--Ignoro lo que quieres decir--dijo con voz sombría--; pero piensa que

hablas de mi mujer. No olvides que lleva mi nombre. ¡Y yo la amo

tanto!...

Después quedaron los dos en silencio. Según transcurrían los minutos

parecía agrandarse la separación entre ambos. Robledo creyó

conveniente hablar para el restablecimiento de su amistosa

cordialidad.

--Allá, la vida es dura, y sólo se conocen de muy lejos las

comodidades de la civilización. Pero el desierto parece dar un baño de

energía, que purifica y transforma á los hombres fugitivos del viejo

mundo, preparándolos para una nueva existencia. Encontrarás en aquel

país náufragos de todas las catástrofes, que han llegado lo mismo que

los que se salvan nadando, hasta poner el pie en una isla

bienaventurada. Todas las diferencias de nacionalidad, de casta y de

nacimiento desaparecen. Allá sólo hay hombres. La tierra donde yo vivo

es... la tierra de todos.

Como Torrebianca permanecía impasible, creyó oportuno recordarle otra

vez su situación.

--Aquí te aguardan la deshonra y la cárcel, ó lo que es peor, la

estúpida solución de matarte. Allá, conocerás de nuevo la esperanza,

que es lo más precioso de nuestra existencia... ¿Vienes?

El marqués salió de su estupefacción, iniciando el esperado movimiento

afirmativo; pero Robledo le contuvo con un ademán para que esperase, y

añadió enérgicamente:

--Ya sabes mis condiciones. Allá hay que ir como á la guerra: con

pocos bagajes; y una mujer es el más pesado de los estorbos en

expediciones de este género... Tu esposa no va á morir de pena porque

tú la dejes en Europa. Os escribiréis como novios; una ausencia larga

reanima el amor. Además, puedes enviarla dinero para el sostenimiento

de su vida. De todos modos, harás por ella mucho más que si te matas ó

te dejas llevar á la cárcel... ¿Quieres venir?

Quedó pensativo Torrebianca largo rato. Después se levantó é hizo una

seña á Robledo para que esperase, saliendo de la biblioteca.

No permaneció mucho tiempo solo el español. Le pareció oir muy lejos,

como apagadas por las colgaduras y los tabiques, voces que casi eran

gritos. Luego sonaron pasos más próximos, se levantó violentamente un

cortinaje y entró Elena en la biblioteca seguida de su esposo.

Era una Elena transformada también por los acontecimientos. Robledo

creyó que para ella las horas habían sido igualmente largas como años.

Parecía más vieja, pero no por eso dejaba de ser hermosa. Su belleza

ajada era más sincera que la de los días risueños. Tenía el

melancólico atractivo de un ramo de flores que empiezan á marchitarse.

Habían transcurrido veinticuatro horas sin que pudiera ella dedicarse

á los cuidados de su cuerpo, y se hallaba además bajo la influencia de

incesantes emociones, unas dolorosas y otras irritantes para su amor

propio. Más que en la suerte de su marido, pensaba en lo que estarían

diciendo á aquellas horas las numerosas amigas que tenía en París.

Arrojó violentamente á sus espaldas el cortinaje, y fué avanzando por

la biblioteca como una invasión arrolladora. Sus ojos parecieron

desafiar á Robledo.

--¿Qué es lo que me cuenta Federico?--dijo con voz áspera--. ¿Quiere

usted llevárselo y que deje abandonada á su mujer entre tantos

enemigos?...

Torrebianca, que al marchar detrás de ella sentía de nuevo su poder de

dominación, creyó del caso protestar para convencerla de su fidelidad.

--Yo no te abandonaré nunca... Se lo he dicho á Manuel varias veces.

Pero Elena no lo escuchaba, y continuó avanzando hacia Robledo.

--¡Y yo que le tenía á usted por un amigo seguro!... ¡Mal sujeto!

¡Querer arrebatar á una mujer el apoyo de su esposo, dejándola

sola!...

Al hablar miraba fijamente los ojos del español, como si pretendiese

contemplarse en ellos. Pero debió ver tales cosas en estas pupilas,

que su voz se hizo más suave, y hasta acabó por fingir un mohín

infantil de disgusto, amenazando al hombre con un dedo. El colonizador

permaneció impasible, encontrando, sin duda, inoportunas estas gracias

pueriles, y Elena tuvo que continuar hablando con gravedad.

--A ver explíquese usted. Dígame cuáles son sus planes para sacar á mi

marido de aquí, llevándolo á esas tierras lejanas donde vive usted

como un señor feudal.

Insensible á la voz y á los ojos de ella, habló Robledo fríamente, lo

mismo que si expusiese un trabajo de ingeniería.

Había discurrido, mientras conversaba con Federico, la manera de

sacarlo de París. Buscaría al día siguiente un automóvil para él, como

si se le hubiese ocurrido de pronto emprender un viaje á España. Era

oportuno tomar precauciones. Torrebianca aún estaba libre, pero bien

podía ser que lo vigilase preventivamente la policía mientras el juez

estudiaba su culpabilidad. Aunque la frontera de España estaba lejos,

la pasarían antes de que la Justicia hubiese lanzado una orden de

prisión. Además, él tenía amigos en la misma frontera, que les

ayudarían en caso de peligro para que pudiesen llegar los dos á

Barcelona, y una vez en este puerto era fácil encontrar pasaje para la

América del Sur.

Elena le escuchó frunciendo su entrecejo y moviendo la cabeza.

--Todo está bien pensado--dijo--; pero en ese plan, ¿por qué ha de

incluir usted solamente á mi esposo? ¿Por qué no puedo marcharme yo

también con ustedes?

Torrebianca quedó sorprendido por la proposición. Horas antes, al

volver Elena á casa, había mostrado una gran confianza en el porvenir

para animar á su marido y tal vez para engañarse á sí misma. Venía de

visitar á hombres que conocía de larga fecha y de recoger grandes

promesas, dadas con la galantería melancólica y protectora que

inspiran los recuerdos lejanos de amor. Como no veía otro remedio á su

situación que estas palabras, había necesitado creer en ellas,

forjándose ilusiones sobre su eficacia; pero ahora, al conocer el plan

de Robledo, todo su optimismo acababa de derrumbarse.

Las promesas de sus amistades no eran mas que dulces mentiras; nadie

haría nada por ellos al verlos en la desgracia; la Justicia seguiría

su curso. Su marido iría á la cárcel, y ella tendría que empezar otra

vez... ¡otra vez! en un mundo extremadamente viejo, donde le era

difícil encontrar un rincón que no hubiese conocido antes... Además,

¡tantas amigas deseosas de vengarse!...

Robledo vió pasar por sus ojos una expresión completamente nueva. Era

de miedo: el miedo del animal acosado. Por primera vez percibió en la

voz de Elena un acento de verdad.

--Usted es el único, Manuel, que ve claramente nuestra situación; el

único que puede salvarnos... Pero lléveme á mí también. No tengo

fuerzas para quedarme... Primero mendigar en un mundo nuevo.

Y había tal tristeza y tal mansedumbre en esta súplica, que el español

la compadeció, olvidando todo lo que pensaba contra ella momentos

antes.

Torrebianca, como si adivinase la repentina flaqueza de su amigo, dijo

enérgicamente:

--O te sigo con ella, ó me quedo á su lado, sin miedo á lo que ocurra.

Aún dudó Robledo unos momentos; pero al fin hizo con su cabeza un

gesto de aceptación. Inmediatamente se arrepintió, como si acabase de

aprobar algo que le parecía absurdo.

Empezó á reir Elena, olvidando con una facilidad asombrosa las

angustias del presente.

--Yo siempre he adorado los viajes--dijo con entusiasmo--. Montaré á

caballo, cazaré fieras, arrostraré grandes peligros. Voy á vivir una

existencia más interesante que la de aquí; una vida de heroína de

novela.

El español la miró como espantado de su inconsciencia. Ya no se

acordaba de Fontenoy. Parecía haber olvidado igualmente que aún estaba

en París, y de un momento á otro la policía podía entrar en la casa

para llevarse á su marido.

Le alarmó también la enorme distancia entre la existencia real de los

que colonizan las soledades de América y las ilusiones novelescas que

se forjaba esta mujer.

Torrebianca les interrumpió con palabras de desaliento, como si

juzgase imposible la realización del plan de su amigo.

--Para marcharnos, necesitamos pagar antes lo que debemos. ¿Dónde

encontrar dinero?...

Su esposa volvió á reir, haciendo al mismo tiempo gestos de estrañeza.

--¡Pagar!... ¿Quién piensa en eso? Los acreedores esperarán. Yo

encuentro siempre una palabra oportuna para ellos... Ya les pagaremos

desde América cuando tú seas rico.

Obsesionado por sus escrúpulos, el marqués insistió en ellos con una

tenacidad caballeresca.

--No saldré de aquí sin que hayamos pagado á lo menos nuestra

servidumbre. Además, necesitamos dinero para el viaje.

Hubo un largo silencio; y el marido, que seguía pensativo, dijo de

pronto, como si hubiese encontrado una solución:

--Por suerte, tenemos tus joyas. Podemos venderlas antes de

embarcarnos.

Miró Elena irónicamente el collar y las sortijas que llevaba en aquel

momento.

--No llegarán á dar dos mil francos por éstas ni por las otras que

guardo. Todas falsas, absolutamente falsas.

--Pero ¿y las verdaderas?--preguntó, asombrado, Torrebianca--. ¿Y las

que compraste con el dinero que te enviaron muchas veces de tus

propiedades en Rusia?

Robledo creyó oportuno intervenir para que no se prolongase este

diálogo peligroso.

--No quieras saber demasiado, y hablemos del presente... Yo pagaré á

tus domésticos; yo costearé el viaje de los dos.

Elena le tomó ambas manos, murmurando palabras de agradecimiento.

Torrebianca, aunque conmovido por esta generosidad, insistía en no

aceptarla; pero el español cortó sus protestas.

--Vine á París con dinero para seis meses, y me iré á las cuatro

semanas; eso es todo.

Después añadió con una desesperación cómica:

--Me privaré de conocer unos cuantos restoranes nuevos y de apreciar

varias marcas de vinos famosos... Ya ves que el sacrificio nada tiene

de extraordinario.

Federico le estrechó la diestra silenciosamente, al mismo tiempo que

Elena le abrazaba y besaba con un impudor entusiástico. Todas sus

palabras eran ahora para un país desconocido, en el que no pensaba

horas antes y que admiraba ya como un paraíso.

--¡Qué ganas tengo de verme en aquella tierra nueva, que, como dice

usted, es la tierra de todos!...

Y mientras los esposos hablaban de sus preparativos para emprender al

día siguiente un viaje que en realidad, era una fuga, Robledo, puestos

sus ojos en ella, se dijo mentalmente:

«¡Qué disparate acabo de hacer!... ¡Qué terrible regalo voy á llevar á

los que viven allá lejos, duramente... pero en paz!»

* * * * *

#V#

Unos trabajadores aragoneses que habían emigrado á la Argentina,

llevando una guitarra como lo más precioso de su bagaje para acompañar

las coplas «sacadas de su cabeza», al verla pasar á caballo dedicaron

una canción á «la Flor de Río Negro».

Este apodo primaveral se difundió inmediatamente por el país, y todos

llamaron así á la hija del dueño de la estancia de Rojas; pero su

verdadero nombre era Celinda.

Tenía diez y siete años, y aunque su estatura parecía inferior á la

correspondiente á su edad, llamaba la atención por sus ágiles miembros

y la energía de sus ademanes.

Muchos hombres del país, que admiraban lo mismo que los orientales la

obesidad femenil, considerando una exuberancia de carnes como el

acompañamiento indispensable de toda hermosura, hacían gestos de

indiferencia al escuchar los elogios que dedicaban algunos á la niña

de Rojas. Admitían su rostro gracioso y picaresco, con la nariz algo

respingada, la boca de un rojo sangriento, los dientes muy blancos y

puntiagudos, y unos ojos enormes, aunque demasiado redondos. Pero

aparte de su carita... ¡nada de mujer! «Es igualmente lisa por

delante y por el revés--decían--. Parece un muchacho.»

Efectivamente, á cierta distancia la tomaban por un hombrecito, pues

iba vestida siempre con traje masculino, y montaba caballos bravos á

estilo varonil. A veces agitaba un lazo sobre su cabeza lo mismo que

un peón, persiguiendo alguna yegua ó novillo de la hacienda de su

padre, don Carlos Rojas.

Éste, según contaban en el país, pertenecía á una familia antigua de

Buenos Aires. De joven había llevado una existencia alegre en las

principales ciudades de Europa. Luego se casó; pero su vida doméstica

en la capital de la Argentina resultaba tan costosa como sus viajes de

soltero por el viejo mundo, perdiendo poco á poco la fortuna heredada

de sus padres en gastos de ostentación y en malos negocios. Su esposa

había muerto cuando él empezaba á convencerse de su ruina. Era una

señora enfermiza y melancólica, que publicaba versos sentimentales,

con un seudónimo, en los periódicos de modas, y dejó como recuerdo

poético á su hija única el nombre de Celinda.

El señor Rojas tuvo que abandonar la estancia heredada de sus padres,

cerca de Buenos Aires, cuyo valor ascendía á varios millones. Pesaban

sobre ella tres hipotecas, y cuando los acreedores se repartieron el

producto de su venta no quedó á don Carlos otro recurso que alejarse

de la parte más civilizada de la Argentina, instalándose en Río Negro,

donde era poseedor de cuatro leguas de tierra compradas en sus tiempos

de abundancia, por un capricho, sin saber ciertamente lo que adquiría.

Muchos hombres arruinados ven de pronto en la agricultura un medio de

rehacer sus negocios, á pesar de que ignoran lo más elemental para

dedicarse al cultivo de la tierra. Este criollo, acostumbrado á una

vida de continuos derroches en París y en Buenos Aires, creyó poder

realizar el mismo milagro. Él, que nunca había querido preocuparse de

la administración de una estancia cerca de la capital, con inagotables

prados naturales en los que pastaban miles de novillos, tuvo que

llevar la vida dura y sobria del jinete rústico que se dedica al

pastoreo en un país inculto. Lo que sus abuelos habían hecho en los

ricos campos inmediatos á Buenos Aires, donde el cielo derrama su

lluvia oportunamente, tuvo que repetirlo Rojas bajo el cielo de bronce

de la Patagonia, que apenas si deja caer algunas gotas en todo el año

sobre las tierras polvorientas.

El antiguo millonario sobrellevaba con dignidad su desgracia. Era un

hombre de cincuenta años, más bien bajo que alto, la nariz aguileña y

la barba canosa. En medio de una existencia ruda conservaba su

primitiva educación. Sus maneras delataban á la persona nacida en un

ambiente social muy superior al que ahora le rodeaba. Como decían en

el inmediato pueblo de la Presa, era un hombre que, vistiese como

vistiese, tenía aire de señor. Llevaba casi siempre botas altas, gran

chambergo y poncho. Pendiente de su diestra se balanceaba el pequeño

látigo de cuero, llamado rebenque.

Los edificios de su estancia eran modestos. Los había construido á la

ligera, con la esperanza de mejorarlos cuando aumentase su fortuna;

pero, como ocurre casi siempre en las instalaciónes campestres, estas

obras provisionales iban á durar más años tal vez que las levantadas

en otras partes como definitivas. Sobre las paredes de ladrillo

cocido, sin revoque exterior, ó de simples adobes, se elevaban las

techumbres hechas con planchas de cinc ondulado. En el interior de la

casa del dueño los tabiques sólo llegaban á cierta altura, dejando

circular el aire por toda la parte alta del edificio. Las

habitaciones eran escasas en muebles. La pieza que servía de salón,

despacho y comedor, donde don Carlos recibía á sus visitas, estaba

adornada con unos cuantos rifles y pieles de pumas cazados en las

inmediaciones. El estanciero pasaba gran parte del día fuera de la

casa, inspeccionando los corrales de ganado más inmediatos. De pronto

ponía al galope su caballejo incansable, para sorprender á los peones

que trabajaban en el otro extremo de su propiedad.

Una mañana sintió impaciencia al ver que había pasado la hora habitual

de la comida sin que Celinda volviese á la estancia.

No temía por ella. Desde que su hija llegó á Río Negro, teniendo ocho

años, empezó á vivir á caballo, considerando la planicie desierta como

su casa.

--Es peligroso ofenderla--decía el padre con orgullo--. Maneja

revólver y tira mejor que yo. Además, no hay persona ni animal que se

le escape cuando tiene un lazo en la mano. Mi hija es todo un hombre.

La vió de pronto corriendo por la línea que formaban la llanura y el

cielo al juntarse. Parecía un pequeño jinete de plomo escapado de una

caja de juguetes. Delante de su caballito corría un toro en miniatura.

El grupo galopador fué creciendo con una rapidez maravillosa. En esa

llanura inmensa, todo lo que se movía cambiaba de tamaño sin

gradaciones ordenadas, desorientando y aturdiendo los ojos todavía no

acostumbrados á los caprichos ópticos del desierto.

Llegó la joven dando gritos y agitando el lazo para excitar la marcha

de la res que venía persiguiendo, hasta que la obligó á refugiarse en

un cercado de maderos. Luego echó pie á tierra y fué á encontrarse con

su padre; pero éste, después de recibir un beso de ella, la repelió,

mirando con severidad el traje varonil que llevaba.

--Te he dicho muchas veces que no quiero verte así. Los pantalones se

han hecho para los hombres, ¡creo yo!... y las «polleras» para las

mujeres. No puedo tolerar que una hija mía vaya como esas cómicas que

aparecen en las vistas del biógrafo.

Celinda recibió la reprimenda bajando los ojos con graciosa

hipocresía. Prometió obedecer á su padre, conteniendo al mismo tiempo

su deseo de reir. Precisamente pensaba á todas horas en las amazonas

con pantalones que figuran en los _films_ de los Estados Unidos, y

había echado largas galopadas para ir hasta Fuerte Sarmiento, el

pueblo más inmediato, donde los cinematografistas errabundos

proyectaban sobre una sábana, en el café de su único hotel, historias

interesantes que le servían á ella para estudio de las últimas modas.

Durante la comida le preguntó don Carlos si había estado cerca de la

Presa y cómo marchaban los trabajos en el río.

Una esperanza de volver á ser rico, cada vez más probable, hacía que

el señor Rojas, antes melancólico y desesperanzado, sonriese desde los

últimos meses. Si los ingenieros del Estado conseguían cruzar con un

dique el río Negro, los canales que estaban abriendo un español

llamado Robledo y otro socio suyo fecundarían las tierras compradas

por ellos junto á su estancia, y él podría aprovechar igualmente dicha

irrigación, lo que aumentaría el valor de sus campos en proporciones

inauditas.

Le escuchó Celinda con la indiferencia que muestra la juventud por los

asuntos de dinero. Además, don Carlos tuvo que privarse del placer de

continuar haciendo suposiciones sobre su futura riqueza al ver á una

mestiza de formas exuberantes, carrilluda, con los ojos oblicuos y una

gruesa trenza de cabello negro y áspero que se conservaba sobre sus

enormes prominencias dorsales para seguir descendiendo.

Al entrar en el comedor dejó junto á la puerta un saco lleno de ropa.

Luego se abalanzó sobre Celinda, besándola y mojando su rostro con

frecuentes lagrimones.

--¡Mi patroncita preciosa!... ¡Mi niña, que la he querido siempre como

una hija!...

Conocía á Celinda desde que ésta llegó al país y entró ella en la

estancia como doméstica. Le resultaba doloroso separarse de la

señorita, pero no podía transigir más tiempo con el carácter de su

padre.

Don Carlos era violento en el mandar y no admitía objeciones de las

mujeres, sobre todo cuando ya habían pasado de cierta edad.

--El patrón aún está muy verde--decía Sebastiana á sus amigas--; y

como una ya va para vieja, resulta que otras más tiernas son las que

reciben las sonrisas y las palabras lindas, y para mí sólo quedan los

gritos y el amenazarme con el rebenque.

Después de besuquear á la joven, miró Sebastiana á don Carlos con una

indignación algo cómica, añadiendo:

--Ya que el patrón y yo no podemos avenirnos, me voy á la Presa, á

servir donde el contratista italiano.

Rojas levantó los hombros para indicar que podía irse donde quisiera,

y Celinda acompañó á su antigua criada hasta la puerta del edificio.

A media tarde, cuando don Carlos hubo dormido la siesta en una

mecedora de lona y leído varios periódicos de Buenos Aires, de los que

traía el ferrocarril á este desierto tres veces por semana, salió de

la casa.

Atado á un poste del tejadillo sobre la puerta, estaba un caballo

ensillado. El estanciero sonrió satisfecho al darse cuenta de que la

silla era de mujer. Celinda apareció vestida con falda de amazona.

Envió á su padre un beso con la punta del rebenque, y sin apoyarse en

el estribo ni pedir ayuda á nadie, se colocó de un salto sobre el

aparejo femenil, haciendo salir su caballo á todo galope hacia el río.

No fué muy lejos. Se detuvo en el lado opuesto de un grupo de sauces,

donde encontró atado otro caballo con silla de hombre, el mismo que

montaba en la mañana. Celinda, echando pie á tierra, se despojó de su

traje femenil, apareciendo con pantalones, botas de montar, camisa y

corbata varoniles. Sonreía de su desobediencia al «viejo», pues así

llamaba ella á su padre, según costumbre del país.

Temía la posible extrañeza de otro hombre y deseaba evitarla. Este

hombre la había conocido siempre vestida de muchacho, tratándola á

causa de ello con una confianza amistosa. ¡Quién sabe si al verla con

faldas, lo mismo que una señorita, experimentaría cierta timidez,

mostrándose ceremonioso y evitando finalmente nuevos encuentros con

ella!...

Dejó su traje femenil sobre el caballo que la había traído y montó

alegremente en el otro, oprimiéndole los flancos con sus piernas

nerviosas, al mismo tiempo que echaba en alto el lazo atado á la

silla, formando una espiral de cuerda sobre su cabeza.

Galopó por la orilla del río, junto á los añosos sauces que encorvaban

sus cabelleras sobre el deslizamiento de la corriente veloz. Este

camino líquido, siempre solitario, que venía de los ventisqueros de

los Andes junto al Pacífico, para derramarse en el Atlántico, había

recibido su nombre, según algunos, á causa de las plantas obscuras

que cubren su lecho, dando un color verdinegro á las aguas hijas de

las nieves.

El milenario rodar de su curso había ido cortando la meseta con una

profunda hondonada de una legua ó dos de anchura. El río corría por

esta profundidad entre dos aceras formadas con los aportes de su

légamo durante las grandes inundaciones. Estas dos orillas desiguales

eran de tierra fértil y suelta, pródiga para el cultivo allí donde

recibía la humedad de las aguas inmediatas. Más lejos se levantaba el

suelo, formando el acantilado amarillento de dos murallas sinuosas que

se miraban frente á frente. La de la izquierda era el último límite de

la Pampa. En la orilla opuesta empezaba la meseta patagónica, de fríos

glaciales, calores asfixiantes, huracanes crueles y áspera vegetación,

que sólo permite alimentarse á los rebaños cuando disponen de

extensiones enormes.

Toda la vida del país estaba reconcentrada en la ancha hendidura

abierta por las aguas que forma la línea fronteriza entre la Pampa y

la Patagonia. Las dos cintas de terreno de sus orillas representaban

miles de kilómetros de suelo fértil aportado por el río en su viaje de

los Andes al mar. En una sección de este barranco inmenso era donde

trabajaban los hombres para elevar el nivel de las aguas unos cuantos

metros, fecundando los campos próximos.

Celinda daba gritos para excitar al caballo, como si necesitase

comunicarle su alegría. Iba al encuentro de lo que más le interesaba

en todo el país. Al seguir una revuelta del río se abrió la superficie

de éste ante sus ojos, formando una laguna tranquila y desierta. En

último término, donde se estrechaban sus orillas aprisionando y

alborotando las aguas, vió los férreos perfiles de varias máquinas

elevadoras, así como las techumbres de cinc ó de paja de una

población. Era el antiguo campamento de la Presa, que se transformaba

rápidamente en un pueblo. Todas sus construcciones parecían aplastadas

sobre el suelo, sin una torrecilla, sin un doble piso que animase su

platitud monótona.

Como la curiosidad de la joven no llegaba hasta el pueblo, refrenó la

velocidad de su caballo y marchó al paso hacia unos grupos de hombres

que trabajaban lejos del río, casi en el sitio donde empezaba á

remontarse la llanura, iniciando la ladera de la altiplanicie

correspondiente á la Pampa.

Estos peones, unos de origen europeo, otros mestizos, removían y

amontonaban la tierra, abriendo pequeños canales para la irrigación.

Dos máquinas, acompañadas por el mugido de sus motores, excavaban

igualmente el suelo para facilitar el trabajo humano.

La Tierra de Todos · 第 4 / 22 段