Juveniles opiniones.

Sigue tu ambiciosa idea,

y cerrar has menester

en la corte la mollera.

(_Vanse._)

* * * * *

_Sala en casa de don Sancho._

ESCENA IX.

JACINTA E ISABEL _con mantos_, DON BELTRÁN Y DON SANCHO.

JACINTA.

¡Tan grande merced!

BELTRÁN.

No ha sido

amistad de sólo un día

la que esta casa y la mía,

si os acordais, se han tenido:

y así no es bien que extrañeis

mi visita.

JACINTA.

Si me espanto,

es, señor, por haber tanto

que merced no nos hacéis.

Perdonadme; que ignorando

el bien que en casa tenía,

me tardé en la Platería,

ciertas joyas concertando.

BELTRÁN.

Feliz pronóstico dais

al pensamiento que tengo,

pues cuando a casaros vengo,

comprando joyas estáis.

Con don Sancho vuestro tío

tengo tratado, señora,

hacer parentesco agora

nuestra amistad; y confío

(puesto que como discreto

dice don Sancho que es justo

remitirse a vuestro gusto)

que esto ha de tener efeto.

Que pues es la hacienda mía

y calidad tan patente,

sólo falta que os contente

la persona de García;

y aunque ayer a Madrid vino

de Salamanca el mancebo,

y de envidia el rubio Febo

le ha abrasado en el camino,

bien me atreveré a ponello

ante vuestros ojos claros,

fiando que ha de agradaros

desde la planta al cabello,

si licencia le otorgáis

para que os bese la mano.

JACINTA.

Encarecer lo que gano

en la mano que me dais,

si es notorio, es vano intento;

que estimo de tal manera

las prendas vuestras, que diera

luego mi consentimiento,

a no haber de parecer

(por mucho que en ello gano)

arrojamiento liviano

en una honrada mujer;

que el breve determinarse

en cosas de tanto peso,

o es tener muy poco seso

o gran gana de casarse.

Y en cuanto a que yo le vea,

me parece, si os agrada,

que para no arriesgar nada,

pasando la calle sea.

Que si como puede ser

y sucede a cada paso,

después de tratallo, acaso

se viniese a deshacer,

¿de qué me hubiera servido,

o qué opinión me darán

las visitas de un galán

con licencia de marido?

BELTRÁN.

Ya por vuestra gran cordura,

si es mi hijo vuestro esposo,

le tendré por tan dichoso

como por vuestra hermosura.

SANCHO.

De prudencia puede ser

un espejo la que oís.

BELTRÁN.

No sin causa os remitís,

Don Sancho, a su parecer.

Esta tarde con García

a caballo pasaré

vuestra calle.

JACINTA.

Yo estaré

detrás desa celosía.

BELTRÁN.

Que le miréis bien os pido;

que esta noche he de volver,

Jacinta hermosa, a saber

cómo os haya parecido.

JACINTA.

¿Tan apriesa?

BELTRÁN.

Este cuidado

No admireis: que ya es forzoso;

pues si vine deseoso,

vuelvo agora enamorado.

Y adios.

JACINTA.

Adios.

BELTRÁN.

¿Dónde vais?

SANCHO.

A serviros.

BELTRÁN.

No saldré.

SANCHO.

Al corredor llegaré

con vos, si licencia dais.

(_Vanse don Sancho y don Beltrán._)

ESCENA X.

JACINTA, ISABEL.

ISABEL.

Mucha priesa te da el viejo.

JACINTA.

Yo se la diera mayor,

pues también le está a mi honor,

si a diferente consejo

no me obligara el amor:

que aunque los impedimentos

del hábito de don Juan,

dueño de mis pensamientos,

forzosa causa me dan

de admitir otros intentos,

como su amor no despido,

por mucho que lo deseo,

que vive en el alma asido,

tiemblo, Isabel, cuando creo

que otro ha de ser mi marido.

ISABEL.

Yo pensé que ya olvidabas

a don Juan, viendo que dabas

lugar a otras pretensiones.

JACINTA.

Cáusanlo estas ocasiones,

Isabel: no te engañabas;

que como há tanto que está

el hábito detenido,

y no ha de ser mi marido

si no sale, tengo ya

este intento por perdido.

Y así para no morirme,

quiero hablar y divertirme,

pues en vano me atormento;

que en un imposible intento

no apruebo el morir de firme.

Por ventura encontraré

alguno tal, que merezca

que mano y alma le dé.

ISABEL.

No dudo que el tiempo ofrezca

sujeto digno a tu fe;

y si no me engaño yo,

hoy no te desagradó

el galán indiano.

JACINTA.

Amiga,

¿quieres que verdad te diga?

Pues muy bien me pareció,

y tanto, que te prometo

que si fuera tan discreto,

tan gentil hombre y galán

el hijo de don Beltrán,

tuviera la boda efeto.

ISABEL.

Esta tarde le verás

con su padre por la calle.

JACINTA.

Veré solo el rostro y talle;

el alma, que importa más

quisiera ver con hablalle.

ISABEL.

Háblale.

JACINTA.

Hase de ofender

Don Juan, si llega a sabello,

y no quiero, hasta saber

que de otro dueño he de ser,

determinarme a perdello.

ISABEL.

Pues da algún medio, y advierte

que siglos pasas en vano,

y conviene resolverte;

que don Juan es desta suerte

el perro del hortelano.

Sin que lo sepa don Juan,

podrás hablar, si tú quieres,

al hijo de don Beltrán;

que, como en su centro, están

las trazas en las mujeres.

JACINTA.

Una pienso que podría

en este caso importar.

Lucrecia es amiga mía:

ella puede hacer llamar

de su parte a don García;

que como secreta esté

yo con ella en su ventana,

este fin conseguiré.

ISABEL.

Industria tan soberana

solo de tu ingenio fué.

JACINTA.

Pues parte al punto, y mi intento

le dí a Lucrecia, Isabel.

ISABEL.

Sus alas tomaré al viento.

JACINTA.

La dilación de un momento

le dí que es un siglo en él.

ESCENA XI.

DON JUAN, _que encuentra a_ ISABEL _al salir_.--JACINTA.

JUAN.

¿Puedo hablar a tu señora?

ISABEL.

Sólo un momento ha de ser;

que de salir a comer

mi señor don Sancho es hora.

(_Vase._)

JUAN.

Ya, Jacinta, que te pierdo,

ya que yo me pierdo, ya...

JACINTA.

¿Estás loco?

JUAN.

¿Quién podrá

estar con tus cosas cuerdo?

JACINTA.

Repórtate y habla paso:

que está en la cuadra mi tío.

JUAN.

Cuando a cenar vas al río.

¿cómo haces dél poco caso?

JACINTA.

¿Qué dices? ¿Estás en tí?

JUAN.

Cuando para trasnochar

con otro tienes lugar,

tienes tío para mí.

JACINTA.

¿Trasnochar con otro? Advierte

que aunque eso fuese verdad,

era mucha libertad

hablarme a mí desa suerte;

cuanto más que es desvarío

de tu loca fantasía.

JUAN.

Ya sé que fué don García

el de la fiesta del río;

ya los fuegos que a tu coche,

Jacinta, la salva hicieron;

ya las antorchas que dieron

sol al Soto a media noche;

ya los cuatro aparadores

con vajillas variadas,

las cuatro tiendas pobladas

de instrumentos y cantores.

Todo lo sé, y sé que el día

le halló, enemiga, en el río.

Dí agora que es desvarío

de mi loca fantasía.

Dí agora que es libertad

el tratarte desta suerte,

cuando obligan a ofenderte

mi agravio y tu liviandad.

JACINTA.

¡Plega a Dios!...

JUAN.

Deja invenciones;

calla, no me digas nada;

que en ofensa averiguada

no sirven satisfacciones.

Ya, falsa, ya sé mi daño;

no niegues que te he perdido;

tu mudanza me ha ofendido,

no me ofende el desengaño.

Y aunque niegues lo que oí,

lo que ví confesarás:

que hoy lo que negando estás,

en sus mismos ojos ví.

¿Y su padre? ¿Qué quería

agora aquí? ¿Qué te dijo?

¿De noche estás con el hijo,

y con el padre de día?

Yo lo ví; ya mi esperanza

en vano engañar dispones;

ya sé que tus dilaciones

son hijas de tu mudanza.

Mas, cruel, ¡viven los cielos,

que no has de vivir contenta!

Abrásete, pues revienta

este volcán de mis celos.

El que me hace desdichado,

te pierda, pues yo te pierdo.

JACINTA.

¿Tú eres cuerdo?

JUAN.

¿Cómo cuerdo,

amante y desesperado?

JACINTA.

Vuelve, escucha: que si vale

la verdad, presto verás

cuán mal informado estás.

JUAN.

Vóyme; que tu tío sale.

JACINTA.

No sale. Escucha; que fío

satisfacerte.

JUAN.

Es en vano,

si aquí no me das la mano.

JACINTA.

¿La mano? Sale mi tío.

ACTO SEGUNDO.

_Sala en casa de don Beltrán._

ESCENA PRIMERA.

_Salen_ DON GARCÍA (_en cuerpo_) _leyendo un papel_; TRISTÁN Y CAMINO.

GARCÍA.

(_Lee._)

«La fuerza de una ocasión me hace exceder del órden de mi estado.

Sabrála vuestra merced esta noche por un balcón que le enseñará el

portador, con lo demás, que no es para escrito; y guarde nuestro Señor,

etc.»

¿Quién este papel me escribe?

CAMINO.

Doña Lucrecia de Luna.

GARCÍA.

El alma sin duda alguna

que dentro en mi pecho vive.

¿No es esta una dama hermosa,

que hoy antes de mediodía

estaba en la Platería?

CAMINO.

Sí, señor.

GARCÍA.

¡Suerte dichosa!

Informadme, por mi vida,

de las partes desta dama.

CAMINO.

Mucho admiro que su fama

esté de vos escondida.

Porque la habeis visto, dejo

de encarecer que es hermosa;

es discreta y virtuosa,

su padre es viudo y es viejo;

dos mil ducados de renta

los que ha de heredar serán,

bien hechos.

GARCÍA.

¿Oyes, Tristán?

TRISTÁN.

Oigo y no me descontenta.

CAMINO.

En cuanto a ser principal,

no hay que hablar. Luna es su padre,

y fué Mendoza su madre,

tan finos como un coral.

Doña Lucrecia, en efeto,

merece un rey por marido.

GARCÍA.

¡Amor, tus alas te pido

para tan alto sujeto!

¿Dónde vive?

CAMINO.

A la Vitoria.

GARCÍA.

Cierto es mi bien. Que seréis,

dice aquí, quien me guiéis

al cielo de tanta gloria.

CAMINO.

Serviros pienso a los dos.

GARCÍA.

Y yo lo agradeceré.

CAMINO.

Esta noche volveré

en dando las diez, por vos.

GARCÍA.

Eso le dad por respuesta

a Lucrecia.

CAMINO.

Adios quedad.

(_Vase._)

ESCENA II.

DON GARCÍA, TRISTÁN.

GARCÍA.

¡Cielos! ¿qué felicidad,

amor, qué ventura es esta?

¿Ves, Tristán, cómo llamó

la más hermosa el cochero

a Lucrecia, a quien yo quiero?

Que es cierto que quien me habló

es la que el papel envía.

TRISTÁN.

Evidente presunción.

GARCÍA.

Que la otra ¿qué ocasión

para escribirme tenía?

TRISTÁN.

Y a todo mal suceder,

presto de dudas saldrás;

que esta noche la podrás

en el habla conocer.

GARCÍA.

Y que no me engañe es cierto,

según dejó en mi sentido

impreso el dulce sonido

de la voz con que me ha muerto.

ESCENA III.

_Un_ PAJE _con un papel_.--Dichos.

PAJE.

Éste, señor don García,

es para vos.

GARCÍA.

No esté así.

PAJE.

Criado vuestro nací.

GARCÍA.

Cúbrase, por vida mía.

(_Lee a solas._)

«_Averiguar cierta cosa_

_importante a solas quiero_

_con vos: a las siete espero_

_en San Blas.--Don Juan de Sosa._»

(_Ap._ ¡Válame Dios! ¡Desafío!

¿Qué causa puede tener

don Juan, si yo vine ayer,

y él es tan amigo mío?)

Decid al señor don Juan

que esto será así.

(_Vase el Paje._)

TRISTÁN.

Señor,

mudado estás de color.

¿Qué ha sido?

GARCÍA.

Nada, Tristán.

TRISTÁN.

¿No puedo saberlo?

GARCÍA.

No.

TRISTÁN.

(_Aparte._)

Sin duda es cosa pesada.

GARCÍA.

Dame la capa y espada.

(_Vase Tristán._)

¿Qué causa le he dado yo?

ESCENA IV.

DON BELTRÁN, DON GARCÍA; _después_ TRISTÁN.

BELTRÁN.

García...

GARCÍA.

Señor...

BELTRÁN.

Los dos

a caballo hemos de andar

juntos hoy; que he de tratar

cierto negocio con vos.

GARCÍA.

¿Mandas otra cosa?

(_Sale Tristán y dale de vestir a D. García._)

BELTRÁN.

¿A dónde

vais cuando el sol echa fuego?

GARCÍA.

Aquí a los trucos me llego

de nuestro vecino el conde.

BELTRÁN.

No apruebo que os arrojéis

siendo venido de ayer,

a daros a conocer

a mil que no conocéis,

si no es que dos condiciones

guardéis con mucho cuidado,

y son, que jugueis contado,

y habléis contadas razones.

Puesto que mi parecer

es este, haced vuestro gusto.

GARCÍA.

Seguir tu consejo es justo.

BELTRÁN.

Haced que a vuestro placer

aderezo se prevenga

a un caballo para vos.

GARCÍA.

A ordenallo voy. (_Vase._)

BELTRÁN.

Adios.

ESCENA V.

DON BELTRÁN, TRISTÁN.

BELTRÁN.

(_Aparte._ ¡Qué tan sin gusto me tenga

lo que su ayo me dijo!)

¿Has andado con García,

Tristán?

TRISTÁN.

Señor, todo el día.

BELTRÁN.

Sin mirar en que es mi hijo,

si es que el ánimo fiel,

que siempre en tu pecho he hallado

agora no te ha faltado,

me dí lo que sientes dél.

TRISTÁN.

¿Qué puedo yo haber sentido

en un término tan breve?

BELTRÁN.

Tu lengua es quien no se atreve;

que el tiempo bastante ha sido,

y más a tu entendimiento.

Dímelo, por vida mía,

sin lisonja.

TRISTÁN.

Don García,

mi señor, a lo que siento,

que he de decirte verdad,

pues que tu vida has jurado...

BELTRÁN.

Desa suerte has obligado

siempre a tí mi voluntad.

TRISTÁN.

Tiene un ingenio excelente

con pensamientos sutiles;

mas caprichos juveniles

con arrogancia imprudente.

De Salamanca reboza

la leche, y tiene en los labios

los contagiosos resabios

de aquella caterva moza:

aquel hablar arrojado,

mentir sin recato y modo,

aquel jactarse de todo,

y hacerse en todo extremado.

Hoy en término de una hora

echó cinco o seis mentiras.

BELTRÁN.

¡Válgame Dios!

TRISTÁN.

¿Qué te admiras?

Pues lo peor falta agora;

que son tales, que podrá

cogerle en ellas cualquiera.

BELTRÁN.

¡Ay Dios!

TRISTÁN.

Yo no te dijera

lo que tal pena te da,

a no ser de tí forzado.

BELTRÁN.

Tu fe conozco y tu amor.

TRISTÁN.

A tu prudencia, señor,

advertir será excusado

el riesgo que correr puedo,

si esto sabe don García,

mi señor.

BELTRÁN.

De mí confía:

pierde, Tristán, todo el miedo.

Manda luego aderezar

los caballos.

(_Vase Tristán._)

ESCENA VI.

DON BELTRÁN.

Santo Dios,

pues esto permitís vos,

esto debe de importar.

¡A un hijo sólo, a un consuelo

que en la tierra le quedó

a mi vejez triste, dió

tan gran contrapeso el cielo!

Ahora bien, siempre tuvieron

los padres digustos tales;

siempre vieron muchos males

los que mucha edad vivieron.

Paciencia: hoy he de acabar,

si puedo, su casamiento:

con la brevedad intento

este daño remediar,

antes que su liviandad

en la corte conocida,

los casamientos le impida

que pide su calidad.

Por dicha, con el cuidado

que tal estado acarrea,

de una costumbre tan fea

se vendrá a ver enmendado,

que es vano pensar que son

el reñir y aconsejar

bastantes para quitar

una fuerte inclinación.

ESCENA VII.

TRISTÁN, DON BELTRÁN.

TRISTÁN.

Ya los caballos están,

viendo que salir procuras,

probando las herraduras

en las guijas del zaguán;

porque con las esperanzas

de tan gran fiesta, el overo

a solas está primero

ensayando sus mudanzas,

y el bayo, que ser procura

émulo al dueño que lleva,

estudia con alma nueva

movimiento y compostura.

BELTRÁN.

Avisa, pues, a García.

TRISTÁN.

Ya te espera tan galán,

que en la corte pensarán

que a estas horas sale el día.

(_Vanse._)

* * * * *

_Sala en casa de don Sancho._

ESCENA VIII.

ISABEL, JACINTA.

ISABEL.

La pluma tomó al momento

Lucrecia, en ejecución

de tu agudo pensamiento,

y esta noche en su balcón

para tratar este intento

le escribió que aguardaría,

para que puedas en él

platicar con don García.

Camino llevó el papel,

persona de quien se fía.

JACINTA.

Mucho Lucrecia me obliga.

ISABEL.

Muestra en cualquiera ocasión

ser tu verdadera amiga.

JACINTA.

¿Es tarde?

ISABEL.

Las cinco son.

JACINTA.

Aun durmiendo me fatiga

la memoria de don Juan;

que esta siesta le he soñado

celoso de otro galán.

(_Miran adentro._)

ISABEL.

¡Ay, señora! Don Beltrán,

y el perulero a su lado!

JACINTA.

¿Qué dices?

ISABEL.

Digo que aquel

que hoy te habló en la Platería,

viene a caballo con él.

Mírale.

JACINTA.

Por vida mía,

que dices verdad que es él.

¡Hay tal! ¿Cómo el embustero

se nos fingió perulero,

si es hijo de don Beltrán?

ISABEL.

Los que intentan, siempre dan

gran presunción al dinero,

y con ese medio hallar

entrada en tu pecho quiso:

que debió de imaginar

que aquí le ha de aprovechar

más ser Midas que Narciso.

JACINTA.

En decir que ha que me vió

un año, también mintió,

porque don Beltrán me dijo

que ayer a Madrid su hijo

de Salamanca llegó.

ISABEL.

Si bien lo miras, señora,

todo verdad puede ser:

que entonces te pudo ver,

irse de Madrid, y agora

de Salamanca volver.

Y cuando no, ¿qué le admira

que quien a obligar aspira

prendas de tanto valor,

para acreditar su amor

se valga de una mentira?

Demás que tengo por llano,

si no miente mi sospecha,

que no le encarece en vano;

que hablarte hoy su padre es flecha

que ha salido de su mano.

No ha sido, señora mía,

acaso que el mismo día

que él te vió y mostró quererte,

venga su padre a ofrecerte

por esposo a don García.

JACINTA.

Dices bien; mas imagino

que el término que pasó

desde que el hijo me habló

hasta que su padre vino,

fué muy breve.

ISABEL.

Él conoció

quién eres, encontraría

su padre en la Platería,

hablóle, y él, que no ignora

tus cualidades, y adora

justamente a don García,

vino a tratarlo al momento.

JACINTA.

Al fin, como fuere sea.

De sus partes me contento,

quiere el padre, él me desea:

da por hecho el casamiento.

(_Vanse._)

* * * * *

_Paseo de Atocha._

ESCENA IX.

DON BELTRÁN, DON GARCÍA.

BELTRÁN.

¿Qué os parece?

GARCÍA.

Que animal

no ví mejor en mi vida.

BELTRÁN.

¡Linda bestia!

GARCÍA.

Corregida,

de espíritu racional,

¡Qué contento y bizarría!

BELTRÁN.

Vuestro hermano don Gabriel,

que perdone Dios, en él

todo su gusto tenía.

GARCÍA.

Ya que convida, señor,

de Atocha la soledad,

declara tu voluntad.

BELTRÁN.

Mi pena diréis mejor.

¿Sois caballero, García?

GARCÍA.

Téngome por hijo vuestro.

BELTRÁN.

¿Y basta ser hijo mío

para ser vos caballero?

GARCÍA.

Yo pienso, señor, que sí.

BELTRÁN.

¡Qué engañado pensamiento!

Sólo consiste en obrar

como caballero, el serlo.

¿Quién dió principio a las casas

nobles? Los ilustres hechos

de sus primeros autores,

sin mirar sus nacimientos,

hazañas de hombres humildes

honraron sus herederos.

Luego en obrar mal o bien

está el ser malo o ser bueno.

¿Es así?

GARCÍA.

Que las hazañas

den nobleza, no lo niego;

mas no neguéis que sin ellas

también la da el nacimiento.

BELTRÁN.

Pues si honor puede ganar

quien nació sin él, ¿no es cierto

que por el contrario puede,

quien con él nació, perdello?

GARCÍA.

Es verdad.

BELTRÁN.

Luego si vos

obráis afrentosos hechos,

aunque séais hijo mío,

dejáis de ser caballero;

luego si vuestras costumbres

os infaman en el pueblo,

no importan paternas armas,

no sirven altos abuelos.

¿Qué cosa es que la fama

diga a mis oídos mesmos

que a Salamanca admiraron

vuestras mentiras y enredos?

¡Qué caballero, y qué nada!

Si afrenta al noble y plebeyo

sólo el decirle que miente,

decid, ¿qué será el hacerlo,

si vivo sin honra yo,

según los humanos fueros,

mientras de aquel que me dijo

que mentía no me vengo?

¿Tan larga tenéis la espada,

tan duro tenéis el pecho,

que pensáis poder vengaros,

diciéndolo todo el pueblo?

¿Posible es que tenga un hombre

tan humildes pensamientos,

que viva sujeto al vicio

mas sin gusto y sin provecho?

El deleite natural

tiene a los lascivos presos:

obliga a los codiciosos

el poder que da el dinero;

el gusto de los manjares

al glotón; el pasatiempo

y el cebo de la ganancia

a los que cursan el juego;

su venganza al homicida,

al robador su remedio;

la fama y la presunción

al que es por la espada inquieto:

todos los vicios, al fin,

o dan gusto o dan provecho;

mas de mentir, ¿qué se saca

sino infamia y menosprecio?

GARCÍA.

Quien dice que miento yo

ha mentido.

BELTRÁN.

También eso

es mentir; que aun desmentir

no sabeis, sino mintiendo.

GARCÍA.

Pues si dais en no creerme.

BELTRÁN.

¿No seré necio si creo

que vos decís verdad solo,

y miente el lugar entero?

Lo que importa es desmentir

esta fama con los hechos,

pensar que este es otro mundo,

hablar poco y verdadero.

Mirad que estáis a la vista

de un rey tan santo y perfeto,

que vuestros yerros no pueden

hallar disculpa en sus yerros;

que tratáis aquí con grandes,

títulos y caballeros,

que si os saben la flaqueza

os perderán el respeto;

que tenéis barba en el rostro,

que al lado ceñís acero,

que nacístes noble al fin,

y que yo soy padre vuestro:

y no he de deciros más;

que esta sofrenada espero

que baste para quien tiene

calidad y entendimiento.

Y agora, porque entendáis

que en vuestro bien me desvelo,

sabed que os tengo, García,

tratado un gran casamiento.

GARCÍA.

(_Aparte._)

¡Ay mi Lucrecia!

BELTRÁN.

Jamás

pusieron, hijo, los cielos

tantas, tan divinas partes

en un humano sujeto

como en Jacinta, la hija

de don Fernando Pacheco,

de quien mi vejez pretende

tener regalados nietos.

GARCÍA.

(_Aparte._)

¡Ay Lucrecia! Si es posible

tú sola has de ser mi dueño.

BELTRÁN.

¿Qué es esto? ¿No respondéis?

GARCÍA.

(_Aparte._)

Tuyo he de ser, vive el cielo.

BELTRÁN.

¿Qué os entristecéis? Hablad;

no me tengáis más suspenso.

GARCÍA.

Entristézcome, porque es

imposible obedeceros.

BELTRÁN.

¿Por qué?

GARCÍA.

Porque soy casado.

BELTRÁN.

¡Casado! ¡Cielos! ¿Qué es esto?

¿Cómo sin saberlo yo?

GARCÍA.

Fué fuerza, y está secreto.

BELTRÁN.

¡Hay padre más desdichado!

GARCÍA.

No os aflijáis; que en sabiendo

la causa, señor, tendréis

por venturoso el efeto.

BELTRÁN.

Acabad, pues; que mi vida

pende sólo de un cabello.

GARCÍA.

La verdad sospechosa · 第 2 / 4 段