--Hay que saber vivir. Nadie conoce esta desgracia. Figúrate que la

carta no ha llegado hoy y sólo puedes recibirla en el correo de pasado

mañana... Quedamos en eso; aún ignoras la noticia y me acompañas esta

tarde. ¿Qué adelantas con acordarte ahora? Tiempo te queda para pensar

en ese suceso triste.

El marqués hizo signos negativos. Luego se llevó una mano á los ojos,

y apoyando sus codos en las rodillas gimió sordamente:

--Era mi madre... ¡Mi pobre mamá, que tanto me quería!

Hubo un largo silencio. Torrebianca, como si no quisiera mostrar su

dolor en presencia de su mujer, se refugió en una habitación

inmediata. Elena, ceñuda y malhumorada, le oyó gemir y pasearse al

otro lado de la puerta.

Así transcurrió mucho tiempo. Ella miró el reloj: las tres. Había que

decidirse. Hizo un gesto cruel y levantó los hombros. Luego fué hasta

la puerta por donde había desaparecido su esposo:

--Quédate, Federico; no te ocupes de mí. Iré sola, é inventaré un

pretexto para excusar tu ausencia. ¡Hasta luego, alma mía! Cree que si

te dejo es únicamente por no molestar á nuestros amigos. ¡Ay, las

exigencias sociales! ¡Qué tormento!...

Tomaba su voz inflexiones de piadoso cariño, al mismo tiempo que las

comisuras de su boca se dilataban en un rictus de cólera.

Se puso el sombrero y salió. Desde lo alto de la escalinata pudo ver

la calle enteramente solitaria.

Toda la gente del pueblo estaba en los alrededores del parque

improvisado. Canterac y el contratista, cada uno por su parte, habían

declarado festivo aquel día, imponiendo el descanso á sus obreros.

Frente á la casa había un carruajito de cuatro ruedas, cuidado por un

mestizo. Éste dormía en el pescante, con un cigarro paraguayo entre

sus labios gruesos y azules, mientras un enjambre de moscas zumbaba en

torno al rostro sudoroso.

Elena pensó en sus admiradores, que estarían esperándola, impacientes.

Se habían abstenido de venir á buscarla, porque el día anterior les

manifestó su deseo de presentarse sin otro acompañamiento que el de su

esposo. Una señora debe evitar que la maledicencia se cebe en sus

actos.

Cuando se dirigía hacia el carruajito, dejando á sus espaldas la casa,

oyó el ruido de un galope. Un jinete acababa de surgir de una

callejuela inmediata. Era Flor de Río Negro.

Por una afinidad misteriosa que más bien era una repulsión, Elena

adivinó su presencia antes de verla con sus ojos. Sin esperar á que el

caballo hiciese alto, la intrépida amazona se deslizó de la silla.

Luego fué aproximándose, con la torpeza del jinete que extraña el

contacto del suelo:

--Señora, una palabra nada más.

Y se interpuso entre ella y la estribera del carruaje, cerrándola el

paso.

A pesar de su arrogancia, Elena se sintió emocionada por los ojos

hostiles de la muchacha. Fingió, sin embargo, altivez, y pareció

preguntar con un gesto: «¿Es realmente á mí á quien busca?...»

Celinda la entendió, contestando con un movimiento afirmativo. La

marquesa hizo otro ademán indicando que podía hablar, y la niña de

Rojas dijo con expresión agresiva:

--¿No tiene usted bastante con todos esos hombres á los que trae

locos?... ¿Todavía necesita robar los que pertenecen á otras mujeres?

La respuesta de Elena fué mirarla de pies á cabeza. Pretendía

confundirla con sus gestos de superioridad.

--Joven, no la conozco--dijo--. Además, sospecho que existen entre

nosotras grandes diferencias de categoría y educación, que nos impiden

seguir hablando.

Intentó apartarla para que le dejase libre el paso; pero Celinda,

irritada por su aire despectivo, levantó el rebenque que llevaba en la

diestra.

--¡Ah, demonio con faldas!

Dirigió un golpe contra el rostro de Elena, pero ésta se puso en

actitud defensiva, agarrando el brazo enemigo. Su cara quedó

intensamente pálida, con los ojos agrandados por la sorpresa y un

resplandor felino en las pupilas. Luego habló con una voz algo ronca:

--Muy bien, joven, no se moleste. Doy por recibido el golpe. Este

regalo es de los que no se olvidan nunca, y corresponderé á él cuando

lo considere oportuno.

Soltó el brazo de Celinda, y como ésta parecía haber desahogado ya

toda su cólera, lo dejó caer, quedando inmóvil y como avergonzada de

su agresión.

Aprovechó Elena este desaliento momentáneo para subir al cochecito,

tocando en un hombro á su conductor. El mestizo había estado

adormecido hasta entonces, con el cigarro en la boca, sin enterarse de

lo que acababa de ocurrir junto á su vehículo.

Apenas salieron del pueblo, vió Elena á lo lejos el parque improvisado

y la muchedumbre que rebullía en torno á él.

Un jinete pasó al trote en dirección contraria, regresando del lugar

de la fiesta, y se quitó el sombrero para saludarla. Elena reconoció á

Manos Duras, sonriendo maquinalmente á su respetuoso saludo. Luego,

sin darse exacta cuenta de lo que hacía, le llamó con una mano. El

gaucho hizo dar vuelta á su cabalgadura y se aproximó al carruaje,

marchando junto á sus ruedas.

--¿Cómo le va, señora marquesa?... ¿Por qué está tan pálida?

Elena hizo un esfuerzo para serenarse. Debía guardar aún en su rostro

las huellas de la reciente emoción, y ella necesitaba llegar á la

fiesta tranquila y sonriente, de modo que nadie adivinase el insulto

que había recibido.

Como si quisiera terminar cuanto antes su conversación con Manos

Duras, le preguntó con forzada alegría:

--Usted me dijo una vez que me aprecia mucho y está dispuesto á hacer

lo que yo le mande, por terrible que sea.

Se llevó Manos Duras una mano al sombrero para saludar, y sonrió,

mostrando sus dientes de lobo.

--Ordene lo que quiera, señora. ¿Desea que mate á alguien?

Y al mismo tiempo la miraba con ojos de deseo. Ella hizo un falso

gesto de susto:

--Matar, no... ¡qué horror! ¿Por quién me toma?... El servicio que tal

vez le pida será muy dulce para usted... Ya hablaremos.

Temiendo que el gaucho prolongase sus palabras de despedida, le indicó

con un ademán enérgico que debía retirarse. Ya estaba cerca del sitio

de la fiesta, y no era conveniente llegar sin su marido y con tal

acompañamiento.

Manos Duras contuvo su caballo mientras se alejaba el carruaje,

Durante algunos minutos siguió con los ojos á aquella mujer, la más

extraordinaria que había encontrado en su vida; y al dejar de verla,

su mirada de mastín sumiso volvió á recobrar una dureza agresiva.

Iban entrando los invitados en el parque artificial, bajo la

curiosidad envidiosa del populacho, mantenido más allá de la alambrada

por la vigilancia del comisario y sus cuatro hombres. Estos invitados

eran comerciantes españoles é italianos establecidos en las

poblaciones más cercanas y algunos venidos de la lejana isla de

Choele-Choel, lugar hasta donde llegan los escasos barcos que pueden

remontar el río Negro. También los capataces y mecánicos de las obras

acudían con sus mujeres, que habían sacado á luz los vestidos de

fiesta, usados únicamente cuando iban á Bahía Blanca ó á Buenos Aires.

Robledo paseaba por las cortas avenidas de este parque admirando

irónicamente la absurda creación de Canterac. Moreno le iba mostrando

con cierto orgullo todas las particularidades de la obra dirigida por

él.

--Lo mas notable es una especie de cenador, ó mejor dicho, de

santuario de verdura que hay al final de la arboleda. Seguramente que

el capitán querrá llevar allí á la marquesa. Pero ella es lista y sabe

escurrirse.

Guiñaba un ojo maliciosamente al hablar de los propósitos de Canterac,

y á continuación se mostraba grave para afirmar la cordura de la

marquesa, que «no era la mujer que se imaginaban muchos».

Se disponía á mostrar al español el famoso «santuario de verdura»,

cuando le abandonó repentinamente, mascullando excusas, para correr

hacia la entrada del parque. Elena acababa de llegar. Lo mismo que

Moreno, corrieron á su encuentro los otros solicitantes; pero ella,

después de saludar á los tres, mostró su predilección por Watson, que

también había salido á recibirla. Conversó con los demás, pero sin

apartar de Ricardo sus ojos acariciadores. Robledo, que examinaba al

grupo desde lejos, se enteró inmediatamente de esta predilección.

Contrariado por su descubrimiento, fué aproximándose para saludar á la

Torrebianca. Luego invitó á Watson, con ademanes y palabras en voz

baja, á que se fuese con él; pero el joven fingía no entenderle. Al

fin, el ingeniero francés, que por ser el autor de la fiesta mostraba

una superioridad absorbente, se interpuso entre Elena y los demás

hombres, ofreciéndola el brazo para enseñarle todas las bellezas de su

invención forestal. Robledo aprovechó esto para tocar á Ricardo en la

espalda, invitándole á dar un paseo por la arboleda. Apenas quedaron

solos, el español se expresó con un tono bondadoso, señalando á la

mujer que se alejaba apoyada en un brazo de Canterac.

--Tenga usted cuidado, Ricardo. Creo que esa Circe también desea

someterlo á sus encantamientos.

Watson, que siempre le había escuchado con deferencia, le miró ahora

altivamente.

--Tengo bastantes años para marchar solo--contestó con sequedad--; y

en cuanto á consejos, démelos cuando yo se los pida.

Y murmurando otras palabras ininteligibles, le volvió la espalda para

ir en busca de Elena.

Quedó el español asombrado por la brusca respuesta de su socio.

Después sintió indignación.

«¡Esa mujer!--pensó--. ¡Hasta va á quitarme el mejor de mis

amigos!...»

Empezaba la parte más interesante de la fiesta para muchos de los

invitados. Friterini dió voces, dirigiendo á las mestizas encargadas

del servicio. Sobre las mesas, hechas con tablas y caballetes y que

tenían por manteles sábanas recién lavadas, fueron apareciendo los

manjares más ricos y extraordinarios del «Almacén del Gallego» y otros

despachos de bebidas y alberguerías existentes en las colonias

inmediatas al río Negro. Eran manjares de Europa y de la América del

Norte, que tenían un sabor á largo encierro, á estaño y á hojalata:

carnes de cerdo de Chicago, salchichas de Francfort, _foie gras_

francés, sardinas de Galicia, pimientos de la Rioja, aceitunas de

Sevilla, todo venido, á través del Océano, en botes metálicos ó

cubiletes de madera.

Lo más extraordinario eran las bebidas. Sólo algunos _gringos_

procedentes de los llamados «países latinos» buscaban las botellas de

vino tinto. Los demás, especialmente los hijos del país, consideraban

los líquidos de color de sangre como una bebida ordinaria, apreciando

la claridad y el tono blanco de los vinos como signo de aristocracia.

Resonaban continuamente los taponazos del champaña. Algunos bebían el

vino espumoso como si fuese agua del río.

--Esto es caro en Europa--decía un ruso de pelo largo y grasiento--;

pero aquí, ¡con la diferencia del cambio!...

Moreno, hombre de orden, consideraba con inquietud la sed creciente de

los invitados. Al mismo tiempo hacía recomendaciones de parquedad y

prudencia en el servicio al entusiasta Friterini con palabras

deslizadas al paso y misteriosos ademanes.

«¡Con tal que alcancen los pesos de Canterac!--pensaba--.Empiezo á

creer que no tendremos bastante para pagarlo todo.»

Mientras tanto, el ingeniero francés avanzaba entre los árboles con

Elena ó se detenía para mostrarle los ejemplares más corpulentos.

--Esto no es el parque de Versalles, bella marquesa--dijo imitando los

ademanes galantes de otros siglos--, pero representa, á pesar de su

modestia, el gran interés que tiene un hombre en serle agradable.

Pirovani, fingiéndose distraído, iba detrás de ellos á cierta

distancia. Le era imposible ocultar el despecho que le producía esta

fiesta ideada por su adversario. Reconocía que nunca hubiera sabido

inventar él algo semejante, ¡Lo mucho que sirve haber estudiado!...

Según iba avanzando por el bosque artificial, procuraba empujar

disimuladamente los árboles más próximos para hacerlos caer. Pero este

mal deseo resultaba inútil. Todos se mantenían firmes. Aquel imbécil

de Moreno había hecho bien las cosas al ayudar á Canterac.

Sintió frío en sus extremidades y que toda la sangre se le agolpaba al

corazón viendo cómo se ocultaba la pareja en un tupido cenador de

ramaje, al final de una avenida. Era el famoso «santuario» del

oficinista.

--La reina puede sentarse en su trono--dijo Canterac.

Y mostró á Elena un banco rústico rematado por una especie de doselete

hecho con guirnaldas de follaje y flores de papel.

Excitado el francés por la soledad, habló con gran vehemencia de su

amor y de los grandes sacrificios que estaba dispuesto á hacer por

Elena. Muchas veces había dicho lo mismo, pero ahora estaban solos y

aquella fiesta parecía haber aumentado su agresividad pasional.

Ella, que se había sentado en el banco rústico, teniendo cerca al

ingeniero, mostró cierta inquietud, aunque sin perder por esto su

sonrisa tentadora. Canterac le cogió ambas manos é inmediatamente

quiso besarla en la boca. Como la Torrebianca esperaba la agresión, se

defendió á tiempo, haciendo esfuerzos por repelerle.

Se hallaban en esta lucha, cuando apareció el contratista en la

entrada del cenador. Pero ninguno de los dos pudo verle. Canterac

seguía ocupado en su tenaz propósito de besarla; y ella, olvidando sus

remilgos de coqueta, lo repelía violentamente.

--Esto no es leal--dijo con voz jadeante--. Debo estar despeinada...

Va usted á romper mi sombrero... ¡Estese quieto! Si insiste usted, le

abandono.

Vióse al fin obligada á defenderse con tal brusquedad, que Pirovani

creyó llegado el momento de intervenir, avanzando resueltamente dentro

del cenador. El ingeniero, al verle, abandonó á Elena, poniéndose de

pie, mientras la mujer reparaba el desorden de su peinado y sus ropas.

Los dos hombres se miraron fijamente, y el italiano consideró

necesario hablar.

--Muestra usted mucha prisa--dijo con ironía--en cobrarse los gastos

de su fiesta.

Resultaba tan inaudito para Canterac que un simple contratista se

atreviese á insultarle allí mismo, en el costoso parque inventado por

él, que permaneció algunos momentos sin poder hablar. Luego, su cólera

de hombre autoritario estalló con fría llamarada.

--¿Con qué derecho me habla usted?... Debí abstenerme de invitar á un

emigrante sin educación, que ha hecho su dinero nadie sabe cómo.

Se enfureció Pirovani, pero con una cólera ardiente, al recibir tal

insulto en presencia de Elena. Y como su violencia de sanguíneo

necesitaba pasar á la acción, por toda respuesta se arrojó sobre el

ingeniero, abofeteándole. Inmediatamente los dos hombres se agarraron,

luchando á brazo partido, mientras la Torrebianca, perdida la

serenidad, empezaba á dar voces de espanto.

Acudieron los invitados, siendo de los primeros en presentarse Robledo

y Watson, cada cual por un lado distinto. El ingeniero y el

contratista, estrechamente agarrados, rodaban por el suelo, derribando

gran parte del «santuario de verdura».

Pirovani, más carnudo y vigoroso que Canterac, lo sofocaba con su

peso. La cólera le hacía olvidar todo lo que sabía de español, y

lanzaba blasfemias en italiano, aludiendo á la Virgen y á la mayor

parte de los habitantes del cielo. Además, pedía á los que intentaban

separarlos que le dejasen comerse tranquilamente los hígados de su

rival. Había vuelto en unos segundos los años de su adolescencia,

cuando se aporreaba con los compañeros de pobreza en alguna

_trattoria_ del puerto de Génova.

A fuerza de tirones y algún que otro puñetazo, varios hombres de buena

voluntad consiguieron separar á sus dos jefes. Watson, despreciando á

los combatientes, había corrido hacia la marquesa, colocándose

delante de ella en actitud defensiva, como si le amenazase algún

peligro.

Robledo miró á los dos adversarios. Contenido cada uno de ellos por un

grupo, se insultaban de lejos, con los ojos inyectados de sangre y la

lengua estropajosa. Ambos habían olvidado de repente el español, y

cada uno barboteaba las peores palabras de su respectivo idioma.

Luego contempló á la marquesa de Torrebianca, que suspiraba como una

niña, apoyándose en Watson.

«¡Sólo nos faltaba semejante escándalo!--se dijo--. Temo que alguien

va á morir por culpa de esta mujer.»

* * * * *

#XIII#

Acabaron su cena silenciosamente Watson y Robledo, preocupados por lo

que había ocurrido horas antes en el parque inventado por Canterac.

Un obstáculo invencible parecía haberse levantado entre los dos.

Watson tenía el rostro sombrío y evitaba mirar á Robledo. Éste, al

poner de vez en cuando los ojos en su asociado, sonreía con una

expresión amarga. Pensaba en Elena, dominadora y malvada, que tal vez

había aconsejado á Ricardo contra él.

Se levantó el joven de la mesa, saludando con algunas palabras

confusas, y tomó el sombrero para salir.

«Va á verla--se dijo el español--. Ya no vive tranquilo si no está á

su lado.»

En la calle central encontró Watson muchos grupos discutiendo

acaloradamente. Los rectángulos rojos que proyectaban sobre el suelo

las puertas del boliche eran eclipsados con frecuencia por las sombras

de los que entraban y salían. Adivinó que todos disputaban sobre lo

ocurrido aquella tarde, tomando partido por el ingeniero ó por el

contratista.

Al llegar á la casa de Elena, salió á recibirle Sebastiana en lo alto

de la escalinata. La mestiza también se mostraba preocupada por los

sucesos de la tarde.

Miró á Ricardo con severidad, pensando sin duda en la niña de la

estancia. ¡Ay, los hombres! Hasta este _gringo_ que ella creía buenazo

resultaba tan perverso como los otros.

Pasó adelante el joven, sin fijarse en tal mirada, y encontró en el

salón á Elena que parecía esperarle.

Quiso ocupar una butaca, pero la marquesa se opuso.

--No; aquí, á mi lado. Así nadie podrá oirnos.

Y lo obligó á sentarse en el sofá, junto á ella.

Tenía el rostro pálido y la mirada dura, como si aún estuviese

conmovida por recientes y desagradables impresiones. La pelea de

Pirovani y Canterac había pasado á segundo término en su memoria. Le

molestaba más, haciéndola estremecerse de cólera, la imagen de Celinda

con el látigo levantado.

Pero olvidó su rencor al ver que Ricardo acudía puntualmente,

atendiendo el ruego que ella le había hecho al anochecer para que

pasase la velada en su casa. Al notar que Watson miraba con inquietud

las puertas del salón, creyó oportuno tranquilizarlo.

--Nadie vendrá. Mi marido está en su cuarto, quebrantado por una mala

noticia que ha recibido de Europa... Una desgracia de familia que

esperábamos hace tiempo; algo que en realidad no me interesa mucho.

Luego cambió de gesto y de voz, para continuar hablando.

--¡Cuánto agradezco que haya usted venido!... Temblaba ante la idea de

pasar sola estas horas de la noche. ¡Me aburro tanto aquí!... Por eso

le supliqué hoy, cuando nos separamos, que no me abandonase...

Y al decir esto tomó una mano de Watson, contemplándole al mismo

tiempo con ojos acariciadores.

El joven se sintió halagado en su vanidad masculina por esta mirada,

pero surgió en su memoria inmediatamente el recuerdo de lo ocurrido

aquella tarde.

--¿Por qué han reñido esos dos hombres?... ¿Fué por usted?...

Quedó ella indecisa; y al fin, entornando los ojos, contestó con

cierto abandono:

--Tal vez; pero yo los desprecio á los dos. Para mí sólo existe usted,

Ricardo.

Puso sus manos en los hombros de él, y al hacer esto, pareció

estirarse con felina ondulación, aproximando su rostro.

--Sospecho--murmuró--que vamos á ir tal vez más allá de los límites de

una simpatía amistosa. ¡Me interesa usted tanto!...

Excitados por la soledad, sentían ambos en su interior la audacia de

un deseo vehemente. Iban á correr en breves minutos un camino que á

él, en su inexperiencia, le había parecido siempre que exigiría

larguísimas jornadas. Elena pensó en la amazona juvenil que había

querido golpearla. Su vanidad ultrajada y el deseo de vengarse le

hicieron adoptar mentalmente cínicas resoluciones, celebrándolas con

una risa oculta que pareció reflejarse en sus ojos.

«Ya que eres celosa--pensaba--, debes serlo con motivo. Yo te

devolveré el latigazo.»

Además, al recordar cómo aquellos dos hombres se habían golpeado en su

presencia, sin que esto le causase profunda emoción, creyó, con un

ilogismo propio de su cerebro desordenado, que el medio más seguro

para restablecer la paz entre ambos era que ella se entregase á un

tercero, más digno de su interés.

Watson, por su parte, consideraba á esta mujer más hermosa y

apetecible después que dos hombres habían intentado matarse á causa de

ella. Una sensación de orgullo varonil, de vanidad sexual, se

mezclaba con las emociones que iban despertando en su interior las

palabras de la Torrebianca y el contacto de su cuerpo.

Al descansar ella las manos sobre sus hombros, había acabado por

juntarlas, y poco á poco el joven se sintió aprisionado por unos

brazos adorables. Algo se reanimó en su pensamiento, como una llama

moribunda que resucita. Creyó ver el rostro noble y triste de su

compañero Torrebianca, é inmediatamente quiso hacer un movimiento

negativo y echarse atrás, repeliendo á Elena... No podía traicionar á

un camarada. Era innoble proceder así, estando bajo el mismo techo que

el otro y separado de él solamente por unos tabiques. Luego se vió á

sí mismo y vió á Celinda, cuando marchaban los dos alegremente por el

campo. Quiso mover otra vez su cabeza negativamente y parpadeó con una

expresión angustiosa, pretendiendo defenderse y teniendo al mismo

tiempo la certidumbre de que le sería imposible.

«¡Pobrecita Flor de Río Negro!», pensó.

Los brazos que rodeaban su cuello le oprimieron dulcemente y tiraron

de su cabeza, inclinándola poco á poco hacia el rostro femenil que

avanzaba unos labios ávidos y audaces. Las dos bocas acabaron por

unirse, y Ricardo pensó que ese beso iba á ser interminable.

Experimentaba la sorpresa del que al entrar en un palacio maravilloso

ve francas las puertas de un segundo salón todavía más admirable, y

luego penetra en un tercero que le parece superior, perdiéndose en

lontananza la sucesión de habitaciones deslumbradoras abiertas ante

él. Cuando se imaginaba haber poseído por entero aquella boca, los

labios se entreabrían con un bostezo de fiera, dejándole avanzar para

revelarle inéditos contactos de estremecedora voluptuosidad. Creía ya

agotadas todas las sensaciones ocultas entre aquellas dos valvas

carnosas, suaves y húmedas, y nuevos escalofríos de placer bajaban

verticalmente por el dorso de su cuerpo.

Pensó confusamente, en aquel momento, lo mismo que todos los

personajes simples de la Presa que corrían enloquecidos detrás de la

Torrebianca: «Esta es la verdadera mujer. Sólo merecen admiración las

hembras que han conocido la vida elegante.»

Vagaron las manos de él sobre los relieves del cuerpo adorable,

intentando libertarlos del encierro de las ropas...

De pronto se repelieron los dos con el empellón de la sorpresa,

procurando al mismo tiempo reparar el desorden externo de sus

personas. Al otro lado de la puerta, Sebastiana golpeaba la madera con

los nudillos, pidiendo licencia para entrar. La mestiza era demasiado

bien criada para abrir una puerta sin permiso; pero antes de

solicitarlo, creía oportuno siempre mirar un poco por el ojo de la

cerradura. Cuando asomó al fin la cabeza entre las dos hojas de

madera, dijo bajando sus ojos maliciosos:

--Mi antiguo patrón don Pirovani quiere ver á la señora. Parece que

trae prisa.

Ricardo se levantó para irse y Elena le rogó que se quedase,

prometiendo despedir en un momento al intruso. Pero el joven se había

serenado, dándose cuenta del peligro que acababa de correr, y quiso

aprovechar esta ocasión para marcharse, antes de quedar otra vez á

solas con ella. Casi tropezó en la puerta con el contratista, que

entraba saludando desde lejos á la «señora marquesa». Estrechó su mano

y desapareció inmediatamente.

Elena no quiso ocultar la cólera que le había producido esta visita

inoportuna, y recibió al italiano con visible mal humor.

Se mantuvo de pie para hacerle comprender que su entrevista debía ser

corta; pero el otro, distraído por sus preocupaciones, pidió permiso

para sentarse, y antes de que ella respondiese ocupó un sillón. La

Torrebianca se limitó á apoyar su cuerpo en el borde de una mesa.

--Mi marido está algo enfermo--dijo--, y necesito atenderle... No es

cosa de cuidado: la emoción por una desgracia de familia. Pero

hablemos de usted: ¿qué le trae aquí á estas horas?...

Tardó Pirovani en contestar, para que de este modo sus palabras

resultasen más solemnes.

La Tierra de Todos · 第 13 / 22 段