«Adjunto te remito el cheque de este mes. El próximo cheque será más

importante que todos los que llevas recibidos, pues espero cobrar,

además de mi sueldo, las retribuciones atrasadas de varios trabajos

particulares hechos en los dos últimos años.»

Pirovani también estaba en su despacho, á la misma hora pluma en mano

y con los ojos vagorosos, como si contemplase interiormente una visión

ideal.

Su pensamiento le conducía hasta un colegio de Italia donde estaba su

hija única; un colegio dirigido por monjas y cuyas alumnas eran en su

mayor parte de apellido aristocrático, lo que proporcionaba grandes

satisfacciones á la vanidad pueril del contratista.

Parecía ennoblecerse su rostro con la sonrisa dirigida á esta visión.

Avanzó los labios cual si pretendiese enviar un beso á su hija por

encima de tres mil leguas de tierras y mares. Luego siguió

escribiendo:

«Estudia mucho, Ida mía; aprende todo lo que necesita saber una señora

del gran mundo, ya que tu padre, después de tantas privaciones y

trabajos, ha podido juntar una fortuna que le permite darte una buena

educación... Yo fui menos dichoso que tú, y nacido en la pobreza tuve

que abrirme paso en el mundo, sin apoyo alguno, arrastrando el fardo

de mi ignorancia. Para evitarte molestias no quise casarme otra vez...

¡Qué no haré yo por ti, Ida mía!»

«El año próximo pienso dar por terminados mis negocios en América, y

volveré á nuestra patria, y compraré un castillo del que serás tú la

reina; y tal vez se enamore de ti algún noble oficial de caballería

con apellido ilustre, y tu pobrecito papá tendrá celos... ¡muchos

celos!...»

Mientras Pirovani escribía las últimas palabras, su rostro empezó á

dilatarse con una sonrisa bondadosa.

Moreno, el argentino, no enviaba su pensamiento tan lejos. Escribía en

la casita de madera donde estaba instalada su oficina, bajo la luz de

un quinqué de petróleo; pero su imaginación, siguiendo la línea del

ferrocarril, se detenía, á dos días de marcha, en un pueblo cercano á

Buenos Aires.

También al levantar por un momento la cabeza para quitarse los

anteojos y limpiarlos, contemplaba, como los otros, una visión

familiar. Su esposa, una mujer joven, de rostro dulce, estaba con una

criatura de pechos en el regazo, entre dos niños y una niña algo

mayores; pero ninguno de ellos pasaba de los siete años. La habitación

modesta ofrecía un aspecto fresco y gracioso. Aquella madre de

familia, al mismo tiempo que atendía á la prole, se preocupaba del

buen orden de su casa.

«A todas horas me acuerdo de ti y de los niños. De seguir los deseos

de mi corazón, os traería á todos inmediatamente á Río Negro; pero

temo que nuestros pequeños sufran demasiado en este desierto. La vida

que yo llevo no es para que la soporten nuestros hijitos ni tampoco

tú, animosa compañera de mi existencia.»

Contempló Moreno un retrato puesto sobre la mesa, en el que aparecía

su esposa y sus cuatro hijos. Besó la fotografía con emoción y volvió

á escribir:

«Afortunadamente, en el Ministerio me aprecian un poco por mi

laboriosidad, y espero que antes de un año me trasladarán á Buenos

Aires. El mes próximo solicitaré un permiso para ir á veros. El viaje

es caro, pero no puedo sufrir más tiempo esta ausencia dolorosa.»

Ricardo Watson no escribía cartas, pero ensoñaba despierto como los

otros.

Sentado ante un tablero de dibujo en el que había clavada una hoja

grande de papel, iba trazando los contornos de un canal. Pero el

dibujo se esfumó poco á poco para ser reemplazado por una visión de la

realidad ordinaria. Las líneas rojas y azules se convirtieron en un

río orlado de sauces, en terrenos yermos y caminos polvorientos.

Este paisaje liliputiense ofrecía la vista completa de las tierras que

rodeaban el pueblo de la Presa, pero en escala tan reducida que todas

cabían en el tablero. Y á través de la diminuta planicie vió de pronto

galopar á un jinete no más grande que una mosca, que iba saltando con

alegre soltura; la señorita Rojas, vestida de hombre y moviendo el

lazo sobre la cabeza.

Watson se llevó una mano á los ojos, restregándoselos para ver mejor.

¡Falsas ilusiones de la noche!

Luego agitó sus dedos sobre el papel, como si lo abanicase para

ahuyentar el engañoso panorama, y reapareció el trazado de los

canales, con sus líneas rojas y azules.

Se sumió otra vez el joven en su monótona labor de dibujante lineal;

pero á los pocos instantes sus ojos volvieron á levantarse del papel.

Ahora creyó ver en el fondo de la habitación á Celinda montada á

caballo; pero no como una amazona pigmea, sino con su talla ordinaria.

La muchacha le arrojó de lejos su lazo, riendo con aquella risa que

ponía al descubierto su dentadura juvenil, y el norteamericano,

maquinalmente, bajó la cabeza para librarse de la cuerda opresora.

«Estoy soñando--pensó--. Esta noche no puedo trabajar. Vámonos á la

cama.»

Pero antes de domirse vió el pueblo entero como lo había contemplado á

la puesta del sol, desde una altura, en compañía de Celinda.

Ahora la tierra estaba en la obscuridad, y sobre el telón azul del

horizonte, acribillado de luz, se imaginó ver el crecimiento de una

inmensa aparición: una mujer de grave hermosura, coronada de estrellas

y con una túnica negra de bordados igualmente siderales, que abría

sus brazos gigantescos, arrancando de los jardines del infinito las

flores del ensueño, para derramarlas como una lluvia de pétalos

fosforescentes sobre el mundo dormido.

Era la Noche, divinidad misericordiosa que hacía ver á los desterrados

en este rincón del planeta todos los seres amados por ellos.

Como Ricardo Watson estaba solo en el mundo, la Noche escogía para él

la flor más primaveral... Y el joven, antes de cerrar los ojos, empezó

á conocer la dulce melancolía que acompaña siempre al primer amor.

* * * * *

#VI#

Un grupo de chicuelos cesó de jugar en la llamada calle principal,

lanzando gritos de asombro al ver el aspecto extraordinario del

carruaje que, tres veces por semana, ó sea los días de tren, iba y

volvía de la Presa á la estación de Fuerte Sarmiento.

La misma diversidad étnica de los habitantes del pueblo se notaba en

este grupo infantil, compuesto de distintas razas. Los niños blancos

parecían como perdidos dentro de pantalones viejos de sus padres y sus

pies se movían sueltos en el interior de enormes zapatos. Los

indígenas llevaban una simple camisita ó iban con la barriga al aire,

resaltando sobre su curva achocolatada el amplio botón del ombligo.

Como todos ellos estaban acostumbrados á que los viajeros que llegaban

á la Presa no llevasen otro equipaje que la llamada «lingera», saco de

lona donde guardaban su ropa, se asombraron al ver la cantidad de

baúles y maletas del coche-correo, vieja diligencia tirada por cuatro

caballos huesudos y sucios de lodo.

Una gran parte de dicho equipaje iba amontonado en el techo del

vehículo, y al avanzar éste rechinando sobre los profundos relejes

abiertos en el polvo, se inclinaba con un balanceo cómico ó

inquietante, como si fuese á volcar.

En la puerta del boliche se agolparon los hombres libres de trabajo,

atraídos por tal novedad. Se detuvo el coche ante la casa de madera

habitada por Watson, y éste se mostró rodeado de su servidumbre.

Corrieron hombres y mujeres, lanzando exclamaciones al ver que bajaba

del carruaje el ingeniero Robledo. Muchos se abalanzaron para

estrechar su mano confianzudamente, con la camaradería de la vida en

el desierto. Después todos parecieron olvidar al español, á causa de

la curiosidad que les inspiraban los desconocidos salidos del coche.

Primeramente echó pie á tierra el marqués de Torrebianca para dar la

mano á su esposa. Ésta vestía un lujoso abrigo de viaje, cuya

originalidad chocaba violentamente con todo lo que existía en torno de

ella.

Se mostraba muy seria, con el gesto duro de sus malos momentos. Miraba

á un lado y á otro con extrañeza y disgusto. A pesar del amplio velo

que defendía su cara, el polvo rojizo del camino había cubierto sus

facciones y su cabellera. Sus ojos delataban una gran desesperación y

todo en su persona parecía gritar: «¿Dónde he venido á caer?»

--Ya llegamos--dijo Robledo alegremente--. Dos días y dos noches de

ferrocarril desde Buenos Aires y un par de horas de coche á través de

una tempestad de polvo, no es mucho. Más lejos está el fin del mundo.

Varios hombres de los que habían saludado á Robledo dándole la mano

empezaron á descargar espontáneamente las maletas amontonadas en el

techo y el interior de la diligencia.

Una doncella de la marquesa había enviado de París á Barcelona este

equipaje, que representaba los últimos restos del gran naufragio de

los Torrebianca.

En torno á Elena se fué formando un corro de chiquillos y pobres

mujeres, en su mayor parte mestizas, contemplándola todos con asombro

y admiración, como si fuese un ser de otro planeta que acababa de caer

en la tierra. Algunas muchachitas tocaron disimuladamente la tela de

su vestido, para apreciar mejor su finura.

Fueron acudiendo, atraídos por el suceso, los principales personajes

del campamento, y el español hizo la presentación de sus amigos

Canterac, Pirovani y Moreno.

Al ver Watson que los hombres que habían cargado con los equipajes los

metían en su vivienda, buscó á Robledo apresuradamente.

--Pero ¿esa señora tan elegante va á vivir con nosotros?...

--Esa señora--contestó el español--es la esposa de un compañero que

viene á participar de nuestra suerte. No vamos á construir un palacio

para ella.

Le fué imposible á la recién llegada ocultar su desaliento al recorrer

las diversas piezas de la casa de los dos ingenieros, que iba á ser en

adelante la suya. Las paredes eran de madera, los muebles pocos y

rústicos, y mezclados con ellos vió sillas de montar, aparatos de

topografía, sacos de comestibles. Todo estaba revuelto y sucio en esta

vivienda dirigida por hombres distraídos á todas horas por las

preocupaciones de su trabajo.

Torrebianca sonreía con una amabilidad humilde, aceptando las

explicaciones de su amigo. Todo lo que éste hiciese le parecía bien y

digno de agradecimiento.

--He aquí nuestra servidumbre--dijo Robledo.

Y presentó á una mestiza gorda y entrada en años, la criada principal,

dos pequeños mestizos descalzos, que llevaban los recados, y un

español rústico, encargado de la caballeriza. Esta gente mal pergeñada

fué manifestando con sonrisas interminables la admiración que sentía

ante la hermosa señora, y Elena acabó por reir también, nerviosamente,

al recordar los domésticos que había dejado en París.

Después de la cena, Robledo, que deseaba enterarse de la marcha de los

trabajos, habló á solas con su consocio. Éste le fué enseñando los

planos y otros papeles.

--Antes de seis meses--añadió Watson--podremos regar nuestras tierras,

según afirma Canterac, y dejarán de ser una llanura estéril.

Robledo mostró su contento.

--Un verdadero paraíso va á surgir, gracias á nuestro trabajo, de este

suelo que sólo produce ahora matorrales. Miles de personas encontrarán

aquí una existencia mejor que en el viejo mundo. Usted y yo, querido

Ricardo, vamos á ser enormemente ricos y haremos al mismo tiempo un

gran bien. La vida es así. Para que se realice un progreso, es

necesario que este progreso empiece por enriquecer á alguien

egoístamente.

Quedaron los dos silenciosos, con la mirada vaga, como si contemplasen

en su imaginación el aspecto que iban á ofrecer las tierras yermas

después de varios años de riego. Vieron campos eternamente verdes,

canales rumorosos en los que el agua parecía reir, caminos orlados de

altos árboles, casitas blancas... Watson pensaba en los jardines

frutales de California, y Robledo en la huerta de Valencia.

El norteamericano fué el primero que salió de esta abstracción,

señalando mudamente la pieza inmediata, donde se habían instalado los

recién llegados.

Dormitaba Torrebianca en ella ocupando un sillón de lona. Su esposa,

sentada en otro sillón, tenía la frente entre las manos, en una

actitud trágica. Persistía en su pensamiento la misma pregunta

desesperada: «¿Dónde he venido á caer?...»

Durante los días pasados en Buenos Aires, encontró tolerable su

destierro. Era una gran ciudad á la europea, en la que había que

buscar tenazmente algún rincón de la antigua vida colonial para

convencerse de que se había llegado á América. Experimentaba la

extrañeza de vivir en un hotel mediocre y carecer de automóvil. Aparte

de esto, su existencia no había experimentado ningún sacudimiento...

¡Pero el viaje, después, por llanuras interminables, en las que el

tren marchaba horas y horas sin encontrar una persona ni una casa,

como sobre si la superficie del mundo se hubiese creado el vacío!...

¡La llegada á esta tierra remota, en la que la rueda ó el pie

levantaban al avanzar nubes de polvo, y los órganos respiratorios se

obstruían con la tierra disuelta en el aire, y todas las gentes tenían

un aspecto de abandono, lo que no evitaba que tratasen á los demás con

molesto compañerismo, como si se considerasen iguales, al vivir lejos

de los otros grupos humanos!... ¡Ay! ¡Dónde había venido á caer!...

Robledo, adivinando el pensamiento de Watson, contestó á su muda

pregunta:

--Mi amigo nos ayudará como ingeniero. No debe usted preocuparse de

él. Yo le daré una participación en nuestro negocio, pero será de lo

que á mí me corresponde.

El joven, después de escuchar el relato de las desgracias de

Torrebianca, tales como Robledo creyó prudente darlas á conocer, se

limitó á decir:

--Ya que el amigo de usted viene á trabajar con nosotros, exijo que su

parte se saque por igual de lo que nos corresponde á usted y á mí. Me

parece una persona excelente y quiero ayudarle. Además, su esposa me

da lástima.

Le estrechó la mano Robledo, agradeciendo su generosa resolución, y ya

no hablaron más de este asunto.

Desde la mañana siguiente, Elena, que tenía cierta facilidad para

adaptarse á las diversas situaciones de su existencia, se mostró

laboriosa y emprendedora. Quiso conquistar la admiración de aquellos

hombres por sus talentos domésticos, lo mismo que semanas antes

pretendía distinguirse en los salones por otros méritos menos

humildes. Vistiendo un traje de corte sastre que ella había desechado

en París y asombraba aquí á todos por su elegancia, se dedicó con los

guantes puestos á la limpieza y arreglo de la casa, marchando al

frente de la mestiza gorda y sus dos acólitos.

Cuando intentaba predicarles con el ejemplo, se hacía visible

inmediatamente su torpeza para esta clase de trabajos. Otras veces

quedaba vacilante, no sabiendo cómo se hacía lo que acababa de

ordenar, y era indispensable una intervención de la mestiza para

sacarla del apuro.

En la cocina, una gran lámpara, alimentada con la misma esencia de los

motores que perforaban el suelo, servía para los guisos. Elena,

animada por la facilidad con que podía apagarse y encenderse este

fogón, quiso intervenir en los preparativos culinarios. Pero hubo de

resignarse igualmente á reconocer la superioridad de la doméstica

cobriza, riendo al fin de su ineptitud para los trabajos domésticos.

Queriendo hacer algo, se quitó los guantes é intentó lavar los platos;

pero inmediatamente volvió á ponérselos temiendo que el agua fría

perjudicase la finura de sus dedos y el brillo de sus uñas.

Precisamente, en los momentos de desesperación por su nueva

existencia, lo único que le proporcionaba cierto alivio era contemplar

melancólicamente sus manos.

Torrebianca, vistiendo un traje de campo, fué con Watson y Robledo á

visitar los canales, enterándose del curso de los trabajos, hablando

familiarmente con los peones, examinando el funcionamiento de las

máquinas perforadoras.

Poco después estaba sucio de polvo de la cabeza á los zapatos, y sus

manos sintieron una comezón dolorosa al empezar á curtirse; pero

conoció al mismo tiempo la alegre confianza del que cuenta con un

medio seguro de ganar su vida.

Cerrada ya la noche, volvían diariamente los tres ingenieros á su

vivienda, donde encontraban la mesa puesta. Al principio se lamentó

Elena de la rusticidad de los platos y los cubiertos. Por iniciativa

suya, trajo la mestiza del «Almacén del Gallego» varios objetos

baratos, procedentes de Buenos Aires. Con esto y unas cuantas hierbas

ligeramente floridas, que los dos pajes cobrizos iban á buscar en la

ribera del río, la mesa presentaba cada vez mejor aspecto. Se iba

notando en la casa la presencia de una mujer hermosa y elegante.

Una noche, mientras la cocinera traía el primer guiso, Elena se

despojó de una salida de teatro, que por ser algo vieja prestaba

servicios de bata. Al desprenderse de esta envoltura apareció

descotada, con un traje de fiesta un poco ajado, pero todavía

brillante, recuerdo de sus tiempos felices.

Watson la miró con asombro, y Robledo hizo un gesto disimulado,

llevándose un dedo á la frente para indicar que la creía algo loca.

El marqués permaneció impasible, como si nada de su mujer pudiera

causarle extrañeza.

--Siempre he comido con traje descotado--dijo Elena--, y no veo la

razón de modificar aquí mis costumbres. Sería para mí un tormento.

Después de la cena se desarrollaban largas conversaciones, en las

cuales la parte mayor correspondía á Robledo. Éste hablaba con

predilección de los hombres de vida interesante que había visto

desfilar por «la tierra de todos». Muchos de ellos llevaban corrido

casi todo el planeta antes de llegar á la Patagonia; otros acababan de

huir de Europa, ansiosos de aventuras, para forjarse una nueva

existencia.

Al desembarcar en Buenos Aires les salían al encuentro los mismos

obstáculos del mundo que dejaban á sus espaldas. La gran ciudad era ya

vieja para ellos; abundaban los pobres en sus tugurios llamados

«conventillos»; resultaba tan difícil ganarse la vida en esta

metrópoli como en Europa. Algunas veces aún era mayor la dificultad

que en el antiguo continente, por la gran concurrencia de

profesionales llegados de todas partes... Y se esparcían hacia los

sitios más apartados de la República, invadiendo los territorios

todavía desiertos, donde se estaban realizando obras preparatorias

para la instalación de las inmigraciones futuras.

--¡Los tipos que he visto pasar por aquí en pocos años!--continuaba

Robledo--. Una vez me interesé por cierto peón que tenía la nariz roja

de los alcohólicos, pero guardaba en su persona un no sé qué revelador

de un pasado interesante.

Era una ruina humana; pero igual á los palacios en escombros, cuya

historia se presiente por un fragmento de estatua ó de capitel

descubierto entre los muros derrumbados, este hombre, que robaba á sus

camaradas y quedaba en el suelo como muerto después de sus

borracheras, tenía siempre en su decaída persona un ademán ó una

palabra que hacían adivinar su origen.

--Un día vi cómo por broma peinaba á uno de nuestros capataces y le

arreglaba los bigotes en punta, á estilo del kaiser Guillermo. Mandé

que le diesen de beber todo lo que quisiera. Es el medio más seguro de

que esos hombres hablen, y él habló. El borracho, avejentado

prematuramente, era un barón de Berlín, antiguo capitán de la Guardia

imperial, que había perdido al juegos sumas importantes confiadas por

sus superiores. En vez de matarse, como lo exigía su familia, se vino

á América, rodando hasta lo más bajo. Empezó siendo general en el

Nuevo Mundo, y acabó de peón ebrio y mal trabajador.

Al ver que Elena se interesaba por el personaje, Robledo continuó

modestamente:

-Este alemán fué general en una de las revoluciones de Venezuela. Yo

también he sido general en otra República y hasta ministro de la

Guerra durante veinte días; pero me echaron por parecerles demasiado

científico y no saber manejar el machete como cualquiera de mis

ayudantes.

Después habló de otro peón igualmente ebrio, pero silencioso y triste,

que había venido á morir en la Presa y estaba enterrado cerca del río.

Robledo encontró papeles interesantes en el fondo de la «lingera» de

este vagabundo piojoso. Había sido en su juventud un gran arquitecto

de Viena. También encontró la vieja fotografía de una dama con peinado

romántico y largos pendientes, semejante á la asesinada emperatriz de

Austria. Era su esposa, y había muerto en Khartoum, hecha pedazos por

los fanáticos del Sudán, capitaneados por el Madhí, cuando su marido

iba con el general Gordon. Otra fotografía representaba á un hermoso

oficial austríaco, con la levitilla blanca muy ajustada al talle: el

hijo de aquel mendigo.

--Y es inútil--continuó Robledo--querer levantar á estos vagabundos.

Se les limpia, se les proporciona una existencia mejor, se les

sermonea para que beban menos y recobren sus facultades de hombres

inteligentes. Cuando ya están repuestos y parecen felices, se

presentan una mañana con el saco al hombro: «Me voy, patrón; arrégleme

la cuenta.» Nada se consigue haciéndoles preguntas. Están contentos,

no tienen de qué quejarse, pero se van. Apenas se sienten bien, el

demonio que los empuja para que rueden por la tierra entera vuelve á

acordarse de ellos. Saben que más allá de la línea del horizonte se

levantan los Andes, y detrás de la cordillera de los Andes está Chile,

y después la inmensidad del Pacífico con sus numerosas islas, y

todavía más lejos, los interesantes países del macizo asiático...

Sienten el tirón de su manía ambulatoria que despierta. «Vamos á ver

todo eso.» Y se echan la «lingera» al hombro, para volver á sufrir

hambres y fatigas, para morir en un hospital ó abandonados en un

desierto... Y cuando no mueren y pueden seguir marchando detrás de la

Ilusión que revolotea junto á sus ojos, vuelven por segunda vez á este

país; pero es después de haber dado la vuelta entera á la tierra.

Algunas noches los dos ingenieros hablaban de su propia existencia.

Watson tenía poco que contar. Educado en California, había empezado su

vida profesional en las minas de plata de Méjico, donde aprendió el

español, continuándola después en las del Perú. Finalmente había

pasado á Buenos Aires, conociendo en esta ciudad á Robledo y

asociándose á él para la empresa de Río Negro.

El español no gustaba de recordar su existencia antes de establecerse

en la Argentina. Había intervenido en revoluciones que despreciaba,

mezclándose en ellas únicamente por una necesidad de acción. Había

emprendido también prodigiosos negocios, viéndose al final engañado y

robado, unas veces por sus compañeros, otras por los gobiernos. Rudos

vaivenes de fortuna le habían hecho pasar de una abundancia absurda á

una miseria de vagabundo. Pero evitaba hablar de sus aventuras en

otros países y sus relatos eran siempre sobre la vida que había

llevado en Patagonia.

No podía olvidar un horrible sed sufrida en aquella altiplanicie que

empezaba al borde de la cortadura del río Negro, extendiéndose hasta

el estrecho de Magallanes. Fué cuando renunció á servir al gobierno

argentino, lanzándose como ingeniero particular á la exploración de

estas tierras solitarias, en busca de un buen negocio. Para evitarse

gastos había emprendido la travesía del desierto con un sólo peón

indígena y una tropilla de seis caballos del país, capaces de

alimentarse con lo que encontrasen, sufridos animales que se iban

relevando en la tarea de llevar sobre sus lomos á los dos viajeros.

Contaba Robledo con el auxilio de un plano hecho por otros

exploradores, en el cual se marcaban las «aguadas», únicos lugares

donde los expedicionarios podían detenerse.

Los años anteriores habían sido de gran sequía. Al llegar á un pozo

encontró que el líquido era extremadamente salobre. Él estaba

acostumbrado al agua de sal, que por un optimismo de los viajeros del

desierto figura como agua potable; pero la de este pozo resultaba

inadmisible para su estómago y el del mestizo acompañante.

Continuaron su marcha, confiando en la aguada que encontrarían al día

siguiente. Este pozo no tenía agua salobre, pero era porque estaba

completamente seco... Y se habían visto obligados á seguir avanzando á

través de una llanura siempre inmensa, siempre igual, guiándose por la

brújula y sufriendo una sed de náufragos, que les hacía marchar con

la boca jadeante, los ojos desorbitados y una expresión de locura en

ellos.

Por respeto á Elena, aludía Robledo voladamente á los recursos de que

se habían valido el mestizo y él para no perecer, bebiendo sus propios

líquidos renales y los de sus caballos.

La Tierra de Todos · 第 6 / 22 段