, el
oficinista dijo á Rojas:
--Hemos ganado, don Carlos, y podemos elegir el sitio.
El marqués, que había traído bajo un brazo su célebre caja de
pistolas, la dejó abierta sobre la hierba. Cargó las dos armas con
minuciosa lentitud, sacando á luz de nuevo la misma moneda para que el
azar decidiese por segunda vez. Al caer la rodaja de metal, se inclinó
el oficinista para verla y dijo al estanciero:
--La suerte está con nosotros. También podemos tomar la pistola que
más nos guste.
Después los padrinos de Pirovani fueron en busca de éste para
colocarlo junto á uno de los bastones escogido por ellos. El marqués y
Watson condujeron á su apadrinado al lugar que marcaba el segundo
bastón.
Mientras tanto, el médico procedía con cierto azoramiento á sus
preparativos. Era la primera vez que presenciaba un duelo. Había
abierto su caja de cirugía, y con una rodilla en tierra empezó á
desenvolver vendajes, abrir frascos y examinar el buen funcionamiento
de sus aparatos.
Quedaron frente á frente los adversarios. Canterac estaba rígido, con
rostro grave pero inexpresivo, lo mismo que un soldado que espera la
voz de mando. Pirovani tenía los ojos ardientes, miraba con
agresividad, parecía furioso. Cuando se acercó Moreno con una pistola
para entregársela, le dijo en voz baja:
--Va usted á ver como lo mato. Me lo avisa el corazón.
Pero olvidó su optimismo homicida, para añadir con cierta angustia:
--Lo que yo deseo es que me expliquen bien el tiempo de que puedo
disponer para apuntar. No quiero equivocarme, y que me tomen luego por
un ordinario, incapaz de comprender estas cosas.
Conservaron sus pistolas los dos enemigos, con el cañón en alto.
Moreno se cuidó de abrochar los botones de la levita de Pirovani que
estaban sueltos. Luego le subió el cuello, para que no se viese el
blanco de su camisa. Torrebianca examinó por su parte á Canterac.
Estaba correctamente abrochado como un militar, pero su padrino le
subió también el cuello de la levita. Los dos, antes de tomar su arma,
se habían quitado el sombrero, entregándolo á uno de los padrinos.
Colocándose el marqués entre ambos, sacó un papel y empezó á leerlo
con grave lentitud.
«...Segundo. El director del combate dará tres palmadas, y los
combatientes podrán apuntar y hacer fuego á voluntad entre la primera
y la tercera palmada.»
«Tercero. Si alguno de los dos hace fuego después de la tercera
palmada, será declarado felón y descalificado inmediatamente.»