Sigue tu ambiciosa idea,
y cerrar has menester
en la corte la mollera.
(_Vanse._)
* * * * *
_Sala en casa de don Sancho._
ESCENA IX.
JACINTA E ISABEL _con mantos_, DON BELTRÁN Y DON SANCHO.
JACINTA.
¡Tan grande merced!
BELTRÁN.
No ha sido
amistad de sólo un día
la que esta casa y la mía,
si os acordais, se han tenido:
y así no es bien que extrañeis
mi visita.
JACINTA.
Si me espanto,
es, señor, por haber tanto
que merced no nos hacéis.
Perdonadme; que ignorando
el bien que en casa tenía,
me tardé en la Platería,
ciertas joyas concertando.
BELTRÁN.
Feliz pronóstico dais
al pensamiento que tengo,
pues cuando a casaros vengo,
comprando joyas estáis.
Con don Sancho vuestro tío
tengo tratado, señora,
hacer parentesco agora
nuestra amistad; y confío
(puesto que como discreto
dice don Sancho que es justo
remitirse a vuestro gusto)
que esto ha de tener efeto.
Que pues es la hacienda mía
y calidad tan patente,
sólo falta que os contente
la persona de García;
y aunque ayer a Madrid vino
de Salamanca el mancebo,
y de envidia el rubio Febo
le ha abrasado en el camino,
bien me atreveré a ponello
ante vuestros ojos claros,
fiando que ha de agradaros
desde la planta al cabello,
si licencia le otorgáis
para que os bese la mano.
JACINTA.
Encarecer lo que gano
en la mano que me dais,
si es notorio, es vano intento;
que estimo de tal manera
las prendas vuestras, que diera
luego mi consentimiento,
a no haber de parecer
(por mucho que en ello gano)
arrojamiento liviano
en una honrada mujer;
que el breve determinarse
en cosas de tanto peso,
o es tener muy poco seso
o gran gana de casarse.
Y en cuanto a que yo le vea,
me parece, si os agrada,
que para no arriesgar nada,
pasando la calle sea.
Que si como puede ser
y sucede a cada paso,
después de tratallo, acaso
se viniese a deshacer,
¿de qué me hubiera servido,
o qué opinión me darán
las visitas de un galán
con licencia de marido?
BELTRÁN.
Ya por vuestra gran cordura,
si es mi hijo vuestro esposo,
le tendré por tan dichoso
como por vuestra hermosura.
SANCHO.
De prudencia puede ser
un espejo la que oís.
BELTRÁN.
No sin causa os remitís,
Don Sancho, a su parecer.
Esta tarde con García
a caballo pasaré
vuestra calle.
JACINTA.
Yo estaré
detrás desa celosía.
BELTRÁN.
Que le miréis bien os pido;
que esta noche he de volver,
Jacinta hermosa, a saber
cómo os haya parecido.
JACINTA.
¿Tan apriesa?
BELTRÁN.
Este cuidado
No admireis: que ya es forzoso;
pues si vine deseoso,
vuelvo agora enamorado.
Y adios.
JACINTA.
Adios.
BELTRÁN.
¿Dónde vais?
SANCHO.
A serviros.
BELTRÁN.
No saldré.
SANCHO.
Al corredor llegaré
con vos, si licencia dais.
(_Vanse don Sancho y don Beltrán._)
ESCENA X.
JACINTA, ISABEL.
ISABEL.
Mucha priesa te da el viejo.
JACINTA.
Yo se la diera mayor,
pues también le está a mi honor,
si a diferente consejo
no me obligara el amor:
que aunque los impedimentos
del hábito de don Juan,
dueño de mis pensamientos,
forzosa causa me dan
de admitir otros intentos,
como su amor no despido,
por mucho que lo deseo,
que vive en el alma asido,
tiemblo, Isabel, cuando creo
que otro ha de ser mi marido.
ISABEL.
Yo pensé que ya olvidabas
a don Juan, viendo que dabas
lugar a otras pretensiones.
JACINTA.
Cáusanlo estas ocasiones,
Isabel: no te engañabas;
que como há tanto que está
el hábito detenido,
y no ha de ser mi marido
si no sale, tengo ya
este intento por perdido.
Y así para no morirme,
quiero hablar y divertirme,
pues en vano me atormento;
que en un imposible intento
no apruebo el morir de firme.
Por ventura encontraré
alguno tal, que merezca
que mano y alma le dé.
ISABEL.
No dudo que el tiempo ofrezca
sujeto digno a tu fe;
y si no me engaño yo,
hoy no te desagradó
el galán indiano.
JACINTA.
Amiga,
¿quieres que verdad te diga?
Pues muy bien me pareció,
y tanto, que te prometo
que si fuera tan discreto,
tan gentil hombre y galán
el hijo de don Beltrán,
tuviera la boda efeto.
ISABEL.
Esta tarde le verás
con su padre por la calle.
JACINTA.
Veré solo el rostro y talle;
el alma, que importa más
quisiera ver con hablalle.
ISABEL.
Háblale.
JACINTA.
Hase de ofender
Don Juan, si llega a sabello,
y no quiero, hasta saber
que de otro dueño he de ser,
determinarme a perdello.
ISABEL.
Pues da algún medio, y advierte
que siglos pasas en vano,
y conviene resolverte;
que don Juan es desta suerte
el perro del hortelano.
Sin que lo sepa don Juan,
podrás hablar, si tú quieres,
al hijo de don Beltrán;
que, como en su centro, están
las trazas en las mujeres.
JACINTA.
Una pienso que podría
en este caso importar.
Lucrecia es amiga mía:
ella puede hacer llamar
de su parte a don García;
que como secreta esté
yo con ella en su ventana,
este fin conseguiré.
ISABEL.
Industria tan soberana
solo de tu ingenio fué.
JACINTA.
Pues parte al punto, y mi intento
le dí a Lucrecia, Isabel.
ISABEL.
Sus alas tomaré al viento.
JACINTA.
La dilación de un momento
le dí que es un siglo en él.
ESCENA XI.
DON JUAN, _que encuentra a_ ISABEL _al salir_.--JACINTA.
JUAN.
¿Puedo hablar a tu señora?
ISABEL.
Sólo un momento ha de ser;
que de salir a comer
mi señor don Sancho es hora.
(_Vase._)
JUAN.
Ya, Jacinta, que te pierdo,
ya que yo me pierdo, ya...
JACINTA.
¿Estás loco?
JUAN.
¿Quién podrá
estar con tus cosas cuerdo?
JACINTA.
Repórtate y habla paso:
que está en la cuadra mi tío.
JUAN.
Cuando a cenar vas al río.
¿cómo haces dél poco caso?
JACINTA.
¿Qué dices? ¿Estás en tí?
JUAN.
Cuando para trasnochar
con otro tienes lugar,
tienes tío para mí.
JACINTA.
¿Trasnochar con otro? Advierte
que aunque eso fuese verdad,
era mucha libertad
hablarme a mí desa suerte;
cuanto más que es desvarío
de tu loca fantasía.
JUAN.
Ya sé que fué don García
el de la fiesta del río;
ya los fuegos que a tu coche,
Jacinta, la salva hicieron;
ya las antorchas que dieron
sol al Soto a media noche;
ya los cuatro aparadores
con vajillas variadas,
las cuatro tiendas pobladas
de instrumentos y cantores.
Todo lo sé, y sé que el día
le halló, enemiga, en el río.
Dí agora que es desvarío
de mi loca fantasía.
Dí agora que es libertad
el tratarte desta suerte,
cuando obligan a ofenderte
mi agravio y tu liviandad.
JACINTA.
¡Plega a Dios!...
JUAN.
Deja invenciones;
calla, no me digas nada;
que en ofensa averiguada
no sirven satisfacciones.
Ya, falsa, ya sé mi daño;
no niegues que te he perdido;
tu mudanza me ha ofendido,
no me ofende el desengaño.
Y aunque niegues lo que oí,
lo que ví confesarás:
que hoy lo que negando estás,
en sus mismos ojos ví.
¿Y su padre? ¿Qué quería
agora aquí? ¿Qué te dijo?
¿De noche estás con el hijo,
y con el padre de día?
Yo lo ví; ya mi esperanza
en vano engañar dispones;
ya sé que tus dilaciones
son hijas de tu mudanza.
Mas, cruel, ¡viven los cielos,
que no has de vivir contenta!
Abrásete, pues revienta
este volcán de mis celos.
El que me hace desdichado,
te pierda, pues yo te pierdo.
JACINTA.
¿Tú eres cuerdo?
JUAN.
¿Cómo cuerdo,
amante y desesperado?
JACINTA.
Vuelve, escucha: que si vale
la verdad, presto verás
cuán mal informado estás.
JUAN.
Vóyme; que tu tío sale.
JACINTA.
No sale. Escucha; que fío
satisfacerte.
JUAN.
Es en vano,
si aquí no me das la mano.
JACINTA.
¿La mano? Sale mi tío.
ACTO SEGUNDO.
_Sala en casa de don Beltrán._
ESCENA PRIMERA.
_Salen_ DON GARCÍA (_en cuerpo_) _leyendo un papel_; TRISTÁN Y CAMINO.
GARCÍA.
(_Lee._)
«La fuerza de una ocasión me hace exceder del órden de mi estado.
Sabrála vuestra merced esta noche por un balcón que le enseñará el
portador, con lo demás, que no es para escrito; y guarde nuestro Señor,
etc.»
¿Quién este papel me escribe?
CAMINO.
Doña Lucrecia de Luna.
GARCÍA.
El alma sin duda alguna
que dentro en mi pecho vive.
¿No es esta una dama hermosa,
que hoy antes de mediodía
estaba en la Platería?
CAMINO.
Sí, señor.
GARCÍA.
¡Suerte dichosa!
Informadme, por mi vida,
de las partes desta dama.
CAMINO.
Mucho admiro que su fama
esté de vos escondida.
Porque la habeis visto, dejo
de encarecer que es hermosa;
es discreta y virtuosa,
su padre es viudo y es viejo;
dos mil ducados de renta
los que ha de heredar serán,
bien hechos.
GARCÍA.
¿Oyes, Tristán?
TRISTÁN.
Oigo y no me descontenta.
CAMINO.
En cuanto a ser principal,
no hay que hablar. Luna es su padre,
y fué Mendoza su madre,
tan finos como un coral.
Doña Lucrecia, en efeto,
merece un rey por marido.
GARCÍA.
¡Amor, tus alas te pido
para tan alto sujeto!
¿Dónde vive?
CAMINO.
A la Vitoria.
GARCÍA.
Cierto es mi bien. Que seréis,
dice aquí, quien me guiéis
al cielo de tanta gloria.
CAMINO.
Serviros pienso a los dos.
GARCÍA.
Y yo lo agradeceré.
CAMINO.
Esta noche volveré
en dando las diez, por vos.
GARCÍA.
Eso le dad por respuesta
a Lucrecia.
CAMINO.
Adios quedad.
(_Vase._)
ESCENA II.
DON GARCÍA, TRISTÁN.
GARCÍA.
¡Cielos! ¿qué felicidad,
amor, qué ventura es esta?
¿Ves, Tristán, cómo llamó
la más hermosa el cochero
a Lucrecia, a quien yo quiero?
Que es cierto que quien me habló
es la que el papel envía.
TRISTÁN.
Evidente presunción.
GARCÍA.
Que la otra ¿qué ocasión
para escribirme tenía?
TRISTÁN.
Y a todo mal suceder,
presto de dudas saldrás;
que esta noche la podrás
en el habla conocer.
GARCÍA.
Y que no me engañe es cierto,
según dejó en mi sentido
impreso el dulce sonido
de la voz con que me ha muerto.
ESCENA III.
_Un_ PAJE _con un papel_.--Dichos.
PAJE.
Éste, señor don García,
es para vos.
GARCÍA.
No esté así.
PAJE.
Criado vuestro nací.
GARCÍA.
Cúbrase, por vida mía.
(_Lee a solas._)
«_Averiguar cierta cosa_
_importante a solas quiero_
_con vos: a las siete espero_
_en San Blas.--Don Juan de Sosa._»
(_Ap._ ¡Válame Dios! ¡Desafío!
¿Qué causa puede tener
don Juan, si yo vine ayer,
y él es tan amigo mío?)
Decid al señor don Juan
que esto será así.
(_Vase el Paje._)
TRISTÁN.
Señor,
mudado estás de color.
¿Qué ha sido?
GARCÍA.
Nada, Tristán.
TRISTÁN.
¿No puedo saberlo?
GARCÍA.
No.
TRISTÁN.
(_Aparte._)
Sin duda es cosa pesada.
GARCÍA.
Dame la capa y espada.
(_Vase Tristán._)
¿Qué causa le he dado yo?
ESCENA IV.
DON BELTRÁN, DON GARCÍA; _después_ TRISTÁN.
BELTRÁN.
García...
GARCÍA.
Señor...
BELTRÁN.
Los dos
a caballo hemos de andar
juntos hoy; que he de tratar
cierto negocio con vos.
GARCÍA.
¿Mandas otra cosa?
(_Sale Tristán y dale de vestir a D. García._)
BELTRÁN.
¿A dónde
vais cuando el sol echa fuego?
GARCÍA.
Aquí a los trucos me llego
de nuestro vecino el conde.
BELTRÁN.
No apruebo que os arrojéis
siendo venido de ayer,
a daros a conocer
a mil que no conocéis,
si no es que dos condiciones
guardéis con mucho cuidado,
y son, que jugueis contado,
y habléis contadas razones.
Puesto que mi parecer
es este, haced vuestro gusto.
GARCÍA.
Seguir tu consejo es justo.
BELTRÁN.
Haced que a vuestro placer
aderezo se prevenga
a un caballo para vos.
GARCÍA.
A ordenallo voy. (_Vase._)
BELTRÁN.
Adios.
ESCENA V.
DON BELTRÁN, TRISTÁN.
BELTRÁN.
(_Aparte._ ¡Qué tan sin gusto me tenga
lo que su ayo me dijo!)
¿Has andado con García,
Tristán?
TRISTÁN.
Señor, todo el día.
BELTRÁN.
Sin mirar en que es mi hijo,
si es que el ánimo fiel,
que siempre en tu pecho he hallado
agora no te ha faltado,
me dí lo que sientes dél.
TRISTÁN.
¿Qué puedo yo haber sentido
en un término tan breve?
BELTRÁN.
Tu lengua es quien no se atreve;
que el tiempo bastante ha sido,
y más a tu entendimiento.
Dímelo, por vida mía,
sin lisonja.
TRISTÁN.
Don García,
mi señor, a lo que siento,
que he de decirte verdad,
pues que tu vida has jurado...
BELTRÁN.
Desa suerte has obligado
siempre a tí mi voluntad.
TRISTÁN.
Tiene un ingenio excelente
con pensamientos sutiles;
mas caprichos juveniles
con arrogancia imprudente.
De Salamanca reboza
la leche, y tiene en los labios
los contagiosos resabios
de aquella caterva moza:
aquel hablar arrojado,
mentir sin recato y modo,
aquel jactarse de todo,
y hacerse en todo extremado.
Hoy en término de una hora
echó cinco o seis mentiras.
BELTRÁN.
¡Válgame Dios!
TRISTÁN.
¿Qué te admiras?
Pues lo peor falta agora;
que son tales, que podrá
cogerle en ellas cualquiera.
BELTRÁN.
¡Ay Dios!
TRISTÁN.
Yo no te dijera
lo que tal pena te da,
a no ser de tí forzado.
BELTRÁN.
Tu fe conozco y tu amor.
TRISTÁN.
A tu prudencia, señor,
advertir será excusado
el riesgo que correr puedo,
si esto sabe don García,
mi señor.
BELTRÁN.
De mí confía:
pierde, Tristán, todo el miedo.
Manda luego aderezar
los caballos.
(_Vase Tristán._)
ESCENA VI.
DON BELTRÁN.
Santo Dios,
pues esto permitís vos,
esto debe de importar.
¡A un hijo sólo, a un consuelo
que en la tierra le quedó
a mi vejez triste, dió
tan gran contrapeso el cielo!
Ahora bien, siempre tuvieron
los padres digustos tales;
siempre vieron muchos males
los que mucha edad vivieron.
Paciencia: hoy he de acabar,
si puedo, su casamiento:
con la brevedad intento
este daño remediar,
antes que su liviandad
en la corte conocida,
los casamientos le impida
que pide su calidad.
Por dicha, con el cuidado
que tal estado acarrea,
de una costumbre tan fea
se vendrá a ver enmendado,
que es vano pensar que son
el reñir y aconsejar
bastantes para quitar
una fuerte inclinación.
ESCENA VII.
TRISTÁN, DON BELTRÁN.
TRISTÁN.
Ya los caballos están,
viendo que salir procuras,
probando las herraduras
en las guijas del zaguán;
porque con las esperanzas
de tan gran fiesta, el overo
a solas está primero
ensayando sus mudanzas,
y el bayo, que ser procura
émulo al dueño que lleva,
estudia con alma nueva
movimiento y compostura.
BELTRÁN.
Avisa, pues, a García.
TRISTÁN.
Ya te espera tan galán,
que en la corte pensarán
que a estas horas sale el día.
(_Vanse._)
* * * * *
_Sala en casa de don Sancho._
ESCENA VIII.
ISABEL, JACINTA.
ISABEL.
La pluma tomó al momento
Lucrecia, en ejecución
de tu agudo pensamiento,
y esta noche en su balcón
para tratar este intento
le escribió que aguardaría,
para que puedas en él
platicar con don García.
Camino llevó el papel,
persona de quien se fía.
JACINTA.
Mucho Lucrecia me obliga.
ISABEL.
Muestra en cualquiera ocasión
ser tu verdadera amiga.
JACINTA.
¿Es tarde?
ISABEL.
Las cinco son.
JACINTA.
Aun durmiendo me fatiga
la memoria de don Juan;
que esta siesta le he soñado
celoso de otro galán.
(_Miran adentro._)
ISABEL.
¡Ay, señora! Don Beltrán,
y el perulero a su lado!
JACINTA.
¿Qué dices?
ISABEL.
Digo que aquel
que hoy te habló en la Platería,
viene a caballo con él.
Mírale.
JACINTA.
Por vida mía,
que dices verdad que es él.
¡Hay tal! ¿Cómo el embustero
se nos fingió perulero,
si es hijo de don Beltrán?
ISABEL.
Los que intentan, siempre dan
gran presunción al dinero,
y con ese medio hallar
entrada en tu pecho quiso:
que debió de imaginar
que aquí le ha de aprovechar
más ser Midas que Narciso.
JACINTA.
En decir que ha que me vió
un año, también mintió,
porque don Beltrán me dijo
que ayer a Madrid su hijo
de Salamanca llegó.
ISABEL.
Si bien lo miras, señora,
todo verdad puede ser:
que entonces te pudo ver,
irse de Madrid, y agora
de Salamanca volver.
Y cuando no, ¿qué le admira
que quien a obligar aspira
prendas de tanto valor,
para acreditar su amor
se valga de una mentira?
Demás que tengo por llano,
si no miente mi sospecha,
que no le encarece en vano;
que hablarte hoy su padre es flecha
que ha salido de su mano.
No ha sido, señora mía,
acaso que el mismo día
que él te vió y mostró quererte,
venga su padre a ofrecerte
por esposo a don García.
JACINTA.
Dices bien; mas imagino
que el término que pasó
desde que el hijo me habló
hasta que su padre vino,
fué muy breve.
ISABEL.
Él conoció
quién eres, encontraría
su padre en la Platería,
hablóle, y él, que no ignora
tus cualidades, y adora
justamente a don García,
vino a tratarlo al momento.
JACINTA.
Al fin, como fuere sea.
De sus partes me contento,
quiere el padre, él me desea:
da por hecho el casamiento.
(_Vanse._)
* * * * *
_Paseo de Atocha._
ESCENA IX.
DON BELTRÁN, DON GARCÍA.
BELTRÁN.
¿Qué os parece?
GARCÍA.
Que animal
no ví mejor en mi vida.
BELTRÁN.
¡Linda bestia!
GARCÍA.
Corregida,
de espíritu racional,
¡Qué contento y bizarría!
BELTRÁN.
Vuestro hermano don Gabriel,
que perdone Dios, en él
todo su gusto tenía.
GARCÍA.
Ya que convida, señor,
de Atocha la soledad,
declara tu voluntad.
BELTRÁN.
Mi pena diréis mejor.
¿Sois caballero, García?
GARCÍA.
Téngome por hijo vuestro.
BELTRÁN.
¿Y basta ser hijo mío
para ser vos caballero?
GARCÍA.
Yo pienso, señor, que sí.
BELTRÁN.
¡Qué engañado pensamiento!
Sólo consiste en obrar
como caballero, el serlo.
¿Quién dió principio a las casas
nobles? Los ilustres hechos
de sus primeros autores,
sin mirar sus nacimientos,
hazañas de hombres humildes
honraron sus herederos.
Luego en obrar mal o bien
está el ser malo o ser bueno.
¿Es así?
GARCÍA.
Que las hazañas
den nobleza, no lo niego;
mas no neguéis que sin ellas
también la da el nacimiento.
BELTRÁN.
Pues si honor puede ganar
quien nació sin él, ¿no es cierto
que por el contrario puede,
quien con él nació, perdello?
GARCÍA.
Es verdad.
BELTRÁN.
Luego si vos
obráis afrentosos hechos,
aunque séais hijo mío,
dejáis de ser caballero;
luego si vuestras costumbres
os infaman en el pueblo,
no importan paternas armas,
no sirven altos abuelos.
¿Qué cosa es que la fama
diga a mis oídos mesmos
que a Salamanca admiraron
vuestras mentiras y enredos?
¡Qué caballero, y qué nada!
Si afrenta al noble y plebeyo
sólo el decirle que miente,
decid, ¿qué será el hacerlo,
si vivo sin honra yo,
según los humanos fueros,
mientras de aquel que me dijo
que mentía no me vengo?
¿Tan larga tenéis la espada,
tan duro tenéis el pecho,
que pensáis poder vengaros,
diciéndolo todo el pueblo?
¿Posible es que tenga un hombre
tan humildes pensamientos,
que viva sujeto al vicio
mas sin gusto y sin provecho?
El deleite natural
tiene a los lascivos presos:
obliga a los codiciosos
el poder que da el dinero;
el gusto de los manjares
al glotón; el pasatiempo
y el cebo de la ganancia
a los que cursan el juego;
su venganza al homicida,
al robador su remedio;
la fama y la presunción
al que es por la espada inquieto:
todos los vicios, al fin,
o dan gusto o dan provecho;
mas de mentir, ¿qué se saca
sino infamia y menosprecio?
GARCÍA.
Quien dice que miento yo
ha mentido.
BELTRÁN.
También eso
es mentir; que aun desmentir
no sabeis, sino mintiendo.
GARCÍA.
Pues si dais en no creerme.
BELTRÁN.
¿No seré necio si creo
que vos decís verdad solo,
y miente el lugar entero?
Lo que importa es desmentir
esta fama con los hechos,
pensar que este es otro mundo,
hablar poco y verdadero.
Mirad que estáis a la vista
de un rey tan santo y perfeto,
que vuestros yerros no pueden
hallar disculpa en sus yerros;
que tratáis aquí con grandes,
títulos y caballeros,
que si os saben la flaqueza
os perderán el respeto;
que tenéis barba en el rostro,
que al lado ceñís acero,
que nacístes noble al fin,
y que yo soy padre vuestro:
y no he de deciros más;
que esta sofrenada espero
que baste para quien tiene
calidad y entendimiento.
Y agora, porque entendáis
que en vuestro bien me desvelo,
sabed que os tengo, García,
tratado un gran casamiento.
GARCÍA.
(_Aparte._)
¡Ay mi Lucrecia!
BELTRÁN.
Jamás
pusieron, hijo, los cielos
tantas, tan divinas partes
en un humano sujeto
como en Jacinta, la hija
de don Fernando Pacheco,
de quien mi vejez pretende
tener regalados nietos.
GARCÍA.
(_Aparte._)
¡Ay Lucrecia! Si es posible
tú sola has de ser mi dueño.
BELTRÁN.
¿Qué es esto? ¿No respondéis?
GARCÍA.
(_Aparte._)
Tuyo he de ser, vive el cielo.
BELTRÁN.
¿Qué os entristecéis? Hablad;
no me tengáis más suspenso.
GARCÍA.
Entristézcome, porque es
imposible obedeceros.
BELTRÁN.
¿Por qué?
GARCÍA.
Porque soy casado.
BELTRÁN.
¡Casado! ¡Cielos! ¿Qué es esto?
¿Cómo sin saberlo yo?
GARCÍA.
Fué fuerza, y está secreto.
BELTRÁN.
¡Hay padre más desdichado!
GARCÍA.
No os aflijáis; que en sabiendo
la causa, señor, tendréis
por venturoso el efeto.
BELTRÁN.
Acabad, pues; que mi vida
pende sólo de un cabello.
GARCÍA.