Después de la llegada de los marqueses de Torrebianca sus

predilecciones literarias, indeterminadas hasta entonces, se

concretaron en pro de las fábulas que se desarrollan en un ambiente

aristocrático, teniendo por héroes á personajes del llamado gran

mundo.

Él podía juzgar ahora idóneamente de la verosimilitud de tales

historias, pues se rozaba con personas de la más alta sociedad de

París.

Algunas veces cesaba de leer y ponía su mirada en el techo con una

expresión de éxtasis. El deseo parecía cantar dentro de su cráneo:

«¡Ser héroe de novela!... ¡Verse amado por una gran señora!»

Una tarde, cuando menos lo esperaba, Moreno vió llegar frente á su

casa al ingeniero Canterac montado á caballo. A tales horas estaba

siempre vigilando las obras del dique. Algo muy importante debía

ocurrir para que el capitán viniera á buscarle.

Se acercó el jinete á la ventana junto á la cual leía el oficinista y

dió la mano á éste inclinándose sobre su montura. Teniendo por

inútiles los preámbulos, dijo inmediatamente, con una sequedad

militar:

-He venido á verle cuanto antes para que pueda aprovechar el correo de

hoy... Quiero hacer un obsequio á la marquesa. La pobre carece de todo

en este desierto, y como usted recordará, nos habló hace poco de lo

qué sufre por no tener aquí perfumería de París.

El ingeniero sacó de un bolsillo varios papeles para dárselos á

Moreno.

--Es un extracto de todos los catálogos de Buenos Aires que ha podido

proporcionarme el gallego del boliche. Por cierto que tardó mucho en

encontrarlos. Debía habérmelos entregado hace tres días, para que

usted aprovechase el otro tren... Pero, en fin, vamos á lo que

importa. Como usted tiene tantas amistades en Buenos Aires, escriba

allá para que envíen todo eso, y descuénteme su importe de mi sueldo

de este mes.

Moreno tomó los papeles, haciendo signos afirmativos.

--Creo--siguió diciendo el ingeniero--que no se me adelantará en este

obsequio el tal Pirovani, que cada vez resulta más insufrible.

Al marcharse Canterac hacia las obras del dique, Moreno empezó á

examinar los papeles. Sus ojos se dilataron de asombro, tomando casi

la misma forma circular de las gafas con montura de concha que los

cubrían.

Era una larguísima lista, no sólo de perfumes y jabones, sino de toda

clase de objetos de tocador. El capitán había entrado por las páginas

de los catálogos como en tierra recién descubierta, haciendo suyo lo

que encontraba al paso.

--Hay aquí por valor de más de mil pesos--se dijo el oficinista--, y

el ingeniero sólo cobra seiscientos al mes.

Su austeridad de hombre de números, metódico y prudente, le hizo

indignarse contra esta falta de equilibrio entre los ingresos y los

gastos. Pero acabó por sonreir, encontrando natural el despilfarro.

¡La marquesa era tan interesante!... Además, una señora de su alcurnia

no podía llevar la misma vida de privaciones de las mujeres del vulgo.

Pasó Moreno el resto de la tarde inquieto y pensativo. Varias veces

intentó reanudar la lectura de la novela que traía entre manos, pero

el volumen acababa siempre por caer sobre su mesa, cubierta de papeles

administrativos. Al fin buscó entre estos papeles un pliego de carta,

y frunciendo el ceño con la expresión recelosa de un niño que teme ser

cogido en plena mentira, empezó á escribir:

«Mi morocha linda: Envíame lo antes posible, en un paquete, el traje

de fraque que me hice cuando nos casamos. La vida ha cambiado aquí

completamente. Grandes personajes nos visitan con frecuencia, hay

muchas fiestas, y yo deseo presentarme con un aspecto bien como el que

más. Esto puede ayudarme en mi carrera y...»

Se detuvo Moreno para rascarse la cabeza con el mango de la pluma.

Luego siguió escribiendo, con el mismo gesto infantil de inquietud y

remordimiento, hasta llenar las cuatro páginas de la carta.

Todas las noches, en la tertulia de la marquesa, mostraba ahora

Pirovani el gesto preocupado del que desea proponer algo y cuando va á

hablar se siente enmudecido por la emoción.

Después de una semana de dudas se decidió á formular su deseo,

precisamente la noche en que el oficinista esperaba conseguir el mayor

éxito de su vida.

Elena llevaba uno de sus trajes descotados, á los que agregaba ó

quitaba adornos para que diesen diariamente una impresión de novedad.

El ingeniero francés y Torrebianca iban puestos de _smoking_ y

Pirovani seguía ostentando su majestuoso frac... Pero ya no era el

único en lucir esta prenda. Moreno se había presentado á última hora

con el frac enviado por su mujer, pieza modesta que revelaba tener

algunos años de vida. Pero de todos modos era un frac, y el del

contratista había perdido el privilegio de ser único, lo que puso

nervioso á su poseedor, dándole nuevos ánimos para expresar sus

deseos.

Watson y Robledo vestían trajes obscuros. Los dos se habían visto

obligados á cambiar de ropa todas las noches, para no parecer

«inarmónicos»--como decía el español--en medio de esta elegancia

absurda creada por la presencia de Elena.

Como el norteamericano estaba fatigado de su trabajo en los canales,

tuvo que sofocar numerosos bostezos, y al fin se levantó para

retirarse á su dormitorio. Elena le miraba ahora con interés, y no

ocultó su despecho al ver que desaparecía, saludándola fríamente, como

si nada le importase alejarse de ella.

El aquel momento Canterac estaba retenido por su conversación con el

marqués, Moreno hablaba con Robledo, y á Pirovani le pareció oportuno

no dejar que transcurriese más tiempo sin exponer á Elena lo que

pensaba.

--Temía hablar, señora marquesa; pero al fin me decido, y ¡allá va!...

Este marco es indigno de su hermosura y su elegancia.

Y el contratista abarcó con una mirada de desprecio la habitación y

todos sus muebles.

--Si usted quiere, desde mañana puede instalarse en mi casa. Suya es.

Yo me alojaré en la vivienda de uno de mis empleados.

No mostró Elena gran asombro. Parecía que esperase desde mucho antes

esta proposición, como si ella misma se la hubiese sugerido lentamente

al contratista. Pero no por ello dejó de hacer gestos de protesta, al

mismo tiempo que sonreía y acariciaba con sus ojos á Pirovani.

Finalmente pareció ablandarse, y prometió que estudiaría la

proposición, consultando á su esposo antes de decidirse.

Esta consulta fué al día siguiente, mientras Robledo y Watson se

hallaban en las obras de los canales.

Torrebianca, á pesar de la sumisión con que acogía ordinariamente las

proposiciones de su mujer, se mostró escandalizado. Le era imposible

aceptar la generosidad de Pirovani.

--¿Qué pensará la gente al ver que nos cede una casa que es su

orgullo?...

Y movía su cabeza con enérgicas negativas. Surgió en su interior una

repulsión de casta, al pensar que pudiera protegerle aquel compatriota

de gustos ordinarios. No le era antipático; pero nunca le admitiría

como un igual.

Elena acabó por irritarse, cansada de sus protestas.

--Tu amigo Robledo nos protege, y sin embargo no se te ocurre por eso

que pueda murmurar la gente... ¿Qué tiene de extraordinario que un

amigo nuevo nos demuestre su simpatía cediéndonos su casa?

Estaba tan acostumbrado Torrebianca á obedecer á su esposa, que

bastaron las últimas palabras de ella para quebrantar su resistencia.

Sin embargo, aún insistió en sus negativas, y Elena añadió para

convencerle:

--Comprendo tus escrúpulos, si la casa fuese regalada; pero es

simplemente alquilada. Así se lo he dicho á Pirovani. Tú le pagarás el

alquiler cuando la empresa dirigida por Robledo retribuya tus

trabajos.

El marqués lo aceptó todo al fin, con un gesto de resignación. Parecía

más viejo y más desalentado, como si le royese lentamente una dolencia

moral.

--Hágase lo que tú quieras. Mi único deseo es verte feliz.

Al día siguiente visitó su esposa la casa de Pirovani, para conocerla

por entero antes de proceder á su instalación en ella.

La recibió el contratista en lo alto de la escalinata, acompañándola

después por las diversas habitaciones, pálido de emoción al verse á

solas con la «señora marquesa». Ésta, para darse aires de dueña,

ordenó inmediatamente á la servidumbre que cambiase algunos muebles de

sitio. El italiano elogió su buen gusto de gran dama, guiñando un ojo

á la mestiza, su ama de llaves, para que se uniese á esta admiración.

Llegaron al dormitorio que había sido del italiano y en adelante sería

de ella. Encima de todos los muebles había grandes paquetes en papel

fino, atados y sellados de los que se desprendían gratos olores. Los

fué abriendo el contratista, y quedaron visibles docenas de frascos

de esencias y de cajas de jabón, así como otros artículos de tocador;

todo el encargo enorme hecho á Buenos Aires, que parecía acariciar los

ojos con el brillo de sus botellitas de cristal tallado, de sus

estuches con forros de seda y pieles finas, de sus etiquetas de oro,

al mismo tiempo que cosquilleaban el olfato unos perfumes de jardín

sobrenatural.

Ella iba de asombro en asombro, y acabó por reir, lanzando

exclamaciones alegres é irónicas.

--¡Qué generosidad!... Hay para poner una tienda de perfumista.

Pirovani, cada vez más pálido, enardecido por esta sonrisa y por la

soledad, intentó aproximar su boca á la de ella, besándola. Pero como

Elena esperaba desde mucho antes este ataque, le fué fácil repelerlo

avanzando sus dos manos enérgicamente, á la vez que decía:

--Eso equivale á quererme hacer pagar el alquiler de la casa, como un

vil comerciante. En tal caso, ya no hay regalo. ¡Y yo que le creía á

usted un _gentleman_!...

Sintió cierta lástima al darse cuenta de la confusión de Pirovani. El

pobre temía no haber procedido con el tacto de un hombre elegante.

Para consolarlo puso su mano derecha junto á la boca de él.

--Conténtese con esto--dijo.

El italiano besó la mano con entusiasmo, y fueron tan repetidos sus

besos, que al fin tuvo ella que retirarla, amenazándole con un dedo

para que guardase prudencia.

Luego continuó la visita de la casa, llevando al contratista tras de

sus pasos. Parecía arrepentido de su audacia y arrepentido al mismo

tiempo de la docilidad con que había obedecido á aquella mujer.

Pero por encima de tan opuestos sentimientos paladeaba una sensación

de triunfo al recordar el contacto de aquella mano fina y olorosa.

Esto le hizo persistir mentalmente en su opinión:

«¡Oh, las grandes señoras!... No hay mujeres como ellas.»

* * * * *

#VIII#

El aspecto de la casa de Pirovani cambió mucho al instalarse en ella

los Torrebianca.

Las ventanas lucían ahora, á través de sus vidrios, unas cortinas

flamantes. Ya no se mostraban en las galerías exteriores las

domésticas mal vestidas y realizando al aire libre ciertos trabajos de

limpieza. La presencia de aquella señora tan hermosa y elegante había

impuesto á la servidumbre nuevos cuidados personales. Hasta la gorda

Sebastiana iba vestida todos los días «de domingo», como decían sus

amigas.

Otra novedad conoció el vecindario de la Presa con la instalación de

Elena en la casa del contratista. El salón de Pirovani tenía un piano

de media cola, que había permanecido cerrado hasta entonces. Lo compró

el italiano en Buenos Aires por complacer á un compatriota suyo, dueño

de un almacén de instrumentos de música. Además le habían dicho que un

salón «distinguido» no está completo si carece de un piano, pero con

cuerdas horizontales y la tapa á medio levantar. Y compró el valioso

instrumento, sin esperanza de que llegase á la Presa un visitante

capaz de utilizarlo.

Elena, que en sus horas de soledad era una fumadora insaciable, cuando

se cansaba de ir con el cigarrillo en la boca de una á otra pieza

examinando los adornos y comodidades de su nueva casa, abría el piano,

dejando que sus dedos corriesen sobre las teclas. Así pasaba las

horas, recordando romanzas de su juventud, casi ignoradas por la

generación que había seguido á la suya, ó repitiendo la música que era

de moda cuando ella huyó de París.

Muchas veces, entusiasmada por estas evocaciones del pasado, sentía la

necesidad de unir su voz á la del instrumento. Sus cantos hacían que

Sebastiana y las otras criadas abandonasen los trabajos en el corral,

avanzando lentamente hacia el interior de la casa con la expresión de

amansamiento de las bestias subyugadas por la voz y la lira de Orfeo.

Una parte del vecindario sentía igualmente esta atracción. Apenas

cerrada la noche, cuando los trabajadores habían terminado su cena,

muchos chiquillos y mujeres se encaminaban á la casa de Pirovani,

sentándose en el suelo á alguna distancia de ella, para contemplar las

ventanas, levemente teñidas de rojo. Si algunos niños impacientes

empezaban á perseguirse en sus juegos, las madres les imponían

silencio:

--¡Callad, malditos, que la señora va á cantar!...

Y se estremecían con una emoción religiosa al oir los sonidos del

piano y la voz de Elena. Era como la melodía de un mundo lejanísimo

que iba llegando á través de las paredes de madera hasta esta

muchedumbre simple de gustos, que en punto á música llevaba varios

años sin oir otra que la de las guitarras del boliche.

Algunos hombres venían á unirse al público rudo, enardecidos por un

sentimiento en el que se mezclaban la admiración y el deseo. Los

mismos que habían mirado con indiferencia á la niña de la estancia de

Rojas por parecerles un muchacho, se entusiasmaban viendo pasar á

caballo, con falda de amazona, á la marquesa de Torrebianca.

--Eso es una mujer... ¡Vaya unas curvas!

Y al oir su canto, quedaban como embobados por una delicia voluptuosa.

Según ellos, sólo una mujer de gran hermosura podía cantar así.

Una semana después de haberse instalado los Torrebianca en la nueva

vivienda anunció Sebastiana á sus amigas que la señorona, á partir de

aquella noche, iba á recibir diariamente á sus amistades, lo mismo que

hacían las damas ricas de Buenos Aires. Este anuncio sirvió para que

las comadres de la Presa se imaginasen algo nunca visto; y después de

la cena empezaron á formarse grupos de curiosos frente á las ventanas

iluminadas. Algunas mujeres se ponían una mano junto al oído pura

escuchar mejor, imponiendo silencio á las compañeras con sus codazos.

Elena, sentada al piano, cantaba romanzas sentimentales mientras iban

llegando sus invitados.

Los primeros en presentarse fueron el ingeniero francés y Moreno. Este

último, para completar el frac, oculto bajo su gabán, había creído

necesario ponerse un sombrero de copa. Él no era como Pirovani, que se

presentaba vistiendo traje de etiqueta y tocado con un sombrero

flexible. La señora marquesa, por ser dama del gran mundo, debía

haberse fijado, indudablemente, en estas faltas de elegancia.

Canterac, al pisar el primer peldaño de madera, se detuvo para decir á

su compañero:

--No debía entrar. Esta casa pertenece al intrigante Pirovani, hombre

que aborrezco... Pero temo que la marquesa se queje si no me ve en su

reunión.

Moreno, que era amigo de todos y no llegaba á enfadarse

verdaderamente con nadie, creyó necesario defender al ausente.

--¡Si ese italiano es una buena persona!... Tengo la certeza de que le

quiere á usted mucho.

Pero Canterac no podía admitir palabras conciliadoras.

--Es un hombre falto de tacto, que se empeña en atravesarse en mi

camino... Esto acabará mal para él.

Entraron en la casa, y el marqués vino á saludarles en el

recibimiento. Luego pasaron al salón, quedando los tres inmóviles,

mientras Elena continuaba su canto como si no los hubiese oído llegar.

Otros dos invitados se encontraron frente á la casa: Robledo y

Pirovani. Éste llevaba un gabán de pieles nuevo sobre el frac y se

cubría con un sombrero de copa no menos flamante, pedido á Bahía

Blanca por telégrafo, como si un duende familiar le hubiese avisado

los malos comentarios de su amigo Moreno.

De los grupos de curiosos, medio ocultos en la sombra, partieron risas

y cuchicheos. Unos se burlaban del tubo de seda brillante que el

contratista se había puesto en la cabeza; otros lo admiraban con

orgullo egoísta, como si el tal sombrero aumentase la importancia de

la vida en el desierto.

--Vengo de visita á mi propia casa--dijo Pirovani con el deseo de que

el otro admirase su generosidad.

--Ha hecho usted mal en cederla--se limitó á contestar Robledo.

El italiano tomó un aire de hombre superior.

--Convendrá usted en que su casa no era la más adecuada para que

viviese en ella tan gran señora. Yo, aunque no he estudiado, conozco

los deberes de un hombre de buena educación, y por eso...

Robledo levantó los hombros y siguió adelante, como si no quisiera

escucharlo. El contratista marchó detrás de él, y, señalando una de

las ventanas iluminadas, dijo con entusiasmo:

--¡Qué voz de ángel!... ¡Qué alma de artista!

Volvió Robledo á levantar los hombros, y los dos entraron en la casa.

Al llegar al salón se unieron á los tres varones que escuchaban

inmóviles y apenas Elena hubo lanzado la última nota de su romanza, el

italiano empezó á aplaudir y á dar gritos de entusiasmo. Canterac y el

oficinista, por no ser menos, prorrumpieron igualmente en

manifestaciones de admiración, expresándolas cada uno con arreglo á su

carácter.

En la nueva casa las reuniones iban á ser menos simples y austeras que

en el alojamiento de Robledo. Sebastiana, que sólo creía en el mate,

remedio, según ella, de toda clase de enfermedades y suprema delicia

del paladar tuvo que servir á los invitados, ayudada por dos criaditas

mestizas, varias tazas de agua caliente con una cosa llamada té.

Fingiendo ocuparse de la buena marcha del servicio, evolucionó Elena

entre aquellos tres hombres que la seguían ávidamente con los ojos,

mientras vacilaban las tazas en sus manos, derramando á veces su

contenido sobre los platillos. Los tres admiradores intentaron

repetidas veces conversar con ella; pero era tan hábil para repelerlos

dulcemente, que acababan por dialogar con su marido. En cambio, la

marquesa buscaba al único hombre que no había mostrado interés en

hablarla. Al fin consiguió en una de sus evoluciones sentarse á un

extremo del salón, con Robledo al lado de ella.

--Indudablemente, Watson no ha querido venir--dijo al español--. Cada

vez estoy mas convencida de que no le soy simpática á él... ni tampoco

á usted.

Robledo se defendió de esta acusación con gestos más que con palabras;

pero como ella insistiese en presentarse cual una víctima de la

injusta antipatía de los dos asociados, el ingeniero acabó por

contestar:

--Watson y yo somos amigos de su marido, y nos da miedo ver la

ligereza con que hace concebir usted ciertas esperanzas, tal vez

equivocadas, á los que la visitan.

Elena empezó á reir, como si la regocijasen las palabras de Robledo y

el tono de gravedad con que las había dicho.

--No tema usted. Una mujer que no ha nacido ayer y conoce el mundo,

como yo lo conozco, no va á comprometerse y á hacer locuras por esos.

Y abarcó en una mirada irónica á sus tres pretendientes, que seguían

al lado del marqués.

--Yo no supongo nada--dijo Robledo en el mismo tono--. Veo lo

presente, como vi otras cosas en París... y me da miedo el porvenir.

Quedó indecisa Elena mirando á su interlocutor, como si dudase entre

continuar riendo ó mostrarse enfadada. Al fin habló con el tono grave

de una persona ofendida:

--No me considero mejor ni peor que otras. Soy simplemente una mujer

que nació para vivir en la abundancia y en el lujo, y jamás ha

encontrado un compañero capaz de darle lo que le corresponde.

Se miraron en silencio largo rato, y ella añadió:

--Los que me desearon no pudieron proporcionarme cuanto necesito para

mi vida, y los que hubieran podido satisfacer mis deseos nunca se

fijaron en mí.

Bajó la cabeza como desalentada, murmurando contra su destino.

--Usted no sabe qué vida ha sido la mía. Necesito la riqueza; es algo

indispensable para mi existencia, y he pasado lo mejor de mi juventud

corriendo inútilmente tras de ella. Cuando imaginé tenerla entre mis

manos, la vi desvanecerse, para reaparecer más lejos, obligándome á

una nueva carrera... ¡Y así ha sido siempre!

Calló un instante, concentrando su pensamiento, para añadir con el

mismo tono que si hiciera una confesión:

--Los hombres no pueden comprender las angustias y las ambiciones de

las mujeres de ahora. Necesitamos para vivir muchísimo mas que las

hembras de otros tiempos. El automóvil y el collar de perlas son el

uniforme de la mujer moderna. Sin ellos, toda la que reflexiona un

poco y puede darse cuenta de su situación se siente infeliz... Yo los

tuve algunas veces, pero sin tranquilidad, «sin solidez», temiendo

perderlos al día siguiente. Como todos necesitamos escuchar, para

seguir viviendo, la canción de la esperanza, espero ahora que mi

marido ganará aquí una fortuna, ¡no sé cuándo!... y esto me hace

soportar el horrible destierro.

Luego continuó con tristeza:

--¿Y qué ganará?... Centavos tal vez, cuando usted lleve ya ganados

miles y miles de pesos... ¡Ay! Yo merecía otro hombre.

Volvió á levantar la cabeza para sonreir melancólicamente mirando al

español.

--Tal vez mi felicidad hubiese sido encontrar un compañero como usted:

animoso, enérgico, capaz de domar á la fortuna rebelde... Y á usted,

para ser un verdadero triunfador, le ha faltado una mujer que le

inspirase entusiasmo.

Robledo sonrió á su vez con aire bonachón.

--Ya es tarde para hablar de esas cosas...

Pero ella le miró fijamente, al mismo tiempo que protestaba de su

desaliento. Nunca es tarde en la vida para nada. Los hombres

enérgicos son como ciertas tierras exuberantes del trópico, en las que

se conoce la muerte pero no la vejez, renovándose sobre ellas una

primavera incansable. Disponen de la voluntad que manda á la

imaginación, y la imaginación es un pintor loco que anima con los

colores de su paleta el lienzo gris de la realidad.

Elena, al hablar así, había aproximado su rostro al de él. Sus ojos

parecían querer penetrar en los ojos de Robledo. Éste, por un momento,

sintió cierta turbación; pero se repuso en seguida, haciendo un gesto

negativo.

--Muy interesante lo que usted dice, amiga mía, pero los hombres

verdaderamente enérgicos no gustan de resucitar falsas primaveras, por

las complicaciones que esto trae.

Continuaron hablando. Ella quiso recordar otra vez su pasado.

--¡Si yo le contase mi historia!... Todas las mujeres tienen la

pretensión de que su vida ha sido una novela, que sólo necesita ser

contada con cierta habilidad para que interese al mundo entero. Yo no

aspiro á que mi pasado sea interesante; únicamente lo creo triste, por

la desproporción que siempre hubo en él, entre lo que yo creo merecer

y lo que la vida ha querido darme.

Se detuvo un momento, como si acabara de ocurrírsele una idea penosa.

--No crea usted que soy una de esas advenedizas hambrientas de goces y

comodidades, por lo mismo que no los conocieron nunca. En mí ocurre lo

contrario: necesito el lujo y el dinero para vivir porque me rodearon

al nacer. Fui rica en mi infancia y pobre en mi juventud. ¡Lo que he

luchado para ocupar otra vez mi antiguo rango y vivir de acuerdo con

mi primera educación!... Y la lucha continúa... y las catástrofes se

repiten... y cada vez me veo más lejos del punto de donde partí.

Ahora estoy en uno de los rincones más olvidados de la tierra,

llevando una existencia casi igual á la de las gentes que vivieron en

los primeros tiempos de la Historia. ¡Y todavía me censura usted!...

Robledo se excusó.

--Yo soy su amigo, el amigo de su marido, y lo único que hago es

avisarla al verla marchar en mala dirección. Considero peligroso el

juego que se permite usted con esos hombres.

Y señaló á los tres personajes de la Presa, que seguían hablando con

Torrebianca.

--Además, antes de su llegada, la vida era aquí un poco monótona, pero

tranquila y fraternal. Ahora, con su presencia, los hombres parecen

haber cambiado; se miran hostilmente, y temo que sus rivalidades,

hasta el presente algo pueriles, terminen de un modo trágico. Usted

olvida que vivimos lejos de los demás grupos humanos, y este

aislamiento nos hace retroceder poco á poco á la vida bárbara.

Nuestras pasiones, domesticadas por la existencia en las ciudades,

pierden aquí su educación y saltan en libertad. Mucho cuidado con

ellas; es peligroso tomarlas con motivo de juego.

Elena rió de sus temores, y hubo en su risa cierto desprecio, no

pudiendo comprender tal pusilanimidad en un hombre fuerte.

La Tierra de Todos · 第 8 / 22 段