como les ocurre á los grandes artistas vanidosos. ¿Qué sería de mí si
me faltase el placer de la coquetería?...
Luego añadió, frunciendo el ceño y con voz irritada:
--¿Qué otra cosa puedo hacer aquí? Ustedes tienen el trabajo que les
distrae, sus luchas con el río, las exigencias de los obreros. Yo me
aburro durante el día; hay tardes que pienso en la posibilidad de
matarme; y únicamente cuando llega la noche y se presentan mis
admiradores encuentro un poco tolerable mi destierro... En otro sitio
tal vez me hiciesen reir esos hombres; pero aquí me interesan.
Resultan un verdadero hallazgo en esta soledad.
Miró con una ironía risueña hacia donde estaban sus tres solicitantes,
y continuó:
--No tema usted, Robledo, que pierda la cabeza por ellos. Me doy
cuenta de mi situación.
Se comparaba con un viajero de la altiplanicie patagónica que no
llevase mas que un cartucho en su revólver y se viera atacado por un
grupo de vagabundos de los que merodean cerca de la Cordillera. De
hacer fuego, sólo podía derribar á un enemigo, arrojándose los otros
sobre él al verle indefenso. Era preferible prolongar la situación
amenazándolos á todos, pero sin disparar.
--Me causa risa el pensamiento de que yo pudiera decidirme por uno de
ellos. No son estos hombres los que me harán perder la cabeza. Pero
aunque alguno de los tres me interesase, guardaría mi prudencia,
temiendo lo que harían ó dirían los demás al verse desahuciados. Es
mejor mantenerlos á todos en la inquieta felicidad de la esperanza.
Y notando que su larga conversación con el español producía malestar y
escándalo en los otros visitantes, se levantó para ir hacia ellos.
--¿Quién de ustedes me da un cigarrillo?...
Los tres salieron á su encuentro á la vez, ofreciendo sus pitilleras,
y la rodearon como si quisieran disputarse á golpes sus palabras y sus
gestos.
La primera tertulia de la marquesa de Torrebianca terminó después de
media noche, hora inusitada en aquel destierro. Solamente ciertos
sábados, en que los trabajadores recibían la paga de medio mes,
llegaban á horas tan avanzadas las fiestas en el boliche del Gallego.
Toda la mañana siguiente anduvo Sebastiana adormecida y con los pies
torpes por haberse levantado al amanecer, como era su costumbre,
después de mantenerse despierta hasta que se marcharon los invitados.
Estaba en una de las galerías exteriores, riñendo con voz queda á las
criaditas mestizas para que no despertasen con los ruidos de la
limpieza á la dueña de la casa, cuando repentinamente pareció olvidar
su cólera, poniéndose una mano sobre los ojos para ver mejor. Un
jinete encabritaba su caballo en mitad de la calle, agitando al mismo
tiempo un brazo para saludarla.
--¡Mi señorita linda!... Siempre me cuesta el conocerla con su traje
de varoncito. ¿Cómo le va?...
Y bajó apresuradamente los escalones de madera, atravesando la calle
para ir al encuentro de Celinda Rojas.
No se habían visto desde el día que Sebastiana abandonó la estancia; y
ahora, por odio á don Carlos, creyó conveniente la mestiza enumerar
las magnificencias de su nueva situación.
--Una gran casa, señorita, sea dicho sin ofender á la suya. La plata
corre como agua de acequia. Además, la patrona, una gringa bien,
nació, según dicen, marquesa allá en su tierra. El italiano, que es un
demonio para roerles la plata á los trabajadores, en cuanto se trata
de esta señorona parece medio zonzo, y se cuida de que no la falte
nada. Anoche hubo reunión con música. Yo pensé en usted, niña linda, y
me dije: «¡Cómo le gustaría á mi patroncita oir cantar á esta
marquesa!»
La amazona escuchaba haciendo signos afirmativos, como si su
curiosidad se excitase al oir este relato.
Para aumentar su admiración, fué Sebastiana enumerando todas las
personas que habían estado en la fiesta.
--¿Y no te olvidas de alguno más?--preguntó Celinda al terminar ella
su lista--. ¿No estuvo don Ricardo, ese que trabaja con don Manuel, el
de los canales?
Movió su cabeza la mestiza negativamente.
--En toda la noche vi á ese gringo.
Luego empezó á reir, dándose sonoras palmadas en uno de sus muslos de
relieve elefantíaco, lo que marcó su enorme redondez bajo la ligera
faldamenta.
--Ya lo sé, mi niña, ya lo sé... Me han hablado de que usted y el
gringo van siempre juntos á caballo por esos pagos, y no pasa día sin
que se encuentren... Si alguna vez se dan un beso, busquen un lugar
donde nadie los vea. Mire que la gente de aquí es muy habladora y no
quiere otra cosa. Además, los que mandan en eso de las obras del río
tienen unos anteojos muy largos que lo descubren todo de lejos...
Celinda se ruborizó, al mismo tiempo que intentaba protestar.
--¡Si me parece muy bien!--siguió diciendo la mestiza--. Ese don
Ricardo es un buen mozo y excelente persona. Un gran marido para
usted, si es que don Carlos, con el geniazo que Dios le ha dado, no se
opone. Los gringos de América, cuando no beben, son buenazos. Yo tengo
una amiga que se casó con uno que es maquinista, y lo lleva de la
nariz adonde quiere. Conozco otra que...
Pero la amazona no sentía interés por tales historias, y la
interrumpió:
--Entonces, don Ricardo no vino anoche.
--Ni anoche ni las otras noches. Entoavía no ha aparecido por aquí.
La miró Sebastiana con malicia, al mismo tiempo que una sonrisa
bondadosa dilataba su rostro carrilludo y cobrizo.
--¿Ya tiene celos, niña?... No se ponga colorada por eso. A todas nos
pasa lo mismo cuando queremos á un hombre. Lo primero que pensamos es
que alguna nos lo va á quitar... Pero aquí no hay motivo. Usted es una
perla, patroncita. Esa señorona también es hermosa, principalmente
cuando acaba de peinarse y se ha puesto en la cara tantas cosas que
huelen bien, traidas de la capital. Pero comparada con usted... ¡qué
esperanza!... A mi niña casi la he visto yo nacer, y la marquesa no
debe acordarse ya de cuándo vino al mundo.
Luego, pensando en sí misma, creyó necesario añadir:
--A decir verdad, la marquesa no debe tener muchos años... Pero ¿quién
no resulta vieja al lado de usted, preciosura?... No todas podemos ser
un botón de rosa.
Calló un momento para mirar á un lado y á otro; y después, bajando la
voz y empinándose sobre las puntas de los pies para estar más cerca
del rostro de Celinda, dijo con la alegría de una comadre que puede
chismorrear libremente:
--Sepa, lindura, que muchos van detrás de ella; pero ninguno es don
Ricardo. Al pobre gringo le basta con quererla á usted, ramito de
jazmín. Los otros andan como avestruces detrás de la marquesa: el
capitán, el italiano, el empleado del gobierno que lleva los papeles;
¡todos locos, y mirándose como perros!... Y el marido no ve nada; y
ella se ríe de ellos y se divierte en hacerlos sufrir... Yo creo que
ningún hombre de los que vienen á la casa le gusta.
Celinda no parecía tranquilizarse con tales palabras. Antes bien,
protestó de ellas mentalmente, pensando: «Watson no puede ser
comparado con los otros.»
Necesitó exteriorizar su pensamiento, y dijo á Sebastiana:
--Será verdad que no le gustan los demás; pero don Ricardo es más
joven que todos ellos; y estas mujeres que han corrido el mundo y
empiezan á ponerse viejas, ¡resultan á veces tan... caprichosas!
* * * * *
#IX#
El famoso Manos Duras vivía al borde de la altiplanicie, del lado de
la Pampa, viendo enfrente el límite de la Patagonia, y á sus pies la
amplia y tortuosa cortadura del río y un extremo de la estancia de
Rojas.
Su casa, hecha de adobes, tenía alrededor otras construcciones aún más
míseras y unos corrales de viejos maderos hincados en el suelo, que
sólo de tarde en tarde guardaban algún animal.
Todos en el país conocían la situación del llamado «rancho de Manos
Duras»; pero pocos iban á él, por ser lugar de mala fama. Algunas
veces, los que pasaban con cierta inquietud por sus inmediaciones sólo
conseguían tranquilizarse al notar su soledad. No ladraban ni salían
al camino los perros de hirsuto pelaje, ojos sangrientos y agudos
colmillos acompañantes del gaucho. Tampoco se veían sus caballos
pastando la hierba rala de los alrededores.
Manos Duras se había ido. Tal vez merodeaba por las orillas del río
Colorado, donde era más abundante la ganadería que en el río Negro;
tal vez vagaba por las estribaciones de los Andes, para visitar á sus
amigos del valle del Bolsón--poblado en gran parte por aventureros
chilenos--, ó á los que habitaban las riberas de los lagos andinos.
Estas excursiones á la Cordillera eran, según afirmaban muchos, para
vender en Chile animales robados en la Argentina.
En otras ocasiones, el rancho de Manos Duras aparecía
extraordinariamente poblado. Gauchos errantes se instalaban en las
chozas de adobes durante unas semanas, sin que nadie supiese con
certeza cuál era su procedencia ni adonde irían al marcharse de allí.
El comisario de la Presa empezaba á sentirse inquieto por estas
visitas y á vivir mal, temiendo todas las mañanas la denuncia de algún
robo... Pero transcurrían los días sin que se alterase la paz del
pueblo y sus alrededores. En el rancho de Manos Duras se mataban y
desollaban reses, vendiendo carne el gaucho á toda la comarca. Y como
no llegaba ninguna queja, don Roque se abstenía de averiguar la lejana
procedencia de aquellos animales.
Luego huían de pronto los compañeros de Manos Duras, y éste continuaba
su vida solitaria, ó desaparecía igualmente de su rancho por algún
tiempo, con gran satisfacción del comisario.
Ahora vivía con tres compañeros malcarados y parcos en palabras, que,
según se murmuraba en el boliche del Gallego, procedían de un valle de
la Cordillera.
--Tres hombres de bien que se han desgraciado--dijo el gaucho hablando
de ellos--; tres compadres que han venido á vivir á mi rancho hasta
que las gentes malas se cansen de calumniarlos.
Un día de gran calor, Manos Duras montó á caballo para ir al pueblo á
hacer unas compras. Era en las primeras horas de la tarde.
Los habitantes europeos de la Presa, al mirar el almanaque, pensaban
en la nieve y los fríos huracanes de sus países, que estaban todavía
en pleno invierno. Aquí reinaba el verano, un verano patagónico,
violento y ardoroso, sobre una tierra que rara vez conoce las lluvias
y en la cual todas las estaciones son extremadas, descendiendo el
termómetro durante el invierno muchas unidades por debajo de cero.
La tierra yerma parecía temblar bajo el sol. Era una reverberación que
ondulaba las líneas rectas, cambiando los contornos de colinas,
edificios y personas. Estos caprichos de la luz hacían ver también los
objetos dobles é invertidos, como si estuviesen al margen del agua,
fingiendo lagos inmensos en un país extremadamente seco. Eran los
espejismos del desierto que por sus formas variables é inesperadas
llamaban la atención harta de los hijos del país, acostumbrados á toda
clase de ilusiones ópticas.
En el último término de la gigantesca cortadura abierta por el río,
casi al ras de la línea del horizonte, se deslizaba un largo gusano
negro con una pequeña vedija de algodón en la cabeza.
Manos Duras se detuvo para ver mejor. Aquel día no era de correo de
Buenos Aires.
«Debe ser un tren de carga que viene de Bahía Blanca», se dijo.
Resultaba visible estando aún á muchos kilómetros de la Presa, y
pasaría otros tantos kilómetros más allá, para no detenerse hasta
Fuerte Sarmiento. En esta tierra los ojos adquirían un poder visual
más grande; la retina abarcaba mayores extensiones; las distancias
parecían valer menos que en otros países.
El gaucho, después de contemplar unos momentos el remoto avance del
tren, continuó su galope. Para ganar terreno solía meterse por la
estancia de Rojas, atravesando una parte avanzada de dicha propiedad
interpuesta entre su rancho y el lejano pueblo. Con la indiferencia
de la costumbre, dejó que su caballo avanzase por un tortuoso sendero
marcado apenas entre los ásperos matorrales.
Al poco rato tuvo un mal encuentro. Don Carlos Rojas iba también á
aquella hora visitando su estancia y haciendo cálculos sobre el
porvenir.
Continuarían siempre sus tierras altas en la pobreza actual, no
pudiendo dar alimento mas que á un número reducido de animales. Sus
novillos eran «criollos», como él decía con cierto tono de desprecio;
bestias de mucho hueso, pezuña dura, grandes cuernos y enjutas de
carnes; aptas para nutrirse con un pasto silvestre y poco abundante;
herederos degenerados del ganado que aclimataron siglos antes los
colonizadores españoles, trayéndolo en sus pequeños buques á través
del Atlántico.
Recordaba con remordimiento los animales de lujo de la estancia de su
padre, novillos enormes, con el lomo plano como una mesa, casi sin
cuernos, de reducido esqueleto y exuberantes carnes, verdaderas
«montañas de biftecs», como él decía... Luego pensaba en los milagros
de la irrigación, cuando las tierras bajas de su estancia quedasen
fecundadas por las aguas del río. Crecería en ellas la alfalfa con una
prodigalidad semejante á la de la tierra de Canaán, y le sería posible
repetir al borde del río Negro las milagrosas crianzas de los
estancieros vecinos á Buenos Aires, sustituyendo el áspero y flaco
ganado criollo con animales valiosos, producto del cruzamiento de las
mejores razas de la tierra.
Iba don Carlos imaginándose esta maravillosa transformación, con el
deleite de un artista que pule en su mente la obra futura, cuando vió
venir un jinete hacia él.
Se puso una mano sobre los ojos para examinarlo mejor, y no pudo
contener la indignación que le produjo este encuentro.
--¡Hijo de la gran... tal!... ¡Es el ladrón de Manos Duras!
Al pasar el gaucho junto á él, se llevó una mano al sombrero para
saludarle, espoleando luego su cabalgadura.
Don Carlos, después de breve indecisión, salió también al galope,
hasta que puso su caballo delante del de Manos Duras, cortándole el
paso y obligándole á detenerse.
--¿Con licencia de quién atravesás vos mi campo?--preguntó con voz
temblona y aflautada por la cólera.
Manos Duras no intentó contestar mirándole con una insolencia
silenciosa y amenazadora, como hacía con los demás. Sus ojos atrevidos
evitaron cruzarse con los del estanciero, y respondió en voz baja,
como excusándose. No ignoraba que carecía de derecho para pasar por
allí sin permiso del dueño del campo; pero de este modo acortaba
camino, evitándose un largo rodeo para llegar á la Presa. Luego
añadió, como si emplease un argumento supremo:
--Usted, don Carlos, deja pasar á todos.
--A todos menos á ti--contestó Rojas agresivamente--. Si te encuentro
otra vez en mi estancia, te saludaré á balazos.
Esta amenaza acabó con el hipócrita respeto del gaucho. Miró á Rojas
despectivamente, y dijo con lentitud:
--Es usted un viejo, y por eso me habla así.
Don Carlos sacó de su cintura un revólver, apuntándolo contra el pecho
de Manos Duras.
--Y tu un ladrón de novillos, al que todos tienen miedo no sé por qué.
Pero si vuelves á robarme uno de mis animales, este viejo se
encargará de hacerte justicia.
Como el estanciero le seguía apuntando con el revólver y la expresión
de su rostro no permitía duda sobre la posibilidad del cumplimiento de
sus amenazas, el gaucho no osó echar mano á sus armas. Estaba seguro
de recibir un balazo apenas intentase un movimiento agresivo. Después
de mirarle con ojos rencorosos, se limitó á decir:
--Volveremos á encontrarnos, patrón, y hablaremos más despacito.
Y tras esta amenaza dió con las espuelas á su caballo y salió al
galope, sin volver la cabeza, mientras don Carlos permanecía con el
revólver en su diestra.
Cerca del río tuvo el gaucho un encuentro más agradable. Vió venir
hacia él un grupo de tres jinetes, é hizo alto para reconocerlos. Era
la marquesa de Torrebianca, vestida de amazona y escoltada por
Canterac y Moreno.
Había tenido ella que aceptar una nueva invitación para ver los
adelantos realizados en las obras del dique. Le era imposible negarse
á este paseo. Necesitaba para su tranquilidad restablecer el
equilibrio entre Pirovani y el ingeniero francés. Éste, ya que no
podía regalar una casa, deseaba hacer ver á Elena una vez más la
superioridad que tenía como ingeniero director de las obras sobre
aquel italiano, sometido muchas veces á sus decisiones.
El oficinista, contento de la invitación y molestado al mismo tiempo
por el carácter de hombre tranquilo que le atribuían, marchaba á
caballo detrás de Elena, sin que ésta hiciese caso de su persona.
Únicamente parecía acordarse de él cuando Canterac se mostraba
demasiado vehemente en sus ademanes, tendiendo una mano de caballo á
caballo para estrechar la suya ó permitirse otras osadías disimuladas.
--Moreno--ordenaba la marquesa--, avance y póngase á mi izquierda,
para que el capitán quede lejos. No me gustan los militares; son muy
atrevidos.
Los tres cesaron de conversar para fijarse en Manos Duras, que
permanecía inmóvil á un lado del camino. Moreno dió el nombre del
gaucho, y Elena mostró tal interés al saber quién era, que acabó por
hablarle.
--¿Usted es el famoso Manos Duras, de quien tantas cosas he oído
decir?...
El rústico jinete se mostraba turbado por las palabras y la sonrisa de
aquella dama. Primeramente se quitó el sombrero con reverencia, «como
si estuviese delante de una imagen milagrosa», pensó Moreno. Luego
dijo, con cierta expresión teatral que en él era espontánea:
--Yo soy ese desgraciado, señora, y este es el momento mejor de mi
vida.
La miraba el gaucho con ojos ardientes de adoración y deseo, y ella
sonrió, satisfecha del bárbaro homenaje. Canterac, que encontraba
ridicula esta conversación, hizo ademanes de impaciencia y murmuró
protestas para reanudar la marcha; pero ella no quiso escucharle y
continuó hablando al gaucho con sonriente interés.
--Dicen de usted cosas terribles. ¿Son verdaderamente ciertas?...
¿Cuántas muertes lleva usted hechas?
--¡Calumnias, señora!--contestó Manos Duras, mirándola fijamente--.
Pero si usted me lo pide, haré cuantas muertes quiera.
Elena se mostró complacida por esta respuesta, y dijo, mirando á
Canterac:
--¡Qué hombre tan galante... á su modo! No me negará usted que es
grato oir tales ofrecimientos.
Pero el ingeniero parecía cada vez más irritado por este diálogo
familiar de Elena y el cuatrero. Varias veces intentó introducir su
caballo entre las cabalgaduras de los dos, dando fin de tal modo al
diálogo; pero Elena le detenía siempre con un gesto de contrariedad.
Al ver que ella continuaba su conversación con Manos Duras, se volvió
hacia Moreno, necesitando manifestar á alguien su enfado.
--Ese gaucho es un atrevido, y habrá que darle una lección.
El oficinista aceptó sin reserva lo referente al atrevimiento, pero
levantó los hombros al oir hablar de lección. ¿Qué podían hacer ellos
contra este vagabundo temible, si hasta el comisario de policía
mostraba por él cierto respeto?...
--Debe usted conseguir--continuó el ingeniero--que no le compren más
carne en el campamento ni acepten nada de lo que ofrezca.
Moreno contestó con signos afirmativos. Si no era mas que eso lo que
deseaba, fácilmente podía hacerse.
Al fin Elena reanudó su marcha después de saludar al gaucho con cierta
coquetería, satisfecha de su emoción y del deseo hambriento que
reflejaban sus ojos.
--¡Pobre hombre!... ¡Un tipo interesante!
Mientras los tres jinetes se alejaban, Manos Duras siguió inmóvil
junto al camino. Deseaba ver algunos momentos más á aquella mujer.
Tenía en su rostro una expresión grave y pensativa, como si
presintiese que este encuentro iba á influir en su existencia. Pero al
desaparecer Elena con sus acompañantes detrás de un montículo arenoso,
el gaucho, no sintiendo ya el deslumbramiento de su presencia, sonrió
con cinismo. Varias imágenes salaces desfilaron por su pensamiento,
desvaneciendo sus dudas y devolviéndole su antigua audacia.
«¿Por qué no?--se dijo--. Lo mismo es ésta que las que bailan en el
boliche del Gallego. ¡Todas mujeres!»
Continuaron su paseo por la orilla del río la marquesa y sus dos
acompañantes. De pronto, ella se levantó un poco sobre la silla para
ver más lejos.
En una pradera orlada de pequeños sauces por la parte del río había
dos caballos sueltos y ensillados. Un hombre y un muchacho habían
descendido de ellos y parecían divertirse tirando un lazo por el aire.
Era un lazo de cuerda, ligero y fácil de manejar, aunque de menos
resistencia que los verdaderos lazos de cuero usados por los jinetes
del país.
Reconoció Elena al muchacho, con su instinto de mujer más que con sus
ojos. Era Flor de Río Negro, que enseñaba á tirar el lazo á Watson,
riendo de la torpeza del _gringo_. Como Torrebianca iba todos los días
puntualmente á dirigir les trabajos de los canales, Ricardo gozaba de
más libertad, empleándola en seguir á la niña de Rojas en sus
correrías.
Haciendo un signo á sus acompañantes para que no la siguiesen, se fué
aproximando Elena á la pradera donde estaban los dos jóvenes.
Celinda la vió llegar antes que el ingeniero, y haciendo un gesto
hostil volvió la espalda. Al mismo tiempo ordenó á Watson que le
ajustase al pie una de sus espuelas, que pretendía llevar suelta.
El joven, después de haberse arrodillado, quiso levantarse, convencido
de la inutilidad de esta orden. Celinda tenía bien sujeta esa espuela.
Pero ella insistió para mantenerlo en dicha posición.
--¿No le digo, gringuito, que voy á perderla?... Fíjese bien.
Y sólo accedió á reconocer su error y á permitir que se levantase
cuando la otra hizo volver grupas á su caballo. Elena se alejaba
ofendida, dándose cuenta de su estratagema y de sus gestos hostiles.
Poco antes de la puesta del sol llegaron los tres jinetes á la calle
central del pueblo. Frente á la casa de Pirovani, considerada ya por
la marquesa como suya, bajó ésta del caballo, apoyándose en Moreno,
que se había anticipado al otro para gozar de agradables contactos.
Saludó el francés con una brusquedad militar, alejándose, mientras
Elena entraba en su casa. ¡Un día perdido!... Estaba furioso contra él
mismo y contra los demás.
Apareció Pirovani en una bocacalle, y al ver que Moreno se dirigía á
su alojamiento, corrió á encontrarse con él. Ansiaba conocer los
episodios de una excursión á la que no había sido invitado. Temía, con
la credulidad del celoso, que Canterac hubiese conseguido un gran
avance sobre él durante el corto paseo.
Sonrió con una alegría pueril al contarle el oficinista cómo varias
veces la «señora marquesa» le había pedido que se colocase entre ella
y el ingeniero francés para mantenerlo á gran distancia.
--¡Si yo sé que no lo puede sufrir!--dijo el italiano--. Me consta...
Pero como es el jefe de los trabajos y ayuda en ciertas ocasiones á
Robledo y á su marido, no se atreve á decir lo que piensa de él.
Luego su alegría se nubló, según le fué contando el oficinista el
encuentro con Manos Duras y la confianza del gaucho al hablar á la
señora marquesa.
Esto último fué lo que indignó más al contratista.
--Aquí todos nos creemos iguales, porque vivimos juntos en el
desierto--dijo, escandalizado--. Cualquier día, ese gaucho cuatrero
pretenderá ir por la noche á las reuniones de la marquesa, lo mismo
que uno de nosotros... ¡Cosa bárbara!
--El capitán--añadió Moreno--quiere que no se le compre más carne á
Manos Duras ni se acepte ningún negocio propuesto por él, eso usted
puede hacerlo mejor que Canterac.
Pirovani contestó con vehementes signos de asentimiento
--Así se hará; dice muy bien ese hombre. Es la primera vez, en mucho
tiempo, que estoy de acuerdo con él.
* * * * *
#X#
Pocos meses después de haber empezado los trabajos en el campamento de
la Presa, los habitantes de las diversas colonias establecidas á
orillas del río Negro hablaron con admiración del nuevo boliche del
Gallego, apreciándolo como el establecimiento más hermoso de la
comarca. El dueño había embellecido su interior con una novedad tan
instructiva como interesante.