(_Aparte._ Agora os he menester,

sutilezas de mi ingenio.)

En Salamanca, señor,

hay un caballero noble

de quien es la alcuña Herrera

y don Pedro el propio nombre.

A este dió el cielo otro cielo

por hija, pues con dos soles

sus dos purpúreas mejillas

hace claros horizontes.

Abrevio, por ir al caso,

con decir que cuantas dotes

pudo dar naturaleza

en tierna edad, la componen.

Mas la enemiga fortuna

observante en su desórden,

a sus méritos opuesta,

de sus bienes la hizo pobre;

que demás de que su casa

no es tan rica como noble,

al mayorazgo nacieron

antes que ella dos varones.

A esta, pues, saliendo al río

la ví una tarde en su coche,

que juzgara el de Faeton

si fuese Erídano el Tormes.

No sé quién los atributos

del fuego en Cupido pone,

que yo de un súbito hielo

me sentí ocupar entonces.

¿Qué tienen que ver del fuego

las inquietudes y ardores,

con quedar absorta un alma,

con quedar un cuerpo inmóvil?

Caso fué verla forzoso;

viéndola, cegar de amores;

pues abrasado seguirla,

júzguelo un pecho de bronce.

Pasé su calle de día,

rondé su calle de noche,

con terceros y papeles

le encarecí mis pasiones,

hasta que al fin condolida

o enamorada, responde,

porque también tiene amor

jurisdicción en los dioses.

Fuí acrecentando finezas

y ella aumentando favores,

hasta ponerme en el cielo

de su aposento una noche.

Y cuando solicitaban

el fin de mi pena enorme,

conquistando honestidades,

mis ardientes pretensiones,

siento que su padre viene

a su aposento: llamóle,

porque jamás tal hacía,

mi fortuna aquella noche.

Ella turbada, animosa

(mujer al fin) a empellones

mi casi difunto cuerpo

detrás de su lecho esconde.

Llegó don Pedro, y su hija

fingiendo gusto, abrazóle

por negarle el rostro, en tanto

que cobraba sus colores.

Asentáronse los dos,

y él con prudentes razones

le propuso un casamiento

con uno de los Monroyes.

Ella, honesta como cauta,

de tal suerte le responde,

que ni a su padre resista,

ni a mí, que la escucho, enoje.

Despidiéronse con esto;

y cuando ya casi pone

en el umbral de la puerta

el viejo los pies, entonces...

¡Mal haya, amén, el primero

que fué inventor de relojes!

Uno que llevaba yo,

a dar comenzó las doce.

Oyólo don Pedro, y vuelto

hácia su hija: «¿de dónde

vino ese reloj?» le dijo.

Ella respondió: «envióle

para que se le aderecen,

mi primo, don Diego Ponce,

por no haber en su lugar

relojero ni relojes.»

«Dádmele, dijo su padre,

porque yo ese cargo tome.»

Pues entonces, doña Sancha,

que este es de la dama el nombre,

a quitármele del pecho

cauta y prevenida corre,

antes que llegar él mismo

a su padre se le antoje.

Quitémele yo, y al darle,

quiso la suerte que toquen

a una pistola que tengo

en la mano, los cordones.

Cayó el gatillo, dió fuego,

al tronido desmayose

doña Sancha. Alborotado

el viejo empezó a dar voces.

Yo, viendo el cielo en el suelo,

y eclipsados sus dos soles,

juzgué sin duda por muerta

la vida de mis acciones,

pensando que cometieron

sacrilegio tan enorme

del plomo de mi pistola

los breves volantes orbes.

Con esto, pues, despechado,

saqué rabioso el estoque:

fueran pocos para mí

en tal ocasión mil hombres.

A impedirme la salida

como dos bravos leones,

con sus armas sus hermanos

y sus criados se oponen;

mas, aunque fácil, por todos

mi espada y mi furia rompen,

no hay fuerza humana que impida

fatales disposiciones;

pues al salir por la puerta,

como iba arrimado, asióme

la alcayata de la aldaba

por los tiros del estoque.

Aquí para desasirme,

fué fuerza que atrás me torne,

y entretanto mis contrarios

muros de espadas me oponen.

En esto cobró su acuerdo

Sancha; y para que se estorbe

el triste fin que prometen

estos sucesos atroces,

la puerta cerró animosa

del aposento, y dejóme

a mí con ella encerrado,

y fuera a mis agresores.

Arrimamos a la puerta

baúles, arcas y cofres;

que al fin son de ardientes iras

remedio las dilaciones.

Quisimos hacernos fuertes;

mas mis contrarios feroces

ya la pared me derriban,

y ya la puerta me rompen.

Yo, viendo que aunque dilate,

no es posible que revoque

la sentencia de enemigos

tan agraviados y nobles;

viendo a mi lado la hermosa

de mis desdichas consorte,

y que hurtaba a sus mejillas

el temor sus arreboles;

viendo cuán sin culpa suya

conmigo fortuna corre,

pues con industria deshace

cuanto los hados disponen;

por dar premio a sus lealtades,

por dar fin a sus temores,

por dar remedio a mi muerte

y dar muerte a mis pasiones,

hube de darme a partido,

y pedirles que conformen

con la unión de nuestras sangres

tan sangrientas disensiones.

Ellos, que ven el peligro

y mi calidad conocen,

lo acetan, después de estar

un rato entre sí discordes.

Partió a dar cuenta al Obispo

su padre, y volvió con órden

de que el desposorio pueda

hacer cualquier sacerdote.

Hízose, y en dulce paz

la mortal guerra trocóse,

dándote la mejor nuera

que nació del sur al norte.

Mas tú en que no lo sepas

quedamos todos conformes,

por no ser con gusto tuyo

y por ser mi esposa pobre;

pero ya que fué forzoso

saberlo, mira si escoges

por mejor tenerme muerto,

que vivo y con mujer noble.

BELTRÁN.

Las circunstancias del caso

son tales, que se conoce

que la fuerza de la suerte

te destinó esa consorte:

y así no te culpo en más

que en callármelo.

GARCÍA.

Temores

de darte pesar, señor,

me obligaron.

BELTRÁN.

Si es tan noble,

¿qué importa que pobre sea?

¡Cuánto es peor que lo ignore,

para que habiendo empeñado

mi palabra, agora torne

con eso a doña Jacinta!

¡Mira en qué lance me pones!

Toma el caballo, y temprano

por mi vida, te recoge,

porque despacio tratemos

de tus cosas esta noche.

GARCÍA.

Iré a obedecerte, al punto

que toquen las oraciones.

(_Vase don Beltrán._)

ESCENA X.

DON GARCÍA.

Dichosamente se ha hecho;

persuadido el viejo va:

ya del mentir no dirá

que es sin gusto y sin provecho,

pues es tan notorio gusto

el ver que me haya creído,

y provecho haber huído

de casarme a mi disgusto.

¡Bueno fué reñir conmigo

porque en cuanto digo miento

y dar crédito al momento

a cuantas mentiras digo!

¡Qué fácil de persuadir,

quien tiene amor, suele ser!

Y ¡qué fácil en creer

el que no sabe mentir!

Mas ya me aguarda don Juan.

(_A uno que está dentro._)

¡Hola! llevad el caballo.

Tan terribles cosas hallo

que sucediéndome van,

que pienso que desvarío.

Vine ayer, y en un momento

tengo amor y casamiento,

y causa de desafío.

* * * * *

_La calleja de San Blas._

ESCENA XI.

DON JUAN.--DON GARCÍA.

JUAN.

Como quien sois lo habeis hecho,

Don García.

GARCÍA.

¿Quien podía,

sabiendo la sangre mía,

pensar menos de mi pecho?

Mas vamos, don Juan, al caso

porque llamado me habeis.

Decid, ¿qué causa tenéis,

que por sabella me abraso,

de hacer este desafío?

JUAN.

Esta dama a quien hicistes,

conforme vos me dijistes,

anoche fiesta en el río,

es causa de mi tormento,

y es con quien dos años ha,

que, aunque se dilata, está

tratado mi casamiento.

Vos ha un mes que estáis aquí:

y deso, como de estar

encubierto en el lugar

todo ese tiempo de mí,

colijo que habiendo sido

tan público mi cuidado,

vos no lo habeis ignorado,

y así me habeis ofendido.

Con esto que he dicho digo

cuanto tengo que decir;

y es que o no habeis de seguir

el bien que ha tanto que sigo,

o si acaso os pareciere

mi petición mal fundada,

se remita aquí a la espada,

y la sirva el que venciere.

GARCÍA.

Pésame que sin estar

del caso bien informado,

os hayais determinado

a sacarme de este lugar.

La dama, don Juan de Sosa,

de mi fiesta, vive Dios,

que ni la habeis visto vos,

ni puede ser vuestra esposa;

que es casada esta mujer,

y ha tan poco que llegó

a Madrid, que sólo yo

sé que la he podido ver.

Y cuando esa hubiera sido,

de no verla más os doy

palabra como quien soy,

o quedar por fementido.

JUAN.

Con eso se aseguró

la sospecha de mi pecho,

y he quedado satisfecho.

GARCÍA.

Falta que lo quede yo;

que haberme desafiado

no se ha de quedar así.

Libre fué el sacarme aquí;

mas habiéndome sacado

me obligastes, y es forzoso,

puesto que tengo de hacer

como quien soy, no volver

sino muerto o vitorioso.

JUAN.

Pensad, aunque mis desvelos

hayais satisfecho así,

que aun deja cólera en mí

la memoria de mis celos.

(_Sacan las espadas y acuchíllanse._)

ESCENA XII.

DON FÉLIX.--Dichos.

FÉLIX.

Deténganse, caballeros;

que estoy aquí yo.

GARCÍA.

¡Que venga

agora quien me detenga!

FÉLIX.

Vestid los fuertes aceros;

que fué falsa la ocasión

desta pendencia.

JUAN.

Ya había

dícholo así don García;

pero por la obligación

en que pone el desafío,

desnudó el valiente acero.

FÉLIX.

Hizo como caballero

de tanto valor y brío;

y pues bien quedado habeis

con esto, merezco yo

que a quien de celoso erró,

perdón y la mano deis.

(_Danse las manos._)

GARCÍA.

Ello es justo, y lo mandais.

Mas mirad de aquí adelante,

en caso tan importante,

don Juan, cómo os arrojais.

Todo lo habeis de intentar

primero que el desafío;

que empezar es desvarío

por donde se ha de acabar.

(_Vase._)

ESCENA XIII.

DON JUAN, DON FÉLIX.

FÉLIX.

Extraña ventura ha sido

haber yo a tiempo llegado.

JUAN.

¿Que en efeto me he engañado?

FÉLIX.

Sí.

JUAN.

¿De quién lo habeis sabido?

FÉLIX.

Súpelo de un escudero

de Lucrecia.

JUAN.

Decid, pues,

cómo fué.

FÉLIX.

La verdad es

que fué el coche y el cochero

de doña Jacinta anoche

al Sotillo, y que tuvieron

gran fiesta las que en él fueron;

pero fué prestado el coche.

Y el caso fué que a las horas

que fué a ver Jacinta bella

a Lucrecia, ya con ella

estaban las matadoras,

las dos primas de la quinta.

JUAN.

¿Las que en el Carmen vivieron?

FÉLIX.

Sí, pues ellas le pidieron

el coche a doña Jacinta,

y en él con la obscura noche

fueron al río las dos.

Pues vuestro paje, a quien vos

dejastes siguiendo el coche,

como en él dos damas vió

entrar cuando anochecía,

y noticia no tenía

de otra visita, creyó

ser Jacinta la que entraba

y Lucrecia.

JUAN.

Justamente.

FÉLIX.

Siguió el coche diligente,

y cuando en el Soto estaba,

entre la música y cena

lo dejó y volvió a buscaros

a Madrid, y fué el no hallaros

ocasión de tanta pena;

porque yendo vos allá

se deshiciera el engaño.

JUAN.

En eso estuvo mi daño;

mas tanto gusto me da

el saber que me engañé,

que doy por bien empleado

el disgusto que he pasado.

FÉLIX.

Otra cosa averigüé,

que es bien graciosa.

JUAN.

Decid.

FÉLIX.

Es que el dicho don García

llegó ayer en aquel día

de Salamanca a Madrid,

y en llegando se acostó

y durmió la noche toda,

y fué embeleco la boda

y festín que nos contó.

JUAN.

¡Qué decís!

FÉLIX.

Esto es verdad.

JUAN.

¿Embustero es don García?

FÉLIX.

Eso un ciego lo vería;

porque tanta variedad

de tiendas, aparadores,

vajillas de plata y oro,

tanto plato, tanto coro

de instrumentos y cantores,

¿no era mentira patente?

JUAN.

Lo que me tiene dudoso

es que sea mentiroso

un hombre que es tan valiente,

que de su espada el furor

diera a Alcides pesadumbre.

FÉLIX.

Tendrá el mentir por costumbre,

y por herencia el valor.

JUAN.

Vamos; que a Jacinta quiero

pedille, Félix, perdón,

y decille la ocasión

con que esforzó este embustero

mi sospecha.

FÉLIX.

Desde aquí

nada le creo, don Juan.

JUAN.

Y sus verdades serán

ya consejas para mí.

(_Vanse._)

* * * * *

_Calle_

ESCENA XIV.

TRISTÁN, DON GARCÍA Y CAMINO, _de noche_.

GARCÍA.

Mi padre me dé perdón;

que forzado le engañé.

TRISTÁN.

Ingeniosa excusa fué;

pero dime, ¿qué invención

agora piensas hacer

conque no sepa que ha sido

el casamiento fingido?

GARCÍA.

Las cartas le he de coger

que a Salamanca escribiere

y las respuestas fingiendo

yo mismo, iré entreteniendo

la ficción cuanto pudiere.

ESCENA XV.

JACINTA, LUCRECIA E ISABEL _a la ventana_; DON GARCÍA, TRISTÁN Y CAMINO

_en la calle_.

JACINTA.

Con esta nueva volvió

don Beltrán bien descontento,

cuando ya del casamiento

estaba contenta yo.

LUCRECIA.

¿Que el hijo de don Beltrán

es el indiano fingido?

JACINTA.

Sí, amiga.

LUCRECIA.

¿A quién has oido

lo del banquete?

JACINTA.

A don Juan.

LUCRECIA.

Pues ¿cuándo estuvo contigo?

JACINTA.

Al anochecer me vió,

y en contármelo gastó

lo que pudo estar conmigo.

LUCRECIA.

¡Grandes sus enredos son!

¡Buen castigo te merece!

JACINTA.

Estos tres hombres parece

que se acercan al balcón.

LUCRECIA.

Vendrá al puesto don García;

que ya es hora.

JACINTA.

Tú, Isabel,

mientras hablamos con él,

a nuestros viejos espía.

LUCRECIA.

Mi padre está refiriendo

bien despacio un cuento largo

a tu tío.

ISABEL.

Yo me encargo

de avisaros en viniendo.

(_Vase._)

CAMINO.

(_A don García._)

Éste es el balcón adonde

os espera tanta gloria.

(_Vase._)

ESCENA XVI.

DON GARCÍA Y TRISTÁN, _en la calle_; JACINTA Y LUCRECIA, _a la ventana_.

LUCRECIA.

Tú eres dueño de la historia,

tú en mi nombre le responde.

GARCÍA.

¿Es Lucrecia?

JACINTA.

¿Es don García?

GARCÍA.

Es quien hoy la joya halló

más preciosa que labró

el cielo, en la Platería;

es quien en llegando a vella,

tanto estimó su valor,

que dió abrasado de amor

la vida y alma por ella.

Soy, al fin el que se precia

de ser vuestro, y soy quien hoy

comienzo a ser, porque soy

el esclavo de Lucrecia.

JACINTA.

(_Aparte a Lucrecia._)

Amiga, este caballero

para todas tiene amor.

LUCRECIA.

El hombre es embarrador.

JACINTA.

Él es un grande embustero.

GARCÍA.

Ya espero, señora mía,

lo que me queréis mandar.

JACINTA.

Ya no puede haber lugar

lo que trataros quería...

TRISTÁN.

(_Al oido a su amo._)

¿Es ella?

GARCÍA.

Sí.

JACINTA.

Que trataros

un casamiento intenté

bien importante, y ya sé

que es imposible casaros.

GARCÍA.

¿Por qué?

JACINTA.

Porque sois casado.

GARCÍA.

¿Que yo soy casado?

JACINTA.

Vos.

GARCÍA.

Soltero soy, vive Dios.

Quien lo ha dicho os ha engañado.

JACINTA.

(_Aparte a Lucrecia._)

¿Viste mayor embustero?

LUCRECIA.

No sabe sino mentir.

JACINTA.

¿Tal me queréis persuadir?

GARCÍA.

Vive Dios, que soy soltero.

JACINTA.

(_Aparte a Lucrecia._)

Y lo jura.

LUCRECIA.

Siempre ha sido

costumbre del mentiroso,

de su crédito dudoso,

jurar para ser creído.

GARCÍA.

Si era vuestra blanca mano,

con la que el cielo quería

colmar la ventura mía,

no pierda el bien soberano,

pudiendo esa falsedad

probarse tan fácilmente.

JACINTA.

(_Aparte._)

¡Con qué confianza miente!

¿No parece que es verdad?

GARCÍA.

La mano os daré, señora,

y con eso me creeréis.

JACINTA.

Vos sois tal, que la daréis

a trescientas en un hora.

GARCÍA.

Mal acreditado estoy

con vos.

JACINTA.

Es justo castigo;

porque mal puede conmigo

tener crédito quien hoy

dijo que era perulero

siendo en la corte nacido;

y siendo de ayer venido

afirmó que ha un año entero

que está en la corte; y habiendo

esta tarde confesado

que en Salamanca es casado,

se está agora desdiciendo;

y quien pasando en su cama

toda la noche, contó

que en el río la pasó

haciendo fiesta a una dama.

TRISTÁN.

(_Aparte._)

Todo se sabe.

GARCÍA.

Mi gloria,

escuchadme, y os diré

verdad pura; que ya sé

en qué se yerra la historia.

Por las demás cosas paso

que son de poco momento,

por tratar del casamiento,

que es lo importante del caso.

Si vos hubiérades sido

causa de haber yo afirmado,

Lucrecia, que soy casado,

¿será culpa haber mentido?

JACINTA.

¿Yo la causa?

GARCÍA.

Sí, señora.

JACINTA.

¿Cómo?

GARCÍA.

Decíroslo quiero.

JACINTA.

(_Aparte a Lucrecia._)

Oye; que hará el embustero

lindos enredos agora.

GARCÍA.

Mi padre llegó a tratarme

de darme otra mujer hoy;

pero yo, que vuestro soy,

quise con eso excusarme;

que mientras hacer espero

con vuestra mano mis bodas,

soy casado para todas,

sólo para vos soltero.

Y como vuestro papel

llegó esforzando mi intento,

al tratarme el casamiento,

puse impedimento en él.

Éste es el caso: mirad

si esta mentira os admira,

cuando ha dicho esta mentira

de mi afición la verdad.

LUCRECIA.

(_Aparte._)

¿Mas si lo fuese?

JACINTA.

(_Aparte._) (¡Qué buena

la trazó, y qué de repente!)

¿Pues cómo tan brevemente

os pudo dar tanta pena?

¡Casi aun no visto me habeis,

y ya os mostráis tan perdido!

¿Aun no me habeis conocido,

y por mujer me queréis?

GARCÍA.

Hoy ví vuestra gran beldad

la vez primera, señora;

que el amor me obliga agora

a deciros la verdad.

Mas si la causa es divina,

milagro el efeto es,

que el dios niño, no con pies,

sino con alas, camina.

Decir que habeis menester

tiempo vos para matar,

fuera, Lucrecia, negar

vuestro divino poder.

Decís que sin conoceros

estoy perdido. ¡Pluguiera

a Dios que no os conociera,

por hacer más en quereros!

Bien os conozco: las partes

sé bien que os dió la fortuna,

que sin eclipse sois Luna,

que sois Mendoza sin martes,

que es difunta vuestra madre,

que sois sola en vuestra casa,

que de mil doblones pasa

la renta de vuestro padre.

Ved si estoy mal informado:

¡Ojalá, mi bien, que así

lo estuviérades de mí!

LUCRECIA.

(_Aparte._)

Casi me pone en cuidado.

JACINTA.

Pues Jacinta, ¿no es hermosa?

¿No es discreta, rica, y tal

que puede el más principal

desealla para esposa?

GARCÍA.

Es discreta, rica, y bella;

mas a mí no me conviene.

JACINTA.

Pues decid, ¿qué falta tiene?

GARCÍA.

La mayor, que es no querella.

JACINTA.

Pues yo con ella os quería

casar; que esa sola fué

la intención con que os llamé.

GARCÍA.

Pues será vana porfía;

que por haber intentado

mi padre don Beltrán hoy

lo mismo, he dicho que estoy

en otra parte casado.

Y si vos, señora mía,

intentáis hablarme en ello,

perdonad; que por no hacello,

seré casado en Turquía.

Esto es verdad, vive Dios,

porque mi amor es de modo,

que aborrezco aquello todo

mi Lucrecia, que no es vos.

LUCRECIA.

(_Aparte._) ¡Ojalá!

JACINTA.

¡Que me tratéis

con falsedad tan notoria!

Decid: ¿no tenéis memoria,

o vergüenza no tenéis?

¿Cómo, si hoy dijisteis vos

a Jacinta que la amáis,

agora me lo negáis?

GARCÍA.

¡Yo a Jacinta! Vive Dios,

que sólo con vos he hablado

desde que entré en el lugar.

JACINTA.

¡Hasta aquí pudo llegar

el mentir desvergonzado!

Si en lo mismo que yo ví

os atrevéis a mentirme,

¿qué verdad podréis decirme?

Idos con Dios, y de mí

podéis desde aquí pensar,

si otra vez os diere oido,

que por divertirme ha sido;

como quien para quitar

el enfadoso fastidio

de los negocios pesados,

gasta los ratos sobrados

en las fábulas de Ovidio.

(_Vase._)

GARCÍA.

Escuchad, Lucrecia hermosa.

LUCRECIA.

(_Aparte._)

Confusa quedo.

(_Vase._)

GARCÍA.

Estoy loco.

¡Verdades valen tan poco!

TRISTÁN.

En la boca mentirosa.

GARCÍA.

¡Que haya dado en no creer

cuanto digo!

TRISTÁN.

¿Qué te admiras,

si en cuatro o cinco mentiras

te ha acabado de coger?

De aquí, si lo consideras,

conocerás claramente,

que quien en las burlas miente

pierde el crédito en las veras.

ACTO TERCERO.

_Sala en la casa de don Sancho._

ESCENA PRIMERA.

CAMINO _con un papel_.--LUCRECIA.

CAMINO.

Éste me dió para tí,

Tristán, de quien don García

con justa causa confía

lo mismo que tú de mí;

que aunque su dicha es tan corta

que sirve, es muy bien nacido:

y de suerte ha encarecido

lo que tu respuesta importa,

que jura que don García

está loco.

LUCRECIA.

¡Cosa extraña!

¿Es posible que me engaña

quien de esta suerte porfía?

El más firme enamorado

se cansa, si no es querido,

¿y este puede ser fingido,

tan constante y desdeñado?

CAMINO.

Yo al menos, si en las señales

se conoce el corazón,

ciertos juraré que son,

por las que he visto, sus males;

que quien tu calle pasea

tan constante noche y día,

quien tu espesa celosía

tan atento brujulea,

quien ve que de tu balcón,

cuando él viene, te retiras,

y ni te ve ni le miras,

y está firme en tu afición;

quien llora, quien desespera,

quien porque contigo estoy

me da dineros, que es hoy

la señal más verdadera,

yo me afirmo en que decir

que miente, es gran desatino.

LUCRECIA.

Bien se echa de ver,

que no le has visto mentir.

¡Pluguiera a Dios, fuera cierto

su amor! que, a decir verdad,

no tarde en mi voluntad

hallaran sus ansias puerto,

que sus encarecimientos,

aunque no los he creído,

por lo menos han podido

despertar mis pensamientos;

que dado que es necedad

dar crédito al mentiroso,

como el mentir no es forzoso,

y puede decir verdad,

oblígame la esperanza

y el propio amor a creer

que conmigo puede hacer

en sus costumbres mudanza.

Y así, por guardar mi honor

si me engaña lisonjero,

y si es su amor verdadero,

porque es digno de mi amor,

quiero andar tan advertida

a los bienes y a los daños,

que ni admita sus engaños,

ni sus verdades despida.

CAMINO.

Dese parecer estoy.

LUCRECIA.

Pues dirásle que cruel

rompí, sin vello, el papel;

que esta respuesta le doy.

Y luego tú de tu aljaba

le dí que no desespere,

y que si verme quisiere

vaya esta tarde a la otava

de la Madalena.

CAMINO.

Voy.

LUCRECIA.

Mi esperanza fundo en tí.

CAMINO.

No se perderá por mí,

pues ves que Camino soy.

(_Vase._)

* * * * *

_Sala en casa de don Beltrán._

ESCENA II.

DON BELTRÁN, DON GARCÍA, TRISTÁN.

(_Don Beltrán saca una carta abierta y se la da a don García._)

BELTRÁN.

¿Habéis escrito, García?

GARCÍA.

Esta noche escribiré.

BELTRÁN.

Pues abierta os la daré,

porque leyendo la mía,

conforme a mi parecer

a vuestro suegro escribáis;

que determino que vais

vos en persona a traer

vuestra esposa, que es razón;

porque pudiendo traella

vos mismo, enviar por ella

fuera poca estimación.

GARCÍA.

Es verdad; mas sin efeto

será agora mi jornada.

BELTRÁN.

¿Por qué?

GARCÍA.

Porque está preñada;

y hasta que un dichoso nieto

te dé, no es bien arriesgar

su persona en el camino.

BELTRÁN.

¡Jesús! Fuera desatino,

estando así, caminar.

Mas dime, ¿cómo hasta aquí

no me lo has dicho, García?

GARCÍA.

Porque yo no lo sabía;

y en la que ayer recebí

de doña Sancha, me dice

que es cierto el preñado ya.

BELTRÁN.

Si un nieto varón me da,

hará mi vejez felice.

Muestra, que añadir es bien

(_Tómale la carta que le había dado_)

cuánto con esto me alegro.

Mas dí, ¿cuál es de tu suegro

el propio nombre?

GARCÍA.

¿De quién?

BELTRÁN.

De tu suegro.

GARCÍA.

(_Aparte._) (Aquí me pierdo.)

Don Diego.

BELTRÁN.

O yo me he engañado,

u otras veces le has nombrado

don Pedro.

GARCÍA.

También me acuerdo

deso mismo; pero son

suyos, señor, ambos nombres.

BELTRÁN.

¡Diego y Pedro!

GARCÍA.

No te asombres:

que por una condición

_don Diego_ se ha de llamar

de su casa el sucesor.

Llamábase mi señor

_don Pedro_ antes de heredar,

y como se puso luego

_don Diego_, porque heredó,

después acá se llamó

ya _don Pedro_, ya _don Diego_.

BELTRÁN.

No es nueva esa condición

en muchas casas de España.

A escribirle voy.

(_Vase._)

ESCENA III.

DON GARCÍA, TRISTÁN.

TRISTÁN.

Extraña

fué esta vez tu confusion.

GARCÍA.

¿Has entendido la historia?

TRISTÁN.

Y hubo bien en qué entender.

El que miente ha menester

gran ingenio y gran memoria.

GARCÍA.

Perdido me ví.

TRISTÁN.

Y en eso

pararás al fin; señor.

GARCÍA.

Entretanto, de mi amor

veré el bueno o mal suceso.

¿Qué hay de Lucrecia?

TRISTÁN.

Imagino,

aunque de dura se precia;

que has de vencer a Lucrecia

sin la fuerza de Tarquino.

GARCÍA.

¿Recibió el billete?

TRISTÁN.

Sí,

aunque a Camino mandó

que diga que lo rompió;

que él lo ha fiado de mí.

Y pues lo admitió, no mal

se negocia tu deseo,

si aquel epigrama creo

que a Nevia escribió Marcial.

«Escribí, no respondió

Nevia: luego dura está;

mas ella se ablandará,

pues lo que escribí leyó.»

GARCÍA.

Que dice verdad sospecho.

TRISTÁN.

Camino está de tu parte,

y promete revelarte

los secretos de su pecho;

y que ha de cumplillo espero,

si andas tú cumplido en dar;

que para hacer confesar

no hay cordel como el dinero.

Y aun fuera bueno, señor,

que conquistaras tu ingrata

con dádivas, pues que mata

con flechas de oro el amor.

GARCÍA.

Nunca te he visto grosero

sino aquí en tus pareceres.

¿Es esta de las mujeres

que se rinden por dinero?

TRISTÁN.

Virgilio dice que Dido

fué del troyano abrasada,

a sus dones obligada

tanto como de Cupido.

¡Y era reina! No te espantes

de mis pareceres rudos,

que escudos vencen escudos,

y amantes labran diamantes.

GARCÍA.

¿No viste que la ofendió

mi oferta en la Platería?

TRISTÁN.

Tu oferta la ofendería,

señor, que tus joyas no.

Por el uso te gobierna;

que a nadie en este lugar,

por desvergonzado en dar

le quebraron brazo o pierna.

GARCÍA.

Dame tú que ella lo quiera.

Que darle un mundo imagino.

TRISTÁN.

Camino dará camino,

que es el polo de esta esfera.

Y porque sepas que está

en buen estado tu amor,

ella le mandó, señor,

que te dijese que hoy va

Lucrecia a la Madalena

a la fiesta de la otava,

como que él te lo avisaba.

GARCÍA.

¡Dulce alivio de mi pena!

¿Con ese espacio me das

nuevas que me vuelven loco?

TRISTÁN.

Dóytelas tan poco a poco

porque dure el gusto más.

(_Vanse._)

* * * * *

_Claustro en el convento de la Magdalena con puerta a la iglesia._

ESCENA IV.

JACINTA Y LUCRECIA _con mantos_.

JACINTA.

Qué, ¿prosigue don García?

LUCRECIA.

De modo, que con saber

su engañoso proceder,

como tan firme porfía,

casi me tiene dudosa.

JACINTA.

Quizá no eres engañada;

que la verdad no es vedada

a la boca mentirosa.

Quizá es verdad que te quiere,

y más donde tu beldad

asegura esa verdad

en cualquiera que te viere.

LUCRECIA.

Siempre tú me favoreces;

mas yo lo creyera así,

a no haberte visto a tí,

que al mismo sol obscureces.

JACINTA.

Bien sabes tú lo que vales,

y que en esta competencia

nunca ha salido sentencia,

por tener votos iguales.

Y no es sola la hermosura

quien causa amoroso ardor,

que también tiene el amor

su pedazo de ventura.

Yo me holgaré que por tí,

amiga, me haya trocado,

y que tú hayas alcanzado

lo que yo no merecí;

porque ni tú tienes culpa,

ni él me tiene obligación.

Pero ve con prevención

que no te queda disculpa

si te arrojas en amar,

y al fin quedas engañada,

de quien estás ya avisada,

que sólo sabe engañar.

LUCRECIA.

Gracias, Jacinta, te doy;

mas tu sospecha corrige.

Que estoy por creerle, dije;

no que por quererle estoy.

JACINTA.

Obligaráte el creer,

y querrás, siendo obligada:

y así es corta la jornada

que hay de creer a querer.

LUCRECIA.

Pues ¿qué dirás si supieres

que un papel he recibido?

JACINTA.

Diré que ya le has creído,

y aun diré que ya le quieres.

LUCRECIA.

Erráraste: y considera

que tal vez la voluntad

hace por curiosidad

lo que por amor no hiciera.

¿Tú no le hablaste gustosa

en la Platería?

JACINTA.

Sí.

LUCRECIA.

¿Y fuiste en oírle allí

enamorada, o curiosa?

JACINTA.

Curiosa.

LUCRECIA.

Pues yo con él

curiosa también he sido,

como tú en haberle oido,

en recibir su papel.

JACINTA.

Notorio verás tu error,

si adviertes que es el oír

cortesía; y admitir

un papel, claro favor.

LUCRECIA.

Eso fuera a saber él

que su papel recibí;

mas él piensa que rompí

sin leello su papel.

JACINTA.

Pues con eso es cosa cierta

que curiosidad ha sido.

LUCRECIA.

En mi vida me ha valido

tanto gusto el ser curiosa.

Y porque su falsedad

conozcas, escucha y mira

si es mentira la mentira

que más parece verdad.

(_Saca un papel y le abre._)

ESCENA V.

CAMINO, DON GARCÍA Y TRISTÁN.--Dichas.

CAMINO.

(_Aparte a don García._)

¿Veis la que tiene en la mano

un papel?

GARCÍA.

Sí.

CAMINO.

Pues aquella

es Lucrecia.

GARCÍA.

(_Aparte._ ¡Oh causa bella

de dolor tan inhumano!

Ya me abraso de celoso.)

¡Oh Camino, cuánto os debo!

TRISTÁN.

(_A Camino._)

Mañana os vestís de nuevo.

CAMINO.

Por vos he de ser dichoso.

GARCÍA.

Llegarme, Tristán, pretendo

adonde, sin que me vea,

si posible fuere, lea

el papel que está leyendo.

TRISTÁN.

No es difícil; que si vas

a esta capilla arrimado,

saliendo por aquel lado,

de espaldas la cogerás.

GARCÍA.

Bien dices. Ven por aquí.

(_Vanse don García, Tristán y Camino._)

JACINTA.

Lee bajo; que darás

mal ejemplo.

LUCRECIA.

No me oirás.

Toma y lee para tí.

(_Da el papel a Jacinta._)

JACINTA.

Ese es mejor parecer.

ESCENA VI.

DON GARCÍA Y TRISTÁN, _por otra puerta, cogen de espaldas a_ JACINTA Y

LUCRECIA.

TRISTÁN.

Bien el fin se consiguió.

GARCÍA.

Tú, si ves mejor que yo,

procura, Tristán, leer.

JACINTA.

(Lee.) «_Ya que mal crédito cobras_

_de mis palabras sentidas,_

_dime si serán creídas,_

_pues nunca mienten, las obras._

_Que si consiste el creerme,_

_señora, en ser tu marido,_

_y ha de dar el ser creído_

_materia al favorecerme,_

_por este, Lucrecia mía,_

_que de mi mano te doy_

_firmado, digo que soy_

_ya tu esposo don García._»

GARCÍA.

(_Aparte a Tristán._)

¡Vive Dios, que es mi papel!

TRISTÁN.

¡Pues qué! ¿no lo vió en su casa?

GARCÍA.

Por ventura lo repasa,

regalándose con él.

TRISTÁN.

Como quiera, te está bien.

GARCÍA.

Como quiera, soy dichoso.

JACINTA.

Él es breve y compendioso.

O bien siente, o miente bien.

GARCÍA.

(_A Jacinta._)

Volved los ojos, señora,

cuyos rayos no resisto.

JACINTA.

(_Aparte a Lucrecia._)

Cúbrete, pues no te ha visto,

y desengáñate agora.

(_Tápanse Lucrecia y Jacinta._)

LUCRECIA.

(_Aparte a Jacinta._)

Disimula y no me nombres.

GARCÍA.

Corred los delgados velos

a ese asombro de los cielos,

a ese cielo de los hombres.

¿Posible es que os llego a ver,

homicida de mi vida?

Mas como sois mi homicida,

en la iglesia hubo de ser.

Si os obliga a retraer

mi muerte, no hayais temor;

que de las leyes de amor

es tan grande el desconcierto,

que dejan preso al que es muerto,

y libre al que es matador.

Ya espero que de mi pena

estáis, mi bien, condolida,

si el estar arrepentida

os trajo a la Madalena.

Ved cómo el amor ordena

recompensa al mal que siento;

pues si yo llevé el tormento

de vuestra crueldad, señora,

la gloria me llevo agora

de vuestro arrepentimiento.

¿No me habláis, dueño querido?

¿No os obliga el mal que paso?

¿Arrepentisos acaso

de haberos arrepentido?

Que advirtáis, señora, os pido

que otra vez me mataréis:

si porque en la iglesia os veis

probáis en mí los aceros,

mirad que no ha de valeros

si en ella el delito hacéis.

JACINTA.

¿Conocéisme?

GARCÍA.

¡Y bien, por Dios!

Tanto que desde aquel día

que os hablé en la Platería,

no me conozco por vos;

de suerte que de los dos

vivo más en vos que en mí;

que tanto desde que os ví,

en vos trasformado estoy,

que ni conozco el que soy,

ni me acuerdo del que fuí.

JACINTA.

La verdad sospechosa · 第 3 / 4 段