espalda á las cuadrillas de trabajadores, se dirigió hacia un hombre
aislado en una pequeña altura. Este hombre ocupaba un catrecillo de
lona ante una mesa plegadiza. Iba vestido con traje de campo y botas
altas. Tenía un gran sombrero caído á sus pies y apoyaba la frente en
una mano, estudiando los papeles puestos sobre la mesilla.
Era un joven rubio, de ojos claros. Su cabeza hacía recordar las de
los atletas griegos tales como las ha eternizado la escultura, tipo
que reaparece con una frecuencia inexplicable en las razas nórdicas de
Europa: la nariz recta, la cabellera de cortos rizos invadiendo la
frente baja y ancha, el cuello vigoroso. Se hallaba tan ensimismado en
el estudio de sus papeles, que no vió llegar á Flor de Río Negro.
Esta había desmontado sin abandonar su lazo. Con la astucia y la
ligereza de un indio empezó á marchar á gatas por la suave pendiente,
sin que el más leve ruido denunciase su avance. A pocos metros de
aquel hombre se incorporó, riendo en silencio de su travesura,
mientras hacía dar vueltas al lazo con vigorosa rotación, dejándolo
escapar al fin. El círculo terminal de la cuerda cayó sobre el joven,
estrechándose hasta sujetarlo por mitad de sus brazos, y un ligero
tirón le hizo vacilar en su asiento.
Miró enfurecido en torno é hizo un ademán para defenderse; pero su
cólera se trocó en risueña sorpresa al mismo tiempo que llegaba á sus
oídos una carcajada fresca é insolente.
Vió á Celinda que celebraba su broma tirando del lazo; y para no ser
derribado, tuvo que marchar hacia la amazona. Ésta, al tenerle junto á
ella, dijo con tono de excusa:
--Como no nos vemos hace tanto tiempo, he venido para capturarle. Así
no se me escapará más.
El joven hizo gestos de asombro y contestó con una voz lenta y algo
torpe, que estropeaba las sílabas, dándolas una pronunciación
extranjera:
--¡Tanto tiempo!... ¿No nos hemos visto esta mañana?
Ella remedó su acento al repetir sus palabras:
--¡Tanto tiempo!... Y aunque así sea, gringo desagradecido, ¿le parece
á usted poca cosa no haberse visto desde esta mañana?
Los dos rieron con un regocijo infantil.
Habían retrocedido hasta donde aguardaba el caballo, y Celinda se
apresuró á montar en él, como si se considerase humillada y desarmada
permaneciendo á pie. Además, «el gringo», á pesar de su alta estatura,
quedaba de este modo con la cabeza al nivel de su talle, lo que
proporcionaba á Flor de Río Negro la superioridad de poder mirarlo de
arriba abajo.
Como aún tenía el extranjero el círculo de cuerda alrededor de su
busto, Celinda quiso libertarle de tal opresión.
--Oiga, don Ricardo; ya estoy cansada de que sea mi esclavo. Voy á
dejarle libre, para que trabaje un poquito.
Y sacó el lazo por encima de sus hombros; pero al ver que el joven
permanecía inmóvil, como si en su presencia perdiese toda iniciativa,
le presentó la mano derecha con una majestad cómica:
--Bese usted, mister Watson, y no sea mal educado. Aquí en el desierto
va usted perdiendo las buenas maneras que aprendió en su Universidad
de California.
Rió él ingeniero del tono solemne de la muchacha y acabó por besar su
mano. Pero la miraba con la bondad protectora de las personas mayores
que se complacen celebrando las malicias de una niña traviesa, y esto
pareció contrariar á la hija de Rojas.
--Acabaré por reñir con usted. Se empeña en tratarme como una
muchachita, cuando soy la primera dama del país, la princesa doña Flor
de Río Negro.
Continuaba Watson sus risas, y esta insistencia venció finalmente la
fingida gravedad de la joven. Los dos unieron sus carcajadas; pero la
señorita Rojas mostró á continuación un interés maternal, que le hizo
enterarse minuciosamente de la vida que llevaba su amigo.
--Trabaja usted demasiado, y yo no quiero que se canse, ¿sabe,
gringuito?... Es mucho quehacer para un hombre solo. ¿Cuándo viene su
amigo Robledo?... De seguro que estará divirtiéndose allá en París.
Watson habló también con seriedad al oir el nombre de su asociado.
Estaba ya de regreso y llegaría de un momento á otro. En cuanto á su
trabajo, no lo consideraba anonadador. Él había hecho cosas más
difíciles y penosas en otras tierras. Mientras los ingenieros del
gobierno no terminasen el dique, lo que trabajaban Robledo y él era
únicamente para ganar tiempo, pues los canales de nada podían servir
sin el agua del río.
Habían empezado á caminar, é insensiblemente se dirigieron hacia el
pueblo. Ricardo marchaba á pie, con una mano apoyada en el cuello del
caballo y los ojos en alto, para ver á Celinda mientras hablaba. Los
peones, dando por terminado el trabajo, recogían sus herramientas.
Como los dos querían evitar un encuentro con los grupos que regresaban
al pueblo, siguieron avanzando lejos del río, por donde empezaba á
elevarse el terreno, formando la pendiente de la altiplanicie pampera.
Al subir la hinchazón de un contrafuerte de esta muralla que se perdía
de vista, contemplaron á sus pies todo el antiguo campamento
convertido en pueblo y la amplitud lacustre formada por el río ante el
estrecho donde iba á construirse el dique.
El campamento era un conglomerado de viviendas levantadas sin orden:
chozas hechas de adobes con cubierta de paja, casas de ladrillo con
techos de ramaje ó de cinc, tiendas de lona. Las construcciones más
cómodas eran de madera y desarmables, estando ocupadas por los
ingenieros, los capataces y otros empleados. Por encima de todas las
viviendas emergía una casa de madera montada sobre pilotes, con una
galería exterior ante sus cuatro fachadas: un _bengalow_ desembarcado
en Bahía Blanca semanas antes por encargo del italiano Pirovani,
contratista de las obras del dique.
Así que empezaba á anochecer, las calles de este pueblo improvisado,
desiertas durante el día, se poblaban instantáneamente con la variada
muchedumbre de los peones. Los grupos, al volver de los diversos
lugares donde habían estado trabajando, se encontraban y se
confundían, siguiendo la misma dirección.
Una casa de madera, que por su tamaño era la única que podía
compararse con la del contratista, los iba atrayendo á todos. Sobre su
puerta había un rótulo, hecho en letras caligráficas: «Almacén del
Gallego». Este gallego era, en realidad, andaluz; pero todos los
españoles que van á la Argentina deben ser forzosamente gallegos. Al
mismo tiempo que despacho de bebidas era tienda de los más diversos
artículos comestibles y suntuarios. Su dueño se ofendía cuando las
gentes llamaban «boliche» á lo que él daba el título de «almacén»;
pero todos en el pueblo seguían designando al establecimiento con el
nombre primitivo de su modesta fundación.
Un grupo de parroquianos fieles ocupaba por derecho propio las
cercanías del mostrador. Unos eran emigrantes de Europa que habían
rodado por las tres Américas, desde el Canadá á la Tierra del Fuego.
Otros, mestizos ó blancos, vueltos al estado primitivo después de
largos años de existencia en el desierto: hombres de perfil aguileño,
gran barba y luenga cabellera, tocados con amplios chambergos y
llevando un cinturón de cuero adornado con monedas de plata, dentro
del cual ocultaban, á medias nada más, el revólver y el cuchillo.
Fuera del boliche--ahora almacén--, unas en espera de sus maridos para
que no bebiesen demasiado, y otras al atisbo de los compañeros de sus
noches, estaban las bellezas más notables de la Presa, mestizas de tez
de canela y ojos de brasa, con cabelleras duras de color de tinta y
dientes de luminosa blancura, unas exageradamente gordas; otras
absurdamente flacas, como si acabasen de salir de una población
sitiada por hambre ó como si una llama interior devorase sus jugos.
Empezaron á brillar luces en las casas, perforando con sus rojas
punzadas la gasa violeta del crepúsculo. Celinda y su acompañante
contemplaban el pueblo y el río silenciosamente, como si temieran
cortar con sus voces la calma melancólica del ocaso.
--Váyase, señorita Rojas--dijo él de pronto, repeliendo la dulce
influencia del ambiente--. Va á cerrar la noche y su estancia se halla
lejos.
Se resistió Celinda á reconocer la posibilidad de un peligro para
ella. Ni los hombres ni la noche podían inspirarle miedo. Pero al fin
se despidió de Watson y puso su caballo al galope.
Entró Ricardo en la Presa por un descampado que sus habitantes
consideraban como la calle principal; aunque en esta población
reciente, todas las vías resultaban principales á causa de su enorme
amplitud.
El gobierno previsor de Buenos Aires no toleraba que los pueblos
surgidos en el desierto tuviesen calles de menos de veinte metros de
anchura. ¡Quién podía adivinar si serían algún día grandes
ciudades!... Y mientras llegaba esto, las viviendas bajas y de un solo
piso permanecían separadas de las de enfrente por un espacio enorme
que barrían en línea recta los huracanes glaciales ó entoldaban con su
niebla las columnas de polvo. Unas veces el sol hacía arder el suelo,
levantando ante el paso del transeúnte nubes rumorosas de moscas;
otras, los charcos de las rarísimas lluvias obligaban á los habitantes
á marchar con agua hasta la rodilla para ver al vecino de enfrente.
Según avanzaba Watson entre las dos filas de viviendas, fué
encontrando á los principales personajes del pueblo. Primeramente vió
al señor de Canterac, un francés, antiguo capitán de artillería, que,
según afirmaban muchos que se decían amigos suyos, se había visto
obligado á marcharse de su patria á consecuencia de ciertos asuntos
de índole privada. Ahora servía como ingeniero al gobierno argentino,
en obras remotas y penosas de las que huían sus colegas hijos del
país.
Era un hombre de cuarenta años, enjuto de cuerpo, con el pelo y el
bigote algo canosos, pero conservando un aspecto juvenil. Tenía al
andar cierto aire marcial, como si aún vistiese uniforme, y se
preocupaba de la elegancia de su indumento, á pesar de que vivía en el
desierto.
Había entrado á caballo por la llamada calle principal, vistiendo un
elegante traje de jinete y cubierta la cabeza con un casco blanco. Al
ver á Watson echó pie á tierra para caminar junto á él, sosteniendo á
su caballo de las riendas, al mismo tiempo que examinaba unos dibujos
del americano.
--¿Y Robledo, cuándo vuelve?--preguntó.
--Creo que llegará de un momento á otro. Tal vez ha desembarcado hoy
en Buenos Aires. Vienen con él unos amigos.
El francés siguió examinando los planos del joven, sin dejar de andar,
hasta que llegaron frente á la pequeña casa de madera que le servía de
alojamiento. Allí entregó las riendas con una brusquedad de cuartel á
su criado mestizo, y antes de meterse en su vivienda dijo á Ricardo:
--Creo que sólo nos faltan seis meses para terminar la primera presa
en el río, y Robledo y usted podrán regar inmediatamente una parte de
sus tierras.
Continuó Watson la marcha hacia su casa; pero á los pocos pasos hizo
alto para responder al saludo de un hombre todavía joven, vestido con
traje de ciudad, y que tenía el aspecto especial de los oficinistas.
Llevaba anteojos redondos de concha, y sostenía bajo un brazo muchos
cuadernos y papeles sueltos. Parecía uno de esos empleados laboriosos,
pero rutinarios, incapaces de iniciativas ni de grandes ambiciones,
que viven satisfechos y como pegados á su mediocre situación.
Se llamaba Timoteo Moreno y era nacido en la República Argentina, de
padres españoles. El Ministerio de Obras Públicas lo había enviado
como representante administrativo á las obras de la Presa, y él era el
encargado de pagar al contratista Pirovani las sumas debidas por el
gobierno.
Después que saludó á Watson se dió una palmada en la frente y quiso
retroceder, mirando al mismo tiempo sus papeles.
--He olvidado dejar en casa del capitán Canterac el cheque sobre París
que le entrego todos los meses.
Luego hizo un movimiento de hombros y continuó andando junto al
norteamericano.
--Se lo daré cuando vuelva á mi casa. De todos modos, no tenemos
correo hasta pasado mañana.
Estaban frente al _bengalow_ habitado por el hombre más rico del
campamento, y vieron cómo salía éste y se acodaba en la barandilla de
una de las galerías. Luego, al reconocerlos, bajó apresuradamente la
escalinata de madera.
El italiano Enrico Pirovani había llegado á la Argentina como obrero
diez años antes, y era tenido ya por uno de los hombres más ricos del
territorio patagónico que se extiende desde Bahía Blanca á la frontera
andina de Chile. Todos los Bancos respetaban su firma. No pasaba de
los cuarenta años; llevaba el rostro afeitado; era grande y musculoso,
pero empezaba á mostrar la blandura naciente de los organismos
invadidos por la grasa. Tenía el aspecto del trabajador manual que ha
hecho fortuna y no puede ocultar cierta tosquedad reveladora de su
origen. Lucía numerosas sortijas, así como una gran cadena de reloj, y
su traje siempre era flamante.
Estrechó las manos de los dos y dirigió á continuación una mirada de
interés á los papeles que traía Moreno. El contratista y el empleado
del gobierno se veían todas las semanas para hablar de los trabajos.
Insistió el italiano en invitar á Ricardo á que entrase en su casa
para beber una copa.
--Aunque soy viudo y estoy solo, procuro que mi vivienda tenga cierto
_confort_, lo mismo que una de Buenos Aires. Entre á verla. He
comprado nuevas cosas. La última vez no la visitó usted toda.
Watson tuvo que seguirle, convencido de que daría un disgusto al
contratista si no admiraba una vez más su casa. Subieron los peldaños
de madera y entraron en el comedor, cuyos muebles elegantes resultaban
demasiado pesados y vistosos.
Pirovani los enseñó con vanidad, golpeándolos para ensalzar los
méritos del roble y elevando los ojos al techo mientras aludía á sus
precios. Luego les mostró el salón--amueblado igualmente con exceso,
pues había que marchar tortuosamente entre tantos sillones y
mesillas--y un dormitorio, que parecía pertenecer por lo vistoso á una
hembra de vida galante.
En todas estas piezas se notaba el rudo contraste entre la suntuosidad
abrumadora de los muebles y la modestia de los tabiques, cubiertos de
un papel ordinario.
--¡Lo que me ha costado todo esto!--dijo el contratista con un orgullo
pueril--. Pero usted, don Ricardo, que es un joven de buena familia y
ha visto mucho, ¿no es verdad que lo encuentra muy... _chic_?
Al volver al comedor, una criadita indígena, con larga trenza
colgando sobre la espalda, puso en la mesa botellas y copas.
--Ahora--continuó el italiano--voy á tomar como «gobernanta» á
Sebastiana, la de la estancia de Rojas. Esta casa exige una mujer
inteligente que se encargue de dirigirla.
Watson no quiso aceptar una segunda copa. Debía irse para que aquellos
hombres hablasen de los trabajos por cuenta del Estado.
Al salir de la casa había cerrado ya la noche, y toda la vida del
antiguo campamento parecía reconcentrarse en el boliche. Su doble
puerta extendía sobre el suelo dos rectángulos rojos, que eran la
iluminación más fuerte del pueblo.
Los parroquianos venerables bebían de pie junto al mostrador, un
español tocaba el acordeón y otros trabajadores europeos bailaban con
las mestizas valses y polcas. Abundaban los chilenos, venidos del otro
lado de la Cordillera, para escapar después de unos cuantos días de
trabajo, arrastrados por su eterna manía ambulatoria. Eran gentes
inquietantes por la facilidad con que tiraban del cuchillo, sin dejar
por eso de sonreir y hablar melosamente. En otro grupo estaban los
hombres del país, con barbas, poncho y grandes espuelas, jinetes
errabundos que nadie sabía de qué vivían ni tampoco dónde eran
nacidos. Imitaban á los antiguos gauchos, llevando el ancho cinturón
de cuero adornado con arabescos de monedas de plata, que les servía
para guardar sus armas.
Todos estos americanos aceptaban con despectivo silencio el acordeón y
los bailes de _gallegos_ y de _gringos_, hasta que al fin cualquiera
de su clase reclamaba á gritos los bailes de la tierra. Esta
exigencia, hecha con tono amenazador, obligaba á retirarse á las
parejas que danzaban agarradas, á estilo europeo. Unas veces era el
_pericón_ ó el _gato_, antiguos bailes argentinos, lo que danzaban los
hijos del país; pero las más de las noches la _cueca_ chilena
enardecía horas enteras, con su palmoteo y sus gritos, al público del
boliche.
El dueño del establecimiento entregaba dos guitarras, guardadas
cuidadosamente debajo del mostrador. Los guitarristas iban á sentarse
en el suelo; pero inmediatamente acudía una mestiza para ofrecerles,
como sillones honoríficos, dos cráneos de caballo.
Eran los mejores asientos de la casa. Había también un par de sillas
para cuando llegaba el comisario de policía ó alguna otra autoridad,
pero algo desvencijadas é inseguras. Los esqueletos abandonados en el
campo proporcionaban asientos más sólidos y durables.
Al son de las guitarras empezaban á formarse las parejas de la danza
chilena. Las bailarinas tenían un pañuelo en una mano, y con la otra
levantaban un poco su falda para dar vueltas lentamente. Los hombres
ostentaban también en su diestra un pañuelo de color, comunicándole un
movimiento rotatorio al mismo tiempo que bailaban en torno á la mujer.
Era una repetición de la danza de las épocas primitivas; la eterna
historia del macho persiguiendo á la hembra. Ellas bailaban trazando
pequeños círculos para huir del hombre, y éste las acosaba y envolvía
girando en una órbita más amplia.
Las mestizas que no habían salido á bailar palmoteaban incesantemente,
acompañando el runruneo de las guitarras. De vez en cuando una de
ellas entonaba la copla de la _cueca_, y los hombres daban alaridos,
arrojando sus sombreros.
Un jinete desmontó frente al boliche, atando su caballo á un poste del
sombraje. Al entrar recibió su rostro la luz roja de los quinqués que
colgaban del techo, y muchos hombres le saludaron respetuosamente.
Llevaba el poncho y las grandes espuelas de los jinetes del país. Su
perfil aguileño y su tez hacían recordar á los arabes de origen puro.
La barba y la cabellera eran en él luengas, negras y rizosas. Este
hombre, cuya edad no parecía más allá de los treinta años, podía ser
tenido por hermoso; pero su rostro se contraía algunas veces con un
gesto repelente, y sus grandes ojos obscuros brillaban con una
expresión imperiosa y cruel. Le apodaban _Manos Duras_, nombre famoso
en el país y resultaba un vecino inquietante, pues vivía de vender
reses, y nadie lograba averiguar dónde había hecho antes sus compras.
Algunos viejos, conocedores de su origen, lo declaraban nacido en la
Pampa Central. Sus padres, sus abuelos, toda su familia, habían sido
personas excelentes, «gauchos buenos», que vivían de la crianza de la
propia «hacienda». Pero Manos Duras había nacido para ser «gaucho
malo», ladrón de reses y matón. En vano su padre, hombre de bien, le
daba buenos consejos y sanos ejemplos.
Un antiguo parroquiano del boliche resumía con gravedad filosófica la
ineficacia de estos esfuerzos valiéndose de un refrán del país:
«Al que nace barrigón, es en balde que lo fajen.»
El dueño del almacén, al verle entrar, le presentó un vaso de ginebra,
y los gauchos de peor catadura se llevaron una mano al sombrero para
saludarle, como si fuese su jefe. Los trabajadores europeos le miraron
con curiosidad, repitiendo su nombre, y las mestizas fueron hacia él,
sonriendo como esclavas.
Manos Duras acogió este recibimiento con cierta altivez. Una de las
mujeres se apresuró á ofrecerle un asiento de honor, y trajo otro
cráneo de caballo. Se acomodó el terrible gaucho en él, teniendo en
torno á los demás parroquianos sentados en el suelo.
Continuó la _cueca_, interrumpida un momento por la aparición de Manos
Duras, y no cesó al entrar un nuevo personaje, acogido con grandes
reverencias por el dueño del establecimiento desde el otro lado del
mostrador.
Era don Roque, comisario de policía de la Presa y único representante
de la autoridad argentina en el pueblo y sus alrededores. El
gobernador del territorio de Río Negro vivía en una población á
orillas del Atlántico, para llegar á la cual era preciso un viaje de
doce días á caballo; seis veces más de lo que se necesitaba para
trasladarse á Buenos Aires por ferrocarril. A causa de esto, el
comisario disfrutaba de la mejor de las independencias: la del olvido.
El gobernador vivía demasiado lejos para mandarle. Su jefe más
inmediato era el ministro del Interior, residente en la capital de la
República; pero se hallaba demasiado alto para ocuparse de su
existencia.
En realidad, no abusaba de su poder, ni disponía tampoco de medios
para hacerlo sentir exageradamente á los demás. Era un señor grueso,
bondadoso, de trato campechano: un burgués de Buenos Aires venido á
menos que había pedido un empleo para poder vivir, resignándose á
aceptarlo en la Patagonia. Llevaba traje de ciudad, pero con el
aditamento de botas altas y gran sombrero, creyendo haber conseguido
con esto el aspecto que exigía su cargo. Un revólver bien á la vista
de todos, sobre el chaleco, era la única insignia de su autoridad.
Se desprendió el español de la mejor silla de su establecimiento,
guardada detrás del mostrador para las visitas extraordinarias, y el
comisario fué á colocarse junto á Manos Duras. Éste saludó quitándose
el sombrero, pero sin moverse del cráneo que le servía de asiento.
Los dos hombres conversaron, mientras continuaba el baile. Don Roque
empezó á fumar un gran cigarro, ofrecido por el gaucho con ademanes de
gran señor.
--Hay quien asegura--dijo en voz baja--que eres tú el que robó la
semana pasada tres novillos en la estancia de Pozo Verde. Eso no está
en mi jurisdicción, pues pertenece á Río Colorado; pero mi compañero
el comisario de allá sospecha que eres tú el del robo.
Manos Duras siguió fumando en silencio, escupió, y dijo al fin:
--Calumnias de los que desean que no venda carne al campamento de la
Presa.
--Le han dicho también al gobernador del territorio que eres tú el que
mató hace meses á los dos comerciantes turcos.
El gaucho levantó los hombros y contestó con frialdad, como si
quisiera dar fin á este diálogo:
--¡Me han atribuido tantos crímenes, sin poder probarme ninguno!...
Continuó el baile en el «Almacén del Gallego» hasta las diez de la
noche. En un país donde todos se levantaban con el alba, equivalía
esta hora á las de la madrugada, en que terminan las fiestas de las
grandes ciudades.
Los personajes más importantes del campamento tampoco dormían. Estaban
con la pluma en la mano y el pensamiento muy lejos.
El ingeniero Canterac, apoyando un codo en su mesa y con los ojos
entornados, creía ver el remoto París y en él una casa vecina al Campo
de Marte, cuyo quinto piso estaba ocupado por su esposa y sus hijos.
Era una señora de aspecto triste, con el pelo canoso y el rostro
todavía fresco. A sus lados estaban sentadas dos niñas. Un muchacho de
catorce años, su hijo mayor, de pie ante ella, escuchaba sus
palabras... Y la madre acababa por mostrarles sobre el canapé de su
modesto salón un retrato que representaba á Canterac joven, con
uniforme militar. El amueblado de las habitaciones, lo mismo que los
trajes de todos ellos, revelaban una existencia modesta pero ordenada,
digna y con cierta distinción.
Conmovido el ingeniero por las visiones que él mismo iba creando, hizo
un esfuerzo para arrancarse á ellas, y siguió escribiendo la carta que
tenía empezada sobre la mesa:
«Pronto volveré á veros. Las deudas de honor que me obligaron á
alejarme de París quedarán saldadas en breve, gracias á ti, valerosa
compañera de mi vida, que has sabido manejar hábilmente los ahorros
que te envié. ¡Cómo deseo verte en mis brazos para decirte una vez más
mi amor y mi gratitud!... ¡Cómo ansío ver á nuestros hijos, después de
tan larga separación...»
Quedó el ingeniero con la diestra inmóvil y la pluma en alto. Había
perdido su rígida impasibilidad de hombre autoritario. Tenía los ojos
húmedos á causa de su emoción y se pasó una mano por ellos. Hizo un
esfuerzo para reconcentrar su voluntad y siguió escribiendo el final
de su carta:
«¡Adiós á ti, esposa mía! ¡Adiós, hijos míos! Hasta el próximo
correo.--_Roger de Canterac._»
Pero cuando iba á doblar el pliego, añadió una posdata: