BELTRÁN.

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NOTA DE TRANSCRIPCIÓN

* Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se

han convertido a MAYÚSCULAS.

* Los errores de imprenta han sido corregidos sin avisar.

* Se ha respetado la ortografía del original, normalizándola a la

grafía de mayor frecuencia.

* Las notas a pie de página se han renumerado y colocado a

continuación del párrafo que contiene su llamada.

* En la lista de Personas:

a) Se añade “[de Luna]” al segundo Don Juan (viejo grave), para

evitar confundirlo con el primer Don Juan, apellidado “de Sosa”

en el texto.

b) Se añade “Lucrecia, dama”, para suplir un olvido en el que no

incurren otras ediciones.

* Para facilitar la lectura, se han expandido todas las abreviaturas

en los nombres de los personajes.

JUAN RUIZ DE ALARCÓN

LA VERDAD

SOSPECHOSA

NOTAS PRELIMINARES

DE

JULIO JIMÉNEZ RUEDA

PORTADA DE ANTONIO CORTÉS.

CULTURA

T. IV NUM. 2

1917

Junio 1º de 1917

«IMPRENTA VICTORIA»--4ª CALLE DE VICTORIA 92

[Ilustración: Ldo. Juan Ruiz de Alarcón]

NOTAS PRELIMINARES.

México ha sido propicio al florecimiento de la poesía lírica: desde

Francisco de Terrazas hasta la pléyade flamante de los poetas

novísimos, no se ha roto la cadena del verbo de oro. Ha habido

representantes de todas las escuelas, ha producido el más alto poeta

de la lengua, en determinado momento: Sor Juana; ha sido cuna de

precursores de un movimiento revolucionario que había de renovar

todos los valores estéticos en la lírica castellana: Gutiérrez Nájera

marca uno de los puntos de partida de la renovación. Pero si tal ha

sucedido con la lírica, no puede decirse lo mismo de la dramática, la

dramática no ha tenido sino breves momentos de esplendor, tan fugaces

y pasajeros, que pasan como destellos prestados por el luminar que

brilla con alternativas de opacidad y vigor en la Metrópoli castellana.

Desde el manso e ingenuo Fernán González de Eslava, han ido a abrevarse

nuestros dramaturgos en las fuentes del teatro español, y el teatro

español sigue siendo en nuestros días, si no la única, sí cuando menos

la corriente más caudalosa que satisface nuestras aficiones escénicas.

En el amplio y espacioso tablado de la escena hispana, no ya formado

con los “cuatro bancos y cuatro o seis tablas encima” de la época de

Lope de Rueda, sino acondicionado con los arreos más vistosos que

la imaginación cómica y los arrebatos trágicos le puedan prestar,

debe buscarse el desarrollo de nuestro teatro y estudiarse a sus

autores. El alma española ha tenido siempre un rincón dedicado a las

disquisiciones filosóficas, al eterno aspirar al cielo, a la sutil

dialéctica que se manifestaba en voluminosos tratados de Teología

y Metafísica, en rectilíneos compendios de Ascética, en ardientes

coloquios místicos: Suarez, Vives, los Luises, Santa Teresa, San

Juan de la Cruz. El teatro, que es el más fiel espejo del alma de

los pueblos, y más un teatro que arrancaba como el español de lo más

profundo de la conciencia nacional, formado por el caudal épico de

las primitivas gestas heroicas, vaciadas en el romance y volcadas en

la escena, por una parte, y por otra la inagotable vena satírica, la

visión de la realidad pujante y vigorosa retrada y aprisionada en las

novelas por artífices geniales, ramas de aquel tronco exúbero que se

llamó el Arcipreste de Hita, y que halla su expresión más cálida en

una novela que es a la vez drama: _La Celestina_, arco triunfal con

que se abren los Siglos de Oro, el teatro, pues, que es compendio y

cifra de ese espíritu nacional, tiene en D. Pedro Calderón de la Barca

su poeta teológico y metafísico por excelencia; lo caballeresco, lo

aventurero, lo bizarro, tan genuino y natural en aquellos tiempos

cercanos al Renacimiento, lo reivindica para sí el Fénix de los

Ingenios; lo picaresco, lo amable y picante de la vida, brota de la

pluma del mercedario Fray Gabriel Téllez, que también a las veces es

profundo creador de caracteres trágicos. D. Agustín de Moreto conoce

como ninguno de sus colegas el secreto del _métier_, es el técnico por

excelencia del teatro español; hasta la verbosidad lírica tiene su

expresión en las tiradas del D. _García del Castañar_ del sevillano

D. Francisco de Rojas y Zorrilla. No se agota ahí todo: España poseía

vastas y dilatadas colonias aquende el Atlántico, poseedoras, en

sus habitantes, de una alma que ya comenzaba a diferenciarse de la

peninsular, ya surgía la rivalidad y el odio que habían de estallar

tres siglos más tarde entre naturales y advenedizos y que campea en

los sonetos encontrados por García Icazbalceta. Esa alma criolla,

caracterizada por “la discreción, la sobria mesura, el sentimiento

melancólico crepuscular y otoñal que van concordes con este otoño

perpetuo de las alturas, bien distinto de la eterna primavera

fecunda de los trópicos: este otoño de temperaturas discretas que

jamás ofenden, de crepúsculos suaves y de noches serenas” que pinta

Pedro Enríquez Ureña, ese rincón del alma de la raza, se incorpora

también al torrente del teatro castellano y es expresado por el más

alto dramaturgo que ha producido la América española D. Juan Ruiz de

Alarcón, el más mexicano, después de Sor Juana, que viviera en el

coloniaje, y uno de los más mexicanos que hayan nacido en la República.

D. Juan Ruiz de Alarcón es ante todo y sobre todo “el clásico de un

teatro romántico --dice Menéndez Pelayo-- sin quebrantar la fórmula

de aquel teatro ni amenguar los derechos de la imaginación en aras de

una preceptiva estrecha o de un dogmatismo ético.” “Poeta moralista

con moral de caballeros, única que el auditorio hubiera sufrido en el

teatro, y así abrió en el arte su propio surco, no muy ancho; pero

sí muy hondo.” “Moralista entre hombres de imaginación” según el

atinado criterio de Hartzenbusch, sabía apreciar el tono y la medida

y desarrollar sus comedias con aquella extrañeza y novedad que tanto

placían a D. Juan Pérez de Montalbán.

“Alarcón es, para Ed. Barry, el más moderno y el más igual entre los

poetas dramáticos de su siglo y también el que presenta más cosas

dignas de admiración.” Alarcón es superior a Lope, Tirso y Calderón

“por la emoción, por la selección y variedad de los asuntos, por la

naturalidad del diálogo, por la verosimilitud de la fábula, por la

moralidad del fin, por la sobriedad de los medios y de los adornos, en

fin, por la corrección sostenida de un estilo, que es, después de tres

siglos, uno de los mejores modelos que hay que señalar a la imitación”.

No fué la vida de Alarcón ciertamente, como la de la generalidad de los

poetas de entonces, arrebatada, férvida, múltiple y varia, aventurera,

_renacentista_, en una palabra; no pasó por soldado en ningún tercio,

ni en Flandes, ni en Italia a las órdenes de Farnesio, del Duque

de Alba o del Gran Capitán, ni asistió como su amigo D. Miguel de

Cervantes Saavedra a “la más memorable y alta ocasión que vieron los

pasados siglos ni esperan ver los venideros” bajo las banderas del gran

D. Juan de Austria; ni paró en fraile o sacerdote como Lope de Vega

o Calderón, tan metidos en su nuevo oficio, que el primero desmayaba

en la hora más solemne de la misa. D. Juan era feo, corcovado, moreno

según todas las probabilidades. Había nacido en México, por los años

de 1580 a 1581 y era descendiente de una de las familias más nobles de

España, oriunda, según Baltasar Medina en su _Crónica de la Provincia

de San Diego de México_, “de la pequeña villa de Alarcón, perteneciente

a la provincia y obispado de Cuenca”. Murió el 4 de agosto de 1639, en

la calle de las Urosas, parroquia de San Sebastián, en Madrid, siendo

anunciada su muerte en forma breve y un tanto cruel, por el gacetillero

Pellicer de Tovar en sus _Avisos del año de 1639_. Fué estudiante en

Salamanca y en Sevilla por los años de 1600 a 1608, correspondiendo

cinco de estos a la de Salamanca y tres a la Hispalense; Licenciado

en Derecho por la Real y Pontificia Universidad de Nueva España;

vuelto a Madrid en 1614; eterno aspirante a empleos en España o en

las Indias y siempre desairado; blanco de la sátira de sus colegas

Quevedo, Góngora; colaborador de Tirso por los años de 1619 a 1623 en

_La Villana de Vallecas_, fué recogiendo en sus vagares por la Corte

un tesoro de enseñanzas éticas que habían de fincar más tarde en sus

comedias. A esa vida de privación y sufrimiento constante: a esa figura

desmedrada y contrahecha en un tiempo en que la apostura y bizarría

eran indispensables en el hombre para triunfar: a la necesidad, “sexto

sentido” que diría Gracián, debemos la originalidad de sus comedias.

Pocos autores habrá que se retraten tan fielmente en sus obras como el

mexicano en las suyas: hay perfecta unidad en todas ellas, todas, la

que más, la que menos, encierran un fin ético, plantean un problema

moral, como podía plantearse en aquellos tiempos. Las que discrepan

del sistema: _El Anticristo_, _El Tejedor de Segovia_, son meros

accidentes, ensayos de incorporación al gusto reinante, de imitación

de dramaturgos aplaudidos. El alma de Alarcón se retrata en sus

obras, diáfana, sencilla, fuente inagotable de raudales de bondad,

de filosofía serena, de consejos generosos. ¡Qué mucho, pues, que no

hayan sido comprendidas, por su simplicidad relativa con respecto a las

de Lope por ejemplo, por un público cuya característica fundamental

era, según Henríquez Ureña “la necesidad de movimiento”. Acción

hipertrofiada, desbordamientos de vida, tanto en la ficción como en

la realidad, en la realidad que tuvo su expresión más cumplida en los

portentosos descubrimientos y las pasmosas hazañas de la conquista de

América.

En las gradas de San Felipe el Real, en las covachuelas del Pardo y en

los mil y un sitios de la Villa y Corte, debió recoger, junto con las

amarguras, dificultades, desengaños y dolores, el tesoro de argentería

que prodigó en sus comedias. La Corte le daba materia cumplida, así

en los que pisaban los senderos del Real sitio de Aranjuez, como en

los humildes criados, escuderos y rodrigones, discretos siempre,

bachilleres alguna vez, que acompañaban a sus señores en andanzas,

aventuras y discreteos. Todo lo que veía pasaba por el crisol de su

espíritu bañándose en las fuentes vivas de una bondad ingénita y al

aparecer de nuevo, objetivándose otra vez sobre las tablas del Corralón

de la Pacheca, tomaba una forma amable, sin ironías siquiera, que es

como trascienden del alma las visiones de la realidad empapadas en

lágrimas. Mundo visto a través de un prisma azul, no heroico como el

de Lope, que agigantaba la visión, ni socarrón como el de Tirso que

agitaba los cascabeles de la risa, sino sereno, diáfano, luminoso, que

enseñaba las deformidades de la conducta y guiaba en la vida por el

sendero del honor, un honor muy castellano, al que oteaba desde él las

mil revueltas pasioncillas e intereses, amores y devaneos de que era

universidad la Corte castellana.

Y a través de ese prisma de serenidad y discreción que le daba su

calidad de mexicano, es como contemplamos a todos los galanes, damas y

aun graciosos de su teatro.

Los galanes tienen la apariencia externa de los galanes del teatro

español: aventureros, pendencieros, discretos, enamorados, valientes,

apuestos, arrogantes, fanfarrones alguna vez, picados siempre de la

araña del honor, han bordado sobre él un código complicado y fecundo

en conclusiones inusitadas; componen tan presto un madrigal como

se desafían al pie de la ventana de sus dueños; pero interiormente

están formados de un material más noble, dotados de sentimientos más

generosos, de nobleza más quilatada. Así _Los Pechos privilegiados_,

es un palenque en que se disputan a porfía los más altos y nobles

sentimientos el Marqués D. Fadrique y D. Fernando; D. García Ruiz de

Alarcón es modelo de caballeros en _Las Paredes oyen_. Al lado de

éstos, se encuentran otros, afeados por algún vicio, D. García (¿tomó

por modelo a D. Rodrigo de Calderón, famoso en la Corte por sus

embustes?) D. Mendo (¿fué, acaso, el Conde de Villamediana, o quizá D.

Francisco Guzmán de Mendoza y Feria, llamado de Figueroa, gentilhombre

del Marqués de Montesclaros «mapa de apellidos», como le llama el mismo

Alarcón en _Mudarse por mejorarse_?) dotados de una humanidad plena

que es el mayor timbre de gloria de Alarcón. Son aturdidos, educados

en la escuela de ponderación y de maledicencia de la Corte, son frutos

de ella, genuinos y vigorosos, flor y nata de embusteros simpáticos y

de malsines sabrosos que al fin y al cabo reciben el castigo de sus

embustes. Hay un galán que atrae profundamente la atención: D. Fernando

Ramírez de Vargas, el Pedro Alonso de _El Tejedor de Segovia_, que

llega a codearse con los caracteres más excelsos del teatro de Lope.

El caballero, bandido por las circunstancias, es flor exquisita que

después de mil transformaciones, florecería lozanamente en el jardín

romántico para ser, por ejemplo, el _D. Alvaro_ del Duque de Rivas.

Las damas, tratadas menos vigorosamente que los galanes, son discretas,

volubles, sencillas. D. Juan Ruiz de Alarcón no las quería bien sin

embargo, no debió haber sido afortunado en amores: _Las Paredes oyen_

son, seguramente, un documento interesante para reconstruir la vida

espiritual del mexicano: pero a la Ana de _Las Paredes oyen_, la dota

al fin y al cabo de un espíritu de justicia al preferir al García feo y

contrahecho, al D. Mendo murmurador.[1] La Celia es modelo de criadas,

de amigas mejor, que saben aconsejar y terciar en amores sin otro fin

que el bien de sus señoras. Prefieren las damas de Alarcón, el dinero

al amor, al talento los títulos de nobleza, (la Leonor de _Mudarse

por mejorarse_), el amor a la devoción (la Ana de _Las Paredes oyen_

en su escapatoria del novenario de San Juan); tienen convites a las

márgenes del Manzanares, admiten galanes y cortejadores. No son

seguramente las damas celadas por padres y hermanos adustos dentro

de las cuatro paredes de sus alcázares señoriales, que salen muy de

mañana cuidadas por dueñas quintañonas, velado el rostro, inclinada la

faz, para no mirar siquiera al galán que, cabe la pila de agua bendita

de la iglesia de San Justo, les ofrece en sus dedos dos gotitas de

ella, mensajeras de un amor contemplativo, quintaesenciado, nacido de

los armoniosos versos del Petrarca. Muchas eran las damas alegres de

la Corte, tantas, que admiraron al grave Cardenal Camilo Borghese,

más tarde Soberano Pontífice bajo el dictado de Paulo V: al grave

caballero portugués Bartolomé Pinheiro da Veiga y al no menos noble

Van Aarseens de Sommerdyk, y ellas eran las conocidas de los poetas,

las de los convites y las fiestas. Pasta adorable de mujeres en que el

maestro Téllez imprimió sus dedos maliciosos, para darle forma de seres

adorablemente desenvueltos y el Licenciado Alarcón puso los suyos,

amables y bondadosos, para sacar de la arcilla vivos modelos de su alma.

[1] Es interesante el dato, para investigar los sentimientos y

las ideas que dieron lugar a _Las Paredes oyen_, de saber que el

Conde de Villamediana casó en 1618 con doña Ana de Mendoza.

Los criados son también característicos en el teatro del mexicano,

algunos, el Tello de _Todo es ventura_, llega a ser el protagonista

de la obra. El gracioso es una variedad de criados, sólo que no es

impertinente, ni desvergonzado, ni licencioso: el Tristán de _El

Desdichado en fingir_, se sabe _par cœur_ el _Ars Amandi_ de Ovidio

en su idioma original. El criado en el teatro español es un personaje

central, en el francés, en el de Molière sobre todo, lo es también,

y el gracioso es el que origina el enredo, tomemos por ejemplo y al

azar _Les fourberies de Scapin_, _L’Étourdi_. El criado teje y desteje

la acción. Y es que el gracioso arranca directamente del riñón del

pueblo, es el elemento popular que se incorpora en el teatro, ya de

campanillas, ya ilustrado por el genio de artistas renombrados e

insignes. Es un hijo del pueblo que habla en la escena, era sin duda

el personaje preferido de las multitudes que llenaban el _patio_ y

la _cazuela_. De simple que es en las comedias de Torres Naharro,

Juan del Encina, Gil Vicente y sobre todo de Lope de Rueda, se vuelve

discreto al correr de los tiempos que cambian, de la Edad Media que

se va para dar lugar al tráfago de Renacimiento, a la cultura nueva

que se adquiere, a la vida nueva que se origina. De simple se torna

en discreto, más discreto de lo que podía pedírsele a un criado, y de

su boca nacen todos los donaires, todas las alusiones. Es, en fin, el

personaje cómico por excelencia en la manera de concebir la técnica

del teatro antiguamente, que viene de Aristófanes y Menandro hasta

Shakespeare y Calderón pasando por Plauto y Terencio. Es, además, el

pícaro de las novelas, hermano de Lazarillo y de Guzmán, que pide para

sus travesuras un puesto en la escena, para divertir a sus hermanos los

de la masa del pueblo, del pobre pueblo de entonces, con sus acervos de

sal. El gracioso, el clásico escudero, ha resucitado, poco ha, sólo que

ahora engendrado por un espíritu profundamente culto, sutil y refinado.

Ha heredado de él las hieles de una sátira amarga, de una experiencia

acibarada de la vida y pasea guiando a su señor, movidos ambos por los

cordeles groseros de _Los intereses creados_.

Estos son los personajes en que Alarcón ha templado su genio. No

son seguramente creaciones portentosas, no, Alarcón no arrebata, no

subyuga, pero deja en la boca un sabor amable a fruta sazonada y en los

ojos la visión cordial del sol que se hunde lentamente tocando de fuego

la nieve de los volcanes.

México, enero 25 de 1917.

JULIO JIMÉNEZ RUEDA.

LA VERDAD SOSPECHOSA[2]

COMEDIA EN TRES ACTOS.

[2] _Hemos tenido presente, al hacer esta edición, la tercera de

la de Ed. Barry, de la colección que dirige M. E. Merimée, París,

Garnier Hermanos, libreros editores._

LA VERDAD SOSPECHOSA

_La Verdad sospechosa_, escrita probablemente con anterioridad al año

de 1621, según la autorizada opinión de D. Juan Eugenio Hartzenbusch,

fué dada a la estampa por primera vez en la “_Parte segunda de las

comedias del Licenciado Don Juan Rvyz de Alarcón y Mendoza, Relator

del Consejo Real de las Indias. Dirigidas al excelentíssimo señor D.

Ramiro Felipe de Guzmán, señor de la Casa de Guzmán, Duque de Medina

de las Torres, etc.--Año 1634.--Con licencia. En Barcelona. Por

Sebastián Cornellas, al Call.” La Verdad sospechosa_, como _El Tejedor

de Segovia_, _El Examen de maridos_, etc., corrían impresas ya como de

otros autores; según se queja el propio Alarcón en el proemio al lector

de esta la segunda parte de sus comedias.

_La Verdad sospechosa_, pasó muchos años como de Lope de Vega (apareció

como de este autor en la _Parte 22, año de 1630, de las comedias del

Fénix de España, Lope de Vega_) y en este predicamento rebasó las

fronteras para dar origen a la primera comedia de carácter del teatro

francés, como española había sido también la primera tragedia que

inspirara a Corneille: _Las mocedades del Cid_ de Guillén de Castro.

Corneille imitó nuestra comedia en _Le Menteur_.--Año de 1644, en

que apareció la primera edición de la obra a que nos referimos.

La comedia francesa está dividida en cinco actos, y concebida,

naturalmente, dentro de los prejuicios de retórica que más tarde

había de estatuir y sistematizar Boileau y que ya se adivinaban en el

ambiente literario de entonces. Trata Corneille de mantenerse, en lo

posible, dentro de las famosas reglas de las tres unidades, malamente

atribuídas a Aristóteles, por interpretaciones más o menos sutiles

de la _Epístola a los Pisones_ de Horacio. Esa eterna preocupación

resta vigor, energía y sobre todo, frescura y lozanía a _Le Menteur_:

la acción se desarrolla lánguida y pesadamente, introduce Corneille

personajes que no existen en el original español y que no explican

satisfactoriamente su presencia: la Sabina de los dos últimos actos, el

Arganto del acto V, de la edición primera y suprimido felizmente en las

ediciones posteriores. Las escenas más frescas y lozanas de la comedia

española vgr.: la descripción de la prímorosa cena en el Manzanares

(escena VII del acto primero); la invención del casamiento de D.

García en Salamanca (escena II del mismo); la descripción que hace

el embustero de su desafío con D. Juan (escena VII del acto tercero)

pierden mucho de su gallardía y donosura, se tornan descoloridas y

frías en las escenas V del acto primero, V del segundo y I del acto

cuarto respectivamente de la obra de Corneille. Alarcón, que entre sus

cualidades salientes se encuentra la de rematar felizmente las escenas

y los actos, pierde, al pasar al francés, este sello característico.

Voltaire censura acremente y con razón los finales de acto de _Le

Menteur_ de Corneille. La obra de este es un remedo solo, que tiene

importancia, no por lo que vale intrínsecamente, con ser que es una

de las primeras piezas cómicas del teatro francés, sino por lo que

representa para este último, como que es el antecedente, el punto de

partida de la obra de Molière.

El alejandrino pareado en que se encuentra escrita la comedia francesa

la hace monótona y pesada, falta esa soltura que es el revestimiento

de la gracia y que más adorna a la comedia del mexicano.[3]

[3] Véase el paralelo que entre las dos piezas ha establecido M.

Viguier en la edición Regnier de Corneille.

Del teatro francés pasó al italiano. Durante la primavera de 1750,

Carlos Goldoni hizo representar en Mantua, la comedia intitulada _Il

Bugiardo_, que es inferior al original francés. Goldoni hizo del

embustero, no el aturdido y gallardo personaje de la comedia española,

sino el embustero interesado y de mala fe que miente por cálculo.

Hay mucho metal vil mezclado con oro en esta imitación, el oro no es

seguramente de Goldoni, lo vil no es quizás de él tampoco, la _commedia

dell arte_ había pervertido demasiado el gusto del público italiano.

Goldoni la combatía; pero Goldoni estaba demasiado influenciado por

ella. Escribió en prosa agradablemente salpicada de provincialismos

venecianos.

Existen en la Literatura española algunas imitaciones más o menos

lejanas de _La Verdad sospechosa_, entre ellas debe distinguirse la de

D. Diego y D. José de Figueroa, que se intitula: _Mentir y mudarse a un

tiempo_. D. José Echegaray, según Barry, ha tenido presente el asunto

de la comedia del mexicano, a su manera, para componer _El octavo, no

mentir_.

Es _La Verdad sospechosa_; la obra en que brillan mejor las cualidades

de D. Juan Ruiz de Alarcón es por ello por lo que, en esta selección

debe ocupar lugar preferente. No le han hecho los mexicanos a su poeta

todo el homenaje que debieran, el presente cuaderno saldará en parte la

deuda que para con él se tiene, léanse las páginas que siguen con amor

y con entusiasmo y los manes del que fué postergado en la tierra se

sentirán satisfechos en donde moren.

México, enero de 1917.

J. J. R.

PERSONAS.

DON GARCÍA, _galán_.

DON JUAN, _galán_.

DON FÉLIX, _galán_.

DON BELTRÁN, _viejo grave_.

DON SANCHO, _viejo grave_.

DON JUAN [DE LUNA], _viejo grave_.

TRISTÁN, _gracioso_.

UN LETRADO.

CAMINO, _escudero_.

UN PAJE.

JACINTA, _dama_.

LUCRECIA, _dama_.

ISABEL, _criada_.

UN CRIADO.

_La escena es en Madrid._

ACTO PRIMERO.

_Sala en casa de don Beltrán._

ESCENA PRIMERA.

_Salen por una puerta_ DON GARCÍA, _de estudiante, y un_ LETRADO

_viejo, de camino; y por otra_, DON BELTRÁN Y TRISTÁN.

BELTRÁN.

Con bien vengas, hijo mío.

GARCÍA.

Dame la mano, señor.

BELTRÁN.

¿Cómo vienes?

GARCÍA.

El calor

del ardiente y seco estío

me ha afligido de tal suerte,

que no pudiera llevallo,

señor, a no mitigallo

con la esperanza de verte.

BELTRÁN.

Entra, pues, a descansar.

Dios te guarde. ¡Qué hombre viene!

--Tristán...

TRISTÁN.

Señor...

BELTRÁN.

Dueño tienes

nuevo ya de quien cuidar.

Sirve desde hoy a García;

que tú eres diestro en la corte,

y él bisoño.

TRISTÁN.

En lo que importe

yo le serviré de guía.

BELTRÁN.

No es criado el que te doy,

más consejero y amigo.

GARCÍA.

Tendrá ese lugar conmigo.

(_Vase._)

TRISTÁN.

Vuestro humilde esclavo soy.

(_Vase._)

ESCENA II.

DON BELTRÁN, EL LETRADO.

BELTRÁN.

Déme, señor licenciado,

los brazos.

LETRADO.

Los pies os pido.

BELTRÁN.

Alce ya. ¿Cómo ha venido?

LETRADO.

Bueno, contento y honrado

de mi señor don García,

a quien tanto amor cobré,

que no sé cómo podré

vivir sin su compañía.

BELTRÁN.

Dios le guarde, que en efecto

siempre el señor licenciado

claros indicios ha dado

de agradecido y discreto.

Tan precisa obligación

me huelgo que haya cumplido

García, y que haya acudido

a lo que es tanta razón.

Porque le aseguro yo

que es tal mi agradecimiento,

que como un corregimiento

mi intercesión le alcanzó

(según mi amor, desigual),

de la misma suerte hiciera

darle también, si pudiera,

plaza en el Consejo Real.

LETRADO.

De vuestro valor lo fío.

BELTRÁN.

Sí, bien lo puedo creer;

mas yo me doy a entender

que si con el favor mío

en ese escalón primero

se ha podido poner ya,

sin mi ayuda subirá

con su virtud al postrero.

LETRADO.

En cualquier tiempo y lugar

he de ser vuestro criado.

BELTRÁN.

Ya pues, señor licenciado,

que el timón ha de dejar

de la nave de García

y yo he de encargarme de él,

que hiciese por mí y por él

sola una cosa querría.

LETRADO.

Ya, señor, alegre espero

lo que me queréis mandar.

BELTRÁN.

La palabra me ha de dar

de que lo ha de hacer, primero.

LETRADO.

Por Dios juro de cumplir,

señor, vuestra voluntad.

BELTRÁN.

Que me diga una verdad

le quiero solo pedir.

Ya sabe que fué mi intento

que el camino que seguía

de las letras don García

fuese su acrecentamiento;

que para un hijo segundo

como él era, es cosa cierta

que es esa la mejor puerta

para las honras del mundo.

Pues como Dios se sirvió

de llevarse a don Gabriel,

mi hijo mayor, con que en él

mi mayorazgo quedó,

determiné que, dejada

esa profesión, viniese

a Madrid donde estuviese,

como es cosa acostumbrada

entre ilustres caballeros

en España; porque es bien

que las nobles casas den

a su rey sus herederos.

Pues como es ya don García

hombre que no ha de tener

maestro, y ha de correr

su gobierno a cuenta mía,

y mi paternal amor

con justa razón desea

que, ya que el mejor no sea,

no le noten por peor,

quiero, señor licenciado,

que me diga claramente,

sin lisonja, lo que siente

(supuesto que le ha criado)

de su modo y condición,

de su trato y ejercicio,

y a qué género de vicio

muestra más inclinación.

Si tiene alguna costumbre

que yo cuide de enmendar,

no piense que me ha de dar,

con decirlo, pesadumbre.

Que él tenga vicio es forzoso;

que me pese, claro está;

mas saberlo me será

útil, cuando no gustoso.

Antes en nada a fe mía,

hacerme puede mayor

placer, o mostrar mejor

lo bien que quiere a García,

que en darme este desengaño

cuando provechoso es,

si he de saberlo después

que haya sucedido un daño.

LETRADO.

Tan estrecha prevención,

señor, no era menester

para reducirme a hacer

lo que tengo obligación;

pues es caso averiguado

que cuando entrega al señor

un caballo el picador,

que lo ha impuesto y enseñado,

si no le informa del modo

y los resabios que tiene,

un mal suceso previene

al caballo y dueño y todo.

Deciros verdad es bien;

que, demás del juramento,

daros una purga intento,

que os sepa mal y haga bien.

--De mi señor don García

todas las acciones tienen

cierto acento, en que convienen

con su alta genealogía.

Es magnánimo y valiente,

es sagaz y es ingenioso,

es liberal y piadoso,

si repentino, impaciente.

No trato de las pasiones

propias de la mocedad,

porque en esas con la edad

se mudan las condiciones.

Mas una falta no más

es la que le he conocido,

que por más que le he reñido,

no se ha enmendado jamás.

BELTRÁN.

¿Cosa que a su calidad

será dañosa en Madrid?

LETRADO.

Puede ser.

BELTRÁN.

¿Cuál es? Decid.

LETRADO.

No decir siempre verdad.

BELTRÁN.

¡Jesús! ¡qué cosa tan fea

en hombre de obligación!

LETRADO.

Yo pienso que o condición

o mala costumbre sea,

con la mucha autoridad

que con él tenéis, señor,

junto con que ya es mayor

su cordura con la edad,

ese vicio perderá.

BELTRÁN.

Si la vara no ha podido,

en tiempo que tierna ha sido,

enderezarse, ¿qué hará

siendo ya tronco robusto?

LETRADO.

En Salamanca, señor,

son mozos, gastan humor,

sigue cada cual su gusto,

hacen donaire del vicio,

gala de la travesura,

grandeza de la locura;

hace al fin la edad su oficio.

Mas en la corte mejor

su enmienda esperar podemos,

donde tan validas vemos

las escuelas del honor.

BELTRÁN.

Casi me mueve a reír

ver cuán ignorante está

de la corte. ¿Luego acá

no hay quien le enseñe a mentir?

En la corte, aunque haya sido

un extremo don García,

hay quien le dé cada día

mil mentiras de partido.

Y si aquí miente el que está

en un puesto levantado

en cosa en que al engañado

la hacienda u honor le va,

¿no es mayor inconveniente

quien por espejo está puesto

al reino? Dejemos esto;

que me voy a maldiciente.

Como el toro, a quien tiró

la vara una diestra mano,

arremete al más cercano

sin mirar a quien hirió;

así yo, con el dolor

que esta nueva me ha causado,

en quien primero he encontrado

ejecuté mi furor.

Créame, que si García

mi hacienda, de amores ciego,

disipara, o en el juego

consumiera noche y día,

si fuera de ánimo inquieto

y a pendencias inclinado,

si mal se hubiera casado,

si se muriera en efecto,

no lo llevara tan mal

como que su falta sea

mentir. ¡Qué cosa tan fea!

¡qué opuesta a mi natural!

Ahora bien: lo que he de hacer

es casarle brevemente,

antes que este inconveniente

conocido venga a ser.--

Yo quedo muy satisfecho

de su buen celo y cuidado,

y me confieso obligado

del bien que en esto me ha hecho.

¿Cuándo ha de partir?

LETRADO.

Querría

luego.

BELTRÁN.

¿No descansará

algún tiempo, y gozará

de la corte?

LETRADO.

Dicha mía

fuera quedarme con vos,

pero mi oficio me espera.

BELTRÁN.

Ya entiendo: volar quisiera,

porque va a mandar. Adios.

(_Vase._)

LETRADO.

Guárdeos Dios.--Dolor extraño

le dió al buen viejo la nueva

Al fin, el más sabio lleva

agriamente un desengaño.

(_Vase._)

* * * * *

_Las Platerías._

ESCENA III.

DON GARCÍA, _de galán_; TRISTÁN.

GARCÍA.

¿Díceme bien este traje?

TRISTÁN.

Divinamente, señor.

¡Bien hubiese el inventor

deste holandesco follaje!

Con un cuello acanalado,

¿qué fealdad no se enmendó?

Yo sé una dama a quien dió

cierto amigo gran cuidado

mientras con cuello le vía,

y una vez que llegó a verle

sin él, la obligó a perderle

cuanta afición le tenía.

Porque ciertos costurones

en la garganta cetrina

publicaban la ruina

de pasados lamparones.

Las narices le crecieron,

mostró un gran palmo de oreja,

y las quijadas, de vieja,

en lo enjuto parecieron.

Al fin, el galán quedó

tan otro del que solía,

que no le conocería

la madre que le parió.

GARCÍA.

Por esa y otras razones

me holgara de que saliera

premática que impidiera

esos vanos cangilones.

Que demás desos engaños,

con su holanda el extranjero

saca de España el dinero

para nuestros propios daños.

Una valoncilla angosta,

usándose le estuviera

bien al rostro, y se anduviera

más a gusto a menos costa.

Y no que con tal cuidado

sirve un galán a su cuello,

que por no descomponello,

se obliga a andar empalado.

TRISTÁN.

Yo sé quien tuvo ocasión

de gozar su amada bella,

y no osó llegarse a ella

por no ajar un cangilón.

Y esto me tiene confuso:

todos dicen que se holgaran

de que valonas se usaran,

y nadie comienza el uso.

GARCÍA.

De gobernar nos dejemos

El mundo. ¿Qué hay de mujeres?

TRISTÁN.

El mundo dejas, ¡y quieres

que la carne gobernemos!

¿Es más fácil?

GARCÍA.

Más gustoso.

TRISTÁN.

¿Eres tierno?

GARCÍA.

Mozo soy.

TRISTÁN.

Pues en lugar entras hoy

donde amor no vive ocioso.

Resplandecen damas bellas

en el cortesano suelo

de la suerte que en el cielo

brillan lucientes estrellas.

En el vicio y la virtud

y el estado hay diferencia,

como es varia su influencia,

resplandor y magnitud.

Las señoras, no es mi intento

que en este número estén;

que son ángeles a quien

no se atreve el pensamiento.

Sólo te diré de aquellas

que son, con almas livianas,

siendo divinas, humanas,

corruptibles, siendo estrellas.

Bellas casadas verás

conversables y discretas,

que las llamo yo planetas

porque resplandecen más.

Estas, con la conjunción

de maridos placenteros,

influyen en extranjeros

dadivosa condición.

Otras hay cuyos maridos

a comisiones se van,

o que en las Indias están

o en Italia entretenidos.

No todas dicen verdad

en esto; que mil taimadas

suelen fingirse casadas

por vivir con libertad.

Verás de cautas pasantes

hermosas recientes hijas;

estas son estrellas fijas,

y sus madres son errantes.

Hay una gran multitud

de señoras del tusón,

que entre cortesanas, son

de la mayor magnitud.

Síguense tras las tusonas,

otras que serlo desean;

y aunque tan buenas no sean,

son mejores que busconas.

Estas son unas estrellas

que dan menor claridad;

mas en la necesidad

te habrás de alumbrar con ellas.

La buscona no la cuento

por estrella, que es cometa,

pues ni su luz es perfeta

ni conocido su asiento.

Por las mañanas se ofrece

amenazando al dinero,

y en cumpliéndose el agüero,

al punto desaparece.

Niñas salen, que procuran

gozar todas ocasiones:

estas son exhalaciones

que mientras se queman, duran.

Pero que adviertas es bien,

si en estas estrellas locas,

que son estables muy pocas,

por más que un Perú les den.

No ignores, pues yo no ignoro,

que un signo el de Virgo es,

y los de cuernos son tres,

Aries, Capricornio y Toro;

y así, sin fiar en ellas

lleva un presupuesto sólo,

y es que el dinero es el polo

de todas estas estrellas.

GARCÍA.

¿Eres astrólogo?

TRISTÁN.

Oí

el tiempo que pretendía

en palacio, astrología.

GARCÍA.

¿Luego has pretendido?

TRISTÁN.

Fuí

pretendiente, por mi mal.

GARCÍA.

¿Cómo en servir has parado?

TRISTÁN.

Señor, porque me han faltado

la fortuna y el caudal;

aunque quien te sirve, en vano

por mejor suerte suspira.

GARCÍA.

Deja lisonjas, y mira

el marfil de aquella mano,

el divino resplandor

de aquellos ojos, que juntas

despiden entre las puntas

flechas de muerte y de amor.

TRISTÁN.

¿Dices de aquella señora

que va en el coche?

GARCÍA.

¿Pues cuál

merece alabanza igual?

TRISTÁN.

¡Qué bien encajaba agora

eso de coche del sol,

con todos sus adherentes

de rayos de fuego ardientes

y deslumbrante arrebol!

GARCÍA.

La primer dama que ví

en la corte, me agradó.

TRISTÁN.

¿La primera en tierra?

GARCÍA.

No,

la primera en cielo sí;

que es divina esta mujer.

TRISTÁN.

Por puntos las toparás

tan bellas, que no podrás

ser firme en tu parecer.

Yo nunca he tenido aquí

constante amor ni deseo;

que siempre por la que veo

me olvido de la que ví.

GARCÍA.

¿Dónde ha de haber resplandores

que borren los destos ojos?

TRISTÁN.

Míraslos ya con antojos,

que hacen las cosas mayores.

GARCÍA.

¿Conoces, Tristán?...

TRISTÁN.

No humanes

lo que por divino adoras:

porque tan altas señoras

no tocan a los Tristanes.

GARCÍA.

Pues yo al fin, quien fuere sea,

la quiero, y he de servilla,

tú puedes, Tristán, seguilla.

TRISTÁN.

Detente; que ella se apea

en la tienda.

GARCÍA.

Llegar quiero.

¿Úsase en la corte?

TRISTÁN.

Sí,

con la regla que te dí,

de que es el polo el dinero.

GARCÍA.

Oro traigo.

TRISTÁN.

¡Cierra España!

que a César llevas contigo.--

Mas mira si en lo que digo

mi pensamiento se engaña.

Advierte, señor, si aquella

que tras ella sale agora,

pueda ser sol de su aurora,

ser aurora de su estrella.

GARCÍA.

Hermosa es también.

TRISTÁN.

Pues mira

si la criada es peor.

GARCÍA.

El coche es arco de amor,

y son flechas cuantas tira.

--Yo llego.

TRISTÁN.

A lo dicho advierte.

GARCÍA.

¿Y es?

TRISTÁN.

Que a la mujer rogando,

y con el dinero dando.

GARCÍA.

¡Consista en eso mi suerte!

TRISTÁN.

Pues yo, mientras hablas, quiero

que me haga relación

el cochero, de quién son.

GARCÍA.

¿Diralo?

TRISTÁN.

Sí, que es cochero.

ESCENA IV.

JACINTA, LUCRECIA E ISABEL _con mantos; cae_ JACINTA, _y llega_ DON

GARCÍA _y dale la mano_.

JACINTA.

¡Válame Dios!

GARCÍA.

Esta mano

os servid de que os levante,

si merezco ser Atlante

de un cielo tan soberano.

JACINTA.

Atlante debeis de ser,

pues le llegais a tocar.

GARCÍA.

Una cosa es alcanzar

y otra cosa es merecer.

¿Qué vitoria es la beldad

alcanzar, por quien me abraso,

si es favor que debo al caso,

y no a vuestra voluntad?

Con mi propia mano así

el cielo; mas ¿qué importó,

si ha sido porque él cayó,

y no porque yo subí?

JACINTA.

¿Para qué fin se procura

merecer?

GARCÍA.

Para alcanzar.

JACINTA.

Llegar al fin sin pasar

por los medios, ¿no es ventura?

GARCÍA.

Sí.

JACINTA.

Pues ¿cómo estáis quejoso

del bien que os ha sucedido,

si el no haberlo merecido

os hace más venturoso?

GARCÍA.

Porque como las acciones

del agravio y el favor

reciben todo el valor

sólo de las intenciones,

por la mano que os toqué

no estoy yo favorecido,

si haberlo vos consentido

con esa intención no fué.

Y así sentirme dejad

que cuando tal dicha gano,

venga sin alma la mano

y el favor sin voluntad.

JACINTA.

Si la vuestra no sabía,

de que agora me informais,

injustamente culpais

los defectos de la mía.

ESCENA V.

TRISTÁN.--Dichos.

TRISTÁN.

(_Aparte._)

El cochero hizo su oficio.

Nuevas tengo de quién son.

GARCÍA.

¿Qué hasta aquí de mi afición

nunca tuvisteis indicio?

JACINTA.

¿Cómo, si jamás os ví?

GARCÍA.

¿Tan poco ha valido, ¡ay Dios!

más de un año, que por vos

he andado fuera de mí?

TRISTÁN.

(_Aparte._)

¡Un año! y ayer llegó

a la corte.

JACINTA.

¡Bueno, a fe!

¿Más de un año? Juraré

que no os ví en mi vida yo.

GARCÍA.

Cuando del indiano suelo

por mi dicha llegué aquí,

la primer cosa que ví

fué la gloria de ese cielo;

y aunque os entregué al momento

el alma, habéislo ignorado,

porque ocasión me ha faltado

de deciros lo que siento.

JACINTA.

¿Sois indiano?

GARCÍA.

Y tales son

mis riquezas, pues os ví,

que al minado Potosí

le quito la presunción.

TRISTÁN.

(_Aparte._)

¡Indiano!

JACINTA.

¿Y sois tan guardoso

como la fama los hace?

GARCÍA.

Al que más avaro nace

hace el amor dadivoso.

JACINTA.

¿Luego, si decís verdad,

preciosas ferias espero?

GARCÍA.

Si es que ha de dar el dinero

crédito a la voluntad,

serán pequeños empleos

para mostrar lo que adoro,

daros tantos mundos de oro

como vos me dais deseos.

Mas ya que ni al merecer

de esa divina beldad,

ni a mi inmensa voluntad

ha de igualar el poder,

por lo menos os servid

que esta tienda que os franqueo,

dé señal de mi deseo.

JACINTA.

(_Aparte._)

(No ví tal hombre en Madrid.)

¿Lucrecia, qué te parece

(_Aparte a ella._)

del indiano liberal?

LUCRECIA.

Que no te parece mal,

Jacinta, y que lo merece.

GARCÍA.

Las joyas que gusto os dan,

tomad deste aparador.

TRISTÁN.

(_Aparte a su amo._)

Mucho le arrojas, señor.

GARCÍA.

Estoy perdido, Tristán.

ISABEL.

(_Aparte a las damas._)

Don Juan viene.

JACINTA.

Yo agradezco,

señor, lo que me ofreceis.

GARCÍA.

Mirad que me agraviaréis

si no lográis lo que ofrezco.

JACINTA.

Yerran vuestros pensamientos,

caballero, en presumir

que puedo yo recibir

más que los ofrecimientos.

GARCÍA.

Pues ¿qué ha alcanzado de vos

el corazón que os he dado?

JACINTA.

El haberos escuchado.

GARCÍA.

Yo lo estimo.

JACINTA.

Adios.

GARCÍA.

Adios.

Y para amaros, ¿me dad

licencia?

JACINTA.

Para querer,

no pienso que ha menester

licencia la voluntad.

(_Vanse las mujeres._)

ESCENA VI.

DON GARCÍA, TRISTÁN.

GARCÍA.

(_A Tristán._)

Síguelas.

TRISTÁN.

Si te fatigas,

señor, por saber la casa

de la que en amor te abrasa,

ya la sé.

GARCÍA.

Pues no la sigas;

que suele ser enfadosa

la diligencia importuna.

TRISTÁN.

“Doña Lucrecia de Luna

se llama la más hermosa,

que es mi dueño; y la otra dama

que acompañándola viene,

sé dónde la casa tiene,

más no sé cómo se llama.”

Esto respondió el cochero.

GARCÍA.

Si es Lucrecia la más bella,

no hay más que saber, pues ella

es la que habló, y la que quiero,

que como el autor del día

las estrellas deja atrás,

de esa suerte a las demás

la que me cegó, vencía.

TRISTÁN.

Pues a mí la que cazó

me pareció más hermosa.

GARCÍA.

¡Qué buen gusto!

TRISTÁN.

Es cierta cosa

que no tengo voto yo;

mas soy tan aficionado

a cualquier mujer que calla,

que bastó para juzgalla

más hermosa, haber callado.

Mas dado, señor, que estés,

errado tú, presto espero,

preguntándole al cochero

la casa, saber quién es.

GARCÍA.

Y Lucrecia ¿dónde tiene

la suya?

TRISTÁN.

Que a la Victoria

dijo, si tengo memoria.

GARCÍA.

Siempre ese nombre conviene

a la esfera venturosa,

que da eclíptica a tal Luna.

ESCENA VII.

DON JUAN Y DON FÉLIX.--Dichos.

JUAN.

(_A don Félix._)

¿Música y cena? ¡Ah fortuna!

GARCÍA.

¿No es este don Juan de Sosa?

TRISTÁN.

El mismo.

JUAN.

¿Quién puede ser

el amante venturoso

que me tiene tan celoso?

FÉLIX.

Que lo vendreis a saber

a pocos lances confío.

JUAN.

¡Que otro amante le haya dado

a quien mía se ha nombrado,

música y cena en el río!

GARCÍA.

¡Don Juan de Sosa!

JUAN.

¿Quién es?

GARCÍA.

¿Ya olvidais a don García?

JUAN.

Veros en Madrid lo hacía,

y el nuevo traje.

GARCÍA.

Después

que en Salamanca me vistes,

muy otro debe de estar.

JUAN.

Más galán sois de seglar

que de estudiante lo fuistes.

¿Venís a Madrid de asiento?

GARCÍA.

Sí.

JUAN.

Bien venido seáis.

GARCÍA.

Vos, don Félix, ¿cómo estáis?

FÉLIX.

De veros, por Dios, contento.

Vengáis bueno enhorabuena.

GARCÍA.

Para serviros. ¿Qué hacéis?

¿De qué habláis? ¿En qué entendéis?

JUAN.

De cierta música y cena

que en el río dió un galán

esta noche a una señora,

era la plática agora.

GARCÍA.

¿Música y cena, don Juan?

¿Y anoche?

JUAN.

Sí.

GARCÍA.

¿Mucha cosa?

¿Grande fiesta?

JUAN.

Así es la fama.

GARCÍA.

¿Y muy hermosa la dama?

JUAN.

Dícenme que es muy hermosa.

GARCÍA.

¡Bien!

JUAN.

¿Qué misterios hacéis?

GARCÍA.

De que alabéis por tan buena

esa dama y esa cena,

si no es que alabando estéis

mi fiesta y mi dama así.

JUAN.

¿Pues tuvistes también boda

anoche en el río?

GARCÍA.

Toda,

en eso la consumí.

TRISTÁN.

(_Aparte._)

¿Qué fiesta o qué dama es esta,

si a la corte llegó ayer?

JUAN.

¿Ya tenéis a quien hacer,

tan recien venido, fiesta?

Presto el amor dió con vos.

GARCÍA.

No ha tan poco que he llegado,

que un mes no haya descansado.

TRISTÁN.

(_Aparte._)

Ayer llegó, voto a Dios.

Él lleva alguna intención.

JUAN.

No lo he sabido a fe mía;

que al punto acudido habría

a cumplir mi obligación.

GARCÍA.

He estado hasta aquí secreto.

JUAN.

Esa la causa habrá sido

de no haberlo yo sabido.

Pero ¿la fiesta, en efeto,

fué famosa?

GARCÍA.

Por ventura

no la vió mejor el río.

JUAN.

(_Aparte._)

Ya de celos desvarío.

¿Quién duda que la espesura

del Sotillo el sitio os dió?

GARCÍA.

Tales señas me vais dando,

Don Juan, que voy sospechando

que la sabeis como yo.

JUAN.

No estoy del todo ignorante,

aunque todo no lo sé.

Dijéronme no sé qué

confusamente, bastante

a tenerme deseoso

de escucharos la verdad:

forzosa curiosidad

en un cortesano ocioso...

(_Aparte._)

(O en un amante con celos.)

FÉLIX.

(_A Don Juan aparte._)

Advertid cuán sin pensar

os han venido a mostrar

vuestro contrario los cielos.

GARCÍA.

Pues a la fiesta atended;

contaréla, ya que veo

que os fatiga ese deseo.

JUAN.

Haréisnos mucha merced.

GARCÍA.

Entre las opacas sombras

y opacidades espesas

que el Soto formaba de olmos,

y la noche de tinieblas,

se ocultaba una cuadrada,

limpia y olorosa mesa,

a lo italiano curiosa,

a lo español opulenta.

En mil figuras prensados

manteles y servilletas

sólo envidiaban las almas

a las aves y a las fieras.

Cuatro aparadores, puestos

en cuadra correspondencia,

la plata blanca y dorada,

vidrios y barros ostentan.

Quedó con ramas un olmo

en todo el Sotillo apenas;

que dellas se edificaron

en varias partes seis tiendas.

Cuatro coros diferentes

ocultan las cuatro dellas,

otra principios y postres,

y las viandas la sexta.

Llegó en su coche mi dueño,

dando envidia a las estrellas,

a los aires suavidad,

y alegría a la ribera.

Apenas el pie que adoro

hizo esmeraldas la yerba,

hizo cristal la corriente,

las arenas hizo perlas,

cuando en copia disparados

cohetes, bombas y ruedas,

toda la región del fuego

bajó en un punto a la tierra.

Aun no las sulfúreas luces

se acabaron, cuando empiezan

las de veinte y cuatro antorchas

a obscurecer las estrellas.

Empezó primero el coro

de chirimías, tras ellas

el de las vihuelas de arco

sonó en la segunda tienda,

salieron con suavidad

las flautas de la tercera,

y en la cuarta cuatro voces

con guitarras y arpas suenan.

Entretanto se sirvieron

treinta y dos platos de cena,

sin los principios y postres,

que casi otros tantos eran.

Las frutas y las bebidas

en fuentes y tazas, hechas

del cristal que da el invierno

y el artificio conserva,

de tanta nieve se cubren,

que Manzanares sospecha,

cuando por el Soto pasa,

que camina por la Sierra.

El olfato no está ocioso

cuando el gusto se recrea;

que de espíritus suaves

de pomos y cazoletas,

y destilados sudores

de aromas, flores y yerbas,

en el Soto de Madrid

se vió la región sabea.

En un hombre de diamantes,

delicadas de oro flechas,

que mostrasen a mi dueño

su crueldad y mi firmeza,

al sauce, al junco y al mimbre

quitaron su preminencia;

que han de ser oro las pajas

cuando los dientes son perlas.

En esto juntos en folla

los cuatro coros comienzan

desde conformes distancias

a suspender las esferas;

tanto que invidioso Apolo

apresuró su carrera

porque el principio del día

pusiese fin a la fiesta.

JUAN.

Por Dios, que la habeis pintado

de colores tan perfetas,

que no trocara el oírla

por haberme hallado en ella.

TRISTÁN.

(_Aparte._)

¡Válgate el diablo por hombre!

¡Que tan de repente pueda

pintar un convite tal,

que a la verdad misma venza!

JUAN.

(_Aparte a don Félix._)

¡Rabio de celos!

FÉLIX.

No os dieron

del convite tales señas.

JUAN.

¿Qué importa, si en la sustancia,

el tiempo y lugar concuerdan?

GARCÍA.

¿Qué decís?

JUAN.

Que fué el festín

más célebre que pudiera

hacer Alejandro Magno.

GARCÍA.

¡Oh! son niñerías estas,

ordenadas de repente.

Dadme vos que yo tuviera

para prevenirme, un día;

que a las romanas y griegas

fiestas que al mundo admiraron,

nueva admiración pusiera.

(_Mira adentro._)

FÉLIX.

(_A don Juan aparte._)

Jacinta es la del estribo

En el coche de Lucrecia.

JUAN.

(_A don Félix aparte._)

Los ojos a don García

se le van, por Dios, tras ella.

FÉLIX.

Inquieto está y divertido.

JUAN.

Ciertas son ya mis sospechas.

JUAN Y GARCÍA.

Adios.

FÉLIX.

Entrambos a un punto

fuistes a una cosa mesma.

(_Vanse don Juan y don Félix._)

ESCENA VIII.

DON GARCÍA, TRISTÁN.

TRISTÁN.

No ví jamás despedida

tan conforme y tan resuelta.

GARCÍA.

Aquel cielo, primer móvil

de mis acciones, me lleva

arrebatado tras sí.

TRISTÁN.

Disimula y ten paciencia;

que el mostrarse muy amante

antes daña que aprovecha,

y siempre he visto que son

venturosas las tibiezas.

Las mujeres y los diablos

caminan por una senda:

que a las almas rematadas

ni las siguen ni las tientan;

que el tenellas ya seguras

les hace olvidarse dellas,

y sólo de las que pueden

escapárseles, se acuerdan.

GARCÍA.

Es verdad; mas no soy dueño

de mí mismo.

TRISTÁN.

Hasta que sepas

extensamente su estado,

no te entregues tan de veras;

que suele dar quien se arroja

creyendo las apariencias,

en un pantano cubierto

de verde, engañosa yerba.

GARCÍA.

Pues hoy te informa de todo.

TRISTÁN.

Eso queda por mi cuenta.

Y agora, antes que reviente,

dime por Dios, ¿qué fin llevas

en las ficciones que he oido?

siquiera para que pueda

ayudarte; que cogernos

en mentira será afrenta.

Perulero te fingiste

con las damas.

GARCÍA.

Cosa es cierta,

Tristán, que los forasteros

tienen más dicha con ellas;

y más si son de las Indias,

información de riqueza.

TRISTÁN.

Ese fin está entendido;

mas pienso que el medio yerras,

pues han de saber al fin

quién eres.

GARCÍA.

Cuando lo sepan

habré ganado en su casa

o en su pecho ya las puertas

con este medio, y después

yo me entenderé con ellas.

TRISTÁN.

Digo que me has convencido,

señor. Mas agora venga

lo de haber un mes que estás

en la corte. ¿Qué fin llevas,

habiendo llegado ayer?

GARCÍA.

Ya sabes tú que es grandeza

esto de estar encubierto,

o retirado en su aldea,

o en su casa descansando.

TRISTÁN.

Vaya muy enhorabuena.

Lo del convite entra agora.

GARCÍA.

Fingílo, porque me pesa

que piense nadie que hay cosa

que mover mi pecho pueda

a envidia o admiración,

pasiones que al hombre afrentan;

que admirarse es ignorancia,

como envidiar es bajeza.

Tú no sabes a qué sabe,

cuando llega un portanuevas

muy orgulloso a contar

una hazaña o una fiesta,

taparle la boca yo

con otra tal, que se vuelva

con sus nuevas en el cuerpo.

Y que reviente con ellas.

TRISTÁN.

¡Caprichosa prevención

si bien peligrosa treta!

La fábula de la corte

serás, si la flor te entrevan.

GARCÍA.

Quien vive sin ser sentido,

quien sólo el número aumenta

y hace lo que todos hacen

¿en qué difiere de bestia?

Ser famosos es gran cosa:

el medio cual fuere sea.

Nómbrenme a mí en todas partes

y murmúrenme siquiera,

pues uno por ganar nombre

abrasó el templo de Efesia;

y al fin, es este mi gusto,

que es la razón de más fuerza.

TRISTÁN.

La verdad sospechosa · 第 1 / 4 段