veces que me habían invitado á beber en un café sin que yo quisiera
admitir el líquido que me ofrecían: cerveza, aguas gaseosas, helados.
Hacía memoria, igualmente, de todas las fiestas á que había asistido
pasando con indiferencia ante una gran mesa llena de jarros y
botellas... Y yo me decía, perturbado por la fiebre, sin dejar de
marchar: «Si entonces hubieses tomado todos los _bocks_ de cerveza,
todos los refrescos gaseosos, todos los helados que te ofrecieron y tú
despreciaste, tendrías ahora en tu cuerpo una reserva líquida
importante, pudiendo resistir mejor la sed.» Y este cálculo absurdo me
atormentaba como un remordimiento, hasta el punto de sentir deseos de
abofetearme por mi torpeza.
Robledo acababa describiendo su arribo--cuando los caballos ya no
podían avanzar más--á un pozo de agua salobre, que fué el más
delicioso de los líquidos bebidos en toda su existencia... Y al final
de este viaje no encontró nada. Los datos que le habían hecho creer en
un gran negocio eran equivocados. Así había que ir á la conquista de
la fortuna en América, cuando se llegaba á ella con medio siglo de
retraso y todos los terrenos ricos, de fácil explotación, estaban ya
ocupados, quedando únicamente los remotos y ásperos, que, algunas
veces, representaban la ruina y la muerte.
--De todos modos--continuó--, los hombres seguirán viniendo á este
rincón del mundo. Aquí vive para ellos la esperanza, sin la cual
resulta intolerable la existencia... No hay más que hacer memoria de
nuestro origen: usted es rusa, Federico italiano, Watson de los
Estados Unidos, yo español. Fíjese también en la procedencia de
nuestros habituales visitantes: cada uno es de una nacionalidad
distinta. Lo que yo digo: ésta es la tierra de todos.
La casa de los dos ingenieros era visitada diariamente, después de la
cena, por los más grandes personajes del campamento. El primero en
presentarse era Canterac, con sus ropas de corte militar, pero se
notaba en su persona mayor acicalamiento que antes de la llegada de
los Torrebianca. Luego venía Moreno, mostrando cierta turbación
emotiva al saludar á Elena, enredándose la lengua y pronunciando
balbuceos, en vez de palabras. Finalmente llegaba Pirovani, con un
traje nuevo cada dos noches y llevando algún obsequio á la señora de
la casa.
Canterac reía de él por lo bajo, afirmando que había frotado
largamente sus sortijas, su cadena de reloj y hasta los gemelos de sus
puños, antes de salir del _bengalow_, para deslumbrarlos á todos con
su brillo.
Una noche se presentó Pirovani vistiendo un traje de colores
detonantes que acababa de recibir de Bahía Blanca, y con un manojo de
rosas enormes.
--Me las han traído hoy de Buenos Aires, señora marquesa, y me
apresuro á entregárselas.
Canterac miró al italiano hostilmente, y dijo por lo bajo á Robledo:
--Mentira; las ha encargado por telégrafo, según afirma Moreno, que lo
sabe todo. Esta tarde envió un hombre á todo galope á la estación,
para traerlas á tiempo.
La criada mestiza, ayudada por los dos muchachos, quitaba la mesa, y
la habitación con tabiques de madera iba tomando el mismo aire que si
Elena diese una fiesta. Los tres visitantes, al hablarla, repetían con
cierto arrobamiento la palabra «marquesa», como si les llenase de
orgullo verse amigos de una mujer de tan alta clase.
Elena no ocultaba cierta predilección por Canterac. Los dos habían
vivido en París, en mundos distintos, aunque muy próximos. No se
habían encontrado nunca, pero acababan por recordar ciertas amistades
que les eran comunes.
Mientras ellos hablaban, Moreno fumaba resignadamente, cruzando
algunas palabras con Watson, y Pirovani conversaba con Robledo y
Torrebianca. El italiano no prestaba gran atención á sus propias
palabras, espiando con ojos inquietos á la «señora marquesa» y su
acompañante.
La tertulia cambió totalmente de aspecto después que Pirovani se
presentó con sus rosas.
En la noche siguiente estaban los cuatro sentados á la mesa y más
silenciosos que otras veces. Elena se había puesto para la cena uno de
sus trajes más vistosos, que hasta resultaba algo audaz allá en París.
Los tres ingenieros guardaban aún sus ropas de campo y parecían
cansadísimos del trabajo de la jornada. Robledo bostezó repetidas
veces, haciendo esfuerzos para mantenerse despierto. El marqués se
había adormecido en su silla, dando ligeras cabezadas. Elena miraba
fijamente á Ricardo, como si no lo hubiese visto bien hasta entonces,
y él evitaba el encuentro con sus ojos.
Entró Pirovani llevando un gran paquete y vistiendo otro traje nuevo,
cuadriculado de diversos colores, como la piel de un reptil.
--Señora marquesa: un amigo mío de Buenos Aires me ha enviado estos
caramelos. Permítame usted que se los regale. También van en el
paquete unos cigarrillos egipcios...
Elena miró risueñamente el nuevo traje del contratista, agradeciendo
al mismo tiempo su regalo con remilgos y coqueterías.
A continuación se presentó Moreno luciendo zapatos de charol, chaqué
de largos faldones y sombrero duro, lo mismo que si estuviera en la
capital y fuese á visitar al ministro.
Robledo, que se había despabilado, mostró una admiración irónica.
--¡Qué elegante!...
--Tuve miedo--contestó el oficinista--de que el chaqué se me
apolillase en el cofre, y lo he sacado á tomar el aire.
Después se acercó con timidez á Elena. «¡Buenas noches, señora
marquesa!» Y le besó la mano, imitando la actitud de los personajes
elegantes admirados por él en comedias y libros.
Ya no quiso separarse de la dueña de la casa, iniciando una
conversación aparte, que pareció indignar á Pirovani. Al fin éste se
levantó de su silla, necesitando protestar de tan descomedido
acaparamiento, y dijo á Robledo:
--¡Ha visto usted cómo viene vestido ese muerto de hambre!...
No habían terminado aún las sorpresas de aquella noche: faltaba la más
extraordinaria.
Se abrió la puerta para dar paso á Canterac; pero éste permaneció
inmóvil en el quicio algunos momentos, deseoso de que todos le viesen
bien.
Iba vestido de _smoking_, con pechera dura y brillante, y mostraba
cierta indolencia aristocrática al andar, lo mismo que si entrase en
un salón de París. Saludó á los hombres con un movimiento de cabeza
ceremonioso y protector, besando después la mano á Elena.
--Yo también, marquesa, siento ahora la necesidad de vestirme cuando
llega la noche, lo mismo que en otros tiempos.
Agradecida la Torrebianca á este homenaje, volvió la espalda á Moreno
y ofreció una silla al recién llegado, junto á ella. Toda la noche
habló preferentemente con el francés, mientras Pirovani permanecía en
un rincón, no ocultando su cólera, y mostrándose al mismo tiempo
anonadado por la elegancia de Canterac.
Transcurrieron cuatro noches sin que el contratista se presentase en
la casa. Después de la primera, Moreno se sintió interesado por tal
ausencia, y fué al domicilio de Pirovani para hacer averiguaciones.
Por la noche dió la noticia á Robledo:
--Tomó el tren para Bahía Blanca sin avisar á nadie. Debe traer entre
manos algún negocio gordo.
Y continuaron las tertulias sin otra novedad. El francés, siempre
vestido de _smoking_, era el preferido por Elena en sus
conversaciones. Moreno, al llegar la noche, se ponía el chaqué, sin
otro resultado que dialogar con Torrebianca. Este acabó por salir una
noche de su cuarto vestido también de _smoking_, y al hacer Robledo
gestos de extrañeza, se excusó señalando á su esposa.
Cuando en la quinta noche entró Moreno, se apresuró á hablar.
--¡Gran noticia! Pirovani ha vuelto al anochecer. Creo que le veremos
aquí de un momento á otro.
Como el contratista era la novedad de esta velada, todos esperaron su
aparición.
Al abrir la puerta quedó inmóvil en el quicio unos momentos--lo mismo
que había hecho el otro--, para darse cuenta del efecto producido por
su llegada. Iba vestido de frac; pero un frac extraordinario y
deslumbrante, cuyas solapas estaban forradas con seda labrada de
gruesas y tortuosas venas, iguales á las de la madera, y llevaba,
además, un chaleco blanco ricamente bordado. En una solapa lucía una
gardenia. Sobre la pechera ostentaba una perla enorme, además de la
ancha cinta sostenedora de un monóculo inutil.
Su aspecto era solemne y magnífico, como el de un director de circo ó
un prestidigitador célebre. Hacía esfuerzos por mantenerse sereno y
que nadie adivinase su emoción. Saludo á los hombres con varonil
altivez y se inclinó ante la «señora marquesa», besándole una mano.
Los ojos de ella brillaron con una sorpresa irónica. Todo lo de
Pirovani la hacía sonreir. Pero acabó por agradecer esta
transformación realizada en su honor, y acogió al contratista con
grandes muestras de afecto, haciéndole sentar á su lado.
Canterac se apartó, visiblemente ofendido por esta predilección.
Moreno hablaba á Robledo como escandalizado, señalando el frac de
Pirovani:
--¡Y para ese gran negocio emprendió su viaje con tanto misterio!...
El español se alejó de él para hablar con Watson. Éste parecía
aturdido aún por la entrada teatral del italiano, y le admiraba
conteniendo su risa.
--Después del _smoking_, el frac--murmuró Robledo--. El Carnaval se
extiende por el desierto, y esta mujer va á volvernos locos á todos.
Miró el traje del norteamericano, que era igual al suyo: un traje de
campo, útil para los trabajos al aire libre, é hizo una comparación
muda con el aspecto que presentaban los demás.
Luego pensó:
«¡Qué perturbación una hembra como ésta cayendo entre hombres que
viven solos y trabajan!... Y aún ocurrirán tal vez cosas peores.
¡Quién sabe si acabaremos matándonos por su culpa!... ¡Quién sabe si
esta Elena será igual á la Elena de Troya!...»
* * * * *
#VII#
--¿Otro matecito, comisario?
Don Carlos Rojas estaba en la habitación principal de su estancia,
sentado á la mesa con don Roque, el comisario de Policía del pueblo.
Una muchachita mestiza se mantenía erguida junto á ellos, mirándolos
con sus ojos oblicuos, en espera de órdenes.
Los dos tenían en su diestra la calabacita llena de mate, y chupaban
el líquido oloroso con un canuto de plata llamado «bombilla». Apenas
se daba cuenta la mestiza por el burbujeo de los canutos de que
escaseaba el líquido, corría á un fogón inmediato, trayendo la
«París», tetera de agua hirviente, para llenar á chorro las dos
calabacitas repletas de hierba mate.
Hablaban lentamente, interrumpiendo sus palabras para chupar. Rojas
hacía esfuerzos por contener su cólera. El día anterior le habían
robado un novillo, y él atribuía esta mala hazaña á Manos Duras,
ganoso de apropiarse los animales ajenos para venderlos en la Presa.
Este robo le perjudicaba doblemente, pues además de ganadero era
abastecedor de carne del pueblo, considerando dicha venta como uno de
los mejores rendimientos de su estancia.
Al presentarse el comisario, llamado por él para que conociese el
robo, había vuelto á recontar sus novillos. Era indudable que le
faltaba uno. Y se enardecía al hablar con don Roque, lamentándose de
la audacia de Manos Duras y afirmando que en Río Negro no había
justicia.
--Tres veces lo he enviado preso á la capital del territorio--dijo el
comisario con desaliento--, y siempre vuelve libre, por falta de
pruebas. ¿Qué podemos hacer nosotros?... Nadie quiere declarar contra
él.
Como Rojas insistiese en sus protestas, don Roque añadió para
calmarle:
--Voy á ver si esta vez consigo probar su delito. Le «garanto», don
Carlos, que haré cuanto pueda.
Y se lamentó de los escasos medios coercitivos de que podía disponer.
Toda la tropa á sus órdenes eran cuatro policías indolentes, con
uniformes viejos y sin más armas que largos sables de caballería. Los
habitantes del país, mejor pertrechados, les prestaban sus carabinas
cuando habían de perseguir á algún bandolero. Sus caballos eran los
más flacos y peor alimentados de toda la comarca.
--Vivimos en una nación federal--siguió diciendo el comisario--, y
únicamente las provincias, por ser autónomas, tienen bien organizada
su policía. Las autoridades de los territorios dependemos del gobierno
de Buenos Aires, y al vivir tan lejos nos olvidan, y sólo podemos
contar con aquello que improvisamos.
La crítica del abandono en que vivían los territorios llevó
insensiblemente á los dos argentinos á ensalzar por comparación las
grandezas del resto de su país.
--Aquí estamos olvidados y hechos unos salvajes--continuó don Roque--;
pero esto no es mas que la Patagonia, y hace unos años nada más que
empezó en ella la civilización. En cambio, compañero, ¡cómo ha
adelantado el resto de nuestro país en menos de medio siglo!...
¡Pucha! ¡Qué cosa bárbara!
Acabaron por olvidar sus preocupaciones inmediatas para no ver mas que
la parte de la República que había progresado vertiginosamente. Al
final alabaron del mismo modo la tierra en que vivían. Don Roque,
patriota optimista y de un entusiasmo receloso, presentía enemigos en
todas partes.
--Esta Patagonia, ahora desierta, verá usted qué linda se nos pone
dentro de unos años, cuando sus tierras sean regadas. Fué una
verdadera suerte que su aspecto pareciese tan feo á los de Europa. Por
eso es nuestra aún y no nos la han robado.
Y contaba á Rojas lo que había leído en periódicos y libros.
--Hace años, un gringo muy mentado, al que llamaban don Carlos Darwin
(el mismo que descubrió que todos venimos del mono), anduvo por estos
pagos. Era joven y había desembarcado en Bahía Blanca de una fragata
de guerra inglesa que daba la vuelta al mundo. Quería estudiar las
plantas y los animales de aquí; pero encontró poco que hacer, pues no
abundaban entonces las unas ni los otros. Al fin parece que se marchó
desesperado, y dió á este país el título de «Tierra de la
Desolación»... Nos hizo un favor el gringo. Si llega á enterarse de lo
que es esta tierra cuando la riegan, nos la roban los ingleses, como
nos robaron las islas Malvinas, que ellos llaman de Falkland.
Rojas también evocaba el pasado, para lamentar la ceguera de sus
abuelos y sus padres. Habían tenido el defecto de ser ricos en la
época que aún no se habían creado las fortunas más grandes de la
Argentina.
Fué esto después de 1870, cuando el gobierno de Buenos Aires, cansado
de tolerar las rapiñas de los indios salvajes y ladrones casi á las
puertas de su capital, había completado la obra conquistadora de los
antiguos españoles enviando al desierto una expedición militar, que se
enseñoreó de veinte mil leguas de terreno, casi todo él laborable.
--El gobierno daba la legua á quinientos pesos, y el peso de entonces
sólo valía unos centavos. Además, concedía varios años de plazo para
el pago, y hasta insertaba en el diario oficial el nombre del
comprador, declarándolo benemérito de la patria. Los soldados de la
expedición recibieron también, como recompensa, leguas de terreno,
cuyo título de propiedad vendían después á los bolicheros á cambio de
ginebra ó comestibles. Y estas tierras son las que ahora surten de
trigo y de carne á medio mundo y han visto levantarse sobre ellas
tantos pueblos y ciudades. La legua que costó unos centavos vale hoy
millones. Muchos de los que poseen esas tierras no han tenido otro
mérito que guardarlas improductivas, sin querer venderlas, esperando
la inmigración europea que las hiciese prosperar. Como mis
ascendientes eran ricos antiguos en aquella época y poseían una gran
estancia, no quisieron adquirir campos nuevos. ¡Qué desgracia!...
Olvidaba Rojas sus despilfarres, que habían consumido la mejor parte
de la herencia paternal, para acordarse únicamente de la fortuna
enorme que podían haber improvisado sus ascendientes aprovechando,
como tantos otros, la rápida expansión del país.
Una visita vino á interrumpir la plática de los dos argentinos.
Celinda entró en la habitación con falda de amazona, dió un beso á su
padre y saludó á don Roque. Aprovechando éste los breves momentos en
que desapareció el estanciero para volver con una caja de cigarros,
dijo á la joven, mirando maliciosamente su falda:
--Por el campo va usted vestida de otro modo.
Sonrió Celinda, amenazándole después con un ademán gracioso para que
guardara silencio.
--Cállese--dijo--, no sea que le oiga mi viejito.
Mientras los dos hombres encendían sus cigarros, volviendo á hablar de
Manos Duras y la necesidad de perseguirlo, Celinda abandonó la
estancia, montando un caballo con silla femenil.
Media hora después galopaba por las inmediaciones del río, pero en
otro caballo y vestida de hombre. Vió un grupo de jinetes que venían
hacia ella y se detuvo para reconocerlos.
El ingeniero Canterac, deseoso de inspirar mayor interés á la marquesa
de Torrebianca, la había invitado á un paseo por las inmediaciones del
río, para que conociese las obras realizadas bajo su dirección. En
este paseo podría apreciar Elena su importancia de primer jefe del
campamento, viendo además cómo era obedecido por centenares de
hombres.
Ella y el francés hacían trotar sus cabalgaduras á la cabeza del
grupo. Detrás venía Pirovani, manteniéndose mal sobre su caballo y
esforzándose por introducirlo entre los caballos de los dos. Cerraban
la marcha el marqués, Watson y Moreno.
Al pasar Elena y Canterac frente á Celinda, las dos mujeres se
miraron. La marquesa sonrió á la otra, como si quisiera entablar
conversación; pero la joven permaneció ceñuda y con ojos severos.
--Es una niña--dijo el ingeniero--muy traviesa y juguetona, y aunque
tiene cierto aspecto de muchacho, la creo capaz de trastornar la
cabeza á cualquier hombre. Muchos la llaman Flor de Río Negro.
Elena, ofendida por la actitud de la hija de Rojas, la miraba ahora
orgullosamente.
--Tal vez sea una flor--dijo--, pero demasiado silvestre.
Y siguió adelante, escoltada por sus dos admiradores.
Esta breve conversación fué en francés, y Celinda sólo pudo comprender
algunas palabras; pero adivinó que la otra había dicho algo contra
ella, é hizo una mueca de desprecio asomando su lengua entre los
labios.
Pasaron á continuación los jinetes del segundo grupo. El marqués
saludó ceremoniosamente á la joven. Moreno no se fijó en ella, pues
sólo tenía ojos para vigilar el lejano grupo en que iba la marquesa.
Ricardo Watson fingió no entender los gestos de Celinda, indicándole
con sus ademanes que se veía obligado á seguir á los demás.
Le dejó ella marcharse haciendo un mohín de contrariedad; pero
arrepentida luego, tiró de las riendas á su caballo, obligándole á dar
una vuelta en redondo para seguir al grupo.
Al mismo tiempo que trotaba buscó con su diestra en el delantero de la
silla el rollo del lazo, arrojando éste contra su amigo. Después fué
recobrando la cuerda, y Watson, para no verse derribado, tuvo que
detenerse y acabó por retroceder, mientras sus dos compañeros seguían
adelante, sin darse cuenta del incidente.
Llegó Ricardo adonde estaba la joven, teniendo aún el lazo apretado
sobre sus hombros. Podía haberse desprendido de él, continuando su
camino; pero se mostraba indignado por semejante broma y prefería
hablar inmediatamente á la revoltosa muchacha.
--Venga usted aquí--dijo ella sonriendo, mientras recogía dulcemente
casi toda la cuerda--. ¿Cómo se atreve á ir con esa... mujer, sin
pedirme antes permiso?
El ingeniero contestó con una voz hostil:
--Usted no tiene ningún derecho sobre mí, señorita Rojas, y yo puedo
ir con quien quiera.
Palidecio Celinda al notar el tono inesperado con que le hablaba el
joven; pero se repuso de esta mala impresión, recobrando su
jovialidad. Después dijo, imitando la voz grave del otro:
--Señor Watson: yo tengo sobre usted el derecho indiscutible de que su
persona me interesa, y no puedo tolerar que vaya mal acompañado.
El norteamericano, vencido por la cómica seriedad con que dijo ella
estas palabras, acabó por reir. Celinda rió también.
--Ya conoce usted mi carácter, gringuito... No me da la gana que vaya
con esa mujer. Además, es demasiado vieja para usted... Júreme que me
obedecerá. Sólo así puedo dejarle libre.
Watson juró solemnemente con una mano en alto, mientras hacía
esfuerzos por mantenerse serio, y ella le sacó el lazo de los hombros.
Después guiaron sus caballos en dirección opuesta á la que habían
seguido Elena y su cortejo de jinetes.
A partir del día en que el ingeniero francés mostró á la marquesa las
obras realizadas en el río, haciendo alarde de su autoridad sobre los
trabajadores, Pirovani se sintió humillado y deseoso de tomar el
desquite.
Una mañana, acodado en la barandilla exterior de su vivienda, creyó
haber descubierto el medio de vencer á su rival.
Media hora después llegó frente á la casa un capataz de los que
Pirovani tenía á su servicio y al que confiaba siempre las misiones
difíciles.
Era un chileno avispado y muy ágil para salir de apuros, al que sus
compatriotas apodaban el _Fraile_ por haber sido sus maestros los
dominicos de Valparaíso. El _Fraile_ poseía sus letras y mostraba
cierta afición al empleo de palabras raras, acentuándolas
arbitrariamente, según las reglas de su capricho. Tenía la voz melosa,
el ademán extremadamente cortés, gustaba de ingerir frases poéticas en
su conversación, y había huído de la tierra natal por dos cuchilladas
mortales dadas á un amigo.
Llegó á caballo, adivinando que el aviso del patrón debía ser para un
viaje largo. Desmontó, y Pirovani fué á su encuentro, dándole
palmaditas en la espalda para hacer patente de este modo la confianza
afectuosa que ponía en él. Unas veces le llamaba «chileno» con tono
cariñoso; otras, «roto», denominación irónica que se da á sí mismo el
populacho de Chile.
--Oye, roto; vas á ir á todo galope á la estación. El tren para Buenos
Aires pasará antes de dos horas, y es preciso que no lo pierdas.
El _Fraile_, siempre impasible y sonriente, no pudo reprimir un gesto
de asombro al enterarse de que lo enviaban á Buenos Aires.
--Cuando llegues allá--continuó Pirovani--, entregarás esta lista á
don Fernando, mi representante. Tú lo conoces. Dile que haga las
compras en seguidita, que te entregue los paquetes, y tomas el tren
unas horas después. Te doy cinco días para ir y volver.
Puso el chileno un rostro grave al escuchar estas órdenes. Debía ser
una misión de gran importancia la que le confiaba su patrón, y se
sintió orgulloso de que hubiese pensado en él.
Pirovani le entregó un puñado de billetes de Banco para los gastos de
viaje y le dijo adiós, volviendo la espalda con la gallardía de un
general que acaba de dictar la orden decisiva del triunfo.
Bajó el _Fraile_ los escalones, frunciendo su entrecejo con expresión
pensativa:
«Debe ser un pedido de herramientas muy urgentes para el trabajo...
También es posible que me envíe por dinero...»
Al ver que Pirovani se había metido en su casa, no quiso buscar
mentalmente nuevas explicaciones y abrió el sobre que acababa de
recibir, empezando á leer su contenido en medio de la calle.
Sus ojos pasaron por varios renglones, sin comprenderlos.
«Una docena de frascos de «Jardín Encantado».
«Idem ídem de «Ninfas y Ondinas».
«Seis docenas de cajas de jabón «Claro de Luna».
El capataz continuó la lectura de las diversas hojas que componían el
cuaderno. Al fin empezó á entender su texto, y esta comprensión sirvió
para aumentar su asombro, ¡Y para eso le enviaban á Buenos Aires, con
orden de volver inmediatamente!...
--¡Padre San Francisco!--murmuró--. Esto no puede ser para una sola
hembra. Esto es para todo el harén del Gran Turco.
Pero como le placía el viaje á Buenos Aires, aunque sólo quedase allá
unas horas, montó á caballo alegremente, saliendo á todo galope para
no llegar tarde á la estación.
De todos los que visitaban por la noche á la marquesa de Torrebianca,
el más tranquilo en apariencia era Moreno. Como sus trabajos
administrativos sólo le ocupaban verdaderamente una vez por semana,
pasaba el resto de ella leyendo en la casita de madera donde tenía su
oficina. Era un lector ávido é incansable, capaz de tragarse una
novela cada veinticuatro horas, y á veces dos. Su afición á los
relatos novelescos de todas clases era antigua; pero se había
exacerbado en la Presa á causa de las largas horas de soledad. Todos
se iban á trabajar en las inmediaciones del pueblo, dejándolo solo en
su rústico despacho.