--El señor de Canterac cree que debamos batirnos á muerte después de

lo de esta tarde.

Ella, que sólo pensaba en Watson y estaba nerviosa por la presencia

del hombre que lo había ahuyentado, hizo un leve gesto revelador de

que la noticia no le interesaba. Luego procuró disimular su

indiferencia, diciendo:

--No encuentro extraordinaria la proposición. Si yo fuese hombre,

haría lo mismo que él.

Pirovani, que vacilaba hasta poco antes por creer disparatado el reto

de Canterac, se levantó de su sillón con aire resuelto.

--Entonces--dijo--, si á usted le parece bien, no hay más que hablar.

Me batiré con el francés y me batiré si es preciso con medio mundo,

para que usted se convenza de que soy digno de su estimación.

Al hablar así había tomado una mano de Elena, pero esta mano le

pareció tan blanda y muerta, que tuvo que soltarla, descorazonado.

Ella hizo un gesto de cansancio mirando hacia el interior de la casa,

donde estaba su marido. Este gesto indicó á Pirovani que debía

marcharse, y el contratista se apresuró á obedecerla; pero mientras se

dirigía hacia la puerta todavía la atormentó con palabras y gestos de

enamorado que desea inspirar admiración por su heroísmo.

Cuando Elena se vió sola, llamó á gritos á Sebastiana. La mestiza

tardó en presentarse. Había tenido que ir hasta la puerta de la calle,

acompañando á su antiguo patrón.

--Vea si puede alcanzar al señor Watson--ordenó Elena

apresuradamente--. No debe estar lejos; dígale que vuelva.

La mestiza sonrió, bajando sus ojos para decir con fingida

simplicidad:

--No es fácil alcanzarlo. Salió disparado, como si huyese del demonio.

Al abandonar su antigua casa, se dirigió Pirovani á la de Robledo.

Éste leía un libro apoyándolo en la lámpara de petróleo que ocupaba el

centro de su mesa. Al ver entrar al contratista, le saludó con gestos

y exclamaciones de reproche.

--Pero ¿qué ha sido eso?... Un hombre de su edad y de su carácter...

¡Ni que fuese usted un muchacho de quince años que se pelea por la

novia!...

El italiano repelió con altivo ademán esta admonición, juzgándola

tardía, y dijo solemnemente, como si le enorgulleciesen sus propias

palabras:

--Me bato á muerte con el capitán Canterac, y vengo á buscarle para

que usted y Moreno sean mis padrinos.

Prorrumpió Robledo en exclamaciones de escándalo, al mismo tiempo que

levantaba las manos para hacer más patente su protesta.

--¿Usted cree que yo voy á mezclarme en sus disparates y á parecer tan

falto de juicio como usted ó como el otro?...

Y siguió hablando contra la absurda petición de Pirovani, pero éste

movía la cabeza con tenacidad haciendo signos negativos. Estaba

resuelto á todo después de haber oído á Elena.

--Yo soy un hombre de origen humilde--dijo--, un hombre que sólo

conoce el trabajo, y necesito demostrar que no le tengo miedo á ese

señor acostumbrado al manejo de las armas.

Robledo se encogió de hombros al oir unas palabras que consideraba

absurdas. Al fin se cansó de protestar en vano.

--Veo que es inútil querer infundirle un poco de sentido común...

Bueno; accedo á representarle, pero con la condición de que será para

arreglar el asunto lógicamente, evitando el duelo.

El contratista tomo una actitud caballeresca, como si acabase de

recibir una ofensa.

--No; el duelo lo quiero á muerte. Yo no soy un cobarde ni he venido

en busca de arreglos.

Luego expresó lo que verdaderamente pensaba.

--Aunque no he recibido una educación brillante, sé lo que hay que

hacer en casos como el presente. Conozco, además, la opinión de

personas muy altamente colocadas. Debo batirme, y me batiré.

Dijo esto con tal sinceridad, que Robledo pensó en Elena al oírle

mencionar las «altas personas» que le habían aconsejado. Le miró con

lástima, manifestando á continuación, de un modo brusco, que se negaba

á apadrinarle.

Convencido Pirovani de que nada conseguiría, se despidió de él,

dirigiéndose á la casa de Moreno.

Al día siguiente, en las primeras horas de la mañana, don Carlos Rojas

recibió una visita. Estaba en la puerta del edificio principal de su

estancia, cuando vió llegar á un jinete vestido como es de uso en las

ciudades y sobre un caballejo que le hizo sonreir. Era el oficinista.

--¿Adónde va montado en ese mancarrón?... Eche pie á tierra. ¿No le

parece que tomemos un mate, amigazo?...

Entraron los dos en aquella pieza que servía de salón y despacho á don

Carlos, y mientras una criadita preparaba el mate, vió el oficinista

por una puerta entreabierta á la hija de Rojas sentada en una butaca

de mimbres, con aire pensativo y triste. Llevaba traje femenil, y al

abandonar las ropas masculinas parecía haber perdido su audacia alegre

de muchacho revoltoso.

La saludó Moreno desde el otro lado de la puerta, y ella contestó á su

saludo melancólicamente.

--Ahí la tiene usted--dijo el padre--; parece otra. Cualquiera creería

que está enferma. Son cosas de los pocos años.

Sonrió Celinda con indolencia, haciendo un signo negativo al oir la

suposición de su enfermedad. Después abandonó aquella habitación,

demasiado inmediata al despacho, para que los dos hombres pudieran

hablar libremente.

Cuando hubieron tomado el primer mate, Rojas ofició un cigarro á

Moreno para que «pitase», y encendiendo el suyo se preparó á escuchar.

--¿Qué le trae por estos pagos, tinterillo?... Porque usted no es

hombre de á caballo, y cuando echa una galopada debe ser por algo.

El oficinista, al que apodaba «tinterillo» el estanciero, siguió

fumando con la calma de un oriental que considera conveniente excitar

la curiosidad de su interlocutor antes de emprender la conversación.

--Usted, don Carlos--dijo al fin--, fué en su juventud hombre de

armas. Me han contado que cuando vivía en Buenos Aires tuvo varios

duelos por asuntos de hembras.

Miró Rojas á un lado y á otro, por si la niña andaba cerca y podía

oírle. Luego sonrió con la vanidad que sienten los hombres entrados en

años al recordar las audacias y desafueros de su juventud, y dijo con

una falsa modestia:

--¡Bah! ¡Quién se acuerda de eso! Muchachadas, ché; cosas que se

usaban entonces.

Creyó necesario Moreno hacer una larga pausa, y añadió:

--El ingeniero Canterac y el contratista Pirovani se batirán mañana en

duelo... Pero el duelo es á muerte.

Don Carlos mostró sinceramente su estrañeza.

--¿Pero aún están de moda esas cosas?... ¡Y aquí! ¡en pleno desierto!

Moreno hizo gestos afirmativos y quedó silencioso. Calló también el

estanciero, mirándolo interrogativamente. ¿Y qué tenía que ver él con

todo esto?... ¿Acaso había hecho el viaje por el simple placer de

darle tal noticia?...

--Canterac--dijo el oficinista--tiene por padrinos al marqués de

Torrebianca y al gringo Watson. Como los dos son ingenieros, no pueden

negar un servicio tan importante á un camarada.

A Rojas le pareció esto muy natural. Pero ¿qué podía importarle á él

que los padrinos fuesen unos ó fuesen otros?

--Pirovani sólo cuenta conmigo--siguió diciendo Moreno--, y yo vengo á

buscarle, don Carlos, para que me saque del apuro como hombre de

armas, y sea también padrino del italiano.

Protestó el estanciero con vehemencia.

--¡Déjese de macanas, ché!... ¿Por qué voy á mezclarme en esos

entreveros de las gentes del campamento, cuando todos son amigos míos?

Además, ya estoy viejo para meterme en tales cosas y no quiero hacer

un papelón.

Insistió Moreno, y durante algunos minutos discutieron los dos

hombres. Al fin don Carlos pareció ablandarse seducido por el misterio

que creía entrever en este duelo inesperado. Valiéndose de su

condición de padrino, tal vez averiguaría cosas muy graciosas é

interesantes.

--Bueno, ché; será como usted quiere. ¡Qué no me hará hacer este

tinterillo!

Luego sonrió picarescamente, golpeando al oficinista en una pierna, al

mismo tiempo que le preguntaba bajando la voz:

--¿Y por qué quieren matarse? ¿Cuestión de mujeres?... De seguro que

anda de por medio esa marquesa que á toditos los trae locos.

Tomó Moreno una actitud misteriosa, al mismo tiempo que se llevaba un

dedo á los labios para imponerle silencio.

--Prudencia, don Carlos. Piense que el marqués tratará con nosotros

como padrino, y por ser experto en esto de los duelos tal vez dirija

el combate.

El estanciero empezó á reir, dando nuevos golpes en las piernas de su

amigo. Fué tal su risa, que en ciertos momentos se llevó una mano á la

garganta como si temiera ahogarse.

--Pero ¡qué lindo, ché!... Y es el marido el que va á dirigir el

desafio... Y los otros dos se pelean por su mujer... Pero ¡qué gringos

tan sabrosos! Me gustará ver eso... ¡Cosa bárbara!

Luego añadió, serenándose:

--Sí que acepto el ser padrino. Eso vale más que una comedia en Buenos

Aires ó una de esas historias del biógrafo que traen loca á mi niña.

A media tarde, luego de haber almorzado en la estancia de Rojas,

volvió Moreno á la Presa y echó pie á tierra frente á la antigua casa

de Pirovani.

Torrebianca se paseaba por la habitación que le servía de despacho.

Iba vestido de luto y su aspecto era aún más triste y desalentado que

en los días anteriores. Al pasearse se detenía algunas veces junto á

su mesa, donde estaba abierta una caja de pistolas. Había pasado una

parte de la tarde limpiando estas armas ó contemplándolas pensativo,

como si su vista evocase lejanos recuerdos. Cuando olvidaba las

pistolas miraba una fotografía puesta sobre la misma mesa y que era la

de su madre. Esta contemplación humedecía sus ojos.

Moreno, después de saludarle, se apresuró á decir que ya había

encontrado compañero y venía autorizado plenamente por él para la

discusión de los preparativos del combate. El marqués aprobó con un

saludo ceremonioso y luego le fué mostrando sus pistolas.

--Las traje de Europa, y han servido varias veces en lances tan graves

como el nuestro. Examínelas bien; no tenemos otras, y deben ser

aceptadas por las dos partes.

El oficinista manifestó que tenía por inútil este examen, aceptando

todo lo que hiciese el otro.

Siguió hablando el marqués con una dignidad caballeresca que

impresionaba á Moreno.

«Este pobre señor--pensó--no conoce su verdadera situación. Y es un

hombre bueno y pundonoroso: un caballero que ignora los actos de su

mujer y el triste papel que va á representar.»

Mientras el argentino le miraba con simpática conmiseración,

Torrebianca siguió hablando.

--Como ninguno de los dos quiere dar explicaciones, y las injurias son

de indiscutible gravedad, el duelo lo concertaremos á muerte. ¿No

opina usted así, señor?...

El oficinista, que se había puesto muy serio al darse cuenta de la

importancia de esta conversación, aprobó silenciosamente con

movimientos de cabeza.

--Mi representado--continuo el marqués--no se contenta con menos de

tres tiros á veinte pasos, pudiendo apuntar durante cinco segundos.

Parpadeó Moreno para expresar el asombro que le producían tales

condiciones, y quiso negarse á admitirlas; pero se acordó de una

segunda conversación que había tenido con Pirovani aquella mañana,

antes de ir á la estancia de Rojas.

Parecía transfigurado el italiano por un entusiasmo belicoso.

Celebraba esta ocasión que le iba á permitir mostrarse ante la «señora

marquesa» en la misma actitud de un héroe de novela.

«Acepto todas las condiciones--había dicho á Moreno--por terribles que

sean. Quiero hacer ver que, aunque empecé como un simple trabajador,

soy más valiente y más caballero que ese capitán.»

Acabó el oficinista por mover otra vez su cabeza afirmativamente.

--Esta noche--continuó el marqués--nos reuniremos los cuatro padrinos

en casa de Watson para fijar por escrito las condiciones, y mañana á

primera hora será el encuentro.

Manifestó el representante de Pirovani que don Carlos Rojas no podría

asistir á tal reunión, por haber ido á Fuerte Sarmiento en busca de un

médico que presenciase el duelo; pero él suscribiría todos los

documentos necesarios en nombre de su amigo. Y los dos padrinos dieron

por terminada su entrevista.

Al salir Moreno de la casa vió al comisario de policía junto á la

escalinata, como si estuviera esperándole. Don Roque se expresó con

indignación.

--Ustedes se figuran que pueden hacer lo que quieran, como si en esta

tierra no hubiese autoridad, ni ley, ni nada, y aún mandasen en ella

los indios. Yo soy el comisario de policía, ¿sabe, ché? y mi

obligación es impedir que los demás hagan locuras. Dígame cuándo será

eso del duelo... Necesito saberlo.

Moreno se resistió á hacer tal revelación, y el comisario, en vista de

su rebeldía, fué dulcificando el tono de su voz.

--Dígamelo y no sea cachafaz. Piensen todos ustedes que no está bien

que ocurran aquí tales cosas hallándome yo presente. Dígame cuándo

será eso... para marcharme antes.

Le habló al oído el padrino, y él estrechó su mano agradeciendo la

confidencia. Luego fué en busca de su caballo, que estaba cerca, y al

poner el pie en el estribo, dijo en voz baja:

--Voy á pasar la noche en Fuerte Sarmiento, y no volveré hasta mañana

por la tarde... Hagan lo que quieran. Yo lo ignoro todo.

* * * * *

#XIV#

Empezaban á retirarse los parroquianos más trasnochadores del boliche,

cuando llegó Robledo ante la casa ocupada por Elena.

Subió con pasos quedos la escalinata, llamando discretamente á la

puerta después de unos instantes de vacilación. La puerta se abrió al

poco rato, asomando á ella Sebastiana, sorprendida por este

llamamiento cuando iba á acostarse.

Llevaba la dura cabellera dividida en numerosas trenzas, cada una con

un lacito en la punta, y procuraba taparse con la enorme redondez de

sus brazos una parte del pecho cobrizo, no menos exuberante, puesto al

descubierto por el desabrochado corpiño. Sus ojos iracundos y

anunciadores del chaparrón de malas palabras con que pensaba acoger al

importuno se dulcificaron viendo á Robledo, y antes de que éste

hablase, dijo ella con amabilidad:

--La patrona está en su dormitorio y el marqués ha salido con su

maldita caja de pistolas. Yo creía que estaba donde usted... Entre,

don Robledo; voy á avisar á la señora.

El ingeniero sabía bien que Torrebianca estaba en su casa con los

otros padrinos; pero necesitaba hablar á Elena urgentemente. A pesar

de su deseo, retrocedió al ver que Sebastiana le abría toda la puerta

invitándole á pasar adelante. Tuvo miedo de encontrarse á solas con la

marquesa en el salón. Su entrevista debía ser breve. Además, podía

llegar el marido y le sería difícil explicar su presencia allí, cuando

momentos antes había hablado con él en su propia vivienda.

--Es poca cosa lo que quiero decir á tu patrona... Será mejor que se

asome á la ventana de su dormitorio.

Cerró la mestiza la puerta, y Robledo avanzó por la galería exterior,

pasando ante diversas ventanas. Al poco rato se abrió una de éstas y

apareció en ella la marquesa con la cabellera suelta y una bata

colocada negligentemente sobre sus hombros, dejando al descubierto

gran parte de sus brazos y de su pecho.

Se había vestido precipitadamente, parecía asustada, y antes de que

Robledo la saludase, preguntó con ansiedad:

--¿Le ha ocurrido alguna desgracia á Watson?... ¿Por qué viene usted á

estas horas?...

Sonrió Robledo irónicamente antes de contestar.

--Watson está bien; y si vengo á tales horas, es para hablarle de

otro.

Luego la miró con severidad, añadiendo lentamente:

--Al salir el sol, dos hombres van á matarse. Esto es un horrible

disparate que me quita el sueño, y he venido á decirle: «Elena, evite

usted tal desgracia.»

Convencida ya de que no se trataba de Watson, respondió con mal humor:

--¿Qué quiere usted que haga? Pueden batirse, si es su gusto... Para

eso nacieron hombres.

Acogió Robledo con un gesto de asombro estas palabras crueles.

--Aunque soy mujer--continuó ella--, no me asustan esos combates.

Federico se batió una vez por mí, cuando estábamos recién casados.

Allá en mi país, varios hombres expusieron su vida por serme

agradables, y jamás intervine para evitarlo.

Hizo una mueca de desprecio y añadió:

--¿Pretende usted que vaya á rogar á esos dos señores que no

arriesguen sus preciosas vidas, para que después cada uno de ellos me

exija algo á cambio de su obediencia?... Además, si intervengo en ese

asunto, los dos van á creer, cada uno por su parte, que me inspiran

gran interés, y ninguno de los dos me importa nada... Si se tratase de

otro hombre, tal vez accedería á su ruego.

El español hizo un movimiento de cabeza al oir la palabra «otro», y

vió por un instante la imagen de su asociado. Elena le miraba ahora

con ojos compasivos.

--Duerma tranquilo, Robledo, como yo voy á dormir. Deje que esos dos

vanidosos anuncien que se van á matar. Verá como no ocurre nada grave.

Intentó retirarse de la ventana por miedo á los «jejenes» y otros

insectos sanguinarios que, atraídos por las apetitosas carnes,

empezaron á zumbar en torno á sus hombros, obligándola á repelerlos

con incesantes manotazos mientras hablaba.

--Si ve á Watson, dígale que le he estado esperando todo el día. Con

esto del duelo es imposible hablarle... Hasta mañana, y pase usted una

noche tranquila.

Cerró la ventana, fingiendo un miedo pueril á los mosquitos, y Robledo

tuvo que retirarse desalentado.

A la misma hora el ingeniero Canterac escribía en su mesa de trabajo,

terminando una larga carta con estas palabras:

«... y tal es mi última voluntad, que espero cumpliréis. ¡Adiós,

esposa mía! ¡Adiós, hijos míos! Perdonadme.»

Dobló el pliego para meterlo en un sobre, y luego puso éste en el

bolsillo interior de una levita colgada cerca de él.

«Si caigo mañana--pensó--, encontrarán esta carta sobre mi pecho.

Encargaré á Watson, antes del duelo, que en caso de muerte la envíe á

mi familia.»

Una hora después su adversario entraba en la casa de Moreno. El

oficinista había vuelto, momentos antes, de su reunión con los

padrinos de Canterac. Pirovani le habló lentamente, esforzándose por

ocultar su emoción.

Acababa de dejar sobre la mesa de Moreno dos cartas, una de ellas muy

abultada, con el sobre abierto, mostrando su interior repleto de

papeles. Había estado escribiendo una parte de la noche en su

alojamiento, para condensar en estas dos cartas todos sus asuntos.

Señaló la más delgada y dijo:

--Ésta es para mi hija. Se la enviará usted, si es que muero.

El argentino quiso reir, como si dudase de la posibilidad de su

muerte, acogiendo tales palabras con gestos alegres... Pero desistió

de su fingido regocijo al ver que el contratista continuaba hablando

con voz grave.

--En el sobre más abultado encontrará usted una autorización en regla

para que pueda cobrar sin dificultades lo que me debe el gobierno, así

como las sumas que tengo depositadas en los Bancos. A un hombre hábil

como lo es usted, le será fácil enterarse, después de examinar estos

papeles, del estado de mis negocios y del medio mejor de liquidarlos.

También dejo un testamento en el que le nombro tutor de mi hija. Usted

es el único que me inspira confianza. Aunque alguna vez se ha

inclinado más del lado de mi adversario que del mío, eso no importa.

Sé que es usted un joven «honesto», y le confío mi hija y mi fortuna:

todo lo que poseo en la tierra.

Moreno se conmovió de tal modo por esta muestra de confianza, que hubo

de llevarse una mano á los ojos. Luego se levantó para oprimir

fuertemente la diestra del italiano y con palabras entrecortadas fué

expresando su voluntad de cumplir fielmente todo lo que le encargase.

Juraba dedicarse al cuidado de la hija y la fortuna de su amigo si

éste moría al día siguiente.

--Pero usted no morirá--añadió golpeándose el pecho--. Me lo dice el

corazón.

Poco después de salir el sol, varios hombres fueron reuniéndose en una

pradera de hierba rala vecina al río. Tenía por límite unos sauces

viejos y con las raíces medio descubiertas, que se inclinaban

moribundos sobre la corriente, como si de un momento á otro fueran á

dejarse caer en ella.

El lugar era triste. Como la luz se extendía á esta hora

horizontalmente, casi al ras del suelo, las sombras de las personas y

los árboles se prolongaban con un estiramiento irreal.

Primeramente llegó Pirovani escoltado por Moreno y don Carlos, todos

vestidos de negro, pero el contratista se distinguía de sus

acompañantes por una levita nueva y solemne. La había recibido de

Buenos Aires la semana anterior, á gusto de un sastre famoso, á quien

encargó un vestuario completo igual á los que poseyesen los

millonarios más elegantes de la ciudad.

Detrás de este grupo avanzó un viejo alto, enjuto de carnes, con la

nariz violácea y granujienta de los alcohólicos y una caja de cirugía

bajo el brazo. Era el médico que Rojas había ido á buscar la noche

anterior en el pueblo más próximo.

Pasados unos minutos llegaron á la pradera Canterac, Torrebianca y

Watson. El capitán y el marqués vestían largas levitas, menos

flamantes que la de Pirovani, y corbatas negras: lo mismo que si

asistiesen á un entierro. Watson llevaba simplemente un traje obscuro.

Luego de saludar Canterac ceremoniosamente desde lejos á su adversario

y á los padrinos de éste, empezó á pasearse por la orilla del río.

Fingía divertirse siguiendo con sus ojos el revuelo de los pájaros

matinales ó arrojando piedras á la corriente. El contratista, que

deseaba no ser menos que él, imitándole en todo, se paseó también

junto á los sauces, mirando al río. Y así continuaron ambos, yendo y

viniendo cada uno por la parte de la orilla que se había asignado,

como si fuesen dos autómatas.

Torrebianca, al que todos cedían el primer lugar por su experiencia en

estos lances, empezó á disponer los preparativos del combate. Pidió á

Watson dos bastones que éste llevaba á prevención, y clavó uno en el

suelo. Luego miró hacia el sol con una mano sobre los ojos, para darse

cuenta exacta de qué lado venía la luz, y empezó á marchar, contando

sus pasos.

--Veinte--dijo clavando en el suelo el segundo bastón.

Al reunirse otra vez con los padrinos sacó una moneda, y luego de

escuchar á Moreno la arrojó en alto. Cuando cayó la pieza, el

oficinista dijo á Rojas:

--Hemos ganado, don Carlos, y podemos elegir el sitio.

El marqués, que había traído bajo un brazo su célebre caja de

pistolas, la dejó abierta sobre la hierba. Cargó las dos armas con

minuciosa lentitud, sacando á luz de nuevo la misma moneda para que el

azar decidiese por segunda vez. Al caer la rodaja de metal, se inclinó

el oficinista para verla y dijo al estanciero:

--La suerte está con nosotros. También podemos tomar la pistola que

más nos guste.

Después los padrinos de Pirovani fueron en busca de éste para

colocarlo junto á uno de los bastones escogido por ellos. El marqués y

Watson condujeron á su apadrinado al lugar que marcaba el segundo

bastón.

Mientras tanto, el médico procedía con cierto azoramiento á sus

preparativos. Era la primera vez que presenciaba un duelo. Había

abierto su caja de cirugía, y con una rodilla en tierra empezó á

desenvolver vendajes, abrir frascos y examinar el buen funcionamiento

de sus aparatos.

Quedaron frente á frente los adversarios. Canterac estaba rígido, con

rostro grave pero inexpresivo, lo mismo que un soldado que espera la

voz de mando. Pirovani tenía los ojos ardientes, miraba con

agresividad, parecía furioso. Cuando se acercó Moreno con una pistola

para entregársela, le dijo en voz baja:

--Va usted á ver como lo mato. Me lo avisa el corazón.

Pero olvidó su optimismo homicida, para añadir con cierta angustia:

--Lo que yo deseo es que me expliquen bien el tiempo de que puedo

disponer para apuntar. No quiero equivocarme, y que me tomen luego por

un ordinario, incapaz de comprender estas cosas.

Conservaron sus pistolas los dos enemigos, con el cañón en alto.

Moreno se cuidó de abrochar los botones de la levita de Pirovani que

estaban sueltos. Luego le subió el cuello, para que no se viese el

blanco de su camisa. Torrebianca examinó por su parte á Canterac.

Estaba correctamente abrochado como un militar, pero su padrino le

subió también el cuello de la levita. Los dos, antes de tomar su arma,

se habían quitado el sombrero, entregándolo á uno de los padrinos.

Colocándose el marqués entre ambos, sacó un papel y empezó á leerlo

con grave lentitud.

«...Segundo. El director del combate dará tres palmadas, y los

combatientes podrán apuntar y hacer fuego á voluntad entre la primera

y la tercera palmada.»

«Tercero. Si alguno de los dos hace fuego después de la tercera

palmada, será declarado felón y descalificado inmediatamente.»

La Tierra de Todos · 第 14 / 22 段