--Una manía atormentadora se apoderó de mí. Intenté recordar todas las

veces que me habían invitado á beber en un café sin que yo quisiera

admitir el líquido que me ofrecían: cerveza, aguas gaseosas, helados.

Hacía memoria, igualmente, de todas las fiestas á que había asistido

pasando con indiferencia ante una gran mesa llena de jarros y

botellas... Y yo me decía, perturbado por la fiebre, sin dejar de

marchar: «Si entonces hubieses tomado todos los _bocks_ de cerveza,

todos los refrescos gaseosos, todos los helados que te ofrecieron y tú

despreciaste, tendrías ahora en tu cuerpo una reserva líquida

importante, pudiendo resistir mejor la sed.» Y este cálculo absurdo me

atormentaba como un remordimiento, hasta el punto de sentir deseos de

abofetearme por mi torpeza.

Robledo acababa describiendo su arribo--cuando los caballos ya no

podían avanzar más--á un pozo de agua salobre, que fué el más

delicioso de los líquidos bebidos en toda su existencia... Y al final

de este viaje no encontró nada. Los datos que le habían hecho creer en

un gran negocio eran equivocados. Así había que ir á la conquista de

la fortuna en América, cuando se llegaba á ella con medio siglo de

retraso y todos los terrenos ricos, de fácil explotación, estaban ya

ocupados, quedando únicamente los remotos y ásperos, que, algunas

veces, representaban la ruina y la muerte.

--De todos modos--continuó--, los hombres seguirán viniendo á este

rincón del mundo. Aquí vive para ellos la esperanza, sin la cual

resulta intolerable la existencia... No hay más que hacer memoria de

nuestro origen: usted es rusa, Federico italiano, Watson de los

Estados Unidos, yo español. Fíjese también en la procedencia de

nuestros habituales visitantes: cada uno es de una nacionalidad

distinta. Lo que yo digo: ésta es la tierra de todos.

La casa de los dos ingenieros era visitada diariamente, después de la

cena, por los más grandes personajes del campamento. El primero en

presentarse era Canterac, con sus ropas de corte militar, pero se

notaba en su persona mayor acicalamiento que antes de la llegada de

los Torrebianca. Luego venía Moreno, mostrando cierta turbación

emotiva al saludar á Elena, enredándose la lengua y pronunciando

balbuceos, en vez de palabras. Finalmente llegaba Pirovani, con un

traje nuevo cada dos noches y llevando algún obsequio á la señora de

la casa.

Canterac reía de él por lo bajo, afirmando que había frotado

largamente sus sortijas, su cadena de reloj y hasta los gemelos de sus

puños, antes de salir del _bengalow_, para deslumbrarlos á todos con

su brillo.

Una noche se presentó Pirovani vistiendo un traje de colores

detonantes que acababa de recibir de Bahía Blanca, y con un manojo de

rosas enormes.

--Me las han traído hoy de Buenos Aires, señora marquesa, y me

apresuro á entregárselas.

Canterac miró al italiano hostilmente, y dijo por lo bajo á Robledo:

--Mentira; las ha encargado por telégrafo, según afirma Moreno, que lo

sabe todo. Esta tarde envió un hombre á todo galope á la estación,

para traerlas á tiempo.

La criada mestiza, ayudada por los dos muchachos, quitaba la mesa, y

la habitación con tabiques de madera iba tomando el mismo aire que si

Elena diese una fiesta. Los tres visitantes, al hablarla, repetían con

cierto arrobamiento la palabra «marquesa», como si les llenase de

orgullo verse amigos de una mujer de tan alta clase.

Elena no ocultaba cierta predilección por Canterac. Los dos habían

vivido en París, en mundos distintos, aunque muy próximos. No se

habían encontrado nunca, pero acababan por recordar ciertas amistades

que les eran comunes.

Mientras ellos hablaban, Moreno fumaba resignadamente, cruzando

algunas palabras con Watson, y Pirovani conversaba con Robledo y

Torrebianca. El italiano no prestaba gran atención á sus propias

palabras, espiando con ojos inquietos á la «señora marquesa» y su

acompañante.

La tertulia cambió totalmente de aspecto después que Pirovani se

presentó con sus rosas.

En la noche siguiente estaban los cuatro sentados á la mesa y más

silenciosos que otras veces. Elena se había puesto para la cena uno de

sus trajes más vistosos, que hasta resultaba algo audaz allá en París.

Los tres ingenieros guardaban aún sus ropas de campo y parecían

cansadísimos del trabajo de la jornada. Robledo bostezó repetidas

veces, haciendo esfuerzos para mantenerse despierto. El marqués se

había adormecido en su silla, dando ligeras cabezadas. Elena miraba

fijamente á Ricardo, como si no lo hubiese visto bien hasta entonces,

y él evitaba el encuentro con sus ojos.

Entró Pirovani llevando un gran paquete y vistiendo otro traje nuevo,

cuadriculado de diversos colores, como la piel de un reptil.

--Señora marquesa: un amigo mío de Buenos Aires me ha enviado estos

caramelos. Permítame usted que se los regale. También van en el

paquete unos cigarrillos egipcios...

Elena miró risueñamente el nuevo traje del contratista, agradeciendo

al mismo tiempo su regalo con remilgos y coqueterías.

A continuación se presentó Moreno luciendo zapatos de charol, chaqué

de largos faldones y sombrero duro, lo mismo que si estuviera en la

capital y fuese á visitar al ministro.

Robledo, que se había despabilado, mostró una admiración irónica.

--¡Qué elegante!...

--Tuve miedo--contestó el oficinista--de que el chaqué se me

apolillase en el cofre, y lo he sacado á tomar el aire.

Después se acercó con timidez á Elena. «¡Buenas noches, señora

marquesa!» Y le besó la mano, imitando la actitud de los personajes

elegantes admirados por él en comedias y libros.

Ya no quiso separarse de la dueña de la casa, iniciando una

conversación aparte, que pareció indignar á Pirovani. Al fin éste se

levantó de su silla, necesitando protestar de tan descomedido

acaparamiento, y dijo á Robledo:

--¡Ha visto usted cómo viene vestido ese muerto de hambre!...

No habían terminado aún las sorpresas de aquella noche: faltaba la más

extraordinaria.

Se abrió la puerta para dar paso á Canterac; pero éste permaneció

inmóvil en el quicio algunos momentos, deseoso de que todos le viesen

bien.

Iba vestido de _smoking_, con pechera dura y brillante, y mostraba

cierta indolencia aristocrática al andar, lo mismo que si entrase en

un salón de París. Saludó á los hombres con un movimiento de cabeza

ceremonioso y protector, besando después la mano á Elena.

--Yo también, marquesa, siento ahora la necesidad de vestirme cuando

llega la noche, lo mismo que en otros tiempos.

Agradecida la Torrebianca á este homenaje, volvió la espalda á Moreno

y ofreció una silla al recién llegado, junto á ella. Toda la noche

habló preferentemente con el francés, mientras Pirovani permanecía en

un rincón, no ocultando su cólera, y mostrándose al mismo tiempo

anonadado por la elegancia de Canterac.

Transcurrieron cuatro noches sin que el contratista se presentase en

la casa. Después de la primera, Moreno se sintió interesado por tal

ausencia, y fué al domicilio de Pirovani para hacer averiguaciones.

Por la noche dió la noticia á Robledo:

--Tomó el tren para Bahía Blanca sin avisar á nadie. Debe traer entre

manos algún negocio gordo.

Y continuaron las tertulias sin otra novedad. El francés, siempre

vestido de _smoking_, era el preferido por Elena en sus

conversaciones. Moreno, al llegar la noche, se ponía el chaqué, sin

otro resultado que dialogar con Torrebianca. Este acabó por salir una

noche de su cuarto vestido también de _smoking_, y al hacer Robledo

gestos de extrañeza, se excusó señalando á su esposa.

Cuando en la quinta noche entró Moreno, se apresuró á hablar.

--¡Gran noticia! Pirovani ha vuelto al anochecer. Creo que le veremos

aquí de un momento á otro.

Como el contratista era la novedad de esta velada, todos esperaron su

aparición.

Al abrir la puerta quedó inmóvil en el quicio unos momentos--lo mismo

que había hecho el otro--, para darse cuenta del efecto producido por

su llegada. Iba vestido de frac; pero un frac extraordinario y

deslumbrante, cuyas solapas estaban forradas con seda labrada de

gruesas y tortuosas venas, iguales á las de la madera, y llevaba,

además, un chaleco blanco ricamente bordado. En una solapa lucía una

gardenia. Sobre la pechera ostentaba una perla enorme, además de la

ancha cinta sostenedora de un monóculo inutil.

Su aspecto era solemne y magnífico, como el de un director de circo ó

un prestidigitador célebre. Hacía esfuerzos por mantenerse sereno y

que nadie adivinase su emoción. Saludo á los hombres con varonil

altivez y se inclinó ante la «señora marquesa», besándole una mano.

Los ojos de ella brillaron con una sorpresa irónica. Todo lo de

Pirovani la hacía sonreir. Pero acabó por agradecer esta

transformación realizada en su honor, y acogió al contratista con

grandes muestras de afecto, haciéndole sentar á su lado.

Canterac se apartó, visiblemente ofendido por esta predilección.

Moreno hablaba á Robledo como escandalizado, señalando el frac de

Pirovani:

--¡Y para ese gran negocio emprendió su viaje con tanto misterio!...

El español se alejó de él para hablar con Watson. Éste parecía

aturdido aún por la entrada teatral del italiano, y le admiraba

conteniendo su risa.

--Después del _smoking_, el frac--murmuró Robledo--. El Carnaval se

extiende por el desierto, y esta mujer va á volvernos locos á todos.

Miró el traje del norteamericano, que era igual al suyo: un traje de

campo, útil para los trabajos al aire libre, é hizo una comparación

muda con el aspecto que presentaban los demás.

Luego pensó:

«¡Qué perturbación una hembra como ésta cayendo entre hombres que

viven solos y trabajan!... Y aún ocurrirán tal vez cosas peores.

¡Quién sabe si acabaremos matándonos por su culpa!... ¡Quién sabe si

esta Elena será igual á la Elena de Troya!...»

* * * * *

#VII#

--¿Otro matecito, comisario?

Don Carlos Rojas estaba en la habitación principal de su estancia,

sentado á la mesa con don Roque, el comisario de Policía del pueblo.

Una muchachita mestiza se mantenía erguida junto á ellos, mirándolos

con sus ojos oblicuos, en espera de órdenes.

Los dos tenían en su diestra la calabacita llena de mate, y chupaban

el líquido oloroso con un canuto de plata llamado «bombilla». Apenas

se daba cuenta la mestiza por el burbujeo de los canutos de que

escaseaba el líquido, corría á un fogón inmediato, trayendo la

«París», tetera de agua hirviente, para llenar á chorro las dos

calabacitas repletas de hierba mate.

Hablaban lentamente, interrumpiendo sus palabras para chupar. Rojas

hacía esfuerzos por contener su cólera. El día anterior le habían

robado un novillo, y él atribuía esta mala hazaña á Manos Duras,

ganoso de apropiarse los animales ajenos para venderlos en la Presa.

Este robo le perjudicaba doblemente, pues además de ganadero era

abastecedor de carne del pueblo, considerando dicha venta como uno de

los mejores rendimientos de su estancia.

Al presentarse el comisario, llamado por él para que conociese el

robo, había vuelto á recontar sus novillos. Era indudable que le

faltaba uno. Y se enardecía al hablar con don Roque, lamentándose de

la audacia de Manos Duras y afirmando que en Río Negro no había

justicia.

--Tres veces lo he enviado preso á la capital del territorio--dijo el

comisario con desaliento--, y siempre vuelve libre, por falta de

pruebas. ¿Qué podemos hacer nosotros?... Nadie quiere declarar contra

él.

Como Rojas insistiese en sus protestas, don Roque añadió para

calmarle:

--Voy á ver si esta vez consigo probar su delito. Le «garanto», don

Carlos, que haré cuanto pueda.

Y se lamentó de los escasos medios coercitivos de que podía disponer.

Toda la tropa á sus órdenes eran cuatro policías indolentes, con

uniformes viejos y sin más armas que largos sables de caballería. Los

habitantes del país, mejor pertrechados, les prestaban sus carabinas

cuando habían de perseguir á algún bandolero. Sus caballos eran los

más flacos y peor alimentados de toda la comarca.

--Vivimos en una nación federal--siguió diciendo el comisario--, y

únicamente las provincias, por ser autónomas, tienen bien organizada

su policía. Las autoridades de los territorios dependemos del gobierno

de Buenos Aires, y al vivir tan lejos nos olvidan, y sólo podemos

contar con aquello que improvisamos.

La crítica del abandono en que vivían los territorios llevó

insensiblemente á los dos argentinos á ensalzar por comparación las

grandezas del resto de su país.

--Aquí estamos olvidados y hechos unos salvajes--continuó don Roque--;

pero esto no es mas que la Patagonia, y hace unos años nada más que

empezó en ella la civilización. En cambio, compañero, ¡cómo ha

adelantado el resto de nuestro país en menos de medio siglo!...

¡Pucha! ¡Qué cosa bárbara!

Acabaron por olvidar sus preocupaciones inmediatas para no ver mas que

la parte de la República que había progresado vertiginosamente. Al

final alabaron del mismo modo la tierra en que vivían. Don Roque,

patriota optimista y de un entusiasmo receloso, presentía enemigos en

todas partes.

--Esta Patagonia, ahora desierta, verá usted qué linda se nos pone

dentro de unos años, cuando sus tierras sean regadas. Fué una

verdadera suerte que su aspecto pareciese tan feo á los de Europa. Por

eso es nuestra aún y no nos la han robado.

Y contaba á Rojas lo que había leído en periódicos y libros.

--Hace años, un gringo muy mentado, al que llamaban don Carlos Darwin

(el mismo que descubrió que todos venimos del mono), anduvo por estos

pagos. Era joven y había desembarcado en Bahía Blanca de una fragata

de guerra inglesa que daba la vuelta al mundo. Quería estudiar las

plantas y los animales de aquí; pero encontró poco que hacer, pues no

abundaban entonces las unas ni los otros. Al fin parece que se marchó

desesperado, y dió á este país el título de «Tierra de la

Desolación»... Nos hizo un favor el gringo. Si llega á enterarse de lo

que es esta tierra cuando la riegan, nos la roban los ingleses, como

nos robaron las islas Malvinas, que ellos llaman de Falkland.

Rojas también evocaba el pasado, para lamentar la ceguera de sus

abuelos y sus padres. Habían tenido el defecto de ser ricos en la

época que aún no se habían creado las fortunas más grandes de la

Argentina.

Fué esto después de 1870, cuando el gobierno de Buenos Aires, cansado

de tolerar las rapiñas de los indios salvajes y ladrones casi á las

puertas de su capital, había completado la obra conquistadora de los

antiguos españoles enviando al desierto una expedición militar, que se

enseñoreó de veinte mil leguas de terreno, casi todo él laborable.

--El gobierno daba la legua á quinientos pesos, y el peso de entonces

sólo valía unos centavos. Además, concedía varios años de plazo para

el pago, y hasta insertaba en el diario oficial el nombre del

comprador, declarándolo benemérito de la patria. Los soldados de la

expedición recibieron también, como recompensa, leguas de terreno,

cuyo título de propiedad vendían después á los bolicheros á cambio de

ginebra ó comestibles. Y estas tierras son las que ahora surten de

trigo y de carne á medio mundo y han visto levantarse sobre ellas

tantos pueblos y ciudades. La legua que costó unos centavos vale hoy

millones. Muchos de los que poseen esas tierras no han tenido otro

mérito que guardarlas improductivas, sin querer venderlas, esperando

la inmigración europea que las hiciese prosperar. Como mis

ascendientes eran ricos antiguos en aquella época y poseían una gran

estancia, no quisieron adquirir campos nuevos. ¡Qué desgracia!...

Olvidaba Rojas sus despilfarres, que habían consumido la mejor parte

de la herencia paternal, para acordarse únicamente de la fortuna

enorme que podían haber improvisado sus ascendientes aprovechando,

como tantos otros, la rápida expansión del país.

Una visita vino á interrumpir la plática de los dos argentinos.

Celinda entró en la habitación con falda de amazona, dió un beso á su

padre y saludó á don Roque. Aprovechando éste los breves momentos en

que desapareció el estanciero para volver con una caja de cigarros,

dijo á la joven, mirando maliciosamente su falda:

--Por el campo va usted vestida de otro modo.

Sonrió Celinda, amenazándole después con un ademán gracioso para que

guardara silencio.

--Cállese--dijo--, no sea que le oiga mi viejito.

Mientras los dos hombres encendían sus cigarros, volviendo á hablar de

Manos Duras y la necesidad de perseguirlo, Celinda abandonó la

estancia, montando un caballo con silla femenil.

Media hora después galopaba por las inmediaciones del río, pero en

otro caballo y vestida de hombre. Vió un grupo de jinetes que venían

hacia ella y se detuvo para reconocerlos.

El ingeniero Canterac, deseoso de inspirar mayor interés á la marquesa

de Torrebianca, la había invitado á un paseo por las inmediaciones del

río, para que conociese las obras realizadas bajo su dirección. En

este paseo podría apreciar Elena su importancia de primer jefe del

campamento, viendo además cómo era obedecido por centenares de

hombres.

Ella y el francés hacían trotar sus cabalgaduras á la cabeza del

grupo. Detrás venía Pirovani, manteniéndose mal sobre su caballo y

esforzándose por introducirlo entre los caballos de los dos. Cerraban

la marcha el marqués, Watson y Moreno.

Al pasar Elena y Canterac frente á Celinda, las dos mujeres se

miraron. La marquesa sonrió á la otra, como si quisiera entablar

conversación; pero la joven permaneció ceñuda y con ojos severos.

--Es una niña--dijo el ingeniero--muy traviesa y juguetona, y aunque

tiene cierto aspecto de muchacho, la creo capaz de trastornar la

cabeza á cualquier hombre. Muchos la llaman Flor de Río Negro.

Elena, ofendida por la actitud de la hija de Rojas, la miraba ahora

orgullosamente.

--Tal vez sea una flor--dijo--, pero demasiado silvestre.

Y siguió adelante, escoltada por sus dos admiradores.

Esta breve conversación fué en francés, y Celinda sólo pudo comprender

algunas palabras; pero adivinó que la otra había dicho algo contra

ella, é hizo una mueca de desprecio asomando su lengua entre los

labios.

Pasaron á continuación los jinetes del segundo grupo. El marqués

saludó ceremoniosamente á la joven. Moreno no se fijó en ella, pues

sólo tenía ojos para vigilar el lejano grupo en que iba la marquesa.

Ricardo Watson fingió no entender los gestos de Celinda, indicándole

con sus ademanes que se veía obligado á seguir á los demás.

Le dejó ella marcharse haciendo un mohín de contrariedad; pero

arrepentida luego, tiró de las riendas á su caballo, obligándole á dar

una vuelta en redondo para seguir al grupo.

Al mismo tiempo que trotaba buscó con su diestra en el delantero de la

silla el rollo del lazo, arrojando éste contra su amigo. Después fué

recobrando la cuerda, y Watson, para no verse derribado, tuvo que

detenerse y acabó por retroceder, mientras sus dos compañeros seguían

adelante, sin darse cuenta del incidente.

Llegó Ricardo adonde estaba la joven, teniendo aún el lazo apretado

sobre sus hombros. Podía haberse desprendido de él, continuando su

camino; pero se mostraba indignado por semejante broma y prefería

hablar inmediatamente á la revoltosa muchacha.

--Venga usted aquí--dijo ella sonriendo, mientras recogía dulcemente

casi toda la cuerda--. ¿Cómo se atreve á ir con esa... mujer, sin

pedirme antes permiso?

El ingeniero contestó con una voz hostil:

--Usted no tiene ningún derecho sobre mí, señorita Rojas, y yo puedo

ir con quien quiera.

Palidecio Celinda al notar el tono inesperado con que le hablaba el

joven; pero se repuso de esta mala impresión, recobrando su

jovialidad. Después dijo, imitando la voz grave del otro:

--Señor Watson: yo tengo sobre usted el derecho indiscutible de que su

persona me interesa, y no puedo tolerar que vaya mal acompañado.

El norteamericano, vencido por la cómica seriedad con que dijo ella

estas palabras, acabó por reir. Celinda rió también.

--Ya conoce usted mi carácter, gringuito... No me da la gana que vaya

con esa mujer. Además, es demasiado vieja para usted... Júreme que me

obedecerá. Sólo así puedo dejarle libre.

Watson juró solemnemente con una mano en alto, mientras hacía

esfuerzos por mantenerse serio, y ella le sacó el lazo de los hombros.

Después guiaron sus caballos en dirección opuesta á la que habían

seguido Elena y su cortejo de jinetes.

A partir del día en que el ingeniero francés mostró á la marquesa las

obras realizadas en el río, haciendo alarde de su autoridad sobre los

trabajadores, Pirovani se sintió humillado y deseoso de tomar el

desquite.

Una mañana, acodado en la barandilla exterior de su vivienda, creyó

haber descubierto el medio de vencer á su rival.

Media hora después llegó frente á la casa un capataz de los que

Pirovani tenía á su servicio y al que confiaba siempre las misiones

difíciles.

Era un chileno avispado y muy ágil para salir de apuros, al que sus

compatriotas apodaban el _Fraile_ por haber sido sus maestros los

dominicos de Valparaíso. El _Fraile_ poseía sus letras y mostraba

cierta afición al empleo de palabras raras, acentuándolas

arbitrariamente, según las reglas de su capricho. Tenía la voz melosa,

el ademán extremadamente cortés, gustaba de ingerir frases poéticas en

su conversación, y había huído de la tierra natal por dos cuchilladas

mortales dadas á un amigo.

Llegó á caballo, adivinando que el aviso del patrón debía ser para un

viaje largo. Desmontó, y Pirovani fué á su encuentro, dándole

palmaditas en la espalda para hacer patente de este modo la confianza

afectuosa que ponía en él. Unas veces le llamaba «chileno» con tono

cariñoso; otras, «roto», denominación irónica que se da á sí mismo el

populacho de Chile.

--Oye, roto; vas á ir á todo galope á la estación. El tren para Buenos

Aires pasará antes de dos horas, y es preciso que no lo pierdas.

El _Fraile_, siempre impasible y sonriente, no pudo reprimir un gesto

de asombro al enterarse de que lo enviaban á Buenos Aires.

--Cuando llegues allá--continuó Pirovani--, entregarás esta lista á

don Fernando, mi representante. Tú lo conoces. Dile que haga las

compras en seguidita, que te entregue los paquetes, y tomas el tren

unas horas después. Te doy cinco días para ir y volver.

Puso el chileno un rostro grave al escuchar estas órdenes. Debía ser

una misión de gran importancia la que le confiaba su patrón, y se

sintió orgulloso de que hubiese pensado en él.

Pirovani le entregó un puñado de billetes de Banco para los gastos de

viaje y le dijo adiós, volviendo la espalda con la gallardía de un

general que acaba de dictar la orden decisiva del triunfo.

Bajó el _Fraile_ los escalones, frunciendo su entrecejo con expresión

pensativa:

«Debe ser un pedido de herramientas muy urgentes para el trabajo...

También es posible que me envíe por dinero...»

Al ver que Pirovani se había metido en su casa, no quiso buscar

mentalmente nuevas explicaciones y abrió el sobre que acababa de

recibir, empezando á leer su contenido en medio de la calle.

Sus ojos pasaron por varios renglones, sin comprenderlos.

«Una docena de frascos de «Jardín Encantado».

«Idem ídem de «Ninfas y Ondinas».

«Seis docenas de cajas de jabón «Claro de Luna».

El capataz continuó la lectura de las diversas hojas que componían el

cuaderno. Al fin empezó á entender su texto, y esta comprensión sirvió

para aumentar su asombro, ¡Y para eso le enviaban á Buenos Aires, con

orden de volver inmediatamente!...

--¡Padre San Francisco!--murmuró--. Esto no puede ser para una sola

hembra. Esto es para todo el harén del Gran Turco.

Pero como le placía el viaje á Buenos Aires, aunque sólo quedase allá

unas horas, montó á caballo alegremente, saliendo á todo galope para

no llegar tarde á la estación.

De todos los que visitaban por la noche á la marquesa de Torrebianca,

el más tranquilo en apariencia era Moreno. Como sus trabajos

administrativos sólo le ocupaban verdaderamente una vez por semana,

pasaba el resto de ella leyendo en la casita de madera donde tenía su

oficina. Era un lector ávido é incansable, capaz de tragarse una

novela cada veinticuatro horas, y á veces dos. Su afición á los

relatos novelescos de todas clases era antigua; pero se había

exacerbado en la Presa á causa de las largas horas de soledad. Todos

se iban á trabajar en las inmediaciones del pueblo, dejándolo solo en

su rústico despacho.

La Tierra de Todos · 第 7 / 22 段